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MARTES DE CENIZA

MIGUEL RÍOS

MIGUEL RÍOS

Aunque los viejos rockeros nunca mueren hoy Miguel Ríos cumple sesenta y ocho años.  En mi casa se crió un primo hermano mío que era fiel seguidor suyo, de ahí que conozca todas sus andanzas.  También tengo un pariente (nonagenario ya) de Granada que estaba hartito de oirlo canturrear cuando era verano y las ventanas se abrían de par en par, y nadie a orillas del Darro se podía imaginar que aquel chaval estudiante en los Salesianos que había ganado algún que otro concurso radiofónico acabaría siendo Mike Ríos.  

Este pariente mío conoció de muy chico a Federico García Lorca, que compartía tertulia con su padre, incluso conservaba como oro en paño su primer librito de poemas, con dedicatoria y todo... pero luego pasó lo que pasó y asustado mi pariente quemó aquel libro entre otras cosas... esa aventura para otro día, hoy la cosa era felicitar a Miguel Ríos, un tipo que nos gustará más o menos pero se ha mantenido fiel a su estilo, a su filosofía durante cincuenta años en este mundo cainita del espectáculo, se dice pronto.

Su primer trabajo remunerado como cantante le supuso un sueldo de 3000 pesetas del año 1962 en Madrid, donde grabó cuatro canciones para la compañía Polygram, después de haber salido de su Granada natal con dieciséis años y permiso materno, puesto que su padre había fallecido poco antes.

En 1969 este gran amante del Rock and Roll graba lo que sería su éxito indiscutible, siete millones de copias vendidas en todo el mundo: "Himno a la alegría", adaptación del último movimiento de la novena sinfonía de Beethoven, dirigida por Waldo de los Ríos.  Mike había dejado paso a la autenticidad y el crecimiento de Miguel, que podía cantar, componer y crear espectáculos con los que se gana a un público fiel que le sigue incondicionalmente.

Comprometido con el entorno que le rodea y con la forma que tiene de ver el mundo edita en 1976 el disco cargado de reivindicaciones ecológicas "La huerta atómica", o un año después "Al-Ándalus", anticipo de la fusión rock-flamenco.

Se atreve con todo, apuesta, innova, y eso le supone a veces perder, y no poco, pero canciones inequívocas en su trayectoria com "Santa Lucía", de Roque Narvaja, o "Extraños en el escaparate" lo conforman como el gran artista que nunca se rinde.

Prueba de ello son sus macroespectáculos, innovadores, con inversiones millonarias, que sólo él era capaz de promover a principios de los ochenta: "Rock and Ríos" (el mayor éxito de su carrera según los expertos) "El Rock de una noche de verano" (donde tuvo a Luz Casal y a Leño como teloneros) "Rock en el ruedo"...

Lo recuerdo a lo largo de mi vida y de la de otros muy cercanos... me acuerdo de aquel programa de TV que él presentaba y con el que ganó un premio Ondas "¡Qué noche la de aquel año", inolvidable la gira "El gusto es nuestro", en el 96, junto a Serrat, Victor Manuel y Ana Belén, esa manera de correr de lado a lado del escenario, de saltar, de pasárselo bien... porque eso es lo que transmite: alguien que cree en lo que hace, lo disfruta y lo transmite.  En 1999 le otorgan la Medalla de Oro al mérito laboral y en 2003 Saramago le entrega el Premio de Honor de la Academia de las Artes y Ciencias de la Música.

Los primeros pantalones vaqueros de rayas se los ví a él.  Mi primo y todos sus fans se los compraron también.  Lo que más me ha gustado de él, siempre, es ese pelo rizado, color azabache, sus cazadoras de cuero negro, y su sonrisa, nada que ver con la de un tipo duro, sino con la de los viejos rockeros, esos que nunca mueren, pese a vivir tantas vidas en una, y con tanta intensidad.

Ha vuelto a vivir en Granada, casi nada... en 2004 para celebrar su 60 aniversario publica 60mp3 dedicado al Blues, disco en el que colabora el guitarrista Jhon Parsons y el poeta Luis García Montero, gran amigo suyo.

En 2010 titula a su gira de despedida "Bye, bye Ríos" y se retira como músico profesional dedicándose a colaboraciones esporádicas y causas benéficas.

Para mí saber retirarse a tiempo es una cuestión de caballeros Don Miguel.

Y ante usted siempre me quitaré el sombrero.  Felicidades.

"AVES MIGRATORIAS"

"AVES MIGRATORIAS"

 

Déjame que me calle con el silencio tuyo”

(Pablo Neruda)

 

Espera hasta la madrugada para deslizarse por la casa con la cautela de un ladrón, se siente como uno de esos duendes de cuento, que cosen zapatos en beneficio de un artesano pobre cuando todo está en silencio y la ciudad en duermevela.

Los objetos cobran una vida extraña, palpitan las zapatillas boca abajo junto al sofá, las letras del periódico abierto sobre la mesa gritan, se enredan unas con otras, hay camisetas arrugadas encima de los radiadores que muestran cierta expresión de cansancio...

La vida de una casa consiste en el idioma de sus objetos, que nos miran, que tienen labios de presente.

Puede que no sea casual llamarse Estrella, y que por eso le guste tanto la noche, salir a vagabundear por el pasillo, asomarse a las ventanas, a los rostros huidizos de la gente que pasa, escuchar los programas radiofónicos con esa sensación de compartir un secreto, de ser un secreto, mientras todos duermen esperando la luz de la mañana como quien espera una bendición.

Echa azúcar en su infusión pensando que hace tan sólo un par de años estuvo a punto de estudiar un máster y marcharse a trabajar a Estados Unidos, más o menos por estas fechas, una proposición casual, un momento adecuado, de repente las decisiones que nos parecen importantes se deshacen como papel quemado, se quedan abandonadas en un rincón sin que nadie escuche sus gritos, atropelladas por la vida cotidiana.

Los niños tienen las sábanas arremolinadas a sus pies, los tapa con cuidado, el mayor se encoge, el pequeño resopla en la litera de abajo como un cachorro tibio y protegido, hace tiempo que no padece esos pánicos nocturnos que lo descomponían en llanto, el sueño debería ser siempre una plácida duna sobre la que acomodarse y descansar.

No ha tenido hijos, y no sabe si la maternidad abarca también este sentimiento constante de miedo, un miedo en voz baja a que les ocurra algo, o a no saber atenderlos bien ... es inevitable sentir esa desazón sobre todo de noche, cuando los arropa y nota sus cuerpos menudos e indefensos enfrentándose a la realidad otorgada.

Sale del cuarto percibiendo cómo su corazón late más deprisa, en el balcón, aunque haga frío y el sillón de mimbre se le clave en las piernas, sabe que la vida es más tangible que el recuerdo.

La ciudad, coronada por miles de luces encendidas, rumorea pasos no apresurados, motores que huyen. Alguien buscará con la misma urgencia, una farmacia y un amor de guardia.

Estrella no quería tener hijos, no quería seguir viviendo con Héctor ni ser una mujer convencional, aunque todavía no tenga muy claro en qué consiste. Pretendía marcar la diferencia respecto al resto de mujeres de su entorno, que habían estudiado, trabajado durante unos años, hasta convertirse en amas de casa profesionales, competitivas y serias.

Vivía con Héctor como podría haberlo hecho con cualquier otro que la hubiese sacado de casa en el momento que ella deseaba, cuando murió su hermana estaba a punto de ponerle las maletas en la puerta. No lo hizo. La muerte de su hermana y su cuñado en accidente de tráfico la noqueó. Después vino cuando se enteró del deseo expresado por escrito y ante notario de que fuese ella quien ejerciera de tutora de los niños. Héctor se prestó a ayudarle, y realmente durante estos dos años su ayuda ha supuesto un alivio impagable.

Piensa en lo diferente que hubiera sido traérselos a casa sola, el ascensor catapultándolos al miedo de no saber por dónde empezar, he comprado unas literas, he sacado mis cosas de ese armario, tengo que hablar con vuestros profesores, saber qué comidas os gustan, aprender a vivir con vosotros, todos juntos, mientras llueve y las tardes de otoño se hacen interminables...

Quizás se hubiera rendido, los habría llevado a casa de sus padres, esos abuelos convertidos en una sombra silenciosa y arrugada desde que murió su hija mayor, no sé que hacer con estos niños, me siento perdida, saturada, Félix no se echa azúcar en la leche, a Miguel le encantan las croquetas, y la carne muy hecha, se duchan solos y toman fruta antes del desayuno... vendré a verlos todas las semanas y por su cumpleaños, como hacía antes, les compraré los regalos que sólo una tía puede y debe hacer...

Pero sus padres ya llevaban a cuestas su propia vida, desencajados y extraños, y no podía lavarse las manos en el delantal de su madre, a la que había oído permanentemente decir lo horrible que debía ser sobrevivir a un hijo, hasta que de tanto repetirlo llegó a comprobarlo en primera persona, un yo de paja, de barro seco, que se bambolea y tiembla, y a duras penas sobrevive.

Aunque de vez en cuando les lleva una tartera de barro envuelta en un paño de cocina, que contiene albóndigas, lasaña, pollo con arroz, esa comida casera de infalible olor que ha subido y bajado de dos autobuses hasta llegar a su estudio de soltera y llamar a la puerta, chicos, es la abuela, y la abuela está muy pálida, con la piel fría, pero se sienta en el borde del sofá y ve un rato los dibujos con el pequeño, o alaba los trabajos escolares del mayor, hasta que un reloj invisible marca la hora de su despedida.

Héctor aseguró que no iba a resultar difícil, los niños tenían ocho y cinco años, estaban bien educados, eran críos cariñosos que no complicarían más la situación ... ella cerró los ojos y quiso creerlo. Y poco a poco el engranaje funcionó sin demasiado esfuerzo, cuando Miguel nombraba a sus padres su hermano le revolvía el pelo y le decía que ya no volverían a verlos, aunque siguieran recordándolos siempre... fue desde que nació un niño maduro y responsable, que lloraba en silencio con la vista perdida a través del cristal de la ventana cuando creía que nadie se fijaba en él.

Formaron un entrañable equipo solitario, los niños huérfanos viviendo con la tía a la que veían ocasionalmente y su estrafalario novio que no come carne y toca el bajo en una orquesta. Supieron, a través de un particular instinto que te permite seguir el camino aún con los ojos cerrados, cómo esperar, cómo ayudar, cómo situarse.

En ocasiones el mundo gira, y los coloca del revés, y la tristeza, el desconocimiento o la impaciencia hacen temblar los cimientos, pero llega el afecto y deshace las cortinas de humo, y amanece de nuevo, siempre amanece de nuevo.

La madrugada de finales de Octubre es fresca, tiene a mano un viejo chal que se coloca sobre los hombros.

Nunca llegó a congeniar con su hermana, esa mujer formal de edad indefinida y carácter lineal. Su hermana leía en las moléculas de polvo o en los posos del café cuando sus padres necesitaban una sopa caliente o un rato de compañía, conocía el momento exacto para cambiar la ropa de los armarios y la cuerda del tendedor, sabía combinar los zapatos con el atuendo, la música del coche con las emociones del día, el maquillaje con las ojeras.

Era justa. Era sabia. Era equilibrada.

Y a ella le aburría enormemente. Porque prefería el caos y no le importaba que goteasen los grifos, porque nunca supo ser puntual, acertar con el corte de pelo o comprar el regalo más adecuado, y su camino estaba lleno de trompicones, llaves perdidas y platos rotos, y aunque no la sermoneara, ni tratara nunca de aconsejarle, su hermana mayor la miraba, la miraba y eso era suficiente.

Se casó con su novio de toda la vida, Ismael, aquel adolescente de exacerbado acné que a Estrella le provocaba risa, porque se sonrojaba con facilidad, y era desgarbado, y vestía ropa demasiado grande, y hablaba de libracos gordísimos con ilustraciones de dragones alados.

De pronto un día cambió, se puso guapo, desaparecieron los granos, el cuerpo y las piernas se proporcionaron, y supo sacarse el mejor partido, porque el segundo Ismael parecía el primo guaperas del primer Ismael, tenía más mundo y sabía como tratarla cuando iba a buscar a Silvia y esperaba a que terminara de arreglarse.

Reconoció adentrarse en terrenos pantanosos, pero no por ello dejó de comparar a sus primeros ligues con Ismael, pidiéndoles inconscientemente que fuesen como él, con sus manos volando al hablar y sus labios perfectos, y se quedó a esperarlo todas las tardes, y trató de llevarse mejor con Silvia, que no soltaba ni una sola confidencia aunque durmiesen juntas y las palabras de Estrella se colaran persuasivas bajo su almohada.

No se liaron entonces, sino cuando a ella ya se le estaba olvidando y la vida continuaba por los límites de su intimidad.

Silvia estaba embarazada de Félix, una gestación complicada que la mantuvo hospitalizada en varias ocasiones, y entonces se vieron solos frente a frente, mucho más solos que cuando Ismael esperaba a su novia en el salón de la casa familiar, y sus padres miraban la televisión mientras ellos jugaban a seducirse sin importancia.

No miró atrás. Al menos ella no miró atrás. Eran adultos. Adultos que toman decisiones. Ocuparon habitaciones neutras, nada de domicilios conocidos, con fotos y el olor a suavizante de las sábanas, nada parecido a secuestrar la fe de nadie.

Félix nació prematuramente y a ella le pareció un niño viejo, un ser extraño que venía a meterse en medio de todo y a exigir su importancia.

Aunque Ismael trataba de evitar su mirada en las reuniones familiares siguieron acostándose hasta que el niño comenzó a caminar.

Una tarde, en un parque, mientras les daban de comer a las palomas Silvia la que nunca lloraba rompió a llorar, y Silvia la que nunca confesaba manifestó su sospecha, está con otra, Ismael tiene una amante, estoy segura... ella sintió que su pulso se aceleraba, y que el niño la miraba como si lo supiera todo, el parque en calma se había disecado y de repente una intensa y repentina vergüenza la invadió entera, trató de calmar a su hermana mientras se juraba alejarse de él para siempre, por eso se agarró a Héctor pocos meses después, como quien se sujeta a un tronco cuando es arrastrado por la corriente, hizo caso omiso de todas las llamadas de emergencia, de todas las promesas, y el tiempo transcurrió inteligente y austero una vez más.

Silvia no volvió a entrar en el terreno de las confesiones, se quedó en su sitio, en su cocina, en su gimnasia, en su cafetería de siempre y en los horarios de sus hijos como la modelo de una portada de Vogue, aún así Estrella, después de sus idas y venidas por carreteras inmundas para ver tocar a Héctor y de sus trabajos eventuales supo descifrar la crisis en las manos crispadas de su hermana, que volvían a fumar, esporádicamente y a escondidas. Trató de sonsacarle, pero la Silvia de granito fue tajante: “No hay de qué preocuparse, yo sé como solucionarlo”.

Y se quedó embarazada de Miguel, y esta vez no se encontró mal durante los nueve meses, viajó, pareció ampliar su círculo social, quiso renovarse. Apuntaba maneras. Con Ismael funcionó el factor sorpresa, se reconquistaron, o inventaron algo nuevo, una casa soleada, con las ventanas abiertas de par en par a la que llegó Miguel, sonrosado y hambriento. En las fotos familiares de aquella época parecen otros. Y quizás lo fueron. Trasladaron a Ismael a otra ciudad cercana, no más de cincuenta kilómetros, pero la distancia influyó en querer distanciarse, y los hechos parecieron espejismos, y las personas imaginadas, y las palabras aves migratorias.

Se reunían por Navidad y en los cumpleaños, los niños crecieron construyendo sus tejados, mirando con ojos de vida propia, y un atardecer, mientras Héctor se duchaba y ella preparaba una ensalada llamaron al timbre insistentemente.

En el mismo quicio de la puerta Silvia anunció que iba a dejar a su marido porque ya no podía quererlo más, ya no le quedaba más amor, pasa y siéntate dijo Estrella, pero sonó un claxon, es Ismael, hemos venido a hacer unas gestiones, los niños se han quedado con unos amigos, se lo voy a decir ahora, en el viaje de vuelta, pero quería contártelo antes, no sé si para oírmelo a mí misma o para darme ánimos ... además he conocido a una persona extraordinaria, tú me entenderás, seguro que tú me entenderás... volvió a sonar el claxon y Silvia le dio un beso apresurado en la mejilla. Escuchó sus tacones bajando las escaleras, después nada, algo que sucede inapelable y brusco, determinante.

Habían dejado testamento, y a los pocos días de nacer Miguel constataron ante notario su deseo de que fuese ella quien se quedase con los niños en caso de fallecer ambos progenitores.

Cómo podía imaginarlo.

Se sintió pequeña y débil.

Creyó que era una responsabilidad inmerecida, pasó varias noches sin dormir imaginando un primer acuerdo verbal entre Ismael y Silvia, los dos de mutuo acuerdo, los dos firmando por lo que pudiera pasar pero sin pensar que pudiera pasarles, al menos no tan pronto...

Su padre, ese hombre hostil y silencioso, en apariencia sólo preocupado por la trayectoria de su equipo de fútbol, la miró de una forma que nunca olvidará: “Al fin y al cabo se lo debes”, dijo cuando nadie más pudo oírlo.

Las dos familias se mostraron conformes, ante una última voluntad así muy pocos se rebelan.

Llegaron los niños con un hámster y una tortuga escapista que desaparece durante todo el invierno. Al principio recibían a diario llamadas de familiares, regalos, detalles, helados... después hasta la pena se enfría y de vez en cuando se convierte en una cometa roja que pasa volando frente a la ventana.

Cuando Héctor está en casa se dedica a ellos, les hace trampas al parchís, van en bicicleta.

Puede aprender a quererlo, no vale sólo con admirarlo y sentirse agradecida, todavía puede aprender a quererlo.

Está amaneciendo, al levantarse nota que se le han entumecido las piernas, debería acostarse un par de horas, Félix tiene examen de inglés y repasarán el tema mientras desayunan.

La casa permanece en silencio. Hasta los objetos duermen, agotados por el presente que los habita.

Le seduce la noche porque los secretos cobran vigencia sentados en torno a una mesa camilla, son alfombras persas, sombras detrás de la puerta, la parte de nosotros mismos que nos hace libres, miserables o humanos.

Antes de acostarse arropa de nuevo a los herederos.

Ellos tendrán que fabricar sus propios secretos, porque estos no se prestan, ni pueden ser ajenos.

Además Estrella se tragó la llave de plata.

Se tragó el pasado.

"PERROS QUE LADRAN EN EL SÓTANO"

"PERROS QUE LADRAN EN EL SÓTANO"

A Olga Merino (Barcelona,1965) no se le nota (tanto) lo periodista que es.  Hasta que no he dado con esta su última novela no había leído nada suyo.  Ahora tengo pendiente: Espuelas de papel (2004) y Cenizas Rojas (1999), que seguramente me convencerán tanto como Perros que ladran en el sótano (Alfaguara, 2012).  Decía que no se percibía claramente su profesión en esta novela, porque describe con pulcritud, detalle y maestría, pero dentro de un contexto de narración envolvente que se aleja de la crónica periodística.

Perfectamente estructurada de principio a fin, entre un pasado y un presente condenados a entenderse, esta novela va de la época del protectorado en Marruecos a los últimos años de la dictadura franquista, y se caracteriza por el rasgo principal que para mí define a una gran obra: imposible enjuiciar a los personajes tal y como están construídos, hay que dejarse llevar por un argumento que no cojea, al que no le falta una coma, y que sólo puede conducirte a la comprensión y el respeto.

Porque aunque lo parezca no es una historia sobre perdedores, sino sobre honestidad, fugas imposibles, cadenas perpetuas que te buscan por mucho y muy deprisa que huyas, y siempre terminan por encontrarte... y ante eso bajar los brazos no está mal, se sacude el rencor, se muestran las cartas y sólo queda continuar bajo los aleros que gotean.

Ingredientes como la vida de farándula en pueblos a los que sólo conducen carreteras secundarias, las noches suburbiales de la Barcelona de los 70, amores convulsos, pérdidas irrecuperables, lo que pudo haber sido y no fue, las cartas (indispensables en cualquier argumento que se precie), el dolor y la derrota, sumados al olor, el sabor y los colores de los lugares y las épocas que describe hacen que Perros que ladran en el sótano roce la maestría.

El contexto socio-político en el que nos desenvolvemos es tan determinante como el país en el que nacemos o el seno familiar en el que germinamos... juntos pueden provocar daños irreparables... o no.

Al fin y al cabo la supervivencia (casi) siempre está garantizada, y se trata de poco más.  Seguir adelante, a pesar de los anclajes.  Con ellos.

 

ACTO DE FE

ACTO DE FE

La poesía es libertad, refugio y futuro.  Memoria.

Una verdad tan grande como estar vivos.

Hay que celebrar su necesidad y su compromiso, por eso os dejo hoy aquí, como un acto de fe y como regalo, esta Gacela del amor imprevisto de Federico.(Lástima no poder irla leyendo por las calles de Granada)

Nadie comprendía el perfume 
de la oscura magnolia de tu vientre. 
Nadie sabía que martirizabas 
un colibrí de amor entre los dientes. 

Mil caballitos persas se dormían 
en la plaza con luna de tu frente, 
mientras que yo enlazaba cuatro noches 
tu cintura, enemiga de la nieve. 

Entre yeso y jazmines, tu mirada 
era un pálido ramo de simientes. 
Yo busqué, para darte, por mi pecho 
las letras de marfil que dicen siempre. 

Siempre, siempre: jardín de mi agonía, 
tu cuerpo fugitivo para siempre, 
la sangre de tus venas en mi boca, 
tu boca ya sin luz para mi muerte.

"BAILES DE SALÓN"

"BAILES DE SALÓN"

 

El tango no tenía razón.

 

Veinte años son suficientes para olvidar.

El recuerdo y su necesidad se enmarañan en una nebulosa

de jirones rotos,

mezclas imposibles,

confusas,

que convierten viejas realidades

en boleros,

lo que fue

y lo que quisimos que fuera.

 

Tengo constancia de haberte amado

con la intensidad de un diluvio

y una noche interminable.

 

Pero ya no me importa.

 

Me duele el tiempo que me falta.

 

La melancolía dejó de ser

una princesa descalza con la melena al viento,

pereció de romanticismo.

 

Disculpa símbolo

si ya no te necesito,

cumplí años,

ya sabes,

he de tener los pies calientes

y el corazón apacible

de una vieja comadre.

 

Necesito llevarme bien conmigo misma,

el viaje no es fácil y estamos solas.

 

Puede

que un día no muy lejano

ni siquiera recuerde tu nombre,

la sombra azulada del viento

en tu mirada.

 

Ocurrirá lo mismo

pero a la inversa.

Sucederá lo inevitable.

 

Que cómo yo te habré recordado,

hasta el final,

ya sin dolor,

ni siquiera con pena

o restos de la marea mística

con la que amamos...

 

Nadie lo hará.

 

"LA NEVADA DEL CUCO"

"LA NEVADA DEL CUCO"

Comprar con prisas es fatal.  Si además hablamos de libros, peor que peor, porque hay que invertir un tiempo en revisarlos con cuidado, en encontrar en ellos la frase precisa y el aroma infalible.  Conociendo bien la teoría salí de la librería tan precipitadamente como entré, con mi encargo y con el convencimiento de llevarme además un tesoro que había encontrado de pasada: "La nevada del cuco", de Blanca "Tusquets". El ritmo de aquella tarde se encargó del resto, creí que se trataba de una hija de Esther Tusquets (para mí escritora excepcional donde las haya) y me monté la película necesaria para autoconvencerme de la casta magistral que impregnaría las páginas de la novela.

Cuando llegué al trabajo y pude echar de nuevo un vistazo a la compra descubrí que había cambiado la B por la T.  Que la escritora era Blanca Busquets.  Catalana, sí, de la Barcelona de 1961, escritora y periodista, nada que ver con la saga de la otra autora-editora.  Como el que no se consuela es porque no quiere, pensé que al menos era Piscis, como yo, y que había que darle una oportunidad porque el libro destilaba buena pinta, ya sabéis, buena encuadernación, frases sugerentes, eso que tiene que ver con el pálpito del lector empedernido.

Y resultó que las prisas se convirtieron en un golpe de buena suerte.  De muy buena suerte.  "La nevada del cuco" es una novela, sin pretender ser fácilmente breve o asequiblemente cursi, preciosa.  Un deleite.  Un homenaje a las mujeres que escribieron y a las que escriben, porque lo necesitan y porque pueden.  Contiene la dosis exacta de dulzura,contiene el mar y la montaña, las coordenadas de lo grande y lo pequeño, desarrolla el argumento con un cuidado exquisito, sin olvidar ni un detalle dentro de las historias que en paralelo se cuentan.  Todo está imbricado, todo influye, venimos de dónde venimos por algo, y lo mejor que puede ocurrir es comprender que somos cíclicos, sociales, y protagonistas de un tiempo que no elegimos, pero que determina cómo somos.  Cerrar etapas no es tarea fácil, colocar en su sitio los puntos finales, hacernos valer.

Si habéis escrito a escondidas o tenéis la necesidad prioritaria de leer o escribir entenderéis a Tónia y a Lali.  Si creéis en la memoria colectiva, y en la historia, disfrutaréis con esta novela especial, delicada, como de porcelana y al mismo tiempo valiente, sobria, sin estrecheces.

Algo diferente, que merece la pena encontrar, con prisas o sin ellas y que consigue la magia de podernos identificar con mujeres de otros siglos que en un momento determinado, pensaron y amaron como nosotras.

"DE ACERO"

"DE ACERO"

Que el primer libro de una autora venda medio millón de ejemplares no es simplemente marketing, acierto o llegar en el momento oportuno.  Que también.  Ha de ser algo más cuando se traduce en trece países y próximamente será llevado al cine.  Debe tener un ritmo ágil, que te entren ganas de seguir la historia en cualquier intervalo de tu tiempo, en el autobús aunque te marees, y en esos minutos que se despistan antes de salir a trabajar o esperando a alguien.  Debe resultar creíble, que podamos poner cara a cualquiera de sus personajes, llevárnoslo a casa y que pase desapercibido en la cotidianidad del barrio, de la familia o entre los amigos, que pueda ser alguien a quien conocimos.  Debe guardar un secreto, aunque sea a voces, contener poesía en su justa medida, pese a no tener nada de poético ni pretenderlo, conducir el mensaje a su punto exacto, sorprender, nunca dejar indiferente, tocar resortes olvidados, cambiar los muebles de sitio para otorgarnos otra perspectiva de la sala, parecer nuevo, único, generar opinión, describir a los personajes como si pudiéramos tocarlos...

Todo eso y mucho más lo engloba Silvia Avallone (Biella, Italia, 1984) en "De acero", Editorial Alfaguara, 2010.  "La voluntad de creer en algo en lo que no puede creerse", con esta frase podría resumirse el argumento entero, ese que se desarrolla en unos suburbios italianos (que podrían ser los de cualquier país europeo), habitados por gente desahuciada, desesperada, reconstruída, rabiosamente triste, rabiosamente joven, cíclica y apasionada.  Una historia tan dura como real, con detalles, a mi parecer, escabrosos en exceso, pero posiblemente necesarios y eficaces en la trama.  Que una mujer de veintiocho años escriba una primera novela como esta me hace sospechar que tiene mucho de biografía más o menos novelada, mucho de vivir para contarlo a mi manera.  

Y es una manera impecable, sobre todo en lo descriptivo, en el marco de sonidos, luces y ambientes en el que transcurre la vida de esos personajes que al fin y al cabo sólo buscan algo de afecto para seguir tirando.  Algunos lo encuentran.  Otros lo confunden.  Hay quien ni se da cuenta de que lo tiene.

La define también como una buena novela el hecho de que los personajes secundarios estén a la altura de los principales con una autoridad indiscutible, llenos de matices, de luces y sombras, condicionados, invisibles y auténticos.

Una colmena de casas, un verano implacable, el tiempo que cambia las cosas de un dia para otro e inmoviliza las que debería cambiar, las rutinas que no se eligen, el trabajo en una fábrica de acero como máxima aspiración, la isla de Elba, el descubrir que los sueños se van acumulando en vertederos y pese a todo hay que seguir soñando...  y la relación de dos amigas adolescentes como eje vertebrador.

Sencilla en la manera de narrar Avallone coloca sobre la mesa y ante la retina un argumento de vidas entretejidas descarnado, categórico, que duele, pero que sobre todo, está vivo y tiene mucho que contar.

Difícil tarea la de mejorar su ópera prima... herramientas no le faltan.

EL INVIERNO EN LISBOA

EL INVIERNO EN LISBOA

Pocas cosas ocurren exactamente como las imaginas. Pocos lugares se corresponden con los que soñamos. Quizás porque una cuesta poblada de libreros tiene poca trama interpretativa, o porque gente bien querida me había hablado de ella, el caso es que la Cuesta de Moyano no me defraudó, era tal y como la esperaba, con el punto exacto de luz. Y a las yemas de los dedos afloraron esa ganas de buscar y seguir rebuscando entre los títulos, convencida de encontrar más de un tesoro de los que te llaman, te buscan y te encuentran a tí. Por eso una de mis asignaturas pendientes no tardó demasiado en aparecer. Creo que hay que leer más de una obra por autor para averiguar si te engancha o no. Sólo una de sus historias es jugársela demasiado, puede depender de tantas cosas que no es justo condenarlo al ostracismo por la primera experiencia... o sí... existen primeras experiencias (véase literarias) que lo que menos invitan es a reincidir. El caso es que a mí Beltenebros (1989) no me gustó, ni el libro ni la película dirigida por Pilar Miró, nunca he sido muy aficionada al cine negro ni a los espías, ni a los polis corruptos y las rubias desencantadas en moteles de carretera. Muñoz Molina (Úbeda, Jaen, 1956) se me quedó en el imaginario como ese director del Instituto Cervantes en Nueva York, casado con Elvira Lindo (Cádiz, 1962) y Premio Planeta por El Jinete Polaco. Un autor de los que hay que leer, pero que inevitablemente relegas.

Hasta que el sol de Enero en la Cuesta Moyano y un montón de libros apilados me buscaron, y en la contraportada de uno hay escrito un número de teléfono al que nunca llamaré, es de un verde desgastado, editorial RBA y se titula "El Invierno en Lisboa".

Traté de hacer bien los deberes y la novela me conquistó desde el primer momento. Sonaba a lo que quiere sonar. A música de Jazz. Hasta puedo oler el humo de los cigarrillos de los clubes nocturnos que tan bien describe. Y sí, hay mucha noche, mucha extorsión, mucho amor canalla, amores inquebrantables a la par que imposibles y únicos. Alcohol, amistad, incondicionalidad, recuerdos, hostales inmundos, persecuciones, muerte y vida o muerte en vida, el ayer y el hoy como sinónimos, como enemigos que tratan de huir el uno del otro sin conseguirlo. Pura novela negra, sí, pero magistral, desgarradora y poética.

"Nunca dejaba de buscarla y casi nunca pensaba en ella. Del mismo modo que a Lisboa la niebla y las aguas del Tajo la aislaban del mundo, convirtiéndola no en un lugar, sino en un paisaje del tiempo, él percibía por primera vez en su vida la absoluta insularidad de sus actos: se iba volviendo tan ajeno a su propio pasado y a su porvenir como a los objetos que lo rodeaban de noche en la habitación del hotel. Tal vez fue en Lisboa donde conoció esa temeraria y hermética felicidad que yo descubrí en él la primera noche que lo ví tocar en el Metropolitano. Recuerdo algo que me dijo una vez: que Lisboa era la patria de su alma, la única patria posible de quienes nacen extranjeros." (Pag. 123 "El invierno en Lisboa")

Premio Nacional de la Crítica y Premio de Narrativa en 1988 esta novela llega, como tantas otras cosas pendientes, tarde a mi vida, pero no por ello menos deslumbrante. Es estremecedor el transcurso del tiempo en ella, el compás de los perdedores, personajes absolutamente vulnerables, solos, y bellos.

En este caso más vale tarde que nunca. No he de ver la película que Jose Antonio Zorrilla dirigió en 1990, pese a estar protagonizada entre otros, por Eusebio Poncela. No por nada, sólo, si me permiten, por mantener la magia.