UN MAL DÍA

Definitivamente hoy lo es, un mal día, no se asoma la primavera y hemos amanecido a este viernes con el fallecimiento de Miguel Delibes, aquel caricaturista de "El Norte de Castilla" al que entre otras genialidades se le ocurrió escribir en 1966 "Cinco horas con Mario". Por si fuera poco a Serrat le extrajeron ayer un nódulo pulmonar, operación por la que deberá permanecer una semana hospitalizado; parece ser que esto se desliga del cáncer de vejiga que hace muy poco sufrió el cantautor, pero a una que lo admira tanto se le encoge el alma sólo de pensar, como decía Delibes, que lo peor de la muerte es que siempre está al acecho, rondando a quienes queremos, porque todo es efímero.
Para ellos, para todos, para combatir la melancolía o convivir mejor con ella siempre queda la poesía.
"EL MAR TAMBIÉN ELIGE" (Miguel Hernández)
El mar también elige
puertos donde reír
como los marineros.
El mar de los que son.
El mar también elige
puertos donde morir.
Como los marineros.
El mar de los que fueron.
08 DE MARZO

A Clara Zetkin (5 de Junio de 1857, 20 de junio de 1933), dirigente comunista alemana, le debemos la proclamación del 08 de Marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en el marco de una conferencia Internacional de mujeres Socialistas que estaba teniendo lugar en Copenhague. Detenida varias veces durante la primera Guerra Mundial por sus opiniones antibelicistas, esta profesora de Sajonia se interesó mucho en la política sobre la mujer, la lucha por la igualdad de derechos y el derecho al voto. Junto con Rosa Luxemburgo, una teórica marxista de origen judío, divulgaron sus ideas feministas y su proclamación de mejoras sociales a través de las publicaciones y las secciones de los partidos políticos en los que militaron.
Cuando Hitler toma el poder el Partido Comunista es ilegalizado y Clara debe exiliarse a la Unión Soviética, donde murió en Moscú a la edad de 76 años y fue enterrada junto a la muralla del Kremlin.
El día 08 de Marzo reivindica una lucha obrera, además de una reivindicación de género siempre necesaria y desde lo más básico, que no se nos olvide a nosotras mismas.
"EN PARADERO DESCONOCIDO"

Surcará los cielos de tu vida
una bandada de palomas subterráneas,
ciegas de tiempos venideros,
frágiles como la esperanza.
Pese a que nunca te gustaron los pájaros
les permitirás que aniden en el vientre
de tu casa siempre en venta,
tu casa de porcelana blanca sin ventanas
en paradero desconocido.
Buscamos tarde
a la parte convincente de nosotros mismos
que podemos sobornar.
La que nos recuerda quienes estuvimos a punto de ser,
aquellos que podrían habernos amado
de habérselo permitido.
Era aquel camino que parecía anodino y previsible.
Era aquel el camino.
Pero amanecimos con ojos de bolero
a la falsa madrugada roja de los deseos,
la que nos secuestró los presentes continuos
abandonándonos después a la intemperie.
Quedaban horas suficientes en el reloj
como para atrapar los trenes en estaciones imposibles.
Ahora ya no.
La niebla dura días
y dibuja figuras grotescas
en el cristal de tu ventana.
Alguien más joven pasa
y adivinamos su enigma
en la prisa que lo empuja,
en la ausencia que busca
y en el carmín encendido.
Hazte a un lado,
tu historia no es interminable,
ni siquiera tuya,
ni siquiera ahora.
Protégete,
las palomas acechan.
"NO TE ACERQUES"

Hoy ha salido a la calle con zapatos rojos.
Eso significa que está contenta.
Que tiene fe en la vida.
Llevaba una elegante cartera portadocumentos, el pelo recogido y mis pendientes preferidos, esos que simulan una lágrima de plata.
El café se me había quedado frío. He llegado demasiado pronto, temiendo perderme su salida. Los lunes madruga más que ningún día, porque dedica tiempo a recoger la casa, los periódicos del fin de semana, lo que selecciona para los contenedores de reciclaje … es la mañana de puesta en marcha del engranaje semanal, y ella se aplica con cuidado, minuciosa con las cosas más pequeñas y los detalles inverosímiles.
Al pasar junto al escaparate de la cafetería he tenido que encogerme en la silla para que no me descubriera, soy un investigador desastroso, un espía de cuarta sin encargo de nadie, porque desde que nuestra relación terminó sólo puedo observarla en la distancia, necesitado como estoy, como lo estaré siempre, de su presencia siquiera fugaz, del dibujo de su boca a contraluz.
Descubrí casualmente que vivía aquí al lado. Cuando rompimos cambió de domicilio y de número de teléfono, le perdí la pista, hasta que el destino se alió conmigo y una mañana mi moto se averió a unos metros del portal de su casa. Entré en la cafetería para llamar al seguro y en medio de todo la ví salir apresuradamente, mirando su reloj de pulsera y parando a un taxi. No fui capaz de contestarle a quien me estaba atendiendo, que colgó el teléfono sin que yo pudiera articular palabra, preso de una alucinación que se convirtió en realidad cuando frecuenté este entorno hasta constatar que Zoe vivía ahí, tan cerca otra vez, tan cerca.
Por eso los lunes he cambiado mi turno de trabajo, para poder contemplarla unos segundos a través de un cristal helado, lleno de huellas que no son las nuestras, y los viernes ceno aquí, un bocadillo de lomo con pimientos, cualquier día le diré al camarero que no me gusta el pan aceitoso, esperando verla salir con su bono de teatro palpitándole en el bolsillo y sus ojos innecesariamente maquillados.
Si supiera que estoy al acecho mandaría al Séptimo de Caballería, pediría una orden de alejamiento.
Cuando estábamos juntos no parecía importarle lo obsesivo que soy. Hasta le hacía gracia sorprenderme vigilando su sueño, respirando imperceptiblemente para no despertarla. Nunca protestó porque le llevase el desayuno a la cama, con tostadas, huevos revueltos, y una rosa roja, aunque sólo se bebiera el zumo de naranja y me repitiera, una mañana tras otra, que no le gustaban las rosas.
Cómo no iban a gustarle.
A todo el mundo le gustan las rosas rojas.
Pero ella se empeñaba en ser especial hasta en eso.
Reconozco que se me fue de las manos. La llamaba al trabajo constantemente, mis facturas de móvil eran astronómicas, llegué a esperarla sentado a oscuras en el rellano, no le pasaba los recados de amigas que querían quedar con ella, ni le decía que sus padres habían mandado un paquete con embutidos del pueblo. Después ella lo descubría, y yo me hacía el despistado, claro, y no podía evitar, aunque sí retrasar, que se fuera un fin de semana a ver a su familia, o que quedase a tomar algo con su pandilla de la Universidad.
La sorprendí haciendo la maleta porque me sentí indispuesto en el trabajo y volví a casa antes de lo previsto.
No daba crédito.
Si la había tratado como a una reina, si la había mimado como nunca nadie lo había hecho conmigo…
Dijo que llevaba tiempo queriendo decírmelo, pero yo aseguro no haber recibido información de su abandono, tenía la mirada húmeda y extraña de un lobo malherido, era una mujer diferente, y me pregunté en qué resquicio de tiempo había podido construirse así sin que yo lo percibiera.
En un desesperado intento de retenerla quise arrebatarle la maleta y ella perdió el equilibrio, quedó contra la pared, estática y asustada, por primera vez vi miedo en sus ojos.
Le dije que podía marcharse y lancé su maleta por las escaleras.
Después me duché con agua fria mucho rato, pasé la noche viendo concursos de televisión, esperando que amaneciera y que el nuevo día nos proporcionase la oportunidad de ver las cosas con más calma.
Pero Zoe había cogido unos días de vacaciones y no contestaba al teléfono.
El guardia de seguridad del edificio donde trabajaba llegó a prohibirme el paso.
Lo intenté todo hasta que un día fui yo quien recibió en el trabajo una visita del hermano de Zoe, que con testigos delante y mucha calma me exigió que dejase de molestar a su hermana o nos veríamos en los juzgados.
No soy ningún valiente y el dolor físico me da pavor, así que no tenté a la suerte hasta que mi moto se averió hace unos días y ya no pude hacer otra cosa, ya no pude.
Al verla hoy con los zapatos rojos, esos que sólo se ponía al principio de nuestra relación, he sospechado
que algo estaba cambiando. Algo que la reconcilia con la vida, que no la hace estar alerta, algo con lo que disfruta.
Es por eso que he intensificado mi labor de espionaje, que la sigo al trabajo y espero en los alrededores a que llegue la hora de salida, y entonces veo al tipo alto y moreno, el del abrigo largo, el que la fue a buscar el viernes pasado con cara de colega fiel, de compañero perfecto, y al menos no se besan, no se besan, pero se cogen del brazo y susurran cosas que no puedo escuchar, y entran en un restaurante y piden mesa para dos, y desde la calle veo que él le abre la silla para que Zoe se siente, y luego se sienta él, y le coge la mano sobre el mantel blanco, junto a la cesta de los panecillos.
Una rabia precipitada, ciega y sorda, me hace irrumpir en el restaurante y quedarme en un rincón de la barra desde el que ellos no pueden verme. Pido un botellín de cerveza de una marca concreta y me lo sirven junto a unas aceitunas verdes.
El tipo de rizos negros bien domados, con su jersey de cuello alto color crema, deposita junto al plato de Zoe un pequeño regalo, parece la cajita de una joyería. Ella la abre, sonríe y hasta se ruboriza un poco, se inclina sobre él y le besa en los labios.
Y yo no sé como he llegado hasta ellos con mi botella de cerveza en la mano, sin darme cuenta de que me miran perplejos, sin escucharlos, sin percibir nada más que mi rabia estrangulándome, por eso estrello el botellín contra la cabeza de él, que cae al suelo entre cristales, como un bobo de circo, y cuando voy a golpearla a ella con el trozo de botella que me queda, y la veo gritar, la veo con la boca abierta pero sin poder escucharla, es cuando puedo cerciorarme de mi error, no es Zoe, no es Zoe, ni siquiera se le parece…
Salgo corriendo del restaurante con la mano ensangrentada, algunas personas han tratado de retenerme dentro del local, pero me las he llevado por delante, dueño de una fuerza insospechable, la que proporciona el amor absoluto y desesperado.
Mientras me curo en casa aborreciendo mi actitud de pandillero violento, confío en que el destino vuelva a ponerme, esta vez de verdad, sobre la pista de sus zapatos rojos.
CARMEN CONDE

Esta maestra, narradora y poeta española vivió ochenta y nueve prolíficos años bajo el compromiso permanente con la educación y la palabra. Fue la primera académica de número en la Real Academia Española, pronunciando su discurso de entrada en 1979, este se tituló: "Poesía ante el tiempo y la inmortalidad". Junto con Antonio Oliver Belmás, su gran compañero de viaje, fundó en 1931 la primera Universidad Popular de Cartagena. Ambos crearon la revista "Presencia" auxiliados por el Patronato de Misiones Pedagógicas. Cada uno desarrolló su labor literaria por separado, al tiempo que publicaban de manera conjunta colaboraciones en revistas nacionales e hispanoamericanas. En 1934, Carmen Conde publica "Júbilos", con prólogo de Gabriela Mistral.
Al estallar la Guerra Civil Antonio Oliver se alista en el bando Republicano. No volverán a vivir juntos hasta 1945, en la Pensión Valls de la calle Goya en Madrid. Tras años de vivir escondidos y publicar bajo seudónimo, ella pasará a ser la asesora literaria de la Editorial Alhambra y escribirá algunas de sus obras más importantes como "Mujer sin Edén".
En 1956 la pareja gestiona la cesión al Ministerio de Educación Nacional del archivo de Rubén Darío, que se encontraba en poder de su última compañera, Francisca Sánchez.
El 28 de Julio de 1968 muere Antonio Oliver, tres años más tarde Carmen promociona la edición de las obras completas de su marido.
Cuando en 1987 recibe el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por "Canciones de nana y desvelo" ya luchaba contra el Alzheimer desde hacía tiempo.
En 1992 lega en su testamento la totalidad de su obra y la de su marido al Ayuntamiento de Cartagena.
José Luis Ferris ha publicado en Temas de Hoy: "Carmen Conde. Vida, pasión y verso de una escritora olvidada". Un libro más que recomendable para entender la vida, la lucha y la dedicación literaria de esta gran mujer, que como otras de su generación y debido a sus ideales, permanecieron arrinconadas en el recuerdo y despojadas de méritos.
Nunca es tarde para quitarse el sombrero.
He vuelto por el camino sin hierba.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.
(Carmen Conde)
NINO BRAVO

Luis Manuel Ferri LLopis, indudablemente y como muestran estos apellidos valenciano hasta la médula, falleció un día después de que naciese mi hermano.
Su nombre artístico era Nino Bravo. En casa, de pequeña, cuando la televisión era en blanco y negro y sólo tenía un canal y el UHF, mi padre decía que la voz de Luis Mariano y la de Nino Bravo eran de las mejores del mundo. Hoy sólo puedo corroborarlo, aún a fuerza de parecer algo carca, lo que es es lo que es y no hay más vueltas que darle. Independientemente de las épocas y los años transcurridos, la voz de Nino Bravo, te gusten o no sus canciones, su estilo, etc, hay que reconocerla como extraordinaria. De todas sus canciones las que más me gustan son: "Cartas amarillas" y "Esa será mi casa", prometo que se me pone carne de gallina.
Curiosamente trabajó en una joyería y llegó a ser pulidor de diamantes, compaginando su trabajo con su participación como vocalista en los grupos "Los Hispánicos" y después "Los Superson".
Después de varios descalabros que no le permitieron dar el salto definitivo al estrelllato, se encuentra con una canción de Augusto Algueró, rey de las composiciones para los mejores solistas de los años 60, que no lograba salir al mercado pese a grabarla Raphael, Carmen Sevilla (qué guapísima era de joven Carmen Sevilla!!) o Lola Flores. La canción se titulaba "Te quiero, te quiero", con la que el valenciano consiguió un éxito arrollador siendo elegida canción del verano. A esta le seguirían otros famosos títulos como "Noelia", "Perdona"o "Libre" entre otros.
La primera vez que participó en la selección para el Festival de Eurovisión, la Eurovisión de verdad, corría el año 1970, cantó "Esa será mi casa" y no consiguió pasar a una final que ganó Julio Iglesias con "Gwendolyne".
Se casó en secreto con Amparo Martínez Gil el 20 de Abril del 71, yo tenía un mes y nueve días y no sabía que con el tiempo iba a convertirme en una fan de la música de los años 60.
Su última actuación en Valencia fue el 14 de marzo de 1973 en plenas Fallas, donde canta por primera y única vez el himno del Valencia. En los Jardines de Neptuno en Granada expone por última vez su repertorio ante un público entregado.
La mañana del 16 de Abril de 1973 Nino Bravo era el mánager del Dúo Humo, con ellos y con su amigo personal y guitarrista José Juesas Francés, viaja de Valencia a Madrid para trabajar en los estudios de grabación. Estaba previsto realizar el viaje en avión, pero ahí juega su baza el destino y finalmente parten en el BMW 2800 recién comprado de Nino. Tras parar a almorzar y en una curva conocida por su peligrosidad, en el término municipal de Villarrubio, el coche se sale dando varias vueltas de campana. Nino Bravo, malherido, con las primeras curas de urgencia realizadas en Tarancón, es trasladado a Madrid, pero muere pocos kilómetros antes de llegar. Tenía 28 años.
En diciembre de 2007 se publicó en Valencia el libro titulado "De Manolito a Nino Bravo", escrito por Boro Aranda, en el que se cuenta la verdadera historia del origen y principio musical de Nino Bravo, en el primer grupo, Los Hispánicos, que formaron Manuel Ferri, Salvador Aranda y Félix Sánchez. Ediciones Generales de la Construcción. Valencia. 2007. ISBN 978-84-935157-7-3.
La figura de Nino Bravo reapareció con fuerza en el panorama musical de habla hispana en 1995, cuando se editó el álbum "50 Aniversario". En esta producción discográfica se realizaron, gracias a la técnica, duetos entre el desaparecido artista y cantantes de éxito actuales.
http://www.ninobravo.net/index2.htm (web oficial)
El caso es que se apagó su voz tan pronto, con tanto camino aún por delante y tantos discos por grabar, que sumado a su impresionante voz y trayectoria artística, lo catapultaron a la eternidad.
BURDEOS

Es un tiempo vacío
cuando nos usurpamos,
empeñados en ser cazadores de sombras,
ciudadanos europeos
con futuro europeo
y un coche por aparcar
en zona azul,
mientras los niños se construyen
sobre nuestras ruinas,
como auténticos príncipes
sin memoria.
Es piedra en pozo seco
tratar de no arrastrar cadenas invisibles,
pretender no ser de nadie,
fragmento de nadie,
papel mojado,
tímida luz de esperanza
cuando todos duermen
y la luna es la misma en todas partes.
Este empeño en vivir espalda contra espalda
desprovistos de una emoción siempre encendida,
nos hace huecos,
inverosímiles,
absurdos y huecos.
Porque el olvido
no garantiza la resurrección
ni reniega de los puntos cardinales.
Sólo es un pobre ciego
que agudiza el ingenio
cuando se siente acorralado.
Y tú me estás mirando
sin conocerme,
y tus ojos ya no se parecen a los que fueron
porque no lo son,
pero aún con todo,
a pesar de este tiempo que nos vacía,
queda intransitable
el camino que emprendimos.
Como una leyenda urbana.
Como ferrocarril de museo.
"EL LADRÓN DE ESPACIOS"

"Desgraciado este mundo
sin el riesgo de ser eternamente
esa historia imposible de un amor sin futuro"
(Luis Gª Montero)
La noche anterior a conocer a Vega yo me había acostado con su madre sin saber que tenía una hija de cuatro años a la que iba a descubrir, recién amanecido y semidesnudo, pintando con acuarelas en el suelo de baldosas blancas de su cocina.
Llevaba puesto un pijama muy grande, tenía el pelo largo y embarullado, de color miel.
Mientras yo procuraba descifrar mi alucinación ella, sin levantar la cabeza, me preguntó porqué me gustaba su madre. “No lo sé”, sentía sed, la voz sonaba cavernosa, las palabras pesaban ... “Pues cuando lo sepas me lo dices”.
“¡Vega, cariño, ven con mamá!” La voz de Mónica desde la cama nos ahorró el resto de las presentaciones. La niña salió de la cocina a toda velocidad y yo me quedé siguiendo su estela unos segundos, aturdido e incrédulo, maldiciendo los efectos de la resaca, peores e insoportables con el paso de los años, provocándome visiones de mujeres enanas que me preguntaban por su madre un domingo cualquiera a las seis de la mañana.
Pero logré despejarme lo suficiente –el agua fria hace milagros- para discernir la realidad de la ficción, y cuando volví a la habitación en busca de mi ropa las encontré abrazadas y dormidas, una maraña de melenas sueltas y piel lechosa sobre dos cuerpos menudos, uno más que otro, que respiraban al unísono.
Me sentí un intruso, un ladrón de espacios, y me fui de puntillas sin poder silenciar del todo mis pasos sobre el viejo parquet. Quería borrarme, desaparecer, convencido como estaba de no volver a pisar jamás esa casa ni reencontrarme con Mónica.
Una vez abajo, en el patio, busqué en los buzones para terminar de cerciorarme o por curiosidad: “3ºD: Mónica y Vega”. Sin más. La calle olía a calle regada y tenía luz perezosa de invierno. Me costó saber dónde me encontraba, hacia dónde continuar.
Normalmente los lunes comienza el resto de mi vida, sin jirones ni cabos sueltos, sin trampas de la memoria. Pero el carmín rojo de Mónica, que destacaba en un rostro desmaquillado y pecoso, su manera de bailar, sus manos de pianista y su intensidad no eran comunes ni se parecían a otras. Habíamos coincidido un par de noches en el mismo bar, ella siempre sola aunque conversando con mucha gente, yo siempre con amigos que no conversaban. Hasta que decidí aventurarme solo en su búsqueda. Y tuve suerte.
Ella, y el pijama de aquella niña de voz serena que era ella pero reducida, comenzaron a asediarme. Me sorprendían agazapados detrás del azucarero, en la boca del metro, al correr las cortinas de la ducha, y si hubiera sabido leer los posos del café allí las habría encontrado.
El deseo de volver a verlas se hizo inapelable. Intenté trazar un plan lógico y cuidado, pero el deseo es impulsivo y no entiende de estrategias, cuenta con un tiempo limitado y se salta todos los prólogos para pasar a la acción. Así que me ví deambulando de nuevo por calles estrechas que no conocen el viento, con un oso panda envuelto en celofán bajo el brazo y cara de susto por haber descubierto en mí a un hombre precipitado y absurdo al que de repente parecían gustarle los niños.
No conseguí dar con la casa, ya no era el mismo tipo que el de aquel domingo por la mañana, así que las referencias y coordenadas eran distintas, buscábamos con otros ojos.
El oso y yo regresamos a casa con el deseo hecho migajas y la sensación de plantón adolescente. Como ya no podíamos dar marcha atrás y no teníamos más remedio que encontrarlas pasé un par de veces por el bar dónde había conocido a Mónica, pero ni rastro, agudicé el oído para averiguar si hablaban de ella, pero nada de miguitas en el camino, ni una pista. Qué desastre de investigador privado.
La desilusión cansa, desinfla, más cuando se está acostumbrado a la inmediatez en los resultados, a la facilidad de las cosas planas, sin aristas ni flecos colgando.
Decidí tomármelo como un aviso, moverme sobre mi propio eje valorando lo que tenía alrededor y como conservarlo. Guardé mis obsesiones bien plegaditas en una diminuta caja de cerillas y retomé, una vez más pero con energías renovadas, mi relación con Alma. Una relación totalmente Guadiana, totalmente desencantados y desconocidos a veces, pero buscándonos al final, cuando espesa la noche y hay que pasarla en el bosque. Queríamos encontrar respuesta exacta y continuada a la pregunta de si estábamos juntos, así que aquel me pareció el mejor momento para no seguir escondiéndome.
Sacamos de los bolsillos viejos trucos, cartas marcadas, palabras manoseadas y empezamos sin un chavo a tratar de apostar por la hegemonía del nosotros.
Era un triple mortal con pirueta bien acolchado abajo, con bastantes posibilidades de éxito.
El tres de Marzo asistimos a la presentación de un libro escrito por una amiga de Alma. Me resistí a ir, se me congelaban las facciones solo de pensar en tanta sonrisa comprometida, en los grupitos de exalumnas y en la radiografía de presente con vistas al mar a la que iban a someterme. Finalmente me dejé convencer negociando el tiempo justo y necesario de mi permanencia en el evento.
Tras soportar tres cuartos de hora sobre el arte floral y sus posibilidades en la gran urbe me disponía a despedirme amablemente cuando la anfitriona se empeñó en que tomase con ellas un vinito dulce. Pasamos a la sala dónde estaba preparado el picoteo, varios camareros vestidos de negro con delantales blancos ultimaban detalles, y al fondo se había improvisado una pequeña barra para servir las bebidas. Cuando llegó mi turno y quise pedir una copa de vino me encontré frente a ella, la bartman más guapa que he visto en mi vida. Mónica se manejaba como pez en el agua, con hielo, sin hielo, qué desea el señor, de eso no tenemos, puede servirse usted mismo el cóctel de champán... Ante mi pasividad otras personas me habían rebasado colocándose delante, como si fuese un hombre de paja que estorba en medio del gentío. Era ella, era su pliegue en la barbilla yendo y viniendo, su sonrisa generosa y optimista, sus caderas breves. Imposible olvidar ese cuerpo cuando se ha tenido tan cerca.
Y entonces quise estar en su casa, paralizar la secuencia y echar a todo el mundo a la calle, renegar de mis promesas, ganar el tiempo, recuperar todo el tiempo para pasarlo con ella y que sólo a mí me sirviera una copa de la que bebiésemos los dos. Descubrirla poco a poco y amarla.
Pero me dí perfecta cuenta de que ni siquiera me había reconocido. Reparar en mí sí que lo había hecho, ningún otro gilipollas estaba clavado frente a la barra, respirándola sin quitarle ojo, calculando la distancia exacta entre su abdomen y el mío.
-“¿Desea alguna cosa, caballero?”
Deseo, había dicho deseo , lo había despertado, al dragón de siete cabezas que todo lo arrasa. Oí el gong en algún rincón de mi cabeza, de verdad que oí la señal de advertencia. Hubiera sido tan sencillo coger mi bebida y darme media vuelta ... me esperaban junto a la cama las confortables zapatillas de lo previsible, los días que comienzan seguros de sí mismos ...
-“¿Cómo está Vega?”- Ya era demasiado tarde para huir.
Ella entonces horadó mis pupilas frunciendo levemente el ceño:
-“¿Nos conocemos?”
-“Pues muy poco, la verdad, apenas nada...”
Alguien me tocó en el hombro y yo me deshice de ese gesto como si ardiera, no me volví, no quería perderla de vista ni un instante. Escuché a mi lado la voz de Alma, distorsionada, afilada, externa a mi burbuja: -“¿Qué haces aquí Daniel? Vente con nosotras”.
-“Déjame tranquilo, no voy a ninguna parte”.
No debía entender nada porque ni la miraba. Necesitaba urgentemente que se fuera, que desapareciera, otra ladrona de espacios.
-“¿Cómo dices?”
Trató de meter su cuerpo elevado sobre finísimos tacones entre Mónica y yo, no pude permitirlo.
-“¡Que te vayas hostia!, Ahora no puedo hablar contigo!”
Le grité a dos centímetros de su cara, pero sin perder de vista a Mónica, que recogía copas vacías, intrigada, también sin dejar de mirarme.
Alma se fue emitiendo un sonido gutural extraño, similar a un gruñido.
Entonces ella vino hacia mí y me abordó sin rodeos:
_”Dime quién eres y de qué me conoces”
La gente iba saliendo y nos empujaba levemente:
-“ Soy Daniel, hace un par de meses, en “El Arenal”, no querías estar sola porque te deprime el invierno ...” No fui capaz de sostenerle la mirada, tan avergonzado como estaba de que no me reconociese después de haberla añorado tanto ...
“¡Claro!- su mano derecha apretó un instante mi brazo- el chico de los ojos vagabundos, perdona cielo, es que soy muy despistada ... Si quieres esperarme en el bar de en frente y nos tomamos un café ... Termino enseguida”
Esperé a que se hubiera marchado todo el mundo y salí a la calle. El bar era un derroche total de tapicería roja cabaret de los años 20, sin ventanas al exterior, sólo un amplio escaparate haciendo esquina. Me senté ante una mesa redonda muy pequeña, metida en el hueco de la escalera. Mónica apareció a los cinco minutos, conservando el moño tirante de bailarina clásica, su vestuario de trabajo había sido sustituido por un amplio pantalón de pana y un jersey corto de cuello vuelto. Lucía un pequeño brillante en el ombligo. Pidió un whisky con hielo e hizo girar el vaso despacio, para que chocaran los cubitos.
Esperé a que hablara ella porque me había quedado extenuado y no sabía muy bien qué decirle.
-“Jolín chico que día tan tremendo, ha sido una sorpresa encontrarte ahí dentro, no sabía que te movías en círculos tan selectos ...”
Sonreía y todo dejaba de ser complicado, uno encontraba en el dibujo de esos labios impulso y oxígeno.
-“Yo no iba a venir ¿sabes Mónica? No iba a hacerlo, pero cambié de opinión y gracias a eso hemos vuelto a coincidir, te tengo delante y me cuesta creerlo ...”
Dejó un instante el vaso y me miró detenidamente, como si me viese por primera vez:
-“No te pongas tan serio que me das miedo ... te veo dispuesto a decirme que me has echado de menos.”
Los dos nos reímos por desdramatizar, y porque sobraban las palabras. Fue anocheciendo sin que nos importara demasiado, ella pidió dos whiskys más, yo dos cafés, esta vez necesitaba estar bien despierto. Resultó acogedora la intimidad de aquélla mesa en penumbra, en ese local que nos separaba de la realidad, los semáforos rojos y las cerraduras que siempre esperan nuestra llave. Hablamos de todo un poco sin profundizar demasiado, ya había intuido que Mónica detestaba lo trascendental. El trabajo que desempeñaba era eventual, estaba sustituyendo a una amiga: “Yo sólo trabajo cuando no me queda más remedio, no puedo con la disciplina, qué quieres que te diga, necesito ser dueña de mi tiempo, vivirlo ... Pero Vega se muere por unos patines, aunque no me los pida, he visto como mira en el parque a los niños que los llevan, así que si tengo que estar unos días limpiando huellas y babas de pijos, tratándolos como si les debiera mi existencia, pues estoy, que bien lo vale un deseo cumplido ¿o no?”
No me preguntaba. No me lo estaba contando a mí, el wisky había bajado el tono de su voz y tenía la mirada perdida en algún punto al final del establecimiento. De repente parecía cansada y su rostro había perdido la frescura infantil, la sonrisa arco-iris.
“¿Vivís solas las dos?” al pronunciarla me dí cuenta de la inutilidad de mi pregunta.
-“¡Qué va! Somos una comuna, en cada habitación tengo un amante y mi marido es el chulo que regenta el negocio. La niña es alquilada”
Se rió a carcajadas ocultando la cabeza entre los brazos, que al apoyarlos de golpe sobre la mesa movieron bruscamente la vajilla. Cuando levantó la cara había vuelto a ser ella misma:
-“Perdona Daniel, pero no querrás que te cuente mi vida la segunda vez que te veo ¿no?, esa información tendrás que ganártela ... anda guapo, paga tú y vámonos a casa que te invito a cenar.”
Tiró la silla al levantarse y no se detuvo a recogerla, se colocó en bandolera su petate negro y salió sin esperarme.
Pagué, claro. Y la seguí, qué otra cosa podía hacer. El chico de los ojos vagabundos se había quedado sin destino.
Me pareció imposible que estuviéramos tan cerca de su casa. Varias callejuelas estrechas desembocaron en su portal; ella había ído cantando todo el trayecto y siguió haciéndolo mientras subíamos las escaleras, al llegar al rellano anterior al de su piso silbó como un pastor: “Es una contraseña –dijo divertida guiñándome un ojo- significa que vengo acompañada”. La puerta se abrió como por arte de magia, sola.
“Sal de ahí detrás Vega, y espero que no vayas descalza”. Mónica se iba quitando la ropa pasillo adelante sin preocuparse donde caía. Yo esperé a que Vega saliera del pequeño hueco tras la puerta y me sorprendió verla con el mismo pijama del primer dia, descalza, escrutándome con su rostro de mujer decidida. “¿Ya lo sabes?” –de fondo se oía la ducha- “¿Qué tengo que saber?” La hubiera cogido en brazos, pero sé que le habría molestado. “Por qué te gusta mi madre”.
“Porque es diferente y porque cuando no estoy con ella la echo de menos”.
Lo dije sin pensar, de carrerilla, como si las palabras, de manera autónoma, se ordenasen para la ocasión.
“A mí también me pasa”. Cerró la puerta y se fue corriendo. Volvió al cabo de un instante, calzada con zapatillas de cuadros, como las de los abuelos. Sobre el pijama una chaqueta rosa de chandall.
-“Mañana cumplo cinco años ¿me regalarás algo?”
No me dio tiempo a contestar porque Mónica irrumpió en el salón envuelta en una toalla azul, metía sus largos dedos de pianista entre el pelo, ahuecándolo:
-“No le hagas ni caso, los cumple el día que empieza el verano. No sé que manía tiene con mentir sobre su cumpleaños, Vega, te lo he dicho mil veces ...”
La niña hizo un mohín de tristeza hundiendo la barbilla en el pecho, se convirtió en un ovillo sentado en una esquina del sofá.
-“Será que quiere celebrarlo todos los días”- dije yo tratando de mediar.
-“Los cumpleaños son lo mejor del mundo”- contestó la niña ensimismada, después, como volviendo de un estado de hipnosis se acercó a su madre y le acarició el brazo: “¿Me vas a dejar dormir contigo? Me lo prometiste esta mañana y tú dices que las promesas son sagradas ...”
Mónica dejó de zarandear su melena. Tenía los hombros sembrados de gotitas de agua, la piel tan blanca, los trazos de su cuerpo tan finos ... Me pareció absoluta y simplemente bella. Se arrodilló para ponerse a la altura de su hija, mirándose en el espejo de esa niña que ya nunca sería ella. Le separó varios mechones de pelo que le caían sobre los ojos, y cuando habló, la voz le temblaba un poco: “Voy a dormir contigo siempre, Vega, siempre, aunque no esté contigo ...”
-“¿Pero hoy?”
-“Hoy también, hoy más que nunca. Métete ya a la cama que enseguida voy “.
-“¿Y él?”
Yo me sentía ajeno, como si estuviese contemplando la secuencia a través del televisor. Vega preguntaba por mí sin mirarme, Mónica sólo la miraba y hablaba para ella. De nuevo el ladrón de espacios. Hubiera querido borrarme, hacer un viaje astral, desaparecer. Pero al mismo tiempo me resultaba irresistible permanecer, presenciarlas, estar junto a esos dos seres anacrónicos, especiales, mágicos. Porque para mí lo eran, lo fueron siempre, no conocí a nadie con quien poder compararlas, a nadie de su especie en extinción.
-“Él se va a quedar con nosotras un tiempo ¿verdad?”
No recuerdo si llegué a contestar. El caso es que me quedé a vivir dos años, desde esa misma noche, sin una sola explicación a nadie, tampoco la tenía articulada, ¿qué tipo de explicación iba a dar?. Recogí mis cosas de casa de mis padres, envié a Alma una carta difusa, inconexa, breve e insuficiente y me convertí en cautivo de la isla. Se trataba de quererlas, porque sentía que ya no podía hacer otra cosa. No sé que tipo de seducción provocaron en mí, cual fue el hechizo. Pero lo hubo. Porque el amor se hacía a veces tan intenso, tan evidente y descarnado, que dolía. Sobre todo cuando Mónica me lo ponía difícil, y desaparecía de casa un par de días, y sólo llamaba a la niña, y la niña se convertía en sordomuda y ciega, y además de no soltar prenda no nombraba a su madre para nada. Luego Mónica volvía, destrozada y borracha, y después de estar durmiendo otro par de días amanecíamos en primavera y comíamos en el parque, de picnic, y la niña faltaba sin discusión al colegio después de todo lo que me había costado que la matriculase.
Era como vivir a lomos de una montaña rusa que nunca se detiene. Yo me hice adicto a esa intensidad. Veía crecer a una niña que al mismo tiempo de parecer saberlo todo, la niña vieja, se emocionaba con todo. Estaba acostumbrada a vivir sola, y aún con eso era disciplinada, metódica, y sólo ella conocía el orden exacto de las cosas dentro de la casa. Desconozco como había sobrevivido hasta entonces, cuando todavía era más chiquita, quizás su padre estaba con ellas, quizás Mónica estaba mejor y comprendía que quererla no era solamente que ella lo supiera creciendo como la hiedra, agarrada a la pared. La casa no tenía huellas de pasado, y ante mis preguntas sólo encontré silencio y miradas de advertencia. En el presente que a mí me tocó, cuando me dejaban ser nosotros, nos reíamos mucho, veíamos películas de Chaplin y de Ava Gardner, que le encantaba a Mónica y decía que quería reencarnarse en ella, los veranos nos bañábamos en el río y pescábamos con una caña artesanal, o lo pretendíamos, porque nunca picó ni un solo pez. Los domingos de lluvia tostábamos en la sartén estrellitas de sopa para hacernos collares, Mónica nos enseñó a tejer bufandas, conocía perfectamente la técnica, aunque nunca tuviera paciencia para terminar ninguna, Vega nos enseñó mil trucos para mezclar los colores de las acuarelas sin que quedasen aguados, y yo me dediqué a contemplarlas, y les hice fotos: dormidas, despiertas, bostezando, comiendo krispies, atándose el zapato, eligiendo ropa, patinando, abrazadas, lejanas, cercanas y juntas, que colgué por todos los rincones de la casa. Cuando las nubes negras del cielo de Mónica se iban de vacaciones la vida prometía, pero se olvidaba enseguida de que las promesas son sagradas. Si ella estaba tranquila, la niña olvidaba su casi permanente y apenas perceptible estado de alerta, se dormía pronto, sin dejar encendida la luz del pasillo ni colocar una silla tras la puerta de entrada, para que, en caso de abrirla su madre a horas intempestivas, la despertase el ruido.
Nos llevábamos bien Vega y yo, teníamos disposición de aprendizaje mutuo y cuando se quiere por ambas partes nada resulta complicado. Nos acostumbramos el uno al otro, a que me confundieran con su padre cuando la llevaba al pediatra o iba a buscarla al colegio, a tener una ayudante en mi cuarto de revelado, a cenar pizza requemada dado mi poco arte culinario, a amaestrar un gato vagabundo sin que lo supiera su madre, a reirnos juntos de las mismas cosas ... Se enfadaba pocas veces, y cuando lo hacía echaba fuera un torrente incontenible de palabras custodiadas, de lágrimas detenidas, con una fuerza impresionante para una niña de su edad. Después quedaba tan extenuada que siempre podíamos volver a empezar, reencontrarnos.
Lo mejor fue que ya nunca más quería estar sola, tener sola el miedo de la noche que avanza y se oyen pasos en la escalera, el miedo de las cosas que no se comprenden y surcan el aire como avispas zumbonas, provocando más miedo.
La llevaba de la mano cuando nos topamos con Alma a la salida de un supermercado. Es que Alma vivía tan cerca de allí ... Ya no lo recordaba. Me miró con una ternura que le agradeceré siempre. Hablamos de todo un poco, sin rencores, le presenté a Vega, y ella siempre tan habladora, tan queriendo parecer madura, sólo le dedicó una sonrisa húmeda como su mirada. Por primera vez me pareció frágil.
“Oye Daniel –me dijo por el camino, sin venir a cuento- yo ya no quiero estar sola”.
Se había percatado al instante, mucho antes que yo, de lo que iba a suponer aquel encuentro, porque empecé a sentir nostalgia, que es el epílogo de cualquier relación que sólo tiene presente. Se me quedó el deseo arruinado entre los dedos, entre los pliegues de ninguna esperanza porque las cosas con Mónica cambiaran, y fuesen estables, y sencillas. De no haber sido por Vega me hubiera ído de allí tal y como llegué, sin más, el trópico satura, cansa, aunque se recuerde siempre, inevitablemente.
Quedaban ya muy pocos días despejados, y traté de aprovechar uno de ellos para despedirme de Mónica. Madrugaba mucho y hacía ejercicio en el salón, viendo al mismo tiempo los dibujos que le gustaban a Vega, con ellos recuperaba una risa inmarchitable que yo no llegué a conocer. Se había preparado un vaso de leche tibia con coñac y yo quise ponerme solemne, había memorizado un pequeño discurso ... “No te apures Daniel, se acabó nuestro tiempo, márchate cuando quieras...”
Yo me había imaginado la secuencia de otra manera, sin estiramientos ni el Coyote corriendo con un cartucho de dinamita en la mano tras el Correcaminos, sin parecer que no pasaba nada, que todo seguía, sin pisarme mi pequeño papel de abandonador.
Por eso me salió por la boca una especie de rabia y de derecho: “Me gustaría seguir viendo a Vega”. Apagó la tele y terminó de un trago su desayuno: “Claro, por eso no hay problema, ella tampoco querrá prescindir de ti”. La miré detenidamente por última vez mientras en algún lugar de la casa un reloj daba tímidamente las ocho de la mañana, hubiera querido besarla y retroceder, besarla y arrepentirme, besarla y recuperar el duende.
Pero hay pocos, y están pluriempleados.
Una voz adormecida llamó a su madre para ir al Colegio cuando yo cerraba la puerta.
Cumplió Mónica mucho más allá de lo convenido. Un fin de semana sí y otro también, gran parte de las vacaciones, las pasaba Vega con Alma y conmigo, o la niña me llamaba cuando el cielo se encapotaba como si fuera a estallar. Me había comprometido con su soledad, y al fin y al cabo se trataba de necesitarla, de necesitarnos mutuamente. No hizo falta explicárselo a Alma.
Sin avisar ni encomendarse a nadie Mónica decidió cambiar de residencia, emprender viaje sin rumbo fijo un día antes del noveno cumpleaños de Vega.
El piso, del que yo todavía conservaba llaves, se quedó pelado, como si nunca antes hubiera tenido quien lo poblase. Sólo dejaron colgadas, en el mismo lugar, las fotos que les hice.
Traté de buscarlas, pero la desesperación es el desagüe atascado de una fregadera.
De vez en cuando me llegaban cartas de líneas curvas, con la letra de Vega que enmudecía ante lo trascendente y sólo hablaba de arena suelta, peces y mar. Sin remite, con esos matasellos emborronados, y la tristeza colándose en mi buzón.
Hasta ayer. Porque hoy Vega cumple once años y ayer recibí una invitación para su fiesta “si tú no vienes no hay fiesta” escribió a lo ancho del sobre. Y conozco el sitio, viví dos años –en realidad la cronología del tiempo es lo de menos- en ese lugar.
¿Qué se le regala a una niña de once años? Con Vega no es difícil, le gustan tantas cosas ... He pensado en una gran caja de acuarelas, con sus correspondientes cuadernillos, para que no vuelva a tentarle el suelo de baldosas blancas de su cocina.
SERRAT, HAZME UN FAVOR. NO TE MUERAS NUNCA

Serrat iniciará en Elche su homenaje a Miguel Hernández
La imagen de la ciudad estará presente en la gira internacional del cantautor.
El cantautor Joan Manuel Serrat ha escogido Elche para iniciar su particular homenaje a Miguel Hernández, con motivo de la celebración este año del centenario de su nacimiento. Así pues, su gira internacional ‘Hijo de la Luz y de la Sombra', dedicada al poeta, arrancará en nuestra ciudad el próximo 27 de marzo.
El evento ha sido presentado este jueves, 21 de enero, en la Feria Internacional de Turismo (FITUR), que se está celebrando estos días en Madrid. El propio cantautor, junto al primer edil ilicitano, Alejandro Soler, han sido los encargados de presentar el espectáculo.
Según han explicado, Elche será el colaborador oficial en la gira de Serrat, de modo que la imagen de la ciudad estará en todos los conciertos y en cada uno de los elementos oficiales de ‘Hijo de la Luz y de la Sombra'.
La vinculación de Serrat con Miguel Hernández comienza en el año 1972, cuando grabó un primer disco musicalizando poemas hernandianos, tales como ‘Nanas de la cebolla', ‘Elegía a Ramón Sijé', ‘Llegó con tres heridas' o ‘Para la libertad', entre otros temas, que han recorrido el mundo convirtiendo la música de este cantautor en uno de los vehículos de transmisión de la obra de Miguel Hernández más importantes a nivel internacional.
Sobre el nuevo disco, Joan Manuel Serrat ha confesado que ‘me quedaría con la satisfacción de impulsar la poesía intemporal de un hombre que era un poeta pobre que llega a escribir como un poeta rico; es una poesía que la tomas ahora y sigue tan rica, tan fresca y tan actual como pudo serlo en su momento'. El cantautor ha destacado, además, que ‘con mi trabajo abro las puertas a que la gente profundice en la obra del poeta'.
Por su parte, el alcalde ha asegurado que ‘es un orgullo para nosotros que Serrat comience la gira en nuestra ciudad. En Elche vive su familia, aquí está su legado y nuestra intención es seguir difundiendo la obra de Miguel Hernández en un año plagado de actividades culturales entorno al poeta'.
Publicado por Infoelche digital
CAROL

Patricia Highsmith (1921-1995) escribió de un tirón el argumento de esta novela tras vivir una anécdota laboral en los grandes almacenes en los que estaba trabajando.
Había publicado ya su primera novela "Extraños en un tren", llevada al cine por Hitchcock, y todavía desconocía que se convertiría en una de las escritoras más originales y perturbadoras de la narrativa contemporánea, más allá de cualquier etiqueta de género y pese a ser mundialmente reconocida por sus tramas de suspense.
Graham Greene dijo sobre ella: "Uno no cesa de releerla. Ha creado un mundo original, cerrado, irracional, opresivo, donde no penetramos sino con un sentimiento personal de peligro y casi a pesar nuestro, pues tenemos enfrente un placer mezclado con escalofrío".
"Carol" es por fin mi primera lectura perteneciente a la obra de Highsmith. Digo por fin porque, no sé si por haberme empapado en mi adolescencia de todas las novelas de Ágatha Christie, o porque tanto personaje psicopático moviendose entre el bien y el mal no me seducen a la hora de sentarme a leer,el caso es que iba dejando para mejor ocasión el deber de concerla. Elegí "Carol" porque me pareció lo que es, diferente, una historia de amor entre mujeres en los Estados Unidos de los cincuenta, ahí es nada. Para Highsmith la idea de felicidad está indisolublemente unida a la de peligro, en eso estamos de acuerdo.
Nada mejor para romper con los tópicos y las etiquetas que empaparse de ellas, "Carol" tiene una estructura magistral, escrita en 1948 es una novela capaz de convencer y conmover a lectores de todos los tiempos. Esa es la grandeza de un buen argumento.
La publicó bajo el seudónimo de Claire Morgan, con un título inicial de "El precio de la sal". Treinta años después el texto se reimprime con el título actual achacando su creación a Patricia Highsmith, que explica en el epílogo las comprensibles razones del anonimato y manifiesta: "Me alegra pensar que este libro le dio a miles de personas solitarias y asustadas algo en que apoyarse".
Como para no leerla
