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MARTES DE CENIZA

"ALGUIEN DICE TU NOMBRE"

"ALGUIEN DICE TU NOMBRE"

Granada y el verano de 1963. Ya promete...

Un estudiante de Filosofía y Letras, una editorial que vende enciclopedias, un limpiabotas y un calendario detenido, las dos Españas todavía y como siempre, un piso compartido, un amor decisivo... son los ingredientes de la última novela de Luis García Montero publicada por Alfaguara.

El autor, del que ya me sabéis fan absoluta por los siglos de los siglos, maneja los ingredientes como el mejor de los cocineros de la guía Michelín, sabe lo que quiere contar, conoce el terreno y el marco descriptivo en primera persona, así que el resto es fácil, echar a andar.

"Alguien dice tu nombre" no se parece a "No me cuentes tu vida", "Una forma de resistencia" o "Mañana no será lo que Dios quiera", las últimas publicaciones del escritor granadino, esta vez quería contar otra historia, a su manera impecable, pero con el pie cambiado, con otro ritmo, en otra época, usos y costumbres distintos para un argumento en apariencia más simple, con un joven protagonista principal que quiere ser escritor y comienza un cuaderno de campo sobre el verano que cambiará su vida, rodeado de personajes típicos, periféricos, que al final cobran una magnitud distinta y coral.

Nunca son cualquier cosa las historias de García Montero, por eso, después de paladearlas despacio, compararlas, colocarlas adecuadamente, remirarlas... una puede atreverse a decir que "Alguien dice tu nombre", me sorprende y gusta menos (a pesar de la belleza, de la construcción exacta) que otras obras del autor, es lo que ocurre cuando el listón brinca las nubes y resulta siempre infalible.

La novela es recomendable, innegablemente identitaria, comprometida, y capaz de recrear la sociedad y el ambiente de la época de forma gráfica y elegante, pero me resulta lenta y un tanto tediosa por momentos, vana, poco García Montero aunque guarde maravillosos emblemas de esa prosa poética irrepetible:

-"Todo cambia, pero nos quedan los recuerdos. Se levantarán edificios, se asfaltarán los arrabales, se urbanizarán los descampados, pero tú recordarás siempre la geografía de este verano. La realidad es una alegoría para la memoria. Todo lo que nos afecta permanece en nosotros, aunque se pierda en el tiempo." (pág. 201)

Seguramente soy una exigente extremada y algo repelente...  "Alguien dice tu nombre" es una de las novelas más vendidas esta extraña primavera.

 

"LA BIBLIOTECARIA DE AUSCHWITZ"

"LA BIBLIOTECARIA DE AUSCHWITZ"

Antes de nada y esta vez de manera decidida y no transversal, he de dedicar esta entrada a Noelia Jimeno, apasionada y apasionante lectora, narradora y persona, que no solamente sabe lo que lee y cómo lo lee, sino que lo habita, es como Dita Adlerova, una biblioteca con piernas y un hallazgo extraordinario.

"La Bibliotecaria de Auschwitz" de Antonio G. Iturbe (Zaragoza, 1967) es una historia que combina la realidad con la ficción porque ambas necesitan estar entremezcladas para poder digerirse.

El periodista trata con pulcritud la historia del "famoso", por desgracia, campo de concentración, sin suavizar la realidad de los hechos bien documentados presenta un argumento que a pesar de todo y aún sin saber bien como lo logra, resulta hermoso y enternecedor, quizás porque consiguió encontrar de modo fortuito y sorprendente a la auténtica bibliotecaria y eso contribuyó a afianzar la narración de una manera inapelable.

En Auschwitz la muerte resultaba por momentos mucho más esperanzadora que la propia vida. Absolutamente despreciable y fuera de toda lógica la crueldad, el ensañamiento y maltrato constante al que se vieron sometidas miles de seres humanos que no decidieron nacer donde lo hicieron ni protagonizar una guerra sin sentido que les arrebató su identidad.

"Es demasiado joven aún para saber que la felicidad no puede vencer a nada, que es demasiado frágil, que es derrotada siempre" (pag. 238)

"Se les está escapando esa edad en la que piensas que basta con desear las cosas para que sucedan" (pag. 184)

Teniendo todos los indicadores para el catastrofismo el libro siempre late.  Siempre guarda un tragaluz pequeño, un secreto pequeño, un deseo insospechado, de los que germinan con tanta fuerza que resultan imparables no importa dónde.

La protagonista es una mujer especial en un lugar especial, único en el mundo y en el tiempo. Una adolescente con criterio y espíritu de lucha, capaz de aprender sin abandonar nunca, tiene luz, y tiene verdad, y con ellas llegará hasta el final que nunca deseó ni imaginó, a lo largo de un camino que la prepara para ser testigo incomparable.

La lectura resulta el ingrediente indispensable, la calidad literaria del argumento rueda en torno a la importancia de la cultura y la educación como salvavidas, esos libros prohibidos significan la rebeldía y la libertad, la posibilidad de seguir siendo nosotros mismos en un ambiente inhóspito y deshumanizado, eligiendo, volando a través de la fantasía, necesaria entre tanta miseria, fundamental para evitar el odio o la locura, para no ser como los torturadores.

"En ese lugar tan oscuro donde la humanidad había llegado a alcanzar a su propia sombra, la presencia de los libros era un vestigio de tiempos menos lúgubres, más benignos, cuando las palabras sonaban más fuerte que las ametralladoras. Una época extinguida." (pag.31)

"Varios profesores que conocían a fondo alguna obra literaria se habían convertido en personas-libro. Rotaban por los disntintos grupos para contar a los niños historias que se sabían casi de memoria." (pag.30)

Me sigue fascinando cómo la vida nos transforma en las situaciones límite, capaz de sacar lo mejor y lo peor del ser humano... germinando siempre, aunque a veces resulte tan difícil.  Porque el dolor es un parásito indestructible, no trae pan bajo el brazo, ni reglamento de convivencia.

"La Bibliotecaria de Auschwitz" es una historia de la que aprender.

No es como tantas, ni se parece a ninguna otra de las que yo haya leído enmarcadas en esa época.  Su propuesta de evasión literaria la hace única, tan única como Dita Adlerova.  Mi veneración hacia ella.

"Los valientes no son los que no tienen miedo.  Ésos son los temerarios, los que ignoran el riesgo y se ponen en peligro sin ser conscientes de las consecuencias.  Alguien que no es consciente del peligro puede poner en riesgo a cualquiera que esté a su lado. Ése es el tipo de gente que no quiero en mi equipo." (pag.30)

 

"POR SI SE VA LA LUZ"

"POR SI SE VA LA LUZ"

Lara Moreno nació en Sevilla en 1978, ha publicado varios libros de relatos y actualmente vive en Madrid donde es editora free lance e imparte talleres de escritura.

A finales del año pasado publicó su primera novela: "Por si se va la luz", lo que la ha catapultado como escritora novel, joven promesa, deslumbrante descubrimiento, y otras etiquetas que a veces (o a mí) dan tanto miedo, porque presuponen un despliege de fuegos artificiales al final de cada párrafo que en muchas ocasiones se quedan en pólvora mojada.

Su historia es suya, contemporánea, cercana a lo que ha visto y a los ambientes en los que se ha movido, su trabajo de recolección ha obtenido sus frutos y estos se despliegan en una novela que no pasa desapercibida y en la que se nota el intento de resultar llamativa, distinta.

Una pareja de treintañeros lo abandona todo para trasladarse a vivir a un pueblo semiabandonado. Como diría Ángel González son gente sin esperanza, pero con convencimiento, que trata de buscar una alternativa y todas las respuestas. Necesitan desesperadamente ser otros, renunciar al pasado y no esperar nada del futuro.  

Pero nunca nada es lo que parece ni resulta como se espera.

Un tanto catastrofista y claustrofóbica la novela se aleja del estilo y de las historias que me gusta leer, pero tiene algo que engancha y que conecta directamente con el lado oscuro, la parte más privada, mezquina e insondable que guardamos en algún pliegue de nuestros trasteros y que de vez en cuando conviene, sino airear, reconocer.

Utiliza ingredientes de popularidad social: el desencanto, la crisis, la enfermedad, la deshumanización urbana, el éxito, el materialismo, los amigos... que hacen de la narración un conocido pan nuestro de cada día expresado en muchas ocasiones con una prosa poética bien manejada, llena de pistas y de avisos, impresionista, que desdibuja un tanto a los personajes centrándose en cómo contar lo que quiere contar, apoyándose más en la forma que en el fondo.

"No soy rencoroso con la vida y eso me hace capaz de querer a la gente, siempre fue así" (pág. 89).

"Pero no hay nadie más egoísta que un ser maduro, el que ya no permite que nada lo aparte de su camno, el que rechaza los estorbos con repulsivo tesón" (pág.142).

"Porque la infidelidad no es algo azaroso sino consciente, y solo mentes atormentadas son capaces de culpabilizarse por el placer" (pág.190)

Resulta. A pesar de lo sórdido y lo explícito (a veces demasiado sórdido y demasiado explícito) resulta, el argumento avanza y te sacude como a un espantapájaros en medio de una carretera.

Es de los libros que se subrayan y que te incomodan, árido, poco estético, brutal en ocasiones, desesperanzador, que plantea el amor como la única condena y la última posibilidad de salvación, con pretensiones de ser algo más que la primera novela de una escritora alabada por la mayoría.

Tiene algo más.

Un latido palpable.

Hay que acercarse a lo que parece alejarse tanto de nosotros mismos.

La distancia no es real.

"EL HÉROE DISCRETO"

"EL HÉROE DISCRETO"

“Nunca dejó que nadie lo pisoteara. Era, según él, lo que hacía que un hombre valiera algo o fuera un trapo. Ése había sido el consejo que le dio antes de morir en una cama sin colchón del Hospital Obrero: Nunca te dejes pisotear, hijito” ("El Héroe discreto", Mario Vargas LLosa, Afaguara, 2013)

Sí, la idea es esa, desgajar la integridad para mostrar exhaustivamente su precio y su recompensa, una labor de tremenda belleza narrativa con la que el Premio Nóbel de Literatura 2010 roza la perfección.

Necesitaba volver a la tremenda riqueza lingüística del castellano que añadido a las particularidades y jergas del idioma en Latinoamérica (en este caso en Perú) añaden a la descripción un ritmo y una musicalidad especiales. Quería que este libro me apadrinase en mi primera incursión en la lectura sin papel, a través de e-book (y sí, todavía con esta sensación de pequeña "traidora"), y el acierto ha sido grande, porque la trama narrativa me ha quemado las pestañas frente a la pantalla.

La historia no tiene desperdicio, el escritor, con su bagaje de cincuenta años creando su particular mundo literario, se permite el lujo de rescatar viejos personajes (Lituma, Don Rigoberto, Fonchito...) e incorporarlos a estas páginas. Ninguno tiene desperdicio, nunca un personaje secundario ha sido tan necesario, tan fundamental, toda una labor coral en la que lo peor y lo mejor del ser humano se entrelazan creando espacios, atmósferas y personajes que si no aburren, mucho menos provocan indiferencia.

Dos historias paralelas: la de Felícito Yanaqué y la de Ismael Carrera, uno en Piura, otro en Lima, empresarios que se han hecho a sí mismos y que apuestan, a pesar de todo, por sus convicciones, enfrentando a la vida de cara, sin ambages, con el único propósito de ser (casi) felices  sin renunciar a esa parcela de honestidad sobre la que han cimentado su trayecto.

Lectura necesaria sobre la sociedad deshumanizada, la codicia, los convencionalismos, las pequeñas trampas que se acumulan creando un importante socavón en el alma, la extorsión, la venganza... y la capacidad intrínseca de sobreponerse, contra viento y marea, pudiendo mirarnos al espejo cada día.

La incondicionalidad es un valor que siempre he admirado, con los ojos como platos, porque creo que puede cambiar el mundo, sin un ser incondicional cerca resulta imposible avanzar.

"El héroe discreto" es un homenaje a la incondicionalidad, y también un grito de esperanza cuando todo parece perdido, hay que buscar el centro, buscar el centro, algo que repite con frecuencia uno de los personajes.

Se nota que es una novela redonda porque además de robarte los cinco sentidos, cubriéndolos con su presencia, tiene un final como sólo ella lo merece.

Y te deja buen sabor de boca.

Y sale el sol.

Y una piensa que hay que volver al e-book, o al papel, o a lo que sea que nos cuente una historia sin demora, porque el fin justifica los medios y leer nos salva de tantas cosas...

 

"PACTO DE SILENCIO"

"PACTO DE SILENCIO"

-A la memoria de mi padre, a quien le gustaban mis historias, aunque nunca me lo dijera

-A todos los que habéis sido capaces de esperarme, asomados a este blog. Gracias.

 

“La vida hay que inventarla cada día, ya sabes…”

 Esa es su frase preferida, la que más repite, se la he escuchado a lo largo de los años en múltiples ocasiones, me mira guiñándome un ojo como si yo fuese cómplice de lo que encierran esas palabras.

Y la verdad es que ni siquiera las comprendo.

No sé a qué se refiere, pero nunca le he llevado la contraria.

Noelia tiene unas coordenadas que la sujetan al mundo, son como los hilos invisibles de una marioneta, sus puntos de sujeción.  Aunque a veces parezcan inverosímiles o vacíos simbolizan la cuerda de funambulista sobre la que se equilibra a diario.

Noelia en casa, cuando la rutina y la angustia eran la misma cosa y trepaban por la pared, se colocaba unos auriculares diminutos muy dentro de las orejas, tanto que me preocupaba el hecho de que no pudiera sacárselos nunca más, y se limaba las uñas o hacía bombas gigantes mascando chicle delante del espejo.

Yo en cambio me agazapaba tras las puertas, queriendo ser invisible en su penumbra, en su imposible escondite de ángulo desequilibrado.

Hubiera deseado nacer sorda para no recibir con absoluta claridad los gritos que nuestros padres proferían, cada vez más alto, más fuerte, hasta que uno de los dos rompía algo o se marchaba de casa dando un portazo.

No podía moverme.

Utilizar otras estrategias, como Noelia, o salir al balcón, como Teo, que cuando barruntaba tormenta se refugiaba en el balcón y llamaba desde allí a su amigo César, que vivía justo en frente, y se ponían a hablar de los cromos que les faltaban para completar la colección de turno o de los recreativos nuevos que habían abierto en el barrio y a los que pensaban ir en cuanto fuesen un poco mayores.

Me hubiese gustado ser de paja.

No absorber, como un papel secante, todo lo que se decían, para guardarlo debajo de la almohada, dentro de los bolsillos o al fondo de las pupilas.

 

“Cuidado con la niña que es una esponja”

 

Eso decía por decir mi madre, sin matices, repitiendo una cantinela, porque decirlo y no cumplirlo era todo una. 

Guardaba la botella de vino junto a la última copa que le quedaba de su ajuar –según ella éramos unos bestias que lo rompíamos todo- envuelta en mantas viejas en el altillo de un armario.  En una ocasión no debió encajar bien el corcho, de manera que se salió el contenido y el cuarto estuvo apestando a tinto durante un tiempo interminable.

Papá no se lo reprochó, de la afición a la bebida de mi madre no se habló nunca en casa, quizás porque jamás la vimos borracha, o porque lo consideramos el menor de los problemas.

Siempre tuvo un carácter irascible y difícil, que se agudizó con la llegada de Teo.

Cuando mi padre lo trajo a casa apenas tenía dos años, más que caminar corría en todas las direcciones, no se sentaba ni para comer y lucía una cabellera abundante de rizos enmarañados.

Lo primero que hizo mi madre fue colocarse unos guantes de goma, llenar la bañera e introducir al pequeño, que lloró hasta quedar afónico.  Cuando salieron del baño mamá parecía atravesada por un ciclón y Teo iba vestido con un pijama de una pieza, de esos que llevan pies incorporados, y succionaba su chupete con desesperación, agarrado a un oso de peluche al que le faltaba un ojo.

A pesar de todo la mirada de mi hermano tuvo siempre más luz que la de cualquiera de nosotros.

 

“Explícales a tus hijas de dónde sale este crío”

 

Exigió mamá mientras Noelia y yo no podíamos quitar la vista del niño, que se había quedado dormido apoyando su carita redonda sobre la mesa de la cocina.

Que mi padre tuviera relación con otras mujeres no era ninguna novedad, pero sí lo era que hubiese dejado embarazada a una de ellas, y que esta le entregase al niño cuando ya no podía hacerse cargo de él.

 

“A partir de ahora tenéis un hermano, es uno más en casa, a nadie le importa lo que ocurre aquí, así que silencio… si alguna se va de la lengua se la corto”

 

Papá le fabricó una cama y sólo a él venía a darle un beso en la frente cuando nos creía dormidos.

Aunque creció y vivió con nosotras siendo nuestro juguete, guardando celosamente los secretos de nuestra primera adolescencia, Teo siempre estuvo solo, su naturaleza era otra, la de un hombre capaz de ser libre.

Mamá jamás lo trató de modo diferente ni aludió a su origen o a su pasado, los curiosos pactos que mantenía con su marido se cumplían a rajatabla.

Pero a veces la tierra se abre y murmura, se levanta un viento que atraviesa los muros y prevalece la verdad sobre el agua de los charcos, como si siempre hubiese estado ahí, perpetua.

Era una mañana de frío rabioso y sol espléndido, Enero comenzaba a prometer el final del invierno.  En casa sólo estábamos Teo y yo.  No recuerdo por qué.

Sé que sonó el timbre y que me estiré en el sofá esperando que mi hermano fuese a abrir.  Lo oí protestar y después nada. Un paréntesis que comenzó a pesar.  Me acerqué descalza hasta la entrada y descubrí en él ese gesto incómodo y azorado, las manos en los bolsillos, la cabeza agachada.  Frente a él una mujer con aspecto enfermizo y voz cavernosa a duras penas lograba hilvanar su discurso ni pronunciarlo con claridad.  Tampoco hacía falta, el hoyuelo de su barbilla era el mismo que tenía Teo, y ese endiablado cabello…

“¿Qué pasa aquí?” pregunté, aunque ninguno de los dos me hizo caso.

Siguieron estáticos, inanimados, devastados.

Me puse en medio y cerré la puerta con un golpe seco.

Estaba segura que al reabrirla aquella mujer habría desaparecido.

“Cuéntamelo todo” me pidió Teo. 

Y no había ni un solo resquicio dónde esconderse.

Le conté lo poco que sabía mientras paseaba su mirada azul por la casa, como si la viera por primera vez.

Entonces Noelia y mamá regresaron, y él me puso el índice sobre los labios, y nunca más, nunca más el fantasma de aquella mujer volvió a llamar al timbre, aunque Teo no quisiese buscarla, ni indagar más, ni parecerse a ella.

El tiempo fue transcurriendo sin ambages dentro de aquel suburbio sentimental en el que habíamos logrado sobrevivir, a veces (recuerdo la luz de aquellas veces, la manera de sucederse de repente) llegamos a parecer casi una familia.

A Teo le gustaba hacer fotos raras en las que no salían personas, sino fragmentos desenfocados de vida urbana: pies que se cruzan sobre un paso de cebra, cielos y antenas, ríos helados, calles muertas... fotos que eran como un grito ahogado, que gustaban entre los entendidos, de ahí que comenzasen a surgir encargos, incluso alguno de sus trabajos se publicó en prensa. 

Llegaron a entrevistarle en la radio.

Noelia y yo lo escuchamos en la cocina, mientras nuestra madre preparaba la comida.  Le dedicaban palabras hermosas: promesa, becas, futuro... ella sonreía y movía la cabeza de un lado para otro.

Tenía veinte años, sólo veinte años, cuando se pegó un tiro en un garaje abandonado.

Nunca supimos qué hacía allí, de dónde sacó el arma, por qué... hoy sigo creyendo en la luz incomparable de los ojos de mi hermano.

Nuestros padres se quedaron petrificados durante un instante, en la expresión de su rostro algo se congeló para siempre, un rictus imposible, la amargura de la derrota.  Después nada, mientras Noelia y yo gritábamos conmocionadas en el balcón de Teo ellos recogieron la mesa y continuaron el ritual de cada noche, sólo que en aquella ocasión prepararon más café y se lo bebieron despacio, viendo la tele en silencio.

Un reducido grupo de personas asistió al funeral, y en medio de tanta sombra, de tanta palabra vacía y de tanta pena, pude ver a la mujer caducada y rota que años atrás había llamado a nuestra puerta.  Quise acercarme a ella pero se evaporó, no sé si alguien más se percató de su presencia, yo tengo claro que estuvo y que jamás volví a verla.

No pudimos vivir sin él.

Eso se sabe más tarde.

Cuando al año Noelia se marchó con su novio, emocionada y un tanto caótica, dándonos besos y llenando la casa de notas como si viajase al extranjero y no dos manzanas más abajo, al piso compartido de un pintor de brocha gorda, el primer hombre que le ofreció amparo.

Y a los meses nuestra madre acudió al funeral del abuelo al que sólo habíamos conocido en fotografías amarillas, un viaje a un recóndito pueblo donde ni siquiera llegaban turistas, y cumplido el considerable plazo de duelo no regresó, en lugar de su manera implacable de ser y estar una carta escueta y descuidada, un quiero vivir mi vida, un no me busquéis, un hasta siempre. Nada más.

Las ventanas de la casa estaban abiertas de par en par, se escuchaba cantar a los pájaros, el ruido de la calle, voces en la escalera... a punto estuve de romper el papel en pedazos y no enseñárselo a mi padre, pero terminé poniéndoselo junto al plato, mi ofrenda a tantos años de angustia. 

Le oí llorar, pero ni siquiera pude mirarle.

Creí que saldría corriendo a buscarla, con lo puesto, creí que volverían una vez más, a permanecer sobre cristales rotos, apostando a ruletas que no giran, en casinos cerrados.

Pero se fue apagando de a poco, dejándose llevar por la única que quedaba a su lado sin haberlo elegido, una hija que le ponía el plato en la mesa, la ropa mal planchada sobre la cama, cuatro palabras mohosas y frías cuando abría la puerta… migajas compasivas.

Alguna de sus amantes trató de rescatar en él un fragmento de dignidad, la sombra con olor a loción para después del afeitado del hombre que había sido, pero decidió pasar a la reserva y morir esperando.

Me asusté cuando descubrí que se quedaba sin tiempo, que renunciaba… escribí a mi madre: “Tu marido se muere”, le pedí a Noelia que fuese a buscarla, que la trajese de los pelos si hacía falta… pero ella me miraba con ojos húmedos y media sonrisa rota, como se mira a los niños que prometen no crecer.

Mi madre ni respondió ni vino, y a mi padre se le rompió el corazón una noche que no terminó de oscurecer de tantas estrellas como brillaban en el cielo. 

Como los informes médicos no pueden certificar que se muere de pena pusieron que la causa del fallecimiento había sido un infarto. 

Yo llevaba varias noches amplificando el oído, sin pegar ojo, incapaz de entrar en el cuarto y cogerle de la mano y contarle mentiras a cerca de lo felices que fuimos todos alguna vez, como hacía Noelia, pero a pesar de la distancia insondable que siempre nos separó yo podía escuchar su respiración, convertirme en su sombra, espiar su muerte.  Por eso salté de la cama al escuchar el ruido, un sonido gutural, breve y ronco, después nada, un silencio excesivo inundando la casa como si fuese lava.

Me quedé petrificada en mitad del pasillo, los pies helados, raíces horadando el suelo, el corazón golpeando la boca seca,  y aquel silencio omnipotente y denso, mucho más duro que todos los gritos y toda la historia de la casa rebotando entre sus paredes.

Llamé a mi hermana y aunque no pude articular palabra se presentó rápidamente, hizo las gestiones oportunas y hasta la oí cantar mientras lo amortajaba.

“Hay que inventarse lo que sea para espantar a la muerte, lo que sea…”

Siempre parece que sabe lo que debe hacer.

Nuestra madre se presentó por sorpresa dos días después, mientras metíamos la ropa en bolsas con idea de donarla a la parroquia.  

Sospechosamente traía más equipaje del que se había llevado, e intenciones de quedarse, se notaba en la inquietud de sus manos y en esa manera absurda de llamarnos “mis niñas” con una voz impropia.

Dijo haberse equivocado, se calificó de estúpida mientras revisaba la despensa y apuntaba lo que era necesario comprar, como si en lugar de dos años hubiese faltado medio día, manifestó su enamoramiento por un ser despreciable que la había dejado en la estacada:

 “Todo me lo merezco, estaba ciega…” y sin hacer alusión a la carta que le envié ni a la enfermedad de su marido se puso a hacer la cama, con las sábanas bien estiradas, como le gustaba a ella.

Busqué a Noelia y le descubrí ese gesto conciliador, su fe inquebrantable, y un escalofrío me recorrió la espalda.

“¿Piensas quedarte?” le pregunté cortándole el paso, sintiendo que mi voz salía disparada.

Ella parpadeó casi sorprendida, estaba más delgada, se le marcaban los pómulos, no interrumpió su ejecución doméstica:

“Pues claro, esta es mi casa”

Aquella misma tarde me fui de su casa, una compañera de trabajo me prestó cobijo durante un tiempo, mi hermana poco a poco fue trayendo mis cosas, tratando de convencerme para que volviera:

 “Nada será igual, ya verás, ella está mayor, las personas cambian”

No creía en sus palabras ni quise escucharla.

Conseguí alquilar un minúsculo apartamento para mí sola, encontré otro trabajo durante los fines de semana, me maravillaba ser capaz de hacer algo sin ellos, a pesar de ellos, al margen, era como descubrirse por primera vez las manos.

Si no molestas, si eres capaz de encajar en la penumbra, la vida te deja estar, transcurre y no te mira.

Pero nunca depende sólo de ti.

Subía las escaleras de casa con los pies deshechos, deseando tumbarme vestida sobre la cama y que el sol me despertase entrada la tarde cuando encontré a Noelia agazapada junto a mi puerta, un bulto extraño que gemía.

La luz del rellano suavizó el golpe que le cubría media cara.

No le pedí explicaciones, conseguí que tomase una pastilla para dormir y la acosté, su cuerpo era un mapa de cicatrices y hematomas.

Cuando a la mañana siguiente el pintor de brocha gorda se puso a aporrear la puerta y a pedirle que saliera no sé de dónde saqué la fuerza ni como brotó la rabia, pero el cuchillo más grande de mi cocina estuvo a punto de seccionarle la yugular a aquel imbécil.

Pese a que le pedí en serio que se viniese a vivir conmigo Noelia prefirió volver con nuestra madre.  Funcionó. Parecían compañeras de piso.

Mi empresa abrió una sucursal bastante lejos, rodeada de naranjos, cerca del mar, y no me lo pensé, era la excusa perfecta.

Allí he sido capaz de construir, nació Diana de una relación que no cuajó, pero que me hizo sentirme importante, y libre.  

Diana no se parece a ninguna de nosotras, no sabe lo que es temblar de miedo al escuchar las llaves en la cerradura de casa, le he leído todos los cuentos que no me leyeron, la he llevado a todas partes y ahora es ella quien empieza a llevarme a mí, pese a lo poco que me gusta su pasión conductora.

De vez en cuando Noelia viene a visitarnos, con los años se parece físicamente a nuestra madre, aunque su dulzura y su confianza en el mundo sean intrínsecas, talladas con insistencia.

Paseamos cogidas del brazo y le pregunto algo que siempre quise preguntarle: Por qué nos pusieron nombres de canciones hermosas cuando nos hicieron la vida tan difícil.

Ella se detiene y me mira sorprendida:

-“Qué cosas se te ocurren, seguramente lo hicieron lo mejor que pudieron”

-“¿De verdad lo crees?”

Su sonrisa tiene asomo de pícara tramposa:

-“La vida hay que inventarla cada día, ya sabes…”

 

 

"A VECES LA BOCA NO TIENE DUEÑO"

"A VECES LA BOCA NO TIENE DUEÑO"

Se pierde la memoria de los olores,

la geografía concreta de un espacio,

el hueco de un abrazo…

 

El olvido es tan necesario para continuar

como el recuerdo.

 

Ajeno a nuestra voluntad

emborrona despacio los números,

hasta provocarnos la duda

sobre su existencia.

 

¿Fuimos nosotros?

Los que nos miramos a los ojos

guardando en bolsillos enajenados

todo el tiempo del mundo,

los que dijimos

Siempre,

Nunca,

Suerte,

Destino,

Adiós…

 

A veces la boca no tiene dueño,

persigue estela de forajida.

 

Se aprende demasiado tarde

que nada es tan importante como parece,

nada es tan eterno

ni tan sólido.

 

Todo se aprende demasiado tarde.

 

Y mientras,

el simulacro de vida

no nos cubre los pies fríos

de miedo,

el cuerpo menudo que abre la puerta

de una casa vacía,

sin promesas,

ni segundas oportunidades,

no nos protege de nosotros mismos.

 

Otros recuerdos

se abren paso a empujones,

sobrevivir en la memoria

no ha de ser tarea fácil,

al final

lo más invisible,

lo insospechado,

crece de la nada

con la omnipresencia

de los finales tristes.

"ESPUELAS DE PAPEL"

"ESPUELAS DE PAPEL"

"Siempre hacia adelante, siempre,

aunque tengas que picar el vientre 

del caballo con espuelas de papel"

La cita más característica de esta novela (Alfaguara, 2004) serviría como resumen de una historia trabajada concienzudamente, bien documentada y rica en matices poéticos.  De principio a fin recrea los paisajes y personajes propios de la época, una posguerra feroz entre una andalucía inhóspita y seca y una Barcelona gris, despiadada, marcando a fuego las desigualdades sociales, el qué dirán, las apariencias.

La novela me ha recordado al mejor Juan Marsé y creo que a él le gustaría mucho esta historia, lo que representa, cómo lo cuenta, a qué huele.

Porque "Espuelas de Papel" mantiene alerta los cinco sentidos, escuchas los pasos de zapatos gastados, el correr de las cortinas improvisadas para separar estancias, el sonido de las máquinas en un taller de confección; como la historia, sólo con empatizar muy poco, te atrapa, puedes oler la humedad, la madrugada, las violetas amarillas con las que Liberto describe a Juana... hasta el miedo, que tiene una consistencia tan real, tan cercana y palpable, como la muerte. Abriendo bien los ojos contemplaremos un país condenado al silencio, minado de secretos e injusticias que condicionarán los días venideros, porque la mala suerte existe, y estar en el momento inadecuado en el lugar más inoportuno no es cualquier cosa. En el cielo de la boca se alberga el sabor salado de las lágrimas, más intensas aquellas que no pueden derramarse, la sopa de boquerones, la pelusa de las malvas, el vino de Gandesa permitiendo la niebla en la memoria... La novela huele a lejía y a mugre, a honestidad y calles marchitas, a madera. Es un legado de todo lo que se nos olvida que fuimos, un retrato fiel, una verdad sin aristas.

La vida es otra cuando nada se puede elegir.

Siendo una historia triste, transcurrida en una época carente de luz y de alegría, no resulta trágica o deprimente, quizás por su absoluta realidad, o porque no queda otra que levantarse al alba cada mañana y continuar, cómo lo hacen Manuel Merchán y sus séis hijas, a pesar de todo, de ese tremendo equipaje que a duras penas arrastran, cómo lo hace el propio mundo, que no se detiene.

De las buenas novelas siempre se aprende y esta es una narración más sobre una posguerra que dió para escribir cientos de historias, similares en muchos aspectos, diferentes siempre.  Las diferencian la memoria de los personajes, su manera de ser y estar dentro del argumento.  Esta Juana Merchán que se quemó a propósito con salfumán las manos finas derrocha melancolía y al mismo tiempo lealtad, tiene una capacidad de amar sin prejuicios que está por encima de lo visto y lo vivido, que la convierte en alguien especial, capaz de conquistar, en fragmentos minúsculos, una libertad quimérica. Vive envuelta en resignación y memoria, es una niña vieja, una mujer marchita capaz de sobreponerse siempre, de derrumbar muros con una caricia.

En las buenas novelas se ama a unos personajes y se odia a otros, como ocurre en esta, en la que nadie pasa desapercibido.

Todas las guerras son desproporcionadas, innecesarias y terribles, pero las señales de su trayectoria merman la vida de generaciones enteras, condicionan el alma.

Olga Merino (Barcelona,1965) realiza un trabajo excepcional, cómo en su última novela "Perros que ladran en el sótano" (Alfaguara, 2012) (la historia de una troupe de variedades en la España franquista, entre otras cosas, de la que ya hice reseña en este blog). Me parece una escritora capaz de describir al detalle, emocional, contundente, sobria.

Acierto seguro.

DE FRAGMENTOS

DE FRAGMENTOS

http://martesdeceniza.blogia.com/2013/062101-la-pena-es-claustrofobica.php

Quizás para situarse convenientemente convenga leer el enlace que da comienzo a esta entrada, entenderemos mejor las coordenadas de lo que pretendo contar.

Ayer fue día 13, lunes además, Enero, por si le faltaba algo a la fecha.

Desde que escribí "La pena es claustrofóbica" han pasado ocho meses, en este tiempo mi padre dejó de leer su periódico deportivo de todos los días, olvidó firmar, y asistir a su visita puntual al peluquero, es decir, perdió de vista las migas de pan que señalaban su camino, sus costumbres, su forma de ser y estar.

Los neurólogos y especialistas fueron modificando un discurso que saltaba de puntillas sobre los tejados, quiero decir que se trataba de un mensaje frágil, difuso, sin cohesión.  Del Alzheimer se habla mucho y se sabe muy poco.

El que a nosotros nos tocó en suerte se llevó a mi padre por completo y nos dejó un enfermo dependiente que trató por todos los escasos medios que le quedaban de agarrarse a la vida sin conseguirlo.  En los márgenes del tiempo uno acaba siendo una sombra que se difumina.

Perdió la movilidad y a comienzos de Diciembre la última caída le propinó una brecha en la cabeza que terminó por postrarlo en la cama y requerir de ayuda extra para levantarlo, acostarlo o cambiarlo de postura.

Dejó de hablar, aunque hasta el final reconoció a sus nietos y se los comía a besos.

Se despedía diciéndonos adiós abriendo y cerrando los dedos de las dos manos, como los niños chicos.

Dejó de importar la historia, el pasado, los vínculos... te condicionan la vida, pero al final, cuando necesitas toda la ayuda del mundo para respirar o beber agua, se relegan al trastero de la memoria porque toca arremangarse, responder a lo básico, acompañar.

Ayer, a primera hora de la mañana de un Lunes 13 de Enero, mi padre fallecía durmiendo en su cama.  Se acabó la agonía.  Quizás podríamos haber hecho las cosas de otra manera, pero cuando se hace todo lo posible lo demás son globos sin aire, flor sin olor.

En medio de la pena, que siempre acecha, se queda como un poso frío e imprevisible dispuesto a romper los diques en cualquier momento, una descubre que estamos hechos de fragmentos reciclados.  Comparamos la ausencia con otras tratando de buscar los abrigos y la esperanza, esa fórmula de la supervivencia que sabemos que funciona, que sólo hay que recordar cómo ponerla en práctica, las herramientas imprescindibles y las que nos sobran. Nos miramos en el espejo de los más jóvenes para robarles un poco de su inmediatez, su pasión y su mañana será siempre otro día, y en el de los más veteranos para tratar de obtener el innegable poso de la experiencia, esa elegancia frente al dolor y al cúmulo de ausencias que sólo se adquiere cuando se ha vivido comprendiendo que nada más importa.

Hechos de pedazos, sí, un puzzle que trata de reflejar las estaciones y puntos de encuentro que somos, personas que se construyen apoyadas en otras.

Sólo la gente que te importa importa cuando te falta tu gente.

Perdonarme la frase que parece sacada de un graffitti en la puerta de un lavabo o de la portada de una carpeta adolescente, ya sabéis esto que digo a veces sobre las licencias que una se permite por tener un blog, o un diario abierto al público, para contar cosas que de otra manera sería tan difícil contar...

Mi padre no quería exposición pública, si habéis leído la primera parte comprenderéis sus porqués, era anticlerical, ateo y de izquierdas, así que nada de funerales ni velatorios... polvo eres y en polvo te convertirás tan solo como viniste... 

En la memoria que él perdió estriba la diferencia.  Todas las diferencias