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NO HABRÁ DOS SIN TRES

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A veces (me) pasa. Después de un periodo de frenesí lector, compaginando libro electrónico con papel, novela con ensayo, teatro y/o poesía... llega la calma, la sensación de empacho, la necesidad de un paréntesis esperando al deseo, esa llamada única e inexplicable que tan a tiempo me salva de casi todas mis miserias.

Cuando retomo el camino éste parece estar cubierto de arena. Cuesta avanzar.

Y hasta dan ganas de rendirse.

Pero las puertas cerradas no conducen a ninguna parte. Ni convencen.

Lo intenté primero con "La vida sumergida", de Pilar Adón (Madrid, 1971), por las críticas, porque Galaxia Gutenberg es una editorial de solvente calidad literaria (a mi entender) o quizás porque las dos nacimos el mismo año y de alguna manera indómita e insospechada eso siempre tira. Me sumergí con cuidado en sus últimos relatos, esos merecedores de las mejores críticas, como sus poemarios o sus novelas, se dicen de ella maravillas tales: "sus libros hablan por sí solos", "está en la plenitud de su talento".

Todo será cierto.  Todo.

Anque yo no haya sido capaz de comprenderlo, ni de entusiasmarme con una de sus pequeñas historias, perfectamente escritas, sutiles, misteriosas, entre el más allá y el presente inmediato pero siempre oscuro y sometido a constante amenaza.

Así son las cosas... se diría que me "molesta", sin ser exactamente eso, que no le falte una sola arruga a su indumentaria literaria, impecable el juego, la narración, los efectos... pero tanta asepsia me produce la sensación fria de lamer una lámina de cristal.

Decidí dejar los experimentos a un lado y probar el recetario acostumbrado, esa despensa que se abre siempre con la intención de encontrar la porción de chocolate que nos pide el cuerpo.

Elena Ferrante (Nápoles, 1943), que me regaló la Italia y las pasiones al estilo Sofía Loren o Anna Magnani en la saga de "La amiga estupenda", con todos esos componentes tan hipnóticos de los que ya escribí en este blog (niñez, familia, barrio...), me ofrecía en esta ocasión "Los días del abandono", ambientada en Turín, llevada al cine, la historia de una mujer a la que su marido abandona por otra mucho más joven.

El ritmo, el interés, la posible sorpresa aguantan tres páginas, cuatro a lo sumo.

Es una novela frenética, desquiciante, la protagonista entra en barrena (hasta le propina una paliza a su ex cuando se lo encuentra del brazo de la otra en la calle, mirando un escaparate) y se plantea la utilidad y el sentido de su vida, la de sus hijos y la de su perro, a los que maltrata porque ella no puede hacerse cargo ni de sí misma, a lo largo y ancho de casi toda la novela.

Innecesarios (para mí como lectora) algunos capítulos en los que intenta escupir todo el veneno del engaño a través del sexo, y por fragmentos una no sabe si lee a la Ferrante (o a quien sea, ya sabéis que es un pseudónimo y que ni siquiera se puede asegurar si se trata de un autor o de una autora) o a E.L.James en "Cincuenta sombras de Grey".

Procuro no quedarme con el sabor de boca de la pérdida de tiempo.

Las palabras siempre nos muestran otros mundos, aquellos en los que habitaríamos sin dudarlo y otros que procuraremos no pisar.

Este mundo está plagado de historias que nos están esperando.

Y nunca una mala racha duró lo suficiente. ¿O sí?

18/04/2018 22:27 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"LOS DÍAS AZULES"

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“Otra vez soy el tiempo que me queda…”

(“La botella vacía se parece a mi alma”. J. M. Caballero Bonald)

 

 

 

Desde mi terraza se veía el mar.

Pese a vivir en una ciudad de interior y contemplar tejados hasta dónde me alcanzaba la vista, tejados, azoteas, antenas, chimeneas… desde mi  antigua terraza de baldosas rojas se veía el mar. Los días de viento podía olerlo, esa mezcla incomparable de sal mojada y premonición que se adhiere al cielo de la boca cómo las primeras veces de las cosas que nos conquistaron.

Mi vieja casa combate acorralada el imperio de los nuevos tiempos.

Sigue en el mismo lugar, sola, al margen, a pesar de las urbanizaciones, de las zonas ajardinadas y las calles nuevas, asépticas, de nadie.

Esa casa que te identifica. Que te estaba esperando. Que se parece tanto a ti, a todas tus transformaciones…  uno de esos lugares que nada más conocerlo sientes que serán para siempre,  que debes cuidarlos porque son de ley.

Vivo en mi casa con su terraza-velero.

Sólo que ahora, ese espacio privilegiado al que se accede por una pequeña escalera de caracol, está ocupado por voluminosos juguetes y armarios de tela, los flecos de la vida interrumpida de Noa. 

“Esta vez va en serio”,  me dijo nada más verme, cuando me pasó al pequeño Hugo mientras la furgoneta atestada de bultos aparcaba sobre la acera y dos amigas suyas comenzaban a descargar.  El niño se puso a llorar, al fin y al cabo me había visto tres o cuatro veces en sus dos años,  traté de entretenerlo, juntos desmenuzamos un pedazo de bizcocho sobre la encimera de la cocina, Noa entraba y salía, sus amigas dijeron buenas tardes y poco más, frases escuetas sobre la tarea práctica que estaban desempeñando, en poco tiempo la habitación que suelo tener libre y de dónde parte la escalera de la terraza,  había sido invadida por la mujer y el niño que huían, desasosegados y un tanto marchitos, como si hubiesen atravesado campos de minas, desiertos y parajes inhóspitos hasta llegar a la casa diferente de la mujer sola.

Al contrario que yo, durmieron durante horas. Preparé café, observé amanecer en una mezcla turbia de colores desvaídos, sentada en la mecedora roja que Marcel, el padre de Noa, había rescatado de la basura y que restauramos juntos, recordé todas las pocas palabras de Noa, las veces que me había repetido “Esta vez va en serio”, para al cabo de muy poco tiempo volver con Ian sin mirar atrás.

Se presentó descalza en la cocina, me sorprendió su delgadez, lo marcado de sus facciones, le dejé un albornoz de su padre y le puse en las manos una taza de café bien caliente con unas gotas de leche. Conocía al detalle sus preferencias.

Traté de buscar un rastro de la niña pequeña que yo había conocido, expectante, atenta, inadvertida, adosada a su padre cómo si fuese su sombra.

 Desayunando en el mismo bar al que yo acudía cada mañana, buscando los rituales que me conectaban al presente:  las noticias en televisión, los barrenderos almorzando, el olor de las tortillas recién hechas, el panadero apareciendo siempre a la misma hora, algo de azúcar desparramado por el suelo, las cristaleras apagando el sonido de la calle… y Chus, sin preguntar, poniéndome lo de siempre.

Fue imposible no reparar en la peculiar pareja,  él desastrado, con el pelo largo, ensortijado en las puntas, los ojos grises, el alma vencida y elegante, alguien que no pertenecía ni siquiera a los lugares que ocupaba con la facilidad de quien ha estado siempre en ellos. Desayunaba tabaco negro y se sentaba a la mesa de una manera indolente, como si no supiera dónde colocar las piernas. A su lado la niña de piel morena no le quitaba ojo,  a pesar de parecer concentrada en la tarea de mojar unos churros en un café con leche que, a todas luces, se había quedado frio.  Tendría unos seis años y no se desprendía de una mochila atestada de enseres.

Un claxon sonó repetidamente en la puerta del bar, la niña se puso en pie de un salto, se limpió la boca con la manga, él trató de enderezarse…  “¿Vendrás a buscarme?” preguntó bajito la niña… el hombre asintió sin mirarla a los ojos…  ella, con un dedo muy pequeño y muy delgado, le levantó la barbilla… “¿Pero de verdad?”… el hombre entonces aproximó mucho su cara a la de ella, los ojos de ambos eran de un verde grisáceo indescriptible, y volvió a asentir. La pequeña sonrió abiertamente y se marchó a toda velocidad, dejando tras de sí esa estela propia de la intensidad infantil.

Escuchamos el portazo de un coche y arrancar un motor.

Él estaba de espaldas a la puerta y no se giró, fue entonces cuando pidió un combinado de ginebra y Chus le dijo que era demasiado pronto para empezar a beber… “Marcel, no empecemos…” Ahí conocí su nombre. “No te he pedido la hora”, respondió él sin resultar impertinente, con una voz más joven de lo que hubiera imaginado.

Cuando se levantó dirigiéndose a la barra y más concretamente a mi banqueta, pensé que no había sido especialmente discreta al observarlos detenidamente, mientras trataba de argumentar una disculpa encontré su mano tendida por encima del periódico tras el que me parapetaba:

“Soy Marcel… a mi hija Noa ya la has visto… te invitaría a desayunar pero me parece mal que sea a costa de Chus, la buena mujer me fía… por eso  y por no abusar sólo vengo de cuando en cuando, ¿quién eres? No te conozco, estoy seguro, la curva de tus hombros y esas manos de restauradora de muebles no hubiera podido olvidarlas nunca…”

Olía a talco, a nicotina, a día de lluvia…  Cierro los ojos y evoco ese olor con absoluta lealtad.

Me miré las manos y sentí un poco de vergüenza porque dentro de las uñas podían adivinarse restos de pintura azul. En las yemas de los dedos alguna diminuta astilla de madera seguía clavada…

Desde ese día Marcel entró en mi vida para no salir jamás.

A pesar de los quince años de diferencia.

A pesar de todas las diferencias.

Marcel tuvo hijos con distintas mujeres, pero solo conocí a Noa.

En alguna de las épocas en las que convivimos, sin condiciones, protocolos ni normas, él hablaba, bien porque yo no solía preguntarle o tal vez porque lo necesitaba. Los recuerdos se traducen en palabras, piedra granítica y seca atada al cuerpo que lo arrastra hacia cualquier cloaca si no es capaz de reinventarse y echar a volar.

Todas sus historias parecían inventadas, quizás por el clima que las envolvía (entre el humo de los cigarrillos que encadenaba, esa media luz y su cabeza apoyada en mi regazo) o porque el pasado busca un toque de ficción para sobrevivir.

Así lo vi escapar de casa con Duna, los dos unos críos de diecinueve años a los que no dejaban verse, ella una prometedora estudiante de magisterio, la primera universitaria de la familia, él un escritor de canciones, lo que más le gustaba entonces era escribir canciones y seducir a chicas guapas en los bares de las facultades dónde nunca se matricularía.

Escaparse repetidamente de la escuela hizo que su padre lo pusiera a trabajar, además en casa hacía falta el dinero, pero nunca aguantaba más de una semana en el mismo sitio…  llegaron los castigos, las huidas, los pequeños hurtos sin consecuencias…  hasta conocer a Duna. 

Entonces se lo propuso de verdad, aprender un oficio, horarios, invitarla al cine, ver la cara de su madre cuando la llevase a cenar a casa…  Pero no pudo ser, sin argumento sólido, hay cosas que no pueden ser. Ella se quedó embarazada y decidieron fugarse. Siempre pensaron que la aventura terminaría bien. No hay quien pueda con el amor verdadero. O sí. La pura realidad. Se acabaron el dinero, las casas de los amigos y hasta los amigos. La veía llorar a escondidas, demacrada, al fin y al cabo ella había pertenecido a un lugar y lo añoraba. Se puede echar en falta el calor, las alfombras, un timbre, la hora exacta del reloj en que dejamos de ser niños. Y entonces todo se complica, la melancolía no es buena compañera de viaje. 

Una noche templada y quieta, tumbados entre los arbustos del parque dónde pernoctaban ella se sintió mal, mal de verdad, gritaba doblando su cuerpo en un espasmo continuo…  con la ayuda de otro transeúnte al que conocían cogieron un taxi y de camino al hospital Marcel, la mano de Duna aferrada a su pierna, su pequeña cabeza de pelo indómito y corto apoyada en el hombro, comprendió las secuencias, el orden, los afluentes del tiempo.

Mientras los médicos atendían el aborto él hizo un par de llamadas, sin escuchar, sin dar tiempo a la otra parte, se requería acción. Volvió al parque a recoger sus cosas, se quedó con algunas de Duna que todavía conservaba y continuó su camino sabiendo que no volvería a verla.

En ocasiones creía reconocerla, un rostro similar, un gesto, la manera de cruzar las piernas, el sonido de su voz.  Era una trampa. Mutamos. Dejamos de ser los que fuimos.

Después se encadenaron ciudades, trabajos temporales, fragmentos de algo. Siempre hay un cuerpo dispuesto a ser amado, una vez que pudimos vivir casi en paz.

Nunca le creyeron cuando aseguraba no ser buen compañero ni mucho menos estar preparado como padre.

Convencerle poniéndole en los brazos una vida diminuta, un recién parido que tiembla, tampoco resultó vinculante.

Con Noa el proceso fue distinto. Él supo que había sido padre cuando se reencontró con Elena casi un año después de su ruptura. Comprendió asomándose a los ojos-espejo de la niña, idénticos a los suyos. En Elena hubiera querido quedarse un poco más, saber de la vida con ella, los pequeños países de las relaciones son tan peculiares… pero no le dio opción, lo echó con cajas destempladas, tras una acalorada discusión en la que él no quiso entrar y que pensó que se le pasaría, las idas y venidas del genio de Elena. Envió sus pertenencias a la pensión dónde Marcel se alojaba y no volvió a cogerle el teléfono.

Sintió una punzada de necesidad. De vez en cuando las buscaba. La pequeña jugaba en el parque, reía a carcajadas, su madre la fotografiaba…  resultaban hermosas. Había luz en aquellos instantes, algo que se parecía a ser feliz en el momento preciso. Fue egoísta, ¿quién no quiere su pedazo de tarta?

La niña y él establecieron una conexión única.  A pesar de Elena, que intentó educar a ambos en lo práctico, en el sentido común de los afectos y en la terminología de lo imposible. Finalmente se rindió, qué otra cosa podía hacer…  y puso de su parte creyendo tal vez que la vida se encarga de ordenar algunas cosas.

Pero la fuerza incondicional de aquella cría…

A veces aparecía en casa pensando que lo encontraría, cruzando media ciudad, los calcetines caídos, la mochila del colegio a rastras, el brillo imperturbable en la mirada: “¿Me puedo quedar un rato por si viene?”…  mientras le preparaba un bocadillo caía rendida en el sofá, yo la tapaba con el cuidado de quien roza un delicado cristal, temiendo que todas sus esperanzas se quebrasen, desperdigándose  como  animales malheridos por el suelo frío del salón. A continuación llamaba a Elena, le prometía que al día siguiente la dejaría a su hora en la puerta del Colegio. Guardábamos un silencio sepulcral entre las frases correctas y los monosílabos antes de colgar.

Diez años fueron capaces de pasar, casi siempre muy deprisa, el insospechado mundo social de Marcel me puso en contacto con aficionados a las antigüedades y tiendas de muebles específicas que han encadenado pedidos. Sigo viviendo de lo que mis manos son capaces de descubrir bajo tanta capa inservible.

Sus pulmones enfermaron progresivamente, lo anunciaban sus profundas ojeras, sus labios agrietados, la tos intempestiva. No quería nombrar sus dolencias, hacerlas más fuertes. Desde la azotea también llegó a ver el mar, aunque no fuera el mismo que yo distinguía, porque el mar es tan individual, tan privado como la forma de despertarse.

La madrugada en la que la puerta sonó con su inconfundible manera de anunciar su llegada salté de la cama y bajé descalza a abrirle. Ya había algo en las sombras húmedas y en mi precipitación que presagiaba tristeza. Prácticamente se desplomó sobre mi hombro, respiraba con dificultad y no quiso que llamase a ningún médico, salía de pasar unos días en el hospital y las noticias no eran buenas.

Durmió profundamente. Pareció reponerse.

Traté de explicarle a Noa, que no se despegaba de él y vivía dentro de un saco de dormir a los pies de la cama, que la despedida se acercaba.

Nunca he sufrido mayor agresión que la de aquella mirada.

Estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, era una mujer obcecada, valiente, con ese punto agreste, indomable, en sus pasos, la forma de girarse, la ondulada melena… Demasiado rotunda quizás, para ser tan joven.

Hablaban de política, de música, de libros… jugaban a las cartas. Trataban de incluirme pero resultaba imposible formar parte de una sociedad emocional tan compacta.

Cuando Marcel no estaba delante Noa lloraba en silencio, lágrimas voluminosas se derramaban por sus mejillas hacia ninguna parte. El resto de su cuerpo parecía no inmutarse.

Una de las últimas noches, mientras recogía la cocina, sentí su mirada, impotente, asustada, sobre mis movimientos. Me senté junto a ella, le pregunté en silencio qué quería de mí, simplemente dijo: “Debes ser muy especial para que mi padre haya venido a morir en ti”.

Marcel quería tierra.  Llevaba vagando demasiado tiempo y quiso tierra.

Lo dejó todo bien atado. Organizó escrupulosamente su muerte cómo no pudo hacerlo con su vida.

Es una sepultura pequeña, en un rincón dónde siempre da el sol.

Apenas cinco personas en el entierro. Sin sermones ni mensajes imposibles.

Conocí a Elena, nos abrazamos sinceramente.

Noa parecía una escultura, ausente, gélida, lejana.

Quiso pasar en casa unos días, recoger las  pocas pertenencias de su padre y empezar a vivir con su ausencia. Curioso el volúmen que deja el vacío aún con las personas intermitentes, esas que se empeñan en no dejar huella y consiguen el efecto contrario: la nitidez.

Cómo suelo conciliar el sueño cerca del amanecer no la escuché marcharse, bajar torpemente las escaleras por los bultos que acarreaba, cerrar la puerta y echar a andar sin mirar atrás.

Dejó café hecho y un par de calas, mis flores preferidas, sobre la mesa de la cocina.

Con la barra de labios que siempre la acompañaba escribió gracias en el espejo del recibidor.

La soledad y el frío me hicieron estremecer.

Envuelta en una manta subí a la azotea, lloré todo lo que no había podido llorar en los últimos días, comprendí el final de un camino, de una época, de una apuesta… durante mucho tiempo no encontré el mar detrás del horizonte urbano, ni siquiera lograba adivinarlo.

El trabajo me ayudó a continuar, encargos, plazos, alguna amiga que se dejaba caer y me recordaba, de repente, quién era yo antes de conocer a Marcel… los contornos comenzaron a hacerse difusos y el duelo más llevadero, como buscando un lugar en el que colocarse.

Sabía de Noa por Elena, de vez en cuando hablábamos, había iniciado sus estudios en la Universidad, parecía que le gustaba un chico, pero se cerraba en banda a la hora de las confidencias, procuraba no bajar la guardia.

El día que llamó a la puerta del mismo modo en que lo hacía su padre me quedé petrificada, sujetando un pincel que se quedó suspendido en el aire. Me costó un mundo poder llegar a abrirle, recordar esa expresión expectante, ávida, elocuente… parecíamos dos estatuas de sal, inamovibles una frente a otra, finalmente me hice a un lado para dejarla pasar. Entró en el taller y echó un vistazo a mis trabajos, sonreía, “qué buena mano tienes”, me dijo.

No sé cómo se puso a hablar de Ian, de lo distinto que era a todo el mundo, “sabe lo que quiere, me coge de la mano y me lleva exactamente a dónde quiero ir…” pero había cierto desasosiego en el movimiento ágil de sus dedos largos. “Entonces…  ¿cuál es el problema?”, pregunté reanudando mi faena, tratando de restar importancia a algo que evidentemente la tenía, algo que había hecho regresar a Noa dos años después de la muerte de su padre.

“Siempre tiene prisa”, respondió despacio, mirando al suelo, empujando con la punta de su zapato montoncitos de serrín.

En pocos meses estaban viviendo juntos, los padres de él pagaban un ático blanco y amplio en el centro de la ciudad. “Figúrate que tenemos dos cuartos de baño con dos lavabos en cada uno”, explicaba Noa abriendo mucho los ojos, él, Ian, la miraba con cierta condescendencia asomándose a los rincones de mi casa cómo quien mira sin comprender una exposición vanguardista: “¿Vives aquí?”, preguntaba atónito… “Sí”… “Qué curioso… parece un almacén”, y constantemente se sacudía el polvo de las manos.

A veces la vida sabe un poco a algodón de azúcar, es cronológica y funciona como la seda.

Así fue ese principio en el que quisieron creer, sólo que la fe resulta inconsistente, pincha con la facilidad del alfiler y el globo.

Noa llegaba como un huracán, se desbordaba, lloraba, se calmaba, volvía a llorar para lavarse después la cara con abundante agua fría y salir a buscarlo.

Después bajó del balancín, venía cómo pidiendo permiso, sin despotricar, simplemente charlábamos de cosas banales, tomábamos un té, la tarde languidecía y a ella le costaba mucho marcharse.

Hubo un paréntesis extraño, un tiempo en el que dejé de verla porque tenía que comprar unas cortinas, había descubierto el yoga o trataba de relacionarse cordialmente con sus cuñadas…

No sé por qué, pero ese paréntesis guardaba un aire rancio, pesaba.

Me dijo que estaba embarazada sin mirarme a la cara y en el quinto mes de gestación.

Me dijo que iba a ser un niño.

Me dijo que ella no quería para su niño un padre ausente ni una familia rara.

Quería un carrusel sobre la cuna, cajas de plástico de colores repletas de juguetes, una alfombra enorme que simulara una carretera, calcetines con huellas, churretones de chocolate, que el pequeño cuerpo de su pequeño se colase entre los cuerpos de los dos un domingo por la mañana…

El intenso monólogo parecía estar ordenado para convencerse a sí misma.

Además los niños unen.

Los niños son una bendición del cielo.

Dan suerte.

Y mucha alegría.

Le pregunté “¿Entonces por qué lloras?”, y respondió algo sobre las hormonas y el embarazo.

Hugo nació redondito, blanquísimo, con las orejas muy pegadas y un visible lunar bajo el lóbulo de una de ellas. A mí me parecía una marca afortunada,  pero su abuela paterna, con la que coincidí en la habitación del hospital, no paraba de repetir: “Qué lástima, con lo bonito que es el niño y esa mancha de por vida…”  Noa parecía inquieta, no descansaba bien y Hugo no le cogía el pecho…  su suegra le daba pequeños golpecitos en el brazo. “No te amilanes niña, que cuatro seguidos tuve yo y bien sola que estaba… criar es sufrir, por si no lo sabías…”

Noa le dedicó esa mirada herencia de su padre que silenciaba a cualquiera.

Le regalé al niño un caballito-balancín de madera, cuándo les llamé para poder llevárselo se puso Ian, “Mejor te lo quedas en casa para que juegue allí cuando vaya, aquí se nos empiezan a acumular trastos…”

Después ya nos vimos poco, ella quería criar a su niño de una forma y el padre de otra, estaba agotada, la familia de Ian era como un tren de alta velocidad que te pasa por encima.

A todo ello se sumó  la consecución del plan que Elena llevaba años ideando.

Volver a las raíces con su última pareja, a un pueblo perdido en la montaña, a comer del huerto y crear jabones artesanos.  

“Vente con nosotros Noa, allí el niño se criará en libertad, vivirás más tranquila…”

Pero ella les respondió con la barbilla temblando y el monólogo de la familia ideal.

Hasta que desembarcó en mi casa hace unos días, la vida descompuesta, los sueños una equivocación, incapaz de encontrar salida.

Cuando le puse el café bien cargado entre las manos estaba dispuesta a explicarle sutilmente que no tengo en la puerta el letrero de una estación de paso ni pretendí ser nunca un hospital de guardia. Estaba dispuesta incluso a hablarle de mí, una familia numerosa, la hija menor que sostiene a la madre prematuramente viuda y ve las grietas, el dolor, la resignación, acorralada por el miedo… pero ella traía también su discurso, la urgencia de quien sabe que ha perdido y tiene prisa por reconocerlo y continuar.

No volvería con Ian, le desagradaba su autoritarismo mezclado con una profunda cobardía a la hora de tomar decisiones, aborrecía esa frase que le repetía últimamente tras cada discusión y que quedaba aleteando en el aire, atrapando la luz: “¿Qué te cuesta ser un poco más normal?”

Y sin embargo Hugo.

Hugo le había enseñado que siempre hay tiempo para tratar de hacer bien las cosas.

Intentarlo al menos.

Quería para él dormir despatarrado, mejillas encendidas, una ilusión perenne.

Propondría una separación amistosa.

Debí de mostrar una expresión incrédula, recordando algunos momentos con su familia política… ella sonrió levemente, “cuando la gente guarda secretos no se la juega, no arriesga…”.

Un As en la manga.

Se marcharía una temporada con su madre, nubes enormes, viento en la cara, campanas de domingo…  las respuestas están en los espejos, un día te asomas cómo por descuido y las ves, ya no necesitas seguir huyendo ni buscar a nadie para echar a volar.

Pasamos unos días suaves, despertándonos de un letargo, organizando sus cosas, primero se llevaría lo básico, después el resto… mientras yo cargaba a Hugo en brazos ella me preguntó: “¿Crees que me parezco a mi padre?”

Negué con la cabeza rotundamente, no somos muñecas rusas, alguien debería recordarnos el enorme ejercicio de libertad que supone despertarse cada mañana.

Presiento que el mar ha vuelto.

Huele a sal en las madrugadas.

La última casa del mundo parecida a tener una casa resiste las inclemencias del tiempo.

Sabe que la vida es cíclica.

Que todo está inventado.

Y sentido.

Que sólo la calma se parece al éxito.

Sólo la calma.

 

 

 

28/01/2018 12:04 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

"ANILLOS DE ORO"

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No la hay actualmente. Una serie de televisión que aborde la realidad social del momento, el reflejo de quienes somos y cómo vivimos.

"Anillos de Oro" consiguió ser fiel a una época (los 80) y a un país que tenía lo que tenía... la resaca de la dictadura y de la redicha transición, la recién aprobada Ley del divorcio que permitía terminar con una parte de esa doble moral tan nuestra, tan de escandalizarse mientras se mantiene una doble vida.

Sera porque la escribió Ana Diosdado (1938-2015) y la dirigió Pedro Masó (1927-2008), será porque Imanol Arias (1956), tan joven, ya crecía imparablemente... el caso es que venció porque se atrevió a contar con los mejores ingredientes, ponerlos en marcha, cuidar a un público que no se conformaba con cualquier cosa y... voilá.

Hasta hace poco creía que me quedaba cada vez menos tiempo para seguir leyendo, descubriendo autores, historias, momentos... por eso no retrocedía volviendo a leer obras que me conquistaron o no, dándoles una segunda oportunidad, o varias... Sigo convencida de la fugacidad inmisericorde de un tiempo que no perdona, pero si es verdad que una siempre vuelve a los lugares donde amó la vida... a algunos libros hay que volver despacio, porque son sitios que ya no se repiten, por respeto a lo que aprendimos de ellos y porque siempre nos estarán esperando.

"Anillos de Oro", escrita en formato teatral, cargada de imágenes y secuencias aún antes de convertirse en serie, narra en trece episodios a finales de 1983, lo que acontece en un despacho de abogados que comienza a llevar los primeros casos de divorcio, en contra de la moral y el recato predominantes. Y lo hace con buen gusto, desde todos los ámbitos y/o estratos sociales, tocando además temas aledaños cómo la homosexualidad, el adulterio, la emancipación femenina, los grupos sociales al calor de los bares-madriguera, etc.

Ana Diosdado dominaba la escena. Hija de padres exiliados, ahijada de Margarita Xirgu (¡ahí es nada!), dramaturga, guionista, actriz... siempre tuvo una mirada (por dentro y por fuera), inteligente, sagaz, evolutiva.

Cuándo se estrenó "Anillos de Oro" yo tenía doce años y entendía muy poco de casi todo, pero me quedaba con imágenes, y sobre todo con palabras, que puestas en el lugar y en los labios adecuados consiguieron salvarme de muchas cosas tristes.

Recuerdo el pelo de Lola (la abogada de la serie interpretada por Diosdado), ese maravilloso corte de pelo tan de "antiseñora"... y la relación, fuera de connotaciones de pareja, que mantenía con Ramón (el otro abogado del despacho, interpretado por Imanol Arias), cuando yo ya intuía que un hombre y una mujer podían ser amigos de verdad sin ser pareja sentimental...

El guión es en muchas ocasiones un drama con tintes de comedia y a la inversa, cómo la propia vida. 

Recuperar todas aquellas reminiscencias y traerlas al presente me ha hecho recordar la Librería Pérez, dónde compré a precio de ganga los dos tomos en los que se estructura la obra, cómo crujía aquel suelo de madera, la oportunidad tan enorme que suponían las librerías de viejo contra el invierno del alma... 

Desaparecemos. Todos. La vida es cíclica.

Pero obras como ésta, tan absolutamente hermosas, humanas y necesarias, tan llenas de arte... son eternas.

15/12/2017 13:12 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"QUÉDATE ESTE DÍA Y ESTA NOCHE CONMIGO"

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...Por dónde empezar...

Quizás sirva el ejemplo, un fragmento, esta idea:

"Están, desde luego, los colectivos.  Siempre aparecen, como hogueras, como respuestas, como archipiélagos.  Rodean algo.  Esto es lo más difícil de aceptar.  Que en este momento de la historia tengan que rodear algo.  Que no puedan, simplemente, ser.  Que tengan que vivir empujados y a la contra.  Hay colectivos cuyos miembros consiguen derribar los marcos y cruzar al otro lado juntos.  Alivia saberlo."

El último libro de Belén Gopegui (Madrid, 1963) vuelve a la necesidad de los seres sociales, del calor de hogar, de una palabra que modifique el orden de las cosas, la paz impuesta.

Es complicado explicar cómo escribe esta autora, al menos complicado para mí, que me declaro fan incondicional suya desde que mi amigo Félix me regaló su primera novela: "La escala de los mapas" (1993), y me pasó con ella lo que todavía me pasa con  las obras excepcionales de Gopegui, me veo inmersa en una espiral surrealista de la que temo no poder salir y cuando pienso que no entiendo nada, que ya no entiendo nada, surge la palabra precisa, la clave exacta para ver amanecer en sus novelas y creer lo que sigo creyendo desde el principio, que es una autora irrepetible, capaz de crear un universo literario que supone compromiso social y revolución.

Me sumo a la frase de María Unanue de Pikara Magazine: "Belén Gopegui es mi búnker".  Cuándo todo se viene abajo, cuándo vienes leyendo más de lo mismo y necesitas algo que te remueva, que te haga reivindicar la literatura por encima de todas las cosas, publica Gopegui y todo vuelve a latir. Yo me siento así.

Cojo lápiz, una pequeña regla y asedio cada línea, podría subrayar el libro entero, anotaciones, conceptos nuevos o nombres nuevos para los conceptos de siempre: merecer, cambio de paradigma, profecía autocumplida, "el imperativo de NO resignarse", "la poesía es una exactitud inesperada"...

Sinopsis

 Dos generaciones, dos vidas que no estaban llamadas a encontrarse ponen a Google contra las cuerdas.

Esta es la historia de Mateo y Olga, y es una solicitud de trabajo que tiene a Google por destinatario. Es también la confesión de quien ha de valorar la propuesta. A Mateo, interesado por los robots, le obsesiona averiguar si el mérito debe ser desterrado de las relaciones humanas. Olga, matemática y empresaria retirada, cree que los modelos estadísticos son narraciones y que la probabilidad es una forma más precisa de nombrar el acto de ser libre.

Podría ser una historia de amor en la medida en que el encuentro, el diálogo y el deseo de oír la voz del otro construyen un relato común. Y porque, como en las historias de amor, ese encuentro alberga el desencuentro de dos formas distintas de ser y estar en el mundo. Mateo tiene la vida por delante y se niega a aceptar que esa vida no se pueda escribir desde la libertad. Olga, bastante más allá del medio del camino, no teme relegar el yo al fondo de un cajón ni asociar su cuerpo a una sociedad de la mente. Les une la misma voluntad de entender el comportamiento de la realidad y de sentir qué sucede cuando una máquina se da cuenta de que es una máquina. Un Dante vehemente y una Beatriz a punto de partir recorren un espacio que es infierno y también paraíso.

Por si alguien necesita algo más concreto, aunque la fórmula es por inmersión.

La Gopegui de "El lado frio de la almohada" (2004) o "Deseo de ser punk" (2009) se va descentralizando, dejando un poco atrás la importancia del personaje y su entramado relacional pese a definirlo con exactitud en cuatro pinceladas. Quita paja, florituras (si es que alguna vez las hubo y/o fueron innecesarias) y acude al epicentro, el dolor concreto, la derrota cotidiana, para enseñarnos en el espejo lo que decimos ser y lo que somos.

No vale leerla por puro entretenimiento. No funciona.

Es un viaje ideológico, un de parte de quién estás porque no sirven el silencio ni la pasividad.

Cuándo quieres darte cuenta estás luchando.

"Los seres humanos tienen esa capacidad de convertir casi cualquier modo de vida en un diamante único, faroles apagados que en el parque, al encenderse, modifican el estado de ánimo de un sueño"

...Qué más se puede decir...

Mi calidad de vida mejora leyendo a Belén Gopegui. Lo juro.

16/11/2017 17:46 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS"

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Esta novela se publicó hace dos años. La había escrito un corresponsal de Los Ángeles Times premiado con el Pulitzer, un tipo, según dicen, guapo y exitoso. La portada reinaba en el escaparate de todas las librerías, una imagen atractiva de un chavalito pecoso de ojos claros rezumando ambiente setentero.

La dejé pasar por lo de siempre, los grandes bombazos editoriales me abruman o acobardan.

Pero desde las estanterías de una de las mejores bibliotecas del mundo que es la de mi barrio volvió a mirarme el chiquito aquel, era otoño y permanecía la certeza de unos ingredientes que conmigo funcionan cual caballo ganador: la infancia, una familia compleja, unas relaciones intensas, una localidad pequeña, con mar, con bar... uno de esos bares que son el epicentro de todos los seísmos, las celebraciones y las angustias, un refugio imperecedero a través de los tiempos. Y me lo llevé bajo el brazo.

"J.R. creció con su madre, pues su padre los abandonó cuando J.R. no había pronunciado su primera palabra. Él, sin embargo, sabe quién es su padre: un DJ de Nueva York que tiene un programa de radio y cuya voz J.R. escucha con la oreja pegada al aparato. Hasta que un día la voz desaparece del aire y J.R. se queda sin nadie a quien escuchar. Encontrará refugio en el amor de su madre y en el Dickens, el bar de su barrio, un sitio donde poetas, policías, apostadores, soldados, boxeadores y estrellas de cine tienen una historia que contar. Allí, entre todas esas voces que lo cautivan como en un sueño, J.R. podrá darle voz a su propio destino y podrá forjarse, también, una identidad. Conmovedor y emocionante, firmado por un premio Pulitzer, El bar de las grandes esperanzas es un libro hermoso que puede leerse como una novela de aprendizaje o como una historia apasionadamente sincera y real."

Desde el principio esta biografía novelada tiene una estética impecable, es una historia absolutamente hermosa, bien contada, trabajada a conciencia y  entrañable.  No sé cómo lo consigue el autor (la nostalgia en su justa medida, la búsqueda de un lugar propio, un padre ausente que el inconsciente y la necesidad buscan en otros hombres y en otras voces, la magia irresistible de los perdedores literarios, los vínculos que proporciona un refugio seguro, la poesía, el acohol, los cambios generacionales... todo sin prejuzgar, ordenado meticulosamente) pero la emoción al borde de la lágrima te atrapa desde la primera a la última página. No me refiero a la emoción fácil, la resultante de una suma de factores exactos, no, sino a la conexión que se establece con la piel, con la propia intimidad, por una serie de pequeños matices comunes a cualquier alma.

Los personajes, totalmente cinematográficos, amparan a J.R a lo largo de toda su trayectoria, desde su nacimiento en 1965 hasta el fatídico atentado contra las torres gemelas... hechos que son la partida y el punto y seguido de una narración global, basada en un aprendizaje permanente, en la necesidad de ser alguien no heredado, pero fragmentado, porque también somos la huella de quienes nos transitaron.

La importancia de los bares (en este caso un típico bar-restaurante en una población reducida cercana a Nueva York) y de quienes los dirigen (Steve y su encantadora sonrisa a la que el protagonista compara siempre con la del gato de "Alicia en el País de las Maravillas"), los ritos iniciáticos, el valor, las costumbres, las apuestas deportivas... todo forma un entramado donde no cabe lo invisible.

Y la importancia de los finales, de los ciclos que acaban aunque no queramos y nos parezca imposible que puedan terminarse.

Porque nada es eterno y a veces es verdad que lo que no te mata te hace más fuerte, o mejor superviviente.

Creo que es un hallazgo de libro, creo que redunda en un tema típico en el que cientos de autores han recalado: un bar y sus gentes como reflejo social e identidad (una dentro de sus paredes, otra fuera, menos auténtica, quizás, menos segura), pero contado de una manera que lo convierte en especial y genera un escenario íntimo, afectivo y cálido.

Dos años después de estrenarse, "El Bar de las Grandes Esperanzas" fulmina mis prejuicios (cómo otras obras que también lo logran) contra la pompa y el boato de algunos best-sellers.

Suelo repetirme que debería reconducir esta manía... pero llevamos tantos años juntas...

 

 

30/10/2017 12:37 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"HOY AÚN ESTAMOS VIVOS"

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La guionista belga Emanuelle Pirotte publica su primera novela, "Hoy aún estamos vivos", Editorial Grijalbo, en Mayo pasado. Precedida de gran éxito, esta novela, que se confunde a veces con el borrador de un guión o con el orden que precede a lo que queremos contar y no podemos permitir que se nos olvide, atrapa un gesto, una situación y unos personajes desesperados por sobrevivir, pero absolutamente netos, sin mascaradas.

Bélgica, diciembre 1944. Los alemanes han iniciado una contraofensiva en las Ardenas. Renée, una niña judía de siete años que ha sido acogida en una granja cuando huía de la persecución nazi, es confiada a unos soldados americanos. Sin embargo, al quedarse a solas con ellos, la pequeña descubre horrorizada que, en realidad, se trata de unos oficiales de las SS infiltrados en las filas aliadas. Los hombres no parecen tener dudas: hay que acabar con la niña de un disparo. En el bosque. Sin misericordia.

Tiene mucho de cuento infantil (un tanto tétrico, tipo Andersen...), de desastres de una guerra en la que cualquier situación es susceptible de empeorar, de personajes que son luz y otros sombra, cómo siempre en la vida pero acuciadamente en este caso... Contiene una belleza especial, algo que no termina de asentarse porque el ritmo narrativo es frenético en exceso, desde la primera línea hasta la última se tiene la sensación de viajar en un tren de alta velocidad carente de frenos. Los tiene porque consigue subyugarte, entrar en los refugios, subir a los caballos, mirar a los ojos de Renée... todo lo descrito es una trampa fácil para ávidos lectores, el argumento engancha, las peculiaridades la convierten en una novela nueva, sorprendente a pesar de los tópicos propios del contexto histórico... pero quiere contar tantas cosas y tan deprisa, con frases tan escuetas, breves e impactantes cómo disparos, que queda la sensación de querer terminar pronto, de finiquitar con la misma energía con la que se comenzó.

"Hoy aún estamos vivos" es una defensa del vínculo por encima de los lazos de sangre, de la libertad de elección y la ayuda mutua cómo defensa ante la propia miseria.

No cree ni fomenta los idilios, la música de violines (no están los tiempos para contar cuentos de hadas), las mentiras piadosas... Pero nos pone delante el segundo definitivo, el momento exacto que puede cambiarnos la vida, volcárnosla o dignificarla, quién sabe si al fin y al cabo es tan solo un parpadeo, algo insondable.

El premio final no es sobrevivir.

Sino estar vivos.

11/09/2017 10:50 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"LA MUJER DE LA LIBRETA ROJA"

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Que Antoine Laurain (París, 1970) es un apasionado del arte y trabajó como asistente de un anticuario no es de extrañar una vez leída su novela: "La mujer de la libreta roja". Quinta novela, traducida a quince idiomas, una belleza gráfica que muy probablemente se vea reflejada en la gran pantalla.  Porque puede. Porque tiene armonía de principio a fin, un ritmo de promesa por cumplir, una sonrisa permanente.

La protagonista, Laure, es doradora ("persona que tiene por oficio dorar, colocar pequeñas láminas de oro restaurando obras..."), y tiene un bolso en el que guarda los símbolos de su vida, entre ellos una libreta roja en la que escribe a ratos pequeñas frases sobre sus miedos e ilusiones. Una noche cuando vuelve a casa un ladrón le roba el bolso. Laure debe pernoctar en el hotel más cercano puesto que no tiene llaves, documentación, ni nadie a quien recurrir en ese momento. Durante el tirón ha sufrido un golpe en la cabeza que le ocasiona un coma reversible. Mientras, Laurent Letellier, antes dedicado a las finanzas y ahora propietario de una pequeña librería parisina, encuentra tirado el bolso en un rincón y pretende entregarlo en una comisaría, pero una serie de coincidencias provocan que el bolso se convierta en un rompecabezas que Laurent se empeña en resolver hasta dar con la propietaria.

Incluso el gato, Belphégor, juega un papel importante, cómo Chloé, la hija adolescente de Laurent, y William, amigo de Laure, y la pequeña librería, y una dedicatoria de Patrick Modiano, el taller de restauración, el vestido de la tintorería, "Habanita" (el perfume que usa Laure)... nada es azar aunque pretendan convencernos de lo contrario, todas las piezas son fundamentales y encajan, consiguen esa armonía sobre la que escribía al principio, son los ingredientes de una historia amena, entretenida, sencilla y muy hermosa, entrañable, una de esas pequeñas mentiras que, de vez en cuando, necesitas que te cuenten.

"La mujer de la libreta roja" es una historia de seres buenos condenados a encontrarse, quizás demasiado "ideal", un poco Amélie, un mucho del París romántico, pero sin empalagar, bien argumentada, hábil e ingeniosa.

Es literatura. Y de vez en cuando hay que darse un paseo por las nubes.

30/08/2017 21:45 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"LA CHICA DE OJOS VERDES"

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Las bibliotecas sirven para refugiarse de la vida.

Cómo los escritores y las escritoras infalibles.

Ya he presumido en otras ocasiones sobre la biblioteca de mi barrio (que fue convento y cuartel, y después de todo eso se reconvirtió en un espacio infinito, hermoso, cercano... que siempre te espera y al que puedo acceder sin ni siquiera cruzar de calle).

De vez en cuando hay que buscar refugio seguro. Imperecedero. Volver al papel, a la sensación de coger un libro prestado, al ritual... pero todo ello procurando dar los pasos sobre las piedras firmes del rio.

Por eso Edna O, Brien (Irlanda, 1930), y el segundo libro de la trilogía protagonizada por Kate y Baba:  Las chicas de campo (ya comentado en este blog), La chica de ojos verdes y Chicas felizmente casadas.  Un compendio de deudas pendientes, en clave de luz y humor, pero reflejando profundamente el nacionalcatolicismo de la época (años 60), la privación de libertad para las mujeres, las herencias familiares, el medio rural, oscuro y castrador... una trilogía que puede leerse por separado y que es una ventana abierta a cómo la historia y el entorno suponen grilletes en el tobillo de las protagonistas, liberarse de ellos y crecer son la huída hacia adelante que desgrana el argumento.

La naturalidad expresiva de la autora "rima" a la perfección con la puesta en escena, con el paisaje, los anhelos, los deseos y todo lo que quiere contarnos de una manera simple, directa, cómo si no hubiese tiempo de contar las cosas de otra forma, ni fuese necesario. 

En este segundo libro de la trilogía Kate se enamora, incluso se marcha a vivir, con huídas épicas y dramáticas por medio, con el protagonista de su desvelo, un artista maniático de buena posición, casado y con una hija pequeña, de las que hace tiempo vive separado.

Ten cuidado con lo que deseas porque se puede cumplir.

Frase que bien podría resumir una novela que en ocasiones y no por casualidad parece fácil y hasta banal. Si no se tiñese a veces de rosa, de broma soez, de eteno domingo... las heridas resultarían mucho más incisivas.

Una buena novela hiere, deja marca.

Eugene pretende cambiar a Kate para que esta deje de ser la chica de campo que conoció. La supremacía de la cultura es peligrosa, dominante. ¿Hasta que punto estamos dispuestos a dejar de ser nosotros mismos por querer al prójimo?.

Adentraros en cualquiera de los libros de Edna O,Brien. Ahí dentro está Irlanda, Inglaterra, las mejores tazas de té que hayáis visto nunca, sombreros, zapatos, salas de fiestas, trenes, simpre los trenes, los barcos que zarpan, los coches que ya no vendrán a buscarnos... Hay que bailar y hay que reir, ella sabrá conduciros, y en ocasiones, en el momento exacto, cómo por descuido, se os humedecerán los ojos.

Eso es escribir. Convencer al mundo. Lo que se cuenta en ese preciso instante es el único presente que importa.

Kate y Baba son unas supervivientes asombrosas. Están vivas.  Merece la pena darles la mano y echar a volar.

Contar con refugios seguros, aunque no salgamos más fortalecidos de ellos, siempre suponen el éxito de guardar un As en la manga.

15/08/2017 21:50 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

«TÚ NO ERES COMO OTRAS MADRES»

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La narración de Angelika Schrobsdorff recons­truye la vida real e inconformista de su madre, una mujer nacida en una familia de la burguesía judía de Berlín, liberada de los prejuicios de su tiempo y deseosa de casarse con un artista (y no con el «exce­lente partido» que le han buscado, un comerciante opulento y maduro). Así, Else vivirá de lleno el nacimiento de un nuevo mundo junto a la culta bohemia berlinesa de los «locos años veinte», un periodo en el que tendrá tres hijos de tres padres diferentes, fiel a las dos promesas que se hizo de jo­ven: vivir la vida con la máxima intensidad y tener un hijo con cada hombre al que amara. Ésta es, por tanto, la historia de una mujer singular y sedienta de independencia, que será arrollada por aquello mismo en lo que se negaba a creer al principio: el presente. Sin embargo, en la dura prueba del exilio, Else encontrará una realidad nueva y reveladora tras una vida que hasta entonces ha estado ente­ramente dedicada a las fiestas, los viajes y el amor.

Errata Naturae, esa editorial elegante dónde prima el buen gusto, publica las memorias de Angelika Schrobsdorff (Friburgo, 1927), importante escritora de cuentos y novelas que han marcado la narrativa alemana durante la segunda mitad del siglo XX.

La infancia es el ángulo de sol exacto dónde germina la memoria. Dónde tejemos las esperanzas, y la pequeña Angelika imagina, cómo todas y todos, un mundo que poco tendrá que ver con la realidad y los años.

Los locos años veinte, la forma de entender la identidad propia y la de los demás, la herencia familiar, el amor (esa otra base principal de la memoria), Berlín, el nazismo y el irremediable exilio...  en los ojos incrédulos de una niña de familia acomodada que habita el mundo cambiante y caótico que los adultos deciden.

Escrito con pulcritud, esmero y respeto, "Tú no eres cómo otras madres" es también una cuenta pendiente y un éxodo, cómo casi todos los libros autobiográficos, es querer cerrar puertas, aún a sabiendas de que algunas siempre quedarán abiertas.

Denso en ocasiones, a veces un ensayo, cuesta leer las heridas, los homenajes, las valoraciones de otra persona que quiere contar con rigor lo que considera imprescindible.

Al fin y al cabo es cómo colarse en otra casa, aún con permiso, colarse y fisgar...

Las que hemos tenido y tenemos madres "atípicas", aquellas que pensaron que los hijos e hijas seríamos otra de sus extremidades y sobre todo silencio, nos reconocemos en la piel de la pequeña Angeli, entendemos sus fobias y sus miedos, su manera de buscar un pedazo de mundo amable.

Errata cuida lo que publica y siempre acierta.

Os invito a leer su seña de identidad:

http://erratanaturae.com/errata-naturae-un-proyecto-editorial/

26/07/2017 09:50 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

"PUENTE DE PLATA"

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“Porque ninguna tierra

posees,

porque ninguna patria

es ni será jamás la tuya,

porque en ningún país

puede arraigar tu corazón deshabitado”

 (“El derrotado”- Ángel González)

 

Las primeras imágenes que conservo en mi memoria sobre Teresa son de hace treinta y cinco años.  Tendía en el patio comunitario unas sábanas blanquísimas mientras sujetaba  en la boca una pinza de madera.  Cantaba con gracia y sin reparo,  el pelo largo, abundante, cobrizo, sujeto en una trenza que bailaba sobre su espalda.

Me gustaba asomarme a verla, el niño solitario se aupaba sobre una silla para contemplar a aquella mujer diferente al resto de madres, que siempre ofrecía una sonrisa, una caricia a tiempo.

Después me hice amigo de su hijo pequeño, César, con quien en aquel patio de vecinos aprendí a ir en bicicleta y a pegarle las primeras patadas a un balón.

Teresa y mi madre, a pesar de ser mujeres tan distintas, fueron confidentes, compañeras y amigas.

Resultaba fascinante contemplarlas en la cocina o en la terraza de casa, los rulos puestos, la cazuela en el fuego, los chismes del barrio con nombres ficticios para que  los chiquillos que rondábamos por allí no supiéramos de quién hablaban.

Se reían como nadie más.

Hasta que una voz atronaba por el hueco del patio, y Teresa escapaba rauda escaleras abajo, el rostro tenso, la mirada huidiza, tiempo suficiente para decir: “Adiós mi príncipe”, mientras me revolvía el pelo y salía.

Ahora la veo doblar la calle mientras aparco el coche y resulta imposible la semejanza, ni comprender por qué el tiempo maltrata a algunas personas hasta convertirlas en un boceto triste de sí mismas o de lo que quisimos que fueran.

Viene hasta mi casa una vez a la semana, normalmente los miércoles, la residencia de ancianos está muy cerca, ella se escapa con habilidad profesional calculando mi horario de vuelta del trabajo  y ronda por la entrada cómo quien aparece en ella por casualidad, con su bata de flores, pisando los talones de sus zapatillas, se peina el escaso pelo con los dedos y silba.

Yo llamo a la residencia para avisar que está conmigo, que luego la llevo, que no le riñan…

La dejan hacer. En este juego todos tenemos las cartas marcadas.

Se alegra aparatosamente de verme, le insisto para que entre, se hace de rogar…  al fin se sienta en el lugar de siempre, una silla de forja en el escueto jardín artificial, pregunta por mi madre, le repito lo acostumbrado: “Ya no está con nosotros,  Teresa, hace cuatro años que se marchó para siempre”, ella me mira y sonríe débilmente, no sé si es consciente o no de la ausencia. A veces muestra una memoria sorprendente y otros días parece desconectada de cualquier recuerdo. Agradece como una niña pequeña a la que obsequian con una golosina el vaso de leche tibia que le pongo entre las manos.  Después, simplemente callamos mirando al cielo, por encima de los muros de estos chalets adosados, sin margen para la historia.

Marta se empeñó en que viviésemos lejos de todo lo que habíamos sido:

 “Vamos a comenzar con mayúsculas, de cero, consigamos nuestro lugar”.

 Parece fácil, un sitio, un habitáculo, un lugar. Un espacio que mire cómo yo miro. Pero no es tan fácil, qué va, aquí las paredes siempre tienen frío. Su asepsia me da miedo.

A Marta no le gustaba Teresa.  Nunca me lo dijo, pero le provocaba un rechazo evidente. 

“Si la vas a recibir que sea en el jardín”.

Y seguimos haciéndole caso, no sé por qué, malditas costumbres.

 En el jardín el aire no pesa ni se enturbia.

Cambia.

El mismo empeño que tuvo Marta para comprar el chalet lo tuvo para pedirme su parte cuando nos separamos. Dijo algo sobre los malos recuerdos que le traía… pensé en que tres años no son suficientes para acumular mucho malo, o sí… el caso es que yo,  que era el reticente al cambio, a la compra y a la casa, me quedé con ella.

Estamos condenados a entendernos.

A veces nos venimos grandes.

A veces estamos demasiado solos.

Sólo a veces.

“Mi César va a venir a verme un día de estos ¿sabes?”

La eterna afirmación cae insegura a nuestros pies, cómo un castillo de arena, yo asiento, quiero creerla, César resurgiendo de no se sabe qué cenizas, montado sobre una de esas motos que tanto le gustaban y sobre las que aprendía con ahínco, el chaval inquieto y despierto, que se mordía las uñas y los labios hasta hacerse heridas.

Todo el bloque sabía que su padre le marcaba con el cinturón un día sí y otro también, escuchábamos los gritos, los portazos, el llanto agudo, monocorde y agrio de Teresa trepando por las paredes.

Hasta que un día César le quitó el cinturón a su padre y se invirtieron los papeles, fue Gerardo Noa quien no pudo salir de casa en un par de días, magullado, más amargado que nunca. Ya se había ido su hijo pequeño, apretando el acelerador de su motocicleta, los ojos turbios,  con el dinero que su madre guardaba en el molinillo de café apretujado en el bolsillo del pantalón vaquero, ella insistió, él dijo te llamaré y la besó  en la frente.

Nunca más.

Ni siquiera cuando murió Gerardo y Teresa oteaba por encima de todas las cabezas.

He tratado de rastrear por internet, pero quien no quiere ser encontrado vive fuera de las normas del tiempo, en otra dimensión.

Allí quedaron Susana y Lidia.

A una de ellas su padre  la sacó al patio atada a una silla y le rapó el pelo con su maquinilla de afeitar.

Mi madre se quedó afónica de gritarle barbaridades por la ventana.

Gerardo Noa sonreía.

Su hija sin embargo parecía un maniquí, ni una lágrima, ni un gesto de rabia, muda, hermética, seca.

Cuando la hermana y la madre volvieron de la calle Gerardo había bajado a echar la partida, la niña veía la televisión sin verla, perdida dentro de cualquier submundo. Se pusieron a gritar escandalizadas.

“Tranquilas, el pelo crece”, dijo sin amargura.

Cuando encontró un trabajo estable, apenas rebasados veinte años, cogió a su hermana de la mano y se marcharon con lo puesto. La policía en la puerta. Una de tantas veces. La llamaron porque no se fiaban de  la reacción del padre, de quien se  despidieron  ceremoniosamente y hasta le escupieron en la cara, él tenso, sus mandíbulas a punto de explotar, pero  callado.

 Le dijeron a Teresa: “Vente con nosotras, no mires atrás”

En un susurro, sin sostenerles la mirada, sólo pudo contestarles:

“Mi sitio está aquí”

Se vieron a escondidas durante un tiempo, después cualquier presente puede con todo, quedaron diluidas en las direcciones desde dónde devolvían las cartas, en las promesas incumplidas.

Mi madre trató de encontrarlas sin éxito cuando el proyecto de reconstrucción del barrio implicaba derribar nuestros viejos bloques.

Los servicios sociales le explicaron a Teresa lo que sería mejor para ella.

MI madre la ayudó a hacer el equipaje, esa tarde la pasaron como antaño, cuando eran más jóvenes y estaban dispuestas a cambiar su pequeña parte del mundo, vino dulce, rosquillas, el tocadiscos todavía funcionaba…

Gerardo había muerto durmiendo, un par de años atrás, Teresa le confesó a mi madre que se dio cuenta enseguida, al amanecer, porque rozó el cuerpo enorme y descompensado de su marido y lo notó inusualmente frío. Dio la luz de la mesilla de noche para comprobar el presentimiento. La boca abierta de quien busca aire, la mandíbula caída. Estuvo largo rato contemplándolo sin hacer nada, evocando cómo ambos habían llegado hasta allí, “El más guapo del pueblo Ana, te lo juro, era el más guapo de todos y se fijó en mí, me sacó de aquella miseria  de fregar, limpiar y cocinar para mis hermanos…  “se acabó el cuento de La Cenicienta, ahora te dedicarás a mí”…  nunca aprendí a negarle nada… tenía el no clavado en la garganta, sin salida… jamás debí permitir que pegase a mis hijos, mi pobre César, con tanta luz y tanta alma, siempre asustado, a la defensiva, las niñas protegiéndose la una a la otra cómo si estuviesen solas, y es que solas las dejé…  animalillos miedosos viviendo siempre en la sombra… al menos ahora son libres, pueden crecer…”

Después apagó la luz y durmió cómo hacía años no había dormido, el marido muerto ya no representaba nada, los vecinos se enteraron cuando el coche fúnebre aparcó en la puerta.

En aquel tiempo yo estudiaba fuera, las becas exitosas del chico solitario, hijo único heredero de hijo único, trataba de descifrar lo que podía hacer con mi vida mientras el mapa coordinado de la infancia se desmoronaba a mordiscos, sin pausa.

MI madre me escribía unas cartas larguísimas de caligrafía rigurosa y palabras formales, encabezadas siempre por “Mi querido hijo”:

 Todavía conservo aquella en la que me explicó que les habían dado un plazo y cuatro duros para abandonar la barriada, que mi padre, junto con otros hombres, había llamado a muchas puertas y hasta hablado con un abogado, que no había nada que hacer, que la demolición se iniciaría en breves con ellos dentro o sin ellos...

No sé si los kilómetros de distancia suavizaron la herida, pero me costaba imaginar a mis padres bajo el techo de otras habitaciones, empezando de cero, me costaba imaginarme a mí mismo volviendo a otra casa que no fuese la mía, a pesar de los solares polvorientos que la rodeaban y de pedirle al padre de algún amigo que quería acercarme en coche que me dejase varios metros más atrás, porque la manera en la que vivíamos y nos relacionábamos en aquel lugar sólo podíamos comprenderla sus habitantes.

Me dio por pensar que estamos atrapados en un decorado que puede derrumbarse en cualquier momento.

Que nada es eterno.

Mi madre seguía contando que viviríamos en el piso de los abuelos, sus padres, un bajo oscuro y polvoriento que llevaba años cerrado porque las hijas no se ponían de acuerdo a la hora de sacarle rentabilidad.

Cuando la cronología de las cartas comenzó a fallar hice el equipaje y regresé antes de tiempo.

Encontré a mi madre envejecida, sentada en el mismo sillón en el que su madre hacía ganchillo dejándose la vista mientras escuchaba la radio, siempre la misma emisora, durante un segundo hallé superpuestas en un solo rostro a madre e hija.

Abrí las ventanas y a ella le hizo daño la luz, pidió perdón por el desorden, las cajas, hacía apenas un mes que se había instalado. Se perdió en los detalles de las despedidas entre los vecinos, el sonido tétrico de las puertas de los pisos al cerrarse, todas esas macetas que se quedaron en las ventanas y que morirían de insolación , “acuérdate que nos daba el sol todo el día”... pregunté por mi padre buscando su rastro,  ella me dijo: “estás flaco, ya sabía yo que no te alimentarías convenientemente”.

Acto seguido, como quien cuenta un suceso vanal, de los que se repiten a diario, explicó que ya tenían la casa embalada cuando mi padre anunció que la dejaba.

Mi padre era un señor al que había que elegirle la ropa y hacerle el nudo de la corbata, un señor que nunca elevaba la voz, ordenado, tranquilo, apasionado de los crucigramas y las sopas  de letras, un aburrido conserje de fábrica al que era imposible imaginarlo sobrepasando cualquier límite. Tenía un jilguero al que atendía con pulcritud extrema, y el mismo coche de toda la vida, inmaculado, con olor a eucalipto en su interior.

Al parecer el día que decidió convertirse en otro hombre liberó al jilguero, vendió el coche y le dijo a mi madre que había dejado de quererla mucho tiempo atrás.

“La mujer con la que se ha ido, una compañera de trabajo, tiene tres hijos pequeños, yo no sé qué  ha visto esa mujer en tu padre... o que no he visto yo... “ sacó del bolsillo del delantal un papel arrugado: “me dijo que si querías buscarlo lo encontrarías en esta dirección...”

Una carretera en las afueras, un huerto, una casa minúscula a la que me acerqué como un ladrón... mi padre trabajaba la tierra con el pantalón arremangado, cantaba, una mujer de pelo oscuro y aparentemente más joven que él, sacó una jarra de limonada y unos vasos y los situó con cuidado sobre una mesa coja.  Luego, al pasar junto a él, le dijo algo al oído, mi padre se volvió y la cogió por la cintura, los rostros pegados, las risas flojas, cómplices.  Lloré amargamente porque en unos minutos aquel hombre me conquistó cómo nunca supo hacerlo mi padre.

Tardé un tiempo en volver a relacionarme con él, luego hay un modo inexorable y tácito que devuelve las cosas a los lugares donde siempre parecieron estar.

Encontré trabajo pronto, la experiencia en el extranjero y los idiomas se cotizaban al alza, éramos muy pocos los que habíamos tenido oportunidad de salir fuera.

Mi madre lo intentó, paseos matutinos para cerciorarse de lo poco que iba quedando del antiguo barrio, visitas a Teresa, colaboraciones con la parroquia nueva, alguna excursión... pero algo de ella se había quedado para siempre atrás, algo que la hacía real y no un simulacro.

Cenábamos sopa acompañados por el telediario, en ocasiones todavía me hablaba cómo si tuviese quince años, si salía algún fin de semana me esperaba sentada en el viejo sillón, adormilada, las gafas de leer resbalando por la nariz...

Cuando le dije que había conocido a una chica respiró tranquila, a pesar de saber los dos que no iba a caerle bien, ni Vera ni ninguna.

Vera llevaba faldas de colores hasta los pies, lucía una sonrisa eterna y franca, tan absoluta como ella, se había cambiado el nombre, se había ido de casa  a los diecisiete, había convivido ya con varios hombres... para mí era mi primera novia... yo la llamaba novia y ella me llamaba antiguo... cuando vino a casa a conocer a mi madre le trajo un precioso ramo de violetas confeccionado por ella misma... mamá comenzó a estornudar antes de abrir la puerta y de poder explicar que era alérgica a las violetas... las dos me miraron con instinto asesino. 

Durante las escasas veces que coincidieron no reinó un ambiente cordial, pero me resultaba indiferente, yo quería a Vera cómo sólo se quiere lo efímero, lo que se sabe que no es para ti pese a estar tan cerca…  La quería porque me asombraba, porque la admiraba, porque aprendía de ella, de su libertad, de su manera de no pertenecer ni dejarse atrapar, la quería porque me quería y los días lucían apoteósicos y prometedores.

Hasta que me habló de estaciones y de trenes, su viaje debía continuar y no conmigo, ella era apátrida, sin raíces, todavía recuerdo el punto exacto de aquel último beso, la avenida no ha cambiado, ella se puso de puntillas abrazándose a mi cuello, no pareció un beso de despedida, me dijo  “no estés triste, hemos tenido la suerte de estar juntos”, pero yo quería estar cómo me diese la gana, le di la espalda y apresuré el paso en dirección contraria para no volver a verla,  acaso una foto borrosa en las redes sociales, de vez en cuando nos escribimos sin saber quiénes somos, tratando de disimular la necesidad de recordarnos, para no perdernos del todo.

Fue cuando empezó a darme pánico la soledad, encerrarme en la casa maldita de mis ancestros, ese lugar en el que nunca decidimos vivir, hijo único heredero de hijo único, y ver envejecer a mi madre mientras los domingos sacaba el mantel de hilo y ponía la mesa para dos.

Salí más que nunca, distintos amigos, distintas fiestas, algunos suburbios que no me pertenecían ni me atraían, entrar a trabajar sin haber deshecho la cama… mi madre se cansó de mi desprecio, siempre tuvo ese punto de elegante altivez, ese orgullo de señora. Se marchó a vivir con su hermana pequeña, la tía Nuria, una exmonja alegre y menuda que grababa en plata iniciales barrocas o lo que el taller de joyería para el que trabajaba le encargase.

Alquilé un apartamento céntrico y soleado, demasiado blanco e impersonal, en el que comía comida precocinada y donde no coloqué ni una sola fotografía sobre las estanterías de escayola.

Marta llegó para quedarse un fin de semana.

Quizás ella lo supo desde el principio.

Yo no.

Marta era la antítesis de Vera y por eso la elegí a ella, enfermera, organizada, práctica, un tanto parecida a mamá, poco tendente a la melancolía.

Habíamos coincidido un par de veces cuando la invité a casa, creí que cuando abriese los ojos bien entrada la mañana de domingo ella ya se habría ido… pero no, preparaba la comida vestida con mi camisa, que le quedaba enorme, tenía el pelo revuelto, parecía una cría, alguien en paz… ¿quién no desea la paz por encima de todas las cosas? ¿Quién?

Cuando quise darme cuenta el fango de los planes no me dejaba mover los pies. Le dije: “Me caso contigo porque me da pánico la soledad”, “De acuerdo”, respondió ella sonriendo confiadamente, como si acabase de escuchar una estupidez.

Dejarse llevar resultó a la vez cómodo y venenoso.

Se parecía a tener un sitio o ser de alguna parte.

Pero no lo era.

Era un decorado casi perfecto.

Un decorado al fin y al cabo.

Sonríe para la foto.

Compra flores el día de la madre.

Aféitate.

Ya no eres un niño.

He visto un chalet que se parece a nosotros.

No es cuestión de clase social pero considero que el hijo de un obrero no debe vivir en una zona residencial de lujo. Cuestión de principios. Desentona, está fuera de lugar, contradice su historia… es como echarse arena a los ojos.

Me vino grande todo y me fui replegando.

No me esperes a cenar.

No me esperes a dormir.

Lo peor su mirada metálica y acusadora siguiéndome a todas partes, rebotando en las paredes.

Cuando me dijo que se había terminado no sentí alivio, ni angustia, ni pesar… nada de nada.

Un final previsible.

Hizo las maletas con la misma rapidez con que arreglamos cuentas.

Quizás dentro de un tiempo volvamos a entendernos.

“Pasará por tu vida sin pena ni gloria”, sentenció mi madre ya apagándose, los ojos yermos, la cama enorme y fría de la que hacía un tiempo no se levantaba… falleció poco antes de la boda. En el funeral supe que papá y ella se veían de vez en cuando, testigos de un tiempo convertido en cenizas, habitantes de sí mismos.

La casualidad se convirtió en destino. Teresa apareció por este chalet de nadie, perdida, llegó hasta mi orilla cómo el resto de un naufragio, devolviéndome un pasado remoto, colectivo, propio… el origen de las huidas, un punto de partida parecido a la verdad.

No sé si lo que fuimos es más importante que lo que somos.

Quizás el orden de la crisálida y la mariposa no sea el aparente.

Nuestro dolor de entonces, la incomprensión, el olor a café en las sobremesas colándose por todas partes, los códigos de la escalera, el vecindario, la ropa tendida, los perros al sol… eran tan reales que puedo tocarlos. Suponían un compromiso, una letra pequeña, una comunidad, pese a todo.

Tal vez el hecho de encontrarnos corresponda a una búsqueda de la verdad, siquiera un ápice.

De vuelta a la residencia Teresa se cuelga de mi brazo y desgrana anécdotas entrañables de todas aquellas parejas jóvenes que colonizaron la barriada.

Cada vez le cuesta más andar, pero la voz surge renovada, encendida por el recuerdo. Puedo ver a aquella mujer que cuando su marido no estaba cerca organizaba tertulias, cuidado de ancianos, juegos para los chiquillos, con una vitalidad espontánea y desbordante.

Una cuidadora le regaña con suavidad mientras la acompaña al comedor: “Últimamente comes cómo un pajarillo, Teresa, y con lo que te gusta escaparte necesitas fuerza, vamos a ver si cenas un poco…”

“Adiós niño, cuídate”, se despide guiñándome un ojo, la sonrisa certera de siempre, el rastro efímero de la belleza que fue.

Me dispongo a salir cuando la directora de la residencia me aborda a paso apresurado, da bastantes vueltas innecesarias hasta contarme que a Teresa le da por acumular basura en la habitación, papeles especialmente, bolsas de basura repletas de recortes de periódicos, suplementos dominicales o simplemente bolas de papel… que cómo conmigo se muestra tan tranquila y confiada quizás pueda decirle… claro, tanto papel acumulado supone un peligro, ya se han quejado algunos usuarios… en medio de ese monólogo un tanto caótico me tiende una carpeta colegial de las de antes, de cartón azul, dónde al parecer hay una documentación  que puede responder a algo que ellas no comprenden y que quizás yo…

Cuando quiero darme cuenta está anocheciendo, las puertas correderas de la residencia se cierran tras de mí y camino hacia casa con una carpeta ajada bajo el brazo.

Jugábamos a cambiar la denominación del barrio, conocido como “de los poceros”,  el nombre nos parecía oscuro y decadente, y allí, en el patio al que se accedía por casa de Teresa, nos tumbábamos a la sombra casi todos los chiquillos de la escalera, el verano rezumando tiempo, e inventábamos nombres que se parecieran al futuro que queríamos tener. Casi siempre ganaba Lidia, la hija pequeña de Teresa, con su cara salpicada de pecas, la voz finísima que parecía romperse y una imaginación desbordante capaz de inventar historias fantásticas.

Por unanimidad nos quedamos con su propuesta.

Barrio “Puente de plata”.

No lo había vuelto a recordar hasta que de la carpeta surge un artículo que trata las reivindicaciones de una asociación de vecinos denominada así: Puente de plata.

El salón a dos alturas que nunca terminamos de decorar, los cuatro muebles, todos los papeles esparcidos por el suelo, el sonido del cortacésped de algún vecino entrando por las cristaleras abiertas... todo se reduce a nada... se evapora, pierde perfiles e intensidad comparado con la fotografía que ilustra el artículo. En ella un grupo de personas cogidas por la cintura sonríe ante sus casas pequeñas y recién encaladas, restauradas porque en su momento fueron viviendas de pescadores, junto al mar de Cádiz.

En el centro de la foto el semblante atrevido e inquieto de César, más de dos décadas después, indudablemente es él, hay miradas atemporales, nítidas, imborrables. Sus hermanas una a cada lado, lejos de todo lo que no les permitió germinar cómo lo hacen desde la imagen.

Al parecer comparten un lugar, un modo de vida, han encontrado su sitio.

La foto está  muy rozada. Pienso en los dedos de Teresa curvados por la artrosis pasando una y otra vez sobre los rostros de sus hijos. Pienso en cómo pudo llegar este artículo, fechado ocho meses atrás,  hasta sus manos...

El resto del contenido que guarda la carpeta es inconexo, comienzos de cartas no se sabe para qué ni a quién, billetes de los autobuses a los que Teresa nunca subió, folletos publicitarios de playas paradisíacas y la orden de desalojo del piso de Los Poceros.

El resumen de toda una vida son cuatro papeles precisos.

Indago en Internet, Puente de Plata es un reducto de gente que quiere vivir en contacto con la naturaleza, recuperando oficios tradicionales, apoyándose en comunidad, una especie de comuna hippy o de nostálgicos sin remedio, no lo sé, el caso es que en la pantalla se reconoce aún mejor a los hijos de Teresa, que miran a cámara sin pudor, que creen en lo que cuentan.

La madrugada adquiere un tono grisáceo, comienza a abrirse en luz, salgo al jardín para observar lo poco que cambian las cosas cuando no las miramos.

En la silla donde hace unas horas se sentó Teresa hay un sobre arrugado y amarillento.

Me acerco extrañado, un presentimiento se instala en mis venas, me conmueve.

La letra irregular y torpe de la vieja Teresa firma el remite.

“Pequeño Príncipe, ya sabrás, como yo sé, que mis hijos están vivos, y lo mejor de todo… juntos, los encontré por casualidad, gracias a esta manía de revolver en los contenedores… siempre supe que si conseguían distanciarse lo suficiente de aquello que tuvieron y que no se le puede llamar hogar… crecerían, volarían junto al mar, qué más se puede pedir… no tuve la necesidad de ponerme en contacto con ellos, ni de buscarlos, por eso no le conté a nadie mi hallazgo, los demás siempre quieren ordenarte la vida, decidir sobre lo que es mejor y lo que no… son mis hijos, y si en su momento no fui tras ellos, qué sentido tiene irrumpir ahora, desconocida yo, extraños ellos, llamar a su puerta para revolverles la vida y el estómago… justo ahora que mi cabeza empieza a nublarse sin avisar, y no me acuerdo cómo se abre una puerta o para qué sirve un peine… también tengo otros momentos de lucidez extrema, será para compensar… no duran mucho, pero veo pasar mi vida cómo en una pantalla de cine, y los detalles más insignificantes se me clavan en los párpados.

Esta será, con toda seguridad, la última carta que escriba, un mundo me está costando, cómo si lo hiciese sobre la corteza de un árbol, se me desordenan las letras y lo que quiero contarte..

Fíjate que herencia te dejo chiquillo, la prueba de vida que les di a mis niños, huir siempre te conduce a alguna parte, tú que les conocías sabes la trama de esta historia, podrás comprenderla y conservarla.

Ya no tengo más ganas de continuar, ni de hacerme la encontradiza en la puerta de tu casa, a veces me miras con lástima, pero no me ofende, tú puedes mirarme como quieras, ¿recuerdas cuando te subías sobre una banqueta y te encaramabas a la ventana para verme trajinar por el patio? Qué lindo… siempre fuiste un niño-perla,  escondido dentro de una concha, lejos del mar…

Tu madre fue la única amiga que he tenido, amiga de verdad, no sé bien que es eso del alma, pero creo que se encuentra fuera de nosotros, se parece a alquien que nos quiere y nos espera.

Ya sé dónde están los míos, he dormido con sus rostros bajo la almohada, sé que aman y que tratan de ser felices… no necesito más… sólo descansar…”

La carta finaliza así, sin despedida ni firma, suspendida en el aire estático de la mañana.

Noto la boca seca, las manos tensas cuando suena el teléfono, el presentimiento crece, hiedra que trepa.

La directora de la residencia me anuncia el fallecimiento de Teresa, una ingesta masiva de somníferos, no sabemos dónde podía tener escondidos esos Orfidales, una lástima, después de tantos años con nosotras… vamos a decir que ha fallecido de muerte natural, si te parece, a nadie le importa, y además honramos su memoria…

Contesto con monosílabos, la mañana ya es diáfana, irrevocable, como la despedida de Teresa y este último juego suyo diseñado para que la carpeta y su carta llegasen dónde quería.

Nadie llegó a conocerla lo suficiente… creo que la decisión más libre que adoptó en su vida fue tomarse esas pastillas…

Fluyen de repente en mi memoria las canciones que nos cantaba cuando éramos niños, su tono meloso, ese gesto confiado bajo el que nada podía pasarnos…

Y la mañana continúa, porque a nadie le interesa la muerte ajena, porque no hay muerte que pueda parar el ritmo de la vida.

En Puente de Plata ya habrán salido a pescar, seguramente los niños duermen, alguien hace la lista de la compra… se habrá estremecido el sur durante una milésima de segundo, tiempo suficiente para que un cuerpo detecte el final de las leyendas tristes.

 

23/06/2017 10:53 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.

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