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MARTES DE CENIZA

"CONTIGO EN LA DISTANCIA"

"CONTIGO EN LA DISTANCIA"

El 25 de Marzo de este año, en Madrid, un jurado presidido por Javier Cercas e integrado en paridad por tres hombres y tres mujeres otorgó el XVIII Premio Alfaguara de novela a "Contigo en la distancia" de Carla Guelfenbein (Santiago de Chile, 1959).

Se presentaron a ese premio setecientas siete obras y el jurado finalmente se quedó con siete y de entre ellas con la que se firmaba bajo el seudónimo de Sofía Veloso.

La autora, de origen ruso-judío, se exilia con sus padres a Inglaterra en 1973, tras el golpe de estado del general Pinochet, regresa a Chile catorce años después.

Me gusta cuando dice que para ella la literatura significa un lugar al que poder acudir constantemente, el refugio de su infancia. Aunque fue una escritora precoz no publica hasta 2002, cumplidos los cuarenta años, convirtiéndose en una de las autoras más reconocidas en su país y traducida a varios idiomas.

Se le acusa (a quien encima nos regala historias hay que acusarle de algo, a cómo de lugar, sino no nos quedamos tranquilos...) de escribir sólo para mujeres, de ser cursi y sentimentaloide, y ella, a mi parecer, se defiende impecablemente:"Yo soy acusada de escribir una literatura sentimental, así como dicen que soy una escritora para mujeres. No pretendo defenderme, porque no soy la persona indicada para hacerlo. Mi convicción es que los sentimientos son parte intrínseca del ser humano, y que los grandes eventos de la historia, pero también los pequeños momentos de la vida, se mueven por una mezcla, no sé si equitativa, entre la mente y el corazón. Por lo tanto, los sentimientos no son un patrimonio exclusivo de las mujeres."

El jurado del Premio Alfaguara de novela quiso destacar su escritura compleja y transparente, así como la demostrada habilidad para entretejer historias bien ensambladas que abarcan tres generaciones.

Si un grupo de expertos autores se pronuncia qué voy a decir yo, aunque considero que no hay jurado más implacable que el público , ni mayor difusión de una obra que pasar la voz.

"Contigo en la distancia" es una novela bien elaborada, meditada, trabajada con escrúpulo, culta y larga. Quizás se hace un poco densa, algo pesada, quizás se impregna demasiado del detalle, de la explicación exhaustiva que en ocasiones sobra. 

Es una novela importante, de las que merecen premio, nada facilona, interesante. Aunque a mí me haya dejado esperando culpables, el manotazo sobre la mesa, la resolución de algo que se nos presenta como hilo conductor y que no termina de aclararse.  Era lo que yo buscaba, desentrañar el misterio inicial, pero entiendo que la intención de la autora, y de esos personajes que empiezan siendo lo que son y terminan siendo lo que quieren ser (razón más que suficiente para leer su historia) era otra bien distinta.

Vidas de escritores con luces y sombras, imperfectos, humanos, etéreos, que traen al mundo seres que habitan bajo esa estela, que se equivocan, que buscan, que aman y que pierden... No somos seres individuales, nos desplegamos en otros, nuestras acciones afectan a quienes ni siquiera nos conocieron pero nos pertenecen, de una u otra forma.

Tres generaciones en busca de respuesta, al final cerrar ciclo y reconstruirse es lo más importante.

"NADANDO A CASA"

"NADANDO A CASA"

Esta historia tiene dos polos, dos partes magistrales y breves, que la convierten en una novela-balancín: el principio y el final.  Cómo muestra una frase del primer capítulo:"La vida solo merece la pena porque tenemos la esperanza de que irá a mejor y de que todos llegaremos a casa sanos y salvos".

Lo que queda en medio es un poco olla de grillos y/o camarote de los hermanos Marx, una historia de locura con un marcado carácter inglés, aderezado por personajes estrambóticos que pasan sus vacaciones en Niza.

"Nada más llegar con su familia a una casa en las colinas con vistas a Niza, Joe descubre el cuerpo de una chica en la piscina. Pero Kitty Finch está viva, sale del agua desnuda con las uñas pintadas de verde y se presenta como botánica... ¿Qué hace ahí? ¿Qué quiere de ellos? Y ¿por qué la esposa de Joe le permite quedarse? 
Nadando a casa es un libro subversivo y trepidante, una mirada implacable sobre el insidioso efecto de la depresión en personas aparentemente estables y distinguidas. Con una estructura muy ajustada, la historia se desarrolla en una casa de veraneo a lo largo de una semana en la que un grupo de atractivos e imperfectos turistas en la Riviera son llevados al límite. Con un humor mordaz, la novela capta la atención del lector de inmediato, sobrellevando su lado tenebroso con ligereza".

Los extremos de la cuerda sujetan con acierto una narración en la que a veces cuesta centrarse, no divagar tanto como algunos de sus personajes, etéreos, ansiosos, desmedidos... resulta mordaz y frívola, desconcertante por momentos, pero todo encaja, todo encuentra su sitio y su ser, todo tiene un por qué.

Cada día de la semana (se estructura así la novela)es una vuelta del carrusel, una vuelta que parece no conducir a ninguna parte, que casi no cuenta nada, que puede resultar tan lenta como las tardes de verano en las que sucede la trama.

Pero todo está detrás de los paisajes, bajo la piel. Los extremos de la cuerda tensan el drama medido, tejido con esmero, y es mucho más lo que subyace que lo que nos cuentan.  Al final una piensa "¿Cómo he podido no darme cuenta?", porque se trata de un final anunciado, pero absolutamente sorprendente, y esa es otra de las grandes bazas de esta novela editada por Siruela hace unos meses, la sorpresa, el impacto, que compensan con creces ese terreno medio de la novela, dónde los personajes se interrelacionan con el desapego de la confianza durante unas vacaciones de verano en las que parece que todo pasa y desaparece, sin más.

Cuidado con idolatrar.

Cuidado con los fanatismos.

Cuidado con el agua.

Son recomendaciones para leer "Nadando a casa", de Deborah Levy (Sudáfrica, 1959), una prolífica autora que nos sirve en bandeja de plata el tratamiento social de la enfermedad mental, esa gran desconocida, atrayente, perturbadora y siempre difícil, capaz de enmascararse bajo el caparazón de la tortuga para lograr su objetivo.

Una historia distinta contada de forma diferente, dos polos a través de los cuales merece la pena viajar.

"ANDRAJOS"

"ANDRAJOS"

 

"Mi madre murió el día de mi cumpleaños. Venía por el pasillo a oscuras sosteniendo la tarta, con sus dieciocho velas encendidas. Mi padre y yo esperábamos sentados en la mesa del comedor, y mientras él cantaba el cumpleaños feliz yo sonreía sin quitar los ojos de aquel pastel luminoso.
De repente, las pequeñas llamas comenzaron a descender a toda velocidad hasta estrellarse contra el suelo, y el ruido de un gran golpe retumbó en toda la casa. Era el cuerpo de mi madre al impactar contra las baldosas, sufrió un infarto cerebral, nunca más se despertó, tenía treinta y cinco años."

 

Así comienza "Andrajos", la novela que Alicia Ordiz, asturiana y periodista, escribió en mes y medio. Historia de máxima popularidad actualmente entre los lectores digitales, red por la que se propaga como llama al viento y esa es la idea, claro, la intención de todo lo que cuenta, que es muchísimo... que se sepa, que todo el mundo se entere.

En este blog http://cajeraestresada.blogspot.com.es/2015/02/resena-andrajos-alicia-ordiz.html encontraréis una interesante entrevista donde Alicia Ordiz no se considera todavía escritora, sino autora de la novela que ha autopublicado y de las otras tres que verán la luz en breve.

Subirse a "Andrajos" es una atracción de Parque, agárrate, despegas, vueltas y más vueltas, ochos, curvas imposibles, paisajes nublados, trompicones, volteretas, no te sueltes, de lado, de frente, de espaldas, gente que grita, gente que salta, gente que se queda... de repente frenas, te detienes, suena una sirena, el viaje ha terminado, miras a tu alrededor, no sabes muy bien lo que ha pasado pero tienes claro que te has metido en algo diferente, algo que prometía serlo, y que por momentos lo ha sido.

Tiene precipitación la novela, a veces intencionada, otras no. Precipitación, ganas, emoción y vida. Es una colección de muñecas rusas, una dentro de otra y dentro de otra que a su vez está dentro de otra más... vagones encadenados sin tregua, sin un contenido literario rico en descripciones y matices, bien estructurado, con intención poética... nada de eso, un cubo de agua helada en cada esquina, palabras que son hechos, palabras sumadas a palabras que son sucesos, acción, la vida que no se detiene y que no hace falta explicar demasiado porque todo el mundo sabe.

La historia de Elena en presente, y la de su madre, Carmen, en pasado, se entremezclan y cruzan como la enredadera, con intención de ver la luz, y de respirar.

Tiene mucho deseo "Andrajos", muchas ganas de querer presentar a unos personajes que casi se desdibujan un poco, en medio de un caos bien sostenido, controlado, en ocasiones demasiado "dulce" (he visto algunas secuencias a lo "Pretty Woman", que te hacen sonreir porque son las menos, y porque en medio de la gran telaraña que es la novela suponen licencia otorgada), que te captura desde el instante de la tarta hasta el final, en un trayecto de alta velocidad, intensísimo (impecable en estaciones de paso como el fragmento en el que la protagonista se convierte en una persona sin hogar) y sobre todo entrañable, porque de nada se sale solo, nos apoyamos los unos en los otros, buscamos la mano amiga, la mirada directa, la palabra precisa.

Sólo la humanidad nos salva de la humanidad.

Se sabe poco de Alicia Ordiz, pero estoy convencida de que llegaremos a saber mucho más, porque no se va a convertir en cualquier escritora. Su manera de contar las cosas tiene un brillo y un ritmo especiales, abiertos y diáfanos.  Para no pestañear.

"JUSTO ANTES DE LA FELICIDAD"

"JUSTO ANTES DE LA FELICIDAD"

Agnés Ledig es comadrona en Alsacia. Le detectaron leucemia a uno de sus hijos y mientras estuvo hospitalizado ella escribió a diario para desahogarse. Ese fue el cimiento principal de su segunda novela editada por Grijalbo en este Septiembre.

Novela galardonada por los libreros franceses y traducida a un montón de idiomas, estoy convencida de que pasará a la acción cinematográfica. Tiempo al tiempo. La historia es un culebrón emocionante e intenso, una montaña rusa de la que no quieres apearte.

Una madre soltera, desencantada de la vida, a la que un dia se le escapa una lágrima de impotencia mientras trabaja en su puesto de cajera, un hombre abandonado, sensible, que ha vivido y sabe descifrar, unas vacaciones, un niño enternecedor, un adulto con un enorme agujero en el pecho, una médico suplente, la mejor amiga de la madre soltera, un fisioterapeuta, el mar... todos interactúan, están imbricados de una manera u otra, es aquella leyenda del hilo rojo que los atraviesa, los une, les da forma.

Sinopsis: Hace demasiado tiempo que Julie ha dejado de creer en los cuentos de hadas, en la bondad y todas esas patrañas. Con apenas veinte años, es cajera de un supermercado donde aguanta las impertinencias y el acoso de su jefe por miedo a perder su puesto. No se lo puede permitir, necesita ese trabajo. Es madre soltera y tiene que valerse por sí misma, ya que su familia le dio la espalda cuando se quedó embarazada del pequeño Lulú, un niño de tres años adorable.
Pero un día un desconocido le tiende una mano por pura generosidad. Conmovido por su situación familiar, Paul, un cliente del supermercado, la invita espontáneamente a pasar con el niño unos días en la costa bretona junto a él y su hijo Jérôme. Reacia en un primer momento, la joven madre acaba aceptando la propuesta sin saber que estas vacaciones van a cambiar sus destinos para siempre. Un viaje de no retorno y una cadena de sucesos inesperados mostrarán a Julie la cara más triste pero también la más amable de la vida. 

Esta invitación resulta prometedora, a eso se le añade que la historia se convierte en buena cuando está bien narrada, cuando no inventa estilo y cuenta las cosas cómo las siente y sabe, y también cómo le gustaría que se las contaran a ella. La comadrona francesa tiene arte y filón, esta es su segunda novela y todavía no ha llegado a España la tercera ("Vete con él"), apartada de los círculos literarios, vive con su familia en un pequeño pueblo de Alsacia. Su hijo no pudo sobreponerse a la enfermedad y murió, en "Justo antes de la felicidad", Ledig (a la que comparan con Anna Gavalda) escribe con una intensidad desbordante sobre la ausencia y la necesidad de apoyarnos en los demás, unos pocos, sólo unos pocos escogidos, para sobrevivir.

Tremendamente triste por momentos y a la vez tremendamente enriquecedora y constructiva, sin olvidar que es una novela y que la ficción nunca puede superar a la realidad, es decir, que hay sesgos, fragmentos, instantes en la narración que resultan poco creíbles.  Importa poco, es necesario que sea imperfecta, que ahonde en las penas, que toque fondo para que resurja. La historia cobra distintos ritmos hasta llegar al horizonte.

El argumento de "Justo antes de la felicidad" se basa en las grandezas y miserias de cualquiera de nosotros, en las dos caras de la moneda que tienen todos los sucesos, en la suerte, factor que nunca debemos perder de vista, y en los seres humanos que nos encontramos por el camino, y que están ahí por algo.

Se lee con la misma intensidad que transmite (osea, mucha).

"A veces, en la vida, tienes la sensación de cruzarte con gente de tu mismo universo... Extrahumanos, diferentes de los demás, que viven en la misma longitud de onda o en la misma ilusión que tú" (página. 137)

"Justo antes de la felicidad" es un reencuentro con la vida, volver a creer en ella.

"EN LAS ORILLAS DEL VIENTO"

"EN LAS ORILLAS DEL VIENTO"

Fe Quiroga abrió de par en par las ventanas, barrió los peldaños de la entrada y se apoyó en el quicio de la puerta a contemplar un poco el mar, como siempre cada mañana de su vida, apenas unos minutos, con la mano grande y nervuda haciendo de visera, queriendo descubrir los límites de aquella extensión  salada frente a la que había transcurrido toda su historia. 

Después se puso su mejor vestido, las medias impolutas y un ligero carmín en los labios prietos y ajados, y se tumbó a morir sobre la colcha que estrenase en su primera noche de casada.

Así la encontraron las vecinas, extrañadas de no oírla cantar mientras preparaba la comida, había faltado a su cita puntual con el panadero, a la misma hora de cada día los panecillos blancos la esperaban como perros sin amo, tampoco se sumó a las tertulias del atardecer, calle abajo, donde la cuesta hace un recodo y un grupo de mujeres aprovecha el muro y el final del día para intercambiar opiniones y confidencias. La echaron en falta porque Fe no pasaba desapercibida, hablaba poco, pero con vehemencia, sus frases candiles encendidos o aldabonazos secos y contundentes, luego nada, unas risas, estirarse el delantal, recoger la silla y vuelta a empezar con la amanecida, hasta que Dios quiera.

No era mujer de misas ni rosarios, no se santiguaba como otras al pisar la calle, ni rendía culto a los muertos, a pesar de acumular ya varios. Quedó viuda de marinero a los treinta y ocho años, con tres hijos pequeños, Saúl, el mediano, murió veinte años después desempeñando el mismo oficio que el padre, maldita herencia, qué tristeza la de no tener cuerpos sobre los que arrojar un puñado de tierra, cerrar el ciclo y no querer imaginar que se equivocaron al darlos por desaparecidos y puedan volver algún día, silbando la cancioncilla de siempre, arrastrando los pies.

Al morir el hijo ya tenía dos nietos a su cargo, los dos de Mariela, la chiquilla de los ojos oscuros y encendidos, siempre en llamas, a la que se le quedaba pequeño el pueblo, estrecha la propia vida. Marchó el mismo día que cumplió los dieciocho años, se fue con otros jóvenes de la localidad  a probar suerte en la ciudad más cercana, cuatro cosas en una mochila y la promesa de un futuro dorado para su madre.  Los demás volvieron en fechas señaladas, Mariela tres años después, con una niña menuda y llorona que gateaba velozmente y todo se lo metía a la boca.

De un primer vistazo Fe comprendió que iba a quedarse con su nieta, como así fue, la pequeña temporada se convirtió en años en los que Mariela reaparecía, cada vez menos tiempo, con la maleta cargada de regalos, una risa bronca y desmedida y un puñado de lágrimas furtivas cuando de reojo miraba a Estrella.

Al contrario que su madre, la niña era lista y rápida, ávida lectora, se quedaba con todo, ayudaba a su abuela en las tareas domésticas y aunque esta le hablaba de su mamá y de que algún día podría volver con ella, Estrella siempre la llamó por su nombre las pocas veces que la mencionaba.

Mariela llegó con Martín el día que su hija mayor cumplió siete años. 

Ese fue su regalo, un hermano de dos que tenía una mirada asustadiza y desbocada y que no se soltaba del cuello de su madre.

Fe y Mariela mantuvieron fuera de la casa una acalorada discusión en la que aún se atrevió a intervenir alguna osada vecina a la que ambas mandaron al carajo.  La hija aludió al dinero que le mandaba, insistía en que a partir de entonces la cantidad sería mayor… “no es una cuestión de dinero, tanto tiempo fuera y todavía no has aprendido las cosas de la vida…”

Fe Quiroga zanjó la discusión  con esta frase y los brazos en jarras, esperando que los ojos oscuros de su hija pequeña se atreviesen a mirarla.

Mientras preparaba la cena sintió llorar al pequeño, notó el regusto amargo de la certeza y comprobó que Mariela se había ido sigilosamente, sin decir adiós y dejando a Martín al cuidado de su hermana.  Más que su hermana fue su sombra, el niño dejó de estar encaramado a su madre para ir siempre colgado de Estrella, a cualquier lugar, hasta le hicieron sitio en la escuela antes de que tuviese edad para asistir, porque separarse de la hermana suponía un drama absoluto, horas de llanto y hasta vómitos desesperados.

Tono, el hijo mayor, silencioso, introvertido, que apenas paraba por casa y cuando lo hacía no quería mezclarse con las criaturas, las miraba como a seres indescifrables, buscó trabajo atravesando fronteras, lejísimos de cualquier parte…  

Su madre abrazó aquel cuerpo de roble estático comprendiendo  que desde muy chico lo había puesto a trabajar como si se tratase de un adulto, sintió lástima por los dos, porque se desconocían el uno al otro, pero ya era demasiado tarde. Quiso pedirle perdón pero no supo cómo, y lo vio marchar calle abajo, impulsado por un ímpetu nuevo, sin mirar atrás.

Quedó Fe sin hijos y con dos nietos, quizás la gente suficiente para una casa tan pequeña.

Barrió hacia dentro pensando que aquel podía ser el inicio de algo estable, horarios, comidas, colegios, calcetines secándose al sol… los niños organizan la vida de un modo sencillo y rutinario.

 Pero la vida es un animal salvaje que no se deja atrapar.

Fue un domingo por la mañana cuando Camila atravesó el toldo de la puerta, compañera de juegos en una infancia demasiado corta, vecinas, comadres, la informó de que unos elegantes señores preguntaban por ella, habían dejado el coche, reluciente, impecable, de un azul que parece el propio cielo cuando está cargado, junto a la plaza, y subían a grandes zancadas camino de la casa, sin resuello y con evidente determinación entre ceja y ceja.

A Fe se le desbocó el corazón y recordó los sueños de los últimos días: la casa un barco que flotaba sobre el mar, entraba agua por todas partes, los niños la recogían con las manos y la lanzaban por la ventana, ella fregaba de rodillas una y otra vez, pero el barco se hundía, se hundía…

Trajeron muchos papeles. Se presentaron como el padre y el abuelo de Martín. ¿Dónde está el niño?. El niño tenía entonces cuatro años y estaban donde Sasio, que les permitía jugar entre sus gallinas.. La miraban como si fuera una piedra, un trozo de pared que se derriba con un certero golpe. No le salía la voz del cuerpo, se miraba las manos, una enlazada a otra, mientras nacía una herida desde lo más profundo de su ser y se ramificaba por todas partes.

El pueblo entero acudió a ver cómo se lo llevaban. Prácticamente a rastras, llamando a gritos a su hermana y a su abuela, un niño huracán puro, retorciéndose, gimiendo.

“Haz algo ahora mismo”, exigió Estrella, mirándola con la dureza impropia de una niña, los gritos de fondo, los murmullos de la gente, aquel coche dentro del cual Martín golpeaba los cristales…

De repente, no se sabe de dónde salió, se instaló el silencio, un silencio cargado de pólvora, el que sucede al quebranto de las cosas. La gente se dispersó, el coche desapareció con Martín dentro, como si nunca hubiese existido,  sólo ellas en la plaza semicircular y vacía, ellas y un sol tenue, debilitado y triste.

Estrella echó a correr y su abuela no pronunció su nombre ni trató de ir tras ella. 

Desde ese mismo instante supo que nunca la perdonaría.

Tardaron horas en encontrarla, al principio del bosque bajo, entre árboles centenarios que asustaban a las propias sombras, estaba exhausta y durmió durante un día entero, luego se levantó y siguió con la vida que había aprendido como si nada, ayudar a la abuela en el lavadero, hacer queso, desenredarse el pelo al sol, volver a la escuela… de no ser por el acero que se instaló para siempre en su mirada parecía la viva estampa de la resignación.

Fe Quiroga escribió a su hija, le contó lo del pequeño Martín, le puso que Estrella la necesitaba. Le costó juntar letras y expresarse en un pedazo de papel, sintió que había hecho un esfuerzo enorme pero le devolvieron la carta, esa y la siguiente. No supo dónde localizarla.

Por la noche escuchaba a su nieta moverse por la casa, abría la ventana y se acodaba sobre el alfeizar o salía a la calle descalza, sólo para sentarse un rato en los peldaños, quieta y oscura, abrazada a sus rodillas pequeñas.

Se dejaron llevar por la corriente subterránea que todo lo empuja sin darnos cuenta.

Estrella se comportaba correctamente, como una huésped bien educada, pasó los dos años siguientes esperando en las fechas señaladas una llamada , el teléfono público estaba en la puerta contigua, sonaba muchas veces al cabo del día, pero nunca era para ellas, unas líneas dentro de un sobre sin remite, una visita inesperada, algo…

 Hasta que regresó un Tono distinto, sonriente, diáfano, que contaba de sus historias por el mundo y venía  a presentar a su esposa, cuando dijo esposa la boca se le llenó de aire y el aire de pétalos rojos, esposa, Brigitte, una mujer extremadamente delgada y blanca, que lo miraba todo como fotografiándolo, tenía ojeras muy marcadas, las manos de dedos largos cubiertos por grandes anillos de plata, unos vestidos que rozaban el suelo y media sonrisa que no separaba jamás sus labios de pergamino. Apenas sabía hablar castellano pero según Tono lo entendía a la perfección.

Durante unos días fue la mayor atracción del pueblo, no se hablaba de otra cosa, los niños chicos revoloteaban alrededor de la extranjera, que de vez en cuando cocinaba y todos comían como si se tratase de un manjar, todos menos Fe, que removía la espesura de algo parecido a un puré y se lo echaba disimuladamente a los perros de Camila, que andaban siempre merodeando en su puerta.  Brigitte se ganó la confianza de Estrella, que bajó la guardia y volvió a ser una niña, paseaban juntas, escuchaban música, ponían la mesa entre risas…

Pero había algo extraño, turbio y sumergido, en aquella presencia, Fe no sabía qué era, ni cómo llamarlo, lo sentía, faltaba transparencia en la mirada y los gestos de Tono y  su mujer. 

Como por descuido Tono preguntó a su madre por el paradero de Mariela, necesitaba hablar urgentemente con ella, de repente, a pesar de que en sus visitas esporádicas jamás hubiesen cruzado palabra, ni siquiera cuando dejó a los niños tirados como fardos, ni cuando él se marchó sin haberles otorgado nunca ni una sola caricia. “La gente cambia, madre”, pronunció  despacio ante la mirada dura y sin paliativos de Fe. “Lo dudo”, respondió ella, y le entregó las cuatro cartas y papeles que guardaba de su hija.

Tono se marchó un par de días a solucionar unos asuntos en la ciudad. Fe pensó que vendría trayendo a su hermana, ejerciendo de hermano mayor, ocupándose de una vez por todas de la vertebración familiar, la traería sí, aunque fuera cogida por los pelos, desmadejada y maltrecha, pero en casa se repondría pronto, de nuevo el revuelo alegre de jilguero, esos vestidos que se cosía con cualquier retal, las leyendas que narraba imitando voces durante las largas veladas de invierno…

Brigitte se dedicó a tomar el sol y leer las revistas que había traído, su enorme sombrero de paja la delataba antes de doblar cualquier esquina, a su lado Estrella le enseñaba palabras, rincones, el vuelo equivocado de algunos pájaros, cuando regresó Tono, a Fe no le cabía ninguna duda, Estrella ya era más de Brigitte que de nadie.

Tono volvió solo, ni rastro de Mariela, una carpeta bajo el brazo y una sonrisa victoriosa que en su rostro ancho y curtido por el sol parecía postiza.

Contó que Mariela había parido dos chiquillos más a los que ella misma entregó en adopción, contó que vivía en una especie de hogar tutelado por monjas, que no se pintaba la cara, que de su cuello colgaba una cruz de madera y que tenía por norma no remover el pasado, dejarlo quieto, para que no muerda.

Fue cuando reapareció el Tono de siempre, el que hablaba cabizbajo y meditabundo, como para él mismo, contó que Brigitte no podía tener hijos, que ya estuvo casada una vez, hace años, se separó de su marido por ese motivo, “yo por ella madre soy capaz de hacer cualquier cosa, no sé si me entiende”… qué importaba lo que Fe pudiera entender si ellos ya habían tejido la red, la trampa, la tela de araña. 

En un principio regresaron al pueblo para quedarse con Martín, pero las circunstancias provocaron un giro inesperado en la toma de decisiones, no les importaba hacerse cargo de  la suplente, aunque fuese un poco mayorcita… “Comprenda madre, tengo el consentimiento de Mariela, los papeles en regla, con nosotros va a tener una vida plena, llena de oportunidades…”

Fe Quiroga se levantó de golpe tirando la silla en la que se encontraba sentada, su hijo no fue capaz de moverse, encogido como estaba sobre sí mismo, tan corpulento, parecía un muñeco de trapo.

No tuvo fuerzas para pelear, no eran necesarias. Preguntaron a Estrella qué le parecía la aventura  y la niña se abrazó  a Brigitte besándola repetidamente.  Miró a su abuela con todo el desprecio del que fue capaz, sin palabras, una mirada que resumió sus once años en aquella casa, y corrió a preparar su equipaje.

Antes de encerrarse en su habitación y no presenciar la partida ni formar parte de ella Fe cogió del brazo a su hijo, este fumaba en la puerta de entrada y la acción le pilló desprevenido: “Vienes y me robas lo único que tengo para complacer a una mujer que no conoces y que nada tiene que ver contigo, escúchame bien, cuida de tu sobrina o aunque nunca haya salido de este pueblo iré hasta dónde tenga que ir para arrancarte la piel a tiras”

Sintió el temblor de él, la sacudida, la congoja, la rabia. Sus ojos brillaron muy cerca de los de ella, pero no fue capaz de responderle.

Marcharon al día siguiente, escuchó el trajín, las voces, le contaron que Brigitte lanzó caramelos al aire y que los niños se peleaban tirándose al suelo por cogerlos, Estrella lucía ropa nueva, como de chica mayor, pero lo único que sabe a ciencia cierta es que nadie, absolutamente nadie, llamó a su puerta.

En varios días no fue capaz de levantarse de la cama, se le quebró el cuerpo, Camila fue dejando sobre la mesa de la cocina caldos y brebajes que, según ella, eran mano de santo para las penas del alma. Se hacía la sorda ante los gritos de Fe despachándola, demasiados años cerca de su genio habían acabado con el temor de enfrentarla.

Una mañana amaneció de nuevo reparando las redes al sol, con su pelo recogido y tirante, su cantar por lo bajo y su luto permanente, una vez más en el mismo lugar, qué otra cosa podía hacer…

Durante un tiempo y aunque no se lo confesó a nadie, pensó que Estrella volvería, escarmentada, mohína, pidiendo perdón o sin pedirlo, pero de vuelta, la juventud una promesa de futuro, hiedra que trepa fuerte y se eleva…

Tuvo que acostumbrarse a lo inimaginable, la soledad convirtiendo su casa en una cueva sin fondo.

Hasta escuchaba el eco de sus propios pasos, envejecidos y vacilantes.

Las tertulias al atardecer con sus vecinas de siempre la salvaron de la locura,  el mar no callaba, no se detenía, siempre en él el pasado, los espejos, las entrañas, los secretos, lo que no pudo ser y ya no será…  Demasiada fuerza para una mujer que se había hecho tan pequeña.

Aún así lo necesitaba, no había conocido otra frontera. 

Se despidieron con la formalidad de los viejos conocidos, sin dramas,  un instante que pasa.

Experta en barruntos y latidos del corazón supo que había llegado su hora y preparó el viaje.

Un último beso de labios fríos sobre las fotos del marido y el hijo muertos, tan  lejanos ya… tan extraños.

Tumbada sobre el edredón de un rosa pálido carcomido por los años la encontraron Camila y el resto, que se pusieron manos a la obra sin derramar una lágrima, hablándole como si pudiera escucharlas.

Y nada más, una tumba humilde excavada en un montículo del camposanto, cuatro flores de tela, Mariela que llegó y se mantuvo al margen del pequeño grupo de gente, cuando quisieron darse cuenta ya se había ido.

La casa se desmorona carcomida por la pena y la sal, algunos forasteros se interesan por comprarla pero nadie les da razones, un propietario a quien dirigirse.

Tanta espera y tanto dolor… ya no son nada en el sol abierto de la mañana,  una leyenda que las tejedoras de redes irán modificando a su antojo, porque hay que seguir creyendo en los finales felices, soñar es tan eterno como el mar.

AYER NO MÁS

AYER NO MÁS

"Hemos convertido los libros de Historia en una ficción y ahora hemos de recurrir a la ficción para contar la historia" Esta es una de las muchas frases que resumen la novela de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torio, León, 1956), elegida por los lectores de El País como mejor novela del año 2012.

No es una historia más sobre la memoria de la Guerra Civil. La cuestión en sí no es la guerra, ni la posguerra, ni los tópicos, ni lo que nos han contado. Es la memoria, un traje a la medida de vencedores y vencidos, de esas dos Españas sempiternas y permanentes que quizá se borren con los años y las generaciones sin memoria heredada.

No es un libro de Historia, aunque la voz narrativa sea la de un profesor de historia, pero brinda la posibilidad de parecerlo, y situarse así, de un modo menos académico, en lo que son, sobre todo en ciudades de provincia, las heridas sin cicatrizar, los muertos por enterrar y las verdades a medias.

"Un niño presencia el asesinato a sangre fría de su padre en los primeros días de la guerra.  Setenta años después reconoce de forma fortuita en una calle de León a uno de los que participó en aquel desmán, un empresario conocido que se niega a confesar dónde lo enterraron. Testigo del encuentro es el hijo de este, José Pestaña, profesor universitario y miembro de una agrupación de memoria histórica".

Esta es la sinopsis, la excusa con la que el autor inicia el recorrido de lo que, imagino, habrá sido, durante un tiempo, su asignatura pendiente. Porque huele a contar por fin, con el cuidado y la pulcritud necesarias, lo que quería contar exactamente desde ese páramo, dónde no hay juez, ni Dios, ni testigos que estén en posesión de toda la verdad y nada más que la verdad.

La gente no quiere saber la verdad.

La gente lo que desea es justicia, pero este término tampoco tiene una definición única, exacta y concreta.

Las cosas no son lo que parecen ni lo que fueron, y el tiempo sigue echando tierra, más tierra y más olvido sobre los cuerpos enterrados.

Trapiello no deja títere con cabeza y trata bien a todo el mundo, quiero decir que enfila a los personajes frente al espejo, sin tomar partido, sin inclinar la balanza, a pesar de que el protagonista acabe perdiendo familia y crédito profesional por escribir una novela pendiente sobre la Guerra Civil en la que aparecen personajes tan próximos como su padre, una novela con pretensiones de paz que rompe el silencio de años y mueve las cosas de sitio. Eso no se lo perdonan. Porque lo pasado pasado está y de nada sirve. O sí. Nada es sencillo.

Lo que está claro con "Ayer no más" es que hay que opinar, ofrece opciones, información, fotografías nítidas de un tiempo y un lugar... y hay que jugársela, barajar, tratar de entender sobre todo que hay colores neutros, que nada fue sólo cómo nos contaron.

Ya he dicho al principio que la historia novelada con tintes autobiográficos ante la que nos encontramos, no es una narración más sobre la Guerra y sus consecuencias, guarda otra expectativa.

Contiene futuro.

"TOCARNOS LA CARA"

"TOCARNOS LA CARA"

Esta es la segunda novela de Belén Gopegui (Madrid,1963), después de "La escala de los mapas" y antes de "La conquista del aire", data de 1995, así que acaba de cumplir veinte años.  Quienes sabéis de mis pasiones literarias conocéis mi debilidad por la escritora, de la que ya he hablado y escrito en múltiples ocasiones y poco más puedo añadir. Esta era mi asignatura pendiente, la novela que se queda entre paréntesis para una ocasión mejor, como ella merece, una ocasión de esas en las que se invierte todo, dedicación plena y exclusiva a la forma, al fondo, al mensaje social y la reivindicación siempre presentes en la narrativa de la madrileña.

Después de haber leído todo lo que ha publicado y hasta las entrevistas que le han hecho me quedaba ese eslabón pendiente, la historia de un grupo de teatro alternativo que quiere hacer mucho más que interpretar, que busca un significado único, un proyecto en común, dirigido por un lider caótico y perdido a partir del cual todos se construyen.

"Hay, sin embargo, un día en el que todo da comienzo. No me refiero a las presentaciones, ni a los cuerpos, sino a ese momento, a partir del cual algunas personas empiezan a contar en nuestra propia vida."

Sandra es nuestra guía dentro de la historia, la narradora, su teoría sobre las personas "vacantes" nos devuelve al Universo de la autora y su propuesta entre líneas por tratar de reconocernos fuera de la zona de confort, vulnerables, primarios, solos.

"El azar, decía Simón cuando analizábamos la tragedia griega, se distingue del destino porque borra la culpa, el azar es inocente. En la tragedia sólo hay destino. Pero en la vida no. En la vida hay azar y hay destino, el azar nos gobierna y el destino es nuestra responsabilidad."

Las novelas de Gopegui no son comparables entre ellas, si bien responden a su estilo, a su modo absolutamente impecable y particular de contar las cosas, no tienen espacios comunes ni vienen hiladas, son siempre sorprendentes, al margen de cualquier historia redonda, con nudo y desenlace y final feliz, o no. Lo contrario de la sencillez es Belén Gopegui, su narrativa no facilita el camino, abre puertas y las cierra de golpe, pide una posición, una mano alzada, las cartas sobre la mesa. Nunca se termina de leerla y comprender el tejido de sus novelas, los mimbres, el horizonte, resulta complicado, pero atrae irremediablemente, hay algo en todo lo que cuenta, algo sumergido, implícito, que nos sacude por dentro.

En "Tocarnos la cara" la autora resulta más ella que nunca, lo subjetivo se multiplica, seres poliédricos o muy simples al parecer, detalles nimios que cobran enorme vida, el amor como un juego perverso, desmitificado, desnudo, el interés de las relaciones y las relaciones interesadas, todo acoplado a un proyecto en el que habita la intimidad y el miedo.

"Yo estaba a punto, quizá, de empezar a vivir sin los misterios, pero sólo a punto. Es cierto que nunca me interesó la esperanza, no pertenezco al grupo de los que viven con prudencia pues aún esperan del mundo una reparación y quieren estar en forma cuando llegue."

Dejar de tener pendiente la lectura de este libro me alivia, el círculo de las grandísimas composiciones de Gopegui se cierra, siempre con el rumor de lo disconforme. Hasta quedarse quieto es una forma de hacer algo.

LA MEMORIA ES UN REFUGIO SEGURO

LA MEMORIA ES UN REFUGIO SEGURO

El tiempo nos ha vaciado de fulgor.

Pero la oscuridad

sigue poblada de luciérnagas.” (“Luciérnagas”-Gioconda Belli)

 

Se reencuentran siempre en la plaza dónde jugaban de niñas, ese lugar que entonces les parecía enorme y podía convertirse en una isla, en una cueva o en otro planeta, en lo que ellas quisieran, y que ahora, con el paso del tiempo, resulta gris, polvoriento y desapercibido.

Necesitan recuerdos comunes para evitar la angustia que provoca desconocer al contrario.

Natalia suele llegar antes de la hora convenida, se sienta en el banco acostumbrado, fuma un cigarro, se mira los pies, le gustan los zapatos caros.

Silvia corre, Silvia vive corriendo, mira el reloj de pulsera, tiene las mejillas encendidas, compara sus zapatos planos y castigados con los tacones altos de su amiga y siente una ligera punzada de vergüenza.

Después un abrazo sincero, el olor de ambas que no puede dejar de ser el olor de siempre, y que las transporta y las acerca, las define.

Natalia aparece dos veces al año por la ciudad que la vio nacer, cada vez menos tiempo, llama a dos o tres personas a las que quiere ver y se esfuma, experta en hacer maletas, la ropa bien combinada, los gestos medidos de quien quiso ser actriz y se quedó en maquilladora, una de las mejores, eso sí, su nombre sale al final de todos los rótulos de algunas películas.

Silvia regentó durante años su propio restaurante vegetariano, pequeño, acogedor, por temporadas no había manera de comer sin reserva, pero todo languidece, las modas pasan, los hijos nacen, dos demasiado seguidos, y Javier, que ni se queda ni se marcha definitivamente, la eterna historia. Ahora se gana la vida como pinche de cocina, escribe recetas en internet y quizás algún día, con toda la información que tiene recopilada, su propio libro.

Pero en realidad Silvia no quiere ganarse la vida, sólo desea vivirla.

Natalia apoya la cabeza en el hombro de su amiga mientras habla despacio, dosificando toda la información que quiere contar.

De pequeña tenía el pelo rizado y oscuro, algo enmarañado, ahora lo lleva muy corto, brillante, dejando al descubierto un cuello estrecho y tenso, a la intemperie.

Ambas planean su cuarenta cumpleaños, el año próximo, hablan de la crisis de la mitad de la vida, es un buen momento para achacarlo todo a cualquier crisis, hablan de cuando en el instituto pensaban que tener cuarenta años era casi como tener ochenta, todo el pescado vendido, toda la vida organizada, cada una en su sitio, el trofeo de los deseos cumplidos brillando en el recibidor, y cenas, y risas, un vestidor en el dormitorio, conocer Europa, no acarrear amores que lastimen... se ríen, qué remedio, es una risa breve, algo entumecida, que suena a cristales rotos.

Recuerdan a Mar, el tercer mosquetero, las tres amigas en múltiples fotografías, luciendo el hueco de los dientes caídos, los bañadores del verano, brillantes, húmedos, sin los pudores de la adolescencia que llegó después uniéndolas más si cabe, estudiando en casa de una o de otra, las tres con la letra parecida, con sus secretos de medianoche, complementarias, paralelas, afines.

Hasta que amanece un día que no es cómo los demás, un día con una grieta en la pared, y a través de la grieta una luz, y a través de la luz un ruido, el de las cosas que se desmoronan.

Se separaron los padres de Silvia, lo contaron amigablemente, como quien va a comprar el pan y se equivoca de tienda y de artículo, como si no pasara nada, como si el pan estuviese sobrevalorado y no tuviera importancia en la mesa.

Los padres de Silvia parecían llevarse mejor que los padres de nadie, eran la pareja de referencia en el mundo bien delimitado de las tres amigas.

Tenían entonces catorce años.

Silvia dice que tardó años en comprender qué había ocurrido, quizás cuando finalmente se divorciaron y su padre se volvió a casar, marchándose a vivir a la otra parte del país o del mundo, porque apenas han vuelto a encontrarse, aunque se escriban, para internet no hay distancias, y él le mande fotos de contornos difusos que le cuesta reconocer.

Se ríen y ahora la risa fluye un poco más, un poco más líquida y más libre.

Mar fue la primera en romper la promesa, olvidó la máxima de experimentar y vivir, y probar, y sentir, antes de emparejarse formalmente.

Mar siempre fue una chica formal.

Conoció a Hugo y se acabó el tiempo conjunto, prácticamente tenían que secuestrarla para compartir un café, un esmalte de uñas o una película.

Nunca les gustó Hugo, no lo suficiente, para una amiga íntima se desea lo mejor, si es que existe.

Era correcto, educado, cortés, les parecía ridículo que le abriese a Mar las puertas y las sillas, que le sugiriese como vestir y maquillarse.

Poco a poco la fue apartando de su entorno natural, le quitó el mapa, las coordenadas, el tiempo.

Estaba ciega.

Cuando Mar les comunicó que iban a casarse y ellas se quedaron congeladas como mimos tristes se enfadó muchísimo y a punto estuvo de elegir otras damas de honor, cuanto lloraron en aquella boda y no precisamente de alegría... Tenían veinte años.

Nunca se atrevió a hablarles de las palizas hasta la noche en la que le ayudaron a fugarse, con su barriga de cinco meses y tanta emoción contenida que todo resultaba torrencial y desbordante, herméticas, ciñeron bien sus coartadas, aguantaron la presión de los primeros meses y después tregua, silencio, nada es tan grave como parece.

Mar en su destino latinoamericano dio señales de vida durante un tiempo, parió un niño largo y dormilón, después nada, no han vuelto a verla.

Tenía los ojos grises, ribeteados en azul, absolutamente memorables.

Sopla un ligero viento en la plaza olvidada, un viento que revuelve la tierra y hace sonar las ramas viejas, atardece, pero no parece importarles.

Una vez que consiguen el paréntesis, detener ese vendaval llamado presente, lo que queda al otro lado se vacía sin fuerza.

Apareció Javier como un invitado inesperado, de esos que saben que han encontrado un lugar y no van a soltarlo fácilmente.

Javier bohemio, Javier de nadie, etéreo, simple y a la vez tan complicado, cerca y lejos, necesitando... y aunque Silvia conocía el diagnóstico, la palabra precisa, entró en la espiral, lanzó el sombrero al aire, metió la cabeza en el agua... cuando se apuesta no hay que contar las monedas ni ser previsible, todo al mismo hueco, al mismo número, todo o nada.

No puede decir que haya ganado ni perdido.

No puede culparlo.

Ella adora el sonido de sus llaves cuando abre la puerta y los niños corren por el pasillo y se le encaraman como si fuese un árbol. Adora su mirada fugitiva y la manera que tiene de cogerla por la cintura. Adora su ausencia de proyectos, de mañana, de minuto siguiente. No depende de él y no lo echa en falta aunque no sepa vivir sin necesitarlo.

Se ha acostumbrado a la incertidumbre, a la soledad y a los finales, uno tras otro, superpuestos como fases de luna.

Natalia se sintió arrinconada, contra las cuerdas de sus hermanos pequeños, de su beca, de la abuela con demencia que le quitaba la ropa y le contaba cosas de cuando la guerra, el refugio seguro de las amigas había volado por los aires, todo era demasiado real y constante, una letanía monocorde, tétrica.

Pegó un volantazo, decidió como quien posa un dedo a ciegas sobre cualquier lugar del globo terráqueo.

La acusaron de abandonar a la familia cuando más la necesitaba.

Se acordó de aquella frase de “Gilda”: “Si yo fuera un rancho me llamarían tierra de nadie”.

No se atrevió a despedirse de Silvia, le mandó una carta que aún conserva, no tenía ni idea de qué hacer con su vida, pero su instinto de supervivencia y la buena suerte hicieron el resto, viaja, cambia de casa, de amante, de color de labios, pero nadie la espera en ninguna estación, siquiera para llevarle los bultos, y a eso es imposible acostumbrarse.

Cuando viene explota su aureola de reina maga, reparte regalos, pasa por la que fue su casa, dice que todo está bien, deja dinero como por descuido, no hay preguntas, suenan campanas, no es de aquí, ni de ellos, el exilio no se lleva bien con las raíces...

Pero le gustan las habitaciones de hotel porque no se parecen a nadie, la gente sin pasado, los teléfonos que no suenan, los domingos blancos.

A veces se emplea toda una vida en desaparecer.

De repente el silencio.

En la plaza las dos amigas son estatuas de arena.

Silencio, el viento crece, más allá el pálpito de la urgencia no tardará en desbordarse.

Toman aliento y adoptan postura de mujeres nuevas, se peinan con los dedos, estiran sus vestidos, planean el cuarenta aniversario, visitar a Mar aunque ni siquiera la reconocerían en caso de cruzarse por la calle.

Saben que todas las palabras que están cayendo sobres sus pies como meteoritos son pompas de jabón que no dejarán huella, siquiera el cerco del agua. Contenido de sal para no resbalar en la nieve, pero las estaciones se suceden y nadie recuerda el invierno cuando deslumbra el sol.

Es posible que vuelvan a encontrarse en la plaza, pasados unos meses, la vida dándose la vuelta como gato panza arriba.

Es posible.

O no.

La gente se cansa, evita mirar hacia atrás cuando no le compensa, resultar demasiado evidente ante los ojos de quien fue su testigo.

Nadie sabe.

Y ni siquiera la intuición garantiza el futuro.

Echan a andar en dirección contraria, transcurridos unos metros se detienen a la vez buscándose en medio de la oscuridad que comienza a cerrarse, levantan la mano, ríen por la coincidencia, vuelven a caminar y en un gesto instintivo se palpan el bolsillo.

Ahí está, como siempre, el papel doblado con todo lo que necesitan decirse, ese que introducen en silencio en el cuerpo y la vida de la otra, cuando se despiden y el abrazo sincero transmite valentía.

Nada puede competir con lo cotidiano, pero todas las guerras tuvieron sus pasadizos secretos, una luz en una ventana, alguien esperando al otro lado del mar.

La memoria es un refugio seguro.