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MARTES DE CENIZA

"TERCIOPELO"

"TERCIOPELO"

Yaiza crió a cinco sobrinos con la atención y el mimo de quien les pone a sus plantas música clásica para que crezcan sanas y fuertes.

Cuando los padres de las criaturas estaban trabajando, enfermaban o debían emprender un viaje ahí estaba ella para limpiarles los mocos y cambiarles los pañales, sin un mal rictus ni una protesta.

Porque además de entusiasmarle los críos tenía disponibilidad suficiente, y un piso enorme, de techos altos y pasillo interminable, que le permitían albergar a los sobrinos mientras la vida trazaba sus itinerarios y servidumbres, lejos de su cubertería de plata y sus pesadas cortinas tras las que se escondían los niños.

A Yaiza se le fue el tiempo sin darse cuenta, casi sin querer… mientras sus tres hermanos aprendían un oficio, se comprometían y casaban, convirtiéndose después en padres, ella se había quedado muy quieta… o esa sensación tenía… la de llegar tarde o no llegar, la de perderse en rincones comidos de penumbra, escuchando el motor lejano de los coches en avenidas atestadas de tráfico, o leyendo novelas históricas que la absorbían hasta bien entrada la madrugada, mientras fuera hacía frío y la gente aprendía a dormir sin ilusión ni destino.

Su padre sufrió un atropello mortal en plena calle dos años después del fallecimiento de su madre a causa de una neumonía mal curada. 

Durante esos sucesos en casa ya sólo quedaba ella, su figura estilizada y sobria, su porte de señora.

Aunque nunca había vestido de luto lo parecía.  El pelo siempre recogido, las faldas largas, las blusas abotonadas hasta el mismo cuello y en los puños.

Como si luciese un uniforme de superviviente.

Mostraba un carácter lineal difícilmente alterable, tenía templanza de matrona, lo que habría deseado ser en caso de que sus progenitores no se hubiesen empeñado en proporcionarle una buena dote y casarla en un matrimonio de conveniencia que nunca se produjo. 

Sabía ser convincente, mirar directamente a los ojos, sonreir en su justa medida, sin endulzar.

Y a pesar de todo, cuando se quedó sola no supo o no quiso echar a correr, adelantarse a la aurora, volver a casa con los zapatos en la mano y el corazón alquilado, dormir en otras camas, asomarse a otros labios…

El piso familiar, pesado, oscuro, rebosante de historia,  pasó a ser únicamente de su propiedad, como se preveía.  Los hermanos nunca pelearon por cuestiones de herencia, el reparto, a cada cual en su momento, había sido equitativo.

El alquiler de dos plazas de garaje y lo obtenido por  la venta de algunos bienes le permitía vivir con holgura, lejos de la insidiosa realidad del despertador, la comida precocinada y las facturas, de las que se ocupaba, como de todo lo burocrático, el administrador que siempre había llevado las cuentas familiares.

Yaiza era la segunda de los cuatro hermanos.

Cuentan que su madre quiso parar entonces, dejar de traer hijos al mundo y ponerse a trabajar en aquel proyecto que le rondaba por la cabeza desde jovencita, abrir su propio taller de confección a medida en el que ella realizaría los diseños, de hecho ya tenía varios dibujos terminados, escondidos en una caja de zapatos. Hasta se había informado de cómo adquirir las telas.

Su marido no le negó nada.  Nunca decía que no.  Ni que sí.  La dejaba hacer, enredarse en la telaraña.  Antes de que pudiera aterrizar su sueño y tratar de ponerlo en práctica ya se había quedado embarazada de Martín y un año después de Enrique, y aunque tenía ayuda para las tareas domésticas y para sacar a pasear a los niños, la responsabilidad familiar se le vino encima como cae de golpe un balancín que se suspendía en el aire.

En los años cincuenta las mujeres no soñaban.

Cuando Yaiza era muy chica su madre le permitía ojear los maniquíes ya descoloridos, extenderlos por el suelo y pasar despacio el dedo por su silueta, sólo a ella, sus hermanos desconocían la existencia de ese secreto ajado, entumecido por el tiempo, inservible ya, y ella se sentía orgullosa de poder compartir con su madre ese momento sólo de ambas, pese a la huella de la amargura en los ojos de la mujer adulta.

“Qué injusticia nacer mujer, Yaiza, qué injusticia tan grande” solía decirle cuando la peinaba o le ataba bien tirante el lazo del vestido.

Los niños jugaban en una habitación y ella en otra.

Todo un cuarto de muñecas para ella sola.

Le gustaba escaparse y meterse a jugar con los chicos, enzarzarse en peleas y compartir sus gritos, pero después era duramente castigada con la soledad y el silencio, porque se la condenaba a cenar con la única compañía de sus muñecas de porcelana, taimadas y brillantes, usurpadoras de vida.

Sólo encontraba consuelo en Ángel, su hermano mayor, un encantador nato que sabía envolver a sus padres según sus intereses y así lograba convencerlos para que Yaiza le acompañase a comprar unos lápices y de paso aprovechaba para enseñarle a bailar el twist en el hueco de la escalera, donde Tino, el hijo de los porteros, tenía escondida una gramola.

Pero Ángel se ennovió enseguida haciéndose mayor de repente, y se acabó la osadía, el corazón latiéndole en la boca como un pez saltando fuera del agua.

Todo fue transcurriendo con la lentitud y la suavidad del terciopelo.

Sus hermanos pequeños que apenas reparaban en ella, su padre que comenzó a mirar a su madre como si en cualquier momento pudiera clavarle un puñal por la espalda, el silencio de su madre cocinado a fuego lento, meticuloso, hiriente.  Si se descuidaba podía encontrarse en medio de las trifulcas, que llegaban avisando, amenazas de tormenta hasta explotar el cielo y volar los cubiertos.

Cuando Ángel se casó ella sintió por primera vez la prisa en las puntas de los dedos.

“Vuela mariposa” le susurró su hermano al oído cuando Yaiza se acercó a darle la enhorabuena.

Todo pesaba, todo parecía tan difícil…

Las gemelas de Ángel fueron las primeras sobrinas a las que atendió, morenas y traviesas, risueñas como su padre.  Gateaban deprisa y a ella no le importó apartar todos los muebles y dejar la estancia como un patio lleno de posibilidades.  La luz entraba a raudales por las ventanas abiertas, parecía otra casa, otra vida.  Porque los chiquillos fueron llegando tras la ausencia de los abuelos, esas figuras mastodónticas que lo controlaban todo con sólo parpadear.

Tenían cuatro años y pasaban demasiado tiempo con su tía cuando comenzaron, despistadamente, a llamarla mamá.  Su cuñada Begoña no pudo soportarlo y contrató a una niñera sacándolas de la casa para siempre, muy de cuando en cuando volvían a visitarla acompañadas por su padre, que prematuramente había aprendido a sonreir con tristeza. 

Los niños son olvidadizos y despiertos, pronto dejaron de extrañarla, y se acomodaron a lo que tocaba, que era toda su vida por delante.

Pancho sí las echó en falta, era el mayor de su hermano Martín, un chiquillo asmático y delgado al que le encantaba disfrazarse, ponerse rulos, subirse en tacones invisibles y leer sonetos grandilocuentes frente al espejo.  Pasados muchos años fundó una compañía de teatro convirtiéndose en el miembro de la familia que más mundo físico ha recorrido.

Cuando parecía que Pancho iba a quedarse como hijo único, asomando ya sus primeras espinillas, nació Julia, casi a la par que Lucas, el niño-milagro de Enrique, porque a punto estuvo de no nacer dadas las dificultades del parto.

Los dos primos pequeños devolvieron a Yaiza la energía olvidada, de nuevo tuvo que apartar los muebles, reproducir sonidos de animales, y el del motor de un avión acompañando la cuchara cargada de papilla de cereales.

Pero las guarderías lograron que los custodiase menos tiempo que a sus otros sobrinos.

Ese garaje de colores unido al principio pedagógico que sentencia la obligación de los niños a estar con otros niños la liberaron de la crianza lenta y la dedicación meticulosa.

Y aunque siempre surgía un día festivo o una tos sospechosa que la hacían estar de guardia, para un apuro, ya nada fue igual, desapareció la cronología de la lluvia, el puchero de los martes, el primer helado de la temporada y los cuentos a última hora de la tarde, cuando venían a recogerlos ya con el pijama puesto y los niños se agazapaban en su regazo ovillados como pequeños oseznos durante el invierno.

Julia ha sido la sobrina más afín, aquella que escuchaba sus historias improvisadas asintiendo con la boca abierta, la que la llamaba por teléfono cada vez que le ponían una vacuna o había ido al médico para que el bálsamo de la voz de Yaiza la consolase, diciéndole que ya había pasado todo, y que mañana sería otro día, distinto, diferente, repleto de posibilidades.

Julia campaba por la casa a sus anchas, aparecía sin avisar, sin sentirse extraña nunca, y solía quedarse a dormir en una habitación que olía a petunias y tenía una cama altísima, y un suelo de baldosas enormes, siempre frío.  Su tía le llevaba el desayuno por la mañana temprano, había que aprovechar el tiempo, salir a caminar, leer las primeras noticias como si todavía pudieran cambiarlas.

Le confesó que fumaba, le presentó a sus primeros novios, conversaron interminablemente sobre los pormenores de la vida que Yaiza parecía no haber vivido, pero que asomaba a sus pupilas, candente y real, indispensable.

Cuando Julia decidió ser madre soltera se refugió varios días en ese albergue para transeúntes que era la casa de su tía.  Cogió fuerzas antes de salir al mundo y saltar sin red.

Sus padres le recriminaron a Yaiza su mala influencia sobre la niña, que había venido crecida, creyendo comerse el mundo con una situación semejante, ya ves … pero la niña había rebasado hacía tiempo la mayoría de edad, tenía las cosas muy claras, y su tía aguantó el discurso con cara de póker y esa imperturbable manera suya de continuar en sus trece, lejos de todo el mundo y cerca de quien quisiera.

Julia llamó a su niña Yaiza, y fue la primera vez que vio llorar a la tía, sin torcer el gesto, las lágrimas rodando por sus mejillas con fluidez torrencial, transparentando una vulnerabilidad extrema, de animal agotado, mientras sostenía entre sus brazos de junco al último cachorro.

De repente la casa se hizo tan grande, o ella tan minúscula, que decidió acomodarse en la sala pequeña, dormir ahí en el sofá-cama, con la televisión, la radio y sus libros de siempre, el teléfono al lado, la cocina en la estancia contigua.  Necesitaba tener todo al alcance, no fatigarse, pensar lo justo.

La mañana en la que descubrió a dos palomas agonizando en el alfeizar de su ventana supo que le quedaba poco tiempo.

Y llamó a Julia, que llegó con Yaiza colgada del pecho, en la mochila;  la tumbaron en una colcha invadida de luz de primavera, y la niña cabeceaba mirándolo todo con la sorpresa de quien descubre el mundo.

Tuvo necesidad de coger aire profundamente varias veces, la voz se le apagaba.  Le contó que había sido madre a los diecinueve años,  sus padres se enteraron del embarazo y la mandaron a un internado francés para madres solas, aquel año misterioso en el que supuestamente habían enviado a la niña con unos parientes de la madre que necesitaban su ayuda por tener varios hijos muy pequeños… apenas me enteré de nada, fue todo tan dirigido, tan extraño… cuando la niña nació, porque era una niña de mejillas sonrosadas y pelito rubio, me la quitaron y no volví a verla, ya estaban preparados todos los papeles para entregarla en adopción… no te asustes Julia, no voy a pedirte que la busques, espero que tenga una vida plena allá donde se encuentre, casi a punto de cumplir sesenta años… es cruel el tiempo por su forma de torcer las cosas… es como una serpiente… simplemente quería que alguien lo supiera, disculpa si te supone una carga, pero los secretos sólo tienen sentido para ser desvelados, para acabar siendo libres…  qué hubiera hecho yo con una recién nacida si ni siquiera he sabido encauzar mi vida, me estoy muriendo y no he entendido nada Julia, nada, he esperado durante años a que todo fuese diferente, más sencillo, no sé, mejor… pero no he movido un dedo para cambiar las cosas…

Julia quiso preguntar, pero entendió que no era el momento, que estaba allí para escuchar como jamás volvería hacerlo con nadie más, y la tarde fue transcurriendo serena y apacible, arrullada por las palabras de Yaiza, que enlazaban un hecho tras otro, aleteando como palomas mensajeras en pos del cielo abierto.

Años después, gracias a los datos recibidos y al recuerdo imborrable de aquella tarde consiguió terminar su primera novela “En el corazón de la aurora”, que se ha traducido a varios idiomas.

Ahora va por la tercera.

Escribe en la habitación donde su tía terminó sus días, horas después de haber hablado con ella por última vez, mientras dormía.

Le dejó en herencia la casa familiar y su historia de mujeres disecadas a las que ella ha querido convertir en valientes heroínas.

A Yaiza le habla mucho de su tía abuela, a veces la adolescente la mira hastiada, pero es capaz de contemplar en los ojos de su madre la importancia de aquella mujer, la cadena genética que invisiblemente arrastramos y que nos condiciona.

Hasta donde queramos.

 

 

 

 

"LA HUELLA DE LORCA"

"LA HUELLA DE LORCA"

A través de historias reales y testimoniales sobre el genial poeta granadino, descubrimos la imborrable huella que Federico García Lorca dejó en todos los que lo conocieron, en Granada, Madrid, La Habana o Nueva York. Esta novela gráfica empieza con la historia del pequeño Alfonsito huyendo de su ciudad natal,  con su abuelo (catedrático de la universidad granadina), al estallar la Guerra Civil, y acaba con el mismo personaje, padre del dibujante, recorriendo con su hijo las calles de Granada; símbolo vivo de la represión franquista que truncó la carrera de este gran artista.

Esta es la sinopsis del libro.  A mi entender, pese a ser un fiel reflejo de lo que representa la obra, cuenta poco y se queda corta.  Por eso es una sinopsis.  Porque en un "mísero " resumen no pueden especificar que en esta novela gráfica, cuidada con esmero de artículo de lujo y exquisitamente documentada, aparecen personajes que acompañaron a Lorca durante su corta vida, personajes que parecen en su mayoría intrascendentes, pero que estuvieron en el momento justo y en el instante preciso.

El dibujante Carlos Hernández (Granada, 1972) tenía una cuenta pendiente, un proyecto largamente acariciado que debía ver la luz y no perderla al mismo tiempo, porque lo idílico a veces no tiene compensación práctica.  Con la ayuda de "El Roto" (Andrés Rábago García, humorista gráfico, Madrid 1947) y un respeto palpable por el mundo Lorquiano, la Guerra Civil y Granada consiguen lo que parece imposible, contar, de una forma totalmente novedosa, lo que todavía no se había contado sobre el modo y manera en la que estalla la Guerra en Granada y el poeta es asesinado.  

Pesa el libro entre las manos de tanto valor como acumula.  Creo que es didáctico, entrañable, respetuoso y al mismo tiempo revolucionario, transgresor, particular y absolutamente bello.  Si una imagen vale más que mil palabras aquí el binomio texto-dibujo consigue la fórmula mágica del recuerdo y la emoción.  Horizontes que encajan.  Grito vivo y constante de lo que fue aquella burda y tamaña injusticia.

Son especiales las dedicatorias, el preámbulo, las explicaciones, porque todo debe ser, así, mimado desde la veneración y el trabajo bien hecho.

Siempre he considerado a Virginia Gotor como mujer de buen gusto, experta lectora cuyas referencias hay que tener en cuenta.  Después de regalarme este libro por mi cumpleaños ("La huella de Lorca" Norma Editorial) sólo puedo reverenciarla.

ADIÓS ESTHER

ADIÓS ESTHER

La editora de 75 años falleció el pasado 23 de Julio en Barcelona, a causa de una pulmonía, un escalón más sumado al parkinson que venía sufriendo en los últimos años.  

La niña catalana que había crecido en el seno de una familia burguesa, rodeada de servicio y con una gran foto del General Franco en el pasillo de casa, a pesar de ser una buena estudiante resultaba díscola, ensimismada y rebelde, y sólo quería leer, escribir o ser actriz, así que su padre le compró una pequeña editorial llamada Lumen que ella dirigió durante cuatro décadas.

Siempre reconoció no tener vocación editora, pero aquel mundo la cautivó enseguida, y se puso a trabajar en ello con el empeño de las cosas bien hechas. Comenzó, con la ayuda de su hermano Óscar, arquitecto, a habilitarse un despacho en la biblioteca de casa, y a comenzar publicando narraciones infantiles, siendo Ana Mª Matute, flamante ganadora entonces del Premio Nadal, la primera en publicar con Esther Tusquets "El saltamontes verde".

Abrió paso a un formato editor selectivo, innovador y elegante, que impulsó a Beckett, Wolf, Joyce, a autores somo Susan Sontang que nunca habían publicado en España, y descubrió nuevos nombres como el de Gustavo Martín Garzo, que pasó de publicar en un sello local a ganar el Nacional de Literatura con "El lenguaje de las fuentes".

Apostó más por militancia que por rentabilidad, por colecciones particulares, de poesía específica, o de mujeres escritoras, que le hicieron perder dinero los siete primeros años hasta conseguir los derechos de Mafalda y de Umberto Eco, con quienes pudo remontar el vuelo.

Eco simboliza las relaciones de la editora con sus escritores, una gran amistad y fidelidades infinitas.

En los años 90 vende la editorial a Mondadori: “No añoro mi etapa de editora; no volvería por nada del mundo; es un negocio muy complicado: el azar es la mitad del oficio”, en 2002, con su hija Milena, funda un pequeño sello llamado RqR.

Está claro que el mundo Editorial es para los amantes de los libros que realmente entiendan de literatura y sepan nadar entre tiburones mercenarios, mucho se ha escrito sobre el tema y mucho falta por contarnos, pero para mí, de ahí esta entrada y mi admiración absoluta por Esther Tusquets, su primera novela "El mismo mar de todos los veranos" (1978) la convierte en una escritora especial, auténtica, compleja y absolutamente extraordinaria.

Leer esa novela "amoral" durante mi adolescencia, plagada de amores imposibles que no dejarán de serlo, desafiando la moral convencional, dejando atrás todos los pudores que la autora siempre reconoció no tener, y que se reflejan en sus personajes femeninos independientes, vulnerables, desgarradores, supuso un descubrimiento inolvidable, un hallazgo, una luz diferente a cualquier otra, una verdad como un piano y una literatura nueva, sin decoro y al mismo tiempo tan hermosa... Se convirtió en la punta de lanza de una trilogía que continúa con "El amor es un juego solitario" y "Varada tras el último naufragio".

Esther escribía como pensaba, sin disfraz, a veces la línea entre ficción y realidad resultaba extremadamente delgada.

Durante sus últimos años quiso dejar plasmadas sus memorias y vivencias, reflejo descarnado de la alta sociedad catalana de su época y de su compleja familia, con una madre que siempre la rechazó, en libros que a nadie pueden dejar indiferente, abruptamente honestos: "Confesiones de una editora poco mentirosa", "Habíamos ganado la guerra", "Tiempos que fueron"...

Feminista sin bandera recuerdo una charla suya en la Casa de la Mujer de mi ciudad, hablando sobre la maternidad espetó con un gesto contundente: "Los únicos hijos felices son los deseados".

Siento mucho que una mente tan privilegiada, alguien con tanto por enseñar y contar, se haya ido.

Quedan sus novelas, con las que es imposible mirar hacia otro lado.

«Si, cosa que no creo, soy consciente en el momento de mi muerte de que me estoy muriendo, me reconfortará pensar que nada me he perdido por prudencia o pereza, que le he arrancado a bocados a la vida... cuanto ha puesto a mi alcance». (Esther Tusquets, Barcelona, 30 de Agosto de 1936-23 de Julio de 2012)

GABO

GABO

La vida no perdona.  El Alzheimer tampoco, no conoce fronteras ni tiene compasión.

Una de las peores noticias de este verano, junto con el reciente fallecimiento de Esther Tusquets (cuanto aprendí de ella a través de sus palabras en la charla que tuve el placer de presenciar en la Casa de la Mujer, o leyendo "El mismo mar de todos los veranos"), ha sido constatar que el Nobel de Aracataca (Colombia, 6 de Marzo de 1927), Gabriel José de la Concordia García Márquez, no volverá a escribir debido a su implacable demencia senil.  Así lo comunicó su hermano Jaime, recordando que es esta enfermedad que ataca a toda su familia.

Nunca he leído a nadie comparable con García Márquez.  Ni de lejos.  De eso debe tratarse un Premio Nobel (1982), resaltar la excelencia, mostrarle al mundo lo magistral e incalificable.  Su discurso de aceptación del Premio se tituló "La soledad de América Latina", siendo el primer autor colombiano en recibir este galardón.

"Cien años de soledad" (1967) existe y existirá en el mundo como un planeta mundialmente reconocido, con su hábitat, sus coordenadas y sus expertos en desmenuzar una ficción que se entremezcla con la realidad hasta convertirse en un híbrido perfecto.  Dicen que eso se llama "realismo mágico".

"El amor en los tiempos del cólera" (1985) (para mí la mejor historia de amor jamás contada) y "El coronel no tiene quien le escriba" (1961) generaron en mí la admiración que le tengo, y que permanecerá en el tiempo, a ratos como lluvia desolada, cuando recuerde que ya no está, o que es como si no estuviera, después de sobrevivir a un cáncer linfático y de declarar cosas como esta:

Hace más de un año fui sometido a un tratamiento de tres meses contra un linfoma, y hoy me sorprendo yo mismo de la enorme lotería que ha sido ese tropiezo en mi vida. Por el temor de no tener tiempo para terminar los tres tomos de mis memorias y dos libros de cuentos que tenía a medias, reduje al mínimo las relaciones con mis amigos, desconecté el teléfono, cancelé los viajes y toda clase de compromisos pendientes y futuros, y me encerré a escribir todos los días sin interrupción desde las ocho de la mañana hasta las dos de la tarde. Durante ese tiempo, ya sin medicinas de ninguna clase, mis relaciones con los médicos se redujeron a controles anuales y a una dieta sencilla para no pasarme de peso. Mientras tanto, regresé al periodismo, volví a mi vicio favorito de la música y me puse al día en mis lecturas atrasadas.

Resulta, después de todo, que el peor de los males, la gangrena definitiva, no trepa por la sangre, no se extirpa... devora la memoria.  Sin remisión.

Artículo: El olvido se adentra en la mente de García Márquez:http://alt1040.com/2012/07/olvido-mente-gabriel-garcia-marquez

"ENTRA EN MI VIDA"

"ENTRA EN MI VIDA"

Me atrae el tema de los niños robados o adoptados ilegalmente, no deja de provocarme sorpresa la trama que se escondía detrás de hospitales y organizaciones religiosas, delitos hoy prescritos con los que muchos se enriquecieron y que supusieron la manipulación de vidas, el tráfico de seres humanos.

Por ello el nuevo libro de Clara Sánchez (Guadalajara, 1955) reunía los requisitos adecuados para ser mi lectura de este verano. Contribuía a ello el hecho de poder disfrutar de sus páginas con el trasfondo del paisaje menorquín.  Osea, que tenía muchos puntos para "caerme bien".  A todo esto hay que añadir que su anterior novela "Lo que esconde tu nombre", Premio Nadal 2010, me pareció una narración tremendamente imaginativa, bien trazada, de las que te atrapan, que tiene, como esta última, pinceladas suaves pero no por ello menos impactantes, de novela de misterio.

Todo el mundo tiene un pasado.  Una puerta que no quiere abrir.  Nadie es quien parece ser.  Huímos del peligro y al mismo tiempo lo buscamos porque necesitamos respuestas, cerrar ciclos, círculos.  Estos ingredientes son comunes en las dos últimas novelas de Clara Sánchez.  Si lo que escribe es denominado best seller, los suyos me gustan, me creo lo que me está contando, percibo los detalles, y entiendo que ese es el logro de quien tiene facilidad escritora, recrear mundos en los que queramos vivir durante un tiempo, escaso, porque las páginas se devoran.

"Entra en mi vida" es una historia de mujeres que buscan su identidad, y también es la historia de una obsesión que se hereda, de un camino que encuentra su final, es la manera de entender el amor y ponerle precio, mirar hacia atrás, recoger las migas de pan, sobrevivir, sí, pero sin secretos.

Recomendable por ser un argumento de plena actualidad y estar así de bien escrito, de esa manera en la que los personajes son tan visibles que en cualquier momento podrían aparecer en la pantalla de cine.

"EL CORAZÓN EN LA BOCA"

"EL CORAZÓN EN LA BOCA"

 

-A Ignacio Petit, porque hoy cumple años y porque le gusta lo que escribo

 

"Cuantas veces hubiera

dado la vida entera

porque tú me pidieras llevarte el equipaje" ("Princesa"-Joaquín Sabina)

 

Cuando Lucía volvió a casa de sus padres nada parecía haber cambiado.

Se encendía la luz del recibidor al abrir la puerta, San Pancracio y Santa Ana seguían observando desde sus atalayas, en su habitación permanecía impoluta la colcha de soltera, y la foto de comunión con los guantes de gasa y aquellos tirabuzones tan artificiales… los armarios olían a naftalina, el baño a lavanda, su madre cosía sin dedal en la cocina mientras escuchaba la radio y su padre dormitaba de lado en el sofá con las piernas apoyadas en la mesita baja.

Todo en su sitio, medido con una realidad puntual y domesticada.

Los cuatro años que había vivido fuera resultaban acartonados, intangibles, ficticios.

Parecían remotos, un paréntesis necesario y aislado de esa paz cotidiana en la que lo trascendental era comprar el periódico, hablar de los vecinos, presenciar el telediario.

Sin embargo ella había sentido el corazón en la boca durante aquel tiempo, realmente el corazón en la boca, no como esta niña indefensa viviendo dentro de unas zapatillas de casa infantiles, envuelta en un cuerpo de mujer adulta, a la que sus padres miran entre la compasión y la decadencia, sino como aquella mujer que sabía lo que quería y a quién, aunque no fuese correspondida, porque las cosas no dependen de una sola, nunca son de una sola, se empeñan en los matices y el intercambio con obsesión enfermiza.

También es cierto que no se puede vivir en la permanencia del deseo.

Que los finales se deben a sí mismos la dignidad heróica que no tienen los comienzos.

Hay que estar a la altura, ajustarse a la derrota como al hueco propicio en la cama.

Cuanta teoría inútil sobre la que arrastrar los pies.

Lucía volvería a cometer los mismos errores una y mil veces.

A la gente le cuesta entender que hay cosas que sólo pueden producirse de una determinada manera.  Son así.  Sin contemplaciones.  Lo tomas o lo dejas.

Cuando conoció a Álvaro entendió sus circunstancias, estaba casado, tenía dos hijos, le llevaba diez años… no le prometió nada.  Saltó sobre las circunstancias como un atleta de pértiga.

Jamás pensó en detenerse. 

Él había llegado a su vida con ese equipaje, una persona poliédrica que cambiaba de escenario y de lenguaje cuando se desabrochaba la camisa o colgaba el teléfono móvil, alguien con pasillos, corredores subterráneos, compromisos e historia.

Pero la historia se nutre de modificaciones y tierras conquistadas.

Y ella quiso ser leyenda.

Apareció Álvaro cuando estaba cansada de novios indecisos condicionados por su futuro inmediato o por anteriores parejas, hombres que no terminaban de curar su adolescencia y que la miraban necesitando respuestas, un abrazo único donde reposar la memoria.

Le llamó la atención por ser tan diferente, gestos definidos, mirada directa, busco a alguien que me aparte de la realidad, llevaba un letrero en la frente y supo leer el de Lucía: Sácame de aquí.

Daba clases particulares y estaba en el último año de carrera cuando dijo en casa que se marchaba de alquiler.

No supieron reaccionar. 

La hija única, la niña que pudo haber sido gimnasta, pero no fue lo suficientemente buena ni sacrificada, la nadadora que por una leve lesión abandonó el deporte, la bailarina que no quiso bailar pese a las continuas horas extras de su padre invertidas en sus aficiones cambiantes y en un ropero tres veces más extenso que el de su madre, la del podólogo, el masajista y los productos naturales para el cabello dijo con la voz suave e imperturbable de siempre que se marchaba. 

Con quién.  Cómo lo vas a costear. 

Siguió comiendo fresas y cereales mientras la radio anunciaba subida de temperaturas y sus padres la miraban casi con los ojos en la mano.

Después, cuando él no podía estar y el piso se le hacía desmedido y difícil volvía a casa y les iba contando poco a poco.  Era consciente de su mentira al decir que Álvaro iba a dejar a su mujer, no es tan sencillo,  hay que arreglar muchas cosas, no quiere hacer daño a los niños, pero le gustaba oírse en voz alta, soñar a su medida, por qué no, por qué no detenerlo todo, renunciar a todo, por ella.

El piso que Álvaro pagaba era un sexto con vistas a un extenso parque, venía amueblado, enseres seminuevos desechados por otros, limpios y prácticos, pero críticos con ella, sentía que hasta las paredes la enjuiciaban. 

El edificio contaba con un portero que tras saludarla cortésmente se la quedaba mirando por encima de las gafas.  Qué pensaría aquel germen de cabina. 

Una vez a la semana Álvaro encargaba una compra a domicilio, el vino gasificado, las tostadas y el paté que le gustaba comer con ella, y jabón para la lavadora aunque siempre trajese ropa de recambio y se llevase la sucia, bolsas de basura, champú, nunca le preguntó cual utilizaba, pescado congelado y hasta papel de aluminio, sabía estar en todo, era un tipo organizado.

A las pocas amigas de Lucía no les pareció bien esa relación, comidas por la envidia hablaron de terrenos pantanosos y de te está utilizando, posiblemente tomaron prestadas sus frases de alguna película, y a ella se le quitaron las ganas de hacer fiesta de inauguración en el piso y dejó de llamarlas.

Hubo una época en la que prácticamente vivían juntos.

Era cuando él le susurraba con los labios pegados a su espalda por qué no te habré conocido antes.  Y ella sentía cosquillas, y se reía.

Mientras Álvaro se duchaba Lucía cotilleaba las fotos de su cartera.

Dos pequeños que se llevaban muy poco tiempo, casi parecían gemelos, de grandes ojos y abundante pelo oscuro, como su padre. Y una imagen familiar en un parque de atracciones, él le rodeaba los hombros a una mujer ligeramente más alta, de sonrisa amplia y labios carnosos.  Cerraba rápidamente por no mirarla, por no querer mirarla, porque sentía aquellos ojos imperceptibles de la fotografía clavándose en los suyos como dagas envenenadas.

A veces la llevaba a bailar, o improvisaban cenas sobre el césped del parque contiguo.

Álvaro no solía hablar de esa otra verdad que escondía su cartera, y aunque ella se saltase la prohibición de preguntar él hacía caso omiso y se iba por la tangente con sus historias de crío,  los libros que le gustaba leer y los lugares a los que pensaba viajar.

En una ocasión le presentó a un amigo.  Manuel.

No le gustó que lo llevase al piso sin avisarla previamente.

Traían cena preparada.

Un pescado relleno de otros que a ella no le gustó nada y que fue tragando con importantes cantidades de vino.  Al final se reía por todo.

Manuel también tenía otra realidad de la que salir huyendo, aunque no tenía pinta de insatisfecho, a su “amiguita”, como el repetía, la llevaba a hoteles de cinco estrellas, que ya podías estirarte un poco más Alvarito, y le daba cachetitos en la mejilla como si fuese su padre, y Álvaro reía algo apurado.

No volvieron a coincidir.

Una mañana de domingo se dedicó a espiarlos.

Incluso entró a la misma iglesia sentándose varios bancos por detrás. 

Álvaro y su mujer se contaban confidencias al oído, con un gesto cariñoso pedían a los niños que se estuviesen quietos, que no moviesen tanto las piernas.  La nuca de ella resultaba despejada y segura. 

Una nuca firme y consecuente. 

Se marchó por miedo a ser descubierta cuando se sumaron a la fila para tomar la comunión, pero aún pudo ver como él la cogía de la mano para volver juntos a su sitio.

Vomitó en la misma puerta de la iglesia.

Los feligreses la miraban reprochando la culminación de lo que imaginaban la noche interminable de aquella joven.

Cuando llegó al piso guardaba tanto dolor y tanta rabia que arrancó las cortinas y rompió el juego de copas que él le había regalado.  El buen vino se bebe en copa cara.

Se escondió en casa de sus padres durante unos días. 

No la buscó.

Se asomó a las ventanas, a las esquinas de cada calle y a la pantalla de su teléfono.

Pero no la buscó.

Regresó con un par de maletas en las que recoger sus cosas y se encontró la guarida repleta de tulipanes, grandes fotos en blanco y negro de su historia juntos y un sobre con dos pasajes.

Perdóname en Viena.

No sólo lo hizo sino que se quedó embarazada.

Sin resultar premeditado pensó que su hijo tendría la misma fuerza raíz que los hijos de nuca despejada.  Pero no pudo llegar a comprobarlo, sufrió un aborto natural antes de contárselo a Álvaro.

Logró terminar una carrera que ni siquiera recordaba haber elegido.  Le repitió muchas veces lo importante que sería para ella que estuviese presente en la fiesta, junto a sus padres, pero no apareció. 

Días después le regaló una pulsera de la que cuelga un diminuto cubo de cristal.

No podría asegurar con exactitud cuando comenzó el frío.

Pasaba muchos ratos sola y a eso ya se había acostumbrado, a esperarlo, a descifrar el sonido de sus pasos saliendo del ascensor.

Comenzó a sentir el frío que guardan las casas solariegas cerradas durante largo tiempo. 

Una humedad palpable filtrándose en los espacios.

La voz de Álvaro dibujaba excusas cuando tardaba más de lo normal en visitarla, excusas vacías y brillantes como pompas de jabón.

Y a todo eso se unieron las palabras, ese objeto contundente que inclina la balanza.

Primero fue su padre.

Se lo encontró casualmente en la calle, por la mañana muy temprano él salía a caminar, de vuelta a casa compraba el periódico y elegía un banco en el que sentarse a leer.

Comentaron trivialidades, la boda de una prima, el colesterol de su madre, la subida del precio de la gasolina… cuando Lucía ya le daba la espalda de su padre salió una voz serena e irreconocible:

“Plantéate qué quieres, exige una respuesta, no puedes estar así siempre…”

Cuando se volvió a mirarlo ya leía las páginas de economía.

Cogió el tranvía masticando lo que acababa de oir, una luz radiante de buena mañana lo inundaba todo propiciando en la gente un ánimo especial.

Contempló a través de la ventanilla un tránsito dócil de bicicletas y paseantes. 

Alguien, un cuerpo indefinido, se sentó junto a ella. 

Ni se hubiera percatado de no ser por aquella voz elástica y firme capaz de sacudirla:

“¿Cuánto tiempo más se soporta el desamor?  “¿hasta cuando esperas?” 

Perpleja y paralizada presenció como una mujer varios años mayor que ella, delgada y bien vestida, se apeaba en la siguiente parada tras depositar en su regazo una bomba de relojería.  Nunca la había tenido tan cerca, la mujer de la fotografía familiar en el parque de atracciones. Nuca consecuente.

Llegó a nadar y a punto estuvo de zambullirse vestida en la piscina.

Por un tiempo el agua causó un efecto desvinculante.

La despojó de carga y de tristeza.

Después comprendió que aunque quisiera seguir queriéndolo, dispuesta como siempre a sus condiciones, ya no había margen, los finales llegan, vienen anunciándose mucho más previsores que los principios, vienen y se instalan, te miran. 

Te siguen.

Sólo se llevo sus cosas, las que tenía de antes, ni regalos, ni obsequios, ni unas flores todavía frescas que amarilleaban la cocina.

Le ahorró el trago de la invención o la disculpa, no se despidió de él.

La última vez que salió por aquella puerta se le ocurrió darle al portero un recado para Álvaro.  Dígale que ya sabe donde encontrarme.  Pero era consciente de que jamás le diría nada, germen de cabina estaba encantado de perderla de vista, estas niñatas son las que joden muchos matrimonios.

Cuando accionó el timbre de la casa paterna sólo pudo echarse a llorar.

Su madre le cogió las bolsas y desde el recibidor alzó la voz pidiéndole al marido que pusiese otro plato en la mesa.

Cuatro años como cuatro aviones de papel.

Como cuatro globos que se escapan de sus dueños.

Como cuatro cierra los ojos y piensa un deseo.

Y los abres, y el deseo se ha desvanecido en un riachuelo extraño donde van a parar las cosas que no prosperan.

Lo esperó durante un tiempo.

Esperarlo era lo mejor que sabía hacer.

Después encontró un trabajo, unas nuevas amigas con las que va al cine y come palomitas en grandes cubos de plástico. 

Se siente a veces como un testigo protegido. 

Con otra identidad.

Porque todavía no ha aprendido a vivir sin él.


20 AÑOS SIN CAMARÓN

20 AÑOS SIN CAMARÓN

La semana pasada escribí sobre un poeta de Granada, y como Andalucía está plagada de artistas geniales, a punto de cumplirse los veinte años de su desaparición toca hablar de José Monge Cruz, de San Fernando (Cádiz), conocido popularmente como Camarón de la Isla.  No entiendo de cante jondo ni de flamenco, ni me tienta la idea de hurgar entre los entresijos de una intensa vida finalizada a los cuarenta y dos años, para eso se crearon libros, reportajes y películas.  Me interesa el mito.  Cómo se crea un lenguaje universal para que gente de todas las razas y culturas se emocione con él.

El apodo se lo puso su tío porque de chico decían que era igualito a un camarón, por lo escurrido y flaco.  A trabajar en la fragua con su padre se puso bien temprano, y a fuerza de escuchar a Manolo Caracol y a Mairena comienza a cantar por tabernas y estaciones al fallecer su padre, muy joven, de asma.  Gana su primer premio de cante con doce años, y pasa por varias compañías hasta entrar en la de Juanito Valderrama.

En 1968 ya es cantante fijo en un tablao de Madrid, acompañado a la guitarra por Paco Cepero, (importante guitarrista flamenco de Jerez de la Frontera).  En ese tablao llamado Torres Bermejas su vida artística da un giro radical al conocer a Paco de Lucía, con quien formaría dúo y sólida carrera musical.

En 1979 publica La Leyenda del Tiempo, disco que causa una gran revolución al incluir sonidos propios del rock y el jazz, con adaptaciones de poemas de García Lorca.

Pero hay que esperar a 1989 para conocer el disco más vendido de la historia del flamenco, con la colaboración del guitarrista Vicente Amigo, Soy Gitano.

Un cáncer de pulmón acaba con su vida en Badalona en 1992, enterrado en San Fernando hoy se está construyendo el museo que llevará su nombre.

No sé lo que tenía, pero desde los más puristas del arte flamenco hasta el más humilde de sus aficionados valoran tremendamente su aportación.  Cualquier chiquillo de mi barrio sabe quien es Camarón, las madres cantan sus canciones a cualquier hora.

En este enlace podéis encontrar todos los actos del vigésimo aniversario de su desaparición:http://www.europapress.es/andalucia/cultura-00621/noticia-san-fernando-homenajeara-dia-27-camaron-isla-20-aniversario-fallecimiento-20120620114012.html

Se dice que todos los claveles blancos de su ciudad natal se agotaron el día de su entierro, arrojados al pasar el féretro portado a hombros.

"UNA FORMA DE RESISTENCIA"

"UNA FORMA DE RESISTENCIA"

Sé que algunos-as, al comenzar a leer esta entrada sonreiréis, no sin cierto hastío, y miraréis para otro lado sin terminar de leer... "Otra vez vuelve a la carga con García Montero..." pensaréis...   Pues ciertamente, cómo no podía ser de otra manera.  A quienes me decís que no termina de convenceros la obra del gran poeta granadino sólo puedo responder que sigáis leyéndolo, que es imposible no sucumbir a alguno de sus versos, por no decir a casi todos.

Los mejores títulos del mundo de los títulos literarios los he encontrado en "Un Invierno Propio" (Editorial Visor, 2010): "El idioma, es, más o menos, la patria del poeta", "La poesía sólo existe como una forma de orgullo", "La tristeza del mar cabe en un vaso de agua", "El desorden funda la intimidad como los ríos suelen fundar sus caudales", "Los viejos cascarrabias son tan peligrosos como los jóvenes sin historia"... un libro extraordinario y especial, que merece la pena ser adquirido sólo por tener a mano esos títulos.

García Montero ha vuelto para emocionarnos con las pequeñas cosas.  Y aunque esta podría ser una frase fácil y hecha corresponde a la realidad de lo que nos plantea, el amor, el recuerdo, la utilidad inútil de los objetos que nos acompañan a lo largo de los años, de las mudanzas y de los desencuentros, aquellos combatientes victoriosos que nos esperan en el mismo rincón y de la misma forma: la butaca de lectura, un souvenir, un espejo, una fotografía,la entrada de un memorable partido de fútbol, un cuaderno en blanco... "Un cuaderno en blanco no está vacío.  Por eso es una invitación al futuro."

Y muchas más cosas que sirven de nexo y de excusa para contarnos de donde venimos, quienes fuimos, quienes estamos dispuestos a ser, sostenidos por los amigos, los hijos, el amor y la memoria convertidos en una corbata de Alberti, en un carnet de la Universidad o un billete de tren que hace tiempo vive convertido en marcapáginas.

La dignidad y la estética con las que escribe y describe consiguen que no me haya puesto a subrayar ni una sóla línea del libro, porque de haber empezado tendría hoy entre las manos un libro primorosamente rayado de principio a fin.

No lloro con facilidad, pero García Montero y Serrat consiguen rebatir, en un suspiro, lo que acabo de afirmar.

"... Pero vivir merece la pena, y el verdadero regalo es aprender a compartir la fragilidad de la vida, cuidar a los otros, que los otros nos cuiden.  El amor a la vida es la tercera evidencia, el único refugio de la dignidad humana..." (pag.123)

Cómo quedarse impávido ante esto, cómo no echar a correr, y leerlo, y después que pase lo que tenga que pasar, pero que nos pille leídos.