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"CAMINOS OCULTOS"

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Sucede. Agazapada cómo un gato salvaje te salta al cuello la buena literatura, cuando apenas la esperabas.

De la mano de una escritora Estadounidense, Tawni O' Dell (Penssylvania, 1965). Poco sé de ella, que tiene el cabello que siempre he envidiado y que escribió seis novelas inéditas en trece años. Pero voy a procurar conocerla más y mejor a través de sus historias, esa carta de presentación de quienes se identifican sobresaliendo.

"Caminos Ocultos" (Ediciones Siruela, 2012) te estrangula desde el primer segundo de narración privándote de oxígeno a lo largo y ancho de muchas de sus secuencias. Es un drama social, familiar y humano, de una franqueza absoluta, bien planteado, sin fisuras, apasionante e impecablemente escrito. Se le pueden pedir pocas cosas más. Convoca a un ejercicio de empatía y comprensión inevitables. Todos somos Harley.  Y Harley es un chaval, un crío maltratado y malquerido, un niño que no ha crecido y que lo ha hecho a fuerza de ver, sentir y callar, para llegar hasta los dieciocho años y convertirse en cabeza de familia (tiene tres hermanas pequeñas) cuándo su madre asesina a su padre en la cocina del domicilio familiar.

Harley tiene dos trabajos precarios. Se alimenta de chocolatinas, galletas rancias y cervezas. No se atreve a visitar a su madre en la cárcel. Sufre ataques de pánico y cada día sueña con viajar a otro estado para ver al único amigo que ha tenido y que es un estudiante universitario. No soporta a su hermana Amber y no sabe cómo relacionarse con la siguiente, Misty, sin embargo, adora a su perro Elvis y a Jody, la hermana pequeña, estos dos últimos personajes tienen luz y le proporcionan algo parecido a la tranquilidad, que le hace mucha falta, porque Harley sufre, piensa, teme, conoce la soledad y el miedo como nadie y no puede, no sabe, no quiere, contárselo a Betty, su psicóloga.

Lo he contado fatal, me temo. Por no querer desvelar. Porque es mejor quedarse en la estructura, en las excusas, en la presentación superficial de unos personajes absolutamente sin desperdicio, memorables.

Es una historia de abandono, de secretos, en la que nada es lo que parece. Los menores  heredan, injusta e innecesariamente, la miseria de unos adultos que adolecen de una carencia absoluta de inteligencia emocional. Nada que extrañar, por otra parte.

Cuando Harley cumple ocho años espera que le regalen un muñeco articulado, ese que está de moda y que todos los chicos tienen... y recibe una habitación propia, aprovechando un recodo de la casa prefabricada, con muebles reciclados y paredes mal pintadas... su berrinche le supone una nueva paliza, pero a Harley lo que menos le duelen son los golpes.

Hay secuencias tatuaje que se quedan grabadas en la piel de la memoria: una conversación con su madre, cuándo por fin se arma de valor y decide ir a verla, la noche que duerme en la caseta del perro, mirando entre las rendijas, su manera de relacionarse con un compañero de trabajo que tiene una discapacidad intelectual...

Tawni O'Dell borda el inesperado final y no deja nada al azar. Pretende comprometernos, que seamos, o no, cómplices de un entramado social que abandona a quién más dificultades tiene (en cualquier parte del mundo) mirando sin pudor hacia otro lado.

Es un drama sin tregua, sí.

Pero por encima de todo es una gran novela, en la que, cómo decía, nada es casual, ni lo que parece.

Porque todos somos Harley.

14/06/2018 20:01 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"LA PARTE DE LOS ÁNGELES"

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Que existen incondicionales lo sabemos pero se nos olvida.

Porque indagar, querer descubrir, curiosear, es un proceso natural y necesario.

Hasta que llegas a las habas contadas.

Al hartazgo de leer sabiendo que son palabras vacías, sin reflejo, deshechas nada más rozar el suelo, cómo pompas de jabón.

Y cuando lo que necesitas es un agujero en el mismo centro del estómago y poner el alma en el argumento, aunque la apuesta sea elevada y grandilocuente, te esperan, a pesar de todo, los y las incondicionales.

Por ejemplo, Marian Izaguirre (Bilbao, 1951), aunque ya no sea la misma autora de aquella incomparable "La vida cuando era nuestra" (2013), ni yo posiblemente sea la misma lectora. La literatura te transforma y a mí aquella novela me cambió la vida, generándome una especie de Síndrome de Estocolmo dificilmente comparable con ninguna otra historia.

"La parte de los ángeles", su última novela recién publicada, toma su título de la cultura del vino francés criado en barrica. Aquella cantidad de vino evaporado que parece haber sido degustado por divinidades.

Es una historia muy cuidada en el hilo argumental y dónde se cimenta. La música clásica, los viajes por Europa, concertistas, gente de ninguna parte y de todas, una historia de amor que, como casi todas, no resiste el paso del tiempo ni pervive a lo que parecía ideal y sólo es ruina sentimental...

Dos jóvenes músicos se conocen en Holanda, cuando ambos participan en un concurso internacional de violín, y durante veinte largos años forman una pareja llena de luces y sombras jalonadas entre Rotterdam, Siena, Nueva York y El cabo de Gata. Cuando Ricardo abandone a Irene por una mujer más joven, se enfrentarán al desafío de aprender a vivir el uno sin el otro. La parte de los ángeles es también una novela sobre el perdón, sobre los sentimientos confusos, sobre el amor que todavía pervive en el desamor y el modo en el que a veces vuelve a nuestras vidas la persona que se fue. Tras una etapa llena de tristeza y rencor, la protagonista llega a la conclusión de que debe desprenderse del resentimiento y empezar de nuevo, esta vez ayudada por la estimulante presencia de Mateo.

Las sinopsis suelen ser un querer y no poder, es difícil resumir en ellas el proyecto que supone parir una historia para que sea de todos y todas. Izaguirre siempre cuida los detalles, el lenguaje, el dibujo de los personajes, cultos, viajados, la definición de los porqués y los cómos... sin olvidar una coma.

Me gustan las mujeres de "La parte de los ángeles", me gusta cómo huyen, se esconden y se reconstruyen.  Me gusta el tiempo convertido en posibilidad, la generosidad de los seres que se eligen en una estación de paso. Me gustan las dobles, las triples lecturas, los personajes poliédricos, perdedores, empáticos, que siguen hacia delante.

Una historia generacional, interesante, posibilitadora, inteligente.

Por fin!!!

30/05/2018 22:11 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

NI TRES SIN CUATRO

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Si sigo manteniendo este olfato rastreador, voy a cambiar a mi perrete adoptado, mezcla de varias razas, por un sabueso de alta precisión (literaria, a ser posible).

Me pasé al bando contrario de la literatura escrita por mujeres (por llevarme la contraria a mí misma y por desetiquetar, aunque cuando la cosa apunta maneras...)

Y así fue como encontré a Diego Vaya (Sevilla, 1980) y su Premio de Novela Universidad de Sevilla 2012: "Medea en los Infiernos". Aún no sé por qué. Sólo sé que no sé nada. Que no he pillado ni una y que no me coge de nuevas pero lo parezco. Lo que dan de sí los clichés de una separación sentimental en una pareja madura, heterosexual y bien posicionada... qué fatiga de prototipos y de incongruencias. El miedo y la memoria. La soledad. Una especie de thriller melodramático que no debió encontrarme con los cinco sentidos, en el momento adecuado.

Respiré hondo, llamé a la puerta de Anagrama atraída por esa temática que ahora, al parecer, todo el mundo se atreve a emplear, el conflicto vasco en los 80, la banda terrorista, sus adeptos, los habitantes de pueblos y ciudades posicionándose o guardando silencio. Como "Patria", la novela de Aramburu, todavía me viene grande de tan famosa, busqué en pequeñas calles paralelas hasta introducirme en un callejón sin salida. "Ojos que no ven"(2009), de José Ángel González Sáinz (Soria, 1956), prometía todo lo que yo entendí que podía prometer, aunque al final se quedase en una constante repetición de imágenes y en un lenguaje retórico, arcaico y por momentos cargante. Los ingredientes no suelen fallar, familia rural que emigra a la industrialización del país vasco con un chaval preadolescente.  Allí tienen otro hijo, hasta se pueden comprar un piso en un enjambre de pisos de familias obreras.  El cabeza de familia se mantiene atado a sólidos principios heredados de la tierra y de sus antepasados. Aprende de lo que ve y no deja de mirar. Asume que es mejor conservar la paz que tener razón. Sin embargo, su esposa y el primogénito entran en la espiral social y educativa de un pueblo y una izquierda radical que necesitan significarse. Se les va de las manos. Claramente. Estoy de acuerdo con la doctrina de la novela: Las libertades terminan cuando se pierde el respeto a la vida ajena. Pero no creo que la verdad sea totalitaria, ni a ella se llegue a través de un camino único.  Creo que cada cual defiende su verdad y hay que darle su espacio para que trate de sostenerla, si se puede.  Esta novela es blanco o negro, la vida y la muerte, lo bueno y lo malo, el antes y el después, la culpa (ese caramelo envenenado que introducimos sin miramientos en la boca de cualquiera)... me faltan datos, definición, sentido... y me sobra moralina.

Y hasta Mayo hemos llegado, quién sabe qué nos deparará el final de la primavera... lo importante es seguir creyendo que todo está en las palabras, que nunca se las llevará el viento porque construyen fortalezas inexpugnables... y castillos de arena.

04/05/2018 16:22 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

NO HABRÁ DOS SIN TRES

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A veces (me) pasa. Después de un periodo de frenesí lector, compaginando libro electrónico con papel, novela con ensayo, teatro y/o poesía... llega la calma, la sensación de empacho, la necesidad de un paréntesis esperando al deseo, esa llamada única e inexplicable que tan a tiempo me salva de casi todas mis miserias.

Cuando retomo el camino éste parece estar cubierto de arena. Cuesta avanzar.

Y hasta dan ganas de rendirse.

Pero las puertas cerradas no conducen a ninguna parte. Ni convencen.

Lo intenté primero con "La vida sumergida", de Pilar Adón (Madrid, 1971), por las críticas, porque Galaxia Gutenberg es una editorial de solvente calidad literaria (a mi entender) o quizás porque las dos nacimos el mismo año y de alguna manera indómita e insospechada eso siempre tira. Me sumergí con cuidado en sus últimos relatos, esos merecedores de las mejores críticas, como sus poemarios o sus novelas, se dicen de ella maravillas tales: "sus libros hablan por sí solos", "está en la plenitud de su talento".

Todo será cierto.  Todo.

Anque yo no haya sido capaz de comprenderlo, ni de entusiasmarme con una de sus pequeñas historias, perfectamente escritas, sutiles, misteriosas, entre el más allá y el presente inmediato pero siempre oscuro y sometido a constante amenaza.

Así son las cosas... se diría que me "molesta", sin ser exactamente eso, que no le falte una sola arruga a su indumentaria literaria, impecable el juego, la narración, los efectos... pero tanta asepsia me produce la sensación fria de lamer una lámina de cristal.

Decidí dejar los experimentos a un lado y probar el recetario acostumbrado, esa despensa que se abre siempre con la intención de encontrar la porción de chocolate que nos pide el cuerpo.

Elena Ferrante (Nápoles, 1943), que me regaló la Italia y las pasiones al estilo Sofía Loren o Anna Magnani en la saga de "La amiga estupenda", con todos esos componentes tan hipnóticos de los que ya escribí en este blog (niñez, familia, barrio...), me ofrecía en esta ocasión "Los días del abandono", ambientada en Turín, llevada al cine, la historia de una mujer a la que su marido abandona por otra mucho más joven.

El ritmo, el interés, la posible sorpresa aguantan tres páginas, cuatro a lo sumo.

Es una novela frenética, desquiciante, la protagonista entra en barrena (hasta le propina una paliza a su ex cuando se lo encuentra del brazo de la otra en la calle, mirando un escaparate) y se plantea la utilidad y el sentido de su vida, la de sus hijos y la de su perro, a los que maltrata porque ella no puede hacerse cargo ni de sí misma, a lo largo y ancho de casi toda la novela.

Innecesarios (para mí como lectora) algunos capítulos en los que intenta escupir todo el veneno del engaño a través del sexo, y por fragmentos una no sabe si lee a la Ferrante (o a quien sea, ya sabéis que es un pseudónimo y que ni siquiera se puede asegurar si se trata de un autor o de una autora) o a E.L.James en "Cincuenta sombras de Grey".

Procuro no quedarme con el sabor de boca de la pérdida de tiempo.

Las palabras siempre nos muestran otros mundos, aquellos en los que habitaríamos sin dudarlo y otros que procuraremos no pisar.

Este mundo está plagado de historias que nos están esperando.

Y nunca una mala racha duró lo suficiente. ¿O sí?

18/04/2018 22:27 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

"LOS DÍAS AZULES"

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“Otra vez soy el tiempo que me queda…”

(“La botella vacía se parece a mi alma”. J. M. Caballero Bonald)

 

 

 

Desde mi terraza se veía el mar.

Pese a vivir en una ciudad de interior y contemplar tejados hasta dónde me alcanzaba la vista, tejados, azoteas, antenas, chimeneas… desde mi  antigua terraza de baldosas rojas se veía el mar. Los días de viento podía olerlo, esa mezcla incomparable de sal mojada y premonición que se adhiere al cielo de la boca cómo las primeras veces de las cosas que nos conquistaron.

Mi vieja casa combate acorralada el imperio de los nuevos tiempos.

Sigue en el mismo lugar, sola, al margen, a pesar de las urbanizaciones, de las zonas ajardinadas y las calles nuevas, asépticas, de nadie.

Esa casa que te identifica. Que te estaba esperando. Que se parece tanto a ti, a todas tus transformaciones…  uno de esos lugares que nada más conocerlo sientes que serán para siempre,  que debes cuidarlos porque son de ley.

Vivo en mi casa con su terraza-velero.

Sólo que ahora, ese espacio privilegiado al que se accede por una pequeña escalera de caracol, está ocupado por voluminosos juguetes y armarios de tela, los flecos de la vida interrumpida de Noa. 

“Esta vez va en serio”,  me dijo nada más verme, cuando me pasó al pequeño Hugo mientras la furgoneta atestada de bultos aparcaba sobre la acera y dos amigas suyas comenzaban a descargar.  El niño se puso a llorar, al fin y al cabo me había visto tres o cuatro veces en sus dos años,  traté de entretenerlo, juntos desmenuzamos un pedazo de bizcocho sobre la encimera de la cocina, Noa entraba y salía, sus amigas dijeron buenas tardes y poco más, frases escuetas sobre la tarea práctica que estaban desempeñando, en poco tiempo la habitación que suelo tener libre y de dónde parte la escalera de la terraza,  había sido invadida por la mujer y el niño que huían, desasosegados y un tanto marchitos, como si hubiesen atravesado campos de minas, desiertos y parajes inhóspitos hasta llegar a la casa diferente de la mujer sola.

Al contrario que yo, durmieron durante horas. Preparé café, observé amanecer en una mezcla turbia de colores desvaídos, sentada en la mecedora roja que Marcel, el padre de Noa, había rescatado de la basura y que restauramos juntos, recordé todas las pocas palabras de Noa, las veces que me había repetido “Esta vez va en serio”, para al cabo de muy poco tiempo volver con Ian sin mirar atrás.

Se presentó descalza en la cocina, me sorprendió su delgadez, lo marcado de sus facciones, le dejé un albornoz de su padre y le puse en las manos una taza de café bien caliente con unas gotas de leche. Conocía al detalle sus preferencias.

Traté de buscar un rastro de la niña pequeña que yo había conocido, expectante, atenta, inadvertida, adosada a su padre cómo si fuese su sombra.

 Desayunando en el mismo bar al que yo acudía cada mañana, buscando los rituales que me conectaban al presente:  las noticias en televisión, los barrenderos almorzando, el olor de las tortillas recién hechas, el panadero apareciendo siempre a la misma hora, algo de azúcar desparramado por el suelo, las cristaleras apagando el sonido de la calle… y Chus, sin preguntar, poniéndome lo de siempre.

Fue imposible no reparar en la peculiar pareja,  él desastrado, con el pelo largo, ensortijado en las puntas, los ojos grises, el alma vencida y elegante, alguien que no pertenecía ni siquiera a los lugares que ocupaba con la facilidad de quien ha estado siempre en ellos. Desayunaba tabaco negro y se sentaba a la mesa de una manera indolente, como si no supiera dónde colocar las piernas. A su lado la niña de piel morena no le quitaba ojo,  a pesar de parecer concentrada en la tarea de mojar unos churros en un café con leche que, a todas luces, se había quedado frio.  Tendría unos seis años y no se desprendía de una mochila atestada de enseres.

Un claxon sonó repetidamente en la puerta del bar, la niña se puso en pie de un salto, se limpió la boca con la manga, él trató de enderezarse…  “¿Vendrás a buscarme?” preguntó bajito la niña… el hombre asintió sin mirarla a los ojos…  ella, con un dedo muy pequeño y muy delgado, le levantó la barbilla… “¿Pero de verdad?”… el hombre entonces aproximó mucho su cara a la de ella, los ojos de ambos eran de un verde grisáceo indescriptible, y volvió a asentir. La pequeña sonrió abiertamente y se marchó a toda velocidad, dejando tras de sí esa estela propia de la intensidad infantil.

Escuchamos el portazo de un coche y arrancar un motor.

Él estaba de espaldas a la puerta y no se giró, fue entonces cuando pidió un combinado de ginebra y Chus le dijo que era demasiado pronto para empezar a beber… “Marcel, no empecemos…” Ahí conocí su nombre. “No te he pedido la hora”, respondió él sin resultar impertinente, con una voz más joven de lo que hubiera imaginado.

Cuando se levantó dirigiéndose a la barra y más concretamente a mi banqueta, pensé que no había sido especialmente discreta al observarlos detenidamente, mientras trataba de argumentar una disculpa encontré su mano tendida por encima del periódico tras el que me parapetaba:

“Soy Marcel… a mi hija Noa ya la has visto… te invitaría a desayunar pero me parece mal que sea a costa de Chus, la buena mujer me fía… por eso  y por no abusar sólo vengo de cuando en cuando, ¿quién eres? No te conozco, estoy seguro, la curva de tus hombros y esas manos de restauradora de muebles no hubiera podido olvidarlas nunca…”

Olía a talco, a nicotina, a día de lluvia…  Cierro los ojos y evoco ese olor con absoluta lealtad.

Me miré las manos y sentí un poco de vergüenza porque dentro de las uñas podían adivinarse restos de pintura azul. En las yemas de los dedos alguna diminuta astilla de madera seguía clavada…

Desde ese día Marcel entró en mi vida para no salir jamás.

A pesar de los quince años de diferencia.

A pesar de todas las diferencias.

Marcel tuvo hijos con distintas mujeres, pero solo conocí a Noa.

En alguna de las épocas en las que convivimos, sin condiciones, protocolos ni normas, él hablaba, bien porque yo no solía preguntarle o tal vez porque lo necesitaba. Los recuerdos se traducen en palabras, piedra granítica y seca atada al cuerpo que lo arrastra hacia cualquier cloaca si no es capaz de reinventarse y echar a volar.

Todas sus historias parecían inventadas, quizás por el clima que las envolvía (entre el humo de los cigarrillos que encadenaba, esa media luz y su cabeza apoyada en mi regazo) o porque el pasado busca un toque de ficción para sobrevivir.

Así lo vi escapar de casa con Duna, los dos unos críos de diecinueve años a los que no dejaban verse, ella una prometedora estudiante de magisterio, la primera universitaria de la familia, él un escritor de canciones, lo que más le gustaba entonces era escribir canciones y seducir a chicas guapas en los bares de las facultades dónde nunca se matricularía.

Escaparse repetidamente de la escuela hizo que su padre lo pusiera a trabajar, además en casa hacía falta el dinero, pero nunca aguantaba más de una semana en el mismo sitio…  llegaron los castigos, las huidas, los pequeños hurtos sin consecuencias…  hasta conocer a Duna. 

Entonces se lo propuso de verdad, aprender un oficio, horarios, invitarla al cine, ver la cara de su madre cuando la llevase a cenar a casa…  Pero no pudo ser, sin argumento sólido, hay cosas que no pueden ser. Ella se quedó embarazada y decidieron fugarse. Siempre pensaron que la aventura terminaría bien. No hay quien pueda con el amor verdadero. O sí. La pura realidad. Se acabaron el dinero, las casas de los amigos y hasta los amigos. La veía llorar a escondidas, demacrada, al fin y al cabo ella había pertenecido a un lugar y lo añoraba. Se puede echar en falta el calor, las alfombras, un timbre, la hora exacta del reloj en que dejamos de ser niños. Y entonces todo se complica, la melancolía no es buena compañera de viaje. 

Una noche templada y quieta, tumbados entre los arbustos del parque dónde pernoctaban ella se sintió mal, mal de verdad, gritaba doblando su cuerpo en un espasmo continuo…  con la ayuda de otro transeúnte al que conocían cogieron un taxi y de camino al hospital Marcel, la mano de Duna aferrada a su pierna, su pequeña cabeza de pelo indómito y corto apoyada en el hombro, comprendió las secuencias, el orden, los afluentes del tiempo.

Mientras los médicos atendían el aborto él hizo un par de llamadas, sin escuchar, sin dar tiempo a la otra parte, se requería acción. Volvió al parque a recoger sus cosas, se quedó con algunas de Duna que todavía conservaba y continuó su camino sabiendo que no volvería a verla.

En ocasiones creía reconocerla, un rostro similar, un gesto, la manera de cruzar las piernas, el sonido de su voz.  Era una trampa. Mutamos. Dejamos de ser los que fuimos.

Después se encadenaron ciudades, trabajos temporales, fragmentos de algo. Siempre hay un cuerpo dispuesto a ser amado, una vez que pudimos vivir casi en paz.

Nunca le creyeron cuando aseguraba no ser buen compañero ni mucho menos estar preparado como padre.

Convencerle poniéndole en los brazos una vida diminuta, un recién parido que tiembla, tampoco resultó vinculante.

Con Noa el proceso fue distinto. Él supo que había sido padre cuando se reencontró con Elena casi un año después de su ruptura. Comprendió asomándose a los ojos-espejo de la niña, idénticos a los suyos. En Elena hubiera querido quedarse un poco más, saber de la vida con ella, los pequeños países de las relaciones son tan peculiares… pero no le dio opción, lo echó con cajas destempladas, tras una acalorada discusión en la que él no quiso entrar y que pensó que se le pasaría, las idas y venidas del genio de Elena. Envió sus pertenencias a la pensión dónde Marcel se alojaba y no volvió a cogerle el teléfono.

Sintió una punzada de necesidad. De vez en cuando las buscaba. La pequeña jugaba en el parque, reía a carcajadas, su madre la fotografiaba…  resultaban hermosas. Había luz en aquellos instantes, algo que se parecía a ser feliz en el momento preciso. Fue egoísta, ¿quién no quiere su pedazo de tarta?

La niña y él establecieron una conexión única.  A pesar de Elena, que intentó educar a ambos en lo práctico, en el sentido común de los afectos y en la terminología de lo imposible. Finalmente se rindió, qué otra cosa podía hacer…  y puso de su parte creyendo tal vez que la vida se encarga de ordenar algunas cosas.

Pero la fuerza incondicional de aquella cría…

A veces aparecía en casa pensando que lo encontraría, cruzando media ciudad, los calcetines caídos, la mochila del colegio a rastras, el brillo imperturbable en la mirada: “¿Me puedo quedar un rato por si viene?”…  mientras le preparaba un bocadillo caía rendida en el sofá, yo la tapaba con el cuidado de quien roza un delicado cristal, temiendo que todas sus esperanzas se quebrasen, desperdigándose  como  animales malheridos por el suelo frío del salón. A continuación llamaba a Elena, le prometía que al día siguiente la dejaría a su hora en la puerta del Colegio. Guardábamos un silencio sepulcral entre las frases correctas y los monosílabos antes de colgar.

Diez años fueron capaces de pasar, casi siempre muy deprisa, el insospechado mundo social de Marcel me puso en contacto con aficionados a las antigüedades y tiendas de muebles específicas que han encadenado pedidos. Sigo viviendo de lo que mis manos son capaces de descubrir bajo tanta capa inservible.

Sus pulmones enfermaron progresivamente, lo anunciaban sus profundas ojeras, sus labios agrietados, la tos intempestiva. No quería nombrar sus dolencias, hacerlas más fuertes. Desde la azotea también llegó a ver el mar, aunque no fuera el mismo que yo distinguía, porque el mar es tan individual, tan privado como la forma de despertarse.

La madrugada en la que la puerta sonó con su inconfundible manera de anunciar su llegada salté de la cama y bajé descalza a abrirle. Ya había algo en las sombras húmedas y en mi precipitación que presagiaba tristeza. Prácticamente se desplomó sobre mi hombro, respiraba con dificultad y no quiso que llamase a ningún médico, salía de pasar unos días en el hospital y las noticias no eran buenas.

Durmió profundamente. Pareció reponerse.

Traté de explicarle a Noa, que no se despegaba de él y vivía dentro de un saco de dormir a los pies de la cama, que la despedida se acercaba.

Nunca he sufrido mayor agresión que la de aquella mirada.

Estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, era una mujer obcecada, valiente, con ese punto agreste, indomable, en sus pasos, la forma de girarse, la ondulada melena… Demasiado rotunda quizás, para ser tan joven.

Hablaban de política, de música, de libros… jugaban a las cartas. Trataban de incluirme pero resultaba imposible formar parte de una sociedad emocional tan compacta.

Cuando Marcel no estaba delante Noa lloraba en silencio, lágrimas voluminosas se derramaban por sus mejillas hacia ninguna parte. El resto de su cuerpo parecía no inmutarse.

Una de las últimas noches, mientras recogía la cocina, sentí su mirada, impotente, asustada, sobre mis movimientos. Me senté junto a ella, le pregunté en silencio qué quería de mí, simplemente dijo: “Debes ser muy especial para que mi padre haya venido a morir en ti”.

Marcel quería tierra.  Llevaba vagando demasiado tiempo y quiso tierra.

Lo dejó todo bien atado. Organizó escrupulosamente su muerte cómo no pudo hacerlo con su vida.

Es una sepultura pequeña, en un rincón dónde siempre da el sol.

Apenas cinco personas en el entierro. Sin sermones ni mensajes imposibles.

Conocí a Elena, nos abrazamos sinceramente.

Noa parecía una escultura, ausente, gélida, lejana.

Quiso pasar en casa unos días, recoger las  pocas pertenencias de su padre y empezar a vivir con su ausencia. Curioso el volúmen que deja el vacío aún con las personas intermitentes, esas que se empeñan en no dejar huella y consiguen el efecto contrario: la nitidez.

Cómo suelo conciliar el sueño cerca del amanecer no la escuché marcharse, bajar torpemente las escaleras por los bultos que acarreaba, cerrar la puerta y echar a andar sin mirar atrás.

Dejó café hecho y un par de calas, mis flores preferidas, sobre la mesa de la cocina.

Con la barra de labios que siempre la acompañaba escribió gracias en el espejo del recibidor.

La soledad y el frío me hicieron estremecer.

Envuelta en una manta subí a la azotea, lloré todo lo que no había podido llorar en los últimos días, comprendí el final de un camino, de una época, de una apuesta… durante mucho tiempo no encontré el mar detrás del horizonte urbano, ni siquiera lograba adivinarlo.

El trabajo me ayudó a continuar, encargos, plazos, alguna amiga que se dejaba caer y me recordaba, de repente, quién era yo antes de conocer a Marcel… los contornos comenzaron a hacerse difusos y el duelo más llevadero, como buscando un lugar en el que colocarse.

Sabía de Noa por Elena, de vez en cuando hablábamos, había iniciado sus estudios en la Universidad, parecía que le gustaba un chico, pero se cerraba en banda a la hora de las confidencias, procuraba no bajar la guardia.

El día que llamó a la puerta del mismo modo en que lo hacía su padre me quedé petrificada, sujetando un pincel que se quedó suspendido en el aire. Me costó un mundo poder llegar a abrirle, recordar esa expresión expectante, ávida, elocuente… parecíamos dos estatuas de sal, inamovibles una frente a otra, finalmente me hice a un lado para dejarla pasar. Entró en el taller y echó un vistazo a mis trabajos, sonreía, “qué buena mano tienes”, me dijo.

No sé cómo se puso a hablar de Ian, de lo distinto que era a todo el mundo, “sabe lo que quiere, me coge de la mano y me lleva exactamente a dónde quiero ir…” pero había cierto desasosiego en el movimiento ágil de sus dedos largos. “Entonces…  ¿cuál es el problema?”, pregunté reanudando mi faena, tratando de restar importancia a algo que evidentemente la tenía, algo que había hecho regresar a Noa dos años después de la muerte de su padre.

“Siempre tiene prisa”, respondió despacio, mirando al suelo, empujando con la punta de su zapato montoncitos de serrín.

En pocos meses estaban viviendo juntos, los padres de él pagaban un ático blanco y amplio en el centro de la ciudad. “Figúrate que tenemos dos cuartos de baño con dos lavabos en cada uno”, explicaba Noa abriendo mucho los ojos, él, Ian, la miraba con cierta condescendencia asomándose a los rincones de mi casa cómo quien mira sin comprender una exposición vanguardista: “¿Vives aquí?”, preguntaba atónito… “Sí”… “Qué curioso… parece un almacén”, y constantemente se sacudía el polvo de las manos.

A veces la vida sabe un poco a algodón de azúcar, es cronológica y funciona como la seda.

Así fue ese principio en el que quisieron creer, sólo que la fe resulta inconsistente, pincha con la facilidad del alfiler y el globo.

Noa llegaba como un huracán, se desbordaba, lloraba, se calmaba, volvía a llorar para lavarse después la cara con abundante agua fría y salir a buscarlo.

Después bajó del balancín, venía cómo pidiendo permiso, sin despotricar, simplemente charlábamos de cosas banales, tomábamos un té, la tarde languidecía y a ella le costaba mucho marcharse.

Hubo un paréntesis extraño, un tiempo en el que dejé de verla porque tenía que comprar unas cortinas, había descubierto el yoga o trataba de relacionarse cordialmente con sus cuñadas…

No sé por qué, pero ese paréntesis guardaba un aire rancio, pesaba.

Me dijo que estaba embarazada sin mirarme a la cara y en el quinto mes de gestación.

Me dijo que iba a ser un niño.

Me dijo que ella no quería para su niño un padre ausente ni una familia rara.

Quería un carrusel sobre la cuna, cajas de plástico de colores repletas de juguetes, una alfombra enorme que simulara una carretera, calcetines con huellas, churretones de chocolate, que el pequeño cuerpo de su pequeño se colase entre los cuerpos de los dos un domingo por la mañana…

El intenso monólogo parecía estar ordenado para convencerse a sí misma.

Además los niños unen.

Los niños son una bendición del cielo.

Dan suerte.

Y mucha alegría.

Le pregunté “¿Entonces por qué lloras?”, y respondió algo sobre las hormonas y el embarazo.

Hugo nació redondito, blanquísimo, con las orejas muy pegadas y un visible lunar bajo el lóbulo de una de ellas. A mí me parecía una marca afortunada,  pero su abuela paterna, con la que coincidí en la habitación del hospital, no paraba de repetir: “Qué lástima, con lo bonito que es el niño y esa mancha de por vida…”  Noa parecía inquieta, no descansaba bien y Hugo no le cogía el pecho…  su suegra le daba pequeños golpecitos en el brazo. “No te amilanes niña, que cuatro seguidos tuve yo y bien sola que estaba… criar es sufrir, por si no lo sabías…”

Noa le dedicó esa mirada herencia de su padre que silenciaba a cualquiera.

Le regalé al niño un caballito-balancín de madera, cuándo les llamé para poder llevárselo se puso Ian, “Mejor te lo quedas en casa para que juegue allí cuando vaya, aquí se nos empiezan a acumular trastos…”

Después ya nos vimos poco, ella quería criar a su niño de una forma y el padre de otra, estaba agotada, la familia de Ian era como un tren de alta velocidad que te pasa por encima.

A todo ello se sumó  la consecución del plan que Elena llevaba años ideando.

Volver a las raíces con su última pareja, a un pueblo perdido en la montaña, a comer del huerto y crear jabones artesanos.  

“Vente con nosotros Noa, allí el niño se criará en libertad, vivirás más tranquila…”

Pero ella les respondió con la barbilla temblando y el monólogo de la familia ideal.

Hasta que desembarcó en mi casa hace unos días, la vida descompuesta, los sueños una equivocación, incapaz de encontrar salida.

Cuando le puse el café bien cargado entre las manos estaba dispuesta a explicarle sutilmente que no tengo en la puerta el letrero de una estación de paso ni pretendí ser nunca un hospital de guardia. Estaba dispuesta incluso a hablarle de mí, una familia numerosa, la hija menor que sostiene a la madre prematuramente viuda y ve las grietas, el dolor, la resignación, acorralada por el miedo… pero ella traía también su discurso, la urgencia de quien sabe que ha perdido y tiene prisa por reconocerlo y continuar.

No volvería con Ian, le desagradaba su autoritarismo mezclado con una profunda cobardía a la hora de tomar decisiones, aborrecía esa frase que le repetía últimamente tras cada discusión y que quedaba aleteando en el aire, atrapando la luz: “¿Qué te cuesta ser un poco más normal?”

Y sin embargo Hugo.

Hugo le había enseñado que siempre hay tiempo para tratar de hacer bien las cosas.

Intentarlo al menos.

Quería para él dormir despatarrado, mejillas encendidas, una ilusión perenne.

Propondría una separación amistosa.

Debí de mostrar una expresión incrédula, recordando algunos momentos con su familia política… ella sonrió levemente, “cuando la gente guarda secretos no se la juega, no arriesga…”.

Un As en la manga.

Se marcharía una temporada con su madre, nubes enormes, viento en la cara, campanas de domingo…  las respuestas están en los espejos, un día te asomas cómo por descuido y las ves, ya no necesitas seguir huyendo ni buscar a nadie para echar a volar.

Pasamos unos días suaves, despertándonos de un letargo, organizando sus cosas, primero se llevaría lo básico, después el resto… mientras yo cargaba a Hugo en brazos ella me preguntó: “¿Crees que me parezco a mi padre?”

Negué con la cabeza rotundamente, no somos muñecas rusas, alguien debería recordarnos el enorme ejercicio de libertad que supone despertarse cada mañana.

Presiento que el mar ha vuelto.

Huele a sal en las madrugadas.

La última casa del mundo parecida a tener una casa resiste las inclemencias del tiempo.

Sabe que la vida es cíclica.

Que todo está inventado.

Y sentido.

Que sólo la calma se parece al éxito.

Sólo la calma.

 

 

 

28/01/2018 12:04 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

"ANILLOS DE ORO"

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No la hay actualmente. Una serie de televisión que aborde la realidad social del momento, el reflejo de quienes somos y cómo vivimos.

"Anillos de Oro" consiguió ser fiel a una época (los 80) y a un país que tenía lo que tenía... la resaca de la dictadura y de la redicha transición, la recién aprobada Ley del divorcio que permitía terminar con una parte de esa doble moral tan nuestra, tan de escandalizarse mientras se mantiene una doble vida.

Sera porque la escribió Ana Diosdado (1938-2015) y la dirigió Pedro Masó (1927-2008), será porque Imanol Arias (1956), tan joven, ya crecía imparablemente... el caso es que venció porque se atrevió a contar con los mejores ingredientes, ponerlos en marcha, cuidar a un público que no se conformaba con cualquier cosa y... voilá.

Hasta hace poco creía que me quedaba cada vez menos tiempo para seguir leyendo, descubriendo autores, historias, momentos... por eso no retrocedía volviendo a leer obras que me conquistaron o no, dándoles una segunda oportunidad, o varias... Sigo convencida de la fugacidad inmisericorde de un tiempo que no perdona, pero si es verdad que una siempre vuelve a los lugares donde amó la vida... a algunos libros hay que volver despacio, porque son sitios que ya no se repiten, por respeto a lo que aprendimos de ellos y porque siempre nos estarán esperando.

"Anillos de Oro", escrita en formato teatral, cargada de imágenes y secuencias aún antes de convertirse en serie, narra en trece episodios a finales de 1983, lo que acontece en un despacho de abogados que comienza a llevar los primeros casos de divorcio, en contra de la moral y el recato predominantes. Y lo hace con buen gusto, desde todos los ámbitos y/o estratos sociales, tocando además temas aledaños cómo la homosexualidad, el adulterio, la emancipación femenina, los grupos sociales al calor de los bares-madriguera, etc.

Ana Diosdado dominaba la escena. Hija de padres exiliados, ahijada de Margarita Xirgu (¡ahí es nada!), dramaturga, guionista, actriz... siempre tuvo una mirada (por dentro y por fuera), inteligente, sagaz, evolutiva.

Cuándo se estrenó "Anillos de Oro" yo tenía doce años y entendía muy poco de casi todo, pero me quedaba con imágenes, y sobre todo con palabras, que puestas en el lugar y en los labios adecuados consiguieron salvarme de muchas cosas tristes.

Recuerdo el pelo de Lola (la abogada de la serie interpretada por Diosdado), ese maravilloso corte de pelo tan de "antiseñora"... y la relación, fuera de connotaciones de pareja, que mantenía con Ramón (el otro abogado del despacho, interpretado por Imanol Arias), cuando yo ya intuía que un hombre y una mujer podían ser amigos de verdad sin ser pareja sentimental...

El guión es en muchas ocasiones un drama con tintes de comedia y a la inversa, cómo la propia vida. 

Recuperar todas aquellas reminiscencias y traerlas al presente me ha hecho recordar la Librería Pérez, dónde compré a precio de ganga los dos tomos en los que se estructura la obra, cómo crujía aquel suelo de madera, la oportunidad tan enorme que suponían las librerías de viejo contra el invierno del alma... 

Desaparecemos. Todos. La vida es cíclica.

Pero obras como ésta, tan absolutamente hermosas, humanas y necesarias, tan llenas de arte... son eternas.

15/12/2017 13:12 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"QUÉDATE ESTE DÍA Y ESTA NOCHE CONMIGO"

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...Por dónde empezar...

Quizás sirva el ejemplo, un fragmento, esta idea:

"Están, desde luego, los colectivos.  Siempre aparecen, como hogueras, como respuestas, como archipiélagos.  Rodean algo.  Esto es lo más difícil de aceptar.  Que en este momento de la historia tengan que rodear algo.  Que no puedan, simplemente, ser.  Que tengan que vivir empujados y a la contra.  Hay colectivos cuyos miembros consiguen derribar los marcos y cruzar al otro lado juntos.  Alivia saberlo."

El último libro de Belén Gopegui (Madrid, 1963) vuelve a la necesidad de los seres sociales, del calor de hogar, de una palabra que modifique el orden de las cosas, la paz impuesta.

Es complicado explicar cómo escribe esta autora, al menos complicado para mí, que me declaro fan incondicional suya desde que mi amigo Félix me regaló su primera novela: "La escala de los mapas" (1993), y me pasó con ella lo que todavía me pasa con  las obras excepcionales de Gopegui, me veo inmersa en una espiral surrealista de la que temo no poder salir y cuando pienso que no entiendo nada, que ya no entiendo nada, surge la palabra precisa, la clave exacta para ver amanecer en sus novelas y creer lo que sigo creyendo desde el principio, que es una autora irrepetible, capaz de crear un universo literario que supone compromiso social y revolución.

Me sumo a la frase de María Unanue de Pikara Magazine: "Belén Gopegui es mi búnker".  Cuándo todo se viene abajo, cuándo vienes leyendo más de lo mismo y necesitas algo que te remueva, que te haga reivindicar la literatura por encima de todas las cosas, publica Gopegui y todo vuelve a latir. Yo me siento así.

Cojo lápiz, una pequeña regla y asedio cada línea, podría subrayar el libro entero, anotaciones, conceptos nuevos o nombres nuevos para los conceptos de siempre: merecer, cambio de paradigma, profecía autocumplida, "el imperativo de NO resignarse", "la poesía es una exactitud inesperada"...

Sinopsis

 Dos generaciones, dos vidas que no estaban llamadas a encontrarse ponen a Google contra las cuerdas.

Esta es la historia de Mateo y Olga, y es una solicitud de trabajo que tiene a Google por destinatario. Es también la confesión de quien ha de valorar la propuesta. A Mateo, interesado por los robots, le obsesiona averiguar si el mérito debe ser desterrado de las relaciones humanas. Olga, matemática y empresaria retirada, cree que los modelos estadísticos son narraciones y que la probabilidad es una forma más precisa de nombrar el acto de ser libre.

Podría ser una historia de amor en la medida en que el encuentro, el diálogo y el deseo de oír la voz del otro construyen un relato común. Y porque, como en las historias de amor, ese encuentro alberga el desencuentro de dos formas distintas de ser y estar en el mundo. Mateo tiene la vida por delante y se niega a aceptar que esa vida no se pueda escribir desde la libertad. Olga, bastante más allá del medio del camino, no teme relegar el yo al fondo de un cajón ni asociar su cuerpo a una sociedad de la mente. Les une la misma voluntad de entender el comportamiento de la realidad y de sentir qué sucede cuando una máquina se da cuenta de que es una máquina. Un Dante vehemente y una Beatriz a punto de partir recorren un espacio que es infierno y también paraíso.

Por si alguien necesita algo más concreto, aunque la fórmula es por inmersión.

La Gopegui de "El lado frio de la almohada" (2004) o "Deseo de ser punk" (2009) se va descentralizando, dejando un poco atrás la importancia del personaje y su entramado relacional pese a definirlo con exactitud en cuatro pinceladas. Quita paja, florituras (si es que alguna vez las hubo y/o fueron innecesarias) y acude al epicentro, el dolor concreto, la derrota cotidiana, para enseñarnos en el espejo lo que decimos ser y lo que somos.

No vale leerla por puro entretenimiento. No funciona.

Es un viaje ideológico, un de parte de quién estás porque no sirven el silencio ni la pasividad.

Cuándo quieres darte cuenta estás luchando.

"Los seres humanos tienen esa capacidad de convertir casi cualquier modo de vida en un diamante único, faroles apagados que en el parque, al encenderse, modifican el estado de ánimo de un sueño"

...Qué más se puede decir...

Mi calidad de vida mejora leyendo a Belén Gopegui. Lo juro.

16/11/2017 17:46 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS"

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Esta novela se publicó hace dos años. La había escrito un corresponsal de Los Ángeles Times premiado con el Pulitzer, un tipo, según dicen, guapo y exitoso. La portada reinaba en el escaparate de todas las librerías, una imagen atractiva de un chavalito pecoso de ojos claros rezumando ambiente setentero.

La dejé pasar por lo de siempre, los grandes bombazos editoriales me abruman o acobardan.

Pero desde las estanterías de una de las mejores bibliotecas del mundo que es la de mi barrio volvió a mirarme el chiquito aquel, era otoño y permanecía la certeza de unos ingredientes que conmigo funcionan cual caballo ganador: la infancia, una familia compleja, unas relaciones intensas, una localidad pequeña, con mar, con bar... uno de esos bares que son el epicentro de todos los seísmos, las celebraciones y las angustias, un refugio imperecedero a través de los tiempos. Y me lo llevé bajo el brazo.

"J.R. creció con su madre, pues su padre los abandonó cuando J.R. no había pronunciado su primera palabra. Él, sin embargo, sabe quién es su padre: un DJ de Nueva York que tiene un programa de radio y cuya voz J.R. escucha con la oreja pegada al aparato. Hasta que un día la voz desaparece del aire y J.R. se queda sin nadie a quien escuchar. Encontrará refugio en el amor de su madre y en el Dickens, el bar de su barrio, un sitio donde poetas, policías, apostadores, soldados, boxeadores y estrellas de cine tienen una historia que contar. Allí, entre todas esas voces que lo cautivan como en un sueño, J.R. podrá darle voz a su propio destino y podrá forjarse, también, una identidad. Conmovedor y emocionante, firmado por un premio Pulitzer, El bar de las grandes esperanzas es un libro hermoso que puede leerse como una novela de aprendizaje o como una historia apasionadamente sincera y real."

Desde el principio esta biografía novelada tiene una estética impecable, es una historia absolutamente hermosa, bien contada, trabajada a conciencia y  entrañable.  No sé cómo lo consigue el autor (la nostalgia en su justa medida, la búsqueda de un lugar propio, un padre ausente que el inconsciente y la necesidad buscan en otros hombres y en otras voces, la magia irresistible de los perdedores literarios, los vínculos que proporciona un refugio seguro, la poesía, el acohol, los cambios generacionales... todo sin prejuzgar, ordenado meticulosamente) pero la emoción al borde de la lágrima te atrapa desde la primera a la última página. No me refiero a la emoción fácil, la resultante de una suma de factores exactos, no, sino a la conexión que se establece con la piel, con la propia intimidad, por una serie de pequeños matices comunes a cualquier alma.

Los personajes, totalmente cinematográficos, amparan a J.R a lo largo de toda su trayectoria, desde su nacimiento en 1965 hasta el fatídico atentado contra las torres gemelas... hechos que son la partida y el punto y seguido de una narración global, basada en un aprendizaje permanente, en la necesidad de ser alguien no heredado, pero fragmentado, porque también somos la huella de quienes nos transitaron.

La importancia de los bares (en este caso un típico bar-restaurante en una población reducida cercana a Nueva York) y de quienes los dirigen (Steve y su encantadora sonrisa a la que el protagonista compara siempre con la del gato de "Alicia en el País de las Maravillas"), los ritos iniciáticos, el valor, las costumbres, las apuestas deportivas... todo forma un entramado donde no cabe lo invisible.

Y la importancia de los finales, de los ciclos que acaban aunque no queramos y nos parezca imposible que puedan terminarse.

Porque nada es eterno y a veces es verdad que lo que no te mata te hace más fuerte, o mejor superviviente.

Creo que es un hallazgo de libro, creo que redunda en un tema típico en el que cientos de autores han recalado: un bar y sus gentes como reflejo social e identidad (una dentro de sus paredes, otra fuera, menos auténtica, quizás, menos segura), pero contado de una manera que lo convierte en especial y genera un escenario íntimo, afectivo y cálido.

Dos años después de estrenarse, "El Bar de las Grandes Esperanzas" fulmina mis prejuicios (cómo otras obras que también lo logran) contra la pompa y el boato de algunos best-sellers.

Suelo repetirme que debería reconducir esta manía... pero llevamos tantos años juntas...

 

 

30/10/2017 12:37 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"HOY AÚN ESTAMOS VIVOS"

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La guionista belga Emanuelle Pirotte publica su primera novela, "Hoy aún estamos vivos", Editorial Grijalbo, en Mayo pasado. Precedida de gran éxito, esta novela, que se confunde a veces con el borrador de un guión o con el orden que precede a lo que queremos contar y no podemos permitir que se nos olvide, atrapa un gesto, una situación y unos personajes desesperados por sobrevivir, pero absolutamente netos, sin mascaradas.

Bélgica, diciembre 1944. Los alemanes han iniciado una contraofensiva en las Ardenas. Renée, una niña judía de siete años que ha sido acogida en una granja cuando huía de la persecución nazi, es confiada a unos soldados americanos. Sin embargo, al quedarse a solas con ellos, la pequeña descubre horrorizada que, en realidad, se trata de unos oficiales de las SS infiltrados en las filas aliadas. Los hombres no parecen tener dudas: hay que acabar con la niña de un disparo. En el bosque. Sin misericordia.

Tiene mucho de cuento infantil (un tanto tétrico, tipo Andersen...), de desastres de una guerra en la que cualquier situación es susceptible de empeorar, de personajes que son luz y otros sombra, cómo siempre en la vida pero acuciadamente en este caso... Contiene una belleza especial, algo que no termina de asentarse porque el ritmo narrativo es frenético en exceso, desde la primera línea hasta la última se tiene la sensación de viajar en un tren de alta velocidad carente de frenos. Los tiene porque consigue subyugarte, entrar en los refugios, subir a los caballos, mirar a los ojos de Renée... todo lo descrito es una trampa fácil para ávidos lectores, el argumento engancha, las peculiaridades la convierten en una novela nueva, sorprendente a pesar de los tópicos propios del contexto histórico... pero quiere contar tantas cosas y tan deprisa, con frases tan escuetas, breves e impactantes cómo disparos, que queda la sensación de querer terminar pronto, de finiquitar con la misma energía con la que se comenzó.

"Hoy aún estamos vivos" es una defensa del vínculo por encima de los lazos de sangre, de la libertad de elección y la ayuda mutua cómo defensa ante la propia miseria.

No cree ni fomenta los idilios, la música de violines (no están los tiempos para contar cuentos de hadas), las mentiras piadosas... Pero nos pone delante el segundo definitivo, el momento exacto que puede cambiarnos la vida, volcárnosla o dignificarla, quién sabe si al fin y al cabo es tan solo un parpadeo, algo insondable.

El premio final no es sobrevivir.

Sino estar vivos.

11/09/2017 10:50 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"LA MUJER DE LA LIBRETA ROJA"

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Que Antoine Laurain (París, 1970) es un apasionado del arte y trabajó como asistente de un anticuario no es de extrañar una vez leída su novela: "La mujer de la libreta roja". Quinta novela, traducida a quince idiomas, una belleza gráfica que muy probablemente se vea reflejada en la gran pantalla.  Porque puede. Porque tiene armonía de principio a fin, un ritmo de promesa por cumplir, una sonrisa permanente.

La protagonista, Laure, es doradora ("persona que tiene por oficio dorar, colocar pequeñas láminas de oro restaurando obras..."), y tiene un bolso en el que guarda los símbolos de su vida, entre ellos una libreta roja en la que escribe a ratos pequeñas frases sobre sus miedos e ilusiones. Una noche cuando vuelve a casa un ladrón le roba el bolso. Laure debe pernoctar en el hotel más cercano puesto que no tiene llaves, documentación, ni nadie a quien recurrir en ese momento. Durante el tirón ha sufrido un golpe en la cabeza que le ocasiona un coma reversible. Mientras, Laurent Letellier, antes dedicado a las finanzas y ahora propietario de una pequeña librería parisina, encuentra tirado el bolso en un rincón y pretende entregarlo en una comisaría, pero una serie de coincidencias provocan que el bolso se convierta en un rompecabezas que Laurent se empeña en resolver hasta dar con la propietaria.

Incluso el gato, Belphégor, juega un papel importante, cómo Chloé, la hija adolescente de Laurent, y William, amigo de Laure, y la pequeña librería, y una dedicatoria de Patrick Modiano, el taller de restauración, el vestido de la tintorería, "Habanita" (el perfume que usa Laure)... nada es azar aunque pretendan convencernos de lo contrario, todas las piezas son fundamentales y encajan, consiguen esa armonía sobre la que escribía al principio, son los ingredientes de una historia amena, entretenida, sencilla y muy hermosa, entrañable, una de esas pequeñas mentiras que, de vez en cuando, necesitas que te cuenten.

"La mujer de la libreta roja" es una historia de seres buenos condenados a encontrarse, quizás demasiado "ideal", un poco Amélie, un mucho del París romántico, pero sin empalagar, bien argumentada, hábil e ingeniosa.

Es literatura. Y de vez en cuando hay que darse un paseo por las nubes.

30/08/2017 21:45 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

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