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MARTES DE CENIZA

"TE ESTABA ESPERANDO"

"TE ESTABA ESPERANDO"

Por debajo de todo lo que amé,

yo te estaba esperando”

(“Confesiones”, Luis García Montero)

 

Mi padre era un tipo guapo a rabiar, de los que vas agarrada de su mano por la calle y la gente se vuelve a mirarlos, inevitablemente.

A él le daba lo mismo, esa despreocupación, unida a cierta torpeza en el aliño personal, le otorgaban un particular encanto que no he vuelto a ver reproducido en nadie más.

A mi madre la recuerdo siempre tensa, a la defensiva, como si en cualquier momento pudiese estallar el cielo sobre nuestras cabezas.

Tenía un puesto de encurtidos en el mercado, madrugaba mucho y la piel le sabía a sal, no paraba nunca, no disfrutaba de una película un sábado cualquiera frente al televisor, mientras nosotras nos atiborrábamos de palomitas y golosinas junto a papá, tampoco quería planear excursiones ni que su marido, por mucho empeño que pusiese, la sacara a bailar.

Cuando empezaron las discusiones fuertes, las que me despertaban, yo tenía nueve años.

Quizás comenzaron antes y no me enteré, o no quise enterarme.

Pero el día que cumplí nueve años ya me dí cuenta, sin ponerle nombre propio, de los celos patológicos que padecía mi madre.

No debía ser muy tarde cuando me despertaron los gritos, porque yo caí temprano en la cama, agotada, presa de todas las emociones que supone un cumpleaños a esa edad, con bicicleta rosa, batidos de chocolate, una tarta con mi nombre y hasta unos zapatos de gitana, repletos de lunares, con los que a punto estuve de meterme a la cama.

Mi padre era único para organizar fiestas.

Reina por un día.

El mundo por montera.

La penumbra de la habitación fue atravesada por fragmentos de palabras malheridas que sonaban a tela rasgada.

Ella había detectado en las camisas el perfume de otra, una huella de carmín, la permanente sombra de la sospecha.

Él al principio quiso mantener la calma, después se cansó y la llamó histérica, desquiciada, pobre mujer.

Uno de los dos reventó contra el suelo un objeto de cristal.

Se despertó mi hermana, se puso a gimotear, pero ellos, inmersos en su espiral, no se percataron, salí descalza al pasillo, observé durante un segundo el ángulo de luz que se colaba bajo la puerta de su dormitorio, los dos lo cruzaban una y otra vez, electrizados.

Sonia estaba acurrucada a los pies de la cama, una maraña de pelo sobre la cara mojada, las piernas cubiertas por la tela de uno de esos camisones salpicados de florecillas diminutas que yo nunca quise ponerme.

La abracé, tenía frío, quise llevármela a mi cuarto pero no se movió.

Nos quedamos sentadas, muy juntas, una manta sobre las piernas.

A la habitación de mi hermana los gritos llegaban amortiguados , procedentes de otro planeta, como distorsionados.

Afinábamos tanto el oído que pensé que iban a quebrarse nuestras orejas, orejas de trapo, inservibles, rotas.

De pronto silencio.

Un portazo.

Silencio.

Un llanto agudo que cruzó la casa como un tren de largo recorrido irrumpe en un paisaje.

Luego silencio.

Sonia se quedó dormida sobre mi hombro, pesaba muy poco la enana, comía mal, me las apañé para acostarla.

De regreso a mi habitación me crucé con mi madre en el pasillo, pero ni me vio, estaba desencajada, los afilados rasgos de su cara resultaban astillas, escuadras de madera, diques secos.

Se encerró en el baño.

No puede evitar echar un vistazo a la habitación de matrimonio, parecía haber sufrido un seísmo y mi padre no estaba, debió salir apresuradamente porque sobre la cómoda quedaron sus llaves, las gafas de cerca, un puñado de monedas.

Cerré los ojos, me dolían los párpados, sentí el cansancio de quien arrastra piedras… volví a mi cama con el empeño de dormir y que a la mañana siguiente todo hubiese sido producto de una pesadilla, una secuencia maldita en una noche interminable.

Por primera vez en nuestra historia mi madre no nos despertó para ir a la escuela, dejó preparado el desayuno sobre la mesa y se marchó a trabajar.

El día amaneció sobrecargado de nubes grises.

No teníamos hambre, estaba inventándome mil aventuras, llenándole la cabeza de pájaros a Sonia para que comiese algo cuando apareció mi padre, sin peinar, la voz pastosa y ronca, sus zapatos que siempre sonaban contundentes al caminar… no esperaba encontrarnos, supongo que ni a nosotras ni a nadie, le pidió a su amigo Oscar que aguardase en el rellano, ese amigo que mamá no soportaba, lo consideraba una mala influencia, no sé por qué, el caso es que eran amigos desde niños y que a nosotras nos trataba con cariño cuando coincidíamos, contaba chistes, y cantaba como un tenor, con una voz prodigiosa acuñada sin esfuerzo.

No era mañana para canciones.

Papá se adentró con prisa en la casa, cerró la puerta de la cocina, nos dijo “ahora vengo”.

No movimos ni una cucharilla y nos quedamos de nuevo como durante la noche, agudizando el oído.

Escuchamos un abrir y cerrar de puertas de armarios.

Cuando se presentó en la cocina traía hecha la maleta.

Nos miró como si hubiera cometido una estafa.

“Dime que no te vas a ir, por favor…” la enana vivía gimoteando por todo, asustada por el aleteo de una mosca, lo que a ella le apenaba a mí me provocaba rabia.

“Huyes como un cobarde”, fue lo que salió de mis labios como un disparo.

Él tenía a mi hermana en brazos y se giró mirándome con frialdad y tensando la mandíbula.

“Las cosas no son fáciles Cris, no lo son…”

“Pues claro que lo son, si no la quieres a ella quédate con nosotras”, cogí la maleta y la lancé fuera de la cocina, chocó contra la pared del pasillo, al abrirse asomó una foto de nosotros tres en una tarde de feria.

Cayó derrotado en una banqueta, sin soltar a mi hermana.

El abrazo que nos dimos tenía mucho de pena y de final, aunque no quieras.

No sé si se nos puede reprochar que le obligáramos a quedarse, éramos unas crías, queríamos lo que teníamos, lo que conocíamos, a pesar de las fisuras y de aquella lentitud con la que papá deshizo la maleta asumiendo su condena.

Guardamos el incidente bajo la lengua, mi madre nunca supo.

Pero a partir de entonces existieron las condiciones como invitadas supervisando el día a día.

Papá dejó su trabajo autónomo de electricista y se puso a llevar el puesto del mercado con mi madre, se acabaron las partidas de cartas, el vermú de los domingos hechos los tres un pincel mientras mamá se quedaba limpiando, lo tomábamos en la cocina, en zapatillas de casa, Sonia se bebía el caldo de los berberechos, papá no tenía apetito y ponía la radio, yo trataba de entender qué estaba ocurriendo, por qué parecíamos extraños…

Dormían en habitaciones separadas, se repartían metódicamente las funciones familiares y disimulaban sin esfuerzo, pero no se le pueden poner puertas al campo, no señor, y pese al control férreo de mi madre, pese a su empeño en ordenar la propia naturaleza de las cosas, mi padre se marchó dos años después, esta vez sin prisas, explicando que no nos iba a faltar de nada, que nos seguía queriendo pero que ya no podía, de verdad que no podía, vivir con nosotras.

Mientras atendíamos a sus ojos verde oliva aparentemente tranquilos escuchábamos despotricar a nuestra madre, lanzando los objetos personales de su marido por el hueco de la escalera, gritando que ya tenía a otra calentándole la cama.

Le pregunté si era verdad que se iba con otra mujer.

Mi hermana acentuó el llanto contra la almohada, tumbada boca abajo.

Nuestro padre le puso una mano sobre la espalda, como si pudiera sanarla con un roce.

A mí me acarició la barbilla y me miró como nunca antes lo había hecho, y comprendí que sí, que había alguien más, que podía enrabietarme y culparla de todos nuestros males aún a sabiendas de que no resultaba determinante, ni siquiera decisiva.

Se llamaba Olga.

Fue la primera novia de mi padre, antes que mamá, antes que nosotras, antes que nadie estaba Olga, acogedora, divertida, menuda, un ser sin trampas ni huracanes que se buscó la vida fuera del país, cuando mi padre no se atrevió a seguirla, y estuvieron años sin saber el uno del otro, sin imaginarse apenas, de hecho cuando se presentó como si tal cosa a comprar en el mercado mi padre no fue capaz de reconocerla.

Mamá era una mujer desesperada pero no tonta, enseguida se percató de lo que podría suceder, cenizas, nostalgia, la memoria de la piel… una mezcla potente para transformar el mundo.

Por eso fue a hablar con ella, creo que consiguió avivar el fuego, quizás Olga se replanteó una relación con mi padre tras esa visita en la que mi madre la tachó de todo sin apenas conocerla, no volvió a aparecer por el mercado pero se veían fuera, compartían un café, secuencias del pasado que tienen las medidas que necesitamos, el hueco justo, la asignatura pendiente.

Mamá llegó a pincharle las ruedas del coche, y a apedrear sus floreadas ventanas.

En lugar de amilanarse Olga la denunció.

Mi madre dijo ”si me entero que estáis con ella no saldréis de vuestro cuarto en un año”.

Sonia nunca quiso verla, a mí siempre me sedujo saltarme las prohibiciones.

Tenía once años y Olga apareció en mi vida como un ser exótico, que lucía el mismo esmalte de uñas en manos y pies, cada cierto tiempo se cambiaba el color del pelo, canturreaba en inglés, no comía carne, colaboraba en una tertulia de radio y tenía a mi padre, un señor rejuvenecido, ilusionado, con cara de bobo, comiendo en la palma de su mano.

Cuando les dije que quería irme a vivir con ellos me miraron como si mi cabeza hubiera sufrido una terrible deformación.

Papá tartamudeó, me cogió las manos, las tenía frías.

Quería formar parte de su alegría. Sólo eso.

Echaba de menos una buena dosis de alegría.

“Espera un tiempo… - Olga movió los rizos cortos y abundantes de su cabeza- todavía no sabemos lo que somos, hacia dónde vamos, nos estamos encontrando ¿sabes? Aún no pisamos suelo firme, no podemos ofrecerte lo que necesitas…”

Salí corriendo, furiosa, las escaleras me parecieron interminables, papá quiso seguirme y gritó mi nombre varias veces, pero ella le detuvo.

Llegué al mercado acalorada y con evidentes síntomas de berrinche. Mi madre no hizo mención, no preguntó, me mandó al almacén a ordenar cajas y cuando pase a su lado me apretó suavemente el brazo.

“Tenías razón -murmuré rabiosa- es una zorra”

La voz escarchada de mi madre imperó en el ambiente adormecido de la tarde.

“No hables así, ya sé que yo lo digo y que no está bien, pero una cosa es el conflicto que tengamos los adultos y otra que tú te dejes llevar por la rabia, no lo consientas Cris, no es sano…”

La miré asombrada, como si la viese por primera vez.

Continuó con su tarea, Sonia leía abstraída en un rincón, fotografié durante un instante la secuencia, el espacio reducido, nosotras tres allí, vinculadas, mientras el mundo giraba y no se detenía nunca.

Se llamaba presente inmediato.

Estuve un tiempo sin querer verlo, venía a buscar a Sonia y notaba su mirada suplicante, rastreándome, yo trataba de cumplir a rajatabla con mi papel de ofendida, lo ignoraba sabiendo que eso le dolía, no estábamos acostumbrados a carreteras secundarias, mal asfaltadas, con curvas peligrosas.

Se acercaba nuestro primer verano sin él cuando mamá nos ofreció unas vacaciones en la playa,

”Nos vendrán bien a las tres, ¿qué os parece?, yo ya ni me acuerdo de cómo es el mar”…

Habíamos hecho alguna excursión breve, a pasar el día, siempre coincidía con que se estropeaba el tiempo y todos los planes se iban al garete y como hacía viento había que comer dentro del coche y ni hablar de bañarse, en todo caso mojarse los pies… a la enana se le ponían los labios azules, tiritaba, y entonces media vuelta, terminábamos la aventura merendando en los inhóspitos bancos de piedra de un área de servicio.

Pero esta vez sonaba diferente, mamá había hecho un esfuerzo titánico, cerrar su puesto meses atrás hubiese resultado implanteable, por variar el rumbo de las cosas, por tratar de acercarse a nosotras con el gesto tenso y la paciencia agotada de quien intenta no resultar vencida.

Sonia dijo entusiasmada “¿Le podemos decir a papá que venga?”

Fue una de las pocas veces en las que mi madre y yo intercambiamos una mirada triste y cómplice.

Siempre me he arrepentido de no conservar fotos de aquella semana.

Las hicimos, pero no sé dónde fueron a parar.

Mamá se compró un enorme sombrero de paja para resguardarse del sol, que no le gustaba nada y le llenaba de manchas la piel.

Sonia se atiborraba de dulces en el hostal y todas las noches tenía dolor de barriga.

Dormíamos las tres juntas, en un principio contábamos con tres camas individuales que decidimos unir en una sola.

Nos acompañó el tiempo en un mes de Junio repleto de sol que nos permitió bañarnos hasta la saciedad, coleccionar caracolas, pasear de noche bajo la luna llena, con mamá tranquila, no sé si por resignación o cansancio, pero dejó de estar a la defensiva, se quedaba mirándonos largo rato, sin pronunciar palabra, hubiera dado lo que fuese por descubrir qué estaba pensando.

Tuvimos que regresar. Ninguna quería volver.

Hicimos el viaje de retorno tratando de envolvernos en una piel mejor, más fuerte.

Pero cuando estás preparada para saltar la vida se adelanta y te empuja.

Papá se presentó temprano una mañana, llamó al timbre como si hubiese fuego en la escalera, nos levantó a las tres, mamá ya no trabajaba todos los sábados.

Estaba pálido y se le notaba que había dormido mal, primero hablaron mamá y él encerrados en la cocina, por más que intentamos escuchar algo no lo logramos, cuando abrieron la puerta se les habían nublado los ojos, no eran capaces de mirarnos a la cara.

Sonia me agarró de la mano, entramos en la cocina como quien se adentra en una gruta sin salida.

Mi padre se iba fuera del país con Olga.

Par a siempre.

Dijo que iban a probar durante un tiempo.

Pero sonaba a para siempre.

A Olga le habían ofrecido un proyecto interesante, tenían vivienda asegurada, iba a mandarnos dinero, podíamos ir en vacaciones…

Mi madre miraba empecinadamente a través de la estrecha galería, hacia ninguna parte, queriendo escapar, posiblemente.

Papá soltaba su ensayado discurso sin apenas detenerse a coger aire, parecía desinflarse con cada palabra, sus brazos largos apoyados sobre la mesa, nosotras pequeñas, muy pequeñas frente a él, encogidas en las banquetas de madera, sintiendo prematuramente el invierno en mitad del verano. Dicen que el verano es el entorno natural de la infancia, yo desde entonces lo aborrezco.

Se marchaban en un mes.

“No sé para qué has venido”

Le salió a Sonia una voz insospechada, de repente adulta, los dedos temblorosos quitando migas invisibles de pan sobre la mesa.

La miramos perplejos.

“ Ya has decidido, sin contar con nosotras para nada, sólo vienes y nos lo cuentas, y ya está… por mí puedes irte mañana mismo”

Salió de la cocina despacio, oímos cerrarse la puerta de su habitación.

Mi padre caminaba por el espacio como un animal enjaulado.

“¿Qué opinas Cris? ¿Qué tienes qué decir?”

Sentí sus preguntas como una sacudida eléctrica.

“¿Qué quieres escuchar?”

Me miró con los ojos muy abiertos, estaba desfondado.

Tenía doce años y había aprendido a vivir sin él, sabía que seguiría a Olga hasta el fin del mundo, ¿qué podíamos decir o hacer?

Alcé los hombros y salí de aquella maldita cocina dejándolos más solos que nunca, mamá lloraba en silencio sin disimulo, él se sentía acorralado, pero cómo había dicho Sonia, tenía su decisión tomada.

Mi madre le suplicó que no se fuera, le prometió tiempos mejores, volver a casa, intentarlo de nuevo, las niñas te necesitan… las niñas nos miramos sintiendo lástima de su ruego, sabíamos que se estaba exponiendo demasiado, que no iba a servir para nada… él sólo dijo “Déjame”, al principio muy quedo, luego imponiéndose, gritaron, mi madre le maldijo… “jamás serás feliz con ella”… “Puede ser, pero tengo que intentarlo”… esas fueron las últimas palabras de mi padre, rescatando todas las migajas de serenidad que le quedaban, bajó las escaleras con la prisa de quien escapa y un mes después, sin haber venido a buscar las cosas que todavía tenía en nuestra casa, llamó por teléfono para decir adiós, no le pude responder a nada, me lo impidió un tremendo nudo en la garganta.

Durante un tiempo nos quedamos mirando todos los aviones que sobrevolaban nuestras cabezas imaginándolo dentro, agarrando la mano de Olga, el destino una extensa playa de arena blanca lejos del pasado, que siempre coarta los sueños.

Al principio nos escribió mucho, era fácil reencontrarse con él a través de las cartas, su letra grande y desordenada anunciando los cambios, el interés por saber de nosotras, las promesas… mamá registraba mis cajones para leerlas.

Solía decir como por descuido que papá volvería escarmentado, con el rabo entre las piernas.

Eso nunca ocurrió.

Al año comenzaron a devolvernos las cartas y dejamos de recibir el dinero que mensualmente enviaba.

Mi madre terminó de apagarse.

Vendió su puesto en el mercado y se encerró en casa, a punto estuvo de enviarnos internas a un colegio, la tía Cruz se apiadó de nosotras y nos marchamos a vivir con ella, dos manzanas más abajo, pudimos mantener el colegio y las amistades, las calles que te reconocen y saben de qué humor estás en cuanto sales por la mañana y el sol te recibe en cada esquina.

Mi hermana pequeña dejó de ser la enana, creció de golpe, siguió comiéndose las uñas hasta hacerse heridas, pero se convirtió en alguien en quien confiar, una mujer reposada y algo triste que todavía escucha discos de vinilo y recuerda metódicamente los pasos de baile que nuestro padre le enseñó subiéndola sobre una mesa.

Comíamos con mamá los domingos, nos hacía alguna visita, preguntaba por las notas, por los chicos, por la nueva forma en la que nos peinábamos … sin ninguna pasión, con el mismo tono de voz de quien pregunta por una calle o contesta al teléfono.

Cuando Olga volvió al barrio mi madre ni siquiera podía reconocerla, ya había perdido por completo la memoria.

Habían transcurrido diez años desde que se marcharon, llevaba el pelo recogido, los rizos domados, tenía algo que la hizo parecer lo que nunca fue… insignificante.

Nos cogimos de las manos sin pronunciar palabra.

En medio de una avenida atestada de tráfico y ruido me contó que papá había contraído una extraña enfermedad al poco de llegar, lo que al principio parecía un virus sin importancia se convirtió en una dolencia que fue paralizando sus funciones hasta el fallecimiento.

“Nunca dejó de pensar en vosotras, de hacer planes, de teneros presentes… te lo juro”

Asentí porque me atenazó el mismo nudo de cuando mi padre llamó para despedirse.

Habló de las cartas que ella misma le había escrito a mamá detallándoselo todo, esas que aparecieron hace poco cuando fuimos a donar los muebles viejos de la casa y que quemamos sin ni siquiera sacar del sobre.

Es increíble la cantidad de formas en las que pueden multiplicarse los demonios familiares.

Mamá falleció no hace mucho, la mesa puesta siempre para cuatro comensales, sus niñas teniendo que lavarse las manos y retirarse el pelo de la cara antes de comer, pese a haber brincado los cuarenta.

Recibió hasta el final una atención exquisita, aunque nosotras la tratamos poco, lo imprescindible, ocurre cuando el camino se llena de obstáculos y no somos capaces de encontrarnos, de rescatar algo de oxígeno, una mirada digna.

Echo de menos a mi padre en los cambios de estación, cuando nos enseñaba la evolución de la vida en detalles nimios como el vuelo de los pájaros, el rumor del agua o la posición del sol, cuando el tiempo parecía no tener fin, ni importancia.

Sonia dice que es mejor no acordarse de nada, pero yo no sé cómo se hace, porque añoro los días que nos faltaron, que nos dejaron a deber en aquella estafa… irrecuperables y marchitos.

De nadie.

Arrastrar esto que se parece a la pena y que no es sólo eso conforma nuestra herencia.

Una niebla que tarda en disiparse, quizás porque se hizo fuerte durante la infancia, cuando todo estaba aún por descubrir y las promesas tenían el peso de una palabra de honor.

"PROHIBIDO LEER A LEWIS CARROLL"

"PROHIBIDO LEER A LEWIS CARROLL"

Sinopsis:"Prestigioso matrimonio de Manhattan, Nueva York, necesita urgentemente institutriz francesa para su única hija. Se requiere seriedad, también buenas referencias, sin duda buena educación, y, muy importante, imprescindible, capacidad para mentir (tanto en inglés como en francés)"

Si creéis en las catalogaciones como pasos a nivel no os recomiendo este, ni ningún otro libro de los considerados "Literatura infantil y juvenil", lo que está bien escrito no conoce clasificaciones, lo que llega llega, atraviesa las paredes del alma como un dardo certero, inequívoco.  Este además viene acompañado por unas ilustraciones, las de Raúl Sagospe(http://sagospe.blogspot.com.es/), que cautivan desde el primer instante, la historia pues seduce a través de todos los sentidos.

Es cierto que el libro es un homenaje peculiar, especial, estrambótico y original al universo de "Alicia en el País de las Maravillas", esa obra extraordinaria que infantilizó Disney y que sobrevivirá a todos los tiempos por ser única e inmortal.

Personajes imperfectos, niñas solitarias, institutrices caóticas, viajes en barco, huevos gigantes, la Alicia que inspiró la historia convertida en anciana, Peter Davies o el niño precursor de Peter Pan, padres severos, un tío glotón y zancudo... configuran una disparatada historia en la que lo más tedioso es (no puedo estar más de acuerdo) ser adulto y/o normal.

"Prohibido leer a Lewis Carroll" es Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2014.  El autor, Diego Arboleda (Estocolmo, 1976), ya fue galardonado con el Premio Lazarillo 2012 de creación literaria. El tándem fiel que forma junto a Sagospe ha dado otros resultados a tener en cuenta como : "Mil millones de tuberías" o "Papeles arrugados". Forman un buen equipo que no provoca indiferencia, con este último libro el matiz que inclina la balanza es que ambos se salen, rozan la perfección, se crecen, y eso se nota en cada página (las cuales por cierto se devoran), como se percibe la devoción que Arboleda tiene hacia la obra de Lewis Carroll.

Por eso, esta historia surrealista que mezcla ficción sobre una base de datos históricos, hay que leerla con ojos de lector ávido de encontrar hallazgos, mundos que nos conducen a otros, interconectados.

Porque la literatura es, entre otras cosas, no perder nunca la capacidad de sorpresa.

DEMONIOS FAMILIARES

DEMONIOS FAMILIARES

Es la primera vez que leo una novela inacabada a sabiendas de quedarme suspendida en el aire.  Con ganas de seguir conociendo a los personajes y lo que guardan en los bolsillos.  Suspendida en el aire y en la pena también, porque esta fue la historia que Ana Mª Matute no pudo terminar, cuando el pasado mes de Junio le sobrevino la muerte a los ochenta y nueve años.

Creo que Doña Ana María tenía, como el resto de los mortales, una edad cronológica porque no le quedaba otra, pero en realidad nunca fue una anciana ni una mujer inevitablemente mayor, sus historias demuestran que latía en ella un espíritu siempre joven, ilusionado y rebelde, que fue su propulsor y su identidad, posiblemente lo que la hizo única, una de las mejores novelistas de la posguerra española y la tercera mujer en recibir el premio Cervantes, en 2010.

No puedo decir nada de esta autora que no se haya dicho ya, escritora universal, merecedora del Nobel, una mujer sensible y vulnerable que vivió tiempos de penurias económicas, una juventud marcada por la Guerra Civil, padeció depresión (se separó cuando en este país eso no entraba en el imaginario de nadie y perdió la tutela de su único hijo) y a pesar de todo abogó siempre por conservar la inocencia, habló en sus discursos académicos de los beneficios de la salud emocional, sumados a una dosis de fantasía y ensoñación adecuados para soportar los cambios, los cataclismos de cada día.

Yo tengo el recuerdo de Ana María y sus historias sumado a la piel del invierno, cuando anochece temprano y una manta, una lámpara y un libro se convierten en el refugio perfecto.  Encontraba en ella lo que quería leer, la dosis justa de lirismo, realidad y melancolía, el ambiente de posguerra que siempre me cautivó, los entramados familiares, los enamoramientos y todas esas tramas, archiconocidas y tal vez previsibles, que esta autora recreaba como nadie.

Me devuelve a unas décadas atrás, cuando me enseñó el camino de la literatura, esa luz entre tantas y tantas sombras.

"Demonios Familiares" es eso, recuperar a Ana María Matute en estado puro.  Ahí están Eva, la joven a punto de convertirse en novicia, que debido al inicio de la Guerra debe abandonar el convento y volver al caserón dónde su padre, el Coronel, siempre sumido en el silencio y la tristeza por la prematura muerte de su esposa, la espera sin demostrar afecto ni esperanza.  Hay secretos, personas de servicio que escuchan a través de los muros, nadie es lo que parece, hay un desván y un bosque propios de la simbología perfecta de la autora. Hay un pueblo pequeño, dos bandos, un embarazo, y siempre una apuesta por la vida, un impulso, un seguir hacia delante...

"Demonios Familiares" nos deja un poco huérfanos sin conocer su final y sin poder contar con Ana Mª entre los imprescindibles, esos que nos lanzan el chaleco salvavidas en el momento preciso, compuesto de palabras que cautivan, y que sirven para eso, para recrear mundos propios y ajenos, ensoñaciones... y continuar.

Quedarán sus obras como ella pretendía, con ese espíritu joven y atemporal que atrapará a varias generaciones de lectores ávidos y curiosos.

Este libro había que leerlo para despedirla cerrando el ciclo de todos los regalos que tuvo a bien hacernos, la gran maestra.

"EL CORAZÓN DE LAS HADAS"

"EL CORAZÓN DE LAS HADAS"

 

“Quizás sólo se trata de que no estás aquí,

de que perder es duro para todos

y el amor me hace falta, como sabes”

(Poema XXIII, Libro II, “Diario Cómplice”-Luis García Montero)

 

 Mi madre fue hija única, pero eligió a tres amigas para que cumpliesen el papel de hermanas.

Lo consiguió, nunca he conocido equipo como ese, cuando se necesitaban formaban una piña, a la llamada de una respondía el resto sin dilación.

Mis abuelos deseaban un varón, pero con espíritu contradictorio desde el principio y tras dos embarazos que no llegaron a término nació Elsa Morén, mi madre.  Le enseñaron a guardar silencio en la mesa, a esconderse de los avatares de la vida, a rezar el rosario, a servir siempre el primer plato de comida a su padre, a usar faldas largas y a no mantenerle la mirada a ningún hombre.

Ella se lo saltó todo, desde chiquitilla entendió las cosas de otra forma y no supo, ni quiso, estar callada, el cura de la parroquia la encontraba cada tarde arrodillada en el confesionario. Me consta que nunca se arrepintió de nada.

Creo que eligió concienzudamente a sus amigas para que ejerciesen de algo más, el portal cálido cuando llueve torrencialmente, las risas sintonizadas, un país habitado por las cosas que nos unen, por un idioma y una música en común, por tus problemas y los míos, por la audacia y la ilusión que no podemos guardar en ninguna otra parte.

Si hubo fisuras las desconozco.  Reyes, Henar y Miriam han sido mis niñeras y una referencia constante en estos diecinueve años.  Mi madre nunca confesó la identidad de mi padre, ellas no preguntaron y yo no añoré una figura paterna, rotaba entre sus cuidados cuando mi madre estaba ocupada, no faltaron a un festival del colegio, tuve bufandas tejidas, gorros de colores, tartas artesanas por mi cumpleaños, la última muñeca, asientos en primera fila para todas las películas infantiles… pero sobre todo tuve sensación de pertenencia, un hueco, un espacio, filiación, equipo.

Con el tiempo la relación fue cambiando, ellas tuvieron parejas, crearon familia, se separaron, venían a casa a llorar o a dormir un par de noches, simplemente a estar, a refugiarse, a ver viejas fotos, a coger aire.

Henar tiene dos niños chicos, algún sábado sale con su marido a cenar y yo los cuido, les cuento, como hacía conmigo su madre, historias inventadas que no se parecen en nada a los cuentos tradicionales.  A pesar de eso a Noah le gustan las hadas y las princesas, pintarse los labios, caminar sobre tacones… es lo que tiene empeñarse en variar el curso del río, el agua busca su sitio… hay que seguir al lado, enseñarle que no son iguales todos los tonos del rosa.  Lucas todavía es muy pequeño, hace nada que ha abandonado los pañales, es risueño, le cuesta comer, siempre anda dándole vueltas a la bola de carne que se le forma en la boca por no masticar, pero es de los niños que te llevarías a casa sin dudarlo, porque son generosos y siempre están de buen humor.

A veces fantaseo con que son mis hermanos pequeños, me hubiese gustado tenerlos, la verdad, vivir entre personas adultas tiene sus ventajas pero echas de menos otros testigos, compartir los zapatos, los afectos y las creencias.  Alguien que refleje tu propia historia, que hubiese estado allí justo en aquel instante, cuando la luz dibujaba relieves mágicos y una tarde cualquiera se convertía en equipaje.

Me parió mi madre a la edad que yo tengo ahora, diecinueve años.  De haber sabido que moriría joven quizás habría adoptado una niña saharaui o se hubiese quedado embarazada de un ligue temporal para sacarme de la isla, de este ser sin ella, una inevitable sensación de última superviviente.

Porque tengo a Carlos, es verdad, mi pareja desde hace un par de años, somos los dos bastante independientes, tenemos vida propia además de camino compartido, pero Carlos es otra cosa, viene de otro lugar, con otro aprendizaje, a veces es un extranjero que no termina de comprender el lenguaje de las heladas y los objetos, las amanecidas tristes, y se limita a asentir con la cabeza y dejar pasar el tiempo, porque es benevolente y confiado, cree que tiene más futuro que pasado, duerme a pierna suelta sin arrugar la frente, canta en la ducha.

A mi madre le gustaba, valoraba mucho la honestidad y Carlos es un tipo honesto, diáfano, consecuente. “Vente con nosotros” dijo, tiene dos hermanas que ya no viven en casa, un padre que es profesor de música, una madre veterinaria y dos iguanas.

 Pensé que querría más a Carlos si no aceptaba el trato.  No puedo borrarme, ceder una parte, ahora no puedo. Mi madre murió hace seis meses, repentinamente, sus dolores musculares y ese cansancio infinito dieron como resultado un cáncer terminal que se le quedó grabado en las pupilas. 

A veces todavía no me lo creo. 

Ella quería vivir más que nadie.

Me obligó a guardar el secreto, no contó a sus amigas lo que estaba ocurriendo, un catarro mal curado, se me ha estropeado el móvil, me voy unos días al monte… se extinguió en un par de meses, sin tratamientos martirizadores, en una cuenta atrás despiadada y veloz.

Tener que explicarles lo que había ocurrido resulta incomparable.

Las llamé sabiéndolas reunidas, cumplí metódicamente los pasos encomendados por mi madre, la voz áspera y cortante de Reyes exigió que me dejase de tonterías y que se pusiera mamá,  “pero ya, que me estoy hartando”, y cuando desarmada me eché a llorar ella repetía sin pausa “no puede ser, no por favor, no por favor, no puede ser…” Tenían una conversación pendiente, mi madre le reprochaba esa tendencia de Reyes a colgarse de hombres con espíritu de perros desvalidos, “Te consumen las energías y te quedas echa un trapo”. Recuerdo nítidamente una de esas escenas, no hace mucho porque de nada ha transcurrido demasiado tiempo.

 Reyes vino a traer un bizcocho, ni siquiera se quitó el abrigo, nos enseñó la foto de su última conquista. No le dije nada, pero reconozco que el hombre, delgado y bien parecido, más joven que Reyes, tenía los ojos tristes.

 “Chica, yo no he adquirido todavía hábito de soledad, no me rindo”, contestó con cierta chulería postiza.

Mi madre le tiró un cojín y ella cerró la puerta. Fue la última vez que se vieron.

Al parecer Reyes escondió la cabeza entre las manos abandonando el teléfono sobre su regazo. Miriam, que siempre ha tenido una intuición sorprendente, que llevaba persiguiéndome un tiempo oliéndose algo, preguntando qué le pasaba a mi madre, se puso al aparato y preguntó Cómo ha sido y qué necesitas, si quieres vamos…  Miriam es la percepción y es el viento, la primera en darse cuenta cuando algo no funciona, tiene un detector de melancolía y te ayuda como nadie a despejar cualquier duda, sólo mirándote, posa sus calmados ojos azul piscina sobre tu quiebra y ya está, ya está,  se despejan de maleza los caminos.

De fondo oí llorar a Henar presa de una desesperación tremenda, un llanto agudo, de los que atraviesan muros y no le importa ser presenciado. 

Las imaginé aisladas en su pena a pesar de estar juntas, rotas, fragmentos de distintos colores que pueden componer un jarrón nuevo, uno de esos a los que se les notan las brechas y los apaños, pero que se mantienen erguidos.

 Ellas son fuertes si están unidas.  Si se saben.

Todavía no he podido acercarme, al principio insistieron, ahora me esperan.

 Llegaré, ojalá no sea demasiado tarde, quiero llegar.

Es solo que entre los cuerpos de las mujeres que amaron a mi madre notaré más que nunca la ausencia de su propio cuerpo, menudo y decidido, sentiré la amputación en el perímetro de fortaleza que crearon, oiré saltar las alarmas cuando pise la tierra que ella abandonó.  Porque cada parcela de tierra tiene dueño, parcelas pequeñas que se suman a otras y que pasan de ser terrenos baldíos a campos de cultivo porque se unifican, y permiten una lluvia dulce, y un sol de otoño en las esquinas más frías.

Encontrarme con ellas es sentir el agujero en el suelo de la barca, abrazos de serpientes y de pájaros famélicos, con todo el dolor y toda la pena asfixiándome.

Todavía no puedo permitírmelo.

Me llaman los niños de Henar de vez en cuando y es cierto que la calidad de los besos que lanzan al aire resulta terapeútica.

Reyes me manda un mensaje cada día.

Miriam calla, pero en la puerta de casa encuentro colgada una bolsa de plástico y dentro las galletas que me gustan desde niña, las pastillas de jabón con las que lavo mis jerséis de lana, o los libritos de poemas que mi madre y ella escribían en el instituto, y que Miriam ha editado y custodiado a lo largo de los años.

Los abuelos si me invaden en cuanto pueden y sin reparo, consideran que deben hacerlo.

Cuando mi madre se quedó embarazada le asignaron una paga mensual y las llaves de un piso de alquiler que tenían en las afueras.

La quitaron de en medio sin saber que siempre les estaría agradecida.

Los he visto puntualmente, como no celebramos las Navidades no han fallado en su breve visita anual por mi cumpleaños, al marcharse dejaban sobre la mesa un sobre con una importante cantidad de dinero.  Nos íbamos las cinco a cenar y brindábamos por ellos.

Se han empeñado en recuperar el tiempo perdido, la abuela me ha programado la vida de aquí a diez años, sin objeciones, sin condiciones, sin letra pequeña… soy el cervatillo perdido en un campo de minas, soy la conciencia que quiere limpiar y la hija que no pudo tener, soy los flecos que le permitirían seguir siendo joven, capaz, decisiva.

Tampoco a ellos les dijo que se moría.

Solas ella y yo.

Todo este peso de cielo que revienta sobre mi cabeza y yo.

Cuando llamé a la abuela le dije estrictamente: “Elsa ha muerto”. No oí ningún ruido, nada, estuve a punto de repetirlo… de repente un ligero portazo, había salido al rellano para escuchar despacio y poder después transmitírselo al abuelo, ese hombre que roza los setenta años y que no asistió a la incineración de su hija porque hace tiempo que no sale de casa.

Nunca he sabido quienes eran.

Intuyo que ellos tampoco, con una hija que desde el principio les vino grande y a la que echaron en falta desde la primera discusión.  A veces les contestaba de una manera despiadada, con ellos le salía una rabia sin domesticar impropia de la Elsa conocida por el resto del mundo.

Se cansarán, no tienen prestigio ni infraestructura de secuestradores.

Entre la escasa gente a la que mi madre quiso localizar para que yo anunciase su fallecimiento estaba Pedro Alba.

Una casa en la montaña, sin internet, sin carretera, sin tienda de veinticuatro horas, con la cercanía de vacas y pastos y el cielo, el cielo muy cerca, como recortado de una fotografía.

Se había cansado de la ciudad, de su vida de ingeniero, de ver a sus hijos en pijama… decidieron exiliarse, él , los hoyuelos de sus mejillas y el pelo rojizo y revuelto, su compañera que se asomaba de vez en cuando sin hacer ruido, como una bailarina, con el cuello y las manos largas, habituadas a la naturaleza, y dos chiquillos de ojos desmedidos tratando de entender lo mismo que yo, por qué teníamos cierto parecido, qué hacíamos allí, rompiendo lo cotidiano con osadía maltrecha.

Mi madre y él pasaron por etapas, fueron amigos siempre y pareja ocasional, mantuvieron el contacto a pesar de que ni el tiempo ni la vida prosperan para las buenas intenciones.

“No sabía de tí”.

“Tendrá que ser así”, dijo, rechacé el vaso de leche caliente, les revolví el pelo a los chicos, que se asustaron un poco y me marché sin mirar atrás.  Sin querer leer las pistas.

Nunca me gustaron las adivinanzas, el café amargo, las cosas a destiempo.

Hace frío en casa.

Desde que murió mi madre las paredes están frías.

Volver de trabajar es un poco entrar en el iglú, descubrir algo de miedo en el felpudo de la entrada.

Aunque ningún otro espacio me identificaría.

Con los sitios a veces tienes desencuentros, una casa puede volverte la espalda, enfadarse con tu actitud, ser un nido abandonado.

Pero siempre aguarda.

Siempre te estará esperando.

Mañana es viernes, era viernes cuando solían venir a cenar.

Voy a llamarlas, que cada una traiga algo, Henar sus fantásticas croquetas de gambas, Reyes el postre, Miriam unos aperitivos inventados… prometían variar la carta en la siguiente ocasión pero terminaban por hacer lo mismo, garantía de éxito.

Es momento de recoger las hojas secas y crear con ellas un centro de mesa.

Conecto el cargador del móvil y al unísono suena el portero automático.

Qué raro, hoy Carlos juega su partida de dardos, no hemos quedado.

La voz de Miriam tiene algo de musicalidad cuando responde:

“Abre, traemos cena”

Oigo sus pasos en la escalera, menos bulliciosos que antes, pero sus pasos decididos avanzando hacia mí, que tiemblo, que me rodean, que dicen no se te ocurra llorar porque si no lloramos nosotras, Pero cómo se le ha ocurrido morirse, con tal de salirse de la norma cualquier cosa… y reímos llorando, y nos encaminamos a la cocina, van cargadas de bolsas…

No tenemos un localizador de gente válida, que nos haga la vida más fácil, no sé cómo lo consiguió Elsa, pero su legado se parece al mar, que nunca cambia, se parece a las cosas y  a las personas, y a los sueños, por los que merece la pena estar vivo.

 

 

"EL COMITÉ DE LA NOCHE"- Belén Gopegui

"EL COMITÉ DE LA NOCHE"- Belén Gopegui

Si crees necesaria la parada de pensamiento.  Otro enfoque.  Aportaciones.  Que te cuenten.  Replicar. Entender lo colectivo como vehículo para tratar de cambiar algunas cosas... "El comité de la noche" te está esperando.

Ya en su penúltima novela, "Acceso no autorizado" (Random House, 2011), Belén Gopegui no lo pone fácil, nos saca a la calle, al momento histórico concreto en que la ciudadanía se borra escondida tras el gran escenario de la política.  Es saltarse las normas, ser parte activa del cambio, decidir al fin y al cabo, cuál es tu papel, a qué has venido, por qué miras, por qué sólo estás mirando...

En "El comité de la noche" hay movimientos ciudadanos, activismo político, poder corrupto, intereses que aunque leyese cien veces la novela me costaría comprender, pero sobre todo hay personas.  Viven en ella Alex, hematóloga, parada, desencantada, que vuelve con su niña Marina a casa de sus padres por imperativo de supervivencia.  Aún así trata de buscar un hueco propio, un banco en el que escribir, unas señas de identidad a las que pueda agarrarse siquiera remotamente. Carla, solitaria, que encuentra trabajo en unos laboratorios en Bratislava y sin pensárselo dos veces se marcha, nada le ata, hasta que conoce a una niña, Elenka, con la que tiene un poblado en común, un paisaje cifrado, un modo de encontrarse, y por ella, y porque a veces necesitamos la excusa de cambiar por alguien, su vida dejará de ser su vida. Un escribiente que trabaja por encargo, un narrador implicado, mal que le pese, en las vidas anteriores, porque contar es formar parte, estar cerca y lejos a la vez, asumir la tarea de reproducir.  Michal, Uno, Noa, Josef, Gustav, Patrik... itinerantes y encadenados habitan esta novela que compone una historia compacta, un compromiso particular, un ejercicio de autodefinición.

No es sencilla, no se lee fácil, no seduce, no hay luces de neón ni finales felices. Ni siquiera finales.

Gopegui (Madrid, 1963) utiliza su consabida literatura elegante, culta, impactante, esa forma de no ser una escritora cualquiera detrás de cualquier historia previsible.  Ella es mucho más. Si sumas, por ejemplo, “La escala de los mapas” (Anagrama, 1993),”El padre de Blancanieves” (Anagrama, 2007) “Deseo de ser punk” (Anagrama, 2009) la cuenta catapulta a una novelista enorme, que nunca pasa desapercibida, un ser social proactivo dotado de un maravilloso don literario, el de crear estilo propio, conciencia, discurso, palabra precisa.

 

“Porque vivir no puede ser solamente parapetarse esquivando los golpes bajos, esconderse y dormir en posición fetal” (“El comité de la noche”, pág.160)

“Por ir a buscarla me gustarían los viajes. Por ir a buscarla refutaría a toda esa gente que dice que viajar no sirve porque uno sólo cambia de cielo pero no de corazón. No es verdad: bajo otros cielos, en otros puentes, algunos pesos se aligeran” (“El comité de la noche, pág.254)

Qué gran regalo este Comité.

 

"LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO"

"LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO"

Novela breve escrita en 1956 por Alan Sillitoe (Nottingham 4-3-1928/ Londres, 25-4-2010) y llevada al cine por Tony Richardson en 1962. Los expertos dicen que se trata de un libro de ruptura generacional, cumbre de la literatura británica del siglo XX, que ejemplifica a la perfección el carácter del rebelde sin causa.

No soy una experta en nada. Pero creo que toda rebeldía procede de alguna parte, tiene una causa, un desencadenante, la rebeldía que te encadena a su miseria, como en el caso del protagonista, porque la otra, la rebeldía propia de la edad, o de las edades, la que palpita a cuarenta grados y se defiende a zarpazos cuando es necesario, resulta obligada, y vital.

Esta es una novela atemporal, puede suceder en cualquier momento y lugar, de hecho sucede, no se sujeta a cánones históricos ni cumple condiciones encasilladas, se escribió en la segunda mitad del siglo XX pero podría relatarse antes... o mañana.

Delincuencia juvenil, familias desestructuradas, barrios obreros y olvidados, enfermedades ignoradas a cuya curación no puede hacerse frente, los estigmas, los roles, los callejones sin salida, la inteligencia del que sobrevive al presente y cuenta su vida en segundos o cómo mucho en veranos...

Hay un reformatorio, una carrera, un chaval con aptitudes, está el poder que se sirve de la pobreza, está la ley y el castigo, la hipocresía permanente y tirana de lo que se considera justo, el honor, a pesar de todo, esa moneda con valor opuesto dependiendo de quien la guarda.

Es una novela inteligente y emocional, clara y difícil, tan permanente como el dolor y la injusticia de quien se ve abocado a huir hacia delante cuando no queda camino.

Siempre se puede tomar una decisión.

La libertad de elección es LIBERTAD con mayúsculas.

Una historia brillante que lo seguirá siendo, porque está viva.

"KATHIE Y EL HIPOPÓTAMO"

"KATHIE Y EL HIPOPÓTAMO"

La calidad de vida de cualquier persona mejora con el acceso a la cultura, quizás por eso nuestros gobernantes procuran restringirlo, no vaya a ser que nos dé por pensar, y gente unida que piensa unida ya se sabe... puede cambiar las cosas.

Personalmente me siento afortunada cuando piso un teatro, considero que debo aprovechar al máximo la oportunidad, ese trabajo que se nos muestra tan directa y descarnadamente, de un modo tan apasionado y real que no puede compararse con ninguna otra variante del arte.

Este Octubre, durante las fiestas de mi ciudad, y ocupando una tercera fila en el Teatro Principal (ahí es nada) fuí la espectadora de "Kathie y el hipopótamo", obra de Vargas Llosa dirigida por Magüi Mira y protagonizada entre otros por Ana Belén. Lo sé, la apuesta no era muy arriesgada y teníamos mucho a favor, además la escena se completaba con un pianista, David San José, hijo de Victor Manuel y Ana Belén, grandioso músico, que nos deleitó dentro de la trama con varios clásicos franceses a los que ponía letra su madre sentada sobre el piano.  

No sé si se puede pedir más para los que venimos siguiendo durante décadas a la artista de Lavapiés, sus trabajos pueden gustarte más o menos, está claro que no hay verdad absoluta y todo tiene matices, pero su profesionalidad, elegancia y rigor estético resultan evidentes. Una no se mantiene en primera fila cincuenta años (desde la película "Zampo y yo", de Luis Lucia, dónde despunta como "niña prodigio") por capricho.

Pero puestos a pedir, digerir como espectadora a Vargas Llosa no parecía tarea sencilla. “Kathie y el hipopótamo” se estrenó por primera vez en Caracas en 1983, con Norma Aleandro (la inigualable actriz argentina de “El hijo de la novia” o “Sol de otoño”) al frente del reparto.  El autor peruano traza una obra en la que la ficción y la realidad tiene para sus personajes una importancia vital, hasta dónde imaginamos, hasta dónde somos, qué ocurrió realmente, qué parte de nuestro pasado es nuestra, inventada o de nadie…

Todo parte de un hecho concreto: uno de los trabajos "alimenticios" que tuvo que hacer el autor durante su estancia como estudiante en París fue para una "adinerada señora" que había hecho "un viaje por lugares exóticos y quería 'escribir' un libro"; así que, llena de ideas pero carente "de palabras", le contrató a él como "negro".

Con esa "excusa" Vargas Llosa tira del hilo, su vertiente teatral también es onírica, arrolladora, su alargada sombra se extiende por un escenario en el que se ha cuidado hasta el más mínimo detalle, se conduce de la mano a los espectadores, que no lo tenemos fácil porque la historia no nació para serlo, pero que inevitablemente seduce, y en eso, volviendo al principio, la actriz protagonista es experta.

Una sale del teatro con la sensación irrepetible de haber asistido a algo sumamente especial, una de esas sensaciones que ni siquiera el tiempo puede borrar.

 

TIEMPO DE DESCUENTO

TIEMPO DE DESCUENTO

Hace tiempo que cruzamos la barrera de lo imposible.

El tiempo descontado.

Tiempo de descuento.

 

Ya tus hijos,

como cantaba Raimon,

no serán jamás los míos,

la tierra seca de nuestros planes

vuela

al país de otras generaciones

que creerán

en promesas de humo,

porque así son los sueños,

vanidosos y frágiles,

empecinadamente  jóvenes.

 

Hace tiempo que no tenemos tiempo

para la melancolía,

pero qué quieres,

una se resiste a desaprender

cuando la rebeldía

es también el tiempo que nos queda.

 

Probablemente no volvamos a vernos,

lo cotidiano mastica compulsivamente

las horas,

te obliga a mirar hacia delante,

te mareas si vas de espaldas…

 

Viajaremos como lo hemos hecho siempre,

en vagones diferentes,

tú sin añoranza ni remordimiento,

yo  escuchando el mar

dentro de una caracola

y maldiciendo la lluvia,

que siempre me pilla sin paraguas.

 

Más que coincidir

es difícil reconocerse,

guardamos imágenes distorsionadas

que no soportan el imperdonable paso de los años,

porque estuvimos ahí,

porque fuimos nosotros…

 

O quizás no.

Sólo un espejismo,

una posibilidad remota,

un pasado que vuelve sin fuerza

con el único obejtivo

de perecer.