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CENTENARIO DE ILDEFONSO MANUEL GIL

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Un niño que juega a construir diccionarios tiene bastantes posibilidades de convertirse en un genio.  Fue lo que le ocurrió a Ildefonso Manuel Gil (Paniza, Zaragoza, 1912/ Zaragoza 2003).  Se definió a sí mismo como "hombre del 36", destacado republicano fue encarcelado en Teruel durante la guerra y condenado a muerte.  El relato de todas esas vivencias lo podemos encontrar en "Concierto al atardecer" (DGA,1992).

Narrador, ensayista, traductor, principalmente poeta, influído por el cine y la generación del 27 el licenciado en Derecho y miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española pudo regresar durante la transición, instalarse en Zaragoza y dirigir la Institución Fernando el Católico.  La conciencia social de su generación se vuelca en la sencillez de sus poemas como homenaje a la memoria: ""Poemas de dolor antiguo" (1945), "El corazón en los labios" (1947). En ellos la necesidad de contar desde un estilo juanramoniano, lírico, vulnerable, directo abren la etapa de mayor poesía existencial del autor.

Su obra va evolucionando sin abandonar nunca los juegos de la memoria, considerándose como trascendental en su camino literario: "Poemas del tiempo y del poema" (1973).  Desde el año 2000 van apareciendo sus libros de memorias "Un caballilto de cartón" (1996), "Vivos, muertos y otras apariciones" (2000)

Hombre familiar, entrañable y de grandes y largas amistades tenía en su casa de Zaragoza enmarcada una carta de Juan Ramón Jiménez, con quien matuvo estrecha relación.  No sólo le apasionó la literatura y la cultura en general, sino la propia vida, cómo se podía leer a través de aquellos ojos tan expresivos de testigo de la guerra.

Hubiese cumplido cien años sin abandonar su empeño de escribir, formar tertulias literarias, traducir...  Cuando alguien fallece se borra una manera irrepetible de hacer las cosas, ese es el hueco, la ausencia.

Con Miguel Labordeta (él e Ildefonso se consideran los poetas aragoneses más importantes del siglo XX) y su hermano Jose Antonio estará ideando proyectos nuevos.

23/01/2012 12:12 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"PODRÍA LLAMARTE VIERNES"

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"Pero existen lugares intermedios,

pasados y presentes con luz de porvenir"

(Versos de "El deseo", Luis García Montero)

Cuando Leo llegó a casa terminaba el invierno, y el sol pugnaba por abrigar rincones y calentar los aleros donde se posaban los pájaros.

No quiso fijar la vista en otra cosa que no fuera la oveja de peluche ennegrecida que traía bajo el brazo.

Nico le propuso ir a jugar a su cuarto, pero Leo negó con la cabeza.

Valle le cogió las manos, quiso desplegar su arsenal asistencialista preparándole una suculenta merienda que el niño no probó.

Sólo Bola consiguió conquistarlo, nuestra perra labrador que ni siquiera se levantó a olisquearlo como solía hacer con los extraños que atravesaban la puerta de casa. Bola dormitaba bajo la mesa con los ojos entrecerrados, mostrándose indiferente al mundo humano, y Leo se arrodilló junto a ella, acariciándola tan despacio como si fuera de nieve, a punto de deshacerse, y poco a poco terminó acurrucado junto a ella, la cabeza apoyada en su lomo, y por primera vez, tímidamente, mi sobrino sonrió.

Tenía séis años, las ojeras y las manos de un hombre cansado.

Su madre acababa de morir y su padre nunca supimos quien era.

Así entendía mi hermana Zara la vida de un alma libre, sin ataduras ni convencionalismos, pese a ser madre de una criatura con necesidades, horarios y deseos, como todas.

Cuando se desmoronaban sus cielos de papel me traía al niño desprendiéndose de él como si le hubiesen salido espinas, desorientada y convulsa, con una bolsa de plástico en la que había metido a toda prisa un puñado de pañales y una lata de leche en polvo. Volvía días después convertida en otra persona, dispuesta a serlo, trayendo un muñeco enorme para su hijo al que cubría de besos y se llevaba cantándole bajito sin despedirse de nadie.

Una de esas veces, mis niños también pequeños, yo trabajando, Héctor ayudando lo justo... le dije que no me lo quedaba, sus ojos brillaron en medio del rellano y de su crisis, se hizo un silencio sólo roto por sus movimientos precipitados y esa tos repetitiva y nerviosa, "no puedo hacerme cargo de él, ahora no, ya lo sabes..." trató de justificarse y yo la interrumpí alegando que el niño no era una maleta que se arrastra de acá para allá dependiendo del talante de su dueña, y que me cansaba de estar disponible cuando ella decidía que debía estarlo... según hablaba me iba sintiendo mal, pero no era capaz de retroceder, porque nos encariñábamos con el crío y no era nuestro, o sí que lo era pero sólo a medias y en circunstancias extremas, no era nuestro, no era suyo, no era de nadie, y mis hijos lo miraban como a un ser errante que venía, jugaba con ellos, compartía su cuarto, sus dibujos de la tele, sus cosas, y luego desaparecía sin más.

Volvió a atar al niño en la silla y sin esperar al ascensor lo cargó en brazos y salió escaleras abajo llamándome de todo.

No pude dormir esa noche y tan apenas las siguientes, no conseguí localizarla, hasta Héctor estuvo buscándola de madrugada en los lugares que solía frecuentar, pero ni rastro.

Cenábamos los cuatro en la cocina, Nico sin parar de hablar sobre la excursión del dia siguiente, sobre fútbol, las pirámides de Egipto, cualquiera de sus descubrimientos, Valle mareando la sopa con la cuchara, Héctor tratando de escuchar las noticias, cuando sonó el timbre, un pitido largo e intenso, de único aviso. Héctor y yo nos miramos leyéndonos el pensamiento al instante, pero cuando abrimos, frente a la puerta ya sólo estaba Leo dormido en su sillita, con aspecto de haber sobrevivido a un terremoto, el pelo enmarañado y sucio, sin zapatos, tapado con un abrigo varias veces más grande que él mismo.

"¿Está muerto?" preguntó Valle temblorosa, y pensé que no era ningún disparate lo que la niña imaginaba, porque la vida en los balancines no tiene techo y la inseguridad salta sin miedo sobre los arrecifes, hasta ahogarse.

Me informé, quise quedármelo, hablé con Zara y se lo puse muy fácil, siempre le hablaría de ella, podría verlo cuando quisiera, en casa dispondría de su propia habitación y si con el tiempo las cosas cambiaban volverían a estar juntos.

Se empecinó en mirar la calle a través del escaparate de la cafetería en la que nos encontrábamos.

"Quieres quitarme lo único por lo que merece la pena vivir... antes muerta" susurró despacio, como para sí, se terminó el café y se marchó dejándome entre papeles, dueña y señora de un discurso vano ensayado muchas veces.

Probé a través de Saúl, una de las primeras parejas de mi hermana, un tipo bohemio, encantador, con quien siempre resultó fácil dialogar. Sé que en todas sus situaciones límite Zara lo buscaba a él antes que a mí, la había sacado de varios atolladeros y seguían manteniendo relación. Durante un tiempo quise pensar que Saúl era el padre de Leo, algo improbable, puesto que en caso de ser cierta mi sospecha todo hubiera resultado mucho más sencillo.

El niño lo adoraba, nunca le he vuelto a ver abrazar a nadie como abrazaba a Saúl.

Lo encontré enfrascado en pintar unos murales para la inauguración de una galería de arte, aún así se limpió las manos en un trapo empapado en aguarrás y me invitó a sentarme en unas banquetas altas, de barra de bar.

Sonrió con tristeza ante mi exposición.

"Poco puedo hacer Olivia... Zara ya sólo me utiliza desesperadamente cuando me dejo, que es la mayoría de las veces que me chantajea con Leo... la noto tan inestable, tan asustada... he tratado de hablar con ella cientos de veces, créeme, pero se cierra en banda, empeñada en saltar sobre la vida sin red, saqueándola a la fuerza..."

Me dijo que le diera tiempo, que esperase, que todo podía cambiar. Era un tipo confiado.

Cuando llamó mi padre hecho un mar de lágrimas para anunciarme el fatal accidente no sentí nada. Ni angustia. Vacío. Nada.

Poco a poco su ausencia se fue convirtiendo en una sima gigante a la que procuraba no asomarme. Luego llegaron esos deseos que hay que cuidar, atar en corto, porque pueden cumplirse, servicios sociales, lo más adecuado para el niño, una tía que trabajaba dentro de casa, unos primos de su edad, una economía estable.

Héctor no abrió la boca, sabía que de nada iba a servirle.

Y llegó Leo como un satélite que de repente se instala en tu salón, cobijado en la perra caliente, sin saber exactamente cómo ocurren las cosas, pero comprendiéndolas, intuyendo que todo iba a cambiar, para siempre.

Saúl venía a verlo mensualmente, le traía chocolatinas, un balón de fútbol, material de pintura, el niño hacía caso omiso de los regalos, se ponía el abrigo y lo cogía de la mano para salir a pasear; no sé de qué hablaban, cómo se comportaban, pero el niño volvía relajado y risueño, dispuesto a jugar con sus primos sin mirarlos como a aves rapaces.

Un año después de que Leo viniera a vivir con nosotros Saúl cambió de residencia, se marchó a Bélgica, desde donde le escribía cartas que llegaban en preciosos sobres ilustrados que el niño nunca quiso abrir. La caja que contenía todas esas cartas fue una de las muchas cosas que Leo quemó al cumplir los dieciocho.

Mientras tanto fue un niño apático e introvertido que comía, se duchaba, recogía su cuarto y participaba en actividades cuando se le pedía expresamente. No encajaba con los amigos de Nico, aunque se llevasen apenas dos años, ni se abría con Valle, por mucho que esta, con gran capacidad de persuasión, lo intentase.

Héctor solía decir que teníamos un huésped, o un okupa, que cualquier día aparecería con aros en la nariz y el pelo naranja.

No llegó a tanto.

En el Colegio iba aprobando con apuros, sin esforzarse demasiado, decían que parecía encerrado en su propio mundo, varios psicólogos trataron de entrar en ese hábitat particular sin conseguirlo.

Yo solía mirarlo cuando dormía, un niño de rasgos adultos, bien definidos, pestañas espesas y un hoyuelo en la barbilla, que dormía despreocupadamente como todos los niños, cruzado en la cama, sin prisas, sin temores, sin rabia.

Y era entonces más que nunca cuando recordaba a Zara, nuestros juegos de niñas pequeñas, tan seguidas, tan diferentes, la voz de mi madre: "Tienes que cuidar a tu hermana, aunque sea la mayor necesita de tu protección"

Y por fin podía llorar en silencio, replegada en el rincón más oscuro de la habitación de Leo.

Los veranos lo mandaba de campamentos con Nico, le gustaba el monte, el contacto con la naturaleza, a la vuelta mi hijo me contaba que cuando todos se sentaban a descansar Leo seguía caminando, queriendo conquistar la cima con los más avanzados, sin entretenerse en hacer bromas con sus compañeros o distrayéndose con el paisaje, concediendo un rigor excesivo a un momento de ocio, a la convivencia en grupo.

Sí, la sensación era de tomarse la vida de manera disciplinaria.

Contaba poco, no se cerraba en banda, pero respondía con frases escuetas, o pasándoles la pelota a sus primos.

Abandoné la observación metódica sobre mi sobrino cuando Héctor me pidió el divorcio.

Desde ese mismo instante me pareció una rata que había vivido plácidamente en su cloaca al margen de lo que se cocía en casa, por encima de mis monólogos sobre el futuro de los niños y las preocupaciones diarias, lejos de la cotidianidad de un hogar, sin empaparse de emociones.

Un tipo extraño, al fin y al cabo, que siempre desconfió de Leo y en alguna ocasión sintió celos de su propio hijo, tratando a Valle sin embargo como a la princesita que no le convenía ser.

Sin dramas. Le miré a la cara y me pareció tan repulsivo que no invertí tiempo en explicaciones ni quise escuchar las suyas, aún a sabiendas de que nos dejaba por la hija de unos amigos, pocos años mayor que Valle.

Volvimos a reconstruirnos como familia. Mi trabajo alcanzaba, el nivel de gastos se podía mantener, no nos movimos de casa, los cambios no fueron muy drásticos. Sólo una presencia menos en el cuarto de baño y a la mesa, el sonido familiar de unas llaves que desaparece tan fácilmente como se cierra un libro; la ausencia pesa al principio, luego cobra volúmen para irse borrando de a poco.

Los chicos eran adolescentes y Valle había rebasado la mayoría de edad. Tenía ataques de ira, de repente nos miraba vivir sin remordimientos, comer, poner una lavadora, comentar los programas de la tele, y nos reprochaba a gritos no añorar a su padre como se añora lo insustituible. La dejábamos despotricar, desinflarse hasta terminar llorando en mi regazo. No soportaba a la nueva pareja de su padre ni que su mundo de castillo infranqueable tuviera la consistencia de una torre de papel.

A Nico le funcionaba imitarme, hacer como si no pasara nada, confiar.

Y dentro de toda esa nueva ubicación sin moldes previos Leo resultó ser el personaje más sorprendente. Por fin entró en los turnos rotativos de sacar la basura, llevar a Bola al veterinario, preparar la cena. Se mostraba más dispuesto, nos contaba más cosas, y soportaba estóicamente los berrinches de su prima cuando llegaba a reprocharle tener los mismos beneficios que ellos, siendo hijos míos. En una de esas ocasiones, harta de oír su hiriente latiguillo, pegué un golpe en la mesa y le dije con todo el aplomo posible que si volvía a hacer semejante comentario ya podía preparar la maleta y largarse con su padre. Lo hizo, pero volvió dos días más tarde dispuesta a una conciliación que comenzó a funcionar.

Tratamos de adaptarnos al presente como pudimos, y el tiempo nos fue tratando bien, nos dejó en paz.

Una de las mañanas en las que me encontraba sola, enfrascada en el trabajo, apareció Leo inesperadamente, con una de esas plantas de interior que tanto me gustan. No estar constantemente esperando su explosión había hecho de él un hombre más libre y más sereno. Lo miré por encima de las gafas, se sonrojó. "No es mi cumpleaños", le dije sonriendo, intuyendo que esa visita sentaría precedente. "Por eso te la traigo" contestó un poco para sí, y se sentó en el borde del sofá mirándose las manos entrelazadas. Aparté los papeles y los útiles de trabajo, me giré hacia él dispuesta a escucharle. Tardó en enlazar los recuerdos, en dotarlos de cronología. "La noche que ocurrió yo estaba allí... no sé si lo sabes, pero estaba allí mismo... la cara de imbécil que se me debió quedar... había mucho ruido, mucho tráfico... "Quédate aquí sentadito" me dijo peinándome con los dedos y obligándome a sentarme en un portal... "las cosas irán bien, te llevarán con la tía Oli, ella te quiere mucho..." yo no entendía nada ¿sabes?... nada, hablaba como si la estuviesen persiguiendo, mirando a todas partes... me besó, tenía la cara muy fría, los ojos brillantes, como de cristal... salió corriendo y yo allí, acojonado, sin moverme, se metió entre dos coches y la perdí de vista un instante... luego escuché el impacto y la ví volar... por eso llegué a creer durante mucho tiempo eso que me decíais todos... "mamá está en el cielo" porque ciertamente la ví volar, un cuerpo de lana desmadejada... después gran revuelo, ambulancias, policía, gente señalándome con el dedo: "el niño, el pobre niño iba con ella..."

El resto ya lo conoces, quise contártelo desde el principio, pero nunca supe cómo"

Estaba tranquilo, apenas triste. Yo derramaba lágrimas por los dos.

Siempre creí que había sido un accidente y pese a conocer de antemano que Leo iba con ella quise pensar que no recordaría nada, que fue un despiste más de mi hermana, un final trágico para alguien que vivía con el corazón entre los labios.

"Hubiera querido hacerlo mejor... ahorrarte tanto dolor"

Fue todo lo que pude decirle.

Me tendió un pañuelo, su rostro tenía una expresión amable que nunca antes había descubierto en él.

"No sé si el dolor puede evitarse tía... está ahí, esperando como un pez hambriento... hasta que se soporta... o se pasa"

Siempre le he agradecido a la vida aquella mañana, esa oportunidad madre de todas, el comienzo de otras en las que fuimos articulando nuestra historia, la de los presentes y la de los ausentes, hasta conformar un tejido inseparable.

Creo que desde entonces los años han pasado más deprisa que nunca.

Poco después me presentó a Silvia, aquella chiquita que desde el principio supe que estaba hecha a la medida de Leo, como así lo han demostrado el tiempo, sus gustos afines, su casa en el campo y sus mellizas. Paso temporadas con ellos, ahora que la memoria y las piernas me fallan, desde la ventana de la cocina puedo ver como se abren los girasoles, las niñas, que se parecen mucho a mi hermana, especialmente una de ellas, me llaman abuela e inventan para mí historias en su teatrito de guiñol. Estoy tranquila allí, Valle vive en el extranjero y el apartamento de Nico es minúsculo y siempre está lleno de gente.

 Mi casa se me hace cuesta arriba, demasiados episodios, fotos, sonidos, luces, rincones aferrados como garrapatas a mis pupilas. Procuro pisarla lo justo. Sólo cuando nos reunimos todos, y a Nico le da por tocar la guitarra y Valle se ríe moviendo la cabeza hacia delante, cubriéndole el pelo la cara, como lo hacía de niña, y las mellizas juegan con las muñecas de mi hija mientras Silvia me ayuda en la cocina, escuchando pacientemente mis historias fragmentadas, al tiempo que Leo hace fotos con esa cámara tan extraña, sólo entonces mi casa resulta el hogar que siempre quise para todos, algo que se parece a lo que fuimos... y que comprende lo que somos.

 

 

 

 

 

 

 

15/01/2012 12:28 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 7 comentarios.

"EL TEMBLOR DEL HÉROE"

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Los premios que yo nunca obtendré, las historias que nunca escribiré, los escritores y escritoras que no seré.  La literatura siempre está de moda.  Y hay que celebrarla, con premios o sin ellos, pero estos son la mejor excusa para vestirla de gala. Tiene buena pinta el último libro de Pombo que verá la luz en Febrero.  Podremos discutirlo.

 

De antena3.com

El ganador del Premio Nadal, el escritor santanderino Álvaro Pombo, ha quedado inscrito esta noche en el reducido club de ganadores de los dos premios literarios hispanos más importantes y de larga tradición, el decano Nadal y el mejor dotado Planeta.

En ese exclusivo grupo, además de Pombo, figuran Maruja Torres, José María Gironella, Luis Romero, Ana María Matute, Jesús Fernández Santos, Carlos Rojas, Rosa Regàs, Lucia Etxebarria y Juan José Millás.

Situado entre los grandes de las letras hispanas del último cuarto de siglo y considerado por la crítica como uno de los renovadores del realismo subjetivo, sus narraciones, aparentemente sencillas, están llenas de humor, costumbrismos y simbolismo, y beben de una tradición arraigada en su gusto por los clásicos de la filosofía y la literatura.

Nacido el 23 de junio de 1939 en Santander, Pombo se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid en la rama Filosofía pura y obtuvo además el Bachelor of Arts en Filosofía por el Birbeck College de Londres, ciudad en la que vivió diez años (1966-1977), lo que le permitió familiarizarse con la tradición literaria anglosajona.

Durante los últimos años de su estancia en Inglaterra trabajó de telefonista en el Banco Urquijo y, ya de vuelta a España, en el Hispano, en Madrid, desempeño que compatibilizó con la labor literaria hasta 1984.

Escribió en 1973 su primer libro de poemas, "Protocolos", al que siguió "Variaciones", con el que ganó el premio El Bardo para nuevos poetas en 1977.

Del mismo año es su serie de cuentos "Relatos sobre la falta de sustancia" y dos años después publicó "El parecido", antes de que apareciera su nuevo libro de poemas titulado "Hacia una constitución poética del año en curso".

En 1983, Pombo se presentó al premio Herralde con dos novelas, "El hijo adoptivo", firmada bajo el seudónimo de José Carrasco, con la que quedó finalista; y "El héroe de las mansardas de Mansard", con la que obtuvo el galardón.

Tras la Feria de Fráncfort de 1985, Pombo se convirtió en una de las figuras internacionales de la narrativa contemporánea y sus libros comenzaron a ser traducidos a idiomas como el italiano, el francés, el sueco, el alemán o el inglés. Pombo ha escrito asimismo "El rey", "Los delitos insignificantes" y "El metro de platino iridiado", esta última considerada una de las obras más originales y ambiciosas de la narrativa española y que en 1991 fue distinguida con el Premio Nacional de la Crítica. Una de sus novelas,

"El hijo adoptivo", fue llevada al cine por el cineasta gallego Juan Pinzas en 1992 bajo el título "El juego de los mensajes invisibles". En "Aparición del eterno femenino contada por Su Majestad el Rey" (1993), el autor cántabro recreó el mundo y la personalidad de los niños a través de una aproximación al lenguaje infantil.

En "Donde las mujeres" el autor narraba a partir de una voz femenina la historia de una familia afectada por un secreto que al ser descubierto cambiaba la imagen de todos sus integrantes, una novela con la que ganó el I Premio Ciudad de Barcelona de narrativa en castellano y el Premio Nacional de Narrativa en 1997.

Dos años después, escribió "La cuadratura del círculo", novela en la que explica la historia de un caballero del siglo XII que descubre el mundo árabe tras luchar en las Cruzadas y por ella la Real Academia de la Lengua le concedió en 2001 el Premio Fastenrath. "El cielo raso" (2001) es una aproximación a la homosexualidad desde la espiritualidad religiosa, un libro con el que obtuvo en marzo de 2002 el I Premio de la Fundación José Manuel Lara Hernández.

Su última novela, "Contra natura" (2005), que abordaba el tema de las relaciones sentimentales de dos homosexuales, ganó los premios Ciudad de Barcelona y Salambó. Desde 2004, Pombo es académico de la Lengua, en la que ocupa el sillón "j", que quedó vacante por la muerte de Pedro Laín Entralgo.

En 2006, el autor ganó el Premio Planeta con "La fortuna de Matilda Turpin", una novela sobre las relaciones y los conflictos de pareja; y posteriormente publicó las novelas "Virginia o el interior del mundo" y "La previa muerte del lugarteniente Aloof" y el poemario "Los enunciados protocolarios", todas en 2009.

08/01/2012 21:33 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

TRINCHERAS Y MADRIGUERAS

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Quiero comenzar este año 2012 agradeciendo a mis lectores que lo sean, y que me dejen comentarios en los que me animan a seguir escribiendo.  Para mí es un ejercicio terapeútico, un acto de comunicación desde el modo en que trato de contar las cosas.  Si dejase de hacerlo me habría convertido entonces en una loca de atar o en una ermitaña irremediable.  No lo descarto.  Estan los tiempos como para salir huyendo.  Muchos lo hacen.  En un era en la que la gente que pisa la calle y se sube el cuello del abrigo se siente totalmente estafada por los que fueron, son y serán nuestros gestores políticos, pocas cosas diáfanas nos quedan... la poesía, la solidaridad y el afecto, volver, volver a lo que de verdad importa, trincheras y madrigueras que infravaloramos cuando nos hicieron creer que podríamos alcanzar el éxito, el poder, la eternidad.

En este 2012 en el que se cumple el centenario del hundimiento del Titanic, así como el de la publicación de "Campos de Castilla" y la muerte de Leonor, esposa de Antonio Machado, también se cumplen cien años del fallecimiento de Emilio Salgari y del de Menéndez Pelayo, ya véis, necrológicas que no auguran tiempos mejores.

Entrar en este blog supone conocerme, ya sabéis de mis pasiones incondicionales.  De ahí que, como una de las cosas que siempre quedan, aguardándonos, reservando la palabra precisa, es la lectura, nada mejor que servir de ventana a la expresión incomparable de Luis García Montero en su último artículo, fechado hoy, para el diario Público: "La realidad y el deseo"

http://blogs.publico.es/luis-garcia-montero/192/el-pais-con-la-democracia-real/

Un abrazo para todos y todas, os deseo trincheras y madrigueras siempre a mano.

03/01/2012 15:12 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 1 comentario.

RELOJES CLANDESTINOS

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"He roto tantas cosas en mi vida"

("Crimen en la noche de un sábado"-Luis García Montero)

 

Te veo

y siento un sabor de plata entre los dientes,

será la carcoma del pasado,

los restos del naufragio

de algún beso olvidado.

 

¿Por qué el agua estancada

nos sale al paso

en los mediodías de lluvia,

en las madrugadas de insomnio?

 

Si no llevas calzado adecuado

tus pies se calan en los charcos

y luego todo el mundo te mira

las puntas de los zapatos.

 

No hay tibieza

en los ojos que descubren la debilidad,

ni amparo en lo frágil.

Ignoro

cuanto tiempo debe transcurrir

para que el pasado

sea remoto,

inerte entre humedales,

estático en una melancolía pasajera.

Uno de esos pasados

de andar por casa,

que ronronean a veces

pegados a los tobillos,

y se refugian en las fotos

de una fría tarde de domingo.

 

Mientras llega

aléjate de lo que fue mi casa,

de lo que fue un umbral,

de lo que fuimos.

 

Será lo mejor

hasta que pueda electrificar

los espacios protegidos.

27/12/2011 15:59 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

PAPEL DE SEDA

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-A Sheila Morón,

 de la que aprendí que sólo debería existir un amor inquebrantable.

El amor propio. 

 

 

 

 

Tenía quince años la primera vez que me corté las venas.

Había estado nevando durante dos días.

Dos días sin luz.               

Con el frío metido en los huesos, los labios agrietados y los pies deshechos de caminar sin rumbo en el horario en que supuestamente debía asistir a clase.

Me las corté poco.

Apenas un rasguño con la cuchilla de afeitar de Juan.

Tuve miedo.

Para que luego digan… la adolescencia es temerosa, teme con la misma intensidad con la que ama.  Siente el impulso del miedo como siente otros que la precipitan.  Después el tiempo pasa y el miedo se convierte en un par de zapatos viejos que ya no sirven, que no encajan ni se necesitan.  Y va rodando como una pelota desinflada con la que nadie quiere jugar.

Me metí en la bañera.  Lo había visto en la tele.

Antes de que la sangre comenzase a brotar con profusión entró en el baño mi hermana pequeña.  Ni siquiera se me ocurrió echar el cerrojo.  Errores de principiante. Salió despavorida gritando como si ya me hubiese muerto.  Alma tenía entonces nueve años.  Nunca nos habíamos llevado bien, tampoco era para ponerse a escandalizar de aquella manera, unos brazos de muñecas rasgadas colgando fuera de la bañera, mi cabeza ensayando poses desmayadas y ella recibiendo en sus ojos de castaño joven la imagen inesperada de una película de terror protagonizada por su hermana la rara, la antisocial, la problemática.

“¡Calla!-me hubiera gustado decirle- haz como que no me has visto, vuelve frente al televisor o a jugar a tu cuarto, algunas imágenes se borran solas, te juro que se borran, venga, ¡largo de aquí!”

Pero no tuve opción, llegó mi madre corriendo, al fondo se oía llorar a Alma,  aunque comenzaba a marearme en serio recuerdo que mi madre traía el delantal manchado de harina, el pelo recogido en una pinza y las zapatillas de Juan que le venían grandes y absurdas, como el propio Juan.

Me cogió la barbilla y pronunció mi nombre varias veces, enérgica pero sin gritar, como si quisiera despertarme de una pesadilla.  Sus dedos estaban frios y yo tenía sueño.

Después las curas en el hospital, los médicos con esa manera de mirarme, entre el: “ya te daría yo a ti” y el: “esta niña está loca de atar, pobre madre”.

Prometer.  Prometer muchas veces que no volvería a hacerlo, asintiendo con la cabeza, harta de ver la huella de la culpa y de la carga en los ojos de los demás.  Se sentían culpables y se sintieron mis esclavos, para estar al tanto con clavos en los párpados, aguantando la respiración para cazar la amenaza.

Hasta la lluvia más ansiada termina por olvidarse.

La gente quiere vivir en un continuo parque de atracciones, o en una isla paradisíaca, lejos de nubes negras y presencias que intimidan.

Poco a poco dejaron de estar pendientes de mí, aunque continuaran mirándome como si fuese a escupir veneno de un momento a otro.

Mi padre me visitó semanas más tarde, en la cuesta abajo de la hazaña, sentado en el borde del sillón que él mismo compró, en el salón de la casa en la que había vivido veinte años… parecía un intruso, no sabía donde meterse, aquel hombre que se teñía las canas y había optado por un nuevo vestuario mucho más juvenil ya no se parecía a mi padre, y tuve la sensación de que tampoco tenía ganas de serlo.

Le pregunté por Marina y me dijo que le estaba esperando abajo.  No quise entretenerlo, alegué cansancio y se levantó del sillón como impulsado por un resorte.  Quiso tener un gesto paternal y me revolvió un poco el pelo, pero no se inclinó a darme un beso ni yo levanté la cabeza para verlo escapar por el pasillo de su vieja casa que inevitablemente le recordaría a su vieja vida.

Me quedé sola por primera vez en muchos días, nadie más quiso presenciar aquel encuentro forzado, Alma no le hablaba desde que dos años antes había optado por marcharse con Marina, mi madre tardó más tiempo en hacerse a la idea que en buscarse otro hombre que le calentara la cama.  Juan nervios de acero que no entra al trapo de nada, Juan compañero de trabajo, paño de lágrimas que supo aprovechar su momento, inquilino obligado, hombre leal, perrito faldero…

Recuerdo el primer día que Marina entró en casa, con sus libros de la Universidad, sus vaqueros rotos y su forma de enseñarnos inglés, llegando a nuestra mesa camilla como recién aterrizada de un planeta extraordinario que prometía experiencias nuevas a través de sus mil y una ventanas abiertas.  Cómo íbamos a imaginar que por una de ellas saldría volando nuestro padre, que se acercaba en medio de la clase simulando jovialidad y colegueo con sus hijas, él, un hombre casi siempre malhumorado, trabajador y convencional, al que le gustaba la sopa con el punto exacto de sal, y los resúmenes deportivos de los domingos por la tarde ...

El día que decidió contarnos que se marchaba y con quién era festivo.  Mi madre había puesto el mantel de hilo, y veníamos de tomar vermouth en el bar de siempre.  Curiosamente me permitió dar un par de sorbos a su caña, gesto que solía prohibirme  alegando que ya tendría tiempo suficiente para beberme toda la cerveza del mundo.

Me pidió que bajase el volúmen de la tele, y nos dio la noticia con una tranquilidad pasmosa, entre cucharada y cucharada de puré de patatas.  Mi madre soltó una risita nerviosa e incrédula mientras fileteaba el rollo de ternera, Alma lo miró con los ojos desorbitados, el labio inferior temblándole, se levantó tirando la silla y refugiándose en su habitación, bajo la cama, como siempre, agarrada al eterno perro de trapo.   Yo volví a subir el volúmen del televisor porque él ya había dicho todo lo que tenía que decir y sinceramente no me había sorprendido lo más mínimo, les había visto besarse en varias ocasiones, en el rellano, dentro del coche, contra la nevera ...  había llegado un momento en el que, si bien no se exhibían, tampoco procuraban esconderse, y yo siempre he sido una lechuza silenciosa.

Mi madre, sin soltar los cubiertos, derrotada sobre su silla preguntaba una y otra vez: “¿Pero qué dices, Eduardo?, por Dios, ¿qué estás diciendo?”

Me molestaron tremendamente su incredulidad y su servidumbre.

“Ay que ver madre, no se puede ser más tonta...”

Ella me miró como si le hubiese sacado las tripas con un rastrillo.

“¡No hables así a tu madre!”

Gritó él, y a mi me dio la risa porque me pareció todo muy absurdo, mi padre defendiendo la estupidez supina de mi madre, sobre la que había construido su infidelidad y las alas desplegables de su nueva vida, ella gimoteando encima del rollo de ternera recién asado que nadie probaría, Alma queriendo convertirse en su perro de trapo y no sentir, no escuchar, no crecer, el presentador del informativo dando paso al hombre del tiempo, mi padre fulminando con la mirada la espesura del puré, queriendo atravesarlo, hasta que mi risa subió de tono, incontenible, y él pegó un puñetazo en la mesa, un puñetazo tan fuerte que derramó su vaso de vino, mi madre se había agarrado la cabeza y le salían por la boca sapos y culebras, insultándole a borbotones, los dos comenzaron a gritarse como fieras, olvidándose mutuamente desde ese preciso momento, con tanta rabia contenida dándose el festín sobre la mesa impecablemente preparada de un día festivo, hasta que cogí el cuenco del puré y lo tiré al techo, el bol se hizo trizas contra las baldosas, pero su contenido quedó agarrado a los seis brazos de la lámpara, derramando sobre nosotros grumos pequeñitos, como si nevara dentro de una alegre estampa navideña.

Papá se levantó y se fue dando un portazo.  Llevaba puestas las zapatillas de casa.

“Espero que recojas todo esto” dijo mi madre con un hilo de voz encerrándose en su cuarto.

Y ya está.

Nos habíamos levantando por la mañana con horarios, luz a través de las persianas y un presente continuo esperándonos en el recibidor.  Y unas horas más tarde un señor parecido a mi padre se había cargado en breves segundos una historia de papel de seda que se hace trizas con solo mirarla.

Apenas se llevó nada de casa.

Ni puso objeciones a lo que mi madre quiso pedirle, que tampoco podía ser mucho.

Firmaron el divorcio, pretendieron resultar modernos, americanos y cabales, y por momentos llegaron a conseguirlo.

Cuando mi padre vino a verme aquella vez, pensé  que debía compensarle destruir un camino señalizado, firme, previsible, aún a costa de parecer una caricatura de sí mismo.

No quise volver al instituto, ni allí ni en ninguna parte me esperaba nadie con los brazos abiertos.  Hice un curso de mecanografía en una academia y otro de contabilidad por correspondencia hasta entrar como dependienta en la tienda de regalos : muñecas de porcelana a las que les brillaban los pómulos, siempre perfectas, con sus córneas de cristal y sus guantecitos blancos, frías y repulsivas, imitaciones en latón y madera de viejos trenes, libros primorosamente encuadernados, rosarios de nácar, atriles, billeteros, paraguas ... un mundo de caprichos inimaginables al alcance de los bolsillos más selectos.  Sólo el dueño de la tienda podía manejar la caja registradora, Feli y yo acompañábamos a los clientes hasta  la banqueta de madera sobre la que el jefe se aupaba tras el mostrador y esperábamos, sonrisa congelada, manos a la espalda, a ver terminada la operación, después los acompañábamos de nuevo hasta la puerta con mil reverencias de niña humilde.  “Adiós, adiós, hasta otro día, que usted lo pase bien...”

Nauseabundo.  Pero salía de casa muy temprano y no volvía hasta el anochecer.  La parada del mediodía la realizaba tomando un bocadillo en un parque cercano, sentada al sol, imaginando que me deshacía en pequeñas partículas de luz que inundaban el césped, los nidos de las abubillas, el musgo del estanque...

Una tarde en la que el dueño decidió cerrar de improviso por un problema familiar llegué a casa dos horas antes de lo acostumbrado.  Mi madre trabajaba de tardes aquella semana, Juan estaba organizando sus útiles de pesca, apenas nos dirigíamos la palabra, así que no le dí explicaciones por mi temprana aparición ni él me las pidió.  Alma se encontraba en su habitación haciendo los deberes.  Desde mi intento de suicidio la cría me miraba de una forma peculiar, entre el miedo y el asombro, con lejanía y tristeza.  Decidí que podía ser un buen momento para relacionarnos, y por otra parte las opciones de entretenimiento aquella tarde tampoco eran espléndidas, así que llame a la puerta y me la encontré metida en la cama y tapada hasta las cejas, sólo el pelo, liso y rubio, daba señales de vida sobre la almohada.

“¿Te encuentras bien?” le pregunté sentándome a sus pies

“A ti que te importa” me contestó con voz temblorosa.  Realmente me había merecido su respuesta, pero aquella debía ser la tarde de los buenos propósitos...

“Venga, cuéntame qué pasa, no es normal que estés a estas horas metida en la cama...” Traté de destaparla, pero se aferró a las sábanas como si fueran su propia piel.

“Lárgate, nunca me preguntas nada y hoy te haces la hermana preocupada ...”

Aquello ya se había convertido en una cuestión de orgullo, y en que la enana no se saliera con la suya, doblegándome.  Decidí echar el resto.

“¿Tienes problemas en el colegio? ¿Es por algún chico?”

Ni yo misma daba crédito a lo que me oía decir, ni al tono sereno y cálido de mis palabras.

Ella se acurrucó buscando el lado contrario de la cama.  Seguí poniéndoselo en bandeja, echando mano de argumentos cinematográficos y lo que sabía que a Alma le gustaba escuchar. Hasta que explotó y se sentó en la cama, roja de rabia y de vergüenza, contándome, unas veces a gritos, otras apenas susurrando, que le habían tocado ahí abajo, y que le dolía mucho, y que por favor, por favor, no se lo digas a mamá...  Até cabos rápidamente, enganché el flexo de la mesilla arrancándolo del enchufe y salí de la habitación como alma que lleva el diablo.  A Juan, que se encontraba  sentado en una silla del comedor examinando sus anzuelos, no le dio tiempo de volverse, le estampé sin miramientos la lámpara en la nuca y se derrumbó como un espantapájaros.  Estaba a punto de darle otro golpe cuando sentí que Alma tiraba de mí con todas sus fuerzas sollozando: “¡Déjalo ya Sara, que lo vas a matar, ya te he dicho que no ha sido él, que no ha sido él!”.  Logré detenerme, respirar hondo, limpiar el flexo y devolverlo a su sitio, comprender que mi cabeza sólo se había empapado de los fragmentos que le convenían, aquello que necesitaba escuchar para dar rienda suelta al impulso.  Pero ya estaba hecho.  Le dí a Alma el botiquín para que curase a Juan, una brecha algo escandalosa, poco más, llamé por teléfono a mi madre y le dije: “Ven a casa, por poco me cargo a tu novio”.  Hice la maleta y me fui a vivir con mi padre.

Esa primera noche les oí discutir, el apartamento era pequeño y las paredes de papel.  Él decía que no podía negarse y Marina, una voz enérgica y sobria saliendo de un cuerpo tan joven, contestaba: “Tu hija es una bomba de relojería y aquí no se puede quedar”.  Logré dormirme escuchando sus voces entrecortadas, y tuve un sueño en el que una mujer con cola de pez venía a buscarme en medio de la noche y se presentaba como mi verdadera madre, nos parecíamos, y me llevaba a vivir con ella, al fondo del mar, por fin a un lugar que yo sentía como propio...

Cuando me desperté eran casi las diez de la mañana y estaba sola en el apartamento.

Quise llamar a la tienda poniendo cualquier excusa: “Por aquí no vuelvas”, dijo el jefe al oir mi voz.  Recordé que había accedido a ese trabajo a través de unas amistades de Juan.  Las vías de trenes estaban cortadas.

Mi madre tardó unos días en llamarme: “Cuenta conmigo si quieres que busquemos ayuda, me han recomendado una psicóloga muy buena, Juan está dispuesto a perdonarte, te tendrás que disculpar primero, claro está, demostrarle que estás en tratamiento y vas a cambiar ... si no accedes, a casa es mejor que no vuelvas...”  Y se quedó en silencio esperando mi derrumbe, el abrazo final del episodio. “¿Quién quiere volver?”.

Aún me quedaban unos meses para cumplir los dieciocho.  Firmé con Marina un pacto de no agresión, prometí ser una niña buena, no parar apenas por casa, facilitarles la vida a cambio de permitir que me quedase con ellos hasta el mismo día de mi mayoría de edad.  Conseguí trabajo en un almacén farmacéutico, nos levantábamos todos a la misma hora, pero Marina cogía su desayuno y prefería tomárselo en cualquier lugar de la casa antes de compartir mesa de la cocina conmigo.  Cuando nos cruzábamos por el pasillo decía: “180.... 170... 145” refiriéndose al tiempo de estancia que me iba quedando.

La subestimé.  Creí que se ablandaría.  Pero aquella mujer ocho años mayor que yo no retrocedía ante nadie ni estaba dispuesta a perder su lugar de cualquier manera.  Me apresuré en buscar un sitio para vivir porque estaba claro que no iba a disfrutar de prórrogas.  Alquilar un piso sola era misión imposible, y las habitaciones con derecho a cocina que visité eran ratoneras inmundas controladas por grandes ratas de cloaca.  La tarde que me encontré con Feli venía de ver un ático destartalado y lleno de goteras que suponía más de la mitad de mi sueldo.  Mi antigua compañera de trabajo estaba pegando carteles en una plaza : “Se busca gente joven para compartir alquiler...” sentí que el destino llamaba a mi puerta hasta quemar el timbre.

La invité a un refresco.  Feli hablaba por los codos, risueña, generosa, sin dobleces, había cambiado la tienda por el horno de una pastelería.  Su prima venía del pueblo a estudiar en la capital y ambas habían calibrado el momento como el idóneo para independizarse.  Le dije que precisamente yo también andaba buscando donde meterme, el gesto alegre se le ensombreció un poco, bajó la mirada empeñada en pescar la rodaja de limón atascada en el vaso. “¿No será verdad eso que decían?” acertó a preguntar.  Me removí en la silla dispuesta a blindarme. “¿Y que decían?”.  “Que casi matas a tu padrastro...”, lo dijo muy bajito, como si nombrándolo pudiera hacerlo realidad.

Tragué saliva y me esforcé en lograr que mis ojos se humedecieran.

“¿Tú que crees?”

Me miró un instante, vio como sacaba el pañuelo del bolso, como temblaba ligeramente...

Rápidamente sacudió la cabeza y volvió a sonreir:

“Anda, discúlpame, qué tontería, no te veo capaz de hacerle daño a nadie, la gente, que habla mucho...”

A los pocos días me llevó a ver el piso, era de unos conocidos de sus padres y nos lo dejaban a buen precio, se trataba de un edificio muy viejo, pero el piso estaba amueblado y recién pintado, una oportunidad que no podíamos dejar pasar.

Nos abrió la puerta Bruno, el hijo de los propietarios, un chico alto y corpulento que se sonrojó al vernos y desapareció en algún rincón invisible hasta que hartas de hacer castillos en el aire decidimos marcharnos.  Entonces reapareció sin atinar con las llaves, que se le cayeron varias veces hasta que consiguió cerrar.  Feli se reía por lo bajo: “Anda que este … parece mentira que vaya a la Universidad y tenga novia…” me cuchicheó bajando las escaleras.

El día que firmamos el contrato agarramos las tres una buena a base de porrones de tinto con gaseosa.  Las llaves en el bolsillo nos sonaban como monedas de oro.  Cuando volví a casa de mi padre Marina estaba fumando en el balcón, ataviada con una camiseta que le llegaba al ombligo y la braga de un bikini negro.  Al oirme entrar llegó hasta el pasillo y sonrió mostrando los dientes amarillos por el tabaco: “Veintisiete”.

“De eso nada, me voy mañana”

Parpadeó sin darse cuenta que la ceniza de su purito caía al suelo.

Llamó a gritos a mi padre, que salió de su habitación descamisado y con el pelo revuelto.  Desde que combinaba dos trabajos llegaba reventado y dormía más que nunca.

“Tu hija se larga Eduardo… ¿qué te parece?...  hay que reconocer que la niña los tiene bien puestos… en eso no ha salido al padre.”

Me miró de arriba abajo y dándose media vuelta volvió a fumar al balcón.

Mi padre y yo quedamos frente a frente por primera vez en mucho tiempo, ya no me parecía un hombre tardíamente juvenil, sino prematuramente viejo.  Su capricho de piernas largas le absorbía toda la energía, ya no se daban aquellos besos convulsos, prohibidos ni robados, volver atrás era imposible, sólo quedaba continuar.

“Si necesitas algo …” Me dijo sin mirarme a la cara, colocándose bien el cinturón.

El vino que había ingerido, y las canciones entonadas a pleno pulmón en la celebración de mi independencia, me envalentonaron hasta tal punto que me acerqué y le besé en la frente.  Mis labios quemaban.

“Adiós padre”.

Los dos sabíamos que era una despedida definitiva.  Porque ya todas se habían agotado.

Mi equipaje se reducía a dos bolsas de deporte, Feli trajo hasta los vestidos de flamenca que utilizaba de niña, con los zapatos rojos de lunares a juego con los pendientes, pero lo de su prima Berta fue inaudito, tres baúles repletos, tres, y una infinidad de bolsas.  Como si se hubiera trasladado de continente y no a menos de cien kilómetros, volviendo además como volvía a su casa del pueblo todos los fines de semana y fiestas de guardar.

Bruno nos ayudó a subirlo todo sin apenas pronunciar palabra, le decíamos esto aquí o allá y el obedecía, peinado a la antigua, mirándonos de refilón las piernas, con un hoyuelo en la barbilla que lo hacía tan interesante como su Universidad, su novia y sus posibilidades económicas.  Vivía un par de manzanas más abajo, nos enseñó las tiendas y tascas del barrio, los sitios donde encontrarlo.  Y yo lo busqué la primera Navidad que me quedé sola, asegurándoles a mis compañeras que también me iría a pasar estos días con los míos, que no podían imaginarse mayor paz que vivirlos sin mí.  A las cuatro de la tarde del día de Nochebuena ya se me caía la casa encima, había fantaseado con el espíritu de la Navidad y con que alguien viniese a buscarme, pero la tarde estaba plomiza y quieta, poco dispuesta a regalarme ningún milagro.  Llamé a casa de Bruno y me atendió su padre, alegué un escape de agua en el baño que no podía esperar, “ ya disculparán, sé que es muy mal día, pero no quiero dejarlo así porque a la vuelta el desastre puede ser mayor, si su hijo fuese tan amable de acercarse un momento…”. El señor me agradeció el interés y Bruno se presentó en el piso a los diez minutos.

El pobre no lograba interpretar de donde se salía el agua que yo había vertido en el cuarto de baño.  Estaba gracioso con los pantalones arremangados y el pelo revuelto.

“Anda ven- le dije desde mi habitación- no te preocupes por eso, tengo otro encargo que hacerte” Oí sus pasos firmes acercándose y no dudé en ningún momento del éxito de mi propuesta.  Lo esperaba completamente desnuda tumbada sobre los cojines. Dio un paso hacia atrás sin dejar de mirarme.  Me levanté, fui a su encuentro y le desabroché la camisa… sus grandes manos casi cubrían mi espalda.

Acabamos en el suelo porque mi cama era de noventa, poco práctica para una pasión torrencial, que fue la que demostró Bruno, insospechable tanta sabiduría amorosa, tanto fuego, en un hombre tímido de gestos lentos y pausados.

Lo devolví a su casa a la hora de cenar.  Me hubiera divertido viéndolo dar excusas formales ante el pavo relleno, brindado por una futura boda, una futura licenciatura, y un futuro adosado en las afueras que no compartiría con su Merceditas de toda la vida, sino conmigo.

No encontré ningún bar abierto, pero tampoco me importó, la ciudad desierta ronroneaba a mis pies como un gato callejero.  Paseé hasta la madrugada, y volví al piso lo suficientemente exhausta como para caer redonda de sueño y no despertar hasta que sonó el timbre la tarde siguiente, era Bruno, que me despertaba trayendo buñuelos de viento recién hechos.  Nos los comimos ahogados de risa mientras hacíamos el amor.

Transcurrieron dos años en los que me prometió a diario dejar a Mercedes.  Abandoné mi trabajo para dedicarme a él, para escaparme con él a hotelitos de montaña y cenar en la trastienda de algunos restaurantes, viajar de noche en asientos de avión diferentes, morirnos de amor en cualquier parque…

Mis compañeras de piso lo veían entrar y salir de manera rutinaria, eran discretas y sabían que imperaba la ley del silencio.  Sólo una vez, mientras sacaba la ropa de la lavadora Berta se atrevió a decirme: “Con este vas a llevarte el gran descalabro”.

“Perdona, creo que no te he pedido opinión, no obstante te mantendré al corriente si tanto te interesa”. Quiso contestar de nuevo, pero Feli la fulminó con la mirada.  Llevábamos meses sin pagar el alquiler porque Bruno había decidido ponerlo de su bolsillo.

Una mañana, leyendo el periódico en la cafetería donde acostumbraba a desayunar, descubrí una pequeña nota de sociedad que anunciaba el enlace matrimonial de Bruno y Merceditas.

Tuve que leerla varias veces para cerciorarme de lo que estaba impreso.

No pude parar de vomitar en todo el día.

Traté de localizarlo sin éxito, pero cerca de la medianoche, apareció por la puerta con la sonrisa y las ganas de follar de siempre.  Les había pedido a las chicas que desaparecieran de casa esa noche.  También habían leído el periódico, quisieron acercarse a mí, preguntarme si estaba bien, pero no se lo permití, la caridad, que ya tiene bastante con ser lo que es, arrastra calderillas de limosna.

Tal y como se aproximaba, presuroso y decidido, le propiné un bofetón que me hizo tambalearme; él apenas giró la cara, una cara que no mostraba sorpresa, decepción, ni dolor, sabía con certeza por qué me encontraba así … “Siéntate Sara, yo te explico…”  Su voz me dolía, la serenidad de su voz me dolía tanto que quise continuar pegándole, pero me agarró por los brazos y me sentó de golpe en el sofá, como a una muñeca de trapo.

“Verás, las cosas no son como uno las desea, la vida tiene una parte con la que hay que comprometerse, una parte formal que todos esperan que cumplas, y yo no voy a defraudarles Sara…”

Sentí de nuevo arcadas y tuve que taparme la boca.

Él estaba sentado frente a mí, sobre la mesita de café.  Me acariciaba el pelo y yo no quería que lo hiciera, pero no tenía fuerzas para decírselo.

“Podemos seguir como hasta ahora, no tengo inconveniente en seguir viéndonos, lo pasamos bien, nos divertimos, ¿qué hay de malo en eso?”

Resistí el embite de las arcadas para poder decirle rápidamente:

“Sabes que mi vida se ha reducido sólo a ti, mi parte comprometida y la no comprometida, con lo que debo cumplir y con lo que no eres tú, tú, y tú me prometiste dejarla…”

Abandonó el gesto cariñoso  levantándose de la mesa y caminando impaciente y sin rumbo por el salón.

“Yo no te he dicho nunca lo que tenías que hacer Sara, no te he obligado a nada, al principio puede que pensase en dejar a Mercedes, pero luego… es de locos planteárselo, ¿cómo iba yo a vivir sin ella si nos conocemos desde crios?  Además… Yo la quiero.”

No pude contenerme más, vomité  a raudales a los pies del sofá, absolutamente rota, mientras él acudía a por la fregona y se ponía a limpiar solícito y servicial como al principio, el resumen de nuestra historia.

Conseguí incorporarme, le pegué una patada al palo de la fregona y él se quedó mirándome con las manos en los bolsillos, dispuesto a seguir argumentando veneno el tiempo que hiciera falta.

“Pienso hablar con Mercedes” le dije vocalizando bien todas las palabras.

Él sonrió ampliamente acentuando más el hoyuelo de su barbilla.

“Si quieres la llamamos ahora mismo, está al corriente de todo”

Le lancé un cenicero, un vaso, lo que encontré, Bruno lo esquivó como pudo dirigiéndose a la puerta mientras yo le gritaba “¡Fuera de mi casa!”

Aún se giró un momento para responderme: “Te recuerdo Sara que esta casa es mía, de mi familia, si no te estás quietecita y callada ya podéis empezar a buscaros otro sitio”.

Nunca he llevado demasiado equipaje a ninguna parte, ni he sido de almacenar cosas ni enamorarme de objetos, hice la maleta y me marché al día siguiente, dejándoles una carta a mis compañeras de piso y pidiéndoles que no me buscaran, gangreno la vida, la mía y la de quienes me rodean, sin miramientos, les coloco una bomba de relojería pegada al culo.

Estuve un  par de semanas en una pensión de mala muerte, hasta que volví a cortarme las venas séis años después del primer intento, esta vez a conciencia, la sangre buscó su curso bajo la puerta del baño comunitario.  Faltó muy poco para cruzar la línea, aunque no llegué a ver ninguna luz blanca, ningún pasillo por el que transcurriese mi vida en imágenes.  Necesité varias transfusiones y estuve cinco meses ingresada en psiquiatría… un día me anunciaron que tenía visita, me acerqué a la sala donde se arremolinaban familiares y amigos de otros pacientes y tardé en reconocer a Alma, el pelo larguísimo, la figura frágil asomada a los ventanales que ocupaban toda una pared.  No me atreví a decirle nada y me giré con intención de regresar de nuevo a mi habitación, pero cuando ya salía Alma me retuvo cogiéndome del brazo: “No he venido hasta aquí para nada”  Aunque su olor era el de siempre, su voz se había hecho mayor.

Cogidas del brazo por los pasillos hablamos como si el pasado fuera un tebeo amarillo y viejo que puede editarse de nuevo y lucir mejor, con todas las páginas en su sitio, con las imágenes correspondientes.  Algunas cosas dolían, no sabíamos dónde encajarlas, y las dejamos para otro día.  Porque vino a verme más días, un par de veces por semana, me acompañó durante todo el tratamiento y la terapia posterior, y en muchas ocasiones sentí deseos de preguntarle por qué lo hacía, tenía edad de estar emborrachándose en los parques y bailando hasta el amanecer, sin necesidad de ocuparse de una hermana tarada que de bien poco le había servido. 

En caso de haber sucedido a la inversa no sé si yo me habría portado igual, y espero no tener que averiguarlo.

Me dieron el alta una mañana de Febrero en la que lucía un sol perezoso, salí a la calle con ropa nueva y extraña que me había comprado Alma.  Sentadas en un banco frente a la entrada de la clínica estaban mi madre y mi hermana, yo sentí deseos de borrarme del mapa y ellas tampoco supieron como reaccionar.  Alma me cogió la bolsa y se adelantó a parar un taxi.  Mi madre se acercó y me dijo: “Espero que te siga gustando el pollo asado, hemos encargado uno”.

El pollo asado continúa siendo mi comida preferida.

Juan ya no vive con ellas, mi madre y él terminaron separándose, aunque mantienen buena relación y quedan de vez en cuando.

Alma pone copas en un bar y es estudiante de psicología.  Al nombrar la carrera que había elegido nos echamos a reir y no dijimos nada.

He tratado de buscar a mi padre, pero las últimas noticias lo trasladan a una ciudad con mar donde se borran sus huellas.

No sé si se puede empezar de nuevo.  De cero desde luego que no.

Son las reglas de la resurrección.

En cualquier caso poder continuar es un regalo, un regalo que huele a vida recién nacida.

19/12/2011 11:08 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

Serrat & Sabina: segundas partes que serán buenas o la parte amable de la vida

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"Han sido unas elecciones muy conflictivas y dolorosas porque las encuestas han acertado y las malditas derechas han sacado una mayoría tal que puede uno sospechar que están aquí para quedarse por muchos años. No es un momento para tirar cohetes ni brindar. Es para estar altamente preocupados."

 

 

Artículo de Mario Apicella en lanacion.com

MADRID-. Parecen dos hermanos. El menor pregunta: "¿Me tomo esto así, todo junto?" El mayor responde: "Sí, cada seis horas. Ya te anoto qué es lo que tienes que comprar en la farmacia". Joaquín Sabina embucha las pastillas y apoya su espalda contra el respaldo de un mullido sillón. Joan Manuel Serrat anota el nombre del medicamento para que su socio se recupere de la gripe y de las fuertes molestias de garganta. No son hermanos, pero parecen. No son niños que andan haciendo travesuras a la hora de la siesta y, a pedido de la madre, el mayor se encarga de cuidar al menor, pero se complementan magníficamente. Se largaron juntos, en 2007, a una aventura que comenzó en Zaragoza, que duró seis meses, que incluyó 72 conciertos y que culminó en Argentina, con una serie de cuatro funciones en la cancha de Boca. Como testimonio dejaron registrado un CD y un DVD que llamaron igual que el tour, Dos pájaros de un tiro.

Ahora, Serrat y Sabina van a por más. Que si las segundas partes son buenas o no es lo que menos les preocupa. Pero saben que en marzo de 2012 comienzan una nueva gira, en Buenos Aires -ya hay 18 funciones agendadas en el Luna Park que se venden a buen ritmo-, y que debe ser diferente a lo anterior. Por eso pensaron en un disco con temas inéditos que escribieron y compusieron a dúo. Se espera que se conozcan dos singles antes de fin de año y que la versión completa del disco llegue a las bateas en febrero próximo, como para ir paladeando las novedades, a modo de previa de lo que serán los conciertos .

Y ahí están los dos pájaros, en una amplia sala de la compañía discográfica que edita sus discos. Dicen que les gustaría que la gente no sepa qué parte de cada canción hizo cada uno. Quizás sea un juego divertido cuando el disco esté publicado. Lo mismo se podría hacer con la escritura de esta entrevista. La primera pregunta de este encuentro con LA NACION fue acerca de la situación social, política y económica de España y de las perspectivas, a dos semanas de las últimas elecciones que dieron ganador al Partido Popular. Juguemos a unir las respuestas de ambos en los próximos párrafos sin importar quién es el que habla. Será fácil comprobar cómo se complementan, igual que en el escenario.

"El triunfo del Partido Popular no va a solucionar ninguno de los problemas fundamentales que atraviesa el país y Europa. No los va a solucionar un gobierno, del color que sea, ni un país. Si se quiere mantener la socialdemocracia de los últimos años -es decir: sanidad y educación pública de calidad, protección a los más desfavorecidos- tiene que haber una intervención global."

"Han sido unas elecciones muy conflictivas y dolorosas porque las encuestas han acertado y las malditas derechas han sacado una mayoría tal que puede uno sospechar que están aquí para quedarse por muchos años. No es un momento para tirar cohetes ni brindar. Es para estar altamente preocupados."

"Parecería que todas las libertades que el pueblo español ha conseguido en los últimos 100 años han sido dadas por obra y gracias del espíritu santo. Pero se han ganado a base de mucha gente, mucha sangre, mucha lucha y sacrificio. Si la gente no es consciente de que tiene que defender sus libertades, de a poco se las irán quitando."

"Preocupa todo esto que se da en llamar recortes. Porque cuando representa tener que ajustarse el cinturón para tener una existencia más monacal, sobria, me parece cojonudo. No cuando quiere decir que la enseñanza de nuestros hijos, el cuidado de nuestros enfermos y la atención de nuestros viejos será peor. La gente tiene que defender estos progresos. Es difícil llegar a ellos; es muy sencillo perderlos."

En la manera de hablar se podrá identificar qué parte del párrafo anterior dice cada uno. Pero lo cierto es que, aún con los matices de cada pensamiento, entre los dos redondean un concepto, incluso cuando la charla va hacia sus colegas.

Dejemos ahora las voces en off.

Sabina: -Es imposible no acordarse todo el tiempo del propio sector. Porque nosotros, bendecidos por algunos dioses paganos, podemos hacer una gira. Pero muchísimos de nuestros compañeros no pueden hacerlo. Dependían de contratos de ayuntamientos que actualmente no tienen dinero.

Serrat: -Lo primero que cae es lo prescindible. En esta situación la administración no soltará dinero para todo lo que tenga que ver con el mundo artístico.

Sabina: -Para animarme muchas veces pienso en lo estupefacto que me quedaba, por ejemplo, en la época de la hiperinflación en Argentina, en el gobierno de Alfonsín. La gente iba al teatro y venía a verme cantar. Me parecía asombroso. Acordarme de eso, y de todas las cosas que ustedes han pasado, me anima a pensar que la gente siempre va a tener hambre de cultura y que algo se hará.

Serrat: -Seguramente pasarán cosas. Puedes evitar que un chico que pinta no tenga dónde colgar sus cuadros. Lo que no vas a poder evitar es que pinte. Caminaremos y saldremos de esto.

-Se complementan en lo que dicen, lo mismo que en el escenario. ¿Qué tanto los sorprendió lo bien que se llevaron en la gira de 2007?

Serrat: -Yo estaba convencido de que sería así. Las dudas no eran acerca de Joaquín sino de mí. Pero estábamos seguros, a pesar de las apocalípticas visiones de amigos y enemigos. Lo que sabíamos era que para esta segunda gira había que hacer un disco de canciones nuevas. ¿Cómo? A cuatro manos. Que cada canción fuera resultado de los dos. A mi modo de ver, ha salido un disco extraordinario. Diría que es un disco en el cual evidentemente hay trazos de la manera de cada uno, pero se ha evitado la insistencia de esos trazos. Por eso creo que mucha gente no sabrá por momentos quién escribió qué cosa.

-Les gusta jugar con ese misterio.

Serrat: -No tanto el misterio. Nos gusta la capacidad de hacer otra cosa.

Sabina: -A mí me gusta mucho el disco. Creo que hay un fuerte aroma a Serrat donde yo ando revoloteando todo el tiempo.

-¿Cómo manejan el ego?

Sabina: -No recuerdo en toda la gira anterior alguna actitud suya que me molestara.

Serrat: -Bueno, los egos están ahí. Lo que pasa es que si tú razonas y tu ego te dice que esto tiene que salir de la mejor manera posible, lo que tienes que hacer es ser generoso. Uno más uno son dos. Funciona en la medida en que esto se entienda.

-¿Qué pensaban hasta ahora sobre las segundas partes?

Serrat: -Me niego a hablar mal de mí mismo [se ríe].

Sabina: -Por mi parte, creo que fue el temor a que el refrán tuviera razón -las segundas partes nunca fueron buenas- lo que nos impulsó a plantear esto de otra manera y a escribir canciones nuevas.

Serrat: - Y si esto es insuficiente para que confíen en nosotros, caminaremos de rodillas suplicando que la gente escuche el material.

El disco y un raro villancico

El álbum escrito y compuesto por Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat probablemente llegue a las bateas en febrero próximo, con el título La orquesta del Titanic, que es el nombre de uno de los temas. Pero esto todavía no está decidido. Lo seguro es que antes de fin de año se conocerán dos canciones. Una es "Cuenta conmigo". Según Sabina, se trata de una "rara" canción de amor. La otra es un antivillancico que los divierte bastante y que ya generó anécdotas como ésta: "Hace unos días, Ana Belén estaba grabando un programa de televisión que darán en Nochebuena -cuenta Joaquín-. Antes de él, todos los años se escucha el discurso del rey. Entonces viene una chica y me dice: «Aprovechando que estáis aquí y que sé que tienen un villancico, ¿por qué no lo cantan?»." Pero cuando Sabina le recitó su "Chrismas's song" que escribió hace un par de años, la chica desistió rápidamente del pedido: "No es verdad que me dé nauseas la Navidad./ Me conmueven la virgen, el niño, la mula y el buey./ Lo que pasa es que estalla una bomba en la Noche de Paz./ Lo que pasa es que apesta a zambomba el mensaje del rey".

-¿Sonará muy punk el villancico?

Serrat: -No, no. Es muy tierno, un poco tomado por donde hay que tomarlo. Uno no ha llegado a estas alturas del partido para crear confusiones [se ríe]. Es un trabajo que, desde la portada hasta el final, habrá quién manifieste su escándalo o su agrado de vivir en un mundo libre sin que...

Sabina: -Sin que llamen a la puerta al amanecer dos milicos y te saquen.

Otro de los datos curiosos es que no han trabajado con sus músicos de siempre. Eligieron como productor a Javier Limón, para que él pusiera su sonido. "Ha sido una buena idea porque Limón ha propiciado un punto de encuentro", completa Sabina..

12/12/2011 20:35 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"UN DIA MUY LARGO"

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PrecaucionesAntes de leer tener en cuenta que lo escribí por "encargo", hace tiempo, para presentarlo a un concurso... y que el microrrelato no es lo mío porque me enrollo como las persianas.  Queda dicho.

 

 

"¡Tachán!"...

Exclamó cuando abrí la puerta.

Estaba allí, como si nada, dos años después de haber desaparecido de mi vida.

Me plantó en los labios un beso feroz y preguntó por ella.

"¿Dónde está?, Quiero verla..."

Sobraban las explicaciones, él tomaba lo que quería cuando quería, sólo que esta vez se trataba de su hija, a la que había abandonado cuando la niña tenía tres años.

Leyó el temor en mis ojos:

"Prepara café -dijo sentándose en el sofá- hoy va a ser un día muy largo"

"No para tí" pensé desde la cocina mientras empuñaba el cuchillo jamonero.

08/12/2011 19:49 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.

ALIMENTA TUS NEURONAS

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Cuando era muy pequeño Daniel cogía los cuentos del revés y hacía como que los leía.  Le gustaba mucho uno de animales, buhos concretamente, que se escondían detrás de ventanitas de cartón. 

Quise que manipulara cuentos igual que manipulaba piezas de madera o encajables, que fuesen un objeto cotidiano al que acostumbrarse tanto como al beso de buenas noches. 

Llegaron "El topo que quería saber quien se había hecho aquello en su cabeza" (Werner Holzwart, Altea, 1991) o "Un culete independiente" (Jose Luis Cortés, SM, 2003), cuentos de esos que llegas a memorizar y que hay que repetir a diario sin perder un ápice de intensidad. 

Fueron apareciendo sobre la almohada o junto a la cena el lagarto y la lagarta con delantalitos blancos del poema de Lorca, los Versos Fritos de Gloria Fuertes, el Ratón de campo y Ratón de ciudad de la editorial Kalandraka con sus ilustraciones de materiales reciclados, y es cierto que durante unos minutos se generaba un clima especial, envolvente, en el que nunca hacía frio.

Ya no me pide que le lea en voz alta, pero ha llegado a representar una pequeña obra de teatro sobre una de esas historias familiares a fuerza de repetidas, "Te Quiero, Valero" (Fernando Lalana, Delsan, 2006) y no se va a dormir sin un rato de lectura combinada, un libro y un cómic (aunque ha leído desde el TBO a SuperLópez se decanta sin duda por Mortadelo y Filemón).  En su último año de escuela primaria es el responsable, junto a otros niños de su clase, de dinamizar la biblioteca para los más pequeños... cuando sale del colegio y los de infantil van de la mano de sus mamás o papás, o abuelas, señalan a Daniel: "Mira, ese chico se "disfazó" de "dagón" y nos contó cuentos..."

Me parece un acto de romanticismo apostar por la lectura en este siglo, en este año, en este momento.  Con tantas atracciones alrededor y tan poco tiempo para perderlo decidiendo.  Cuando a golpe de click los mundos se despliegan solos, y puedes jugar una partida virtual de tenis, o de bolos, con una chica de Asturias o dos gemelos de Londres...  Creo, ojalá me equivoque, que la lectura se ha convertido en el pariente pobre de cualquier regalo con éxito.

No puedo decir que Daniel sea un gran lector, sí que digo, porque lo miro a hurtadillas, que hay momentos en los que prefiere leer.  Y no sé si es bastante, pero me parece una apuesta interesante que debe compensarle, porque si no no se pondría a ello.

Desde luego no le apasiona la literatura tanto como el deporte, pero a veces te habla de la trama que está leyendo con la pasión de una final copera.

Y lo más importante a mi parecer, de momento sabe lo que no quiere leer, lo que no le gusta.  Precisamente las sagas de los más vendidos, los de miedo, terror o leyendas de minotauros, dragones y mazmorras.  Es más de andar por casa y reirse con los Gregs, los Manolito Gafotas, los antihéroes, los Marcos Mostaza de Daniel Nesquens, a los que pueden ocurrirle las mismas cosas que a él.

Detrás de la puerta de su habitación tiene colgado un poster que nos dieron en la bilbioteca del barrio.  "Leer es comer: comas lo que comas, alimenta tus neuronas".

No quiero un hijo perfecto.  Quiero el que tengo porque ha rebasado desde siempre todas mis expectativas.

Sí quería un niño al que le gustase leer, creo que esa afición le ayudará a caminar por la vida y a guardar palabras en los bolsillos, en los párpados y en la memoria, como quien guarda flores secas y recuerdos.

Y lee, cuando se acaba el dia y la noche parece una promesa tranquila.

Adelante con todas las historias que te esperan.

A diferencia de otras cosas, la lectura nunca dejará de conquistarte.

28/11/2011 20:51 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

"PRONOMBRES POSESIVOS"

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-A Marimar Moreno, gran amiga,

fiel a lo que escribo.

 

Los niños vendrán a la hora de cenar.

Llaman al timbre dos veces, con una breve interrupción entre ambas.

Alberto entra por la puerta como un huracán, tira la mochila sobre la cama y me pide un juego concreto de ordenador, ese en el que hay que sortear trampas y encontrar llaves para terminar abriendo un cofre del tesoro.

Parece siempre el mismo niño.

Con la alegría intacta.

Judith es diferente, no sólo por ser la mayor y comprender más cosas, sino porque siempre fue diferente. Una niña todo ojos y silencio, que contempla y calla, que cuando habla utiliza las palabras precisas, el tono adecuado. A veces se distrae y cuenta las migas de pan derramadas sobre el mantel, o mira a través de la ventana abierta en busca de otras cocinas habitadas por gente que eleva la voz, friega los platos o escucha música.

Sus besos son frágiles.

Eva no cruza la puerta. Se sitúa con las puntas de los pies pegadas al umbral, como si traspasarlo supusiera recibir una descarga eléctrica. Mira hacia dentro del piso con desgana y sin curiosidad. Intercambia conmigo unas normas ridículas:

“Que no beban coca-cola por la noche, aunque sea sin cafeína, les sienta mal”

“Judith necesita ayuda en un trabajo del colegio, que no se despiste dejándolo para última hora”

“Vigila que Alberto se cepille bien los dientes”.

No vigilo.

No soy un vigilante.

No soy otro padre, otro señor, otro hombre radicalmente opuesto al que era antes de separarnos. Conozco los hábitos de mis hijos, sus manías y hasta sus pequeñas mentiras.

No necesito instrucciones.

No me he profesionalizado en el cumplimiento de mi deber como padre.

Quizás si le soltase todo esto podría sorprenderla, pillarla fuera de juego, decirle entra, siéntate, vamos a hablar, no hace mucho teníamos planes, nos gustaba cenar fuera los sábados, queríamos comprar una casa en el campo, donde los niños pudiesen subir a los árboles y construir cabañas, yo te besaba en el cuello y tú te estremecías ¿lo recuerdas?

Pero la mujer que tengo en frente y que mira constantemente el reloj, la que apenas me sostiene la mirada y llama a los niños con una voz extraña, impostada, para que salgan al rellano a darle un beso, es una mujer sin memoria.

He comprado masa para hacer pizzas, los dos se divierten trasteando en la cocina, y helado de chocolate, y sobres de Cola-Cao para desayunar, porque es algo que ya no uso, absorbido de nuevo por mi adicción cafetera.

Cuando tengo a los niños Paula desaparece sin dejar rastro, ni un frasco de colonia en el cuarto de baño, ni un pijama en el armario. Se borra. Ella sabe. Aunque no hemos acordado nada ella sabe. Tiene su casa como yo tengo la mía. No llevamos demasiado tiempo, es preferible no invadir, ni adjudicarse papeles incómodos.

También está separada, no tiene hijos, pero mantiene con su ex una relación cordial y de vez en cuando hasta quedan a cenar; se ríe de la cara que pongo cuando me cuenta que

se llevan mejor ahora que durante su relación, y que en realidad, nunca deberían haberse casado, pues en el día a día resultan incompatibles.

“Pagar las facturas, decidir quién hace la compra, llevar la ropa al tinte y el coche a la revisión, colgar unas cortinas, asistir a las reuniones de la comunidad de vecinos, comprar los regalos de Navidad… todo eso desgasta la convivencia, la convierte en un protocolo incómodo, hazme caso…” dice mientras se cepilla el pelo, la boca de labios finos, lineales, sonriendo frente al espejo.

Y yo me quedo pensando que es precisamente eso lo que echo de menos, lo que me provocaba sensación de pertenencia: contribuir a los gastos de una casa, burocracia con mi nombre, con mi domicilio, con un DNI, con un estado civil… las fronteras de una pequeña patria en la que cabían hijos, trabajo, vacaciones, maneras de ser y estar.

Cuando todo eso desaparece uno se convierte en otra persona, tiene el mismo nombre, pero se llama de otra manera, está ubicado en un lugar que nada tiene que ver con el anterior, es un paria, un desahuciado.

Por eso a Paula la intuyo efímera.

Por eso no me duele quererla.

Eva sin embargo metió a su nueva pareja en casa un mes más tarde de mi partida. Debía tener prisa. Miedo. O las dos cosas.

Mario es joven, ocho años menor que Eva, conduce una moto de gran cilindrada, trabaja por cuenta propia, practica varios deportes… el tipo de hombre en el que ella no solía fijarse, pero de repente aparece, después de un simple curso de cocina quedan en grupo un par de veces, y lo que parece imposible que tome consistencia la toma, y trece años

de vida en pareja se cuelan por el desagüe sin dilación, y una noche cansado de esperarla, dormido en el sofá, me sacude como si estuviésemos rodeados de llamas, y lo estábamos, claro, devastados ya, y me empieza a recordar que este piso nos lo regalaron sus padres, y te tendrás que ir porque no pienso perder esta oportunidad, y por unos momentos no sé si me habla de una ganga, de un mueble de liquidación, o de otro hombre, es otro hombre sí, y quiere que sepa que no se siente culpable, por qué había de hacerlo, no puede evitar sentir lo que siente, que es a él a quien ama y con quien quiere estar, y sólo por esa vez, sólo viendo el brillo en los ojos de Eva y el ligero temblor de sus labios, envidio la posición de Mario en este momento de las vidas de todos nosotros.

Tuve el arranque de decirle con una tranquilidad inaudita que si me iba era para no volver, que no regresaría nunca más.

Ella me miró perpleja encogiéndose de hombros.

Fue cuando supe que había dejado de quererme.

Para siempre.

Para curar una herida o solucionar un conflicto.

Para bajarle un paraguas porque llueve.

Para sacar las bolsas del maletero y limpiar los hámsters.

Para nada ya.

Para nada.

Y se instaló Mario, puso sus camisas donde hacía muy poco habían estado las mías, y en lo que había sido mi cuarto de estudio y proyecto de biblioteca montó un pseudogimnasio en el que él y Alberto hacen flexiones y dan volteretas.

Eva se cambió el corte y color del pelo, usa vaqueros ceñidos, lee libros de autoayuda, el niño dice que cuando mamá está con Mario se ríe con la boca muy abierta, Judith le lanza una mirada que él no sabe interpretar, y seguimos comiendo, se enfría el consomé, no pasa nada por hablar, es peor callar, hay que lanzar los pájaros sobre el mantel, que revoloteen, que salpiquen, que, finalmente y sin apenas fuerza, salgan aleteando por la ventana. Se denomina exorcismo.

En una ocasión le pregunté a Judith que le parecía el novio de su madre. Estábamos haciendo la cama y se detuvo, puso frente a mí esa mirada suya que parece romperse y que me inquieta. “No me parece nada ¿y a ti?”.

Cambié de tema, no esperaba que la pregunta rebotase. Me dí cuenta que podíamos tener nuestras opiniones pero que de poco iban a servir, pues por primera vez en su vida Eva estaba dispuesta a saltárselo todo.

Así se lo hice saber a sus padres y a su hermano cuando me llamaron, tratando de averiguar más porque ella sólo les había dado los titulares. Supongo que hubieran preferido colocarme el adulterio a mí, colgarme todos los muertos, publicar mi currículum oculto. Pero no pudieron. Su hija no se escondió y yo tampoco.

Y dejé de tener familia política, mi sitio en la mesa, el servilletero con mi inicial, de la noche a la mañana, es asombroso lo sustituibles que somos, lo perecederos.

Yo apenas tengo gente a mi alrededor a la que dar explicaciones.

Hijo de viuda, una mujer que asiente a todo y no fija la mirada en ninguna parte, que asumió mi separación como quien camina sin detenerse viendo barrer las hojas de los árboles. Alguien entre la aflicción y lo hermético, que parece soportar el peso de la vida sin morder ningún pedazo, sin muecas, sin ojeras, sin despeinarse.

Hijo único de padre ferroviario que apenas paraba por casa, y cuando lo hacía dormía mucho, y cuando no dormía pescaba, o jugaba a las cartas con los amigos, mientras yo vivía cerca de él, mirando la marca incrustada de la gorra alrededor de su cabeza, y al mismo tiempo muy lejos, en el planeta de las canicas, las hogueras y el lenguaje de la calle que lo veía pasar con los zapatos siempre brillantes.

No pude dar crédito a su repentina muerte… había dejado pendientes tantas cosas para contarle… nos debíamos un tiempo que se tornó irreversible.

El caso es que cuando me separé no necesité la pena de nadie, pero sí un refugio. Quería un zulo, un hueco al margen de cualquier espiral, una puerta abierta en alguna parte.

Y por supuesto busqué a Sandra, que fiel a nuestra historia y con esa habilidad que la caracteriza supo estar a la altura, no defraudarme.

Sandra es la mejor parte de mí mismo.

La mujer que más veces me ha rechazado y más tiempo ha estado conmigo, esa compañera de vida de la que cometes el error de enamorarte y entonces te pones tonto y no quieres comprender nada, te obcecas, y a punto estás de tirarlo todo por la borda de no ser porque en toda paranoia hay un segundo pegado a la realidad, y en ese instante comprendes que no puedes perder esa relación en los mejores términos que pueda producirse, porque si no te pierdes tú.

Sandra es la referencia, la trayectoria, el pasado lógico, la caja dentro de otra y dentro de otra más, lo que concuerda, la persona incondicional que nos mantiene a este lado de la cuerda floja.

Me quedé en su casa un par de semanas, las justas para respirar demasiado aire de campo, repasamos las fotos de cuando éramos críos, las nocheviejas en el piso de aquel novio suyo que tenía una terraza a la que se accedía por una pequeña escalera de caracol y desde la que se divisaba toda la ciudad, cuando nos sentábamos en el tejado ahuyentando a los gatos y a las palomas y la vida nos parecía tremendamente simple.

Hasta que me echó con cajas destempladas, como suele suceder me puso en órbita, se acabaron las lágrimas y el hastío, la autocompasión, tus hijos te están esperando, cómete la frustración, pero no les falles… algo así vino a decirme la mañana que nos despedimos, yo muerto de miedo, poco complaciente, sin ganas de habitar una vida impuesta, el viento soplaba de un modo enfurecido, quebrando las ramas de los tilos, removiéndolo todo.

Y comenzó el resto de mi insospechada existencia, en un pequeño piso alquilado, con atrayente mezcla de luces, en el casco histórico de la ciudad. Desde la urbanización los niños vienen aquí como de excursión, y les hace gracia asomarse al balcón y ver a los gatos rebuscando en la basura, y a las vecinas llamándose de ventana a ventana.

Todos hemos aprendido a reinventarnos, tratando de perder lo mínimo, o aprovechando para hacerlo.

Antes de la hora convenida suena el timbre de una forma extraña, a veces los sonidos son premonitorios. Me asomo por la mirilla y veo el rostro delgado y pálido de mi hija mayor, que debería estar en el colegio y no aquí, y mucho menos sola… Abro la puerta queriendo saber y me encuentro con una niña de aspecto fatigado y zapatos de uniforme cubiertos de polvo, sonríe sin ganas y en sus ojos persiste un rastro inequívoco de llanto.

“Pero qué lejos vives..” me dice al pasar, y se queda en el centro del salón sin quitarse la mochila, como si fuese una desconocida.

Antes de poder preguntarle nada suena mi teléfono móvil, el nombre de Eva brilla en la pantalla “Si es mamá dile que estoy bien, que no se preocupe, y convéncela para que no venga, por favor”

Eva no lograba articular una frase entera sin romper a llorar, he tenido que repetirle varias veces que la niña se encontraba bien y que estaba conmigo, nunca ha sido especialmente creyente, pero nombraba a Dios dándole gracias, aún no he podido hablar con ella, tranquilízate, te llamo dentro de un rato.

Al colgar compruebo que Judith ha abierto de par en par las ventanas, como si necesitase oxígeno, un aire limpio y fresco de otoño entra en la casa, sacude tímidamente papeles y cortinas.

“¿Vas a contarme qué ha ocurrido?”

Se quita por fin la mochila, se descalza, dejándose caer en un sillón.

“Pasa que hoy me he rendido papá, no podía cumplir la misión, asistir a clase como si nada, tratar de pasar por las cosas sin que me afecten y comportarme como una buena chica … he echado a andar hasta llegar aquí, he cruzado la ciudad, no sabes la cantidad de cosas que suceden en esas horas en las que parece que nunca pasa nada… verás, no es que este destino sea mejor que ninguno, no te ofendas, es que no tenía otro, y huir sin más es de locos, no conduce a ninguna parte…”

Observo a mi hija mientras un temblor frío me recorre la espalda, en mi cabeza se abre paso la inquietud… en qué momento me perdí su germen, cuando he llegado a desconocerla tanto…

Cojo una silla y me siento a su lado. Presiento que no puedo hacer otra cosa más que escucharla, descubrirla, no perder esta oportunidad que parece definitiva.

“Mamá está embarazada, va a tener un hijo con Mario, nos lo ha dicho durante la comida, como si fuese lo más normal del mundo, mientras le cortaba el filete a Alberto, me he puesto mala, no he podido evitarlo, me he dado cuenta de que no hay retorno, que hasta ahora lo de Mario podía ser pasajero, no sabes cómo lo mira, como cuenta los minutos que faltan para que él regrese, que incluso podíais volver dentro de un tiempo, al fin y al cabo no ha habido grandes peleas, los dos muy civilizados, demasiado tal vez…”

Está cansada, hace una pausa para cobrar fuerzas y recomponer una voz que se quiebra por momentos.

“Pero ya con un niño en medio… eso son palabras mayores. Voy a tener un hermano de otro padre, le voy a llevar trece años, si casi va a parecer hijo mío…”

Trata de sonreir, pero su cara se convierte en una mueca difícil.

De repente estoy tan agotado, tan confuso, que sólo puedo acariciarle el pelo.

“Creo que tu madre está apostando fuerte por su vida y nosotros debemos hacerlo por la nuestra, Judith”

Levanta rápidamente la cabeza del reposabrazos del sillón, se borra de un manotazo una lágrima rabiosa y me pregunta airada: “¿Cuál es nuestro sitio en su vida? ¿Cuál? ¡Yo quiero el que tenía!…”

La tarde se empieza a teñir de ocres.

Hemos hablado mucho, desordenadamente, tratando de poner nombre a las emociones y a los miedos, mostrando las heridas.

Hasta que se ha quedado dormida, la he tapado con una manta, su cara todavía de niña chica exhausta, y entonces he llamado a Eva, que cuando ha dejado de gritar al otro lado

del teléfono, agraviada por la fuga de la niña, por el susto que le ha dado y principalmente porque haya venido en mi busca, ha aceptado quedar conmigo para hablar de los chicos en terreno neutral, a medio camino entre su mundo y el mío.

No le he adelantado la propuesta de Judith de venirse a vivir aquí, es posible que todo se calme y cambie de idea, los días están repletos de sorpresas.

Cuando ya habíamos concertado la cita y la conversación declinaba rápida hacia la despedida le he dado la enhorabuena, espero que no te salga tan llorón como los anteriores, ¿recuerdas el sueño que pasábamos?, la primera salida que hicimos después de tener a Judith fue al cine, donde nos dormimos prácticamente en la primera escena y tuvo que despertarnos el acomodador cuando ya no quedaba nadie en la sala… se ríe francamente, recupero algo de la Eva con la que viví en esa risa, en el recuerdo compartido de un proyecto que trató de ser común y duradero. Y duró cuanto pudo.

Mañana por la mañana me traerá a Alberto, tendremos el paréntesis del fin de semana por delante para tratar de retomar las cosas desde otra perspectiva.

Cuelgo.

Apenas se oye nada, algún coche lejano, el reloj de la cocina.

Mi hija duerme.

Yo no creo que logre hacerlo en toda la noche, posiblemente llame a Sandra, le cuente que voy a ver crecer al hijo que mi mujer tendrá con otro hombre, tu exmujer, matizará ella, mi mujer, la única con la que quise formar una familia, tener un futuro, hacerme viejo.
Sé que hay que aferrarse a la vida como única solución de amparo.

Aunque ella decida por nosotros.

Y a veces, nos deje al margen.

21/11/2011 16:08 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

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