"EL VIOLONCHELISTA DE SARAJEVO"

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Steven Galoway

Editorial El Aleph,2008

 

Es importante destacar que esta novela no es un retrato riguroso del transcurso en el tiempo del cerco de Sarajevo.  Es imposible que los acontecimientos que tienen lugar en esta obra hubiesen ocurrido tal y como se describen.

El Cerco de Sarajevo, el asedio urbano má largo de la historia bélica moderna, se prolongó desde el 05 de Abril de 1992 hasta el 29 de Febrero de 1996.   Las Naciones Unidas calculan que aproximadamente 10000 personas murieron y 56000 sufrieron heridas.  Todos los días caían sobre la ciudad un promedio de 329 morteros.

No os asustéis, "El Violonchelista de Sarajevo" no es, solamente, una narración enmarcada dentro de un conflicto bélico.  Es sobre todo una lección humanitaria, un bello relato literario que sólo puede leerse a través de la emoción que provocan sus personajes.  El día a día de Flecha, Kenan o Dragan, el de ese Violonchelista que se enfrenta a los francotiradores tocando el Adagio de Albinoni a diario, a la misma hora y en el mismo lugar donde murieron varias personas que hacían cola para comprar el pan, supone, a pesar de todo y siempre, un paso adelante, una manera de no abandonar su propia esencia cuando ya te lo han quitado todo y vives en una ciudad sitiada, comandada por asesinos.   Me pregunto si es necesario vivir la desgracia o la necesidad para ser más humanos, y empatizar.  Ahora que se han perdido las corralas, los vecindarios de silla de anea en la puerta, ahora que se mira casi siempre hacia otro lado o impera la ley del silencio ante lo que hace unos años hubiéramos solucionado comunitariamente.  Esta novela me recuerda a "Cuatro días de Enero", de Jordi Sierra i Fabra, o a "La voz dormida", de Dulce Chacón.  A historias no demasiado alejadas de la realidad en las que la solidaridad nos salva de la locura, a pesar de ella.

Recomiendo su lectura fundamentalmente por su lirismo, por su belleza y por el aldabonazo que debería suponer en el alma y en la conciencia de sus lectores.

24/11/2009 13:27 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

HOY, 20 DE NOVIEMBRE

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Se conmemora la Declaración Universal de los Derechos de la Infancia.  De toda la Infancia, independientemente del cómo, con quién y dónde se nace. Se supone que para todos y todas, porque la teoría tiene eso, que es muy plural, no sexista y poco clasista.

Aprobada en 20 de Noviembre de 1959, esta declaración reconoce por primera vez la ciudadanía de los niños y niñas y se tienen en cuenta tres aspectos fundamentales:

- El Derecho de ser protegido frente a ciertas clases de conducta (abandono, malos tratos, explotación).

- El Derecho de acceder a ciertos beneficios y servicios (educación, atención sanitaria, seguridad social).

- El Derecho a realizar ciertas actividades y a participar en ellas.

La Declaración consta de 54 artículos y vienen agrupados y enumerados de la siguiente forma:
- Derecho a la Igualdad.
- Derecho a la Protección.
- Derecho a la Identidad y a la Nacionalidad.
- Derecho a tener una casa, alimentos y atención
- Derecho a la educación y a la atención al disminuido
- Derecho al amor de los padres y la sociedad.
- Derecho a la educación gratuita y a jugar.
- Derecho a ser el primero en recibir ayuda
- Derecho a ser protegido contra el abandono y la explotación
- Derecho a crecer en solidaridad, comprensión y justicia entre los pueblos.

Está permitido sonreir irónicamente con la lectura de cada uno de estos Derechos.

Aterricemos la teoría sin necesidad de cruzar ningún charco ("Piensa globalmente, actúa localmente"), miremos a nuestro alrededor.  Es hora de rasgarse las vestiduras y militar por la calidad de vida de quienes estamos obligados, por conciencia social principalmente, a proteger.  A todos y todas.  Sin distinción.  Que los niños, afortunadamente, son niños en todas partes.

20/11/2009 11:07 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

MERCÉ RODOREDA

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La primera lectura que me emocionó hasta las lágrimas fue "Platero y Yo", en una edición viejísima de tapas verdes y olor a rancio que encontré a precio de saldo en mi querda "Librería Pérez" del tubo Zaragozano.

La primera novela que me puso los pelos de punta y la emoción hasta el extremo también la compré en el mismo sitio, una traducción al castellano de "La Calle de las Camelias", de Mercé Rodoreda (Barcelona, 10 de octubre de 1908/ Gerona, 13 de Abril de 1983).  Los nacionalismos me han importado siempre bastante poco tirando a nada, igual que las banderas, así que me empapé de la obra de Mercé Rodoreda en catalán, castellano o como cayese en mis manos, absolutamente maravillada con aquellos personajes de posguerra tan nítidamente poéticos y esos argumentos de enredadera y fino culebrón literario.  La escritora más Universal de la narrativa contemporánea catalana se casó a los veinte años con un tío suyo, y para escapar de una vida conyugal nunca fructífera se dedicó a escribir, dando sólo como válida dentro de la producción de aquel tiempo su novela "Aloma", reescrita por completo en 1969.  Consigue separarse en 1937 y se exilia a Francia dos años más tarde, dejando a su hijo al cargo de su padre.  En 1960, en Suiza, unida sentimentalmente  al crítico literario Joan Prat, escribe su obra más aclamada: "La Plaza del Diamante", protagonizada magistralmente en cine por Silvia Munt.  De esa época en Suiza son tamibén "La Calle de las Camelias" y "Mi Cristina y otros cuentos".

En 1972 vuelve a Cataluña.  Su amante ha muerto en Viena y ella se instala junto a dos amigas en un chalet de la provincia de Gerona, donde escribirá sus últimas obras, quedando inacabada la novela "La muerte y la primavera".  Por su estilo y capacidad descriptiva se ha llegado a comparar su obra con la de Virgina Woolf.  Las mujeres de sus narraciones, en apariencia frágiles, acaban teniendo una fuerza interior descomunal que se convierte en el eje de sus historias.

El instituto de Estudios Catalanes ampara la Fundación Mercé Rodoreda.

15/11/2009 20:58 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

DESEO DE SER PUNK

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Voy a columpiarme de nuevo sin miedo a error.  Lo siento por la desvergüenza que supone, y porque a mí me parecería poco serio que alguien me recomendase un libro sin haberlo leído, pero sólo lo he hecho y lo seguiré haciendo en el caso de García Montero (con "Mañana no será lo que Dios quiera", caballo ganador) y Belén Gopegui, porque no basta sólo con admirarlos, hay que leer su obra, la cronología de la misma, todos esos pasos en los que nunca, nunca hasta el momento, me han fallado.  Más adelante, después de precipitarme sin remedio y una vez leído el libro, me autoconfirmaré, o si debo retractarme lo haré también volviendo a disculparme.

 

El caso es que Gopegui acaba de publicar con Anagrama: "Deseo de ser Punk":

"Algo le ocurrió a Martina el 4 de diciembre. Desde entonces busca la furia, la actitud o cualquier otra cosa que le permita no traicionar su código. Tiene dieciséis años y ningún lugar al que pertenecer, pero encuentra en el rock el principio de una historia mientras Alice Cooper la mira desde el tejado, cuando el punk es un estado de ánimo y herirse no significa dar la razón a los responsables de todo esto sino, al contrario, decir que existen quienes no temen perder algo para poder vivir... "
Esta escritora es para mí lo que David Copperfield en magia, de lo mejorcito, mejorcito que hay, siempre superándose a sí misma, sorprendiéndonos, sin sujetarse a patrones previsibles, desarrollando una narrativa original, certera, contundente y comprometida, desde "La Conquista del Aire" hasta "El Padre de Blancanieves", pasando por "La Escala de los Mapas", "Tocarnos la cara", o "El lado frío de la Almohada", ninguna de sus novelas es banal ni tiene desperdicio.
Belén Gopegui, Madrileña, del 63, licenciada en Derecho, no escribe acariciándonos el pelo.  Nos presenta personajes en la frontera, todos tienen algo nuestro, algo de cualquiera, no son mejores ni peores, son supervivientes.  Y cuando cierras la contraportada  de sus vidas te sientes agitado por sus miserias.  Porque la Literatura tiene la obligación de sacudir las conciencias, y ampliarlas.
Os dejo una de las preguntas que a raíz de la publicación de su último libro le hacían los internautas en un periódico digital:

¿Cómo define usted el oficio de escribir?

 Me gustaría contestar algo del tipo: jugarse la piel o abismarse en los infiernos interiores y exteriores pero no, en realidad tampoco me gustaría contestarlo. En mi caso se ha ido convirtiendo en un intento de sujetar algunas palabas, de no dejar que quienes las traicionan, y a veces traicionamos, acaben con su utilidad y su significado. Hoy leía que un libro es, además de otras cosas, acoger a alguien que viene a visitarlo, ojalá a veces pueda hacer eso, edificar un espacio que otros puedan habitar, como ha escrito Roberto Enríquez, un espacio de todos, que es lo contrario del lugar común.
Aseguro que nunca es tarde para descubrir a Belén Gopegui, eso sí, nos preguntaremos dónde hemos estado metidos todo este tiempo, sin ella.
10/11/2009 18:50 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

PÓKER

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Supo,

desde hace tiempo,

que todo había terminado.

 

Pero tembló,

y no quiso salir a la lluvia,

abrir de par en par las ventanas,

tener un hueco en el alma de su armario.

 

Lo dejó estar.

Como permite la orilla

que el mar le gane terreno.

Como aguanta la tristeza un solo de violín

y el aullido de la soledad en el corazón de los inviernos.

 

Hasta que se derrumbaron los naipes.

Él cerró la puerta

tras las palabras fragmentadas

que lo seguían por el pasillo,

ella había preparado café

y un argumento baldío

sobre encontrarme en tu destino.

 

Algún reloj

recordó la hora despoblada.

 

El cansancio violeta de las despedidas.

 

Supo

que el desamor se diagnostica en la mirada,

en el color de la piel

y en los días que nunca fueron primavera.

 

Y dejó de temblar.

 

05/11/2009 11:22 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

LÓPEZ VÁZQUEZ

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Jose Luis López Vázquez y yo nacimos el mismo día, él cuarenta y nueve años antes.

Hoy quería escribir una entrada sobre "Cinco horas con Mario", Delibes y Lola Herrera, porque los asocio siempre con estas fechas desde que viera el monólogo teatral un uno de Noviembre de hace varios años, pero he puesto esa tele que hace temblar tu presente cotidiano con noticias que son como bofetadas secas y me he enterado del fallecimiento de López Vázquez, y Noviembre, si cabe, se ha tornado un poco más triste.

Este actor irrepetible comenzó como muchos otros, en el TEU (Teatro Español Universitario) en 1946; su estreno para la gran pantalla llegaría cinco años más tarde.  El año en que se me ocurrió nacer López Vázquez estrenó once películas.

Inolvidable su actuación en "La Cabina", dirigido por Antonio Mercero y con guión de Garci sobre un cuento de Juan José Plans.  La agonía de ese transeunte que no puede ser liberado del interior de una cabina telefónica y que finalmente es conducido por los operarios hacia un destino inexplicable y nada prometedor, aún me sacude, como le saudió en su momento a muchos españolitos que cuando entraban a llamar por teléfono sujetaban con el pie la puerta de las cabinas para que no terminaran de cerrarse.

En 1985 obtuvo la medalla de Oro de Bellas Artes, en 2002 el Nacional de Teatro y en 2005 un Goya honorífico por toda su trayectoria.

Me quedo igual con el Jose Luis López Váquez de "La Escopeta Nacional" (1978), que con el de "Lo verde empieza en los Pirineos" (1973) o el de "Todos a la cárcel" (1993).  Por supuesto me quedo, sin dudarlo, con el de "Luna de Avellaneda" (2004).  Porque se trataba de un actor integral, cómico, histriónico, dramático, entrañable, cuyo registro nunca terminabas de cifrar.  Era permeable a los personajes y al paso del tiempo, con una capacidad de adaptación y un aprendizaje interpretativo fuera de lo común.

Es lo que les ocurre a los únicos.  Su inmensidad supera cualquier guión por bueno que sea, transfiere la pantalla.  El periódico "El País" dice hoy que sus películas ya son Patrimonio Nacional, pero qué miedo da que con las personas se vayan determinadas maneras de SER, y de hacer las cosas.

02/11/2009 15:31 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

RINCÓN POÉTICO DE OCTUBRE: BORGES

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Jorge Francisco Isidoro Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de Agosto de 1899.

Estoy de acuerdo con Aguinis cuando afirma que pocos autores han tenido tanta repercusión o han dejado tanta huella en la imaginación de sus lectores.

A los cuatro años ya sabía leer y escribir, y recibía además una educación  bilingüe, castellano-inglesa.  Su padre era abogado y profesor de psicología, y su madre, uruguaya, ejercía como traductora de inglés.

En 1914 su padre se jubila prematuramente a causa de la misma ceguera congénita que años después afectaría igualmente a su hijo.

Su  primera poesía "Himno al mar", al más puro estilo de Walt Whitman, fue publicada en la revista Grecia, el 31 de Diciembre de 1919.

Su permanenente idealización de lo real toma fuerza con la mitificación de los barrios suburbanos de Buenos Aires.  En 1923 publica su primer libro de poemas: "Fervor de Buenos Aires", en el que se adivina toda su obra posterior.  Los pocos ejemplares que se conservan, de una única tirada de trescientos, son considerados por los bibliófilos un auténtico tesoro que guarda incluso correcciones manuscritas del propio autor.

La constante investigación literaria sobre su propio campo creativo le llevó a componer letras de tangos y milongas, además de relatos trágicos sobre la vida del arrabal y extraordinarias ficciones.

En 1941 publicó "Antología Poética Argentina" y editó el volúmen de narraciones "El Jardín de senderos que se bifurcan", obra con la que consiguió el Nacional de Literatura.

Con el triunfo del Peronismo, del que siempre se manifestó radicalmente en contra, debe convertirse en conferenciante por los más variados rincones.  Para ello, y con ayuda médica, consigue vencer su tremenda tartamudez y timidez.  Tuvo que iniciarse como docente enseñando literatura Inglesa en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza y después, en la Universidad Católica.

Los 50 supusieron su pleno reconocimiento como autor a nivel mundial.

Tras la Revolución Libertadora fue elegido en 1955 Director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocuparía durante dieciocho años.

Aunque se fue quedando ciego paulatinamente esto no le impidió seguir su trayectoria como escritor, conferenciante y ensayista.  A diario pedía que le leyesen en voz alta.  En 1956 dictó el curso de Literatura Inglesa en la Universidad de Buenos Aires.

Con Ernesto Sábato permanecerá enemistado durante muchos años por motivos políticos, hasta 1973, cuando una serie de encuentros casuales en varias biliotecas dan como resultado "Diálogos: Sábato-Borges".

En 1960 se vincula al Partido Conservador y comparte con Beckett el Premio Internacional de Literatura, otorgado por el Congreso mundial de editores, que se realizaba en Mallorca.  Este importante premio le da el último espaldarazo a nivel internacional, Borges es traducido ya a todos los idiomas, y su estilo sigue siendo incalificable, tremendamente particular y único.

Muere su madre a los noventa y nueve años de edad, la eterna compañera de sus innumerables viajes, y es María Kodama, ex-alumna suya, secretaria personal, y finalmente casada por poderes con el autor en Abril de 1986, quien pasa a ser su sombra inseparable, hasta la muerte de Borges dos meses más tarde en Ginebra víctima de cáncer hepático.

 

Los Compadritos Muertos 1964

"Siguen apuntalando la recova
Del paseo de Julio, sombras vanas
En eterno altercado con hermanas
Sombras o con el hambre, esa otra loba.
Cuando el último sol es amarillo
En la frontera de los arrabales,
Vuelven a su crepúsculo, fatales
Y muertos, a su puta y su cuchillo.
Perduran en apócrifas historias,
En un modo de andar, en el rasguito
De una cuerda, en un rostro, en un silbido,
En pobres cosas y en oscuras glorias.
En el íntimo patio de la parra
Cuando un tango embravece una guitarra".


Jorge Luis Borges

25/10/2009 22:15 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. Hay 1 comentario.

LA CASA EN EL ARBOL

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No me recorrió la espalda un sudor frío, ni presentí la muerte en el espejo mientras me pintaba los labios.

Nada de eso, no soy carne de premonición. 

Esperé hasta que me dolieron los pies deambulando sobre aquellos zapatos nuevos que me otorgaban un poco más de altura, para no parecer tan dispares, él alto, ancho de espaldas, ligeramente encorvado, y yo menuda y delgada, perfectamente barrida por un viento inesperado.

Su tremenda impuntualidad no delató anomalías, aparecería un par de horas después, lanzando piedrecitas a mi ventana y pidiendo verme, baja con cualquier excusa o no me muevo de aquí en toda la noche.

Y no se movió, ya no se movió nunca más, cayó boca abajo a la entrada del puente, golpeándose la cabeza contra el bordillo después de haber conducido a toda velocidad y sin casco la moto recién estrenada de un amigo.  Pude ver el rastro de serrín sobre la mancha espesa de su sangre.  El rastro a plena luz del día, horas después de que todo hubiese terminado y sin pedirnos opinión comenzase de nuevo con otro mapa y otro equipo saltando al terreno de juego.

Como iba yo a imaginarme que no volvería a verlo si teníamos veinte años y todo parecía un ensayo, algo que estaba por venir y vendría, una broma macabra.

De una manera u otra mis padres se lo agradecieron al destino, queriendo intuir el regreso de la chica que se había vuelto algo díscola, enamoriscándose de un granujilla rebelde, rindiendo menos en la universidad y trasnochando hasta el amanecer cada fin de semana.

Cuando decidieron cazarlo venía a buscarme.  Él era de sorpresas, y de atrévete mujer que nunca pasa nada. Es cierto, ni siquiera algo tan despiadado y categórico como una muerte perversa detiene el entramado cíclico de las cosas.

Somos seres minúsculos tejiendo pequeñas redes sentimentales que no mueven montañas, repitiendo los esquemas primarios de nuestros antecesores, cayendo en las trampas de los que confían y apostando hasta la última moneda por una mentira piadosa.

Carne de cañón.             

Acacia al viento.

Alma que tiembla.

Siempre recordaré aquel temblor asociado a tu pérdida como se recuerdan las últimas fotos de un verano.  Convulsiones de abandono, tiritar de tristeza.

Lo peor es constatar lo irrepetible, ser conscientes de la parte extinguida de nosotros mismos.

Se desvinculó de mí, muriéndose, la mujer que podría haber sido y que comenzaba a asomarse.  Agonizaron las posibilidades como partículas de polvo barrido de un alféizar.

Y tuve que emprender la huída hacia delante entendiendo que en alguna parte, alguien que no tiene ni idea de navegación le da vueltas al timón de una embarcación que me corresponde por derecho.

No pude soportar la presión familiar espiando el derrumbe, la apatía, el duelo.  Y me fui a vivir con la abuela.  Tampoco habíamos mantenido una relación estrecha de cuento ideal, pero la abuela no preguntaba, vivía y dejaba vivir, y sus silencios, popularmente denostados, me parecieron balsámicos.  Fue así como pude entenderla, su forma de mirar las cosas, largamente en un descuidado segundo, presagiándolas, su interés por ser escuchada sin tener que contar demasiado y esa manera de alimentar deseos no verbales, como preparar un tazón de caldo en una noche gélida o saber qué película elegir en una madrugada de insomnio.

Fueron ocho años y en ocasiones dudo si supe agradecérselo convenientemente.

Cuando falleció, mi boda con Isidro era inminente.  “Este hombre es de catálogo”, decía la abuela, porque se trataba de un tipo educado, cortés y honesto que no defraudaba a nadie.  Lo conocí en mi primer trabajo como profesora, y desde un primer momento me condujo por agradables sendas sin maleza en las que siempre se ponía el sol.  Pero comenzaron a provocarme angustia sus cuellos almidonados, los relojes puntuales y esa paz anacrónica, y tuve que suspender el enlace un mes antes de que resultase irreversible.

Después sucedió que un hombre enamorado o despechado adquiere plenos poderes para enterrar su sentido común, y se convierte en una especie de aprendiz de psicópata que te fotografía desde los miradores cuando lees sentada en un banco, o te espera a la salida de una cafetería, o te llena el buzón de anónimos que sólo sirven para degradar su recuerdo.

Se cansó, porque los hombres que se creen en posesión de la verdad también se cansan, y pronto encontró a otra mujer, más astuta, más serena y menos torpe que yo, con la que acondicionar el abrigado camino protocolario.

Rozaba la treintena y mi madre continuaba pretendiendo que volviese con ellos, al redil, a mi asiento en el sofá, a esa parte recuperable que todos tenemos y a la que algunos se agarran como sanguijuelas.

Tenía claro que no regresaría a la casa familiar, pero tampoco quería vivir sola.

Con la parte en metálico del piso matrimonial que no habité me metí en un alquiler compartido.  Lilian, Vera y yo.  Dos profesoras y una azafata. 

La convivencia con ellas me devolvió la conciencia de un tiempo fugaz, comprometido y libertario en el que militar sin condiciones. 

No sabía que me gustaban las mujeres hasta que me enamoré de Vera, y aún así creo que una cosa no tiene nada que ver con la otra. 

Porque Vera puso en mi regazo la posibilidad de ser amada por ser única, por ser de esta manera, por ser.

Y me dejé llevar por un dulce sentimiento de confianza compartida.

Todo lo que yo creía devaluado en mí rebrotó pletórico de energía. 

Independientemente de que me hubiese enamorado de una mujer, me enamoraba también la imagen de mí misma que ella me ofrecía. 

El saldo a favor no dejaba margen para la duda.

Como no creímos que hubiera que ocultarse, mi familia se enteró antes de que yo quisiera contarles nada.  Me dijeron que por ahí sí que ya no pasaban, y menos a estas alturas ... precisamente por eso, a estas alturas una podía permitirse contrariar, salir a la calle diciéndole buenos días al portero que contestaba con un gruñido indescriptible y hasta no heredar.  Vosotros veréis lo que hacéis... 

No sé si pensaron que con el silencio y la desolación me removería inquieta ante la llamada de la sangre, pero hacía demasiado tiempo ya que no les echaba de menos, como no se añora a quien nunca te ha acompañado.

Y eso que les ahorré el disgusto y el consecuente escándalo de la maternidad de Vera, pues tenía una niña de cinco años que vivía con sus abuelos en una ciudad del norte.  Cuando tras un año de relación nos asentamos definitivamente en un hogar propio sembrado de proyectos el prioritario fue traernos a Ariadna.

Tuvimos miedo de que no quisiera venir, de no saber hacerlo, de que todo aquello nos estallase en la cara o se diluyera calle abajo como un río de lluvia marchita, pero nos pudo una convicción atrevida y el deseo de querer construir juntas la cabaña en el árbol.

La ausencia de un padre conocido que ejerciera como tal nos ahorró obstáculos, pero hubo que negociar un generoso régimen de visitas y vacaciones con los abuelos en lugar de acudir directamente al juzgado.

En un mes de verano de hace trece años Vera se marchó a por Ariadna. 

Iba a pasar todo el mes con ella tratando de preparar a la niña para el cambio que se avecinaba.  Habíamos reconvertido la habitación de plancha en un dormitorio infantil con una camita, un armario y una alfombra de princesas, en espera de pintar con ella las paredes y decorar la habitación a su gusto.  Les abrí la puerta una tarde de excesivo calor, la ciudad parecía dormida, una depredadora pasiva a la espera de acontecimientos.

Vera mostraba cansancio y cierta tensión en su rostro de rasgos firmes.

Traía de la mano a una niña de carita redonda y abundante pelo castaño doblegado por una diadema,  que en contra de lo previsto no parecía asustada ni a la defensiva, aunque lógicamente tampoco diera saltos de alegría.  Curiosidad era lo que dejaban transparentar sus ojos verdes.  “Soy Ariadna”, se presentó rasgando el silencio atónito que se había establecido.  “Yo Cristina”, correspondí dándole dos besos que no eludió.

Después y ante un helado supimos de lo mucho que le gustaba el dulce, pero ya sabía que no debía abusar porque unos gigantescos gusanos azules devoran las tapas de los dientes para quedarse a vivir en ellos y no los echas con cepillo de dientes ni con nada.  Nos agradeció la alfombra de princesas pero prefería  los piratas y el color mandarina para las paredes de su cuarto.  Cuando sentía nostalgia se hacía nudos en el pelo.  Aprendimos despacio a diagnosticarla, ella nos permitió el tiempo, dejó abiertas las puertas y la casa en el árbol fue tomando forma y consistencia.

Era una niña que necesitaba hablar mucho, las palabras suponían su catalejo, su fuente y su lecho.  Llamaradas, tormentas, el vuelo del cometa.  Todo estaba en las palabras.

Con ellas empapelamos la vida.

Hace dos años que le diagnosticaron a Vera su enfermedad irreversible.  Entonces Ariadna sí que tuvo el miedo exacerbado que nunca le conocimos, y huyó durante un tiempo para volver a los meses.  Su madre fue languideciendo de a poco, mostrando una resistencia envidiable.  Cuando los dolores no la dejaban dormir nos reuníamos las tres en la misma habitación, contando cosas de cuando éramos pequeñas, y hasta cantando si el dolor arreciaba.

Para ahuyentar al destino o chulearlo, no sé.

Cinco meses antes de fallecer Vera me pidió que me hiciese cargo de su hija, y sé que no hablaba de acompañarla durante el escaso tiempo, menos de un año, que le quedaba para cumplir la mayoría de edad.  Hablaba de algo más.  Hablaba de ser los ojos de su ausencia.  “No sé si podré...” le dije.  Y ella sonrió tratando de apretarme la mano.

Tras incinerarla hubo un tiempo de cronología indescifrable en el que Ariadna y yo nos mirábamos a hurtadillas como tratando de averiguar que nos había llevado hasta dónde estábamos.  Pero el caso es que estábamos allí y no en otra parte.  Cumplió los dieciocho y decidió quedarse, estudia decoración y tiene un medio novio con rastas en el pelo.  Cuando discutimos me dice riendo, los ojos brillantes: “Te recuerdo que no eres mi madre”.  “Pues más a mi favor ...” respondo yo.

Y podemos verla.

Es la casa de Vera.

Su cabaña en el árbol.

 

22/10/2009 09:14 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

PILARA

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Estamos de fiestas.

En un Octubre atípico de cielo despejado y temperaturas amables, aunque como no podía ser de otra manera, sopla este cierzo que nos hace ser ventoleros y "aventaos", como diría Jose Antonio Labordeta.

Entre los actos programados para que las fiestas lo sean con mayúsculas, no pueden faltar la Ofrenda de Flores, el Rosario de Cristal y las salidas de la Comparsa de Gigantes y Cabezudos.  Estos últimos siguen flipando con aquello de que los niños y niñas estén en el colegio mientras ellos danzan por las calles repletas de zanjas, pero esto es lo que hay y con Educación hemos topao...  Sí, es verdad, han tenido dos días de fiesta, pa qué más, mañana y pasado toca apechugar con exámenes incluídos, que una cosa es la afición y otra muy distinta el obligado cumplimiento del deber.

La Asociación de Gaiteros de Aragón ha recuperado las tonadas antiguas que sonaban cuando la Comparsa actuaba.  Entre todos componen un cuadro alegre y rítmico con el que dan ganas de, como en el Flautista de Hammelin, dejarlo todo para seguirlos.

La Comparsa está compuesta por 12 gigantes y 9 cabezudos, tratándose todos de personajes populares conocidos, incluso reales, que vivieron en la ciudad. En las Fiestas del Pilar de 1982 se bautizó al único cabezudo construído en vida de la persona que representa: "La Pilara", en referencia a Pilar Lahuerta, cómica de la legua, nacida en el barrio de Las Tenerías, famosa por sus actuaciones en el no menos famoso Salón Oasis, el primer cabaret zaragozano fundado en la calle Boggiero por Ricardo Moreno Ortiz.

Le colocaron la indumentaria propia de una artista del cabaret, un vestido rojo, una tiara en la cabeza, una pícara sonrisa...  En Aragón, además de la tradición de sacar los cabezudos a la calle, existe la de construirlos, siendo referente destacado Felipe Recacha, en cuya juguetería se fabricaban juguetes de cartón-piedra y baratijas.

Niños y niñas de todas las épocas, con pantalón corto o trenzas postizas en el pelo, de toda clase y condición, se han quedado emobados con la Comparsa, temiéndolos, amándolos o las dos cosas a la vez, pero a nadie nunca han dejado indiferente.

Pilar Lahuerta formó pareja de baile y duetto cómico con un aprendiz de fontanero, "Susepet", con quien tuvo récord de actuaciones ininterrumpidas durante nueve años.  Después los nuevos usos y costumbres arrasaron con algunos géneros como el de Las Variedades, tan propio y tan característico de una época, de un país y de una manera de entender el espectáculo.   Pero ya se sabe, estamos globalizados y mirar atrás es de carcas.

En 1979 en el Restaurante Elíseos se rindió un homenaje a esta pareja de cómicos que con su arte proporcionaron una burbuja más amplia de expresión y libertad para todos.  De eso hace mucho ya... no estaría de más detenernos a comprender la evolución de la especie y de la cultura, y honrarlos con una calle o con un espacio en el que la comedia y el cabaret dejasen de ser un género chico y menospreciado.

Mientras tanto, la Pilara inmortal encorre a los chiquillos por las calles estrechas del Casco Viejo Zaragozano.

 

 

14/10/2009 14:51 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

“ENVEJECER”

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-A Adolfo Aristaráin, Federico Luppi y Mercedes Sampietro por “Lugares Comunes”

 

 

 

Silencio.

Te duermes sobre mi hombro

a las tres de una tarde de invierno.

 

La casa está invadida de fotografías

cruzada por un sol lánguido y ficticio.

 

 

Una manta nos cubre las piernas.

 

Es probable que nadie venga a visitarnos.

 

 

Es posible que no nos quede nadie.

Tú ya lo sabías.

Lo efímero, digo.

Que todo es mentira.

Este viaje hacia ninguna parte.

La absurda manera de sujetarse a un tronco

que arrastrará la corriente.

 

No lo hicimos mejor que nadie,

ni quisimos ser mejores.

Era nuestro turno,

como en el puesto del mercado:

43, 44, 45, 46...

mañana comprarán otros,

con el mismo número que lo hicimos nosotros,

con las mismas ganas de comer lubina a la sal,

calamares en su tinta

o papas con mojo picón...

 

Los turnos pasan,

hay que estar atentos.

Comprender es sinónimo de sabiduría.

 

Silencio.

Vamos a adivinar qué tipo de coche es

el que pasa por la calle.

Cuanto tiempo nos queda.

06/10/2009 19:51 Autor: Puri Novella. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.
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