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MARTES DE CENIZA

RELATO CORTO DE VERDAD

RELATO CORTO DE VERDAD

El relato breve le está tan vedado a mi capacidad escritora como la novela.

Me encantaría escribir cualquiera de las dos cosas, mirarlas desde lejos con orgullo y sacarles brillo con el antebrazo, pero lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

Cuando me pongo a escribir me enredo en detalles, consigo, eso sí, no me quejo, contar las cosas como me gustaría que me las contasen a mí, y llega un momento del proceso en el que me entra pánico a resultar tediosa, y entonces me apresuro por terminar, y claro, "ni chicha ni limoná", muchas veces algo parecido a lo que podría haber sido y no fue.

No quiero parecer lastimera, simplemente me gustaría ceder espacio a las escritoras y escritores que entienden de justas medidas y golpes de efecto, cuentistas casi perfectos, como Carlos Castán (Barcelona, 1960) profesor de instituto en Zaragoza, grande como pocos en el arte de narrar en un tiempo record lo que a otros nos perdería en el inframundo literario de las divagaciones.

Os lo prescribo.

 

"Los hados propicios"

 

La mañana era sucia y medio lluviosa. Ahora daba vueltas a su café sobre el mostrador de zinc de un bar perdido en cualquier calle. La noche había sido sudorosa y larga, llena de sueños trabados y vueltas en la cama, y otra vez se le había metido dentro esa bruma amarga que le impedía pensar con claridad y lo convertía a sus propios ojos en la figura solitaria de una gris acuarela. La tristeza se le atrincheraba dentro y le faltan las fuerzas para hacer frente a los días, vencido prematuro, propenso a morir.

A través de las cristaleras vio de repente a una mujer joven y bellísima. Debía de estar embarazada de seis o siete meses y su mirada estaba hecha de luz. Pensó por un instante que todo valdría la pena si la tuviese a su lado, envidió con todas sus fuerzas al padre de aquella criatura que crecía en su vientre, bajo el vestido azul.
La muchacha parecía caminar en busca de algo. Cuando lo vio en el interior del bar se acercó hasta él, que, sentado en lo alto del taburete, sintió un temblor en su corazón. "Otra vez lo has hecho, cariño, no te tomas las pastillas que te dio el doctor para la amnesia, te largas por ahí sin dejar aviso, un día de estos te perderé".

Carlos Castán (del libro Sólo de lo perdido)

"REINA DE MARFIL"

"REINA DE MARFIL"

”Nadie sabía que martirizabas

un colibrí de amor entre los dientes”

(“Gacela del amor imprevisto”- Federico García Lorca) 

 

El día de mi boda Isa vino a verme a la salida de la iglesia.

Desconozco como supo que me casaba, habíamos perdido el contacto tres años atrás, cuando nuestra relación se había convertido en uno de esos cuentagotas de los que ya no cae nada por mucho que los exprimas.

Noté que me ruborizaba al recordar mi repetido alegato contra el matrimonio, todas las veces que habíamos discutido sobre el sagrado vinculo, ella enalteciéndolo, idolatrando una imagen de princesas Disney con velos y palomas y niños uniformados portando la cola del vestido, y yo todo lo contrario, con mi discurso del amor libre sin ataduras ni protocolos.

Miré en su dirección queriendo dedicarle un gesto de complicidad, pero ya no estaba.

Se había esfumado detrás de la marabunta de besos, arroz y confetti.

A la vuelta de mi viaje de novios quise llamarla, agradecerle el detalle, invitarla a un café y enseñarle las fotos, creer que las amistades pasan por temporadas … pero no hallé el momento ni la forma de conducirme con naturalidad.

Después jugar a las casitas te quita mucho tiempo, construir un hogar no es fácil, conoces al otro como si lo vieras por primera vez, y puede haber tanta miseria, tanta paz o tanta rutina en un cepillo de dientes que todo se hace minúsculo o muy grande, sin intermedios.

Enseguida llegó Nora, y con ella mi año sabático, la profesionalización como madre que con una sola mirada comprende si su criatura tiene fiebre, si necesita una crema especial o un abrazo único.  Llegué a sentir que respiraba por la dos, que sólo con mis pulmones bastaba.

 El primer día que fue a la guardería es de los que más recuerdo haber llorado, pegada a un árbol, como si me hubiesen desposeído brutalmente de algo esencial.

“Los hijos no son propiedad privada mamá” me ha repetido alguna vez con los años, pero nunca he logrado entenderla.

Una noche vomitó tanto que a punto estuvo de deshidratarse, la llevamos a urgencias y en la sala de espera, sentada en un rincón, casi escondida, con un bebé de meses entre los brazos me encontré a Isa.

Rápidamente me senté a su lado mientras Adolfo entraba con la niña al baño.

No me recibió con ternura.

Enseguida percibí que le molestaba, su mirada huía y su aspecto, bien por la hora o por su reciente maternidad, resultaba descuidado.

Antes de que la megafonía pronunciase el nombre de su bebé, un chico creo recordar, pude decirle que la había visto en mi boda y que cuando quise darme cuenta había desaparecido.  Se levantó como impulsada por un resorte y me miró de una forma desahuciada y triste: “Te equivocas, no era yo”.

Pero tengo claro que lo era.

Su melena pelirroja cubriéndole los hombros, las manos en los bolsillos de uno de esos vaqueros en los que siempre se pisaba los bajos, la carita pecosa, la expresión atrevida.

Sentí su presencia al otro lado de la calle estrecha, al fondo de los trajes de gala y del carruaje de época –a quien se le ocurre ir tirada por caballos con lo poco que me gustan los animales-, por encima del bullicio propio de la celebración, la ví con claridad meridiana.

Aún sin querer reconocerlo ya supe entonces que le debía algo.

Tiempo.  Los años que nos habíamos tenido la una a la otra como la luz de un faro en medio de la tempestad.  Ese tiempo en el que resulta fundamental contar con alguien que no necesita explicaciones.  Que va a estar ahí.  Siempre.  Aunque a veces siempre tenga fecha de caducidad.

Vinimos a estudiar peluquería y estética, éramos de pueblos cercanos, prácticamente dos desconocidas, pero nuestros padres tenían más trato y nos plantearon la posibilidad de vivir juntas, compartiendo alquiler con Marcela, otra paisana que ya llevaba dos cursos en la ciudad.  Queríamos salir de allí como fuera, así que dijimos a todo que sí, nos miramos la una a la otra calculando la tabla de salvación que podíamos construir entre las dos.  Y emprendimos la marcha.  El viaje se nos hizo muy corto, nos atropellábamos al hablar, estábamos nerviosas, desorientadas.  El taxista que nos llevó desde la estación al piso de Marcela nos dijo que no era un barrio recomendable para dos chiquillas.  No se lo tuvimos en cuenta, ocupadas como estábamos en grabar en nuestra retina las calles, la gente, el ruido de la vida.  La máxima en casa de Marcela fue: “Aquí ver, oir, y sobre todo callar”.  Habíamos estado antes con nuestros padres, que habían hecho el esfuerzo de amueblar la que iba a ser nuestra habitación con dos camitas, un armario y una mesa de estudio con una pequeña lámpara, pero cuando llegamos, sólo quedaban los colchones en el puro suelo. 

“Silencio, si no decís nada esta mes no os cobro el alquiler”

Y decidimos callar, subirrnos en aquella montaña rusa que ya había comenzado su viaje.

La Marcela que en el pueblo acompañaba a su madre a misa, cuidaba de sus hermanos pequeños y casi siempre llevaba el pelo recogido, en la ciudad estaba poseída por el espíritu de una muchacha que dormía de día y vivía de noche, que no pisaba las clases y que se sacaba sus buenas perras cantando en clubs nocturnos ligera de ropa.

Traía al piso unas compañías que nos hacían dormir con el cerrojo de nuestra habitación bien echado, y el frio y el miedo metidos en el cuerpo.

A los seis meses de instalarnos, asistiendo a clase por la tarde y tratando de trabajar en lo que salía por la mañana, decidimos arriesgarnos y alquilar una buhardilla por nuestra cuenta, resultaba mucho más barata de lo que estábamos pagando, y nuestras familias no nos hicieron demasiadas preguntas, probablemente, como decía Marcela, preferían no saber.

Así nos fuimos conociendo, cobijadas junto a las velas que empleábamos para no gastar demasiada luz, preparándonos bocadillos de mortadela y de sardinas en aceite, pateando las calles para encontrar trabajo, material de estudio, una falda barata. 

Cuando una sabe qué resortes emplear la vida se simplifica.

Fue así como me enteré que el padre de Isa no era su padre biológico, que a este nunca lo había conocido ni su madre quiso contarle jamás que fue de él, lo único que le repetía era lo agradecidas que debían estar a la nueva figura paterna, porque se hizo cargo de una madre soltera, y de una niña de un par de años a la que miró siempre de un modo extraño, sorprendido espiándola cuando fue creciendo y se duchaba o cambiaba de ropa.  Nunca quiso contárselo a su madre “¿Para qué?, no me hubiese creído”, estaba ciega con él, con darle los hijos que se quedaron en un par de abortos y después nada, esta maldita cría que me esquiva y no quiere nada conmigo, después de lo que yo he hecho por ella, mascullaba en la cena, calentado por los chatos de vino.

 “Afortunadamente fue un cobarde que no se atrevió a nada más -me dijo Isa una vez, la mirada al frente, un frío de Enero en los perfiles, la calle ancha y desnuda- porque si no tendría que haberle matado con mis propias manos”

Y supe que decía la verdad.

A mí me engancharon la peluquería y la estética, supe sacarles partido, me proporcionaron trabajo estable.  A Isa le hubiera dado igual estudiar solfeo o veterinaria, por eso lo dejó dos años después, cuando encontró trabajo en la fábrica de juguetes y decidió romper definitivamente el contacto con su familia.

Yo admiraba su capacidad de adaptación, su metamorfosis. 

Echaba de menos a los míos, esos hermanos en los que apenas reparaba cuando estaba en casa, pero de los que recordaba hasta la costumbre más nimia, los guisos de mi madre, el sonido de los pasos de mi padre subiendo las escaleras cuando volvía del campo... tampoco éramos una piña, pero habíamos tejido un lugar común al que me apetecía volver de vez en cuando.

Cambiamos la buhardilla, húmeda y triste, por un pequeño piso más céntrico y con lujos como ascensor o calefacción, decidimos alquilar una habitación y así fue como conocimos a Vera.

Jugaba en otra liga, iba a la Universidad, no necesitaba trabajar, pintaba al óleo y comenzaba a ser conocida en el mundillo artístico.  Tenía piel de jade y la ropa que nosotras no nos podíamos permitir, pero que nos dejaba utilizar a nuestro antojo, porque era generosa, divertida, extravagante y organizaba unas fiestas estupendas a las que siempre estábamos invitadas.

En una de esas fiestas Isa tuvo la mala suerte de conocer a Fabio.

Hay hombres que deberían sonar como una alarma de incendios cuando pisan el umbral de tu vida.

Era, sencillamente, un tipo encantador, guapo, con sonrisa ensayada y actitud de quien se siente desencantado, herido, a vuelta de todo.  El mundo entero le cabía en los bolsillos.

Fascinó a Isa como solía fascinar a cualquiera, al menos al principio.

“Es un cielo-dijo Vera al presentárnoslo- pero cuidadito con él, que guarda veneno”

Se encaprichó al instante de Isa, de sus reticencias y su mirada huidiza, de su forma inconsciente de colocarse al margen.  Fue a buscarla un par de veces a la salida del trabajo con su moto de gran cilindrada, la llevó a conocer el mar desde un acantilado, le habló de poetas, cantantes y películas que Isa no conocía, pero de los que quiso saber ansiosamente. 

Pensó que podía ser posible.  Por qué no.  Por qué no ella.

Una noche en la que Fabio no pudo quedar a causa de uno de sus muchos compromisos sociales, estuvimos largo rato hablando de su relación en el velador de un parque, nunca antes había descubierto una Isa tan ilusionada y vulnerable, tan entregada.

Volvimos a casa sin prisa, la luz de la habitación de Vera estaba encendida, nos dio risa ver su ropa y la de su última conquista desperdigadas por el salón, marcando el camino hacia la cama como las migas de pan del cuento.

Cruzábamos el pasillo cuando Isa se detuvo y junto a la puerta de Vera cogió una camisa del suelo y la olió. Los ojos se le salían de las órbitas, tuvo que apoyarse en la pared.  Yo comenzaba a comprender lo que estaba ocurriendo cuando Isa abrió la puerta como un vendaval y sorprendió en la cama, enmarañados y perplejos, rodeados de velas de colores y de incienso, a nuestra compañera de piso y a Fabio, que lejos de sentirse avergonzado le gritó que se marchase inmediatamente, quién te crees que eres, ridícula, más que ridícula... 

Ocurrió todo tan deprisa, de un modo tan frenético, que no pude evitar que Isa saliese de casa, traté de buscarla sin éxito, y regresé a un piso en el que no quedaba nadie, sólo el presente oliendo a cera derretida.

Me quedé dormida en el sofá, tenía frío, cuando me despertó la voz de Isa ya estaba amaneciendo: “Venga, vete a la cama, mañana hablamos”

Parecía mucho más tranquila.

Esa noche ardió el local en el que Vera guardaba sus cuadros. 

Me enteré por ella, que vino a recoger sus cosas, sin dejar de llorar: “Como haya sido tu amiga te juro que la hundo...”

Pero nunca pudo demostrarlo, ni ella ni nadie.

Isa no quiso volver a tratar el tema, tiró a la basura los restos de otras presencias que no fueran las nuestras, y continuó con su vida como si no hubiese ocurrido nada, a pesar de la dureza en sus ojos, que a veces se quedaban perdidos, siguiendo la estela de algún recuerdo.

Bebía a escondidas y solía encontrármela acurrucada junto al sofá o detrás de alguna puerta, lamentándose por no ser capaz de encontrar la vida sencilla que buscaba, una vida bonita, de esas que casi parecen sonar, con alguien que la quisiera mucho mucho, y poder ir con él de la mano, a ver el hielo en los lagos del invierno, la primavera en las grullas, el implacable sol del verano en su cintura…

A duras penas podía llevarla hasta la cama, donde se quedaba dormida enseguida, con el rostro surcado de lágrimas y el cuerpo encogido, delgado y exhausto, despojo de la batalla.

A pesar de todo seguía yendo a trabajar con estricta formalidad, borraba como podía la huella de sus miserias y salía a la calle dispuesta a enfrentarse a la tarea como nadie más. 

Engranó varias relaciones nefastas, tipos que no supieron quererla, o que lo intentaron, pero ella no se lo permitió. 

Recuerdo especialmente a uno, Tim, que me enseñó a jugar al ajedrez y al póker durante interminables noches de espera, aguardándola como un cachorro que anhela una caricia, un hombre propicio para los planes idílicos de Isa, para su teoría, no para el conflicto que parecía alimentarla.

Tuve que ser yo quien le dijera que no tenía nada que hacer, que no alargase la agonía y se marchara.  Me miró con tristeza y dulzura infinitas, dejó una reina blanca sobre la mesa de la cocina y nunca más lo he vuelto a ver.

Los vecinos comenzaron a quejarse de las trifulcas que Isa y sus parejas liaban cualquier noche, yo procuraba no estar, no tenía especialmente un grupo de referencia, pero nunca me faltó donde meterme, era la época en la que Adolfo y yo comenzábamos a tontear, así que durante un tiempo me desentendí de los problemas de Isa.

Hasta que una madrugada de sábado subí las escaleras con los zapatos en la mano, como solía hacer cuando regresaba con los pies deshechos, y al dar la luz del rellano me asustó una sombra cabizbaja sentada junto al portal. 

Era Isa con la cara golpeada.

No quiso denunciar, ni decirme cómo, quién, porqué.

Nos gritamos por primera vez, le dije que pensaba llamar igual a la policía, que esto no podía seguir así, que necesitaba ayuda.

Pareció venirse abajo, me cogió las manos y me suplicó que la ayudase, que sólo me tenía a mí… pero no me permitió tomar cartas en el asunto.

Desapareció durante varios días en los que yo aproveché para contactar con su madre, que me miró como se mira a los seres incomprensibles, sin dejar de pelar las patatas que estaba pelando y  asegurando al final, en frases breves, concisas y roncas, que ya nada podía hacer por su hija.

La propuesta de Adolfo para que nos fuéramos a vivir juntos coincidió con la quiebra definitiva de nuestra amistad, Isa me miraba con el rencor de quien desea y no tiene, sin haberlo considerado nunca una prioridad yo tenía pareja estable, planes de futuro, una vida sin demasiadas complicaciones, mientras ella se consumía cada vez más y no escuchaba a nadie.

De hecho me fui sin despedirme de ella.

Aunque hacía tiempo que ya no bebía se presentó en el piso cuando recogíamos las últimas cajas dispuesta a montar bronca, olía a ginebra y se burló de mí llamándome mosquita muerta, gordita, maruja de mierda… Adolfo estuvo a punto de enfrentarse con ella, pero no se lo permití.

Desde la cocina empezó a lanzarme objetos para que me fuera y lo hice sin mirar atrás.

Meses más tarde vino a buscarme al trabajo, charlamos, parecía serena, había comenzado una relación con un hombre varios años mayor que la trataba bastante bien, casi como a una hija, ironizó, ya no bebo, te lo juro, no pruebo una gota, y me he mudado a su casa.

No la sentí feliz, pero sí tranquila, pensé que era suficiente.

Hablamos un par de veces más por teléfono, me dio su nueva dirección donde traté de encontrarla las siguientes Navidades y me respondieron de mala manera por el portero automático que ya no vivía allí.

Después nada hasta el día de mi boda.

Y luego en urgencias, donde debería haberme plantado, quitarle al niño de los brazos si hubiese sido necesario, cualquier cosa antes de este periódico que habla de ella como la última víctima mortal de la violencia de género.  Las iniciales coinciden, todo mi cuerpo un escalofrío, una pena incomparable, ese cadáver tapado que se ve en la fotografía que acompaña a la noticia, y que saca un brazo fuera de la cubierta, como en un último gesto de rebeldía, un brazo inerte, apagado, que culmina en una mano desgastada y huesuda donde puedo ver la pulserita de plata que le regalé una vez por su cumpleaños, cuando todo parecía lógico y prometedor, y le sonreíamos a la vida con la esperanza intacta y los sueños aún por domesticar.

 

 

 

 

 

OESTE

OESTE

Déjame un poco de vida,

lo que cabe en la palma de la mano,

para seguir amándote.

 

Soy demasiado mayor

para perder la fe,

necesito un punto cardinal,

ya sabes,

una estantería donde guardar

el azúcar,

los libros imprescindibles,

los relojes del mañana.

 

Dame más margen,

me he perdido tantas cosas…

Sin ser impuntual

siempre llego tarde,

cuando cierran los bancos,

cuando se quedan desiertas

las orillas

y el tiempo hace muecas burlonas

en las esquinas del viento,

cuando la gente duerme

y olvida la contraseña.

 

Entonces llego yo

con mis ojos de loca

y el corazón fuera del cuerpo,

a rescatar príncipes

empuñando

sábanas de espuma.

 

Nunca he entendido bien

de qué va todo esto,

la letra pequeña,

la luz exacta sobre el ventanal,

las palabras que sobran.

 

Necesito

más tiempo que oxígeno,

días que encajen en otros,

que se parezcan a los que imaginamos,

deseados y simples,

como un beso

en cualquier parque.

 

Si vas a concederme el préstamo

silba.

Te estaré esperando.

MADRID

MADRID

Escribía Dámaso Alonso (Madrid,1898-1990) en su poema Insomnio: "Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres...", allá por 1944 en plena y doliente posguerra.

Hasta hace poco yo he estado en la capital de paso, un Madrid subterráneo que se enrama entre estaciones de tren y autobús pareciéndose a cualquier caos.  Es verdad que uno siente las ciudades según su ánimo en ese momento, como los libros que en una etapa determinada nos sirven de apoyo y referencia y leídos años después nos defraudan.  Será que cambiamos mucho más de lo que es previsible, que nunca somos los mismos, o que todo nos afecta demasiado, tanto como para condicionar las impresiones.

El caso es que a mí me ha ocurrido a la inversa de lo que comentaba respecto a la literatura (Juan Salvador Gaviota, El Principito, algunos poemas de Neruda...).  De pronto, tanto tiempo después de conocerla como estudiante, o como Educadora de adolescentes, o por esa obligación opresiva de tener que pasar unas horas sí o sí por enlazar transporte hacia otro lugar, Madrid me ha parecido una ciudad dispuesta a conquistar a cualquiera por derecho propio, pese a los millones de personas y mundos, más o menos infrahumanos, de los que hablaba Dámaso y que se ven echando un vistazo en la boca del metro o en cualquier Avenida.  Supongo que Madrid no tiene la culpa de ser Madrid, tan absolutamente epicentro de la realidad social, tan supercapital para los que venimos de provincias con ínfulas, pero de provincias al fin y al cabo... Donde yo vivo es habitual ver a personas leyendo en el autobús o en el tranvía... allí lo anómalo es el que no lo hace, aquel que no tiene la novelita sobada entre los dedos, el ebook de última generación, el último best-seller de perfecta encuadernación saliendo de una mochila... De repente Madrid no dejó de parecerme una jungla, pero me topé con su cara amable, tuve un hueco en su sol.

Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal,
¿Dónde queda tu oficina para irte a buscar?
Cuando la ciudad pinte sus labios de neón
subirás en mi caballo de cartón.

Este fragmento de la canción de Sabina, Caballo de cartón, nombra las estaciones por las que pasábamos en nuestro trayecto desde Tetuán al Centro.  Ya digo que fueron unos días benévolos, en los que Daniel, con esa facilidad que tiene para el entusiasmo ("Que buena es la buena vida", frase acuñada por él cuando disfruta, desde lo más pequeño a lo más grande) abrió bien los ojos y los oídos y nos contagió, pese a las grandes caminatas y al frio, seco, eso sí, un frío que te deja vivir... hasta los leones del Congreso custodiados por guardias de seguridad me cayeron bien, y como no la transito a diario no me importó dejarme arrastrar por la marabunta de la Calle Preciados.  Algunos mimos de la Puerta del Sol, como otros de las Ramblas de Barcelona, son absolutamente geniales.

Madrid nos permitió aislarnos, curiosamente.  Nos dejó perdernos, buscarnos y regresar.  Tuve que visitar el Bernabéu, cierto, todo hay que reconocerlo... pero también estuvimos en El Prado (esa entrada, no hay otra entrada igual en el mundo), y en Gran Vía, y en el Madrid de las letras, y sobre todo, sobre todas las cosas del mundo, en esa Cuesta de Moyano con los libreros de lance (parece ser que el ayuntamiento pretende sacar a concurso la gestión de los puestos porque se ha descubierto lo rentables que serían ahí, en pleno centro y junto al Retiro, unas terracitas de bar con su cerveza dominical...  Sra. Doña Ana Botella, no le reste dignidad a Madrid, ni clase, y no es que yo esté en contra del gremio hostelero, ya me disculparán, es que en Moyano se concentra el Universo)

Hay que regresar a las ciudades, a los lugares, para descubrir sus muñecas rusas, lo que un día nos perdimos o no fuimos capaces de ver... y que la vida nos sorprenda en cualquiera de sus esquinas.

 

"EL CORAZÓN DE LA AURORA"

"EL CORAZÓN DE LA AURORA"

"Ya es mentira ese tiempo blandamente nocivo
que se nos va quedando alquilado en la piel"

("Domingo", Jose Manuel Caballero Bonald)


Perdona,

no sé si lo sabes,

pero no existes.

 

Cuando gotea

el grifo de la ducha,

huele a café

y alguien

baja corriendo las escaleras.

 

Cuando

vuelve la primavera

y las puntas de los zapatos

se emborronan

de tierra deseada y próspera.

 

No existes.

 

Las fechas de los periódicos

lo saben,

el hombre que

pedalea cansado,

la factura del teléfono.

 

Tienen la seguridad

de no verte

reflejado en el espejo,

a pesar

de tu eterna juventud,

de los días y días

en los que uno se queda quieto,

agazapado en el corazón

de la aurora.

 

El pasado tiene más

dignidad de la que parece,

y no espera.

Todo lo tiene.

Aquellos besos.

Aquellos sueños.

Aquellas dulces mentiras.

 

El pasado nunca llama a la puerta.

Somos nosotros

y este maldito síndrome de Diógenes,

que reconoce diamantes

en las estrellas caídas.

FERNANDO LALANA PREMIO EDEBÉ

FERNANDO LALANA PREMIO EDEBÉ

Cuando conocí a Fernando Lalana pensé que esa era una de mis noches de suerte.  Y se lo agradecí, como otras cosas que le debo, a Ramón de Aguilar que fue el intermediario.  Una noche de verano en ruta de tapas por el Casco Viejo y la compañía añadida de Marta y Eliana conformaron el escenario perfecto para conocer al autor antidivo.  Me pareció que la vida se ha comportado con él de manera generosa, que era un tipo con suerte, de los que además saben trabajársela, y que había estado en el lugar adecuado y en el momento oportuno para levantar la mano, decir aquí estoy y abrirse camino.  Fernando, de Zaragoza y Piscis, estudió Derecho, hizo teatro, estuvo inmerso en los movimientos culturales que durante la transición se sucedieron en este territorio y se fue a hacer eso tan antiguo, el servicio militar, a Melilla.  De ahí "Morirás en Chafarinas", que fue llevada al cine por Pedro Olea en 1995.

De Fernando Lalana es el único libro que involuntariamente yo he robado en mi vida.  Y después de haberlo leído no lo devolvería jamás.  "El Secreto de la Arboleda" (finalista Barco de Vapor, 1981), con esa maravillosa Arboleda de Macanaz, ya desaparecida, y la incomparable hada Rufina.  Y qué decir de otra obra elevada a la categoría de institución, conocida por chavales de cualquier cole en cualquier barrio, cuando llega San Jorge: "Te quiero, Valero", que tiene una princesa Pilarín antiprincesa, y un Dragón Valero más tierno que el pan de leche.

Su literatura juvenil ya no la he seguido tanto, pero descubriría el estilo de Lalana en el fondo marino de todos los estilos, porque él ha conseguido lo más difícil, caracterizar su literatura, dotarla de humor, amor, ironía y misterio exclusivos.

Me alegro de verdad cuando paso por su web http://www.fernandolalana.com/, tan amena, con esas ilustraciones tan bonitas, y descubro su evolución, sus publicaciones y como no, sus merecidos premios.  El último hace menos de un mes, el Edebé infantil, con "Parque Muerte".

Fernando es un escritor que cae bien a los chavales, muchos de ellos muy aficionados a sus historias, y eso, con el tipo de público, inmediato y exigente, que son, no es poca cosa y dice bastante del hombre, ante todo inteligente, que conocí una noche de Agosto, de hace tres años y con el que comparto algo, haber obtenido ambos el premio de relato Emilio Murcia, con una década de diferencia, pero indiscutiblemente, permítaseme la ironía, ante un jurado experto en calidad literaria.

"LOS RINCONES DEL OLVIDO"

"LOS RINCONES DEL OLVIDO"

En  dirección contraria

a tu destino

un sol pálido y frío

abraza los rincones del olvido.

 

Se puede vivir sin tantas cosas:

escarcha en los labios,

sal en las heridas,

luz de gas.

 

Se vive sin dolor,

pero no sin memoria.

 

La memoria

es un cristal afilado

al borde de la nuca.

Constante, pero al acecho.

Fría, sutil, desbordada.

 

Memoria al fin,

sólo memoria inevitable.

 

En ella permaneces

como los recuerdos táctiles

de la infancia

y las tormentas de verano.

Resistes el paso

de los temporales

que te desahuciaron,

de las palabras

que te sepultaron.

 

En dirección contraria

a tu destino

otro invierno más

me aleja de ti,

baja la cota de nieve,

se hielan los almendros.

 

El invierno y tu boca

no son eternos.

Pero sí definitivos.

Establecen límites,

nos alejan.

 

Podría ocurrir

que nos cruzásemos

en la misma calle

sin reconocernos,

buscando monedas en los bolsillos,

guantes para el frío,

cualquier excusa para

seguir tirando.

 

Tu mirada se parecería a otra

que hace mucho tiempo

fue mi casa.

 

Una casa cerrada

y en penumbra,

un dolor añejo

que se resiente a veces

cuando llueve,

y el sol abraza

los rincones del olvido

CENTENARIO DE ILDEFONSO MANUEL GIL

CENTENARIO DE ILDEFONSO MANUEL GIL

Un niño que juega a construir diccionarios tiene bastantes posibilidades de convertirse en un genio.  Fue lo que le ocurrió a Ildefonso Manuel Gil (Paniza, Zaragoza, 1912/ Zaragoza 2003).  Se definió a sí mismo como "hombre del 36", destacado republicano fue encarcelado en Teruel durante la guerra y condenado a muerte.  El relato de todas esas vivencias lo podemos encontrar en "Concierto al atardecer" (DGA,1992).

Narrador, ensayista, traductor, principalmente poeta, influído por el cine y la generación del 27 el licenciado en Derecho y miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española pudo regresar durante la transición, instalarse en Zaragoza y dirigir la Institución Fernando el Católico.  La conciencia social de su generación se vuelca en la sencillez de sus poemas como homenaje a la memoria: ""Poemas de dolor antiguo" (1945), "El corazón en los labios" (1947). En ellos la necesidad de contar desde un estilo juanramoniano, lírico, vulnerable, directo abren la etapa de mayor poesía existencial del autor.

Su obra va evolucionando sin abandonar nunca los juegos de la memoria, considerándose como trascendental en su camino literario: "Poemas del tiempo y del poema" (1973).  Desde el año 2000 van apareciendo sus libros de memorias "Un caballilto de cartón" (1996), "Vivos, muertos y otras apariciones" (2000)

Hombre familiar, entrañable y de grandes y largas amistades tenía en su casa de Zaragoza enmarcada una carta de Juan Ramón Jiménez, con quien matuvo estrecha relación.  No sólo le apasionó la literatura y la cultura en general, sino la propia vida, cómo se podía leer a través de aquellos ojos tan expresivos de testigo de la guerra.

Hubiese cumplido cien años sin abandonar su empeño de escribir, formar tertulias literarias, traducir...  Cuando alguien fallece se borra una manera irrepetible de hacer las cosas, ese es el hueco, la ausencia.

Con Miguel Labordeta (él e Ildefonso se consideran los poetas aragoneses más importantes del siglo XX) y su hermano Jose Antonio estará ideando proyectos nuevos.