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MARTES DE CENIZA

PIEL DE VERANO

PIEL DE VERANO

La vida no es un sueño, tú ya sabes 
que tenemos tendencia a olvidarlo.

("Canción de aniversario", Jaime Gil de Biedma)

 

A veces

algo me recuerda a tí 

y no sólo es el tiempo.

 

Un dibujo de luz,

una palabra al descuido,

unos ojos parecidos

que guardan una edad

como la nuestra,

demasiado efímera,

piel de verano

azul en la distancia.

 

Sólo es un instante,

un eco fugaz

que topa

con la memoria

y despierta del coma

los besos de madrugada,

la espera inabarcable de tu voz

al otro lado del teléfono,

el deseo de ser

siempre nosotros,

sólo nosotros,

una casa pequeña,

una montaña,

un teatro y unos libros,

niños con los ojos azules,

un amor de hoja perenne.

 

La vida

nunca fue

un tren de largo recorrido,

pero pasó entre los dos

y no hizo falta

que nos pusiera a prueba,

porque tú sabías,

porque yo sabía,

que no se hizo tu aurora 

para mis manos

ni mis versos

para tu destino. 

 

Por eso a veces

algo indescifrable

me recuerda

que amar no es suficiente

si se empeña el tiempo

en demostrar lo contrario.

EL TIEMPO QUE NO ESTÁ ESCRITO

EL TIEMPO QUE NO ESTÁ ESCRITO

"Pero en las manos queda 

 el recuerdo de lo que han tenido" (Pedro Salinas)

 

De haber tenido una hija se habría llamado Violeta.

Y quizás las cosas serían diferentes.

Me entretengo imaginando otro destino, un orden contrapuesto al de los sucesos que han marcado mi vida, lo que pudo haber sido y no fue, sí, la cara oculta de la luna.

A veces me divierte construir otra mujer, otras respuestas, una trayectoria que me condujese donde nunca he estado ni podré ya estar.

También me pone triste, es cuando se me va la mano e idealizo a mi siamesa viviendo sus porvenires imposibles.

Aterrizo enseguida, toco suelo muy pronto y regreso a la lectura que me agota y al punto de cruz que cada vez me cuesta más continuar.

Alguna tarde llueve, y entonces me apresuro en abrir todas las ventanas, y que el agua salpique las cortinas, las esquinas de algunos muebles, el suelo impersonal y frío… la lluvia significa ruptura, cambio, un antes y un después, todo puede comenzar, terminar, florecer…

Se habría llamado Violeta mi niña.

O Imperio.

Una criatura con esos nombres no puede ser infeliz.

Rodolfo no me hubiera permitido el segundo, Imperio, pero qué nombre es ese para una niña, qué cosas se te ocurren, no conozco a nadie en todo el término que se llame así, hay que ver lo que hace estar todo el día con la radio encendida, que te enmaraña la cabeza, eso es lo que pasa…

El caso es que él se me murió hace ya una docena de años, salió una mañana a revisar los cerezos y ya no volvió, que lo encontraron tirado en un camino a pleno sol, fulminado por un infarto, y a mí, con su cuerpo rígido y presente en el salón de nuestra casa, me entraron ganas de reprocharle su egoísmo por no haber querido tener otro hijo, mi niña Imperio, si al fin y al cabo ibas a dejarme tan sola qué más te daba… pero la casa parecía una avenida, no paraba de entrar y salir gente acicalada que bebía copitas de vino dulce y cabeceaba, qué lástima, hay que ver, tan trabajador… y qué otra cosa iban a decir, si tú nunca fuiste de partida en el bar ni de amigos, sociable precisamente nunca, más bien desconfiado y huraño, que cuando me fijé en ti pensé que era pura fachada, pero de eso nada, como el pedernal Rodolfo, pura roca.

Los chicos vinieron con el tiempo justo para el entierro, Francisco incómodo, sin saber donde meterse, sin acercarse al féretro, levantando la barbilla como necesitando desesperadamente oxígeno, preguntándome muchas veces qué necesitas madre, qué necesitas, pero sin darme tiempo para contestarle, que hasta me hizo ilusión que me preguntase aquello, llegué a creérmelo, porque nunca antes me lo había dicho.

Y Antonio en su papel de primogénito, educado y formal como es él, estrechando manos, dando palmadas en la espalda, sacando de vez en cuando el pañuelo para empapar una lágrima furtiva.

Nadie sabía que llevaba un par de años sin hablarse con su padre, porque no venía a echarle una mano con las faenas del campo, y eso enervaba a Rodolfo, bien que han comido durante años de la tierra, de la tierra han salido sus casas, sus buenas bodas, y cuando uno necesita ayuda tirado como a un perro lo dejan…

No se hacía cargo Rodolfo de lo que cambia la vida, nunca entendió que los hijos crecen, pierden obediencia, se dejan guiar por otras cosas…

La mujer de Antonio no se separó de él ni un instante, tan envarada como siempre, perfecta, de peluquería, observándolo todo y besándome sin pegar su mejilla a la mía. La primera vez que la trajo a casa ya supe que no se libraría fácilmente de ella, es de las que acaparan, de las que crecen pegadas a la otra persona, como un apéndice indispensable.

Junto a ella a Antonio se le ve embutido en un traje que le viene grande, pero no dice nada, no se queja, continúa.

Desde que mis hijos salieron de casa he mantenido muy poco contacto con ellos, se han convertido en unos seres inaccesibles, extraños.

A Francisco nunca le gustó el pueblo, servía para estudiar, ya lo decían sus profesores, pese a que Rodolfo hiciese caso omiso y lo pusiera a trabajar en el campo recién terminada la escuela primaria. El niño escondía libros de lectura en el somier y entre la ropa, que ni siquiera sé de dónde los sacaba. Una vez que se fue a hacer el servicio militar ya no volvió, encontró trabajo en una charcutería y se puso a estudiar por las noches, volverá con el rabo entre las piernas ese, piensa que se va a comer el mundo, mascullaba su padre mientras cenaba, pero se equivocó, no regresó más que en contadas ocasiones, terminó Turismo y se colocó en una agencia de viajes. Trató de que su padre y yo conociésemos las islas, nos planificó algún viaje que nunca llegó a efectuarse porque parían los corderos, había que sembrar o recoger patatas, cualquier cosa antes de cruzar las cuatro líneas, simples y muy delgadas, de lo cotidiano.

Las pocas veces que venía nos llenaba de folletos e ideas la mesa de la cocina, como un cohete que sube y enseguida se desploma, puesto que rápidamente cambiábamos de tema, hablándole de lo que sucedía, de nuestras agonías diarias, como si fuesen mucho más importantes que nada de lo que pudiese plantearnos.

De eso me fui dando cuenta más tarde, cuando ya no se puede rectificar.

Antonio creció a imagen y semejanza de su padre, que lo miraba con innegable predilección. Adelantaba como nadie en la faena y nunca se quejaba, era un chico de pocas palabras que se escapaba de la escuela para ir a saltar montes y acequias. Con su hermano la relación era escasa de tan diferentes, alguna vez se burlaba de Francisco, le escondía ratones muertos dentro de la cama, lo llamaba cobarde.

Hasta que en una fiesta de cumpleaños de otro mozo del pueblo se fue a la playa y conoció a Gema, y trajo ya la mirada como vuelta del revés, ya no era él, se pegaba buenos ratos colgado al teléfono y le pedía a su hermano que le corrigiese las faltas de ortografía de sus larguísimas cartas.

Antonio sí que era de campo, aunque se haya acostumbrado a una casita ajardinada en las afueras de una gran ciudad, era nuestro sucesor, nuestra esperanza de no ver derrumbada una casa mantenida por tres generaciones.

Ya sólo quedo yo.

Ellos a veces me llaman, es cuando me asusta el sonido del teléfono, cuando sé que me voy a topar con sus voces comprometidas, sus respuestas monocordes, sus carraspeos, cuando debo preguntar si van a venir y ellos mienten diciendo que lo intentarán.

Mis queridos desconocidos.

Hoy es martes. Los martes una vecina, mi hermana y yo, hacemos bizcocho casero y nos tomamos un café sin prisas, viendo esconderse el sol entre los chopos. Saco unos trapos limpios y compruebo si tengo azúcar, en ese momento suena insistente el timbre de la puerta.

Las dos mujeres tienen las mejillas encendidas y se muestran nerviosas, como cuando llegaban los feriantes y corríamos a avisarnos la una a la otra.

Entran en casa atropellándose, anunciando una novedad en el pueblo, una sobrina de Emiliana Viver, una mujer joven, con una niña chica, que viene preguntando por su tía sin saber que ha muerto hace unos meses.

Me viene a la memoria la imagen de Emiliana, con su rosario colgado al cuello y esa piel curtida al sol, ennegrecida, una mujer brusca, de mal carácter, que echaba a los niños que jugaban en su puerta amenazándoles con una vara de fresno.

Este es un pueblo alejado de cualquier parte, sin incidencias, en el que la más mínima novedad supone todo un acontecimiento.

Comentamos lo extraño que resulta que esta chica no supiera que su tía había fallecido, debe ser un pariente lejano, alguien con quien apenas mantenía relación...

Se han alojado en la fonda, dice mi hermana señalando a través de la ventana el viejo edificio de la fonda Casales. Una niña ahí, fíjate qué plan, con la humedad que tienen esas habitaciones, y los obreros de la carretera entrando y saliendo, formando tertulia por la noche con los botellines de cerveza en la mano… algo le ocurre a esa madre, no hay otra explicación para quedarse aquí…

Mujer, dice Basi depositando sobre la encimera de la cocina las manzanas que traía envueltas en su delantal, igual es por pasar solamente una noche, estarán cansadas y mañana regresarán donde sea.

 

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Pero transcurrió el tiempo y la madre paseaba con su niña por la ribera del río, sin prisas, observando despacio el devenir de los insectos, la corriente del agua por las acequias, el sol haciendo brillar los cantos de las piedras… parecían tan frágiles…

Todo el pueblo murmuraba, pero nadie se atrevía a abordarlas y preguntar, al fin y al cabo eran extrañas, gente de fuera que misteriosamente llega y se queda, quizás guardando un secreto, un secreto que puede ser una trampa, un campo entero sembrado de minas.

A mí me emocionaba ver a través de la ventana la alegría de la niña, que correteaba sin rumbo entonando fragmentos de canciones, y se subía al escalón de los portales con las mejillas sonrosadas y todas las ganas de entusiasmarse.

La madre era otra cosa, llamaba a su hija sin apenas fuerza en la voz, pálida, con el pelo oscuro y muy corto, ojeras pronunciadas y ojos color miel siempre alerta, cualquier ruido inesperado la hacía girarse ansiosamente, desbordar la mirada.

Dejaba a un lado la lectura de mis novelas románticas e imaginaba mirándolas que me pertenecían, que eran algo mío, algo que encadena generaciones y continúa siempre hacia delante, algo que está vivo, que transita, que viene, que siente, que me mueve por dentro.

Pese a no conocerlas, a no haber intercambiado una palabra con ellas, quizás por miedo a que se desvanecieran, o a que me miraran como a una vieja loca, me parecían un sol pequeño en medio de mi plaza, una esperanza nueva en la rutina lenta y doliente de mis días.

La mañana en la que llamaron a mi puerta yo las había visto pasar, más tarde que de costumbre, era la niña quien parecía llevar a su madre de la mano, que se dejaba conducir con gesto cansado y media sonrisa forzada.

Cerré el armario en el que estaba ordenando ropa y grité “Voy” mientras me dirigía a la puerta.

La niña, asustada y con los ojos húmedos, me pidió ayuda: “Corre, ven, mi mamá se ha puesto mala”

Echó a correr y yo la seguí como pude, unos pocos metros más allá, sosteniéndose contra una esquina, estaba la mujer joven, con los ojos cerrados y las manos sobre el vientre, un color amarillento le daba aspecto de estatua de cera.

La niña se le agarró a las piernas.

“Apóyate en mí – le dije cuando ya su cabeza buscaba mi hombro- no te preocupes”

Su hija la miraba como si pudiera curarla con los ojos.

La tumbé en el sofá y bajé un poco las persianas para que no entrase tanta luz.

Dejó reposar un brazo sobre la frente y musitó unas disculpas por las molestias.

“Olvida eso y descansa” le pedí mientras le tapaba las piernas. La niña se quedó echa un ovillo junto al sofá, agarrada a la mano de su madre.

Un silencio habitado ocupó mi casa.

Me sentía satisfecha de tenerlas allí, de poder ofrecerles mi protección y mi ayuda. Observándolas desde el umbral de la cocina me estremeció verlas tan unidas, tan necesarias la una para la otra y al mismo tiempo tan solas…

Decidí que se quedarían a comer y me dispuse a preparar arroz y unos filetes empanados. Por primera vez en mucho tiempo tuve que calcular las cantidades, me movía por la cocina más ágil que de costumbre, tenía una misión.

No reparé en la presencia de la niña hasta que se encaramó sobre el banco de madera.

“¿Se ha quedado dormida?” le pregunté

Y la niña asintió ostensiblemente, sus rizos se movieron adelante y detrás.

Descansaba las manos en su regazo y seguía todas mis maniobras

“¿Cómo te llamas?” quise saber mientras le entregaba una rebanada de pan con mantequilla y mermelada a la que no renunció.

“Violeta, ¿y tú?”

Sonreí perpleja, entendí la señal, tenía que ser eso, una señal.

“Claudia… Violeta es un nombre bien bonito, siempre me ha gustado mucho”

La niña me miró pícaramente con el labio superior untado en mermelada:

“Mi madre dice que es el nombre más bonito del mundo”

Sentí deseos de abrazarla muy fuerte, su voz, sus manos pequeñas, su cara ovalada de muñeca de trapo… llenaron de luz mi cocina y agitaron un alma que se había quedado rezagada al sol en cualquier tejado, como los gatos que olvidan a sus amos.

Me contuve, no era cuestión de asustarla.

Mientras cocinaba Violeta me fue contando cosas, algunas ya las había intuído esa misma mañana, como que su mamá estaba embarazada de poquito tiempo, “el bebé debe ser tan chiquitín como una judía… no lo puedes decir ¿vale? es un secreto… es que me canso de guardar yo sola los secretos… y por eso te lo quiero contar… tienes cara de cumplir las promesas y seguro que no dirás nada ¿verdad que no?... hemos viajado mucho para llegar hasta aquí, la abuela Remi nos mandó venir a casa de una pariente suya, dijo que sería un buen escondite… pero ni casa ni nada… aunque me aburro mucho no se lo digo a mamá porque se pone triste y está cansada… no para de fumar, le tienes que decir que no lo haga, que eso no es bueno, el bebé no debe tragar humo…”

Su cabecita engranaba una preocupación tras otra, necesitaba echar a volar todas las palabras, abrir de par en par un ventanal imaginario y respirar otro aire, entretenerse, jugar.

Dijo que pronto iba a cumplir séis años.

No reparamos en el tiempo que su madre debía llevar observándonos desde el umbral.

Parecía encontrarse mejor, aunque estaba seria y sus ojos mostraban desconfianza.

“Nos vamos Violeta, ya hemos molestado bastante a esta señora”, su voz reflejaba la misma fragilidad que su cuerpo.

“Qué va mamá… no te preocupes- fue corriendo a cogerla de la mano y la trajo junto a los fogones- si nos está cocinando un arroz muy rico”

La voz frágil se tensó.

“De verdad que no podemos quedarnos, muchas gracias”

Bajé el fuego, me limpié las manos en el delantal, mandé a Violeta al corral no sé con qué encargo y le pedí a su madre que se sentara. Debía aprovechar esa oportunidad como la única. Me hice transparente:

“Por favor escúchame… no voy a interrogarte… no quiero saber más de lo que tú me cuentes… estoy tan sola como vosotras y por lo que veo necesitáis cuidados, tiempo, un lugar en el que poder descansar y coger fuerzas antes de continuar… te ofrezco mi casa, mi compañía, es lo único que tengo… ayudémonos ambas… si en un par de días no estáis a gusto podéis iros…”

Me miraba con los ojos muy abiertos, en algún momento le cogí el brazo y noté que temblaba ligeramente. La niña volvió a entrar gritándole a su madre que en el corral había un par de gallinas de las que ponen huevos, y que las había bautizado.

Se levantó muy despacio:

“Comprenderá que debo pensármelo” pronunció muy quedo, como si hablar le costase un esfuerzo tremendo.

Asentí con la cabeza, me presenté y le pedí que me tuteara. Se llamaba María. Les puse la comida para llevar y Violeta se despidió de mí a regañadientes, diciéndome adiós con la mano hasta que desaparecieron por la puerta de la fonda.

Me quedé tranquila, recogí la cocina, me dolió su ausencia pero entendí que no podía hacer más, las tres estábamos expuestas, teníamos miedo y por delante un tiempo quebradizo e inseguro…

Sonó el timbre a las cuatro de la tarde.

Las calles del pueblo vacías.

Las campanas doblando para nadie.

Entraron cargadas de bolsas, la niña preguntando por su habitación.

Las llevé al cuarto de los chicos, con las dos camas abatibles y unas paredes repletas de banderines de fútbol, pósters de coches y fotos de las fiestas patronales. Abrí el balcón porque olía a humedad y a cerrado. “¿Y tus hijos?” me preguntó Violeta. “Son mayores y ya no viven conmigo”. Se sentó en una de las camas y presionó sobre el colchón: “Aquí se va a dormir muy bien, ¿verdad mami?”

Su madre, asomada al balcón, tenía la mirada perdida y el gesto vencido de quienes se cansan de huir.

Contestó algo rutinario que contentó a la niña y dijo que necesitaba tumbarse.

La dejamos dormir y le enseñé a Violeta el resto de la casa.

Lo que más le gustó fue el cuarto de los trastos, una habitación pequeña y oscura, de techo abuhardillado y un tragaluz como de camarote de barco, donde se amontonaban papeles, percheros, viejas sillas de anea, cajas con herramientas y un par de baúles con ropa y sombreros inútiles … se convirtió en su guarida cuando no sabíamos donde encontrarla.

María durmió durante toda la tarde, de vez en cuando me asomaba y percibía su sueño inquieto, en el que balbuceaba palabras sueltas y emitía pequeños sollozos.

Invité a los nietos de mis vecinas a tomar chocolate para que conociesen a Violeta, que era extremadamente sociable y se adaptaba con facilidad a cualquier situación.

Los niños la acogieron con la curiosidad y la alegría de lo novedoso

Habría que aprender de ellos a admitir sin reservas.

Aunque nunca he sido descortés, sí bastante franca, por lo que nadie se atrevió a cuestionar mi decisión delante de mí, hubo quien comentó que hay que tener cuidado con quien metes en tu casa, a lo que contesté: “Y también hay que ver en qué casa te metes”. La cosa no fue a más. Al cabo de unas semanas parecía que aquellas dos mujeres y yo habíamos vivido siempre juntas, nadie mostraba extrañeza y lo asumieron como se asumen los días largos tras el invierno.

El descanso y la buena comida provocaron en ellas un efecto revitalizador, parecían otras, Violeta apenas paraba por casa, convencí a su madre para que la llevase a la escuela sin tener que matricularla ni mover papeles, conveniamos con la profesora que la dejase estar entre el resto de niños, aprendiendo, pintando en caballetes muy antiguos al sol de un patio excesivamente grande para los críos, cada vez menos, que asistían a la escuela del pueblo.

A María se le daban estupendamente los trabajos manuales, hasta me encaló la fachada y realizó pequeñas obras domésticas necesarias para frenar el deterioro de una casa vieja, expuesta a la intemperie de un clima adusto y de varias generaciones transitándola.

Me acostumbré a su son, a su presencia, que desde el principio, como si mi corazón se desbordase en esa dirección, jamás me resultó extraña o incómoda. No pensaba en el futuro y dejé de sentir el peso de los días, que se renovaban como una promesa cuando los pasos de Violeta bajaban precipitadamente las escaleras rumbo al desayuno.

A veces María se despistaba dejándose llevar, abandonaba ese hermetismo, la huella imborrable de haber estado llorando a escondidas, y jugaba a peluqueras con la niña y sus amigas, o me contaba anécdotas de su infancia, cuatro chiquillos para una madre que quedó viuda muy joven, y que se pegaban la vida en la calle, curando perros maltratados y buscando tesoros entre las piedras de los solares, hasta canturreaba por lo bajo cuando fregaba los platos o aireaba las habitaciones, y le salía no sé de dónde una voz triste y al mismo tiempo muy dulce, que se depositaba despacio, como las pompas de jabón, sobre las frías baldosas o en los cristales.

Habían transcurrido cuatro meses cuando su barriga comenzaba ya a anunciarse sin contemplaciones.

“¿Qué piensas hacer?” me atreví a preguntarle temerosa, pues era la primera vez que aludía a su embarazo.

Se puso la mano sobre la tripa y se quedó mirándola.

“¿Te das cuenta Claudia? los niños exigen respuestas y espacio incluso antes de nacer…”

Y por el tono empleado entendí que llevaba tiempo pensando qué medidas tomar sin decidirse.

Una vez a la semana me pedía permiso para telefonear a su madre. Eran conversaciones muy breves, destinadas a tranquilizarla, “todo va bien, no te preocupes… en cuanto haya cualquier novedad te lo hago saber, Violeta está encantada y te manda un beso, otro día se pone mamá, es que está jugando por ahí…” Procuraba llamar sin la niña delante, su derroche de entusiasmo le hacía hablar demasiado, extenderse en los detalles. “No quiero ponerla en un compromiso, cuanto menos sepa mejor, ya ha sufrido bastante…”

“Debe pasarlo mal teniéndoos tan lejos”, le contesté sin poder evitar esa niebla en sus ojos que comenzaba a expandirse, y que la hundía.

“No te creas – se pasó la mano por el pelo y se arrebujó en el sillón como si de repente tuviese mucho frío o quisiera hacerse pequeña- vive mucho más tranquila conociendo la distancia que nos separa… ya no quedaban más sitios donde escondernos… este fue el último cartucho… una pariente lejana que le debía algún favor y que se apiadaría de nosotras…- sonrió con tristeza, los ojos completamente velados- y no se equivocó demasiado, hemos encontrado refugio en ti”

Lo dije a sabiendas de que encendía una cerilla muy corta, lo dije sin querer mirar directamente lo imposible. Ejercí mi derecho al deseo. Y lo dije:

“Podéis quedaros aquí cuanto queráis, no hay prisa. Incluso puedes comenzar una nueva vida en este lugar”

Entonces levantó la cabeza, el perfil hermoso y joven de estatua lánguida, y me miró despacio, calibrando el terreno, el peligro, la duda… todo lo que veía en mí y lo que no conocía:

“No hay segundas oportunidades, ni más vidas, sólo una, a velocidad imparable, una huída constante. Yo no pertenezco a ningún lugar Claudia, nunca podré agradecerte lo suficiente cómo no has tratado, pero en cuanto me sienta preparada nos iremos, no puede ser de otra manera…”

Traté de rebelarme.

“¿Qué pensará Violeta? Quizás ella si quiera tener un sitio en el que echar raíces…”

A su media sonrisa asomaba un gesto despectivo que me hirió:

“Violeta ya sabe cómo son las cosas… y si no lo irá aprendiendo, conmigo en el camino, porque de momento, hasta que pueda decidir por sí sola, nos pertenecemos”

Pese a que me temblaban las piernas me levanté porque la tensión era insoportable, caminé sin rumbo fijo por el salón, abrí una ventana que el aire cerró de golpe.

María se percató de que desfallecía y vino detrás, apoyó una mano en mi espalda y casi sin fuerzas se sinceró:

“No me fío de mí Claudia, eso es lo que pasa, que en cuanto me siento segura y bajo la guardia, cuando creo que por fin he superado el miedo y la incertidumbre, él reaparece, con otra cara, con otro disfraz, aunque se pueda oler desde lejos la porquería de siempre,y echo las siete llaves, y me amurallo, mando a Violeta con sus tíos… pero al final siempre es lo mismo, no es culpa suya, no lo es, él juega sus cartas y yo soy incapaz de hacerme valer, he hastiado a todo el mundo Claudia, he abusado de toda la gente a la que le prometí cambiar, no volver a los gritos y a las trampas para caer a conciencia en todas y cada una de ellas… sólo he reaccionado cuando le pegó a Violeta, le dio tal bofetón porque se interponía entre la tele y él que la niña fue a parar al otro lado de la habitación, con la cara abultada y los ojos saliéndose de las órbitas e incapaz de soltar una lágrima, si la hubieses visto… mi rabia fue tan grande que le estampé en la cabeza el vaso de güisqui que se estaba bebiendo, cayó como un saco de arena al suelo, te juro que creí haberlo matado y por un momento sentí alivio, pero comenzó a balbucear tumbado boca abajo en el suelo, así que le quité la cartera, cogí a la niña y hasta ahora…

Al principio deambulamos por casa de algunos amigos hasta que mi madre recaudó dinero entre la familia y nos diseñó esta huída… -me cogió las manos, las suyas estaban heladas- lo que tú has hecho por nosotras, sin exigencias ni condiciones, ha sido maravilloso, todo un regalo… y una fantasía que no puede prolongarse más, no debe, … pronto seremos tres, y con una carga demasiado pesada a nuestras espaldas, porque te prometo que no hay lugar en el mundo en el que no pueda encontrarnos, ahora nos está dejando crecer, confiar… para en el momento más inesperado acabar con cualquier ilusión de futuro, de un plumazo y sin compasión, como ataca una águila a su presa.”

Se le había puesto una voz tan turbia y aquella densidad de fango en los ojos… creí que iba a derrumbarse, pero caminó muy despacio hacia los anchos ventanales, pegándose a uno de ellos, como queriendo atravesarlo.

Yo volví a mi lugar en el sofá, a mi punto de cruz y a mi empeño, con toda esa rabia brotándome por dentro, aborreciendo a quien les había hecho tanto daño y las había dejado tan exhaustas… “Denúncialo María, yo te apoyo, plántale cara, no puedes estar huyendo siempre”

Tardó en responderme. Por un momento creí que no me había escuchado. La voz volvió a su ser, a su templanza débil.

“No tengo fuerzas todavía … necesito tiempo, creerme que puedo hacerlo… soy un parásito que se agarra a sus hijos para obtener la energía y la fe que me falta, por ellos, por ellos tiene que ser, para que aprendan otra cosa, para que piensen que traté de defenderlos… quizás él ya lo sepa, pero no le dije que estaba embarazada de nuevo, me lo quede para mí, aferrándome al secreto como protege alguien una llave maestra… y por miedo, como siempre… cuando me quedé embarazada de Violeta estuvo torturándome con su duda sobre si sería o no hijo suyo… ya ves, él que sabe perfectamente que nunca he estado con otro, que no he querido a nadie más…”

Podía imaginar que se fueran, que volasen solas, pero no desconocer su paradero y situación, así que improvisé, ellas me habían liberado de mi austeridad y mis demonios.

“Dime cuando te quieres ir, tengo un terreno próximo a la ciudad, con una pequeña casita en la que podéis permanecer un tiempo… mi hijo pequeño os llevará, podéis contar con su ayuda.”

Hacía meses que no sabía nada de Francisco. La llamada de rigor, que era lo mismo que no saber nada. No podía fallarme. Me lo debía. Hablé con él por teléfono, fui escueta y directa, al principio me hizo muchas preguntas, luego el estupor dejó paso a sus silencios. Se plantó en casa al día siguiente para conocer de primera mano a mis huéspedes, como no podía ser de otra manera la niña le conquistó rápidamente y sé que desde el principio se sintió atraído, con esa mezcla entre la desconfianza, la curiosidad y el acecho, por María, el mundo resquebrajado de María, su debilidad y al mismo tiempo su osadía. Prometió no contarle nada a nadie y se ofreció para lo necesario después de que Violeta le hubiese pintado anillos en los dedos y demostrado su habilidad para dormir a las gallinas. Cuando se metió en el coche me dijo que parecía otra, y yo le dí las gracias porque lo tomé como un halago.

A partir de entonces llamó periódicamente y estuvo adecentando la casita del terreno, vino para el cumpleaños de Violeta en Septiembre, cuando a María le faltaba poco más de un mes para dar a luz. Dieron juntos un largo paseo en el que imagino acordarían los términos de la nueva etapa que iba a comenzar, y en la que yo, por kilómetros, edad y porque las cosas al fin y al cabo encuentran su lugar, ya no estaría presente.

Cuando la fiesta de cumpleaños terminó les pedí que no quitaran las guirnaldas ni los globos, su toque de alegría me acompañó durante un tiempo, me gustaban los colores, ese ligero movimiento mecido por el aire me devolvía el recuerdo de mi gran aventura.

La niña Imperio se quedó petrificada unos instantes al recibir la noticia. Marcharían al día siguiente, muy temprano. Se habían ido todos los invitados y la casa olía a tarta de manzana. Papeles de colores, serpentinas y restos de merienda rondaban por el suelo.

Me miró a mí con los ojos muy abiertos, miró a su madre, miró la tripa de su madre.

“Te voy a escribir unas cartas tan largas que te aburrirás de leerme” me dijo con la voz recia y ecuánime de quien dicta una sentencia.

Y después, muy despacito, se puso a recoger.

“Deja eso y hablamos si quieres” la interrumpió su madre, pero mi niña Imperio no quería hablar, sino estar ocupada para comprender, y metida en lo suyo, haciendo más tarde su maleta, colocando con mimo sus regalos, cabeceaba y murmuraba para sí en un monólogo interno difícil de adivinar.

No quise acostarme.

Tenía miedo de quedarme dormida al amanecer y que se marcharan sin despedirse.

Antes de que sonara el despertador Violeta vino a la cocina y medio dormida se agarró a mi cintura, me dijo que existían las hadas madrinas porque yo había sido la suya, pero que guardase el secreto, que yo tenía cara de guardar secretos… le pedí que se vistiera para que no me viera llorar.

Aguanté el tipo hasta que el coche de Francisco arrancó emprendiendo ese viaje sin retorno. La cara de María pegada a la ventanilla, en un gesto más infantil que el de su hija, sonriendo como nunca antes la había visto sonreir, no podré olvidarla nunca.

Lloré durante días, aún lo hago de repente, cuando la fuerza a ráfagas de un recuerdo me devuelve los instantes vividos.

El pueblo entero acusó su pérdida y guardó silencio, un silencio sepulcral, cuando a los pocos días de que ellas se fueran apareció un investigador haciendo preguntas y después unos hombres de gentileza artificial enseñando una foto de María hace mucho tiempo, porque no tenía ojeras, y lucía un pelo muy largo y un gesto limpio de creer en las personas.

Pese a que me vieron dentro de casa a través de las ventanas nunca les abrí la puerta.

Rondaron unos cuantos días por el pueblo hasta que se cansaron, y todo se fue quedando igual, volvió la escarcha a la orilla de las calles, un anochecer temprano, las estrellas tan lejos… todo medido y en su sitio, con rasgos de eternidad.

Francisco iba a visitarlas un par de veces por semana, les llevaba alimentos, enseres que les hicieran más fácil la vida, hasta consiguió instalarles una pequeña televisión… después me llamaba, manteniéndome al corriente, aquellas dos mujeres consiguieron aproximarnos, devolvernos un tiempo nuevo y brillante, algo parecido a otra oportunidad o al deseo de tenerla. Y la aprovechamos.

Una madrugada de otoño desapacible Francisco tuvo que saltar de la cama al recibir la llamada convenida. Violeta le apremiaba: “¡corre, corre mucho que el niño quiere nacer ya!” Y Francisco corrió cuanto pudo, y el niño, de casi cuatro kilos, nació un par de horas después, sonrosado y tibio, absolutamente hermoso. Le llamaron Izan. Llegó la madre de María fatigada por tan largo viaje, y cuando vio a sus nietos los ojos se le llenaron de lágrimas, abrazó tan fuerte al chiquitín que este casi desaparece entre su pecho grande y curtido de mujer sacrificada.

Francisco las dejó solas prometiendo volver al día siguiente.

Y lo hizo, pero ya no estaban.

María había pedido el alta voluntaria y en la casa no quedaba ni rastro de su estancia. Sólo un dibujo de Violeta colgado de un clavo en la pared. Representaba a una mamá con sus dos hijos frente al mar, las figuras muy largas, los colores vivísimos, todavía lo conservo.

No he vuelto a saber de ellas.

Las cartas de Violeta nunca llegaron.

Francisco se indignó más que yo, trató de averiguar sin éxito, a mí se me quedó en el alma ese vacío insustituible, ese terrible silencio habitado por ecos … entendí que vinieran como se fueron, sin preaviso ni condiciones, libres en su estrecha ausencia de libertad.

Ellas nunca sabrán que supusieron para mí la posibilidad de cambiar las cosas, de tomar decisiones, de atreverme a ser además de estar… Y el tiempo por delante, a pesar de la melancolía, se fue haciendo más ligero, no me costaba mirarme en los espejos.

Aunque envejecer es una faena muy grande, porque si perdí unos cuantos años ahora me harían falta para estar presente en lo que me queda por vivir, pero presente de verdad, sin cataratas ni temblor en las manos, con unas rodillas fuertes y una cabeza despejada, de las que a la primera recuerdan nombres y donde han dejado las cosas, y qué comieron ayer. Si pudiera bailaría todas las piezas que no me sacaron a bailar, a veces pongo muy alto el volúmen de la radio, y me recuerdo con cuarenta años menos en las fiestas del pueblo… lo que hubiera dado yo por marcarme un buen baile, con quien fuese, luego en casa ya hubiera aguantado sin rechistar la bronca de Rodolfo.

Cuando la memoria comenzó a dejarme en evidencia Francisco me aconsejó que escribiese la historia de mi niña Imperio y lo que quisiese, porque la cabeza es muy traicionera, y luego te va a parecer que no lo has vivido, que te lo inventas… entonces le pedí que me ayudase, yo te dicto y tú juntas las letras, que de eso sabes más que yo… Viene un par de veces por semana, si llueve no hay dictado, ya lo sabe, se me agarra una pena al pecho que me deja tirada como un trapo y me impide centrarme en nada.

Pero le digo en cuanto puedo, eso sí, lo contenta que estoy de que venga a verme, y le pido disculpas por el tiempo que de chiquillo no supe tratarlo como se merecía… da igual madre, agua pasada no mueve molino.

A mí no me da igual, porque sé, aunque nunca se lo he dicho, que es él quien en cada aniversario de la llegada de María y Violeta me envía una caja de bombones del chocolate que más me gusta, ese bien negro, que huele toda la caja, o un frasco de agua de lavanda, o una cesta con frutas… sin tarjeta, el mensajero dice: admiradores secretos… pero tengo la certeza de que es él quien trata de dignificar el recuerdo y mantenerlo vivo.

Es increíble que hayan pasado siete años. Todavía hay niños en el pueblo que me preguntan por Violeta, que me asocian con ella. El final de la tarde sigue haciendo sus mismos dibujos caprichosos. Las campanas tocan a su hora.

Parece que no nos movemos.

Que el trayecto es rutinario y breve.

Pero detrás de cada puerta duermen agazapados los silencios, los secretos, la otra vida.

Esa que no se escribe.

"ORO BLANCO"

"ORO BLANCO"

 

Hay relatos que una vez escritos se te quedan pegados a la piel, inevitablemente te acompañan, como mascotas fieles.  Los presentas a concursos literarios porque crees en ellos, pero ni los miran, o si lo hacen no resultan convincentes, a la altura de ganar un certamen (que no sé que altura es esa, ni cómo se consigue).  El caso es que se van quedando atrás, un tanto obsoletos, barcos varados, papel marchito. Por su lealtad merecen una ventana abierta.  Ondear un poco más.  Por eso hoy, en este julio sofocante y efímero, se asoma a esta pequeña ventana de mi casa que es vuestra "Oro Blanco", escrito en 2006.  Vuestros ojos son el premio que nunca obtuvo.

 

 

Desde el primer momento supo Liuva que le estaba mintiendo.

Pero aquella mentira –después de haberlas repudiado tanto- se le antojó como algodón de feria: azucarado, suave y envolvente, quiso probarlo, y se dejó llevar.

Al fin y al cabo no eran las palabras sin dueño ni la poesía de siempre, Andrés era un artesano del lenguaje, lo cuidaba, lo mimaba y embellecía de una manera única y sorprendente. Increíbles las luces de fiesta que brotaban de su raída chistera.

Porque él siempre fue un galán adivinado y previsible que fumaba tabaco negro y se peinaba hacia tras los mechones canos, usaba largo abrigo de paño y camisas por fuera del pantalón en verano. Utilizaba a la perfección su delgadez de bohemio y la caída de sus ojos verdes. Y hasta hubo un tiempo, seguro que hubo un tiempo, en que se creyó a sí mismo, viendo ondear la bandera de lo posible, siendo aún temprano, calculando los éxitos frente al espejo, con el mentón bien afeitado y el aire oliendo al afther save de moda. Después la fe son unos cuantos posos grasientos en el aceite estancado de una sartén, esa bombilla que se apaga y nadie se molesta en cambiar, agujeros en los bolsillos. Pero uno continúa como siempre y como si nada, porque qué otra cosa podría hacer. El espectáculo debe continuar y las sombras de sí mismo, malpagadas y burlonas, no firman cheques en blanco ni se creen, sólo por una noche, Reinas del Carnaval.

Conoció a Liuva cuando empezaba a cansarse de los vinos de siempre en los bares de siempre, conversaciones de única dirección, luces amarillas, frío en casa, nadie en casa. Ella le sonrió por encima de todas las cabezas, un domingo por la mañana, a la hora del vermouth. Le pareció exactamente lo que debía, un hombre distinto, maduro e interesante, y a Andrés se le ensanchó el pecho y algunos de sus años cayeron fulminados junto a las sucias punteras de sus botas. Recuperó de golpe toda la Fe, la convicción en su estrategia de nostálgico y se felicitó a sí mismo por no haber sucumbido, siquiera una vez, a la tentación de tirar la toalla y construirse de nuevo.

Que las cosas maravillosas e intensas ocurren de noche no es cierto. Porque ellos se descubrieron –y descubrir a alguien es comenzar otra vida- a plena luz del día una mañana de domingo, cuando duermen enroscadas las serpientes y todo puede volver a ser.

Andrés desempolvó los viejos glosarios abrillantándolos con cuidado, usó los brebajes adecuados y pateó los caminos que no destruye la historia y que siempre nos conducen donde queremos ir.

Le salió la blanca doble.

Liuva no sabía hasta que lo tuvo delante, mintiéndole tan magistralmente, que lo estaba buscando. Se imaginó sin dificultades acariciando esa piel curtida, esperándolo de madrugada, agarrada a su brazo caminando hacia ninguna parte ... Le preguntó qué hora era pero él no utilizaba reloj. La pista definitiva. Le dijo: “Vámonos” y el presente se quedó boquiabierto oliendo a huevos rellenos.

Tenían una diferencia de edad de dieciocho años que les permitía el milagro.

Durante un tiempo trataron de hilar fino, cada uno cuidó su jardín para que fuese la envidia del otro, plantaron girasoles, menta, rosas amarillas ... Despacio.

Liuva descubrió que Andrés dormía agazapado a los pies de la cama, le gustaban las croquetas caseras, las películas de vaqueros y era alérgico al pelo de gato.

Ella se empeñó en adecentar la parcela en la que vivían y hacerla habitable. Había pertenecido a los padres de Andrés y seguramente tiempo atrás llegó a lucir espléndida, pero el abandono y la desidia la habían convertido en el escenario idóneo para una película de misterio. Encaló la fachada, pintó puertas y ventanas, y poco a poco fue dándose cuenta de su habilidad para el bricolaje. Se le pasó el tiempo jugando placenteramente a las cocinitas, preparando flanes y comprando cubiertos en los bazares, marcos de resina para las fotos que se harían juntos, ambientadores de manzana, sobrecitos de café. Era hermoso imaginar, querer trazar un país único y privado con utensilios, corteza de pan sobre el mantel y las coordenadas exactas de sus cosas.

Pero una esfera no tiene porqué ser redonda ni la vida se resuelve matemáticamente.

Andrés se fijó un día en la ausencia de escorchones en la pared y en como olía su casa, reparó en los horarios de las comidas, en la siesta de los sábados, en las zapatillas calientes ... y le invadió una melancolía difícil e inaccesible, desbordada.

Fue cuando llevó a casa a aquella mujer, Malena, escapada de un club de carretera y necesitada de cobijo durante un tiempo. Liuva nunca preguntó, hubiera tenido que conocer las respuestas, vivir con esas sanguijuelas pegadas al cuello. Pese a sentir como de madrugada Andrés dejaba el cuarto para deslizarse sigilosamente hasta el de su invitada. Ella acabaría yéndose, con su olor a laca y sus deformados zapatos de tacón, con la miseria disecada en la raya permanente del contorno de ojos. Se iría quizás para volver, pero sin ser nunca la primera, sin verlo dormir agazapado y temeroso, desconociendo sus pliegues de truhán, sus besos de impostor, la ternura de su derrota.

Después de Malena hubo otras en el salón y en la ducha, aunque ella nunca llegase a verlas, se sucedieron las partidas de póker hasta el alba, los vómitos de borracho en cualquier rincón, las meadas fuera de la taza, la venta de sus cuatro joyas y las solicitudes de préstamos a su hermana.

Iba todo tan deprisa que no era capaz de parar. Nunca pensó situarse tan imposiblemente ni tan lejos, pero ya estaba allí. Andrés a veces la sacaba a bailar o le compraba un vestido bonito. El olvido y la ilusión tienen el precio de un vestido, la posibilidad de transformar kilos de porquería en oro blanco.

Se dio cuenta de que estaba embarazada un día que llovía rabiosamente y la policía fue a la parcela a detener a Andrés. Trató de escapar por la parte de atrás y se rompió un tobillo. Volvió a casa pasados unos días, desmejorado y triste como un perro abandonado, quedándole desde entonces una leve cojera que sirvió para engrandecer el mito.

Las gemelas Mireia y Kim nacieron en Abril, el sol abrazaba las esquinas y un anticipo del verano quiso recibirlas. Liuva ya sabía, antes de los celos de Andrés y de que la sangre no llama a su sangre, por encima incluso, de la precariedad en la que vivían, que no podría tenerlas durante mucho tiempo. Por eso las retrató en su mente detenidas en cada partícula de sueño, en el mínimo suspiro, las cubrió de besos y las llamó “hijas mías” muchas veces. Después se las entregó a su hermana para que se hiciese cargo de ellas, a cambio de no reaparecer jamás en sus vidas, y como es mujer de palabra y férreas promesas logró cumplirlo.

La memoria, superviviente nata, consigue emborronar pasajes decisivos y hasta siembra duda sobre los datos de las pasiones que nos volcaron la vida.

A Liuva, que lo había empeñado todo, ya sólo le quedaban cuencas de ojos para seguir buscando dentro del rostro de aquel hombre un ápice de hermosura. Pero siempre topaba con una mentira recuperada, una última moneda, el as de corazones en la manga de Andrés.

El tiempo vivo, real, el de las noticias a las siete de la mañana y la leche saliéndose del cazo, el que nos mira recordándonos que nos demos prisa, que todo es efímero, los hizo a un lado y siguió adelante.

Ella continuó encalando la fachada, remendándole los calcetines, preparando sémola cuando el frio se lo devolvía aún más delgado, aterido y sin ganas de hablar. Aprendió a robar pequeños objetos para no perder las coordenadas de su país imaginario y quitó de la casa todos lo espejos.

Andrés, tronco calcinado y empapado de lluvia, se dejó morir de a poco. Pero en los brazos de Liuva. Se le encharcaron los pulmones días antes de Nochevieja, cuando ya no existía otra importancia que la de soñar bonito cuando tocase dormir.

Liuva lo descubrió entonces hermoso y calmado, tan diferente a cualquier Andrés.

Y le dejó marchar de verdad.

Nadie sabe qué medida tiene el tiempo cuando no transcurre.

Liuva es la sombra de los dos en la parcela que vuelve a ser un escenario de misterio porque ya no hay para quién cuidarla.

Aunque siga robando pequeños objetos para su imposible país imaginario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"LA VIDA CUANDO ERA NUESTRA"

"LA VIDA CUANDO ERA NUESTRA"

«Añoro la vida cuando era nuestra», comenta Lola mientras trastea en la cocina de su casa. Esa vida, que era tan suya y tan llena de ilusión, antes estaba hecha de libros, charlas de café, y de proyectos para construir un país que aprendía paso a paso las reglas de la democracia. Pero llegó un día de 1936 en que vivir se convirtió en puro resistir, y ahora, quince años después, de todo aquello solo queda una pequeña tienda, una librería de viejo medio escondida en uno de los viejos barrios de Madrid, donde Lola y Matías, su marido, acuden cada mañana para vender novelitas románticas, clásicos olvidados y lápices de colores. Es aquí donde una tarde de 1951 Lola conocerá a Alice, una mujer que ha encontrado en los libros su razón de vivir.

Quisiera ofrecer razones literarias cualitativas para recomendar "La vida cuando era nuestra" (Marian Izaguirre, editorial Lumen), pienso en muchos argumentos elaborados y el primero que se me ocurre es que es la mejor novela que he leído en mucho tiempo (en los últimos años, tal vez), una narración que inevitablemente se pega a la piel del alma, como un velo apenas perceptible, y alberga sentimientos y emociones que brotan con facilidad de sus palabras y de sus personajes, cuidados, muy cuidados, hermosos y condicionados por la época que no han elegido y que les toca vivir.

La novela tiene ingredientes que podrían convertirla en predecible.  Guarda similitudes que no le hacen parecerse a ninguna, toma de aquí y de allá paisajes urbanos, espacios de moda en lo que se viene publicando (viejas bibliotecas, personajes exiliados, precariedad de posguerra, amores que duelen porque buscan crecer, no tener frío...), frases concretas, como el propio título, que provocan curiosidad.  Nada es más de lo mismo.  Son los puntos de partida de un viaje hacia la belleza.

La emoción, la melancolía, la amistad, los secretos, los libros de segunda mano, los escaparates de las librerías de viejo, las lecturas compartidas en voz alta, las personas que se encuentran porque necesitaban encontrarse, la solidaridad, la compañía, el pasado que permite reconocer al presente, la literatura siempre, la juventud, la intuición y el respeto... todo se entremezcla con delicadeza, encaja en su lugar y nos transporta, nos secuestra, entra directamente a la sangre... y ahí se queda, y todo lo que cuenta la novela se hace diáfano, un poco nuestro, palpable, propio.

Sentí profundamente terminar su lectura, quería que sus personajes se quedasen cerca durante más tiempo, tienen sentimientos nobles, luz... y no me gustan las despedidas.

Tengo que añadir que "La vida cuando era nuestra" son dos novelas, dos historias, dos vidas en una, a cual más cautivadora.  Una historia antigua que cobra sentido y globalidad en otra más reciente.  Niguna de las dos tiene desperdicio, ambas te dejan con la boca abierta y el corazón en la mano, sin capas.

La novela me ha enseñado que no saldremos de esta, de ninguna, no saldremos nunca hacia ninguna parte soleada mientras no nos apoyemos los unos en los otros.

Abrid los brazos.

Disponeos a leer.

http://marianizaguirre.com/

LA PENA ES CLAUSTROFÓBICA

LA PENA ES CLAUSTROFÓBICA

Esta entrada ha de servirme a modo de "espantapenas".

Al fin y al cabo los blogs personales tienen un marcado carácter terapeútico, y sirven de "tragasables" y hasta de "escupefuegos". 

Vivan las palabras compuestas.

Los días que empiezan con sol.

La escritura quirúrgica, paliativa, postoperatoria.

 

Mi padre siempre anduvo cargado de tristeza.

Bien por ser un niño de la guerra, o porque la tristeza es una depredadora que si te elige no te suelta, o por las dos cosas, mi padre siempre fue una persona triste y difícil.  Cuando se saturaba dejaba de hablarnos a todos.

Trabajaba muchas horas.  Muchísimas.  Todas las que podía, no le gustaban los actos sociales, los encuentros familiares ni los viajes.

Aprendió una caligrafía pulcra y laboriosa con un maestro de escuela rural que desapareció durante la guerra.  Mi padre fue poco tiempo a la escuela, tuvo que aprender a ser pastor de cabras, a perderle el miedo al monte y no demostrar debilidad alguna.  Eran muchos bocas en casa y su padre estuvo largo tiempo encarcelado por no ser de los que mandaban.  Mi padre tiene una hermana que se llama Librada.

Su infancia se abre paso a zancadas en su memoria para seguir representando miseria, represalias, angustia, ajusticiamientos, fosas comunes desde la mirada de un crío que se escondía entre los pinos.

Aquel chaval de ojos bien abiertos educado en el silencio y al mismo tiempo en una sorda rebeldía sobrevivió como pudo, tratando de hacer las cosas bien, intentándolo siempre.

Mi padre ha sido mucho mejor abuelo que padre (creo que eso les ocurre a unos cuantos), y en esa experiencia he tenido la oportunidad de conocerlo por segunda vez, y descubrir cosas que me gustaban, cómo que se puede cambiar si la recompensa lo merece, que siempre se está a tiempo.

He pasado tres días completos con mi padre, la enfermedad que le detectaron hace unos meses agrava su deterioro cognitivo, convirtiéndolo en un ser vacilante que se pierde en una casa sin pasillo.

Mi padre sigue intentándolo, pero ya no hay más tablones en medio del océano, ni chalecos salvavidas.  Su cotidianidad viene determinada por el horario de sus pastillas, las comidas (todo se lo come, sin excepción, en el momento que sea) y unas noches cargadas de pesadillas y alucinaciones.  Necesita todo el afecto que nunca pidió, todos los cuidados, su flamante independencia se fue con el de siempre, otro ser distinto a este que confunde las palabras y nos mira sin comprender.

Convivir con él ha sido detestar la vida.  Y entenderla.

La justicia es una fantasía.

La salud está en la cabeza, lo juro, el timón es la cabeza... no es lo mismo leerlo, comprender la teoría, que tenerla sentada a la mesa.

Mi padre ha sido criador de perros y la última que tiene en casa duerme pegada a su lado o sobre sus pies.  El animal conoce a su amo mejor que nadie, huye de él (aunque sin perderlo de vista) en sus peores días.  Permanece.  

Debemos aprender de los animales.

Intentar al menos que la tristeza y la agonía no se nos coman.  Son titánicas.

Me gustaría reivindicar desde aquí (como si sirviera de algo, pero los diarios son lo que son, puro exorcismo) un trayecto final de la vida con menos pena en el alma, porque el enfermo sabe que está enfermo y se deja envolver por ello, y cada vez se queda atrás, más atrás... el último.

Perdonarme si en esta ocasión más que en cualquier otra el relato puramente literario ha sido sustituído por esta historia cotidiana que afecta a tantas personas y familias.  A mí me mueve los cimientos porque es, con todo, el único padre que tengo.

"EL DESVÁN DE LOS CUERPOS TRISTES"

"EL DESVÁN DE LOS CUERPOS TRISTES"

“Jardín de mi agonía

tu cuerpo fugitivo para siempre”

(“Gacela del amor imprevisto”- Federico García Lorca)

 

Mi hermana Marta está llorando.

Marta llora.

Lo sé porque descuelgo el teléfono y escucho un sollozo ahogado y quebradizo, como de rama partida.

Y nada más.

Sólo ese sonido agónico que se le escapa sin querer.

No le pregunto qué le ocurre porque ya lo sé.

La dejo llorar, dicen que es bueno.

Aunque luego se te queda un agujero profundo en el pecho a través del cual pasa el aire.

Es un vacío que duele.

Quedarse seca duele.

De niña Marta no lloraba nunca, era fuerte, aguantaba la ira a punto de derramarse, los tirones de pelo, las burlas de otros niños sin soltar una sola lágrima y dedicándoles una mirada venenosa.  Más de una vez me defendió a bofetadas en el patio del colegio.  Volvíamos a casa despeinadas y sucias, pero satisfechas.

Lo que es de ley es de ley.

Luego crecimos.

Y no sé por qué, pero todo se puso como del revés, ya no servían los mismo mapas de carreteras, se apagaron las libélulas.

Marta terminó su carrera universitaria con unas notas brillantes, su título preside una pared del salón en casa de nuestros padres.  Un título enorme, con una moldura a mi parecer excesiva, que mi madre limpia y repasa semanalmente.

Tenía planes, quería viajar, compartir despacho…

Pero conoció a Germán y su vida de posibilidades se redujo a una, convertirse en un apéndice suyo, resultarle tan imprescindible como su hígado.

La niña que jamás leía novelas de amor se convirtió en la princesa encerrada en la torre, sufría si no la llamaba y según el tono de voz que él emplease al llamarla, sufría si se retrasaba, si llovía o se cancelaban los planes, si él debía trabajar más horas o quedaba con algún amigo…

Perdió peso.

Le pregunté si merecía la pena esa dependencia.

Me dedicó una mirada fría cargada de desprecio acompañando a lo que podría haber sido media sonrisa :

“Tú que sabrás”

Es cierto.

Nunca he llegado a entenderlo.

En estos diez años Germán se ha ido de casa, ha convivido con otras mujeres, una de ellas tan estable en el tiempo, tan paralela, como mi hermana, pero fue con Marta con quien se casó y es junto a ella donde siempre vuelve, como gato magullado cansado de vagabundear.

Una vez le dije que necesitaba ayuda.

Comíamos el puré con picatostes especialidad de mamá.

En la calle soplaba un viento que tumbaba las ramas de los tilos y arremolinaba miseria en los rincones.

Cuando reina el silencio en casa de mis padres se escuchan demasiados relojes.

Nuestro padre se quedó petrificado, con la cuchara suspendida en el aire, mirándome como si estuviese enajenada.

A mamá le dio por volver a rellenar los vasos de agua.

Marta siguió comiendo despacio, ignorando las palabras que habían explosionado junto a sus cubiertos, dejando daños colaterales inquietos que se movían desazonados en busca de respuesta.

Quise volver a abrir la boca:

“Métete en lo tuyo. Tengamos la fiesta en paz”

La severidad en la voz de nuestro padre dio por terminado aquel asomo de realidad.

Porque aunque sepan leer entre líneas y entiendan el dolor en su justa medida Germán es un tipo encantador que comparte con mi padre su afición por la jardinería y lleva a mi madre de compras sin importarle las retenciones, ni esperar en el coche horas muertas.

Se han acostumbrado a él, a necesitarlo.

Como Marta.

Que un buen día descubrió que podía llamarme y simplemente llorar despacio al otro lado de la línea telefónica, y al día siguiente hacer como si nada, reir descuidadamente, invitarme a comer o a viajar con ellos un fin de semana, jugar a ser feliz, querer su parte.

Sólo descuelgo, atiendo un segundo, agudizo el oído. 

Ella llora.

Hoy es distinto.

La pena se revuelve.

La pena, que al principio era tanta como siempre, gira huracanada y se torna brote, comienzo, vida, voy a ser tía, aunque ella no quería ser madre, compartirlo con nadie, obligarlo a ser, a estar, a no dormir, a ejercer de algo extraño e inconsistente que se hace fuerte con el tiempo, sólo con el tiempo, sólo con el tiempo… el gemido pasa a ser llanto y casi risa, y paréntesis y silencio… no me espera, no quiere que diga nada y tampoco podría hacerlo, me he quedado al mismo tiempo sin ganas ni fuerzas, las dos sabemos que la otra mujer con la que Germán comparte su tiempo también está embarazada, por eso ella, por eso ahora… a través de una maraña de imágenes se abre paso en mi cabeza una Marta pequeña, combativa y segura de sí misma, que canta canciones infantiles y cruza los pasos de cebra pisando sólo las rayas blancas, siento lástima por esa niña, por la que se fue y por la que aún no ha nacido, por los niños que vendrán, presos del pasado de otros…

No queda asomo de llanto en la voz precipitada de Marta, ha vuelto a enfundarse sus capas de piel.  Me pide que la acompañe a elegir una cuna.

“Para un momento Marta, piénsatelo bien…”

Curiosamente mis palabras resultan frágiles, como si fuese yo la que de un momento a otro pudiera romper a llorar.

Mi hermana me interrumpe con firmeza:

“No digas sandeces, está todo más que pensado, te recojo mañana a la salida del trabajo”

Clic.

Nada.  Ni el eco.

Ha colgado.

La vida puede ser caprichosa, congraciarse con quienes lo son.

Siento frío, una soledad inusitada se ovilla en mi regazo.

Las noticias, caprichosas como la vida, hablan del índice de natalidad.

Mi madre me llama emocionada, quiere organizar una fiesta sorpresa para Germán y Marta, debe creer sinceramente que las cosas pueden cambiar a cada momento, que no tienen memoria, que no sirven si no nos consuelan. 

Dice que mi padre tiene el presentimiento de que será niño.

Pienso que las dos mujeres de Germán podrán intercambiarse a sus criaturas si no cumplen sus expectativas, al fin y al cabo serán hermanas, con la misma sangre.

Con la misma sangre.

“Olga hija, parece que no te alegres, qué sosa por Dios, un niño es alegría…”

Están empeñadas en que también me vuelva loca.

“Mamá ¿pero tú te das cuenta de que no es un hijo querido, ni buscado, y que los niños no unen lo que ya está deshecho?”

El suspiro de resignación de mi madre es tan conocido como el amanecer diario.

“Ay, creo que ya sé lo que te pasa, tienes celos ¿no es eso?”

La dejo con la palabra en la boca y lanzo el teléfono sobre el otro sofá.

Mi hermana es una enferma terminal y todo el mundo está encantado.

¿En qué momento dejamos de pisar el freno de la cordura?

Byron se acerca silencioso y frota su cabeza en mis piernas, esta tarde no he podido hacerle mucho caso, ni siquiera le he cambiado el agua, es un buen perro, sabe esperar, y descifrar estados de ánimo. 

Llevaba un lazo verde atado al cuello cuando Marta se lo regaló a Germán, que se quedó pálido, sin saber qué hacer con aquel cachorro de labrador retriever que le lamía las manos. 

Fue la única época en la que Germán sí quería una familia propia, un heredero, y todo lo que se le ocurrió a mi hermana fue regalarle un perro, a ver si así se le pasaba la tontería. 

A los tres meses y ante la alternativa de abandonarlo en la perrera me quedé con Byron.

“Querido mío, la princesa está haciendo de las suyas…”

Se sienta y me mira ladeando la cabeza, como si pudiera comprenderme.

Vuelve a sonar el teléfono y decido no cogerlo.

Sigue sonando, me voy al otro extremo de mi minipiso con paredes de papel.

El diabólico aparato ideado para quebrantar la paz de cualquiera descansa siquiera unos segundos para retomar su timbre con más energía.

Byron ladra.

“Tienes razón, no tengo por qué esconderme, allá dónde lo haga me encontrarán”

Desconozco el número, en la televisión sin sonido están echando una película del Oeste.

Pronuncio un Dígame neutral cuando en realidad estoy harta de que me cuenten, no quiero que nadie me diga nada.

“Soy Germán”

Es Germán.

En todos estos años me ha llamado cuatro o cinco veces por cosas sin importancia, regalos secretos para mi hermana,  interés por algunas direcciones, problemas con el ordenador… no sé si felicitarlo por su próxima paternidad dual, me resulta complicado hacerlo.

Antes de que pueda organizar en mi cabeza un mínimo discurso me pregunta si tengo un minuto, dice algo así como que conmigo se puede hablar, su tono de voz parece ensayado, demasiado formal.  Me voy a la ventana y apoyo la frente sobre el cristal helado, creo que necesito ese contacto para escuchar lo que está a punto de decir.

 

Me marcho, esta vez va en serio, pensarás que tan en serio como siempre, pero ya no aguanto más, Laura está embarazada y quiero la vida que me espera junto a ella y junto a ese niño… la vida que debí escoger desde un principio, pero me equivoqué y nunca es tarde ¿sabes?, nunca es tarde…  ya sé que Marta lo ha revuelto todo con lo de su embarazo, tuvimos una fuerte discusión y me saltó con eso antes de que pudiera darle mis razones para abandonar esta relación que no se sustenta en nada, que no tiene sentido… seguro que me entiendes Olga, la conoces bien… no sé si será cierto lo del embarazo pero tienes que saber que no es hijo mío, juro que hace más de medio año que no la toco, estoy dispuesto a hacerme los análisis necesarios, quería que lo supieras, quería que no manipulase la información, que haya alguien más que me escuche… perdona… al fin y al cabo es tu hermana y yo he metido tanto la pata…

 

Cada vez se le oye más lejos, un pitido agudo anuncia que se me acaba la batería, gracias a la tecnología no va a ser necesario utilizar mi turno de palabra, para qué, mientras escuchaba a este hombre extraño, como renacido, pensaba en las veces que hizo y deshizo la maleta, en sus promesas, en su cara de niño, no sé por qué debo creerle y sin embargo siento que dice la verdad, aunque me gustaría defender a mi hermana por encima de todo, acusarlo de estafador, sacarle los ojos, sé que hay un momento de tu vida en el que apuestas sin nada en los bolsillos, en el que te lo juegas todo por mirar hacia delante. 

Sólo hacia delante.

La Televisión continúa en silencio, en la película hay un vaquero borracho que bebe tequila mientras un grupo de hombres se pelea con botellas y patas de sillas a modo de arma.  Violencia silenciosa.

Comienza a anochecer, en el cristal de la ventana queda la marca de mi frente y mi barbilla, Byron viene trayendo en la boca su correa de paseo.

“Venga, vamos a la calle, que nos de un poco el aire”

A veces imagino que no hay un mañana.

Que todo lo que hemos vivido es nuestro testigo.

Nuestra historia.

Hasta que los que nos recuerden desaparezcan también.

Y entonces nada.

Humo.

Apenas un nombre escrito en alguna parte.

Por qué entonces resulta todo tan complicado, tan absurdamente difícil y zafio.

Byron se encuentra con algunos colegas, la vida de los perros es metódica, sencilla.

En cualquier caso mañana será otro día, un instante que asoma sobre los tejados, una oportunidad.  Trataré de convocar una reunión familiar, la última o la primera, sin máscaras, escudos o telarañas. 

Sin palabras vencidas.  

Un punto de partida.

Debo ser ágil, antes de que los propósitos me muerdan la mano he de explicar que dimito.

No seré nunca más el desván de los cuerpos tristes.

 

"LA GENÉTICA DE LA LLUVIA"

"LA GENÉTICA DE LA LLUVIA"

"Ni tan arrepentido ni encantado

 de haberme conocido, lo confieso"

("Y sin embargo", Joaquín Sabina)

 

La melancolía

viene de serie,

pegada a la piel,

como el mar.

Con algunos versos

tatuados

insdiscutiblemente

en la cintura.

Es una compañera de piso

que a veces duele

porque sabe

elegir las canciones,

descubre el sonido de la lluvia 

en el contestador

y el olor a naftalina

de las viejas promesas.

 

La melancolía

y la fortuna

no son caras

de una misma moneda.

En un suspiro no cabe

una estrella de ocho puntas

ni un

"si tú me dices ven..."

Porque

se amanece a la vida con ojos de bolero.

A una vida

que no camina en círculos concéntricos,

sino

en una sola dirección crepuscular.

 

Crepuscular.

 

Qué maldición esta de nacer

prematuramente viejos.

ISABEL GARCÍA LORCA

ISABEL GARCÍA LORCA

Siempre me debato entre prestar o no mis libros (sobre todo algunos) y siempre acabo haciéndolo para lamentarme después por los que he ido perdiendo en el camino, que han sido unos cuantos, "Recuerdos míos", las memorias de Isabel García Lorca, fue uno de ellos, el rastreo insistente que hice entre mis amigos tratando de averiguar quien lo tenía derivó en que me lo regalasen, así puedo acariciarlo con la mirada cada vez que paso cerca y compruebo que reposa en la estantería, presentado en portada por la foto en blanco y negro de Isabelita, como la llamaban en casa, que nació en Granada en 1909 y falleció en Madrid en 2002, a punto de terminar estas memorias únicas, por ser ella y su familia, y el momento en que se desarrollaron sus vidas, tan especiales.

La casa familiar de la vega granadina, edificio donde se encuentra la sede de la Fundación Federico García Lorca, alberga la herencia donada por Isabel de los muebles originales que la componían en su origen.  Visitarla es conocer a Lorca y a los suyos, y sentirlos cerca.

Las memorias de la pequeña del clan (11 años menor que Federico) recogen su infancia con el lenguaje sencillo y aterciopelado que supone hacer regresar el recuerdo a los lugares que amó, habla de sus hermanos y de quienes les rodeaban, de los usos y costumbres de la época, de la muerte del poeta, del duro exilio... Isabel es la voz de quienes se quedaron sin ella demasiado pronto.

Fue alumna de Jorge Guillén y Pedro Salinas, y tras huir del país se refugió en Bruselas y en Estados Unidos, donde durante años fue profesora en varias de sus universidades.  Regreso en 1951 para crear después la Asociación de mujeres universitarias.  Muerto el dictador le fue restituido su puesto como catedrática de literatura en el Instituto Pardo Bazán de Madrid.  Desde 1984 hasta su fallecimiento fue Presidenta de la Fundación García Lorca.

Las semblanzas imborrables de quienes conoció hacen de su libro una joya de interés cultural e histórico sin precedentes, más que unas memorias suponen un testimonio único de quien tuvo la suerte de vivir rodeada de amor por la cultura.

En una entrevista concedida a la Residencia de Estudiantes de Madrid manifiesta lo siguiente:  He tenido una vida extraordinaria, por eso creo que estoy aguantando tanto. Si es verdad eso que dice Freud, que los diez primeros años son los que te marcan, mis diez primeros fueron tan fabulosos que he llegado a los que tengo ahora gracias a ellos.

Isabel, como no podía ser de otra manera, fue un ser especial que nunca quiso hurgar en el pasado ni ahondar en la herida ("ha marcado mi existencia, pero jamás hablaré") miró hacia delante siempre con coraje y tuvo la generosidad de contárnoslo.