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"FINISTERRE"

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...”Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”...

(“Dónde habita el olvido”-Joaquín Sabina)

 

Olivia Calle vino al mundo una tarde adelantada de primavera en la que una lluvia fina y pertinaz sacudía los cristales ajados de la maternidad.

Fue un parto rápido y sin complicaciones, la madre ya había parido otros cuatro hijos varones, por eso, cuando se la enseñaron, Manuela Sánchez dijo con un hilo de voz fatigada: “Al menos es una niña”.

Al padre no pudieron localizarlo para darle la noticia. Era principio de mes y solía desaparecer unos días con el salario íntegro en el bolsillo.

Por eso Juan, el hermano mayor de Olivia, dieciséis años y las manos ásperas de trabajar en la obra, fue quien la sacó del hospital para llevarla a casa, con el cuidado de quien porta cristalitos de bohemia. No podía quitarle la vista de encima. Cuando pisaron la calle, el bebé entre los brazos y su madre agarrada a uno de ellos, Juan aseguró: “Esta niña nos va a cambiar la vida”.

Su padre la conoció a los tres días, se acercó a la cuna balancín y sin sacar las manos de los bolsillos aseveró: “No se parece a nadie”

No sólo fue la niña más guapa de la escalera en un edificio de cuatro alturas y tabiques de papel habitado por varias familias numerosas, sino la más guapa del barrio, distinta, con la piel clarita, como los ojos, y el pelo abundante y rizadísimo, la sonrisa amplia, el gesto innato de quien guarda una estrella de ocho puntas en el bolsillo.

Fueron para ella los zapatos nuevos, el mejor bocado, la muñeca de moda… 

Guido, el hermano más cercano por edad, le tenía unos celos imposibles, de bebé había intentado asfixiarla con una almohada, a duras penas conseguía evitar las lágrimas cuando sus hermanos mayores traían chocolatinas o cualquier obsequio para Olivia.

Manuela, la expresión yerma, el rostro combatido, trataba de hacerle ver mientras doblaba la ropa:

“Las cosas son así, Guido, te tienes que conformar, necesitábamos a alguien que nos librase de la miseria cotidiana, de todos estos días, iguales y oscuros cómo una maldición… alguien diferente, en quien poder creer…”

Y Guido seguía sin entender nada, sin adorar a la princesa que no se embarraba los pies ni se sentaba en la acera por no mancharse el vestido, no era como las otras chicas, parecía una invitada extranjera, se les quedaba mirando mucho rato y muy adentro, hasta que el resto de la cuadrilla se sentía incómoda y acababan dándole la espalda.

El día que Juan se llevó a su hermana al centro, en un paseo que era más una excursión, por las estaciones de metro por las que había que pasar y los autobuses a los que debían subirse, Guido ya había aprendido a guardar silencio y resultar invisible.

La niña lucía un pequeño sombrero, calcetines altos, tul bajo la falda. Tenía siete años.

Fue esperando para subir a un tiovivo, en medio del ruido estridente y de las luces excesivas, cuándo aquel hombre se acercó a Juan y le explicó que buscaba a una niña cómo su hermana para protagonizar un anuncio.

Juan ni entendió bien ni escuchó del todo, estuvo casi toda la noche tratando de descifrar la tarjeta de visita que el desconocido había introducido en su bolsillo.
La cama plegable de 90cm ya no respondía a las necesidades de un joven que llevaba tiempo ahorrando para salir de casa.

Sin decir nada llevó a su hermana hasta el estudio de fotografía dónde le habían citado. Pasaron a una sala rectangular iluminada artificialmente, decorada con distintos fondos, un parque, una montaña, el mar…  A Olivia la vistieron de comunión y parecía haber posado toda la vida, sin sonrojarse ni perder la paciencia.

En unos pocos días su cara angelical iba a poder verse en casi todos los escaparates de la ciudad.

A Juan le extendieron un talón por el importe de varias nóminas suyas, una cantidad difícil de entender si no se leía despacio varias veces.

Prometieron llamarle para otra campaña, le palmearon la espalda, a la niña le regalaron globos, caramelos, una entrada para el parque de atracciones…

Cuando salió de allí le sudaban las manos, hizo sin saber muy bien cómo, el camino de vuelta, Olivia se durmió y tuvo que cogerla en brazos.

Al entrar en casa el revuelo de siempre, el ruido de las cosas, de las sillas, de la televisión, de los cubiertos chocando contra la mesa…  ante el silencio humano, la falta de comunicación entre todos aquellos cuerpos que se esquivaban, evitando las palabras por no saber muy bien qué hacer con ellas.

Se los quedaron mirando cómo a una aparición, la cena escasa enfriándose en el plato.

Juan le tendió el cheque a su madre, esta lo dejó sobre la mesa con sumo cuidado, sin comprender…

Su primogénito, el único hijo que ella había querido tener, el de la esperanza, explicó brevemente lo que había ocurrido mientras Olivia seguía dormida sobre el sofá y el padre se ajustaba los pantalones deambulando nervioso por el comedor.

Una de las veces que pasó junto a la mesa, rozándola, extendió un brazo para coger el cheque y Juan se lo impidió, puso su manaza de hombre prematuramente maduro sobre la temblorosa mano de su padre y lo miró cómo nunca antes lo había hecho.

Isidro Calle se retiró hacia atrás mascullando:

“Tú lo que quieres es quedarte con todo…”

Juan se levantó despacio, cogió a Olivia del sofá y la llevó a su habitación, la acostó vestida.

Sus padres estaban discutiendo en la cocina mientras los otros tres hermanos cenaban sin levantar la vista del plato.

Los gritos iban en aumento. Se escuchó el estallido de un vaso contra el suelo, golpes en los armarios, voces rotas… Juan entró cargado con su mochila, sin sorprenderse un ápice por la imagen desesperada y salvaje de sus padres peleando sin tregua.

Se dirigió a su madre, su padre quedó oculto tras su espalda:

“Con ese dinero procura llenar la nevera, paga lo que tengas pendiente y guarda un poco para Olivia, al fin y al cabo lo ha ganado ella… me marcho, te llamaré cuando tenga un sitio”

Consiguió que se hiciera el silencio. Lo miraron atónitos.

“¿Dónde crees que vas?” preguntó autoritario el padre, clavado en el umbral de la puerta de la cocina.

Juan no pudo evitar media sonrisa triste, algo que pareció un gesto de superioridad y sólo era melancolía.

“No te debo ninguna explicación, pero sí te diré algo: si me entero de que maltratas a alguno de mis hermanos vendré para romperte la cara con mis propias manos, lo haré una sola vez y gustosamente, no lo dudes”.

La madre se derrumbó llorando sobre la mesa: “No puedes dejarme, no puedes… qué voy a hacer yo si tú no estás… el más cabal, mi gran ayuda…”

Él le acaricio torpemente el pelo:

“Necesito tener una vida madre, la mía propia…”

De repente le entró la prisa, quiso salir, se le nublaron algo los ojos… en la precipitación casi tira al suelo a su padre, que mascullaba por lo bajo frases incomprensibles…

En la puerta del piso, que aún cerrada se movía con las ráfagas de aire, lo esperaba Guido, había tratado de repeinarse mojándose el pelo y también se había preparado velozmente su propia mochila:

“Llévame contigo, no me dejes aquí, haré lo que me digas…”

Juan lo miró alucinado, un chiquillo enclenque, más bajo de estatura que lo corriente a su edad, con aquella determinación en los ojos, la barbilla temblorosa…

“No puede ser, no puede ser…” Es todo lo que fue capaz de decirle antes de apartarlo a un lado y salir corriendo.

Cuando llegó a la calle escuchó los gritos de todos atravesando los muros, cada cual librando su propia batalla, luchando contra su miedo.  Algunas vecinas se habían asomado a las ventanas y lo vieron caminar calle abajo sin volver la vista atrás.

Del anuncio sólo quedaron los pies de Olivia mostrando unos preciosos zapatos de comunión. Estaban en las paradas de los autobuses y en la contraportada de los periódicos locales, en los escaparates de todas las zapaterías y en el chisme raudo, de boca en boca, del vecindario completo. A la niña sólo le habían sacado los pies, sí, pero al menos sobresalía, eran sus pies y los de nadie más, su madre se había podido comprar un abrigo por primera vez en muchos años, elegido desde el escaparate de una de las tiendas a las que jamás podía entrar y sus hermanos invitaron a merendar a sus amigos en una tarde cómo se recuerdan pocas, bulliciosa, con el tocadiscos a todo volumen y las botellas de refresco esparcidas por la casa.

En ausencia de Juan el papel de hermano mayor le correspondía a Lino. 

A ese Lino que vivía prácticamente en casa de su novia, dónde lo habían acogido desde que les enterneció verles salir de clase juntos, cogidos de la mano, descosidos los bordes de sus batas de cuadros…

Los padres de Carmen no tuvieron más hijos, y desde niño Lino fue uno más de la familia, con regalo de Reyes, sitio en la mesa y camisas planchadas.  De vez en cuando le daban algún extra para ayudar en casa pero Lino, callado, servicial y conformista, decidía invertirlo en sí mismo.

Después estaba Rafa, a su madre no le dio tiempo de llegar al hospital y lo alumbró en casa, con la ayuda de las vecinas. El único de sus hijos que no lloró al nacer ni después, cuando tenía hambre o se caía al suelo. Un chico ensimismado y risueño, especial, el más parecido a Olivia, capaces de abstraerse en medio de las continuas broncas familiares o de plantar lentejas en el fondo húmedo de un recipiente de yogur. Visitantes en un mundo inapropiado.

Guido nació poco antes de los ocho meses de gestación. Un puñado de piel húmeda, pequeñito y quejoso. Manuela volvió a casa sin él. El bebé se quedó en la incubadora y en un par de ocasiones su madre olvidó ir a visitarlo.  Las llamadas desde el hospital la hacían aterrizar de golpe en la realidad del recién nacido, que ni siquiera tenía nombre, lo decidieron sus hermanos ojeando cromos de futbolistas. 

Con la excusa de lo mucho que lloraba el niño su padre pasaba temporadas fuera de casa. Manuela se quedaba traspuesta con el crío en brazos recostada en cualquier parte, a punto estuvo de caérsele en varias ocasiones, de no ser por uno de esos segundos en los que la vida se detiene y algo te avisa, un sonido agudo, los niños corriendo, una corriente de aire que golpea una puerta...

Abría los ojos Manuela sobresaltada y todo seguía en el mismo lugar, el bebé mirándola fijamente, cómo pidiéndole algo que ella no sabía interpretar, moviendo inquieto las piernas, sus hermanos deambulando por la calle cuándo el resto de chiquillos ya estaban recogidos en casa y peinados a raya, esperando que el día siguiente fuese mejor que el anterior.

Salía a la calle sin importarle su indumentaria desastrada, el pelo sin brillo, las zapatillas rotas, y se asomaba al bar de la esquina cansada de dar vueltas, con Guido en el costado. Entonces los veía, cenando medios bocadillos de tortilla de patatas o de pechugas con queso, Juan recién llegado de trabajar, limpiándose las manos en el pantalón y negociando con la dueña el pago fraccionado de aquellas cenas.

Escapaba apurada cuándo su mirada se encontraba con la de Vela, la dueña de aquel bar de barrio en el que sólo a los elegidos se les fiaba. Apurada porque siendo de la misma edad Manuela parecía su madre y porque sabía que Juan llegaría a casa con un bocadillo recién hecho para ella, a cuenta de la casa.

Pero ahora Juan se había ido, quizás para siempre. 

Ella conocía esa mirada, el instinto de supervivencia en el brillo húmedo de las pupilas, la necesidad de encontrar un lugar propio, un tiempo determinado, cuando se comprende que la juventud es efímera y no se repite...

A ella también le había ocurrido, tantos años atrás que no era capaz de calcular el número exacto, su casa, sus padres, su hermana, la estricta disciplina, su abuela muriendo sobre una cama muy alta coronada por un enorme crucifijo...

No se podía poner la radio ni subir trotando las escaleras, ni sorber la sopa, ni traer chicos a casa... 

Isidro era el repartidor del colmado, ella le abría la puerta de atrás, la que daba a la cocina, no le gustaba ni más ni menos que otros a los que conocía fugazmente, pero ninguno la miraba como él.

Hasta las rocas más sólidas pueden agrietarse. Sólo hay que insistir en golpearlas.

Eso dijo Isidro cuándo ella le anunció el embarazo entre sollozos.

Dijo que no la abandonaría y que su padre claudicaría ante la llegada a casa de un varón. Sólo acertó en lo último. Se trataba de un niño. Por lo demás, su madre le preparó un equipaje rápido, le puso en la mano una cantidad de dinero y los echó con cajas destempladas por la puerta de atrás.

“Tranquila, ya vendrán a buscarnos”, dijo Isidro más sorprendido y desconcertado que la propia Manuela sin acertar de nuevo en sus predicciones.

La barriada en construcción los acogió como a pájaros mojados.

Buscaban parapetarse y traían buenas intenciones.

Después la rabia, un agujero en la boca del estómago, el sonido de la lluvia sobre los tejados de uralita, los trabajos precarios, las promesas incumplidas, el frío, el sueño, las Navidades que siempre llegan, los coches que pasan de largo... exactamente un conjunto de secuencias inadvertidas completaron un todo inabarcable.

La decepción es una agonía lenta.

Isidro Calle registró la casa calculando el momento en que no hubiera nadie.

Manuela tendiendo en el patio de luces, conversando con otras mujeres, subía el murmullo por las ventanas abiertas. 

Encontró el pequeño botín, la reserva del anuncio que todavía guardaban, dentro de una lámpara de mesilla que llevaba años sin funcionar.  Contó el dinero con dedos temblorosos y salió corriendo.

Manuela tuvo un presentimiento, se llevó la mano al pecho, dejó la colada tirada en el suelo y subió corriendo las escaleras del patio, a punto de verle salir pegado a la pared. Lo llamó por su nombre y casi sin aliento, pero él no se giró.  Lo llamó más fuerte, más fuerte, él aceleró el paso. Se derrumbó sobre sí misma, un despojo humano al que las vecinas tuvieron que meter en la cama, alguna le dio una pastilla para los nervios, de pronto se había hecho de noche.

La llegada de Aurora Sánchez en aquellos días resultó providencial.  

Recién salida de la congregación apareció como caída del cielo. 

Cuando Olivia le abrió la puerta le sorprendió encontrar enfrente a una mujer con el cabello tan corto, sonriendo tímidamente y arrastrando una pesada maleta. Preguntó por Manuela.

“Está acostada –dijo la niña con ese tono de voz cantarín, de echar a volar-, no tiene ganas de levantarse porque mi padre nos ha robado”. 

Aurora parpadeó inquieta, miró por encima de la cría estirando el cuello, comprobando el desorden de la casa, la acumulación de basura en algunos rincones… suspiró profundamente:

“Déjame pasar cariño, soy tu tía”.

La habitación contenía un fuerte olor a cerrado. Aurora abrió de par en par las ventanas y quitó la mezcla de sábanas y colchas que cubrían el cuerpo acurrucado de una hermana a la que no veía desde hacía más de veinte años. No fue capaz de reconocerla. Se sentó en la cama y le retiró el pelo de la cara obligándola a incorporarse un poco. Manuela volvió de sus tinieblas, le temblaron los labios de pura vergüenza, no se sabe cuál de las dos empezó a llorar o abrazó a la otra más fuerte.

Mientras Manuela se bañaba, con agua que calentaron en ollas porque el calentador estaba estropeado, Aurora bajó con los dos pequeños a la calle. Le sirvieron de guía para encontrar en tiendas cercanas los productos que necesitaban. Guido se agarró a su mano desde el primer momento, sin dejar de mirarla, Aurora se sintió un poco intimidada primero y preocupada después, cuándo le fueron contando a su manera la situación en la que se encontraban. “¿No vais al colegio?”. Le sorprendió la voz empañada y recia de Guido: “Vamos casi siempre, pero cuándo ocurre algo malo no queremos dejarla sola…”.

Olivia caminaba unos pasos por delante, la figura erguida de la niña atípica se giró para mirarla con la plenitud de sus ojos claros: “En casa siempre pasan cosas y en el colegio preguntan demasiado”.

Aquel día tomaron helado de postre en el tazón del desayuno.

La tía Aurora llevó las riendas.

De buena mañana la casa olía a café y todo el mundo se sentaba a desayunar a la vez.

Cada cual hacía su cama y metía la ropa sucia en la lavadora.

Lino pasó más tiempo del habitual con todos, exhibiendo sus modales correctos y su calculada distancia de hijo al que crían otros.

Trataron de localizar a Juan sin éxito.

Rafa pudo enseñarle a alguien sus dibujos y trabajos del Colegio, calificados de excelentes. Se reía escandalosamente y el resto lo miraba extrañado, desacostumbrados cómo estaban a contagiarse de alegría.

Los dos pequeños participaban incrédulos y dispuestos, anhelando un ritmo sin sobresaltos, un viento en calma.

Cuando las hermanas pudieron ponerse realmente al día había pasado un mes. Manuela había engordado algo y ya no la atenazaba la angustia.

Una noche en que los niños estaban acostados y ellas preparaban la comida del día siguiente, los ojos menudos de Manuela, casi siempre desconfiados, se sintieron capaces de indagar:

 “¿A qué has venido realmente, Aurora?”

Conocía la inexistencia de los ángeles de la guarda.

Aurora se sentó sobre una banqueta coja y habló restregándose las manos, por primera vez parecía nerviosa.

Habló del fallecimiento de sus padres, coincidente con su salida de la congregación, “tantos años al servicio de algo que no ha conseguido frenar mi curiosidad por la vida, me sentía atrapada,  Manuela, quiero equivocarme… ellos me han dejado una herencia cuantiosa, un patrimonio importante que ni siquiera sé, dada su austeridad, cómo lo han logrado, el caso es que, aunque lo dejan todo a mi nombre, necesito tu firma, tu renuncia, no sé si me entiendes, para poder disfrutarlo… qué duda cabe que recibirás una compensación, hermana…”

Manuela respiró tranquila, los grandes salvadores de la tierra son humanos y tienen cajones cerrados con llave.

Firmó al día siguiente toda esa cantidad de papeles, fue a la peluquería, recibió su compensación sin pensar si era grande o pequeña, justa o injusta, necesaria… por primera vez en su vida abrió una cuenta solo a su nombre y agradeció lo inesperado porque puede salvarte de la locura.

Cuando Aurora se fue ya no parecía una monja.

Al menos tuvo dignidad suficiente como para no prometer nada, aunque el nuevo colegio de Rafa lo pagase de su bolsillo hasta el final, un internado para chicos con aspiraciones artísticas al que marchó pletórico y sin un ápice de nostalgia.

El berrinche de Guido duró dos días en los que no salió de su cuarto.

La promesa de su madre de permitirle dormir con ella lo removió por dentro.

Quizás era tiempo de volver a empezar.

Isidro se presentó una mañana en la cocina, a hora temprana, los pequeños hacían galletas y Manuela la lista de la compra.

El silencio sepulcral que de pronto guardaron los niños le hizo levantar la cabeza y verlo. Bien afeitado, camisa planchada, mirada expectante, guardándose en el bolsillo las llaves de la que todavía era su casa.

Los mandó a jugar con unos vecinos.

Mientras salían, Guido como un rayo, sin querer rozarlo, Olivia se puso delante de él, con esa presencia suya tan elocuente: “¿Vienes a pedir perdón?” le preguntó, y al no reaccionar su padre siguió adelante, tras la nerviosa llamada de su hermano, ya desde el rellano.

El tiempo en la cocina comenzó a ralentizarse, cómo un viejo tren de cercanías que hace ruido y no avanza.

Isidro se sentó a horcajadas en una silla, Manuela apoyó la espalda en la encimera con el firme propósito de darse tiempo antes de hablar, al contrario que a su marido, a ella no la movía ninguna urgencia.

Al principio le costó entenderlo. La voz temblorosa, el carraspeo constante, las frases entrecortadas.  Algo sobre sé que las cosas comienzan a marchar mejor y sigo siendo el hombre de esta casa, merezco una oportunidad, todos cometemos errores.

A Manuela el estómago se le dio la vuelta y tuvo que contener la nausea trepando veloz hasta la boca. Por otra parte temió volverse loca, porque tenía deseos de reírse cómo lo hacía su hijo Rafa, con toda la fuerza de una naturaleza desbordada y capaz, y de llorar amargamente también, preguntándose cómo habían podido llegar hasta ese momento, dónde está el amor Isidro, dónde sus migajas, algo a lo que agarrarse cómo a una tabla en medio del océano…

Ninguno recordó que el cuchillo del pan apenas cortaba. Sólo fueron conscientes del miedo, cada uno a su manera.  Ella no sabe de dónde sacó la fuerza, el cuchillo apuntando al cuello de Isidro que la miraba entre perplejo y rabioso, la voz susurrada, áspera,  de Manuela, explicándole que ya nada iba a ser igual, nada, no sé si me entiendes… la propuesta aterrizó sobre los enseres que sus hijos habían utilizado para cocinar galletas: te vas a marchar para siempre, aunque sepamos que no eres capaz de irte demasiado lejos de nadie, no te preocupes, recibirás una paga mensual a cambio de dejarnos vivir, te la haré llegar puntualmente, eso sí, Isidro, una más de tus jugadas, o de tus apariciones de espectro al que todos queremos olvidar y entonces sí te rajaré el cuello, te lo juro, tú verás lo que haces…

Manuela se distanció y él se levantó de golpe tirando la silla: “Esto no va a quedar así, zorra”

“¿Qué apostamos?”, preguntó ella con una voz de repente serena, propia de otra situación.

Sacó dinero de un bote de cocina y lo lanzó sobre la mesa.

Él lo recogió de un manotazo voraz y salió resoplando sin mirarla.

A ella le temblaron las piernas y tuvo que sentarse.  Todavía era temprano. Por la ventana entraba el sonido de los pájaros sobre los tejados, los chiquillos jugando en el patio, las voces del barrio.

Lloró amargamente sobre las manos cruzadas y el delantal ajado, por todas las veces que no pudieron salirle las lágrimas, por los finales y las derrotas.

Cuando escuchó el timbre pensó que los niños regresaban.  Se demoró un poco en abrir tratando de espantar a la tristeza. En el marco de la puerta una mujer joven, con las medias impolutas y unos zapatos de tacón imposible para las calles del barrio la llamó por su nombre como si fuesen viejas conocidas, cosa que a Manuela se le antojó de todo punto improbable. Leía los datos necesarios en un papel apoyado sobre una elegante cartera de piel. La escuchaba un tanto lejos, sin poder evitar mirar sus manos finísimas, las uñas arregladas, pintadas de rojo.

Buscaba a Olivia, de la productora del anuncio, que si puedo pasar, que si sería usted tan amable de avisarla. La mujer joven mirando alrededor sin detenerse en ninguna parte, firme en su encargo, segura de que el tiempo transcurre y enseguida marcharía de allí, en el coche que la estaba esperando y que la conduciría a las antípodas.

Manuela ni siquiera le ofreció sentarse o un vaso de agua, hubiera resultado incómodo para las dos.

No hizo falta salir a buscarla, entró en escena despacio, cómo una actriz veterana.

No puso ninguna cara de extrañeza mientras Guido interrogaba a la mujer con tono desconfiado. Manuela mandó al chico a su habitación, Guido no le hizo caso pero se mantuvo al margen. La mujer joven se dirigió a Olivia cómo si sólo existiese ella en aquel recibidor angosto y deslabazado. Dijo que se llamaba Victoria. Manuela sonrió, le parecía un nombre muy apropiado. Que si le apetecería volver a posar, tienes unos rasgos imponentes. Sacó un metro y la midió casi sin rozarla. “Si sólo le vais a retratar los pies...” se atrevió a insinuar Manuela cruzada de brazos... “No señora -la voz de Victoria tenía el timbre exacto, la cadencia oportuna y la fuerza de un látigo- esta vez va a ser diferente, el cliente quiere vender otro tipo de producto, pero no se preocupe que aquí lo tiene todo apuntado y se lo explicarán detalladamente el día de la reunión. Muchas gracias por atenderme”

Le tendió un papel impreso y dándose media vuelta se marchó guiñándole un ojo a Olivia.

El olor de su perfume quedó impregnado en el aire.

A Manuela le costó entender el ritmo enfebrecido de aquella mañana, pero ya no estaba dispuesta a dejar que las cosas ocurrieran sin ella.

Compró tela para hacer dos vestidos iguales, el de la niña con can-can y desempolvó la vieja máquina de coser, aunque casi desiste en el empeño de ponerla a punto después de tantos años. En la sedería se encontró con Vela, la dueña del bar en el que sus hijos saciaron el hambre muchas noches, nunca habían intercambiado algo más que un escueto saludo pero ese día, sin saber muy bien porqué, sintió Manuela el deseo de contarle que la suerte estaba llamando a su puerta y que su niña chica iba a salir en otro anuncio. Vela mostró una sonrisa generosa, cogiéndola suavemente por el brazo la condujo a un rincón de la tienda: “Me alegro mucho Manuela, pero cuida a quién se lo cuentas, ya sabes que la gente se siente más cómoda si a todos nos va igual de mal, envidia le llaman...” Manuela asintió nerviosa, tampoco pensaba pregonarlo, simplemente había sido espontánea.  Parecía que Vela quería aprovechar la ocasión para contarle algo más: “Te puede acompañar Juan, si quieres... yo sé dónde vive”. 

Sintió claramente una descarga eléctrica.

¿Esa mujer conocía el paradero de su hijo mayor y ella no?

Debió expresarlo todo con los ojos, porque Vela comenzó a decir que se lo podía explicar, que si quería tomarse un café con ella.

“No quiero nada contigo” Respondió Manuela airada, sintiendo sobre su propia vergüenza la mirada de toda la clientela.

Se marchó dando un sonoro portazo, el cristal de la puerta tembló.

Estuvo dando vueltas un tiempo, los zapatos le rozaban y tuvo que usarlos aplastados bajo el talón. Notaba la angustia de querer saber y el coraje de sentirse ninguneada.  No entendía por qué esa mujer contaba con una información de la que ella carecía.

Subió las escaleras con los zapatos en la mano y el firme propósito de no contar con nadie más. No era ninguna idiota, podía arreglárselas.

Mientras a la niña la fotografiaban con los vestidos y bañadores que ella nunca podría comprarle Manuela contestaba a demasiadas preguntas en un despacho contiguo.  Sólo pensó en mirar a un punto fijo y no dejarse intimidar, en juntar las rodillas para que no se percibiera el temblor de sus piernas y en salir de allí lo antes posible.

Estaba segura de haberse maquillado en exceso.

En ocasiones tartamudeaba, le costaba responder.

A pesar de encontrarse al otro lado de una gran mesa ovalada le parecía habitar otro planeta, el de las imperfecciones y los errores.

En medio de aquella maraña de palabras, sincronizada desde varias bocas, pensó en presentarse ante Juan con todos aquellos papeles firmados y demostrarle que ella también era capaz de abrir de par en par las ventanas a un mundo nuevo, diáfano.

Inventó una firma distinta para cada uno de los contratos que le pusieron delante.

Prometieron llevar a la niña a casa dos horas más tarde y la despidieron en cuestión de segundos, manos frías estrechando la suya, arrugada y torpe.

La calle guardaba sabor de atardecer.

Intentó ver a otra mujer reflejada en los escaparates y sintió una desazón que le sacudió todo el cuerpo. Cogió un taxi. De repente la urgencia. Pidió al taxista que aguardase en la puerta del bar de Vela. Entró y apenas tuvo que hablar, ella le garabateó la dirección de Juan en una servilleta.

En la otra parte de la ciudad no olía a quemado. Un barrio joven, con instinto de porvenir, que cuidaba los detalles.  El edificio de cinco alturas tenía plantas naturales en el patio y toldos en las ventanas. Subió hasta el segundo piso sin detenerse a pensar, la carpeta con el futuro de Olivia abrazada al pecho.  La puerta lucía una placa con dos nombres, el de una mujer y el de su hijo.  Llamó con los nudillos. Escuchó voces, imaginó un pasillo largo.  Una chica de ojos tremendamente oscuros, con hoyuelos en las mejillas, se la quedó mirando sin comprender.

“Busco a Juan”

“Pase, yo ya me iba”, la chica se echó una mochila al hombro y bajó precipitadamente las escaleras.

Todo en aquel piso era minúsculo, pero acogedor y luminoso.

Apareció Juan, tenía buena cara, el pelo corto, los rasgos suaves, no pareció sorprendido y en ese instante supo que Vela le habría avisado.

“Adelante, madre”, la besó en la mejilla cómo si la hubiese visto ayer y la invitó a sentarse en un sofá de dos plazas tapizado con grandes flores blancas.

Se calibraron unos instantes, aguardando no se sabe qué.

Aunque él se había ido de casa fue Manuela quién bajó la mirada, consciente de que aquel hombre era otra persona diferente, un ser dentro de otro ser.

Sobre el suelo impecable se derramaron algunas palabras que la madre no supo ordenar: “Tu padre ya no está con nosotros, han pasado cosas, estuvo mi hermana, he decidido continuar pero a mi manera, lo hago lo mejor que puedo ...”

Juan le cortó.

Juan sabía.

Estaba al tanto.

“Se puede saber si se tienen ganas...”

A ella le pareció un reproche.

Aun así no quiso incidir, había llegado hasta allí para avanzar.

“Mira, han vuelto a buscar a Olivia, tenías razón cuándo la sacamos del hospital y dijiste que nos iba a cambiar la vida”.

Hubiera preferido evitar el temblor cuándo le tendió la carpeta.

Juan leyó despacio.

Los papeles sobre sus piernas.

Respiraba fuerte.

Volvía hacia atrás y continuaba.

Cerró la carpeta tan despacio cómo la había abierto, cómo si pudiera romperse en mil pedazos.

“Deberías haber consultado a un abogado antes de firmar... aquí hay cosas difíciles de comprender”

¿Abogado?

¿Desde cuándo en esa familia se utilizaban términos tan alejados de su realidad cómo ineficaces?

Abogado.

Barrio sin ruido.

Sofá de flores.

Paredes limpias.

Aire.

A Manuela empezó a faltarle el aire.

Le quitó a su hijo la carpeta en un arrebato nervioso.

Él reanudó el lenguaje de las personas que no viven en conflicto.

“Ahí pone que Olivia va a tener que dejar el colegio durante un tiempo, que le pondrán una profesora particular y que la agencia va a viajar con ella por todo el país... has firmado todos los consentimientos, no sé si me explico...”

Se levantó, no recordaba por dónde había entrado, cómo se salía de aquella trampa.

A pesar de todo, el tono de Juan era tan tranquilo que conseguía desquiciarla todavía más.

Buscó precipitadamente la hoja en la que se pormenorizaba el dinero que cobraría cómo tutora legal.

Casi se lo estampa en la cara: “¡Lee bien!, aquí lo pone, tú mismo dijiste que nos iba a cambiar la vida, ¿no lo ves?”

Las páginas volaron liberadas hasta desparramarse por el suelo.

Juan las recogió y se las devolvió a su madre, con un rastro de humedad en la mirada y la sonrisa amarga de siempre:

“Pero no me refería a esto”

Entonces a qué, a qué maldito listo, fugitivo, traidor, que piensas, todavía piensas, que las cosas pueden cambiar con sólo proponérselo...  Ninguna distancia te libra del pasado.

Juan trató de ponerle una mano en el hombro, continuaba hablando pero ella ya no lo escuchaba, salió corriendo para no volver.

La niña estaba tan contenta...

La niña decía que ni siquiera necesitaban hacer la maleta, que le comprarían todo lo necesario, que escribiría una postal desde cada ciudad para que su madre pudiera hacer un cuadro con todas ellas. Guido no quiso dirigirle la palabra ni despedirse.

“Pero tonto- Manuela le revolvió el pelo- si ahora vamos a estar los dos solos, toda la casa y todo el tiempo para ti ¿no era eso lo que tú querías?”

“Ya no”

Y le asustó la franqueza absoluta del muchacho acompañada de sus ojos, castigados y esquivos.

La niña se marchó y ella levantó la mano desde el portal.

Recibió mensualmente la generosa cantidad prometida.

Cómo Isidro, que se había juntado con una chiquilla mucho más joven que él y se pavoneaba cogido de su brazo por el barrio.

Pensó. Por primera vez en su vida casi no supo qué hacer con todo aquel tiempo que se extendía como tierra yerma bajo sus pies.

Fue a ver a Lino.

Su hijo se mostró incómodo.

Ella frente a un desconocido.

“¿Tú estás bien aquí?”

Él asintió sin sostenerle la mirada.

Le pareció una pregunta tan fuera de lugar después de tantos años...

Los padres de Carmen ni siquiera les dejaron solos.

Le explicó que cerraba la casa y se marchaba lejos con Guido, que le mantendría al corriente, que podría visitarlos cuándo quisiera, que él también, cómo todos los demás, era su hijo...

La madre de Carmen carraspeó, Lino dijo te acompaño a la puerta.

No hubo besos.

Ni asomo remoto de complicidad.

Con las maletas ya hechas le explicó a Guido que lo iba a llevar a ver el mar, tú eres el más parecido a mí y nos merecemos este viaje, otro lugar, que no nos conozca nadie, yo creo que aún estamos a tiempo Guido...

El adolescente se acercó tanto a su madre que ella pudo percatarse por primera vez de que sus ojos no eran verdes, sino grises, gris perla. Pudo ver que no quedaba ni rastro del niño indeciso, asustado y triste que sólo quería huir de casa de la mano de cualquiera.

“No me voy a ir contigo a ninguna parte. Durante toda mi vida he deseado que te fijases en mí, madre, que me calmaras, que me eligieses por encima de todos los demás... pero nunca fui tu urgencia y ahora ya no te necesito. Vete dónde quieras y déjame tranquilo.”

Aunque le temblaba la barbilla fue capaz de controlar las lágrimas.

Manuela estalló, rompió un par de vasos, lo comparó con su padre, los insultó a todos...

“Ya no puedes hacer nada” y dándose media vuelta la dejó sola, la puerta del piso abierta de par en par, el silencio instalándose a placer, cómo una plaga.

Todas sus pertenencias cabían en una maleta.

Dejó pistas para que en cualquier momento pudieran encontrarla.

Y se subió a un tren.

Durante mucho tiempo se sintió hueca, sin peso, un fantasma en el que nadie repara… no se reconocía en los espejos, no sentía nostalgia, no echaba en falta pero tampoco sabía colocar los pies al bajar de la cama.

Olivia la llamaba de cuando en cuando, su voz sonaba extraña, de otra época, las conversaciones eran escuetas, con intermediaros, ruido de aeropuertos y de estaciones, como ambas cambiaban de dirección las cartas se perdían por el camino…

Mauricio Ferrán le mostró la salida del laberinto.

Con él comprendió la anchura del mundo, lo pequeños que somos y el poco tiempo que nos queda. Le tendió la mano y ella se agarró pese a las previsiones y a ese instinto suyo, detector de fracasos.  Al cabo de un año la había dejado prácticamente en la ruina y no había forma de sacarlo de su casa blanca con vistas al mar, un parásito de labios esculturales al que encontró en su cama con otra mujer y ambos se rieron de ella: vieja, provinciana, ridícula, miserable… agarró la lámpara de mesilla y le asestó a Mauricio un solo golpe, suficiente para abrirle la cabeza y salpicar de sangre a la mujer que salió de allí gritando despavorida.

Sin saber si lo había matado volvió a llenar su maleta y se marchó más ligera que a su llegada.

Mauricio Ferrán no murió ni denunció, pero una cicatriz severa le cruza desde entonces la cara de galán.

A veces sentía la urgencia de llamar por teléfono, de volver a los nombres y a los cuerpos que los identifican cómo quien regresa a una canción.

Al otro lado de la línea Juan ya hacía tiempo que no quería ponerse. Era Alba, su pareja, quien la informaba, no es que fueran confidentes, podía notar la pena vibrando en la voz joven y apresurada, pero conectaban en algún punto lejos de los vínculos familiares y las historias sagradas.

Así supo que Guido había intentado vivir con ellos, y después incluso con su padre, pero que el chaval se mantenía en permanente estado de alerta, parecía un animal enjaulado… finalmente se había unido a un grupo de jóvenes que ocupaban viejos edificios con idea de restaurar su interior y transformarlo en un espacio social y colectivo… de este modo parecía más tranquilo, cómo si hubiese encontrado un lugar sin márgenes.

Una vez terminada su formación artística, Rafa se había marchado a Burdeos, dónde su hermana lo había visitado varias veces. Mandan fotos en las que parecen gemelos, sonríen de la misma manera…

De Lino no sabemos, mantiene las distancias con todos y claro, no se le puede obligar…

El pitido que anunciaba el fin del crédito y de la conversación iba acompañado de una pregunta que Manuela casi gritaba: “¿Y mi Juan?”

Pero ya no quedaban respuestas.

Permanecer sobria viviendo en la calle resultó incompatible.

Aunque el alcohol no le sentara bien, porque volvían Isidro y todos los pequeños a agarrarse de sus piernas con una fuerza descomunal, soñaba que perdía los dientes, el pelo, las uñas, mientras se reían señalándola. Las resacas no eran mejores, percibía en el paladar el absoluto sabor de la decadencia.

Casi no se despierta de una noche demasiado larga con un invierno lacerante colgado a la espalda. Cuando abrió los ojos no reconocía nada y pensó que, definitivamente, lo había perdido todo, hasta el recuerdo.

Sintió alivio.

El bálsamo de las palabras de India le ayudó a situarse. India y su marido eran voluntarios en el albergue que frecuentaba. La habían encontrado en muy mal estado y se la llevaron a casa sin dudarlo “No solemos hacerlo, ya sabes, pero había que actuar rápido y tú eres un caso especial, Manuela”. Le puso India un té sobre las manos, ella se dejó llevar.

Durmió días enteros, días blancos, sin dolor y sin memoria.

Días de nadie.

Dejó de beber sin demasiado esfuerzo, no tenía prisa, ni miedo, ni ansiedad desmedida en aquella casa pequeña que olía a incienso y a lavanda. Tenían una hija adolescente, Yuma, y un perro labrador, Mito, que seguía a Manuela a todas partes y dormía a la puerta de su habitación. Con él comenzó a dar largos paseos y a sentirse más acompañada que nunca.

Una noche preparaba la cena para todos, los dueños de la casa aún no habían llegado de trabajar y Yuma ponía la mesa.

Escuchó un sonido estridente que procedía de un anuncio de televisión, se asomó desde la puerta de la cocina y pudo ver a Olivia, altísima, delgadísima, la larga melena azotada por el viento, anunciando un coche de alta gama.

Se quedó colgada de la pantalla, hipnotizada, consciente de los mil mundos que las separaban.

“Es guapísima ¿verdad?”, preguntó Yuma exhibiendo su amplia sonrisa .

Manuela asintió despacio, el corazón en la boca.

Tuvo la necesidad de decir: “Es mi hija”

Yuma parpadeó sin comprender del todo, después supo leer en el rostro castigado de la mujer, dejó de golpe los cubiertos sobre la mesa, se acercó a ella y preguntó cuidadosa:
“¿Olivia Calle es hija tuya?”

Las manos de Manuela temblaron agarradas a un trapo de cocina.

Asintió de nuevo.

Su voz emergía con gran esfuerzo. Dolía.

“¿La conoces?”

La espontaneidad de la niña que dejaba de serlo inundó la habitación.

“¿Y quién no? ¡Es una modelo superfamosa!”

Manuela le pidió que le guardase el secreto.

Yuma pensó que no le había prometido nada, así que le confesó a su madre toda la historia, excitada y risueña, sin comprender sus precauciones, su cara de circunstancias.  “No podemos meternos en su vida”, dijo India desenredándole el pelo a su hija. “Y mucho cuidado con pregonar nada por ahí... estamos para ayudarla, no para ponérselo más difícil, Yuma, si no tienen contacto, por algo será...”

Le habían enseñado a no rendirse.

Removió, buscó, indagó, imaginaba un final feliz y una amistad para toda la vida con la chica espectacular que ella nunca sería.  Pero tras semanas de investigaciones todo lo que consiguió fue una foto dedicada y ninguna alusión a Manuela, a pesar de la extensa carta detallada que le había enviado, tanto a la productora cómo a todas las direcciones fiables que pudo encontrar.

Decidió dar carpetazo al asunto pensando que había podido tratarse de un espejismo, la fabulación de una mujer convaleciente, algo imposible.

Manuela consiguió plaza en un piso tutelado para personas sin hogar, cumplió con los requisitos, limpieza, horarios, compras, una manera de llenar el tiempo, de vivir otra etapa, con otra piel. Obtuvo un certificado de estudios y también un carnet de manipuladora de alimentos.  Dormía con fármacos, conservaba una paz extraña a la que había tenido que domesticar.

Seguía manteniendo contacto con India y su familia, los domingos por la mañana sacaba a pasear a Mito hasta el borde mismo de la ciudad. Fue capaz de confesarle cosas que creía lapidadas en su interior, una arqueología de procedencia incalculable.

Los viejos contornos se fueron borrando. El amor y el olvido ponen el mismo empeño.

Caminar y no dejar de caminar hasta el final de la tierra.

Mudando de piel.

Desaprendiendo.

El domingo que no regresaron a comer llovía muy débilmente sobre los primeros atisbos de primavera.

Escucharon desde lejos los aullidos de Mito, sentado junto al cuerpo desmadejado y yermo de Manuela.

Los corazones que se paran desconocen la piedad.

Sólo conservaba un número de teléfono junto al que había escrito “Mi Juan”, pero el abonado había cambiado de número.

Cinco personas y un perro labrador que no quería comer la despidieron sin saber muy bien quién era, “alguien que buscaba la paz, cómo todos”, susurró India agarrada del brazo de su hija.

Y la vida siguió, cómo siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

 

 

 

 

 

 

09/08/2018 11:31 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

"CAMINOS OCULTOS"

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Sucede. Agazapada cómo un gato salvaje te salta al cuello la buena literatura, cuando apenas la esperabas.

De la mano de una escritora Estadounidense, Tawni O' Dell (Penssylvania, 1965). Poco sé de ella, que tiene el cabello que siempre he envidiado y que escribió seis novelas inéditas en trece años. Pero voy a procurar conocerla más y mejor a través de sus historias, esa carta de presentación de quienes se identifican sobresaliendo.

"Caminos Ocultos" (Ediciones Siruela, 2012) te estrangula desde el primer segundo de narración privándote de oxígeno a lo largo y ancho de muchas de sus secuencias. Es un drama social, familiar y humano, de una franqueza absoluta, bien planteado, sin fisuras, apasionante e impecablemente escrito. Se le pueden pedir pocas cosas más. Convoca a un ejercicio de empatía y comprensión inevitables. Todos somos Harley.  Y Harley es un chaval, un crío maltratado y malquerido, un niño que no ha crecido y que lo ha hecho a fuerza de ver, sentir y callar, para llegar hasta los dieciocho años y convertirse en cabeza de familia (tiene tres hermanas pequeñas) cuándo su madre asesina a su padre en la cocina del domicilio familiar.

Harley tiene dos trabajos precarios. Se alimenta de chocolatinas, galletas rancias y cervezas. No se atreve a visitar a su madre en la cárcel. Sufre ataques de pánico y cada día sueña con viajar a otro estado para ver al único amigo que ha tenido y que es un estudiante universitario. No soporta a su hermana Amber y no sabe cómo relacionarse con la siguiente, Misty, sin embargo, adora a su perro Elvis y a Jody, la hermana pequeña, estos dos últimos personajes tienen luz y le proporcionan algo parecido a la tranquilidad, que le hace mucha falta, porque Harley sufre, piensa, teme, conoce la soledad y el miedo como nadie y no puede, no sabe, no quiere, contárselo a Betty, su psicóloga.

Lo he contado fatal, me temo. Por no querer desvelar. Porque es mejor quedarse en la estructura, en las excusas, en la presentación superficial de unos personajes absolutamente sin desperdicio, memorables.

Es una historia de abandono, de secretos, en la que nada es lo que parece. Los menores  heredan, injusta e innecesariamente, la miseria de unos adultos que adolecen de una carencia absoluta de inteligencia emocional. Nada que extrañar, por otra parte.

Cuando Harley cumple ocho años espera que le regalen un muñeco articulado, ese que está de moda y que todos los chicos tienen... y recibe una habitación propia, aprovechando un recodo de la casa prefabricada, con muebles reciclados y paredes mal pintadas... su berrinche le supone una nueva paliza, pero a Harley lo que menos le duelen son los golpes.

Hay secuencias tatuaje que se quedan grabadas en la piel de la memoria: una conversación con su madre, cuándo por fin se arma de valor y decide ir a verla, la noche que duerme en la caseta del perro, mirando entre las rendijas, su manera de relacionarse con un compañero de trabajo que tiene una discapacidad intelectual...

Tawni O'Dell borda el inesperado final y no deja nada al azar. Pretende comprometernos, que seamos, o no, cómplices de un entramado social que abandona a quién más dificultades tiene (en cualquier parte del mundo) mirando sin pudor hacia otro lado.

Es un drama sin tregua, sí.

Pero por encima de todo es una gran novela, en la que, cómo decía, nada es casual, ni lo que parece.

Porque todos somos Harley.

14/06/2018 20:01 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"LA PARTE DE LOS ÁNGELES"

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Que existen incondicionales lo sabemos pero se nos olvida.

Porque indagar, querer descubrir, curiosear, es un proceso natural y necesario.

Hasta que llegas a las habas contadas.

Al hartazgo de leer sabiendo que son palabras vacías, sin reflejo, deshechas nada más rozar el suelo, cómo pompas de jabón.

Y cuando lo que necesitas es un agujero en el mismo centro del estómago y poner el alma en el argumento, aunque la apuesta sea elevada y grandilocuente, te esperan, a pesar de todo, los y las incondicionales.

Por ejemplo, Marian Izaguirre (Bilbao, 1951), aunque ya no sea la misma autora de aquella incomparable "La vida cuando era nuestra" (2013), ni yo posiblemente sea la misma lectora. La literatura te transforma y a mí aquella novela me cambió la vida, generándome una especie de Síndrome de Estocolmo dificilmente comparable con ninguna otra historia.

"La parte de los ángeles", su última novela recién publicada, toma su título de la cultura del vino francés criado en barrica. Aquella cantidad de vino evaporado que parece haber sido degustado por divinidades.

Es una historia muy cuidada en el hilo argumental y dónde se cimenta. La música clásica, los viajes por Europa, concertistas, gente de ninguna parte y de todas, una historia de amor que, como casi todas, no resiste el paso del tiempo ni pervive a lo que parecía ideal y sólo es ruina sentimental...

Dos jóvenes músicos se conocen en Holanda, cuando ambos participan en un concurso internacional de violín, y durante veinte largos años forman una pareja llena de luces y sombras jalonadas entre Rotterdam, Siena, Nueva York y El cabo de Gata. Cuando Ricardo abandone a Irene por una mujer más joven, se enfrentarán al desafío de aprender a vivir el uno sin el otro. La parte de los ángeles es también una novela sobre el perdón, sobre los sentimientos confusos, sobre el amor que todavía pervive en el desamor y el modo en el que a veces vuelve a nuestras vidas la persona que se fue. Tras una etapa llena de tristeza y rencor, la protagonista llega a la conclusión de que debe desprenderse del resentimiento y empezar de nuevo, esta vez ayudada por la estimulante presencia de Mateo.

Las sinopsis suelen ser un querer y no poder, es difícil resumir en ellas el proyecto que supone parir una historia para que sea de todos y todas. Izaguirre siempre cuida los detalles, el lenguaje, el dibujo de los personajes, cultos, viajados, la definición de los porqués y los cómos... sin olvidar una coma.

Me gustan las mujeres de "La parte de los ángeles", me gusta cómo huyen, se esconden y se reconstruyen.  Me gusta el tiempo convertido en posibilidad, la generosidad de los seres que se eligen en una estación de paso. Me gustan las dobles, las triples lecturas, los personajes poliédricos, perdedores, empáticos, que siguen hacia delante.

Una historia generacional, interesante, posibilitadora, inteligente.

Por fin!!!

30/05/2018 22:11 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

NI TRES SIN CUATRO

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Si sigo manteniendo este olfato rastreador, voy a cambiar a mi perrete adoptado, mezcla de varias razas, por un sabueso de alta precisión (literaria, a ser posible).

Me pasé al bando contrario de la literatura escrita por mujeres (por llevarme la contraria a mí misma y por desetiquetar, aunque cuando la cosa apunta maneras...)

Y así fue como encontré a Diego Vaya (Sevilla, 1980) y su Premio de Novela Universidad de Sevilla 2012: "Medea en los Infiernos". Aún no sé por qué. Sólo sé que no sé nada. Que no he pillado ni una y que no me coge de nuevas pero lo parezco. Lo que dan de sí los clichés de una separación sentimental en una pareja madura, heterosexual y bien posicionada... qué fatiga de prototipos y de incongruencias. El miedo y la memoria. La soledad. Una especie de thriller melodramático que no debió encontrarme con los cinco sentidos, en el momento adecuado.

Respiré hondo, llamé a la puerta de Anagrama atraída por esa temática que ahora, al parecer, todo el mundo se atreve a emplear, el conflicto vasco en los 80, la banda terrorista, sus adeptos, los habitantes de pueblos y ciudades posicionándose o guardando silencio. Como "Patria", la novela de Aramburu, todavía me viene grande de tan famosa, busqué en pequeñas calles paralelas hasta introducirme en un callejón sin salida. "Ojos que no ven"(2009), de José Ángel González Sáinz (Soria, 1956), prometía todo lo que yo entendí que podía prometer, aunque al final se quedase en una constante repetición de imágenes y en un lenguaje retórico, arcaico y por momentos cargante. Los ingredientes no suelen fallar, familia rural que emigra a la industrialización del país vasco con un chaval preadolescente.  Allí tienen otro hijo, hasta se pueden comprar un piso en un enjambre de pisos de familias obreras.  El cabeza de familia se mantiene atado a sólidos principios heredados de la tierra y de sus antepasados. Aprende de lo que ve y no deja de mirar. Asume que es mejor conservar la paz que tener razón. Sin embargo, su esposa y el primogénito entran en la espiral social y educativa de un pueblo y una izquierda radical que necesitan significarse. Se les va de las manos. Claramente. Estoy de acuerdo con la doctrina de la novela: Las libertades terminan cuando se pierde el respeto a la vida ajena. Pero no creo que la verdad sea totalitaria, ni a ella se llegue a través de un camino único.  Creo que cada cual defiende su verdad y hay que darle su espacio para que trate de sostenerla, si se puede.  Esta novela es blanco o negro, la vida y la muerte, lo bueno y lo malo, el antes y el después, la culpa (ese caramelo envenenado que introducimos sin miramientos en la boca de cualquiera)... me faltan datos, definición, sentido... y me sobra moralina.

Y hasta Mayo hemos llegado, quién sabe qué nos deparará el final de la primavera... lo importante es seguir creyendo que todo está en las palabras, que nunca se las llevará el viento porque construyen fortalezas inexpugnables... y castillos de arena.

04/05/2018 16:22 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

NO HABRÁ DOS SIN TRES

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A veces (me) pasa. Después de un periodo de frenesí lector, compaginando libro electrónico con papel, novela con ensayo, teatro y/o poesía... llega la calma, la sensación de empacho, la necesidad de un paréntesis esperando al deseo, esa llamada única e inexplicable que tan a tiempo me salva de casi todas mis miserias.

Cuando retomo el camino éste parece estar cubierto de arena. Cuesta avanzar.

Y hasta dan ganas de rendirse.

Pero las puertas cerradas no conducen a ninguna parte. Ni convencen.

Lo intenté primero con "La vida sumergida", de Pilar Adón (Madrid, 1971), por las críticas, porque Galaxia Gutenberg es una editorial de solvente calidad literaria (a mi entender) o quizás porque las dos nacimos el mismo año y de alguna manera indómita e insospechada eso siempre tira. Me sumergí con cuidado en sus últimos relatos, esos merecedores de las mejores críticas, como sus poemarios o sus novelas, se dicen de ella maravillas tales: "sus libros hablan por sí solos", "está en la plenitud de su talento".

Todo será cierto.  Todo.

Anque yo no haya sido capaz de comprenderlo, ni de entusiasmarme con una de sus pequeñas historias, perfectamente escritas, sutiles, misteriosas, entre el más allá y el presente inmediato pero siempre oscuro y sometido a constante amenaza.

Así son las cosas... se diría que me "molesta", sin ser exactamente eso, que no le falte una sola arruga a su indumentaria literaria, impecable el juego, la narración, los efectos... pero tanta asepsia me produce la sensación fria de lamer una lámina de cristal.

Decidí dejar los experimentos a un lado y probar el recetario acostumbrado, esa despensa que se abre siempre con la intención de encontrar la porción de chocolate que nos pide el cuerpo.

Elena Ferrante (Nápoles, 1943), que me regaló la Italia y las pasiones al estilo Sofía Loren o Anna Magnani en la saga de "La amiga estupenda", con todos esos componentes tan hipnóticos de los que ya escribí en este blog (niñez, familia, barrio...), me ofrecía en esta ocasión "Los días del abandono", ambientada en Turín, llevada al cine, la historia de una mujer a la que su marido abandona por otra mucho más joven.

El ritmo, el interés, la posible sorpresa aguantan tres páginas, cuatro a lo sumo.

Es una novela frenética, desquiciante, la protagonista entra en barrena (hasta le propina una paliza a su ex cuando se lo encuentra del brazo de la otra en la calle, mirando un escaparate) y se plantea la utilidad y el sentido de su vida, la de sus hijos y la de su perro, a los que maltrata porque ella no puede hacerse cargo ni de sí misma, a lo largo y ancho de casi toda la novela.

Innecesarios (para mí como lectora) algunos capítulos en los que intenta escupir todo el veneno del engaño a través del sexo, y por fragmentos una no sabe si lee a la Ferrante (o a quien sea, ya sabéis que es un pseudónimo y que ni siquiera se puede asegurar si se trata de un autor o de una autora) o a E.L.James en "Cincuenta sombras de Grey".

Procuro no quedarme con el sabor de boca de la pérdida de tiempo.

Las palabras siempre nos muestran otros mundos, aquellos en los que habitaríamos sin dudarlo y otros que procuraremos no pisar.

Este mundo está plagado de historias que nos están esperando.

Y nunca una mala racha duró lo suficiente. ¿O sí?

18/04/2018 22:27 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

"LOS DÍAS AZULES"

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“Otra vez soy el tiempo que me queda…”

(“La botella vacía se parece a mi alma”. J. M. Caballero Bonald)

 

 

 

Desde mi terraza se veía el mar.

Pese a vivir en una ciudad de interior y contemplar tejados hasta dónde me alcanzaba la vista, tejados, azoteas, antenas, chimeneas… desde mi  antigua terraza de baldosas rojas se veía el mar. Los días de viento podía olerlo, esa mezcla incomparable de sal mojada y premonición que se adhiere al cielo de la boca cómo las primeras veces de las cosas que nos conquistaron.

Mi vieja casa combate acorralada el imperio de los nuevos tiempos.

Sigue en el mismo lugar, sola, al margen, a pesar de las urbanizaciones, de las zonas ajardinadas y las calles nuevas, asépticas, de nadie.

Esa casa que te identifica. Que te estaba esperando. Que se parece tanto a ti, a todas tus transformaciones…  uno de esos lugares que nada más conocerlo sientes que serán para siempre,  que debes cuidarlos porque son de ley.

Vivo en mi casa con su terraza-velero.

Sólo que ahora, ese espacio privilegiado al que se accede por una pequeña escalera de caracol, está ocupado por voluminosos juguetes y armarios de tela, los flecos de la vida interrumpida de Noa. 

“Esta vez va en serio”,  me dijo nada más verme, cuando me pasó al pequeño Hugo mientras la furgoneta atestada de bultos aparcaba sobre la acera y dos amigas suyas comenzaban a descargar.  El niño se puso a llorar, al fin y al cabo me había visto tres o cuatro veces en sus dos años,  traté de entretenerlo, juntos desmenuzamos un pedazo de bizcocho sobre la encimera de la cocina, Noa entraba y salía, sus amigas dijeron buenas tardes y poco más, frases escuetas sobre la tarea práctica que estaban desempeñando, en poco tiempo la habitación que suelo tener libre y de dónde parte la escalera de la terraza,  había sido invadida por la mujer y el niño que huían, desasosegados y un tanto marchitos, como si hubiesen atravesado campos de minas, desiertos y parajes inhóspitos hasta llegar a la casa diferente de la mujer sola.

Al contrario que yo, durmieron durante horas. Preparé café, observé amanecer en una mezcla turbia de colores desvaídos, sentada en la mecedora roja que Marcel, el padre de Noa, había rescatado de la basura y que restauramos juntos, recordé todas las pocas palabras de Noa, las veces que me había repetido “Esta vez va en serio”, para al cabo de muy poco tiempo volver con Ian sin mirar atrás.

Se presentó descalza en la cocina, me sorprendió su delgadez, lo marcado de sus facciones, le dejé un albornoz de su padre y le puse en las manos una taza de café bien caliente con unas gotas de leche. Conocía al detalle sus preferencias.

Traté de buscar un rastro de la niña pequeña que yo había conocido, expectante, atenta, inadvertida, adosada a su padre cómo si fuese su sombra.

 Desayunando en el mismo bar al que yo acudía cada mañana, buscando los rituales que me conectaban al presente:  las noticias en televisión, los barrenderos almorzando, el olor de las tortillas recién hechas, el panadero apareciendo siempre a la misma hora, algo de azúcar desparramado por el suelo, las cristaleras apagando el sonido de la calle… y Chus, sin preguntar, poniéndome lo de siempre.

Fue imposible no reparar en la peculiar pareja,  él desastrado, con el pelo largo, ensortijado en las puntas, los ojos grises, el alma vencida y elegante, alguien que no pertenecía ni siquiera a los lugares que ocupaba con la facilidad de quien ha estado siempre en ellos. Desayunaba tabaco negro y se sentaba a la mesa de una manera indolente, como si no supiera dónde colocar las piernas. A su lado la niña de piel morena no le quitaba ojo,  a pesar de parecer concentrada en la tarea de mojar unos churros en un café con leche que, a todas luces, se había quedado frio.  Tendría unos seis años y no se desprendía de una mochila atestada de enseres.

Un claxon sonó repetidamente en la puerta del bar, la niña se puso en pie de un salto, se limpió la boca con la manga, él trató de enderezarse…  “¿Vendrás a buscarme?” preguntó bajito la niña… el hombre asintió sin mirarla a los ojos…  ella, con un dedo muy pequeño y muy delgado, le levantó la barbilla… “¿Pero de verdad?”… el hombre entonces aproximó mucho su cara a la de ella, los ojos de ambos eran de un verde grisáceo indescriptible, y volvió a asentir. La pequeña sonrió abiertamente y se marchó a toda velocidad, dejando tras de sí esa estela propia de la intensidad infantil.

Escuchamos el portazo de un coche y arrancar un motor.

Él estaba de espaldas a la puerta y no se giró, fue entonces cuando pidió un combinado de ginebra y Chus le dijo que era demasiado pronto para empezar a beber… “Marcel, no empecemos…” Ahí conocí su nombre. “No te he pedido la hora”, respondió él sin resultar impertinente, con una voz más joven de lo que hubiera imaginado.

Cuando se levantó dirigiéndose a la barra y más concretamente a mi banqueta, pensé que no había sido especialmente discreta al observarlos detenidamente, mientras trataba de argumentar una disculpa encontré su mano tendida por encima del periódico tras el que me parapetaba:

“Soy Marcel… a mi hija Noa ya la has visto… te invitaría a desayunar pero me parece mal que sea a costa de Chus, la buena mujer me fía… por eso  y por no abusar sólo vengo de cuando en cuando, ¿quién eres? No te conozco, estoy seguro, la curva de tus hombros y esas manos de restauradora de muebles no hubiera podido olvidarlas nunca…”

Olía a talco, a nicotina, a día de lluvia…  Cierro los ojos y evoco ese olor con absoluta lealtad.

Me miré las manos y sentí un poco de vergüenza porque dentro de las uñas podían adivinarse restos de pintura azul. En las yemas de los dedos alguna diminuta astilla de madera seguía clavada…

Desde ese día Marcel entró en mi vida para no salir jamás.

A pesar de los quince años de diferencia.

A pesar de todas las diferencias.

Marcel tuvo hijos con distintas mujeres, pero solo conocí a Noa.

En alguna de las épocas en las que convivimos, sin condiciones, protocolos ni normas, él hablaba, bien porque yo no solía preguntarle o tal vez porque lo necesitaba. Los recuerdos se traducen en palabras, piedra granítica y seca atada al cuerpo que lo arrastra hacia cualquier cloaca si no es capaz de reinventarse y echar a volar.

Todas sus historias parecían inventadas, quizás por el clima que las envolvía (entre el humo de los cigarrillos que encadenaba, esa media luz y su cabeza apoyada en mi regazo) o porque el pasado busca un toque de ficción para sobrevivir.

Así lo vi escapar de casa con Duna, los dos unos críos de diecinueve años a los que no dejaban verse, ella una prometedora estudiante de magisterio, la primera universitaria de la familia, él un escritor de canciones, lo que más le gustaba entonces era escribir canciones y seducir a chicas guapas en los bares de las facultades dónde nunca se matricularía.

Escaparse repetidamente de la escuela hizo que su padre lo pusiera a trabajar, además en casa hacía falta el dinero, pero nunca aguantaba más de una semana en el mismo sitio…  llegaron los castigos, las huidas, los pequeños hurtos sin consecuencias…  hasta conocer a Duna. 

Entonces se lo propuso de verdad, aprender un oficio, horarios, invitarla al cine, ver la cara de su madre cuando la llevase a cenar a casa…  Pero no pudo ser, sin argumento sólido, hay cosas que no pueden ser. Ella se quedó embarazada y decidieron fugarse. Siempre pensaron que la aventura terminaría bien. No hay quien pueda con el amor verdadero. O sí. La pura realidad. Se acabaron el dinero, las casas de los amigos y hasta los amigos. La veía llorar a escondidas, demacrada, al fin y al cabo ella había pertenecido a un lugar y lo añoraba. Se puede echar en falta el calor, las alfombras, un timbre, la hora exacta del reloj en que dejamos de ser niños. Y entonces todo se complica, la melancolía no es buena compañera de viaje. 

Una noche templada y quieta, tumbados entre los arbustos del parque dónde pernoctaban ella se sintió mal, mal de verdad, gritaba doblando su cuerpo en un espasmo continuo…  con la ayuda de otro transeúnte al que conocían cogieron un taxi y de camino al hospital Marcel, la mano de Duna aferrada a su pierna, su pequeña cabeza de pelo indómito y corto apoyada en el hombro, comprendió las secuencias, el orden, los afluentes del tiempo.

Mientras los médicos atendían el aborto él hizo un par de llamadas, sin escuchar, sin dar tiempo a la otra parte, se requería acción. Volvió al parque a recoger sus cosas, se quedó con algunas de Duna que todavía conservaba y continuó su camino sabiendo que no volvería a verla.

En ocasiones creía reconocerla, un rostro similar, un gesto, la manera de cruzar las piernas, el sonido de su voz.  Era una trampa. Mutamos. Dejamos de ser los que fuimos.

Después se encadenaron ciudades, trabajos temporales, fragmentos de algo. Siempre hay un cuerpo dispuesto a ser amado, una vez que pudimos vivir casi en paz.

Nunca le creyeron cuando aseguraba no ser buen compañero ni mucho menos estar preparado como padre.

Convencerle poniéndole en los brazos una vida diminuta, un recién parido que tiembla, tampoco resultó vinculante.

Con Noa el proceso fue distinto. Él supo que había sido padre cuando se reencontró con Elena casi un año después de su ruptura. Comprendió asomándose a los ojos-espejo de la niña, idénticos a los suyos. En Elena hubiera querido quedarse un poco más, saber de la vida con ella, los pequeños países de las relaciones son tan peculiares… pero no le dio opción, lo echó con cajas destempladas, tras una acalorada discusión en la que él no quiso entrar y que pensó que se le pasaría, las idas y venidas del genio de Elena. Envió sus pertenencias a la pensión dónde Marcel se alojaba y no volvió a cogerle el teléfono.

Sintió una punzada de necesidad. De vez en cuando las buscaba. La pequeña jugaba en el parque, reía a carcajadas, su madre la fotografiaba…  resultaban hermosas. Había luz en aquellos instantes, algo que se parecía a ser feliz en el momento preciso. Fue egoísta, ¿quién no quiere su pedazo de tarta?

La niña y él establecieron una conexión única.  A pesar de Elena, que intentó educar a ambos en lo práctico, en el sentido común de los afectos y en la terminología de lo imposible. Finalmente se rindió, qué otra cosa podía hacer…  y puso de su parte creyendo tal vez que la vida se encarga de ordenar algunas cosas.

Pero la fuerza incondicional de aquella cría…

A veces aparecía en casa pensando que lo encontraría, cruzando media ciudad, los calcetines caídos, la mochila del colegio a rastras, el brillo imperturbable en la mirada: “¿Me puedo quedar un rato por si viene?”…  mientras le preparaba un bocadillo caía rendida en el sofá, yo la tapaba con el cuidado de quien roza un delicado cristal, temiendo que todas sus esperanzas se quebrasen, desperdigándose  como  animales malheridos por el suelo frío del salón. A continuación llamaba a Elena, le prometía que al día siguiente la dejaría a su hora en la puerta del Colegio. Guardábamos un silencio sepulcral entre las frases correctas y los monosílabos antes de colgar.

Diez años fueron capaces de pasar, casi siempre muy deprisa, el insospechado mundo social de Marcel me puso en contacto con aficionados a las antigüedades y tiendas de muebles específicas que han encadenado pedidos. Sigo viviendo de lo que mis manos son capaces de descubrir bajo tanta capa inservible.

Sus pulmones enfermaron progresivamente, lo anunciaban sus profundas ojeras, sus labios agrietados, la tos intempestiva. No quería nombrar sus dolencias, hacerlas más fuertes. Desde la azotea también llegó a ver el mar, aunque no fuera el mismo que yo distinguía, porque el mar es tan individual, tan privado como la forma de despertarse.

La madrugada en la que la puerta sonó con su inconfundible manera de anunciar su llegada salté de la cama y bajé descalza a abrirle. Ya había algo en las sombras húmedas y en mi precipitación que presagiaba tristeza. Prácticamente se desplomó sobre mi hombro, respiraba con dificultad y no quiso que llamase a ningún médico, salía de pasar unos días en el hospital y las noticias no eran buenas.

Durmió profundamente. Pareció reponerse.

Traté de explicarle a Noa, que no se despegaba de él y vivía dentro de un saco de dormir a los pies de la cama, que la despedida se acercaba.

Nunca he sufrido mayor agresión que la de aquella mirada.

Estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, era una mujer obcecada, valiente, con ese punto agreste, indomable, en sus pasos, la forma de girarse, la ondulada melena… Demasiado rotunda quizás, para ser tan joven.

Hablaban de política, de música, de libros… jugaban a las cartas. Trataban de incluirme pero resultaba imposible formar parte de una sociedad emocional tan compacta.

Cuando Marcel no estaba delante Noa lloraba en silencio, lágrimas voluminosas se derramaban por sus mejillas hacia ninguna parte. El resto de su cuerpo parecía no inmutarse.

Una de las últimas noches, mientras recogía la cocina, sentí su mirada, impotente, asustada, sobre mis movimientos. Me senté junto a ella, le pregunté en silencio qué quería de mí, simplemente dijo: “Debes ser muy especial para que mi padre haya venido a morir en ti”.

Marcel quería tierra.  Llevaba vagando demasiado tiempo y quiso tierra.

Lo dejó todo bien atado. Organizó escrupulosamente su muerte cómo no pudo hacerlo con su vida.

Es una sepultura pequeña, en un rincón dónde siempre da el sol.

Apenas cinco personas en el entierro. Sin sermones ni mensajes imposibles.

Conocí a Elena, nos abrazamos sinceramente.

Noa parecía una escultura, ausente, gélida, lejana.

Quiso pasar en casa unos días, recoger las  pocas pertenencias de su padre y empezar a vivir con su ausencia. Curioso el volúmen que deja el vacío aún con las personas intermitentes, esas que se empeñan en no dejar huella y consiguen el efecto contrario: la nitidez.

Cómo suelo conciliar el sueño cerca del amanecer no la escuché marcharse, bajar torpemente las escaleras por los bultos que acarreaba, cerrar la puerta y echar a andar sin mirar atrás.

Dejó café hecho y un par de calas, mis flores preferidas, sobre la mesa de la cocina.

Con la barra de labios que siempre la acompañaba escribió gracias en el espejo del recibidor.

La soledad y el frío me hicieron estremecer.

Envuelta en una manta subí a la azotea, lloré todo lo que no había podido llorar en los últimos días, comprendí el final de un camino, de una época, de una apuesta… durante mucho tiempo no encontré el mar detrás del horizonte urbano, ni siquiera lograba adivinarlo.

El trabajo me ayudó a continuar, encargos, plazos, alguna amiga que se dejaba caer y me recordaba, de repente, quién era yo antes de conocer a Marcel… los contornos comenzaron a hacerse difusos y el duelo más llevadero, como buscando un lugar en el que colocarse.

Sabía de Noa por Elena, de vez en cuando hablábamos, había iniciado sus estudios en la Universidad, parecía que le gustaba un chico, pero se cerraba en banda a la hora de las confidencias, procuraba no bajar la guardia.

El día que llamó a la puerta del mismo modo en que lo hacía su padre me quedé petrificada, sujetando un pincel que se quedó suspendido en el aire. Me costó un mundo poder llegar a abrirle, recordar esa expresión expectante, ávida, elocuente… parecíamos dos estatuas de sal, inamovibles una frente a otra, finalmente me hice a un lado para dejarla pasar. Entró en el taller y echó un vistazo a mis trabajos, sonreía, “qué buena mano tienes”, me dijo.

No sé cómo se puso a hablar de Ian, de lo distinto que era a todo el mundo, “sabe lo que quiere, me coge de la mano y me lleva exactamente a dónde quiero ir…” pero había cierto desasosiego en el movimiento ágil de sus dedos largos. “Entonces…  ¿cuál es el problema?”, pregunté reanudando mi faena, tratando de restar importancia a algo que evidentemente la tenía, algo que había hecho regresar a Noa dos años después de la muerte de su padre.

“Siempre tiene prisa”, respondió despacio, mirando al suelo, empujando con la punta de su zapato montoncitos de serrín.

En pocos meses estaban viviendo juntos, los padres de él pagaban un ático blanco y amplio en el centro de la ciudad. “Figúrate que tenemos dos cuartos de baño con dos lavabos en cada uno”, explicaba Noa abriendo mucho los ojos, él, Ian, la miraba con cierta condescendencia asomándose a los rincones de mi casa cómo quien mira sin comprender una exposición vanguardista: “¿Vives aquí?”, preguntaba atónito… “Sí”… “Qué curioso… parece un almacén”, y constantemente se sacudía el polvo de las manos.

A veces la vida sabe un poco a algodón de azúcar, es cronológica y funciona como la seda.

Así fue ese principio en el que quisieron creer, sólo que la fe resulta inconsistente, pincha con la facilidad del alfiler y el globo.

Noa llegaba como un huracán, se desbordaba, lloraba, se calmaba, volvía a llorar para lavarse después la cara con abundante agua fría y salir a buscarlo.

Después bajó del balancín, venía cómo pidiendo permiso, sin despotricar, simplemente charlábamos de cosas banales, tomábamos un té, la tarde languidecía y a ella le costaba mucho marcharse.

Hubo un paréntesis extraño, un tiempo en el que dejé de verla porque tenía que comprar unas cortinas, había descubierto el yoga o trataba de relacionarse cordialmente con sus cuñadas…

No sé por qué, pero ese paréntesis guardaba un aire rancio, pesaba.

Me dijo que estaba embarazada sin mirarme a la cara y en el quinto mes de gestación.

Me dijo que iba a ser un niño.

Me dijo que ella no quería para su niño un padre ausente ni una familia rara.

Quería un carrusel sobre la cuna, cajas de plástico de colores repletas de juguetes, una alfombra enorme que simulara una carretera, calcetines con huellas, churretones de chocolate, que el pequeño cuerpo de su pequeño se colase entre los cuerpos de los dos un domingo por la mañana…

El intenso monólogo parecía estar ordenado para convencerse a sí misma.

Además los niños unen.

Los niños son una bendición del cielo.

Dan suerte.

Y mucha alegría.

Le pregunté “¿Entonces por qué lloras?”, y respondió algo sobre las hormonas y el embarazo.

Hugo nació redondito, blanquísimo, con las orejas muy pegadas y un visible lunar bajo el lóbulo de una de ellas. A mí me parecía una marca afortunada,  pero su abuela paterna, con la que coincidí en la habitación del hospital, no paraba de repetir: “Qué lástima, con lo bonito que es el niño y esa mancha de por vida…”  Noa parecía inquieta, no descansaba bien y Hugo no le cogía el pecho…  su suegra le daba pequeños golpecitos en el brazo. “No te amilanes niña, que cuatro seguidos tuve yo y bien sola que estaba… criar es sufrir, por si no lo sabías…”

Noa le dedicó esa mirada herencia de su padre que silenciaba a cualquiera.

Le regalé al niño un caballito-balancín de madera, cuándo les llamé para poder llevárselo se puso Ian, “Mejor te lo quedas en casa para que juegue allí cuando vaya, aquí se nos empiezan a acumular trastos…”

Después ya nos vimos poco, ella quería criar a su niño de una forma y el padre de otra, estaba agotada, la familia de Ian era como un tren de alta velocidad que te pasa por encima.

A todo ello se sumó  la consecución del plan que Elena llevaba años ideando.

Volver a las raíces con su última pareja, a un pueblo perdido en la montaña, a comer del huerto y crear jabones artesanos.  

“Vente con nosotros Noa, allí el niño se criará en libertad, vivirás más tranquila…”

Pero ella les respondió con la barbilla temblando y el monólogo de la familia ideal.

Hasta que desembarcó en mi casa hace unos días, la vida descompuesta, los sueños una equivocación, incapaz de encontrar salida.

Cuando le puse el café bien cargado entre las manos estaba dispuesta a explicarle sutilmente que no tengo en la puerta el letrero de una estación de paso ni pretendí ser nunca un hospital de guardia. Estaba dispuesta incluso a hablarle de mí, una familia numerosa, la hija menor que sostiene a la madre prematuramente viuda y ve las grietas, el dolor, la resignación, acorralada por el miedo… pero ella traía también su discurso, la urgencia de quien sabe que ha perdido y tiene prisa por reconocerlo y continuar.

No volvería con Ian, le desagradaba su autoritarismo mezclado con una profunda cobardía a la hora de tomar decisiones, aborrecía esa frase que le repetía últimamente tras cada discusión y que quedaba aleteando en el aire, atrapando la luz: “¿Qué te cuesta ser un poco más normal?”

Y sin embargo Hugo.

Hugo le había enseñado que siempre hay tiempo para tratar de hacer bien las cosas.

Intentarlo al menos.

Quería para él dormir despatarrado, mejillas encendidas, una ilusión perenne.

Propondría una separación amistosa.

Debí de mostrar una expresión incrédula, recordando algunos momentos con su familia política… ella sonrió levemente, “cuando la gente guarda secretos no se la juega, no arriesga…”.

Un As en la manga.

Se marcharía una temporada con su madre, nubes enormes, viento en la cara, campanas de domingo…  las respuestas están en los espejos, un día te asomas cómo por descuido y las ves, ya no necesitas seguir huyendo ni buscar a nadie para echar a volar.

Pasamos unos días suaves, despertándonos de un letargo, organizando sus cosas, primero se llevaría lo básico, después el resto… mientras yo cargaba a Hugo en brazos ella me preguntó: “¿Crees que me parezco a mi padre?”

Negué con la cabeza rotundamente, no somos muñecas rusas, alguien debería recordarnos el enorme ejercicio de libertad que supone despertarse cada mañana.

Presiento que el mar ha vuelto.

Huele a sal en las madrugadas.

La última casa del mundo parecida a tener una casa resiste las inclemencias del tiempo.

Sabe que la vida es cíclica.

Que todo está inventado.

Y sentido.

Que sólo la calma se parece al éxito.

Sólo la calma.

 

 

 

28/01/2018 12:04 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

"ANILLOS DE ORO"

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No la hay actualmente. Una serie de televisión que aborde la realidad social del momento, el reflejo de quienes somos y cómo vivimos.

"Anillos de Oro" consiguió ser fiel a una época (los 80) y a un país que tenía lo que tenía... la resaca de la dictadura y de la redicha transición, la recién aprobada Ley del divorcio que permitía terminar con una parte de esa doble moral tan nuestra, tan de escandalizarse mientras se mantiene una doble vida.

Sera porque la escribió Ana Diosdado (1938-2015) y la dirigió Pedro Masó (1927-2008), será porque Imanol Arias (1956), tan joven, ya crecía imparablemente... el caso es que venció porque se atrevió a contar con los mejores ingredientes, ponerlos en marcha, cuidar a un público que no se conformaba con cualquier cosa y... voilá.

Hasta hace poco creía que me quedaba cada vez menos tiempo para seguir leyendo, descubriendo autores, historias, momentos... por eso no retrocedía volviendo a leer obras que me conquistaron o no, dándoles una segunda oportunidad, o varias... Sigo convencida de la fugacidad inmisericorde de un tiempo que no perdona, pero si es verdad que una siempre vuelve a los lugares donde amó la vida... a algunos libros hay que volver despacio, porque son sitios que ya no se repiten, por respeto a lo que aprendimos de ellos y porque siempre nos estarán esperando.

"Anillos de Oro", escrita en formato teatral, cargada de imágenes y secuencias aún antes de convertirse en serie, narra en trece episodios a finales de 1983, lo que acontece en un despacho de abogados que comienza a llevar los primeros casos de divorcio, en contra de la moral y el recato predominantes. Y lo hace con buen gusto, desde todos los ámbitos y/o estratos sociales, tocando además temas aledaños cómo la homosexualidad, el adulterio, la emancipación femenina, los grupos sociales al calor de los bares-madriguera, etc.

Ana Diosdado dominaba la escena. Hija de padres exiliados, ahijada de Margarita Xirgu (¡ahí es nada!), dramaturga, guionista, actriz... siempre tuvo una mirada (por dentro y por fuera), inteligente, sagaz, evolutiva.

Cuándo se estrenó "Anillos de Oro" yo tenía doce años y entendía muy poco de casi todo, pero me quedaba con imágenes, y sobre todo con palabras, que puestas en el lugar y en los labios adecuados consiguieron salvarme de muchas cosas tristes.

Recuerdo el pelo de Lola (la abogada de la serie interpretada por Diosdado), ese maravilloso corte de pelo tan de "antiseñora"... y la relación, fuera de connotaciones de pareja, que mantenía con Ramón (el otro abogado del despacho, interpretado por Imanol Arias), cuando yo ya intuía que un hombre y una mujer podían ser amigos de verdad sin ser pareja sentimental...

El guión es en muchas ocasiones un drama con tintes de comedia y a la inversa, cómo la propia vida. 

Recuperar todas aquellas reminiscencias y traerlas al presente me ha hecho recordar la Librería Pérez, dónde compré a precio de ganga los dos tomos en los que se estructura la obra, cómo crujía aquel suelo de madera, la oportunidad tan enorme que suponían las librerías de viejo contra el invierno del alma... 

Desaparecemos. Todos. La vida es cíclica.

Pero obras como ésta, tan absolutamente hermosas, humanas y necesarias, tan llenas de arte... son eternas.

15/12/2017 13:12 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"QUÉDATE ESTE DÍA Y ESTA NOCHE CONMIGO"

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...Por dónde empezar...

Quizás sirva el ejemplo, un fragmento, esta idea:

"Están, desde luego, los colectivos.  Siempre aparecen, como hogueras, como respuestas, como archipiélagos.  Rodean algo.  Esto es lo más difícil de aceptar.  Que en este momento de la historia tengan que rodear algo.  Que no puedan, simplemente, ser.  Que tengan que vivir empujados y a la contra.  Hay colectivos cuyos miembros consiguen derribar los marcos y cruzar al otro lado juntos.  Alivia saberlo."

El último libro de Belén Gopegui (Madrid, 1963) vuelve a la necesidad de los seres sociales, del calor de hogar, de una palabra que modifique el orden de las cosas, la paz impuesta.

Es complicado explicar cómo escribe esta autora, al menos complicado para mí, que me declaro fan incondicional suya desde que mi amigo Félix me regaló su primera novela: "La escala de los mapas" (1993), y me pasó con ella lo que todavía me pasa con  las obras excepcionales de Gopegui, me veo inmersa en una espiral surrealista de la que temo no poder salir y cuando pienso que no entiendo nada, que ya no entiendo nada, surge la palabra precisa, la clave exacta para ver amanecer en sus novelas y creer lo que sigo creyendo desde el principio, que es una autora irrepetible, capaz de crear un universo literario que supone compromiso social y revolución.

Me sumo a la frase de María Unanue de Pikara Magazine: "Belén Gopegui es mi búnker".  Cuándo todo se viene abajo, cuándo vienes leyendo más de lo mismo y necesitas algo que te remueva, que te haga reivindicar la literatura por encima de todas las cosas, publica Gopegui y todo vuelve a latir. Yo me siento así.

Cojo lápiz, una pequeña regla y asedio cada línea, podría subrayar el libro entero, anotaciones, conceptos nuevos o nombres nuevos para los conceptos de siempre: merecer, cambio de paradigma, profecía autocumplida, "el imperativo de NO resignarse", "la poesía es una exactitud inesperada"...

Sinopsis

 Dos generaciones, dos vidas que no estaban llamadas a encontrarse ponen a Google contra las cuerdas.

Esta es la historia de Mateo y Olga, y es una solicitud de trabajo que tiene a Google por destinatario. Es también la confesión de quien ha de valorar la propuesta. A Mateo, interesado por los robots, le obsesiona averiguar si el mérito debe ser desterrado de las relaciones humanas. Olga, matemática y empresaria retirada, cree que los modelos estadísticos son narraciones y que la probabilidad es una forma más precisa de nombrar el acto de ser libre.

Podría ser una historia de amor en la medida en que el encuentro, el diálogo y el deseo de oír la voz del otro construyen un relato común. Y porque, como en las historias de amor, ese encuentro alberga el desencuentro de dos formas distintas de ser y estar en el mundo. Mateo tiene la vida por delante y se niega a aceptar que esa vida no se pueda escribir desde la libertad. Olga, bastante más allá del medio del camino, no teme relegar el yo al fondo de un cajón ni asociar su cuerpo a una sociedad de la mente. Les une la misma voluntad de entender el comportamiento de la realidad y de sentir qué sucede cuando una máquina se da cuenta de que es una máquina. Un Dante vehemente y una Beatriz a punto de partir recorren un espacio que es infierno y también paraíso.

Por si alguien necesita algo más concreto, aunque la fórmula es por inmersión.

La Gopegui de "El lado frio de la almohada" (2004) o "Deseo de ser punk" (2009) se va descentralizando, dejando un poco atrás la importancia del personaje y su entramado relacional pese a definirlo con exactitud en cuatro pinceladas. Quita paja, florituras (si es que alguna vez las hubo y/o fueron innecesarias) y acude al epicentro, el dolor concreto, la derrota cotidiana, para enseñarnos en el espejo lo que decimos ser y lo que somos.

No vale leerla por puro entretenimiento. No funciona.

Es un viaje ideológico, un de parte de quién estás porque no sirven el silencio ni la pasividad.

Cuándo quieres darte cuenta estás luchando.

"Los seres humanos tienen esa capacidad de convertir casi cualquier modo de vida en un diamante único, faroles apagados que en el parque, al encenderse, modifican el estado de ánimo de un sueño"

...Qué más se puede decir...

Mi calidad de vida mejora leyendo a Belén Gopegui. Lo juro.

16/11/2017 17:46 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS"

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Esta novela se publicó hace dos años. La había escrito un corresponsal de Los Ángeles Times premiado con el Pulitzer, un tipo, según dicen, guapo y exitoso. La portada reinaba en el escaparate de todas las librerías, una imagen atractiva de un chavalito pecoso de ojos claros rezumando ambiente setentero.

La dejé pasar por lo de siempre, los grandes bombazos editoriales me abruman o acobardan.

Pero desde las estanterías de una de las mejores bibliotecas del mundo que es la de mi barrio volvió a mirarme el chiquito aquel, era otoño y permanecía la certeza de unos ingredientes que conmigo funcionan cual caballo ganador: la infancia, una familia compleja, unas relaciones intensas, una localidad pequeña, con mar, con bar... uno de esos bares que son el epicentro de todos los seísmos, las celebraciones y las angustias, un refugio imperecedero a través de los tiempos. Y me lo llevé bajo el brazo.

"J.R. creció con su madre, pues su padre los abandonó cuando J.R. no había pronunciado su primera palabra. Él, sin embargo, sabe quién es su padre: un DJ de Nueva York que tiene un programa de radio y cuya voz J.R. escucha con la oreja pegada al aparato. Hasta que un día la voz desaparece del aire y J.R. se queda sin nadie a quien escuchar. Encontrará refugio en el amor de su madre y en el Dickens, el bar de su barrio, un sitio donde poetas, policías, apostadores, soldados, boxeadores y estrellas de cine tienen una historia que contar. Allí, entre todas esas voces que lo cautivan como en un sueño, J.R. podrá darle voz a su propio destino y podrá forjarse, también, una identidad. Conmovedor y emocionante, firmado por un premio Pulitzer, El bar de las grandes esperanzas es un libro hermoso que puede leerse como una novela de aprendizaje o como una historia apasionadamente sincera y real."

Desde el principio esta biografía novelada tiene una estética impecable, es una historia absolutamente hermosa, bien contada, trabajada a conciencia y  entrañable.  No sé cómo lo consigue el autor (la nostalgia en su justa medida, la búsqueda de un lugar propio, un padre ausente que el inconsciente y la necesidad buscan en otros hombres y en otras voces, la magia irresistible de los perdedores literarios, los vínculos que proporciona un refugio seguro, la poesía, el acohol, los cambios generacionales... todo sin prejuzgar, ordenado meticulosamente) pero la emoción al borde de la lágrima te atrapa desde la primera a la última página. No me refiero a la emoción fácil, la resultante de una suma de factores exactos, no, sino a la conexión que se establece con la piel, con la propia intimidad, por una serie de pequeños matices comunes a cualquier alma.

Los personajes, totalmente cinematográficos, amparan a J.R a lo largo de toda su trayectoria, desde su nacimiento en 1965 hasta el fatídico atentado contra las torres gemelas... hechos que son la partida y el punto y seguido de una narración global, basada en un aprendizaje permanente, en la necesidad de ser alguien no heredado, pero fragmentado, porque también somos la huella de quienes nos transitaron.

La importancia de los bares (en este caso un típico bar-restaurante en una población reducida cercana a Nueva York) y de quienes los dirigen (Steve y su encantadora sonrisa a la que el protagonista compara siempre con la del gato de "Alicia en el País de las Maravillas"), los ritos iniciáticos, el valor, las costumbres, las apuestas deportivas... todo forma un entramado donde no cabe lo invisible.

Y la importancia de los finales, de los ciclos que acaban aunque no queramos y nos parezca imposible que puedan terminarse.

Porque nada es eterno y a veces es verdad que lo que no te mata te hace más fuerte, o mejor superviviente.

Creo que es un hallazgo de libro, creo que redunda en un tema típico en el que cientos de autores han recalado: un bar y sus gentes como reflejo social e identidad (una dentro de sus paredes, otra fuera, menos auténtica, quizás, menos segura), pero contado de una manera que lo convierte en especial y genera un escenario íntimo, afectivo y cálido.

Dos años después de estrenarse, "El Bar de las Grandes Esperanzas" fulmina mis prejuicios (cómo otras obras que también lo logran) contra la pompa y el boato de algunos best-sellers.

Suelo repetirme que debería reconducir esta manía... pero llevamos tantos años juntas...

 

 

30/10/2017 12:37 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"HOY AÚN ESTAMOS VIVOS"

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La guionista belga Emanuelle Pirotte publica su primera novela, "Hoy aún estamos vivos", Editorial Grijalbo, en Mayo pasado. Precedida de gran éxito, esta novela, que se confunde a veces con el borrador de un guión o con el orden que precede a lo que queremos contar y no podemos permitir que se nos olvide, atrapa un gesto, una situación y unos personajes desesperados por sobrevivir, pero absolutamente netos, sin mascaradas.

Bélgica, diciembre 1944. Los alemanes han iniciado una contraofensiva en las Ardenas. Renée, una niña judía de siete años que ha sido acogida en una granja cuando huía de la persecución nazi, es confiada a unos soldados americanos. Sin embargo, al quedarse a solas con ellos, la pequeña descubre horrorizada que, en realidad, se trata de unos oficiales de las SS infiltrados en las filas aliadas. Los hombres no parecen tener dudas: hay que acabar con la niña de un disparo. En el bosque. Sin misericordia.

Tiene mucho de cuento infantil (un tanto tétrico, tipo Andersen...), de desastres de una guerra en la que cualquier situación es susceptible de empeorar, de personajes que son luz y otros sombra, cómo siempre en la vida pero acuciadamente en este caso... Contiene una belleza especial, algo que no termina de asentarse porque el ritmo narrativo es frenético en exceso, desde la primera línea hasta la última se tiene la sensación de viajar en un tren de alta velocidad carente de frenos. Los tiene porque consigue subyugarte, entrar en los refugios, subir a los caballos, mirar a los ojos de Renée... todo lo descrito es una trampa fácil para ávidos lectores, el argumento engancha, las peculiaridades la convierten en una novela nueva, sorprendente a pesar de los tópicos propios del contexto histórico... pero quiere contar tantas cosas y tan deprisa, con frases tan escuetas, breves e impactantes cómo disparos, que queda la sensación de querer terminar pronto, de finiquitar con la misma energía con la que se comenzó.

"Hoy aún estamos vivos" es una defensa del vínculo por encima de los lazos de sangre, de la libertad de elección y la ayuda mutua cómo defensa ante la propia miseria.

No cree ni fomenta los idilios, la música de violines (no están los tiempos para contar cuentos de hadas), las mentiras piadosas... Pero nos pone delante el segundo definitivo, el momento exacto que puede cambiarnos la vida, volcárnosla o dignificarla, quién sabe si al fin y al cabo es tan solo un parpadeo, algo insondable.

El premio final no es sobrevivir.

Sino estar vivos.

11/09/2017 10:50 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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