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MARTES DE CENIZA

"TESTIGOS PROTEGIDOS"

"TESTIGOS PROTEGIDOS"

Un hombre que no ignora que el presente 
ya es el porvenir y el olvido 
(“Alguien”, Jorge Luis Borges)

 

Desde niña se hizo llamar Margot.

“Queda mucho más fino que Margarita, aunque sea nombre de flor y también se llame así Rita Hayworth, ya sabes, Gilda, la del guante y la bofetada”.

Yo apenas era un crío que se limitaba a asentir con la cabeza aunque no entendiera muchas de las cosas que me decía, con aquella voz suya, un tanto cavernosa a pesar de su juventud, el cabello espeso y ondulado, sus maneras de actriz dramática y el cuerpo alto y desgarbado de la adolescente que fue.

Margot vendía flores con su abuela dos puestos por delante del nuestro, el de mi tía Gloria y el mío, una caseta húmeda con tejado de uralita en el que la lluvia provocaba un sonido estrepitoso que parecía anunciar el fin del mundo.

El paseo que desembocaba en el cementerio estaba bordeado de álamos, y las casetas de las floristas se desgranaban junto a los muros como cuentas de collar. 

El olor de los claveles y los gladiolos quedó grabado para siempre en la piel de mi memoria.

“La memoria tiene una piel tan finísima que ni la notas, luego, con los años, se convierte en todas esas arrugas que surcan la cara de los viejos” y mientras me lo contaba señalaba con la barbilla a su abuela, vestida de negro de los pies al pañuelo que le cubría la cabeza, sentada en una banqueta con un transistor pegado a la oreja.  Sólo ella sabía lo que estaba escuchando, de vez en cuando pegaba un manotazo sobre el delantal y soltaba una sonora carcajada que dejaba al descubierto su precaria dentadura.  Tenía muchos años, no sé cuantos, todos los del mundo, pero cuando había algo que celebrar o compartir, no había puesto de flores ni personal en él que no contase con su obsequio.

Nos dejaban salir cuando descendía la faena, entonces, los niños de aquel entorno formábamos un grupo curioso que se reunía a contar historias junto a las lápidas en las tardes de niebla, los más atrevidos comenzaban a fumar amparados por las sombras y los rincones insospechados, con los dedos arañados por las rosas y esas irrefrenables ganas de vivir que todo niño guarda dentro.

Sin lugar a dudas la reina del grupo era Margot, y ella lo sabía.

No era la más mayor ni la más lista, pero lo parecía. 

Dependiendo del momento nos trataba como a criaturas recién nacidas, como a aprendices emocionales, a amantes o a confidentes… cada día a su lado suponía vivir dentro de una película de aventuras.

Según sus propias palabras sus padres, que vivían muy lejos, se separaron al poco de nacer ella, una niña que no cesaba de llorar, larga y menuda como un junco; descubrieron que no podían estar el uno sin el otro, así que decidieron darse una nueva oportunidad y puesto que una criatura tan absorbente y llorona no les facilitaba el camino, decidieron mandársela a la abuela Arcadia para que la amaestrase, con intención de recuperarla pasado un tiempo.

Aunque la relación no prosperó ninguno de los dos volvió a buscarla.

Mientras narraba su historia con estudiada voz de actriz de radionovela no podía evitar aquel ligero temblor en la barbilla, las ganas de salir corriendo asomadas a los dedos que trenzaban tallos…  pero respiraba profundamente, se pasaba el brazo por los ojos e improvisaba la letra de una canción utilizando cualquier ritmo de moda.

“Ya vendrán, están asustados, no saben quién soy, con qué se pueden encontrar… pero el corazón es un péndulo enorme, que oscila, no se detiene nunca, oscila y pesa, un día llamarán a la puerta Bruno, uno de esos días terribles en los que todo te sale mal desde que pones el pie en el suelo, y entonces, sin un solo resto de fe ni de esperanza abriré la puerta con ganas de mandar a paseo a los testigos de Jehová o al vendedor de turno, y allí mismo, en el rellano, con poca luz porque la bombilla siempre está fundida, habrá un hombre de pelo cano y bien parecido que pronunciará mi nombre rompiendo a llorar sin consuelo, porque no sabrá que ya lo he perdonado, que llevo toda la vida esperándolo.  Soy tu padre, dirá, y esas tres palabras cambiarán el mundo”.

Nos fuimos haciendo mayores y abandonando el paseo del cementerio, dejando atrás los puestos de flores como pájaros saltando de sus nidos. 

Soy plenamente consciente de que la fantasía de Margot nunca se materializó, murió Arcadia dejándole una sustanciosa suma de dinero dentro de un colchón de lana,  y sin ni siquiera hacer la maleta emprendió viaje en busca de sus padres. 

Así me lo contaba en la última carta que recibí de ella, hace ya varias décadas.

Nunca tuve ocasión de decirle que para mí fue una especie de hada madrina, porque sabiendo como sabía casi todo de mi vida jamás desveló un solo capítulo ni lo utilizó en mi contra, a su manera siempre trató de protegerme.  Su abuela fue quien le enseñó el oficio a mi tía, de ahí que Margot, merodeando entre ellas, estuviese al tanto de todos los pormenores que cimentaban nuestra historia.

Una historia de tantas, pequeña e insignificante, salpicada de circunstancias grises que la convertían en algo incómodo, difícil y áspero. 

Cuando mi madre conoció a papá su fama de mujeriego atravesaba las fronteras del barrio, nadie creyó nunca que aquella chiquita tímida y desapercibida conseguiría hacer de el un honesto padre de familia, como así fue.  Su trabajo de comercial le obligaba a pasar mucho tiempo fuera de casa y su ausencia supuso dar de comer a los fantasmas que poblaban la cabeza de mi madre, tanto se dispararon sus celos que comenzó a pasar largas temporadas encamada. 

Yo era el único niño de mi clase que iba y volvía solo del colegio, hasta tenía miedo de hacer demasiado ruido cuando introducía las llaves en la cerradura que siempre se me resistía. 

Me encontraba la casa sin ventilar, como si la hubiese disecado el tiempo, la comida sin preparar, las plantas marchitas… a veces me envalentonaba y llegaba a penetrar en la insondable oscuridad de la habitación de mis padres, me acercaba hasta el delgado cuerpo de mamá tumbado boca abajo y agudizaba el oído para adivinar su respiración, la prueba esencial para cerciorarme de que seguía viva.

Entonces me dirigía al pasillo y poniéndome de puntillas conseguía descolgar el teléfono, llamar a mi tía Gloria, que aunque no escuchaba a nadie al otro lado del auricular porque la pena ya no me dejaba articular palabra, cogía un taxi y se presentaba en casa minutos después con la respiración agitada, me revolvía el pelo, ponía un canal de dibujos en la televisión y me sentaba frente a ella sacando del bolso un bocadillo envuelto en papel de aluminio. 

Después se iba donde mi madre, la levantaba con gran esfuerzo y la metía bajo el agua fría de la ducha, la vestía con una ropa que cada vez le venía más grande y le pegaba unos gritos que atravesaban las paredes, luego la abrazaba, le acariciaba la cara con aquellas manos arañadas y volvía a gritarle antes de salir por la puerta como un huracán no sin antes deslizar unas monedas en mi bolsillo y susurrarme que la llamase cuando hiciera falta.

Papá anunciaba su regreso y los dos hacíamos un esfuerzo por parecer normales.  Mi madre iba a la peluquería, cocinaba, compraba dos camisas iguales, una para él y otra para mí, equivocándose siempre con las tallas, camisas que nunca nos pusimos, la mesa del comedor lucía mantel de tela, las persianas estaban levantadas y el telediario anunciaba una vida diaria, de todos y para todos.  Pero en el ambiente perduraba algo tan frágil que resultaba imposible disimular. 

Las largas conversaciones entre mis padres, entre mi padre y Gloria, entre mi padre y yo, entre mi padre, mi madre y mis profesores, las promesas de fidelidad y amor eternos, las demostraciones, los regalos… ni siquiera abrieron las puertas de la esperanza. 

Mamá terminó ingresada en un hospital para enfermos mentales donde dejé de ir a visitarla porque ni nos miraba a la cara y mi padre barajó la posibilidad de cambiar de aires y de trabajo, comenzar de cero, dedicarme más tiempo… quiso intentarlo y sé que tenía buena fe, pero yo le dije que con quien quería estar era con Gloria, la única persona en mi estrecho mundo que respondía inmediatamente a mi necesidad de auxilio, que me miraba de verdad, como a un ser humano.

En un principio se quedó algo anonadada, acostumbrada a su vida de soltera y a su independencia de un patriarcado radical, el de mi abuelo Valerio, que consiguió alejar de su entorno más cercano a las cinco hijas que tuvo, le debió asustar la llegada de un mocoso abandonado, pero se repuso enseguida, y con el compromiso de ayudarla en su trabajo y no convertirme en un tonto de remate echamos a andar.

Mensualmente mi padre ingresaba una cantidad de dinero para mi manutención y venía a verme cuando podía, cada vez menos, porque nos convertimos en dos extraños que se recordaban mutuamente la pena, esa escarcha molesta y fría que impide avanzar.

Mi tía, pese a no ser nunca demasiado afectiva, resultó una compañera excelente que abordaba los problemas y sinsabores como todo lo demás en su vida, de forma directa y sin tapujos.

Cuando cumplí la mayoría de edad me entregó una cuenta corriente en la que había ido guardando todo el dinero que mi padre le había transferido. 

Siempre quise estudiar fuera del país y sin aquella posibilidad jamás lo habría logrado. 

Puso su pequeña buhardilla a mi nombre, nunca he querido desprenderme de ella, al fin y al cabo esa casa en la que nunca anidó el miedo sí que fue la mía.

Curiosamente mi madre y ella murieron con escasos meses de diferencia.

Mi padre, pese a haber formado una nueva familia de la que nacieron tres hijos más, estuvo presente en los sepelios, y aunque nuestra relación nunca mejorase lo suficiente sé que amó a mi madre de manera incondicional.

En el paseo de los alámos ya no existen los puestos de las floristas, la entrada del cementerio, como todo, ha cambiado de lugar. Aún así sé que todos los que poblamos aquel instante lo reconocemos, intacto, dentro de los límites de nuestra geografía.  A través de las redes sociales nos hemos ido reencontrando, la necesidad de compartir el recuerdo tiene fuerza de vendaval, aún sabiendo que nada queda, que no somos los mismos.

La finísima piel de la memoria, como diría Margot, nos convierte en testigos protegidos.

RADIO

RADIO

En mi casa habita un artilugio indispensable que se pone en funcionamiento cada mañana antes que la calefacción, la cafetera o el sonido gutural de mi voz despertando a mi hijo.  La radio.  Un transistor negro, portátil, que se pasea por la casa aunque fundamentalmente reine en cualquier rincón de la cocina.  Es un aterrizaje mañanero en cadena, primero ella nos recuerda que estamos vivos, que hoy es hoy de esta manera, y después va sucediéndose todo lo demás.

Es una herencia genética de las mujeres de mi familia.  Mi abuela, que no tuvo ni quiso tener televisión, realizaba las tareas domésticas con el transistor en el bolsillo del delantal, mi madre en el de la bata de felpa rosa, aún hoy, saca a pasear a su perra con la radio retransmitiendo el presente desde el abrigo, y para mí supone la primera voz que me da los buenos días aunque no lo sean, algo cotidiano, tan confortable como cualquiera de los hábitos que nos identifican.

Los auriculares la pervierten, no es lo mismo, por eso no me llevo la radio a la calle, tiene que ser escuchada en el espacio y ambiente adecuados, y compartida acaso con quien pueda comprenderla.

No llegué a la época del brasero, aunque pueda recrearla perfectamente y hasta sentir su calor, pero sí he vivido el salón con la estufa de butano, la matriarca cosiendo en silencio y de fondo la radionovela de moda, la que se comentaba en todas partes, cuyos personajes nos brindaban generosa y directamente sus miserias y sus grandezas en la voz de actrices fabulosas, como Juana Ginzo, que conseguían involucrarnos en cada historia.

Para mí la radio ha sido compañía y vida necesaria, no sé explicar con exactitud por qué me resulta así, veraz y mágica, importante, pero lo cierto es que podría prescindir de la televisión como de tantas otras cosas antes que de mi transistor, que tiene mi huella y me conoce en diversidad de circunstancias, demostrándome que siempre amanece.

Este año se cumple el 90 aniversario del nacimiento de la radio en España, en 1923 Radio Ibérica comenzaba a hacer historia ofreciendo, de forma experimental, actuaciones en directo de grupos folclóricos.  Radio Barcelona obtuvo la primera concesión legal para utilizar las ondas hertzianas, después proliferaron emisoras y bloques de programación, llegó la Guerra Civil, la mordaza de la censura, en los años grises de la posguerra Vázquez Montalbán dijo de la radio que suponía un antídoto contra el dolor y la pena.

Fue después cuando conocí en la cadena SER de Zaragoza un programa que presentaba el panorama musical de finales de los 80, se llamaba Sangre Española y en él se pinchaban los éxitos de Los Mestizos, Esclarecidos, El regalo de Silvia, etc, entonces no me comprendía ni yo misma, pero la radio seguía ahí, incondicional e imperturbable.

Luego me enamoré de Iñaki Gabilondo, pero esa ya es otra historia, hoy la radio sigue siendo la primera, la primera en llegar, la primera en marcar gol, la primera en sorprendernos mientras rebozamos pescado, la que nos cuenta el frio que hace y el que vendrá... la primera en sacudirnos cada día para que seamos algo más que testigos de un estado del bienestar que se desmorona.

Detrás de cada paso, de cada noche y de cada historia, detrás de la alegría y de la amargura, a pesar del dolor y de la ausencia... nos espera la radio. 

FLOR DE PASCUA

FLOR DE PASCUA

Echar de menos.

Echar en falta.

Notar la ausencia.

Añorar.

 

La ilusión tiene fecha de caducidad.

Es como una flor de pascua.

Directamente proporcional

a un tiempo sin retorno,

a los días que se sostenían en el aire,

que eran aire.

 

Volaron.

 

He encontrado uno de sus zapatos

enterrado boca abajo.

 

Las ilusiones pequeñas

son cálidas

y suenan como el cascabel de un gato,

llenan la casa de un olor dulzón

apenas perceptible,

se parecen mucho,

muchísimo,

a lo que quisimos ser

y estuvimos tan cerca…

Usan calcetines para dormir,

se recogen el pelo,

improvisan sesiones de cine,

escriben a los Reyes Magos.

 

Y de pronto un día

cumplen la mayoría de edad

y desaparecen calle abajo,

sin razón ni equipaje,

sin retorno.

 

Lo descubrimos repentinamente

en un gesto,

en una boca,

en el secreto de una pupila…

en el frío.

 

Se ha abierto de golpe una ventana

y entra el frío.

 

Deja cristales rotos por el suelo.

Fragmentos que ya no se componen.

Amores que no abrigan.

 

La ilusión , como el frío,

reniega del pasado.

 

 

ANNE TYLER

ANNE TYLER

Estadounidense, de Minneapolis, setenta y dos años, bibliotecaria, experta en literatura rusa,  la hija mayor y única mujer entre cuatro hermanos.  

Yo no solía leer bestsellers, ni solía gustarme la literatura norteamericana.  Tengo vicios adquiridos.  Y los vicios lectores suelen ser radicales.

Me dí de bruces con su "Reunión en el restaurante Nostalgia" (1982), y descubrí a una narradora experta, ágil, que domina bien la descripción de personajes y ambientes, configurándolos de tal manera que los vas imaginando dentro de un largometraje, con sus hábitos, sus tics y sus manías, esa delicada manera de ser imperfectos, adorables, extremos... me resultó amena, interesante, fuera de lo común.  

Recrea de un modo extraordinario la sociedad americana de entre los años 50-70, esa que tantas veces hemos visto reflejada en anuncios, películas, símbolos, y lo hace de una manera que parece sencilla, pero no lo es, al final de la historia no te atreves a juzgar, los personajes van mutando a lo largo de la trama, se convierten en alguien que podríamos ser cualquiera, tienen un poco de todos y todos tenemos algo suyo, se han analizado con profundidad para llegar al lector de la única forma que los hará eternos: a través del alma.

Acabo de terminar "Ejercicios respiratorios" (1988), una novela de Anne Tyler galardonada con el premio Pulitzer que discurre prácticamente dentro de un coche en un viaje de ida y vuelta, durante un día, para asistir al funeral de un amigo.  Casi se hace tediosa.  Digo casi. Si no es la primera vez que lees a la autora adivinas que en algún rincón hay una caja sorpresa, o cientos de cajitas repartidas a lo ancho y largo de la narración, colocadas estratégicamente para romper cualquier acecho de monotonía.  Así es. "Ejercicios respiratorios" es analizar las relaciones de pareja, todas confluyen en algunos aspectos, con sus roles y sus vueltas de tuerca, el tránsito de los años, las esperanzas desmedidas porque desde el principio fueron imposibles, los hijos y su independencia...  es mirarnos al espejo, inquietarnos al descubrir en Ira y Maggie Moran defectos que pueden resultarnos familiares, comprender que lo anodino nunca lo es, que las familias guardan secretos, silencios, verdades a gritos en cualquier parte del mundo y detrás de cada puerta...

Desarrollar una literatura comercial pero identitaria, de masas y al mismo tiempo de seres, ficticia y tan absolutamente real... no debe ser fácil.

Anne Tyler es autora de "El turista accidental" (1985), cuya versión cinematográfica protagonizara William Hurt.  Escribe a mano, pasa el texto a ordenador y se graba leyendo para repasar la transcripción.  Ajena al mundo mediático, rara vez concede una entrevista.

Su última obra "El hombre que dijo adiós" (2012) es su novela número diecinueve.

Una vez que la descubres cómo no seguir conociéndola, imposible ignorarla.

 

PRESENCIA DE MAR

PRESENCIA DE MAR

Pero del mismo modo
al recuerdo se vuelve igual que a los veranos,
con ganas de tocar el mar,
como un tiempo más nuestro,
la leyenda arruinada del nosotros más puro,
una memoria de la felicidad
que duele (“Fotografías veladas por la lluvia”-Luis García Montero) 

 

En un principio a mi madre no le gustaba el farmacéutico, le parecía los que a todos, estirado y pretencioso, con ese olor a pastillas de regaliz y esa forma de observarte por encima de las gafas.

Era cuando vivía mi padre, cuando los domingos eran de verdad un día largo y soleado, repleto de posibilidades.

El único día que mi padre no estaba atado al volante de su camión. 

Madrugaba para prepararse la bañera, la llenaba de sales, toda la casa con presencia de mar, cantaba La Violetera mientras se otorgaba su lujo semanal sumergido en espuma.  Al mismo tiempo mi madre abría las ventanas de par en par, se planchaba su mejor vestido y descolgaba el teléfono para encargar un pollo asado con las patatas muy hechas y un frasquito de alioli.

Transcurrido el tiempo he aprendido que los rituales son lo más parecido a la felicidad, un camino seguro.

Salíamos a tomar vermú cogidos de la mano, conmigo en medio, cualquier acera se nos quedaba pequeña, mi padre me había rociado con su colonia y yo me sentía un hombre adulto detrás de aquellas gafas de sol de plástico, calzado con los zapatos de los domingos que me rozaban por todas partes y sonaban al caminar.

Tener ocho años es garantía de que nada perdura.

La pizarra estaba llena de números cuando me sacaron de clase.

Luis Valero me lanzó un fragmento de tiza mientras recogía mis cosas.

Los asientos del despacho del director se pegaban a las piernas.

Se recuerdan nimiedades con la fuerza de un incendio sobrecogedor.

Será cuestión de supervivencia.

Lo siguiente es negro y gris, silencio, una oquedad descomunal y fría en medio de una soledad que llega apartándolo todo sin miramientos para instalarse definitivamente.

A mi madre se le quedaron muy marcados los huesos de la cara, le costaba mirarme a los ojos como le costaba caminar, subir las escaleras, hacer cualquier cosa.

Me ponía la cena recién hecha frente al televisor y se acostaba. 

Desde el salón la oía llorar despacio, entonces subía el volumen del aparato y necesitaba grandes cantidades de agua para conseguir tragar los bocados de la cena.

En esas estábamos cuando una noche sonó el timbre y en el umbral de casa apareció el farmacéutico, sin gafas ni bata blanca, pero oliendo a pastillas de regaliz. 

Miró por detrás de mí buscando a alguien que no era yo, y suspiró imperceptiblemente, resignándose a tratar conmigo. 

Traía para mi madre unas infusiones que le ayudarían a conciliar el sueño. 

Me dio indicaciones de cómo preparárselas, “Créeme, sé por lo que está pasando”, imposible, pensé, es imposible que lo sepas, pero no se lo dije, y antes de marcharse echó un último vistazo a la servilleta que todavía colgaba de mi cuello: “Procura no mancharte tanto”, me dio la espalda y se marchó, todavía recuerdo el sonido de sus pies grandes, de hombre corpulento, bajando las escaleras.

Se coló en nuestra vida como se cuelan las hormigas por cualquier rendija, despacio y constantemente, sin avisar.

También se había quedado viudo joven (aunque esto último nunca lo pareciera), tenía una hija cinco años mayor que yo, se llamaba Tatiana y estaba interna en un colegio de monjas, sólo salía por vacaciones, era muy buena estudiante y en casa le llamaban Tati. 

De todo esto me fui enterando por mi madre cuando comprendí que ya era demasiado tarde para retroceder, que mansamente se había conducido hasta la boca del lobo.

Prendí mi última bengala: “No nos hace falta nadie mamá, sigamos hacia delante, yo te cuidaré”

Ella se descompuso rompiendo a llorar, escondió la cara entre las manos, hacía frío en mi habitación pero ninguno nos dirigimos a cerrar la ventana, como si se tratase de un juego en el que pierde quien primero cambia de postura.

De repente adoptó un gesto colérico o desesperado, me zarandeó cogiéndome del brazo:

“¡No seas egoísta! ¿no ves que tu madre no puede estar sola?”

Nunca volví a escucharle aquel tono de voz, dos meses después se casaron por el juzgado y nos trasladamos, cargados de bolsas y maletas, al piso de Don Nicolás, justo encima de la farmacia.

Nuestra antigua vivienda era alquilada, ni siquiera los muebles nos pertenecían, así que, aunque todavía siga soñando con aquella casa, el traslado material no fue costoso.  Estrené dormitorio con cama abatible y una gran mesa de estudio en lo que había sido una habitación de plancha y usos múltiples. 

Tenía un pequeño balcón que daba a un patio interior, salpicado de tendedores y ventanas de cocina por las que escapaban voces distintas, canciones de radio, llantos de bebé.  Aquel balcón me mantuvo conectado a la realidad de los demás, a otras formas de estar vivo, lo recuerdo gratamente.

El farmacéutico me pidió que le llamase Don Nicolás de momento, pero ya nunca me molesté en llamarlo de otra manera, era un maniático del orden y la limpieza, cada noche, antes de irse a dormir, pasaba revista, no sólo de la casa,  también revisaba mis uñas y me hacía enseñarle los dientes, como un caniche bien amaestrado.

Trabajaba muchas horas y no incordiaba demasiado, mi madre comenzó a trabajar mano a mano con él en el almacén y apenas nos veíamos, cuando regresaba a casa a mediodía tenía la comida sobre la encimera de la cocina con una nota que indicaba cuanto debía calentar cada plato. 

Varias veces a modo de rebeldía tiré a la basura los alimentos sin ni siquiera probarlos y sin tratar de esconderlos entre el resto de desperdicios. Jamás me llamaron la atención.

Sé, porque mis orejas estaban en permanente alerta, que el farmacéutico procuró para mí la misma enseñanza escolar que recibía su hija, trató de convencer a mi madre sobre los beneficios de un internado y aún no sé por qué ella jamás cedió: “Se me muere de pena”, concluía.

Sin embargo cortamos toda la relación con mi familia paterna, Don Nicolás no quería extraños pululando a su alrededor: “El pasado es un lastre que nada resuelve”.  Ni siquiera me daba las cartas que en Navidad o por mi cumpleaños me enviaban mis primos y abuelos.

Cuando conocí a Tati me pareció irreal.  Tenía la piel extremadamente blanca, el cabello lacio y rubio, los ojos claros, sin expresión. Llegó a principios de verano arrastrando una enorme maleta en un ejercicio que me pareció titánico dada su delgadez.

“Así que tú eres el nuevo”… me dijo, y trató de sonreír sin ganas.

Se metió largo rato en su habitación, la única de la casa cerrada con llave, antes había pasado por la farmacia, puesto que descubrí el rastro del carmín de mi madre en una de sus mejillas. Encendí la tele y me puse a verla como me gustaba, sentado en el suelo, cuando Tati salió de la habitación lucía un vestido corto de algodón blanco, que todavía resaltaba más su imagen etérea, iba descalza y se colocó a mi lado.

“Tu madre parece maja, no sé como puede aguantarlo… mi padre es un tipo insoportable.  ¿Qué tal te tratan?”

Debí mostrar una expresión alucinada, porque entonces ella se rió descubriendo una boca grande, de labios apenas definidos.

Cuando los adultos estaban presentes desplegaba un amplio abanico de cortesía, educación y cordialidad en su justa medida. Cumplía a la perfección su papel de señorita criada en colegios caros.  Pero al finalizar la función se desmaquillaba, mostraba su auténtico rostro, aséptico y un tanto marchito, su desilusión era tan evidente como su color de piel.

Conseguía del padre lo que quería, así que aquel verano me llevó a la piscina, al cine al aire libre y al parque de atracciones, me enseñó los nombres de las estrellas y los bailes de moda y hasta permitió que diese un par de caladas a sus cigarrillos extralargos.

Pero a pesar de todo había algo en ella, alrededor de ella, una barrera invisible, con la que chocabas de frente si pretendías acercarte demasiado.

Volvió al Colegio sin despedirse de mí.

La puerta de su habitación regresó a su hermetismo (sólo roto por la presencia de su padre que entraba a limpiar semanalmente) hasta Navidad, cuando reapareció de nuevo, envuelta en mil capas, su cara menuda y afilada casi desapareciendo entre la enorme bufanda y el gorro de piel.  Algo había cambiado.  Le brillaban las pupilas como si tuviese fiebre.  Sus modos eran los mismos, esa manera de aparecer y desaparecer, ser sutil y al mismo tiempo vehemente, presencia y ausencia, pero con un toque diferente, un atisbo de improvisación en los gestos, cierto empuje real en la mirada.

“Estás rara” le dije mientras comprábamos los regalos de Navidad escrupulosamente encargados por su padre. 

Y se rió como aquella primera vez frente al televisor.

“Soy rara” matizó.

Éramos unos críos acostumbrados a ríos de aguas bravas, a mantenernos a flote en medio de nuestra propia soledad.

En aquella casa las Navidades nunca fueron bulliciosas ni alegres, ni siquiera festivas. Nada de grandes cenas, ni de brindar o adornar la mesa; misa del gallo, discurso del rey, algún programa de entretenimiento, poco más… en las antípodas de lo que habían sido esas fiestas con mi padre, y que mi madre, abducida por su nueva vida, había parecido olvidar.

El día de Nochevieja acompañé a Tati a una cabina de teléfonos en la que estuvo metida más de tres cuartos de hora hablando con alguien, no podía escuchar lo que decía, pero contemplaba absorto una variedad de gestos que nunca le había descubierto, pasaba de la risa al llanto, de aplaudir a comerse las uñas, de dar saltos a sentarse en el suelo tirando del auricular.

Cuando terminó tuve que jurarle silencio absoluto sobre esa llamada… me revolvió el pelo, caminamos despacio con las piernas entumecidas por el frío

 “¿Sabes? En otro lugar y en otra vida habríamos llegado a ser verdaderos hermanos”

No entendí lo que quiso decirme.

Se marchó de nuevo sin mediar despedida y al día siguiente el mundo aritmético de Don Nicolás se descompuso en mil aristas y vacíos, sembrando de agujeros negros el pasillo.

Al parecer Tatiana nunca volvió al Colegio, y al no presentarse ni dar razón alguna la dirección llamó a su padre, que removió cielo y tierra encolerizándose, que descubrió que su niña modelo no había cogido el tren que debía, sino otro que la llevaba directamente a los brazos del hombre con el que se había fugado, un jardinero del colegio, casado y con dos niños chicos.

Me sometieron a un interrogatorio propio de la Interpol.

Junto a la única lámpara del salón que podía encenderse después de las seis de la tarde me preguntaron si Tatiana me había contado algo el tiempo que habíamos estado juntos por Navidad.

Negué con la cabeza sin enfrentar la mirada desbocada del farmacéutico.

“Es importante cualquier detalle Marcos, por pequeño que te parezca”

Mi madre utilizaba un tono persuasivo y envolvente, casi me dejo llevar si no es por la irrupción de su marido.

“¡Pero qué le va a contar a este payaso!... ¡Mírale, no es más que un bobo que no se entera de nada!”

Se hizo un silencio que cortaba como el acero.

Mi madre, que estaba agachada junto a mi sillón, se incorporó acercándose despacio a Don Nicolas, que perdido en su maraña de angustia no percibió ese movimiento.

“Si vuelves a tratar así a mi hijo serán dos las mujeres que huyan de esta casa”

Lo dijo de una manera átona, como quien pregunta por una calle o da el parte meteorológico, lo dejó caer sin más, y el mundo, aquella casa oscura y estrecha, la tarde de invierno con sus misterios… todo se hizo un poco más confortable.

Crecido por las alas de papel que le habían brotado a mi madre me levanté de un salto y dije antes de salir corriendo:

“De todas formas aunque supiese algo tampoco lo diría”

No dieron con ella.

Era inteligente. Sabía hacer bien las cosas. Y si no quería ser encontrada no la encontraron, a pesar de las denuncias, de los viajes de su padre, de las fotos en los periódicos.

Hasta lo más tremendo caduca.

Al cabo de unos meses la gente dejó de preguntar y la vida encontró sus cauces para continuar.

Decidí pasar más tiempo en el Colegio, practicar varios deportes, hincar codos, cualquier cosa menos presenciar como Don Nicolás trataba de reconquistar a mi madre y la casa se llenaba de flores y restos de cenas románticas, y aquellos cambios en la decoración que ella siempre propuso.

No volvió a ser el mismo.

El farmacéutico no podía soportar los renglones torcidos. 

Las piezas que no encajaban.

Hizo reformas en el piso tirando la habitación de Tati y ampliando el salón.

Pareció renunciar a ella volviéndose un celoso compulsivo con mi madre, acechando fantasmas imaginarios.

Hasta despidió al ayudante de Farmacia con el que llevaba varios años trabajando.

Ir creando mi espacio fuera de aquel ambiente me daba fuerzas, las suficientes para aprovechar un encuentro fugaz con mi madre y decirle: “¿Eres feliz así? ¿De verdad vale la pena?” Ella sonrió amargamente, me puso una mano helada en la mejilla: “No te preocupes por nada, yo estoy bien” y continuó guardando la compra.

Transcurrió un tiempo difícil al que no mirábamos a la cara.

Hasta que una mañana cualquiera mi madre vino a buscarme a la salida de clase, estaba claro que algo pasaba, había salido de casa con lo puesto, y sostenía temblorosamente una hoja de papel entre las manos.

Me abrazó como si yo fuese muy pequeño y ella mi madre de antes.

Era una carta de Tati, que se las había ingeniado para que la recibiese mi madre. 

Al parecer estaba bien, seguía con su jardinero, ya había cumplido la mayoría de edad y se encontraba en condiciones de contarnos que su madre había fallecido en extrañas circunstancias, pocos días antes de marcharse de casa, cuando ya lo tenía todo preparado y hasta lo había hablado a las claras con Don Nicolás. 

Ella era muy pequeña, apenas tenía cuatro años, pero dos tías suyas, con las que había retomado el contacto tras su huída, la habían puesto en antecedentes. 

No pudo demostrarse en su momento, pero estaba convencida del envenenamiento de su madre. 

“¿Crees que puede ser posible o que lo dice para hacernos daño?” preguntó con la voz apenas audible, la cara demudada, el sol triste de otoño rozándonos los hombros en el banco donde nos habíamos sentado.

“Creo que tú ya tienes todas las respuestas”, porque no había que ser muy listo para leer el miedo en su rostro.

Me contó que hacía un tiempo, desde que las discusiones con el farmacéutico iban en aumento, que no se encontraba bien, si no bastante débil y algo mareada, él le preparaba solícito unas infusiones que sabían a rayos…

No perdimos el tiempo jugándonos el tipo como investigadores privados.

Mamá no tenía familia pero recurrimos a la de papá, que no preguntó y nos abrió las puertas.

La primera vez que el farmacéutico vino a buscarla salimos mi tío Serafín y yo con un cuchillo de rajar cerdos que todavía guardaban mis abuelos de cuando la matanza. 

Le dije todas las cosas que me había guardado durante años, “esto no va a quedar así” contestó rabioso.

 Amenacé con sacar a la luz las sospechas sobre la causa del fallecimiento de su primera mujer y le mentí con aplomo asegurándole que mi madre se había hecho análisis en los que habían encontrado extrañas sustancias.

No volvimos a verlo.

Sabemos que cerró la farmacia y regresó a su pueblo de origen.

Refugiados en casa de los abuelos paternos, que se desvivían por cuidarnos, igual que los dos hermanos de mi padre y sus respectivas familias, tratamos de reconstruirnos poco a poco, mirando hacia delante, todavía estábamos a tiempo de variar el rumbo, bastaba con desearlo… pero a mi madre ya no le quedaban fuerzas, y murió de cáncer antes de celebrar el primer aniversario de su nueva vida.

“Te dejo en buenas manos, pórtate como tú sabes”

Esa fue su despedida.

Lo he intentado todo con el firme propósito de no desfallecer.

A veces me tiemblan las piernas, no es fácil indagar en los recuerdos preguntándote si de verdad existió aquel tiempo de la infancia en una ciudad de interior con presencia de mar, si las imágenes no responden a un ideal que necesita ser acariciado…

Estuvieron ahí.

Éramos nosotros.

Las raíces son mucho más fuertes que la memoria.  La gente que me quedaba nunca me dejó solo, siempre dispongo de una llamada, de una referencia, de una fecha en el calendario.  Cuentan conmigo.

A Tatiana la ví no hace mucho, casi un cuarto de siglo después, imposible olvidar su diferencia, ese estilo inconfundible… era un día festivo, de bullicio y multitudes, me agaché ligeramente para explicarles a mis pequeñas los inconvenientes de tomar algodón de azúcar antes de comer, y mientras trataba de convencerlas noté una suave presión en el brazo, cuando levanté la cabeza ella ya había tomado distancia calle abajo, reconocí esa media sonrisa con la que me recibió la primera vez, y ví su mano larga y fina diciéndome adiós… cuando quise reaccionar ya no estaba, se había difuminado como el intenso espejismo que siempre fue.

Le deseo lo mejor, fue generosa conmigo y lo más parecido a una hermana que he tenido. 

Me enseñó el túnel.

La salida.

Que nada es lo que parece.

Y nunca es tarde para empezar de nuevo.

 

GLORIA

GLORIA

Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad,
pues fue muy laborioso el parto de mi madre
que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
-no digo nombres-,
gracias a eso, pude sobrellevar
mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
-pero Dios y el botones saben que no lo soy-.
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces.

 

Es la autobiografía de una mujer dedicada a la literatura e injustamente tratada, tal y como expresó Cela: «la angélica y alta voz poética a la que los hombres y las circunstancias putearon inmisericordemente».

Gloria Fuertes (Madrid 1917-1998) fue mucho más que una poetisa de voz bronca y rima fácil e infantil, vestida con camisas grandes y corbatas desbocadas.  A los cinco años ya escribía y dibujaba sus propios cuentos, no quería asistir al Instituto de Educación Profesional de la Mujer, donde su madre la había matriculado, sino estudiar literatura y enlazar versos para contarnos a su manera la vida, y lo mejor de todo, cómo reirnos de ella.  Porque a Gloria saber escribir y su ironía la ayudaron a sobrevivir, a defender aquello en lo que creía y a no perder ilusión.

Se definió a sí misma como:autodidacta y poéticamente desescolarizada, estudió biblioteconomía e inglés a los cuarenta años, y a los quince ya tenía el boceto de su primer libro de poemas: "Isla ignorada".  Los que saben dicen que lo mejor del estilo de Gloria es el humor, y la forma de deconstruir la realidad, descubriendo la verdad de las cosas. Yo también lo creo.

No sé por qué tuvimos una imagen televisiva de Gloria que sirvió para acercar su literatura a todos los niños y niñas, pero que en un país de verbo y rima fáciles, lleno de arquetipos, no debió hacerle ningún bien, aunque también es cierto que esta fama mediática le llegó a la autora cuando ya había vivido lo suficiente como para que muchas cosas le resbalasen.

Lo mismo poesía que teatro (fundamentalmente "infantiles" aunque con las catalogaciones siempre he tenido mis serias dudas y no creo en una literatura circunscrita a franjas de edad), cuentos, artículos, guiones televisivos (los inolvidables "Un globos, dos globos, tres globos" o "La cometa blanca") la convirtieron en una escritora cercana, familiar, social, que nunca quiso guardar silencio.

Así lo muestra su epitafio:

Gloria Fuertes
Poeta de Guardia (1917-1998)
Ya creo que lo he dicho todo
Y que todo lo amé.  

Veinticinco centros educativos del país llevan su nombre, aunque sea mayor su reconocimiento y estudio fuera de nuestras fronteras (para variar...)

Permitidme que os deje como colofón mi poema favorito de Gloria Fuertes:

Yo ya apenas soy joven
tengo cincuenta años,
tengo cincuenta libros
tengo cien desengaños.
yo ya apenas soy joven,
pero, me estás mirando
y eso ya es suficiente
para seguir tirando

Y que os cuente una anécdota pequeñita.  Mi hijo tiene trece años, pero sigue llamando a los zapatos elegantes de caballero "Zapatos de Don Domingo", haciendo alusión a un personaje del Madrid Castizo (no olvidemos que Gloria era, hasta el final, de Lavapiés) que aparece en un librito de poemas de la autora de esos que releemos (para que duerman, para que coman, para que rían...) una y mil veces.

Yo sonrío inevitablemente cuando alguno de sus versos me devuelve a Gloria Fuertes, y musicalmente sus poemas llegan a mi memoria como un soniquete.

Lo que viene a ser pasar a la posteridad.

RAQUEL MARTOS

RAQUEL MARTOS

Raquel Martos es periodista, colaboradora frecuente de Pablo Motos, polifacética, guionista, una "graciosa" inteligente, de las que no se callan, y hace bien.

Acaba de publicar con Espasa "Los besos no se gastan", una novela sobre reencuentros y destinos, amena y bien escrita, que aunque no me ha gustado mucho (he de reconocer que sigo con el síndrome de Estocolmo de "La vida cuando era nuestra" de Marian Izaguirre) contribuye a añadir frescura y nuevos títulos a la literatura escrita por mujeres, algo que nunca esta de más.

Me parece mejor articulista que novelista, me parece que es muy rápida, elocuente, y que seguirle el ritmo en el relato resulta más convincente.

Como muestra este artículo suyo titulado:

"Muy fan de... Ana Botella"

 

Ana Botella, inauguro el curso contigo, quién mejor que tú para encabezar el desfile de abanderados de este club de fans. Sí, Ana, eres medalla de oro para la que suscribe y escribe. Soy tan fan.

Vuelves a la ciudad sin Juegos Olímpicos, cierto, pero más estrella que nunca. Prueba evidente de tu fulgor interplanetario es que Juan Antonio Samaranch, miembro español del COI, dijera al presentarte: “Ya conocen a Ana Botella”. Ojo, que en esa delegación había un príncipe atleta, un presidente del Gobierno al que Obama muere por saludar y un pedazo de deportista de fama mundial, Pau Gasol, pero nadie te eclipsa, Ana, a ti no.

Esa enorme popularidad te la has ganado a pulso, es justo y necesario reconocer tus sobrados méritos, porque no se puede negar que, hasta el momento fatídico en que eliminaron la candidatura de Madrid, cuando ya no hubo más que silencio, lágrimas y decepción, tus apariciones estelares fueron lo más comentado y celebrado y, ya sabes, cuando se superan los grandes disgustos, uno sólo se acuerda de los buenos ratos. Gracias por tantos.

Sí, Ana, cuando el tiempo pase y nos hayamos sobrepuesto a la decepción de que Madrid se haya quedado sin Juegos once again, ¿crees que nos acordaremos de las madres de los votantes del COI? No, enterrado el dolor, solo recordaremos tus performances, esas que tanta felicidad nos dieron. Guardaremos en la memoria y en el corazón cada uno de tus maravillosos gags que nos hicieron reír en días difíciles de vuelta al cole y a la rutina de cada cual. 

Imborrable aquel episodio de la rueda de prensa, cuando te quitabas los auriculares si te preguntaban en inglés y te los ponías si lo hacían en la lengua de Cervantes, so funny. Por cierto, aquella tarde ganaste muchos enteros en tu carrera profesional porque en la respuesta estuviste más política que nunca, te preguntaban por el paro y tú contestabas que las infraestructuras estaban acabadas al 80 por ciento o al 90 por ciento –según te daba el viento. Perfecto, ese es el verdadero arte de la política: “Pregúnteme lo que quiera que yo le responderé lo que me dé la gana”, y los envidiosos diciendo que no entendiste la pregunta porque te la habían formulado en inglés, pues no sabes túnothing…

No nos quitaremos tampoco de la cabeza ese derroche de arte, que no se podía aguantar, en la última presentación, cuando Madrid se lo jugaba todo. Saliste a escena con la expresividad de un cuentacuentos del Retiro, apasionada, efusiva y dispuesta a echar toda la carne en el asador argentino donde nos churrascaron, para convencer al mundo de lo mucho que mola Madrid. 

Estuviste inmensa, abriendo los ojos más que Bette Davis al alabar las virtudes de la ciudad que gobiernas, destacando lo guay que es tomarse a relaxing café con leche in Plaza Mayor. Very relaxing, yes, pelín expensive too, pero no ibas a dar más detalles, ni te ibas a poner a hablar de asuntos incómodos, como el barrio de Chueca y sus pears and apples, que te traen por la street de la amargura. Además, de haber tenido más tiempo, segura estoy de que antes habrías elogiado lo bien que le sienta al body un delicious and cheap bocata calamares de la zona. 

Tengo que confesarte que me fascina tu capacidad de superación, no es fácil, teniendo en cuenta el listón tan alto que tú misma te has puesto en cada ocasión. Con las perlas que has ido dejando en tantas de tus intervenciones, Ana, podrías hacerte un collar largo de dos vueltas. Eres tú la autora de “un gobierno tripartito de dos partidos” en Andalucía; tú la inventora de: “La Cenicienta es un ejemplo para nuestra vida por los valores que representa. Recibe los malos tratos sin rechistar”; tú la creadora de: “En la catástrofe del Prestige sólo hubo un culpable, el barco” y tú la que arrojó luz a los ignorantes cuando explicaste que: “un hombre y una mujer es una cosa, dos hombres es otra cosa y dos mujeres es otra cosa”. Unforgettable. 

Hace un par de años decías en Vanity Fair que has callado mucho a lo largo de la vida. Ni se te ocurra callar, habla, Ana, habla, en el idioma que tú quieras, este país necesita sonreír. Temo que acierten los que aseguran que tu destino político dependía en gran parte de la decisión del COI, aunque me tranquilizó cuando te leí, contundente, responder a Bruno García Gallo en El País: “Yo me veo muy fuerte, haya o no haya Juegos” y tienes razón, Ana, eres muy fuerte, lo tuyo es muy fuerte. 

Después de tanto esfuerzo creo que te mereces un premio. Vete a un spa, Ana, que esta vez sí que te lo has ganado.

 

Su blog  http://vidayestilo.terra.es/el-corcho-flota/blog/ tampoco tiene desperdicio

ARQUEOLOGÍA PÚBLICA

ARQUEOLOGÍA PÚBLICA

No fue nuestra culpa si nacimos en tiempos de penuria. 

Tiempos de echarse al mar y navegar.

 (“Descripción de un naufragio” Cristina Peri Rossi) 

 

Se pone un chal sobre los hombros.

Tiembla.

Los contrastes de final del verano resultan desapacibles.

De repente cambia la dirección del viento y la atmósfera adquiere tintes apocalípticos, malos augurios reducidos  a un paréntesis húmedo y gris.

Sentada en las escaleras del porche piensa que resistirá pocos días más calzada con sandalias, debe buscar sus zapatos de cordones o lo que es lo mismo, claudicar al otoño, renunciar a la alegría y a las dulces promesas vanas de un tiempo impostado.

También se acuerda de Mario.

Mario era un poco verano y un poco luz de gas.

Trampa en la boca y sin embargo azul, el color de todo lo posible, de las oportunidades, del mañana.

Mario fue un fragmento de vida incomparable, una pieza desarticulada e inconexa entre todas las piezas que unen el destino, simplemente un pedazo.

Pero se llevó lo mejor de ella.

Como el primer mordisco a una manzana o contemplar el mar en soledad.

Lo mejor de ella.

Algo que nunca regresó del todo, a pesar de sus niñas, de su trabajo y de su lugar en el mundo.

Calcinado e irrecuperable.

Similar a la verdad.

Tuvo otras relaciones, nombres concretos con manías concretas y aspiraciones de futuro a los que nunca quiso meter en casa ni prometer en vano.

Eligió al azar dos perfiles indefinidos para concebir a sus hijas y siguió adelante con la certeza de las cosas bien hechas.

Siempre supo que lo conseguiría.

Una casa con porche, una estufa de leña, una familia atípica con nietas que la llaman por su nombre de pila. 

Seguir bañándose en el río y apilar tras las puertas libritos de poemas.

Cierto parecido a la armonía.

Pero en ocasiones un viento que huele a cerrado revuelve el orden de las cosas, te aleja del presente como si cuerpo y alma pudieran separarse, y la memoria duele, reabre cicatrices.

Se confiesa a sí misma que lo esperó siempre, aún sabiendo que nunca volvería, que era un hombre transitorio, sin retorno, alguien que no se puede permitir volver la vista atrás.

Ella traspasó las condiciones, se olvidó de los límites, hasta el último instante creyó que no se marcharía sin ella, escuchó pasar cada minuto de la madrugada, espió los pasos en la calle, los motores que se detenían cerca… y durante mucho tiempo cada vez que alguien llamaba a la puerta a horas intempestivas o silbaba como él sentía de pronto el corazón en la boca, a punto de asfixiarla.

Aprendió que la presencia física de las personas no es indispensable para tenerlas cerca,  sólo un cuerpo, un cuerpo ayuda, pero no constituye el recuerdo, que son símbolos, cientos de símbolos pequeños sucediéndose en fotogramas.

Conoció a Mario porque era amigo de su hermano y este le encontró trabajo en la ciudad durante un tiempo.  

Por eso, varios años después de su marcha, en una comida familiar su hermano habló de Mario como por descuido, comentó su mala suerte al haber enviudado joven (de aquella eterna novia formal que ya tenía cuando estaban juntos), y ella notó la angustia en la boca del estómago, los pies que no tocaban el suelo, la urgencia que volvía como un vendaval.  

Varias veces descolgó el teléfono para llamarlo, para colarse en su vida por una grieta escasa y suficiente, pero supo que los encuentros forzados son madera carcomida, tiempo rancio.

Le pidió a su hermano que no lo nombrase delante de ella, por favor… y aquel hombre afectuoso y grande, como su padre, le retiró el pelo de la cara y cumplió su palabra para siempre.

Hace unos meses que falleció, la están dejando sola y ella sabe que eso es lo peor a lo que debe enfrentarse, que la gente que ha caminado a su lado, que son sus testigos, su historia, sus secretos, desaparezca, porque una parte de sí misma muere, y no es lo mismo contar las cosas que haberlas vivido, no es lo mismo estar que no estar, no es lo mismo…

Desde dónde está sentada contempla el cerezo bajo el que enterró las cartas de Mario.

Al morir su hermano se las entregó su cuñada, una caja redonda repleta de cartas intactas que nunca recibió y ya no se pregunta por qué, las deudas del pasado no abren puertas, como los silencios.  

Tal y como heredó la caja excavó hasta hacer un profundo agujero bajo el cerezo, la enterró sin un ápice de curiosidad, sólo sintió no estar presente cuando con el paso del tiempo alguien la encuentre, porque lo que se entierra silenciado siempre vuelve, y nadie mejor que la protagonista para dar explicaciones.

Otros tendrán que continuar la historia.

A su medida.

Ahora hace frío, la nostalgia no ayuda.

Un vaso de ron caliente sí.

Antes de cerrar la puerta se escucha a lo lejos el pitido de un tren.

Sonríe, a veces la vida le pone sonido al pensamiento.

Somos estaciones de paso.

Pequeñas.

De las que apenas salen en los mapas.