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MARTES DE CENIZA

A SABER DÓNDE ESTÁ EL CIELO

A SABER DÓNDE ESTÁ EL CIELO

De Blanca Busquets (Barcelona, 1961) lo compro todo. Las cosas como son. Quiero decir que me quedo con sus propuestas, sumamente interesantes, para mí caballo ganador.

La encontré casualmente hace un par de años, confundiéndola con la gran Esther Tusquets (Barcelona 1936-2012), unas prisas, un leer rápido y mal, un salir a la calle y darte cuenta del error y aún así apostar, uno de esos días en los que consideras que las casualidades no existen, y que las cosas pasan por algo... y pasaron.

Comencé con "La nevada del cuco" (2010) y seguí con "La casa del silencio" (2013), ambas incomparables, diferentes, pero delicadas y especiales, con el estilo impecable y el brillo auténtico de las historias de Blanca.

Redactora de un programa de música clásica en la televisión de Cataluña, ha estudiado piano y canto, escribió su primer relato a los doce años, es periodista... todo estos ingredientes componen de manera imprescindible su trayectora literaria, la habitan.

Su página web: www.blancabusquets.cat permite hacernos una idea del universo de la autora, las imágenes completan la figura de quien estamos hablando.

Deshaciendo el camino me he dado de bruces con "A saber dónde está el cielo" (2009), esa historia peculiar, un tanto claustrofóbica y enrevesada, con tintes de novela de misterio, que desentraña las miserias del triunfo y de los que se consideran triunfadores. Al igual que en sus otras narraciones... nada ni nadie son lo que parecen, detrás de la fachada está la vida, y el pasado, al que no se le debe dar la espalda, porque en caso de no admitirlo se convertirá en asaltador de caminos. 

Un error, equivocarse de muerto en un velatorio al que se acude por compromiso, son el trampolín de una novela escrita con maestría que nos conduce por pasadizos difíciles, estrechos, esos que debemos cruzar para encontrarnos y ser capaces de reconocer que estamos hechos de pedazos despedazados.

Cuesta un poco imbuirse en la trama, sólo un poco, son muchos los datos y los detalles y muy rápidos los cambios, hay que estar atento, abrir el abanico de una escena compuesta de almas que al fin y al cabo sólo quieren vivir tranquilas, cada una a su modo, pagando un precio y portando el equipaje que acarreamos desde la casilla de salida.

Es eso. Un examen de conciencia. Sin serlo ni parecerlo. Un échale un vistazo al espejo y mírate bien, luego mírame a mí. Procuremos no estar solos, no hacer daño a pesar del daño que hacemos, comprender las raíces subterráneas y los modos de supervivencia.

La gente con la que nos cruzamos a diario no son gente, sino personas compuestas por los restos de un naufragio.

Es una novela inteligente, una apuesta por querer contar las cosas de otra manera, gráfica, veraz, emocional… como decía al principio: caballo ganador.

 

EL LÁPIZ DEL CARPINTERO

EL LÁPIZ DEL CARPINTERO

Desconocía que Manuel Rivas (La Coruña,1957) fue socio fundador de Greenpeace en España, o que la maravillosa película de Jose Luis Cuerda "La Lengua de las Mariposas" está basada en un relato suyo.  

El desconocimiento no es bueno.  A veces.  Esta es una de ellas. Descubro a un autor que escribe mayoritariamente en su lengua natal (colaboraciones en castellano para El País) cosas tan absolutamente expcecionales como "El lápiz del carpintero" (1998) una historia sobre la guerra civil que no es sólo una historia de guerra, que también, sino una historia germinada para ser contada, una especie de cuento que crece según se va leyendo, crece mucho, y se convierte en un legado hermoso, incomparable, sin dulzura, pero repleto de poesía hasta en las comas.

No he visto la película de Antón Reixa y protagonizada, entre otros, por Luis Tosar o Nancho Novo.  No la quiero ver. He visto el libro, un argumento fácil de reproducir, uno de esos ambientes que cuando quieres darte cuenta (si el tema central te interesa más a mi favor) te permiten ser espectador y no perderte detalle.  Porque es un libro con una importante trama narrativa en la que se entrelazan personajes condicionados por el momento histórico, vencedores, vencidos, víctimas, verdugos, ciudades pequeñas, pobreza, amores... y esa dignidad árida y fría propia de los finales que no pueden elegirse, pero además de todo eso es un libro de gestos sutiles y detalles pequeños que lo enriquecen profundamente, que marcan la diferencia y lo hacen grande, especial y grande.

Se lee en un par de momentos, se queda escaso porque resulta breve, de tan ávidamente como puede leerse.

"El lápiz del carpintero" a nadie puede dejar indiferente.  Es un reto, comprensión lectora y memoria. Todo un ejercicio de aprendizaje.

Revivimos eso de que si no se puede elegir lo que nos sucede sí nuestra manera de enfrentarnos a ello.  Resulta fundamental, nos convierte en supervivientes, aunque suponga a veces una condena, una huída hacia delante.

El lápiz (un auténtico lápiz de carpintero) va cambiando de manos, es el enlace, el testigo y el nudo de una historia que nos llevará a conocernos mejor en un presente contínuo que no se detiene.

Qué suerte la mía cuando por fin me decidí a leerlo. 

PROPIOS Y EXTRAÑOS

PROPIOS Y EXTRAÑOS

Dos familias de raíces culturales muy diferentes (una norteamericana típica y otra iraní) adoptan dos niñas coreanas y se conocen en el aeropuerto, cuando esperan la llegada de las pequeñas.  Deciden vincular sus vidas para que las niñas mantengan el contacto.  

Ahí teje la tela de araña del argumento Anne Tyler, esa escritora de Minneapolis (1941- ) a quien tan buenos ratos le debo últimamente, desde que la descubrí casualmente con "Reunión en el Restaurante Nostalgia".  Autora de una veintena de libros, ha sido galardonada con el Pulitzer por "Ejercicios respiratorios", (ambas novelas tienen su reseña en este blog), escribe con fluidez y relata metódicamente el modo de vida, usos y costumbres, de la sociedad que tan bien conoce, la de Baltimore, donde lleva décadas afincada.  Imperceptiblemente engancha, y cuando te quieres dar cuenta, sus historias, que parecen sencillas y en ocasiones hasta planas, te sirven de espejo (da igual que sean netamente americanas, hablan de lo emocional, de gente cercana, fundamentalmente de relaciones que pueden darse en cualquier punto del planeta), te seducen y atrapan.

"Propios y Extraños" (2006) describe minuciosamente a dos familias que se reúnen para celebraciones puntuales y acaban viviendo una junto a otra, familias extensas, con sobrinas, abuelos, consuegros, el papel y la posición de cada cual, la conciliación de la vida familiar y laboral, las tradiciones, la manera de entender la educación, la idealización de los modos de vida... todo juega un papel estratégico, es una pieza fundamental en el tablero de una historia que conmueve y escuece, que no se queda quieta, que cuestiona.

¿Hasta dónde somos capaces de llegar por un deseo asequible?

¿Nunca una madre se ha creído mejor que otra, capaz de juzgar a su contraria?

¿La enfermedad nos obliga a ser mejores personas?

¿Hasta qué punto compensa guardar las apariencias si es que hay que hacerlo?

Hay un personaje preponderante, admirable, fuera de norma, que no es de los principales y que acaba siéndolo, una mujer independiente y "desarraigada" de convencionalismos... hasta ahí puedo leer, habrá que descubrir a Maryam.

Advierto que Anne Tyler me gusta porque escribe bien y sus propuestas me convencen, pero sobre todo me engancho a ella como a las antiguas radionovelas, con la certidumbre de lo consabido y a pesar de todo expectante.

"TODAS LAS LÍNEAS QUE NO SON RECTAS"

"TODAS LAS LÍNEAS QUE NO SON RECTAS"

¨Érase una vez una mujer

que descubrió que se había convertido

en la persona equivocada"

("Cuando éramos mayores"-Anne Tyler)

 

 

La tarde en la que nos reunió Darío para anunciarnos que Clara se había ido de casa lucía el sol con la fuerza de un agosto interminable.

Los niños correteaban en un jardín minúsculo a escasos metros de la terraza del bar que frecuentábamos las hermanas, un local de barrio dónde habíamos jugado nuestras primeras partidas de futbolín, compartido cigarrillos clandestinos y confidencias apresuradas antes de subir a casa y recuperar el microclima del hogar, donde los pijamas de ositos, el olor de la cocina y las noticias del telediario nos protegían de la vida y de nosotras mismas, habitantes en la Isla de los Niños Perdidos.

Miré a Darío recuperando su semblante de crío travieso, la piel clara salpicada de pecas, los ojos pequeños y luminosos, siempre vivaces, esa manía de comerse las uñas... en apariencia pocas cosas habían cambiado en él desde que venía a buscar a Clara y la esperaba en la esquina de la calle, sin atreverse a cruzar el rellano porque sabía de nuestras bromas, esa contínua manera de poner a prueba a los pretendientes de nuestras hermanas.

No os preocupéis -respondió ante el silencio sepulcral que de repente había caído sobre las cáscaras de cacahuete y la inconsciente algarabía del verano- volverá, seguro que vuelve”

Me pregunté cuantas veces se lo había repetido a sí mismo antes de pronunciarlo en voz alta como un dogma de fe.

Recibí el codazo disimulado de Paula, evocando posiblemente nuestro último encuentro con Clara, unos días antes, cuando hacía caso omiso de las constantes llamadas telefónicas, el nombre de Darío en el móvil y ella quitándole el sonido y relegando el aparato al fondo de su bolso.

Tengo que hacer algo, ya no puedo más”.

Hacía tiempo que no dormía en condiciones, las ojeras se estaban comiendo las facciones angulosas, bien definidas, su rostro lavado, sin maquillaje siempre, la cara más bonita de todas las Camín-Vilamaza.

Después de varios años de abstinencia había vuelto a fumar, y a peinarse como si no le importara, era un animal enjaulado, la Alicia del País de las Maravillas cuando se toma el bebedizo y crece sin parar, y el techo de la casita minúscula se le viene encima, le oprime la cabeza, y ella no cabe, no cabe, una gigante en un mundo de seres diminutos...

"No soporto mi propia piel, ni en lo que me he convertido" Nos dijo sin probar el café con hielo que se había pedido, los cubitos derritiéndose sin remisión, un café de nadie, frío e inservible.

Paula trató de convencerla, soltó alguna frase hecha, le aterran los cambios, los cruces de caminos, todas las líneas que no son rectas. Le propuso un viaje, las dos solas, playa, sol, mojitos.

Clara la miró como si no la conociera, con un dolor inaudito.

"Ojalá todo pudiera resolverse a tu estilo"

Paula suspiró y masculló algo que no logramos entender, salió un momento a comprar el periódico.

Fue cuando Clara me cogió la mano, a pesar del calor sus dedos estaban agarrotados y frios:

"Cuida de Marina, nunca te han gustado demasiado los críos, ya lo sé, pero Marina es distinta, es cómo tú, congeniáis bien, procura estar cerca, Darío no va a poder, ni quiere, necesita atender permanentemente a su ombligo, lo demás es secundario. Será temporal, vendré a buscarla, te lo juro".

Estaba descompuesta, nunca la había visto así, mi hermana pequeña tenía la mezcla exacta de temperamento y templanza.

Me acerqué a la barra a pedirle un vaso de agua y cuando volví a la mesa se había ído, el olor cítrico de su perfume quedó suspendido en el aire, despidiéndose.

Mi padre fue el primero en romper el paréntesis extraño y espinoso en el que se había convertido la tarde.

"¿Pero qué estás diciendo Darío? ¿Se ha ido así, sin más?"

Más que dos preguntas se trataba de unos brazos invisibles que trataban de sacudir a mi cuñado y borrarle la media sonrisa bobalicona, los gestos de atención hacia la pequeña Marina, un tanto desmesurados en él, tan poco dado a mostrar afecto, pretendría disimular o normalizar lo imposible, aún no lo sé.

"No Juan, sin más no, llevábamos un tiempo mal, ya sabes cómo es esto, ha querido tomarse un respiro"

Y miró su móvil, como si en cualquier momento pudiera llamar Clara para anunciarnos a todos que éramos víctimas de una broma pesada.

Mi padre se levantó bruscamente y a punto estuvo de tirar la mesa metalizada con la profusión de botellas, vasos y ceniceros que reinaban sobre ella.

"¡Quiero saber dónde está mi hija!"

Los ocupantes de las mesas contiguas nos miraron, Marina y los mellizos de Paula, Ander y Sara, se acercaron extrañados por la reacción de su abuelo, un señor muy pacífico que metía barquitos de madera dentro de botellas de cristal y una vez al año los lanzaba al mar.

Tras el ictus que imposibilitó la movilidad de mi madre la atendió hasta su fallecimiento como jamás pudimos imaginar, ya que ella era la madre-gallina clueca, quien todo lo controlaba y para todos guardaba una frase especial, un detalle concreto. A su lado él parecía un actor secundario, minimizado y gris, nada que ver con la realidad de un hombre que supo proteger los espacios y ritmos de los dos, dándole a cada tiempo un sentido, a cada etapa su primavera.

Darío alzó los hombros como única respuesta y mi padre se marchó a grandes zancadas, sin mirar atrás, Paula lo siguió tratando de calmarlo y el encuentro terminó precipitadamente, los niños se dieron un beso comprometido y fugaz, sin entender nada, los adultos procuramos no mirarnos mientras arrastrábamos el tonelaje de la ausencia de Clara, un antes y un después en la vida de todos.

Si Darío tuvo algo que ver en la desaparición de mi hermana nunca pudo demostrarse, esa duda latirá siempre, como mala planta que germina.

Elena, nuestra hermana mayor, acudió desde Austria a la llamada desesperada de papá, que lo intentó todo, videntes, detectives privados, contactos en la policía, para obtener esa herida que nunca cicatriza llamada silencio.

La primogénita aterrizó con su mirada de ninguna parte y su aspecto de invitada formal, tratamos de ponerla al día, pero llevaba fuera tanto tiempo que resultaba incómodo e inverosímil tener que contarle.

Elena y Clara, la mayor y la pequeña, doce años entre una y otra, arena para cubrir de hastío todos los desiertos.

Acompañó a papá cuanto pudo, trajo para los sobrinos regalos sorprendentes, comió con nosotras, hablamos de un futuro que nunca compartiría y se marchó como vino, a su burbuja en el extranjero, lejos, venid a visitarme, mantenedme al corriente, la megafonía del aeropuesrto anunció su vuelo, en la mano un pasaporte hacia la asepsia y en la maleta una cámara acorazada.

Quince meses después, en el entierro de papá parecía una actriz de cine, las gafas de sol le cubrían media cara, lucía el luto riguroso que el resto de la familia se había saltado por expreso deseo del difunto, se alojó en un hotel y se marchó cuarenta y ocho horas más tarde, cediendo a Marina su parte de la herencia familiar.

Nuestra sobrina creció siendo el vivo retrato de su madre.

Así son estas cosas, hay algo en el aire, algo perpetuo, de lo que no se puede escapar.

Mientras Darío fue borrándose paulatinamente del entorno familiar ella se fue haciendo cada vez más presente. En ocasiones volvía del trabajo y la encontraba esperándome sentada en el portal, traía un clásico cinematográfico de los que nos gustan a las dos, pedíamos una pizza y no hablábamos del pasado.

Su padre se casó con otra mujer, tuvieron un hijo, Mateo.

Los dos hermanos se adoran.

En una ocasión me encontré con Darío de manera fortuita, hablamos de todo un poco y de nada en concreto, trivialidades que esconden letra pequeña, la calle era un trasiego de actividad propia de un día laborable. Ya cuando nos despedíamos me cogió del brazo: "No me gusta cómo me miras" dijo muy despacio, sus ojos pequeños y afilados apuntándome.

"Será por algo... ¿Qué tal duermes Darío?"

Me soltó como si recibiese una descarga eléctrica, compuso una mueca agria, eché a andar y no he vuelto a mantener ninguna conversación con él.

De nada pudimos acusarle. Nunca.

Ausencia de pruebas que le incriminasen en la desaparición de mi hermana.

Clara no volvió.

Se la tragó la tierra, a ella, a sus pies pequeños y a su risa desencantada, torrencial, pero viva. Pintaba al óleo y tallaba piedras semipreciosas, todas las hermanas tenemos uno de sus anillos, montado en plata.

Nadie la ha visto.

Marina no la recuerda, tenía cinco años cuando su madre se fue, no sé a dónde ni cómo. Algo debió ocurrir para que Clara no cumpliese su juramento de venir a buscarla.

"No se jura en vano, las promesas son sagradas"

Me decía de niña.

Mi hermana era una mujer de palabra.

 

 

HABLAR SOLOS

HABLAR SOLOS

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) es hijo de músicos argentinos exiliados que a los catorce años se instaló en Granada donde terminó licenciándose en Filología Hispánica.

Debuta como relatista, su primera novela, "Bariloche", resulta finalista del Premio Herralde.  Con "El viajero del siglo" (2009) obtiene el Premio de la Crítica y el Alfaguara.

Guionista de tiras cómicas en el diario "Ideal" de Granada Neuman es un artista global, de los que son capaces de crear un Universo propio y mantenerlo, de los que parece que no están pero resultan imprescindibles.  La revista británica "Granta" lo incluye entre los 22 mejores narradores jóvenes en español. Roberto Bolaño dijo de él que estaba "tocado por la gracia" y que "escribe lo que escriben los poetas verdaderos".  Ahí es nada.

Yo no había leído nunca a Neuman, me abruma tanta perfección y tan reconocida, y en la mayoría de los casos debo aceptar las evidencias y rendirme ante lo inapelable, como ahora.

Me sonaba de haber saltado en Internet de página en página literaria, había leído algo de su poesía perfecta, y otra joven poeta inigualable cuyo blog dejó de existir y a la que tristemente le he perdido la pista, Paula Álvarez Carnero (Orense, 1973), también lo recomendaba... la eclosión debió ser poco más tarde.  Y es ahora cuando me topo con el autor en librerías y bibliotecas, aquí y allá, referencia permanente, y será por algo, me digo, tiene que ser por algo... y me pongo a leer un librito que se titula "Hablar solos" (2012) y que vertebra las miserias de una familia tocada por la enfermedad de uno de ellos de una manera única, literariamente impecable.  Los monólogos, cada uno con su equipaje y en su momento circunstancial, de Lito, Elena y Mario no tienen desperdicio, configuran un permanente espejo para la conciencia de cualquiera, para la vida y la muerte de cualquiera.  Cuidado con las arenas movedizas, no son sólo problema de quienes las pisan, están por todas partes.

"Criar a un niño y cuidar a un enfermo tienen eso en común: ambas tareas te demandan una energía que en realidad no es tuya. Te la infunden ellos mismos, su ansioso amor, su miedo expectante. Y la reclaman de tí como olfateando carne fresca. A veces tengo la sensación de que la maternidad es un agujero negro. Nunca basta lo que introduces ni sabes a dónde va a parar. Otras veces, en cambio,me siento una vampira que se alimenta de su propio hijo. Que consume su entusiasmo para seguir creyendo en la vida."

La novela hace contínuas referencias al hallazgo de los fragmentos literarios que te llegan a las manos cuando más los necesitas, los libros que te encuentran porque detectan la pena, la necesidad, la urgencia... como animales bien adiestrados buscando una caricia; alguna vez he sentido lo mismo, quizás porque todo está en las palabras, todo está escrito, sólo hay que saber buscar... 

"Hablar solos" es la crónica del afecto y sus caras, todo es poliédrico, nos desconocemos en profundidad mientras tratamos de sobrevivir a nuestras inmundicias.

"Hablar solos" es un libro pequeño, una historia pequeña, un lujo inteligente.

RETORNAR A LA PLAZA DEL DIAMANTE

RETORNAR A LA PLAZA DEL DIAMANTE

La vida de la escritora catalana Mercé Rodoreda (Barcelona 1908-Gerona1983), no tiene desperdicio (hay una entrada en este blog dedicada a ella). Fue adelantada a su época, se dedicó al oficio de escribir para tener independencia económica y escapar del calvario matrimonial, casada con dispensa papal incluída, tal y como obligaba el grado de consaguinidad al unirse a su tío materno, catorce años mayor que ella.  Educada en un entorno culto y liberal, Mercé necesita escribir hasta en el exilio más duro, pues sale de Cataluña pensando que sólo serán unos meses (su hijo quedó a cargo de su madre) y no regresa hasta 1972.  Pero de los pormenores de su existencia podemos informarnos en otro momento, están ahí para quien tenga curiosidad.

Es que he vuelto, una vez más a "La Plaza del Diamante" como vuelve uno a los lugares donde amó la vida.  Con todo el respeto del mundo, más cuando sabe que va a encontrar la belleza.

"La Plaza del Diamante" (1962) está considerada como la novela más importante de la literatura catalana de posguerra.  En 1982 fue llevada al cine, la protagonista principal, Natalia, (o La Colometa) tendrá desde entonces el rostro de Silvia Munt.

En esta novela, cuya autora manifestó haberla escrito "febrilmente, como si cada día de trabajo fuera el último de mi vida" se recrea con exactitud la Barcelona de entonces, el momento histórico y los modelos de convivencia. Hay que conocer de primera mano lo que se quiere contar y cómo contarlo, el giro de los tranvías, el pico de las palomas (un palomar es uno de los espacios fundamentales donde transcurre la novela, y en un palomar se encerraba, al comienzo de su trayectoria, Mercé para escribir), los patios de vecinas, las tiendas de ultramarinos... las descripciones son de esas que cierras los ojos y puedes reproducirlas fielmente, por los más pequeños detalles leídos.

Ya tenemos el decorado, la ambientación, una parte importante.

Definir los personajes va en la línea del impacto general de la obra, en consonancia, esos personajes, en ese entorno, con esa historia y ese alma... sólo pueden ser los personajes de Mercé Rodoreda, las mujeres de "La Plaza del Diamante", de "La Calle de las Camelias", o de "Aloma" son mujeres, que, al contrario que ella, se resignan, luchan, muerden la vida de frente, pero en muchas ocasiones obedecen, callan, aunque no por ello las trate mejor el destino.  Sus mujeres son grandes y son tristes. Con un murmullo de sombras atrapado en una caracola, tristes sin poder evitarlo.

A la Colometa la empuja la vida por dónde nunca hubiera querido, y ella, que al fin y al cabo solo quiere paz, una paz pequeña en una casa pequeña, alegre y con luz, debe enfrentarse al abandono, a la guerra y la posguerra sin querer, y sin saber cómo... sólo al final, en el final de los finales de la novela, parece haber comprendido...

El realismo melancólico y tierno de la narración es dominado de principio a fin con maestría y elegancia.  La magia, y la diferencia, se muestra en los gestos imperceptibles, en los detalles más nimios del monólogo.

A Colometa, y a Mercé Rodoreda, hay que acercarse al menos una vez en la vida. Una vez.

Para comprender y sentir.

GEOGRAFÍA E HISTORIA

GEOGRAFÍA E HISTORIA

"Así mi cuerpo
que se hace memoria de tu cuerpo
y te presiente" ("Completamente Viernes"-Luis García Montero)

 

 

Tus ojos me deportaron.

Sobran unas pupilas

para decir nunca.

Todo un país 

cabe en la mirada.

Un país.

Con su memoria

y su idioma,

sus usos y costumbres...

un país.

Quise ser

el kilómetro 0,

la orilla de tu playa,

el último rincón por descubrir.

Demasiada ambición

para tan pocos años.

Demasiada Fe.

Porque nada cambia 

sin una pasión inquebrantable

que levante la tierra

y arranque las raíces.

Lo aprendí

como lo aprendo todo,

tarde,

la esperanza última,

el final de los finales.

Cuando

ya no cabía esperarte

y tus ojos

eran la escarcha definitiva

de una madrugada de verano.

Después,

convivir con tu ausencia

ha sido comprender los pasaportes,

las fronteras,

el mapa político

que llevamos todos

tatuado en la espalda.

"LA VIEJA BÚSQUEDA"

"LA VIEJA BÚSQUEDA"

"Somos el tiempo que nos queda, 
la vieja búsqueda, la nueva prueba"

 (Del Rapero Zaragozano Kase O, "Vivir para contarlo") 

 

Nunca me gustaron las muñecas.

Las de porcelana menos, esa niñas disecadas, con sus enaguas de blonda y sus guantes de organdí, siempre perfectas, mostrando el rubor exacto en sus mejillas, el brillo acerado en sus pupilas de cristal, los tirabuzones sin despeinar, los zapatos impolutos… no resultaban atrayentes, ni divertidas, por mucho que Doña Fátima se empeñase en que debía jugar con ellas, y no subirme a los árboles del jardín, ni improvisar cañas de pescar junto a los chiquillos del servicio, ni acunar a los gatos o cantar bajito.

Prefería todo lo que me estaba vetado, para qué engañarnos, seguro que en vez de niña era una cabra de esas que siempre tiran al monte, frase con la que Don Ignacio se refería a mí sin mirarme demasiado, mientras fumaba en pipa o se rascaba la barba.

Tenía tres años cuando mi madre me dejó en aquella casa, cocinaba para los Onceda, a mi padre le salió trabajo en la otra punta del país y la familia entera se trasladaba. No sé como Doña Fátima convenció a mi madre para quedarse conmigo, la benjamina de siete hermanos, el capricho de la señora, que tenía dos hijos varones mayores ya y no podía concebir más, el caso es que recuerdo fragmentos de una voz rota despidiéndose de mí, colocándome en el cuello una medallita minúscula que había sido de mi abuela materna y que me ha acompañado el resto de mi vida.  Un patio enorme en el que siempre hacía frío, aquella mujer con los ojos empañados diciendo pórtate bien y estirándome el vestido, y la mano de Doña Fátima que tenía un tacto tan diferente al de todas las manos que yo había conocido…

Me pidieron que les tratase de usted, comería antes o después que ellos, en la mesa principal, no con el servicio, sola, aprendería modales y educación general con una profesora particular, Brígida Castel, y procuraría pasar desapercibida en cualquier momento del día y de la noche, presentándome ante la familia Onceda sólo cuando fuese requerida.

Durante un tiempo Doña Fátima me llamó a su habitación, conservaba vestidos de su infancia que yo debía probarme, todos con una ocasión especial pegada a las entretelas, con un momento imborrable.  Luego me maquillaba y peinaba a su antojo, así pasábamos las tardes, hasta que poco a poco se fue cansando, quizás porque el juego no era tan ideal como había imaginado, o porque no lograba arrancarme palabra, que yo no sé por qué se me había quedado la garganta como un pozo seco, como si una mano invisible estrangulase cualquier conato de expresión.

Doña Brígida, la maestra, era tan mayor que resultaba imposible calcular su edad con exactitud, la cantidad de arrugas que rodeaban su boca convertían sus labios en una arruga más, una que se abría y cerraba para utilizar invariablemente el mismo tono, fuesen las tablas de multiplicar lo que me enseñaba, latín, poesía o la arquitectura del renacimiento.

Mi interés por aprender la sorprendió, me mostraba atenta e interiorizaba rápido, así se lo transmitía ella a Doña Fátima que sin aparentar satisfacción cabeceaba con un “Vaya, vaya, mire usted por dónde…”

A pesar del tiempo compartido Brígida y yo nunca estuvimos cerca, ella tenía claro quién era y su encargo mientras yo significaba algo pequeño que modelar, un ser de nadie merodeando por allí como un pájaro exótico.

Lo peor eran las noches, todos aquellos relojes de péndulo sonando cada hora, amplificados en el silencio, una cama altísima de sábanas frías, una habitación demasiado grande y demasiado vacía, con aquel armario de tres cuerpos y sus puertas de espejo reflejando todos los fantasmas. A veces se oían pasos atravesando los corredores y las escaleras, en alguna ocasión se detenían junto a mi puerta y yo me encogía todavía más dentro del enorme camisón, cantando, susurrando con voz temblorosa las canciones que escuchaba cantar al personal que trabajaba en la casa.

Alfredo y Gerardo, los hijos de los señores, ni me miraban, apenas coincidía con ellos, en realidad no coincidían con nadie que no fuese su padre, con quien montaban a caballo, salían de viaje o se encerraban durante horas en el despacho.

Doña Fátima era un alma en pena que vagaba por la casa, rezaba el rosario y chasqueaba la lengua observándome, posiblemente arrepentida de haberme tutelado ya que el deseo la había llevado a imaginar la niña que nunca fui, peinada con los lazos que evitaba ponerme, las medias recias que picaban o la forma de tomar el té que nunca quise aprender. 

Pero resultaba mejor dejarme hacer que soportar mis silencios ante ella, herméticos, como una losa en medio de la tarde.

Tenía nueve años cuando la suerte llamó a mi puerta en forma de Teresa.

Era la hija de la planchadora, de mi misma edad, y nos hicimos inseparables.

Comprendí de repente lo que era contar con alguien, leer en su mirada, formar parte de un todo que consistía en robar manzanas, trepar a los árboles, tomar el sol, peinarnos como las artistas de cine, inventar teatros de sombras tras las sábanas tendidas… pura libertad tras los pasos de aquella chiquilla que prefería caminar descalza y que reía como si se agotase el tiempo. 

Hasta que Doña Fátima decidió alejarme de su compañía considerándola una mala influencia, le pidió a Carmela, su madre, que no trajese a la niña “arma mucho jaleo y no la quiero cerca de Luz”.

Escondidas dentro de un armario donde se guardaban enseres de limpieza, mientras nos temblaban las piernas, vimos como Carmela, joven, guapa, su pelo cobrizo y abundante rebelándose a la tiranía del moño, se quitaba con gesto decidido el delantal blanco “si ella no viene yo tampoco” y lo lanzaba sobre el mostrador ante la atónita mirada de sus compañeras y de Doña Fátima, a quien la rabia contenida le acentuaba los pómulos.

 Antes de salir del cuarto de trabajos domésticos Carmela abrió decididamente el armario, cogió a su hija de la mano y tiró de ella mientras me guiñaba un ojo y yo me quedaba allí, sola de nuevo, viendo como desaparecían, ridícula y triste en mi escondite descubierto.

Desde entonces Doña Fátima comenzó a castigarme, primero con rosarios y novenas, luego realizando las más duras tareas: ir a por  leña, encender el fuego, fregar arrodillada… nunca protesté, pero decidí mirarla hasta el mismo infinito de su inmensa amargura, sólo mirarla, asegurándome el objetivo de acabar desquiciándola.

Supe que iba a echarme cuando le pidió a Brígida Castel que no volviera, la vieja profesora estuvo a punto de preguntarle qué pensaba hacer conmigo cuando se detuvo en el dintel de la puerta, sin traspasarlo, pero un gesto definitivo de Doña Fátima, una manera de apuntarla inquisitivamente con su barbilla aguileña, fulminaron cualquier conato rebelde de la maestra.

No sé por qué no me abrió la puerta sin más, debió ser su conciencia la que elaboró aquel extraño rodeo por el que me ví, con la misma maleta minúscula y ajada con la que llegué, camino de la casa de los guardeses, que me alojaron en el granero, oscuro y húmedo, paraíso de ratones.

Mis once años se disponían a llorar amargamente cuando decidieron reciclar esa energía en planear cuanto antes una huída.

Tal y como llegué al granero escapé por la ventana, busqué a Telma, la cocinera, no habíamos tenido demasiado trato pero siempre descubrí afecto en su mirada, tenía los ojos arrasados de lágrimas cuando me preparó algunos víveres y metió en mi bolsillo una dirección borrosa, escrita apresuradamente en un pedazo de papel, junto a unas monedas. “Mal rayo le parta a esa bruja”, sentenció mientras me alejaba  sin volver la vista atrás.

No supe dónde me dirigía, con quién iba a encontrarme, sólo seguí el único camino propuesto, la única posibilidad. Me perdí varias veces, estuve a punto de abandonar, pero ni siquiera eso podía permitirme… con los pies destrozados llegué a la dirección que me había escrito Telma, se trataba de un mercado, un espacio enorme, de techos altísimos, donde se amontonaban pequeños puestos improvisados por los vendedores.

El bullicio era ensordecedor.

Me dejé arrastrar por la corriente de personas que entraban y salían, iba dando tumbos como una peonza preguntando por Nora Carvajal cuando una mujer corpulenta que lucía guantes de goma hasta el codo y un delantal a rayas salpicado de escamas de pescado me cogió por los hombros apartándome del gentío. “Yo soy Nora”.

Lo último que recuerdo antes de desmayarme es el fuerte olor a agua salada que desprendía aquella mujer.

Estuve dos días en cama, con una fiebre altísima, a duras penas tragaba líquidos que me acercaban a la boca con una cuchara sopera, paños fríos sobre la frente y una mujer a la que yo llamaba débilmente Telma, pero no era ella, sino su hermana Nora, que vendía pescado en el mercado municipal y conocía mi historia porque a lo largo de los años se la habían ido contando, como una leyenda interminable destinada a los finales tristes.

Cuando repuse fuerzas comprobé que me encontraba en una habitación abuhardillada que hacía las veces de vivienda, en un lado un hornillo, un pila para fregar, unos estantes con un par de vasos y platos, una sartén y un puchero, junto al tragaluz que servía de ventana una mesa rectangular y una silla,  a la izquierda de la entrada una cama desvencijada a cuyos pies se colocaba un pesado baúl utilizado como armario… poco más, una bombilla pelada colgando de un cable, y una alfombra raída, circular, en el centro de la habitación.

Mientras mi retina grababa el orden geográfico de las cosas apareció Nora con un fardo de ropa entre los brazos: “Aquí tendemos en la azotea, y si necesitas ir al servicio hay un retrete comunitario en el rellano”

Aunque aquella mujer era para mí una completa desconocida no me resultaba extraña ni me provocaba desconfianza, su corpachón no se correspondía con el tono de voz suave y aniñado que tenía: “Hablemos claro desde el principio Luz…- se sentó a los pies de la cama y todo el armazón de hierro gimió- puedes quedarte una temporada, mi hermana me pide que te cobije y yo lo hago, pero debes trabajar, justo me viene para mantenerme a mí misma y como comprenderás una boca nueva supone una pesada carga… gánate el sustento y después decide qué camino seguir”.

Todo lo que se me ocurrió fue asentir con la cabeza, estaba exhausta después de la crisis de agotamiento que había sufrido, y no tenía más ganas de seguir viviendo a la defensiva. 

Nora me cedió su cama e improvisó un nuevo acomodo sobre el mismo suelo de madera, a pesar de mi insistencia, la mejor ración de comida y la más abundante siempre era para mí, de la misma forma que si ocasionalmente conseguía un dulce o un adorno no necesitaba pensárselo dos veces antes de ofrecérmelo.

Yo me daba cuenta del esfuerzo que debía suponer para ella tener de repente compañera de habitación, una niña de nadie a la que buscar trabajo y de la que estar pendiente, así que procuré pasar desapercibida.

Me convertí en la recadera del mercado, encargos que surgían aquí y allá, compras que transportaba a duras penas en la cesta de una bicicleta pesadísima sobre la que me dejaba los riñones a cambio de exiguas propinas.

No añoraba las comodidades de la finca Onceda, sentía más calor entre los puestos del mercado que cerca de las chimeneas que me vieron crecer, tratando de convertirme siempre en quien no era, otra muñeca de porcelana para la colección de la señora.

Aprendí a montar ramos de flores, cestas de frutas y lo que se terciase, tan pronto troceaba pescado como limpiaba champiñones  o preparaba masa de pan, el caso era resultar válida, hacerme un hueco.  Llegábamos a la habitación tan cansadas que muchas veces, mientras repasábamos los pormenores de la jornada, me quedaba dormida sobre la mesa antes de cenar.  Nora me depositaba sobre la cama con mucho cuidado, cubría mi cuerpo con una manta y seguía trajinando por la habitación, a la mañana siguiente era yo quien la despertaba con el desayuno preparado.

De haber seguido así el futuro no quedaba lejos.

Pero las cosas se quebraron una mañana de viento enfurecido que equivocaba el vuelo de los pájaros.

Acabábamos de llegar al mercado con dos carretillas cargadas de hielo picado, mientras lo vertía sobre el género que teníamos en el pequeño mostrador reparé en que Nora se quedaba estática, abandonando su habitual ajetreo, sin escucharme, palideciendo. Seguí su mirada extraviada hasta dar con un personaje recién llegado que había sembrado un silencio general, pues todos lo miraban asombrados.

Griselda Bari, la frutera del puesto contiguo, me cogió del brazo llevándome rápidamente a la parte trasera del mercado, donde se amontonaban desperdicios  y los gatos se daban un festín. 

Pese a que no había nadie a nuestro alrededor la mujer susurraba nerviosa:
“¡Muchacha ese hombre es su marido! –la miré sin comprender y sus dedos agarrados a mi brazo me sacudieron- se fue con otra hace unos años, dejó a Nora en la estacada, sin un real, maldito sinvergüenza…  y ahora se presenta como si nada… ándate con cuidado porque ese ha vuelto para quedarse”

Una voz gritó su nombre y Griselda entró como una exhalación dejándome a la intemperie. 

Durante unos instantes me quedé quieta, incapaz de mover un  sólo músculo, asustada, confusa y débil, envuelta por aquel viento caótico… hasta que la corriente eléctrica de la rabia me mordió el labio inferior impulsándome a hacer algo, no sabía qué, defenderme, de lo que fuera…

Cuando volví a mi puesto Nora y su marido ya no estaban, el mercado tenía la vida de siempre, la que no se detiene porque nada lo hace, la que no espera.

Trabajé como una autómata sin atreverme a preguntar a nadie, sentí que la gente me evitaba y no fui capaz de sostener miradas compasivas. 

Al terminar la jornada Nora vino a buscarme, recogimos juntas, como cualquier otro día y ya camino de casa, con la vista clavada en el suelo y una voz quebradiza que parecía saltar obstáculos se confesó:

“Debo darle otra oportunidad Luz, es el hombre de mi vida, algún día sabrás lo que quiere decir eso… un hombre capaz de arruinarte, pero fundamental al mismo tiempo, el único que puede dar sentido a tu existencia convirtiéndola en algo real, posible… Me ha pedido perdón ¿sabes?, creo que se arrepiente… Ya sabes cómo vivo, allí no cabemos los tres Luz…”

Me tendió un sobre con dinero, se lo arranqué de las manos y eché a correr sin permitir que dijese nada más.

Esa noche dormí en un cuarto del mercado, acurrucada entre toldos viejos y mugrientos, al amanecer esperé a que Nora y su marido saliesen de casa para colarme en ella, asearme un poco y recoger mis cosas sin saber qué iba a ser de mí al minuto siguiente.

Alguien se me había adelantado, pues encontré preparada mi maleta a los pies de la cama, la ropa planchada, una chaqueta nueva, tejida no sé en que momento disponible, un pequeño neceser que olía a lavanda y una carta, una cuartilla doblada por la mitad, en la que Nora explicaba sus pesquisas desde que aparecí en su vida, desfallecida y enferma.  Había intentado averiguar el paradero de mi familia, me costó descifrar entre las letras apretujadas y desiguales una dirección, no muy lejos, a unos veinte kilómetros, dónde al parecer vivía Julia Yesa, hermana de mi madre.

Temblé.

Mi cuerpo reaccionaba ante una nueva aventura, no pretendía seguir huyendo, me gustaba la buhardilla, el mercado, me gustaba Nora y eso que se parecía a una vida nuestra… sólo quería permanecer, ser de alguna parte.

Tan abstraída estaba que no reparé en la presencia que acercándose por la espalda me acarició el pelo.  Me puse en pie de un salto abrazada a la maleta y a la carta.

El marido de Nora me miraba sonriendo, el pelo escaso y lacio peinado hacia atrás, la cara angulosa, con pómulos de acero y demasiadas arrugas para la edad que debía tener… se quedó frente a mí, muy cerca, y extendió una mano para tocarme la cara, pero siempre fui rápida esquivando, recuerdo su voz por el hueco de la escalera llamándome nena, pidiendo que no me fuera.

Junto a la carta de Nora un billete de autobús señalaba el trazado, el posible camino, las migas de pan.

A punto estuve de no subir a ese autobús.

Nadie me garantizaba el éxito. 

Tenía trece años y ya estaba cansada de huir.

La propia desesperanza me hizo acomodarme en el asiento y tratar de no pensar, dejarme llevar, total, era una experta voladora, un pájaro que sobrevive a la destrucción de sus nidos.

El viaje resultó breve y me dio pena abandonar la plaza soleada y confortable.

Leí varias veces la dirección sin saber hacia dónde encaminarme, era la hora de comer y apenas me crucé con nadie por las calles de un pueblo grande que olía a horno de leña y a tierra mojada, a geranios y patios recién regados.

Escuché pasos apresurados a mi espalda, una mujer joven tiraba de una niña de corta edad, ambas parecían venir en mi busca, creí entender que la pequeña pronunciaba mi nombre y las contemplé extrañada: 

“Ese dichoso autobús se ha adelantado…” la mujer tenía las mejillas encendidas, le faltaba el aliento, era alta, bien parecida, el pelo corto y ondulado, de color castaño, como el mío, la niña se le agarró a las piernas y volvió a pronunciar mi nombre, más alto, como si se tratase de un juego o de un secreto que por fin puede desvelarse.

Comprendí, en el segundo anterior a sus palabras pude comprender.

“Soy tu tía Julia y este monigote es Isabel… no sé como explicarte tantas cosas, y que tú me cuentes, claro… quizás en casa… ¿quieres venir?, dame, te llevo la maleta… Nora ha contactado conmigo esta mañana, parecía todo tan difícil…”

Sonaron las campanas y rompieron su reflexión, lo primero que logré pensar fue que caminábamos a la vez, tres pares de pasos tan diferentes caminando juntos por una calle empedrada atravesada por gatos y voces que salían disparadas de puertas y balcones.

Isabel me cogió de la mano, al principio no reaccioné, sólo cuando me topé con sus ojos claros, enormes y confiados apreté la suya, pequeña y tibia, como una promesa.

Vivían en una casita de blanquísimos muros, con un patio interior donde me sorprendió una pared llena de dibujos que Isabel utilizaba como si se tratase de un lienzo. La cocina era el espacio más amplio y frecuentado de la casa, con suelo de grandes baldosas rojas y olor a especias.

Desconfié de lo que parecía sin duda un hogar, un espacio donde sentirse abrigado, desconfié porque no quería relajarme, ni generar expectativas.

“No voy a quedarme mucho tiempo”  y yo misma me dí cuenta de lo absurda que sonaba mi voz.

Después de engullir en minutos un plato de sopa y un filete empanado que me parecieron manjares exquisitos Julia, esos ojos de Julia grabados en la piel de mi memoria por resultar idénticos a los que se despidieron de mí tiempo atrás, pidiéndome lo imposible, que fuese buena y me estuviera quieta, iniciaron el relato necesario para cimentar mi vida.

Cuando mi madre me dejó en casa de los Onceda Julia apenas era una adolescente que comenzaba a festejar con el padre de Isabel.  Entre las dos hermanas había una diferencia de edad importante que las distanció siempre, porque en cuanto podían faenar sus padres las colocaban en distintas casas como sirvientas, aquí y allá, y cada uno de los hermanos construyó su historia a duras penas, improvisando. 

Julia tuvo suerte, pudo permanecer más tiempo en la escuela, sus padrinos no tenían hijos y la cuidaron como si lo fuera, heredó de ellos su casa y un pequeño patrimonio que le permitió no dejarse las manos fregando o arañando la tierra, pudo escoger trabajos más cómodos, resguardarse de la intemperie.  Aprendió de números para dedicarse a llevar las cuentas de varias familias e instituciones del pueblo y alrededores.  Se casó con Tomás, que trabajaba construyendo puentes y carreteras, y que casi nunca estaba en casa, pero que cuando lo hacía todo mejoraba, todo, porque acudía mucha gente a verlo, era una persona alegre que llenaba las habitaciones con sus cánticos graves y sus pasos de bailarín.

Mi madre se llamaba Berta, rompió el contacto familiar desde que se unió a mi padre a los quince años, él tenía once más y aquello supuso un escándalo sin precedentes.  Siempre les resultó difícil avanzar, encontrar un trabajo estable, se fueron cargando de hijos y deudas y decidieron probar suerte en la otra punta del país, pero mover una familia en aquellas circunstancias no obedece únicamente al deseo, mi madre me dejó a mí en casa de los Onceda y a los otros dos hermanos que me seguían por edad en un internado de beneficencia, con el tiempo fueron adoptados.  Mis padres y los cuatro hijos que les quedaban intentaron comenzar de cero, lejos, con el aire de las nuevas oportunidades y la ilusión de recuperar la esperanza, y casi lo consiguen, casi… mi madre volvió a quedarse embarazada, ocho partos y tanta pena son demasiados,  su cuerpo no resistió, falleció dando a luz una niña de la que se hicieron cargo desde el propio hospital, no se sabe más, cómo del resto de los hermanos, que con mi padre pusieron tierra de por medio…

Traté de buscarte en cuanto me fue posible Luz, pero tampoco quería entrometerme, pensaba que estabas bien, que habrías echado raíces, hasta que Nora me ha llamado esta mañana y todo se ha precipitado, sólo puedo decirte que lo siento, que nadie merece lo que tú has pasado y que si quieres, sólo si tú quieres, aquí estamos Isabel, Tomás y yo para acogerte y ofrecerte lo que tenemos…

De repente sentí un sueño tremendo, necesitaba dormir, sus palabras, todos los datos en tan poco tiempo, me habían nublado y mecido a la vez:

 “Necesito descansar” pude pronunciar en voz muy baja, y me condujeron, Isabel llena de pegotes de pintura hasta en las comisuras de la boca, a una habitación decorada en tonos violeta, una habitación individual con su escritorio, un armario, una cama inmensa y unas cortinas preciosas.  Cuando me dejaron sola lloré mirando aquel espacio como nunca antes en mi vida había llorado, después dormí durante horas, abrí los ojos al atardecer, la casa estaba caliente, olía a masa de pan. 

Isabel se coló en la habitación, poniéndose de puntillas tiró del embozo de las sábanas y su voz infantil trató de sonar imperativa: “Arriba Luz, hemos hecho tortas de azúcar…”

La adolescencia no es buen momento para empezar a creer, menos si en el equipaje portas heridas sin cicatrizar.

Todo duele.

Brotan espinas.

No se lo puse fácil.

Me escapé varias veces. 

Cuando sentía que las cosas funcionaban, seguían un cauce, una daga invisible me atravesaba el estómago.

 El dolor, la rabia, la pena… resultaban insoportables.

Sólo el viento de cara, la espalda en el suelo después de una carrera contra todo, devolvían algo de oxígeno a mis pulmones.

Julia demostró tener conmigo una paciencia infinita.  Su marido también, aparecía temporalmente en casa y debía convivir con una cría asustada que generaba tensiones y problemas. Pese a todo tuvo siempre una sonrisa dispuesta, una palabra amable.  Tomás era un hombre diáfano y cordial con el que se podía contar.

Y qué decir de Isabel… ella obró el milagro, sus ojos claros aguardando, preguntando, confiando… derribó todos los muros, se convirtió en mi lazarillo, mi compañera.

Tantos años después no he podido compensarla lo suficiente.

Retomé los estudios, quise trabajar para seguir pagándomelos.  Aprender me convertía en otra persona, me proporcionaba la información necesaria para ser alguien capaz. 

Cuidé de Isabel como lo hubiese hecho de una hermana siamesa, Julia fue delegando en mí las responsabilidades propias de una vida compartida, creo que no le fallé.

Traté de mirar hacia delante con cierto peso agarrado a los párpados, nunca se es tan libre como se ansía, no sentí la necesidad de seguir tirando del hilo familiar, había agotado el tiempo de las respuestas.

Cuando Isabel se marchó a estudiar fuera yo también me fui, nunca del todo ni demasiado lejos, pero encontré un sitio pequeño donde colocar mi nombre, las noches de insomnio y las violetas que en macetas muy chicas había plantado Julia. 

Entré a trabajar en la editorial dónde me jubilé hace un par de años.

El tiempo se fue comportando mansamente.

Los viejos dejaron paso a las nuevas generaciones sin tragedias ni demora.

Una vez al mes pongo flores sobre la tumba de Julia y le cuento que ya es bisabuela, de mellizas, unas niñas sonrosadas y pacíficas que apenas lloran, les hablo de ti, se me da bien contar historias, quiero que tengan, como su madre y su abuela, llaves de mi casa, para que lleguen y me cuenten cómo les ha ido el día, qué comemos el domingo, cuando vamos de compras… para no estar sola, Julia, puro egoísmo será, pero ya no quiero, ya no sé, estar sola, necesito una voz al teléfono, una fecha en el calendario, alguien que diga mi nombre… tú me acostumbraste a ser carne viva.