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MARTES DE CENIZA

"EL PASADO INSUFICIENTE"

"EL PASADO INSUFICIENTE"

 

Julio murió de manera repentina, en el garaje, poco antes de las tres de la tarde.

Se lo llevó un infarto con la fuerza que sopla un niño las velas de su tarta de cumpleaños.

Estaba a oscuras. Y sólo. Lo encontró un vecino media hora más tarde, cuando ya no se podía hacer nada por él.

A Laura le avisó la Secretaria de Julio, y en aquel momento estaba tan contenta comprando las cortinas del dormitorio que iban a compartir, que no percibió la diferencia en la voz átona e impersonal de siempre. Le dio la noticia despacio, como si la estuviese leyendo en el periódico habiendo olvidado las gafas de cerca, titubeó tratando de buscar las palabras precisas y colgó sin despedirse porque se le quebró la voz. Laura se quedó unos segundos absorta, mirando la pantalla del teléfono móvil, esperando otra llamada que desmintiera la anterior. Pero ya sabía que la realidad se había dado la vuelta quedando patas arriba como una bailarina de can-can.

Miró a la dependienta que le estaba cobrando las cortinas que nunca se estrenarían y a punto estuvo de suplicarle que la sacara de allí por la salida de incendios, porque no se encontraba con fuerzas para bajar las escaleras mecánicas mezclándose con la gente como si no le pasara nada y aquella fuese una tarde cualquiera de tantas.

Ya en la calle la ciudad le pareció extraña, y aunque Mayo despuntaba en todo su esplendor sintió un frio lacerante en la piel, como si no fuese vestida. Vió reflejada su imagen en un escaparate y se cercioró de que iba cubierta con ropa que le había regalado Julio.

Caminando llegó hasta la casa que en un par de semanas iba a ser de los dos, el portero la estaba aguardando y en medio de la confusión Laura pensó que era la primera vez que le daban el pésame masticando chicle. Como quien no quiere la cosa el portero comentó que arriba estaban los hijos y la exmujer de Julio, acababan de llegar. Ella se dio por enterada y volvió sobre sus pasos, hasta agradeció que aquel hombre hubiera pronunciado la palabra exmujer, ya que nunca confirmaron con trámites legales los doce años que llevaban separados. Julio era enemigo de enredarse en papeleos: “Todo el mundo sabe lo que hay y como están las cosas”. Aunque la historia pueda convertirse en pasta de modelar para un presente caprichoso.

Se hizo de noche mientras volvía a casa.

A casa.

De noche.

Su casa estaba embalada en cajas que la esperaban a la entrada, sobre ellas unos abrigos enfundados; desde las bombillas desamparadas que buscaban ansiosas los bultos y sombras de siempre caía una luz enfermiza. Había realizado la preventa del piso y en diez días se produciría la mudanza definitiva. Los chiquitos jóvenes y recién casados que habían visto con ojos de querer entusiasmarse aquel minipiso la enternecieron, parecían tener la llave de las cosas previsibles, el mapa del tesoro, hasta les hizo una rebaja en el anticipo. Ahora tendrá que llamarlos para retractarse .”Veréis, mi pareja ha muerto y ya no tengo con quien estar ni a dónde ir ...”, lo dejará todo en manos de Paula, ella sabe, es desenvuelta y capaz en este momento de realizar el trámite.

La noche es el gran tema de siempre, uno de los argumentos principales para aceptar la oferta convivencial de Julio. Cuando termina el día ella se apaga también, una tristeza febril la abraza despacio hasta asfixiarla, y de los rincones más inverosímiles surgen los fantasmas caducos con el traje de los domingos y la sonrisa impoluta. No soportó nunca ese silencio, la ausencia de ruidos familiares: unas zapatillas destalonadas, la televisión, aceite en la sartén, la ducha, un cepillo de dientes, alguien preparando la bolsa de la basura... ruidos, planes, esperarla. Que la esperasen de verdad-verdad, no porque fallase la otra prioridad ni por jugar durante unas horas a la casita de Pin y Pon. Ya se ha hecho mayor para que lo eventual le sirva. Ya no se contenta con las migajas. Por eso decidió que iba a probar con Julio, hacía mucho que no se lo proponían y las oportunidades iban escaseando. Además Julio le atraía sinceramente, sus ojos inteligentes, viajeros, el pelo abundante y canoso, las manos de pianista, la piel curtida, morena, un hombre que no engañaba ni se llamaba a engaño, que no prometía pero tampoco deambulaba.

Sentada sobre la taza del water con la cabeza hundida en las rodillas pudo escucharlo en su programa de radio, indispensable voz de terciopelo, mandándole mensajes que sólo ellos podían descifrar, dedicándole canciones que habían significado algo en la vida de Laura.

Trató de llorar compulsivamente, sacarlo todo fuera, al menos la rabia por un presente que había decidido humillarla, mandar al traste toda su despaciosa labor de encaje de bolillos en un segundo, en un arrebato autoritario. Pero no encontró una lágrima que se apiadase de ella queriendo defenderla. Nada. Un vacío como el del pozo al que se lanza una piedra para escuchar como cae.

Sonó el teléfono cuando amanecía, seguía con aquel frio desconocido en los huesos, casi sólido en las yemas de los dedos. Tuvo que volcar el contenido de su bolso sobre los baldosines de la entrada para encontrar el aparato. “Mariana”, podía leerse en la pantalla. No supo que voz poner y casi no acierta a contestar. La hija de Julio, con su educación parisina y sus varios masters le pidió que tuviese en cuenta la situación y no acudiese al entierro. “Pasa a recoger tus cosas en cuanto puedas porque vamos a vender la casa.”

Estuvo a punto de preguntarle si le había pedido permiso a su padre. Porque aquella casa y todo lo que había en ella, su última morada, decía él, por eso me la monto como quiero, era de Julio. Sus hijos iban a comer con él los domingos, por oficializar algo que pareciese más serio y consistente que una relación paterno-filial que se va transformando con el paso del tiempo. Laura los había visto dos o tres veces jugando a somos modernos y no nos importa que papá tenga un rollete con alguien dieciocho años menor porque algún capricho ha de tener el viejo, que para eso nos suelta la pasta y además madre no hay más que una. Hubiera preferido que la llamase Sergio, pero estaba convencida de que no se había atrevido. Sergio resultaba tan indefenso y enternecedor como un pájaro herido, y por él había conocido a Julio.

Fue cuando ella trabajaba en el bar de la facultad donde estudiaba Sergio, que se tiraba las horas muertas enlazando un café tras otro y paseando una vieja carpeta de la que nunca le vió sacar o meter apunte alguno. Laura trataba de hablar con él o de comprometerlo con alguna broma, pues le dolía su seriedad, su aspecto de niño abandonado a la puerta del colegio. No puede decirse que llegaran a ser amigos, pero aprendieron a leer entre lineas y a interpretar el brillo en las mejillas del otro. “Tú nunca te liarías con un tipo como yo” le dijo Sergio una vez. Ella evitó responderle que carecía de instinto maternal y contestó algo recurrente para salir del paso: “A mí me van los hombres mayores, con mucho mundo y buena posición económica, que a nadie le amarga un dulce”. “Pues entonces te presentaré a mi padre”.

Podría jurar que había olvidado completamente aquella conversación cuando al terminar un martes su turno Sergio la invitó a un café y le presentó a su padre, que le tendió la mano e inclinó levemente la cabeza. A los diez minutos Sergio se fue a la clase que nunca solía ir y su inofensiva estrategia de Celestina comenzó su curso.

Julio empezó a frecuentar el bar de la facultad en la misma medida que Sergio dejó de hacerlo al comprobar las dimensiones que cobraba su inocente juego. Posiblemente pensó que aquello no pasaría de algunos encuentros sexuales, y que dos mundos tan antagónicos no pueden tener avenidas comunes. Lo mismo pensaba Laura. Pero el empecinamiento de Julio era sólido como el acero sin resultar agobiante. Unas flores –nunca ningún hombre le había regalado flores, no una rosa envuelta en celofán transparente, no, docenas de ramos de flores-, un solo de violín desde el estudio radiofónico al empezar la noche, unos estratégicos besos en el cuello, una cena para dos en restaurantes que sólo tienen mesas para dos, cruzar la ciudad en moto, pasar la Nochevieja en la Playa, acostarse juntos después del desayuno o a la hora del vermouth ... sorprenderla vaya, hacerle ver que sabía como hacerlo, que no había resistencia posible.

Nunca Julio le preguntó por su pasado, aunque a ella en ocasiones le hubiese gustado, y Laura no se atrevió a saber más de lo que él quería contarle. “La gente de tu edad aún no tiene un pasado que pueda asustar a nadie”, decía.

Cuando Julio se iba ella se quedaba sola sin tanto miedo como antes y quería creer en lo que él decía, y pensar que todo lo que había vivido no era para tanto ni resultaba tan importante al lado de un presente que se cubría de brillos y olía a esperanza.

De vez en cuando Paula, su hermana, la soliviantaba a propósito: “Es un viejo, Laura, en cuanto se llene de achaques perderá su atractivo”.

“No seas burra, no es tan viejo, tiene cincuenta y pocos ...”

“Suficientes para que la próstata empiece a fallar”

“Tú lo que tienes es envidia”

“Cierto, me has pillado ¿no puedes presentarme a algún hermano suyo? ¿o es que están todos en el geriátrico?”.

Se tiraban del pelo, o se lanzaban algún zapato para acabar riéndose a carcajada limpia. Era cuando Paula salía del enclaustramiento al que la sometía su matrimonio convencional con su novio de siempre y se fugaba un par de días para parecer otra, resultar otra, antes de volver a la postura de cera, al lugar del que tanto miedo da desprenderse.

Paula aún vive en el pueblo del que Laura se marchó a los veinte años y al que sólo vuelve en fechas señaladas, curiosamente no está muy alejado de la ciudad, pero sí lo suficiente. Si Laura tuviese carnet de conducir se acortaría ostensiblemente el camino estrecho de las excusas. Por eso no piensa sacárselo, presentarse allí con el maletero lleno de bolsas de supermercado, simular que ha triunfado en la city y que no se parece en nada a su madre, que lleva el mismo moño con redecilla de hace veinte años y cada quince días acude a sacarle brillo a la lápida de un marido que se fue con la pena de no haber tenido hijos varones que le sucedieran en las tareas del campo. Ella no quiere aparentar nada, no le parece fácil la vida en ninguna parte, pero no quiere dar explicaciones, sólo pretende que la dejen vivir, y eso, en un pueblo pequeño cuya única distracción consiste en escarbar las miserias de los demás antes de que las propias queden al descubierto es anhelar lo imposible.

Paula es mucho más valiente que Laura, pero no lo sabe. Siente en ocasiones esos ramalazos de rebeldía que le hacen enganchar la maleta y largarse un par de días con su hermana para despejarse, para entender porqué son distintas, porqué buscan cosas distintas, pero enseguida echa en falta la comida de puchero, los campos, el rio helado en invierno. Los espacios pequeños en los que ella se mide bien, los problemas pequeños, la luna diáfana, los nombres conocidos de todos, las calles que la han visto crecer, pasar de los calcetines largos a los pantys, de las pedradas a los besos escondidos. Ella siente seguridad en las costumbres, aunque a veces, sólo a veces porque es un poco gatuna, se rebele contra lo que parece que ya no va a cambiar. Todo lo que se elige puede cambiar. Paula lo repite constantemente.

Mientras enterraban a Julio –podría haberse colado entre la multitud, entre tanta gente que acudiría al sepelio, pero una vez allí no hubiera podido evitar el grito desgarrador anunciándose ante todos- y Paula frenaba la venta de aquel pisito del que siempre quiso salir, salir de verdad, haciéndose la puerta grande-grande-grande, Laura repasaba sus treinta y siete años y medio, asustada y asqueada de estar sola, una vez más.

El piso se lo puso Enrique a los cuatro años de estar trabajando en la ciudad. Enrique Berdún, padre de uno de los niños que cuidaba para sacarse un jornal mientras estudiaba administrativo por las noches y compartía piso con cuatro chicas más. No es que se liara con cualquiera ni mucho menos con los padres de las criaturas a las que atendía, lo de Enrique fue circunstancial, además él y su mujer dormían en habitaciones separadas. Por eso, y por las cosas que le decía, que parecían auténticos versos, ella creyó ya entonces que de verdad su vida iba a cambiar. Estuvo dos años liada con él, sin hacer caso a los chicos de su edad que se le acercaban, sin querer cambiar de trabajo, hasta que un día, recibió un telegrama desde Panamá, dónde Enrique y su familia se habían trasladado para no volver.

Le dejó el piso a su nombre, se portó. Un picadero a cambio de dos años de dedicación y un aborto programado tampoco son un regalo caído del cielo, se lo había ganado a pulso.

Sintió que se le quedaba dentro un agujero negro al que nunca se asoma, pero que lo siente ahí, una víbora diminuta enganchada a las tripas que le come la energía y sobre todo la fe en la gente. Dejó de ser crédula.

Por eso tuvo cuidado en elegir bien al siguiente hombre con el que compartir tiempo básico de su vida. Pedro Encías era soltero, funcionario, y vivía con su madre octogenaria. Desde lo de Enrique había urdido la estrategia de acercarse a hombres mayores que pudiesen compensarla económicamente. Sabía a qué locales acudir y qué contactos poner en funcionamiento. El caso es que con Pedro se hizo la encontradiza en el bar en que lo había visto desayunar durante toda una semana, funcionó lo de las lágrimas de la chica sola maltratada por su novio, él le prestó pañuelo y poco a poco algunos miles de euros para saldar deudas del novio sinvergüenza. Cuando estaba a punto de ser presentada a la madre y lo acompañaba ya al sastre, porque era un hombre grande y corpulento que se hacía los trajes a medida, reapareció una antigua novia separada y con dos hijos, con mucha más escuela y pasado que Laura que lo tuvo comiéndole en la mano y en más sitios en menos que canta un gallo. Casi fue divertido verlo despedirse, en el mismo café de los desayunos, quitándose con servilletas de papel el sudor del apuro, tendiéndole una cajita con dos pendientes de oro en forma de caracolas diminutas, sin mirarla a los ojos desencantados y aliviados; cuando se disponía a marcharse tras haber dejado pagada la cuenta dijo de una forma apenas audible a espaldas de Laura : “Tú nunca hubieras llegado a quererme”.

No le faltaba razón, a eso no se llega como a la cima de una montaña, tras horas de escalada. En eso se irrumpe huracanadamente, como el infarto de Julio, como su amor por Ernesto que no supo de dónde ni como podía brotar así, tan falto de razones, tan descarnado, impulsivo y salvaje. Con Ernesto fue verse reflejada en un espejo, caer en su propia trampa. Igual que deben reconocerse entre ellos los ladrones de guante blanco se reconocen las personas-parásito que viven de chuparles a otras la sangre, contándoles mentiras y palabras de amor que suenan a telenovela barata sabiendo que habrá oídos que las acojan como música celestial.

Fue al único de sus amantes que metió en casa prácticamente al mes de conocerlo. Estaba convencida de que aquello funcionaría porque los dos conocían la profundidad de sus miserias. Con él fue tan absurdamente feliz, feliz de intensidad, de importarle todo una mierda, que llegó a ser inmensamente pobre, pobre de mano extendida, pobre de suplicar una caricia y pobre como las ratas cuando le dejó la cuenta a cero y cuatro sillas en casa, cuatro sillas, ni los taburetes de barra de la cocina. Supo entonces que ni siquiera se llamaba Ernesto.

Paula tuvo que pasar con ella más de un par de días. Se la encontró con una sobredosis de somníferos y un mal de amores peor que cualquier dependencia enfermiza.

La llevó a Marta Heredia, una psicóloga de su mismo pueblo que guardaría para siempre el secreto profesional. Marta supo trabajar con Laura, le enseñó que para volver a empezar nunca es tarde si se hace con la aceptación absoluta de lo que una ha sido y es. La ayuda psicológica, unida a su propia naturaleza de culebra y yedra la impulsaron hacia delante.

Tenía treinta y cinco años y un terror absoluto a no saber hacer nada bien, nada bueno.

Como si el agujero negro de su estómago se proyectara en las cosas, distorsionándolas.

Así estaba, aprendiéndose, cuando conoció a Julio, aquel martes por la tarde en la facultad de medicina.

Desde entonces han pasado más de dos años, aunque parezcan miles sólo son un par de años, piensa mientras pasea lentamente por la casa que ya nunca será de los dos. Una casa desvalijada sin pudor, con carteles de “Se Vende” en todos los ventanales, con las cosas de aseo de Laura, su albornoz, sus zapatillas, un par de camisetas, fotografías sin marco de un tiempo juntos que hasta hace nada era presente, tiradas detrás de la puerta de entrada, tiradas a conciencia, para que se vea que están tiradas. Ella las va metiendo con cuidado en una bolsa de deporte y entonces sí llora, con alivio y sin mesura, ahora que nadie puede verla en una casa de nadie, ahora que Julio ya está enterrado y que nunca le preguntará por su pasado, nunca volverá a decirle que no tiene importancia porque no ha vivido lo suficiente.

Paula se ha ofrecido a acompañarla pero Laura no ha querido, le debía a Julio enfrentarse sola a esto, llorarle sola, agradecerle en silencio que le devolviera confianza e ilusión, posibilidades nuevas.

La casa no se parece en nada a la que fue, todo está revuelto y sin orden, sucio. Aún así ella se permite un último gesto contestatario y dirigiéndose al dormitorio principal cuelga de la barra las cortinas que compró, sabe que no durarán mucho tiempo, pero son las flores que no le llevó al cementerio, la última promesa que le hizo y que quería cumplir antes de que todo se desvanezca como si nunca hubiese existido.

Al bajar de la escalera y sacudirse el pantalón escucha unas llaves en la cerradura. El miedo se frena porque es plena mañana y nada escapa a la vigilancia del portero. Acelera el paso hacia la puerta de entrada pensando en el encuentro violento con Lola, la ex de Julio, o Mariana, o cualquier familiar desconocido ... Pero es con Sergio, cabizbajo, con quien se topa.

“Te he llamado a casa y me han dicho que habías venido aquí”

Laura supone rápidamente que Paula le habrá dicho muchas más cosas, y casi tiene ganas de sonreir, pero le puede el deseo de salir de allí cuanto antes, aunque Sergio le dificulte la Salida.

“Ya me marcho, toma las llaves”

Él no saca las manos de los bolsillos, mucho más niño que nunca, mucho más triste, capaz de provocarle pena. Como no hace ningún gesto por coger las llaves o apartarse Laura las lanza al suelo, dentro del salón, y se coloca prácticamente pegada frente a él para que la deje pasar, pero él es como un roble vencido.

Ponerse a esquivarlo le resulta patético, y aunque lo intenta con suavidad él vuelve a obstaculizarle el paso.

“¡Joder, Sergio, ¿De qué vas?, Déjame pasar!”

A él el grito parece despertarlo de un letargo anacrónico, por fín actúa, saca del bolsillo un sobre arrugado y se lo tiende a Laura, prácticamente se lo mete en el estómago.

“Toma, esto es tuyo”

Laura no quiere abrirlo, no siente curiosidad, no quiere imaginar, pero lo abre para que Sergio cumpla el recado familiar y se quede con la sensación del deber cumplido. Arroja el fajo de billetes en la misma dirección que las llaves.

“Vete a la mierda”

Si no estuviera tan rabiosa como para abofetearlo creería que a Sergio le brillan los ojos y está a punto de llorar.

“Es una compensación, por lo mal que nos hemos portado contigo ...”

Ella ve pasar toda su vida, la ve claramente, en el reflejo de los ventanales con los carteles de “Se Vende”, junto a las llaves y el sobre con dinero, dentro de las cosas que guarda en la bolsa de deporte a la que se agarra como si fuera a desplomarse.

“Si hubieses sido tú en lugar de tu padre cogería ese dinero sin pensarlo, es más, llevaría dias esperándolo”

Y por fin se lo quita de en medio porque él tiene la consistencia de un junco minado que azota el viento. No espera que la entienda, no va a hacerlo nunca, aunque está segura de que sus palabras darán vueltas en la cabeza de Sergio hasta el final de sus días, tratando de descifrar el jeroglífico.

Laura no responde a la despedida del portero, en la calle Mayo termina, y ella, con su cargamento de sí misma a la espalda, camina despacio por la avenida admitiendo la imagen que le devuelven los escaparates de las tiendas de lujo.

 

 

ENAMORADOS

ENAMORADOS

 

"Enamorados", Rébeca Dautremer, Editorial Kókinos.  2007

 

Ernesto no para de fastidiar a Salomé.

Le tira del pleo,

le arranca las gafas,

le quita el sombrero, a propósito.

La mamá de Salomé le ha dicho que seguramente Ernesto está enamorado de ella.

¿Pero qué quiere decir estar enamorado?

Sobre este tema los amigos de Salomé están bien informados...

 

Enamorados es un cuento para enamorar, y quedarse prendado de la historia, de sus personajes y, sobre todo, de las hermosas ilustraciones de la autora, francesa, del 72, Diplomada en la Escuela Nacional de Artes Decorativas de París.  Ninguna mirada se parece a las que ella dibuja.  Nadie utiliza los tonos rojos como ella.http://www.rebeccadautremer.com/

En el cuento, que no es infantil ni para adultos porque los cuentos cuentan sin ánimo de edad, Nicolás cree que cuando alguien está enamorado se pone triste, le da como vergüenza y se le pone la cara roja, Lucas considera que es estar hipnotizado y Serena se ríe porque los enamorados se dan besos...  entre todos, desde su visión práctica, aguda, imaginativa  y fantástica nos adentramos como nunca en el mundo de los sentimientos, especialmente en el paraíso afectivo, con la llave mágica de esta joya-libro que no os podéis perder.

ANA Mª MATUTE, LA REINA MADRE

ANA Mª MATUTE, LA REINA MADRE

 

Ya os hablé de ella hace un tiempo, tras la publicación de sus cuentos completos recopilados en "La Puerta de la luna".  A Ana Mª Matute, poco o mucho, la conoce todo el mundo, o así debería ser, porque esta escritora excepcional es mucho más que una mujer que escribe, es encantandora, imaginativa, amena y muy instructiva.

Es toda una Señora.

Se la propuso para el Nobel de Literatura en 1976.  Veinticinco años después no estaría de más continuar con el empeño.

 

 

A continuación:

Artículo de LAVANGUARDIA.COM

 

Alcalá de Henares (Madrid).  (EFE).- "Es el día más importante de mi vida literaria y mi vida personal, porque las dos siempre han ido juntas", ha afirmado esta mañana Ana María Matute, quien ha recibido "muy feliz, pero muy nerviosa" el Premio Cervantes de manos del rey.

"He venido pronto, no vaya a ser que le den el premio a otro", ha bromeado la galardonada con un grupo de periodistas, mientras degustaba un gin tonic en la cafetería de la universidad -"el motor, sin gasolina, no funciona", ha explicado-, acompañada por su hijo y por el director general del Libro, Rogelio Blanco.

Poco antes, la escritora ha visitado una exposición sobre la censura sufrida por su obra durante el franquismo. "No sabéis lo que decían de mí. Me llamaban irreverente, inmoral, lo tergiversaban todo", ha explicado a los periodistas.

"El día de hoy lo disfrutaré luego, porque todas las cosas buenas que me han pasado las guardo en mi cabeza, como una película, y las recuerdo luego", ha dicho la escritora barcelonesa.

La autora de Olvidado rey Gudú ha estado acompañada en la ceremonia por numerosas escritoras, como Ana María Moix, Carmen Riera, Soledad Puértolas y Ángeles Caso, quien ha dicho: "estamos felices, porque venimos a ver a la reina madre", ha dicho-.

Ana María Matute es la tercera mujer que recibe el Cervantes en más de tres décadas de la historia de este premio, tras la filósofa española María Zambrano y la poeta cubana Dulce María Loynaz.

El acto de entrega del máximo galardón de las letras hispanas estará presidido por los Reyes y contará con la asistencia del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado por su esposa, Sonsoles Espinosa; la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y la directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel.

"El que no inventa, no vive"

La escritora agradeció la concesión del Premio Cervantes con un discurso en el que habló de su gran pasión: la Literatura, y con el que quiso hacer partícipes de su "emoción, alegría y felicidad" a todos cuantos "han hecho posible este sueño" que le acompaña desde la infancia.

"San Juan dijo: 'el que no ama está muerto' y yo me atrevo a decir: 'el que no inventa, no vive'", afirmó la novelista catalana al comienzo de su discurso, que abrió con una mención al gran poeta chileno Gonzalo Rojas, galardonado con este premio en 2003 y fallecido el pasado lunes, e hizo extensivo este recuerdo a todos los Cervantes fallecidos.

Instantes después de recibir de manos del rey el premio más preciado de las letras hispánicas, en una solemne ceremonia que tuvo lugar en el paraninfo de la universidad de Alcalá de Henares, Matute confesó que a ella no se le dan bien los discursos y dejó claro que prefiere "escribir tres novelas seguidas y veinticinco cuentos, sin respiro, a tener que pronunciar" uno.

Y en su alocución aludió a "la felicidad" que la embargaba -"¿por qué tenemos tanto miedo de esa palabra?"-, y dijo que el Cervantes lo considera "como el reconocimiento, ya que no a un mérito, al menos a la voluntad y amor" que la han llevado a entregar su vida a la Literatura.

La capacidad de invención del escritor fue quizá el hilo conductor de su emotivo discurso, en el que habló de su infancia y de sus comienzos como narradora y en el que apenas hubo referencias a Cervantes, aunque sí aludió, sin nombrarlo, al Quijote, ese "hombre bueno, solitario, triste y soñador", que "creía en el honor y la valentía, e inventaba la vida".

El Rey elogia su "deslumbrante universo imaginativo" 

El Rey ha valorado hoy la "excelencia literaria" y el "deslumbrante universo imaginativo" de Ana María Matute al hacer entrega del Premio Cervantes a la escritora catalana, a quien ha elogiado como "una de las narradoras más destacadas y brillantes de habla hispana".

Tras destacar el "inconfundible sello cervantino" que caracteriza toda la obra de Ana María Matute, el rey ha rememorado la trayectoria vital de la premiada y ha subrayado que la tragedia de la guerra civil dejó "una huella imborrable en su alma infantil y juvenil", que ha quedado grabada en gran parte de su producción "moldeada desde el prisma de la niñez".

En este contexto, ha llamado la atención sobre el hecho de que la autora catalana considere la literatura como "una forma de extraer de uno mismo el malestar del mundo, una suerte de rebelión íntima" convertida en "un estado natural que ayuda a trascender las etapas de soledad por las que, tantas veces, transita la vida".

UNA NOCHE EN EL TEATRO

UNA NOCHE EN EL TEATRO

Una noche en el teatro se espera, cuando menos, que sea eso.  Una noche en la que el teatro respire su esencia pura de espectáculo incomparable.  Anoche, el Teatro Principal de Zaragoza, con ese público suyo tan especial, tan difícil de contagiar (se dice lo que quizás se diga de todos los lugares, que si aquí triunfa un estreno tendrá el éxito asegurado en todo el país), recibió con un lleno total la última función de "Una noche con Gabino, ocho años después".

Que Gabino Diego (Madrid, 1966) es el graciosillo feo de cualquier pandilla ya lo sabemos, encasillado, creo que por suerte, en el papel permanente de bobo o menospreciado, y digo por suerte porque borda el personaje hasta la linde de la ficción-realidad... ¿cuanto pone de cada?

Gabino es un gran cómico, histriónico lo justo, adecuadamente disperso, capaz de establecer un monólogo de casi dos horas basado en sus propios arquetipos, en las críticas negativas que ha recibido y en su permanente lastre de "chico desafinado".  Un lastre al que le dio la vuelta con la maestría de los pillos, y que le hizo estar en el momento oportuno y en el lugar adecuado cuando en 1983 Jaime Chávarri lo escogió para el primer gran personaje de su carrera en "Las bicicletas son para el verano".  Las críticas fueron demoledoras con él, pero al gran Fernando Fernán Gómez le pareció que aquel chico podía servir, y en contra de los profesores que Gabino había tenido en varios colegios y que lo calificaban de hiperactivo o disléxico, Don Fernando acertó.

Yo fui a ver al Gabino de Cha-cha -cha o Los Peores años de nuestra vida,y lo encontré como encontré otras facetas suyas, todas dentro de un showman que resiste a la prueba de la soledad sobre el escenario como pocos lo harían, que te conmueve e increpa desde la dulzura de chico pinchadiscos y hombre que quisiera pasar desapercibido sin lograrlo, porque hay algo en él, una genialidad única, de andar por casa, pero absolutamente personal e intransferible, que lo identifica.

Por este espectáculo recibió el Fotograma de plata al mejor actor de teatro en 2005, y el Goya al mejor actor de reparto en 1990 por Ay Carmela.

Me da que al chico que quería llegar a Hollywood y llegó poco le importa la parafernalia de la fama y los premios, aunque a nadie le amargue un dulce.  Gabino en las distancias cortas ha de ser un tipo extraordinario, y un gran amigo.

Pero ante todo Gabino Diego demostró anoche lo que ya presentíamos, ser uno de los grandes de la escena española.

POESÍA POR PRINCIPIO

POESÍA POR PRINCIPIO

"Después" (Cristina Peri Rossi)

 Y ahora se inicia
la pequeña vida
del sobreviviente de la catástrofe del amor:        

Hola, perros pequeños,
hola, vagabundos,
hola, autobuses y transeúntes.        

Soy una niña de pecho
acabo de nacer
del terrible parto del amor.        

Ya no amo.

Ahora puedo ejercer en el mundo
inscribirme en él
soy una pieza más del engranaje.        

Ya no estoy loca.

 

       

"Otra vez eros" 1994




SOLA

SOLA

Guillermo y Sheyla son amigos de Daniel, junto con otros chicos y chicas forman una pandilla en ese espacio del que disfrutamos, lo más parecido a un pueblo, llamado Stadium Miralbueno "El Olivar".  Me recuerdan a "Verano azul", y a mí misma cuando jugaba en la calle.  Las cosas han cambiado, pero las coordenadas o las reglas de un grupo de pequeños amigos siguen siendo las mismas: jugar por orden de preferencia a lo que nos gusta a todos, al pilla-pilla en el agua, con la pelota hinchable o las palas de ping-pong, merendar en tu sitio, en el mío o en el de Alicia, tomar un helado, hoy te invito yo, estrenar un balón como si nunca hubiésemos visto uno, sentarnos en los columpios aunque estén ardiendo, disfrutar del verano con intensidad extrema...  VIVIR, con mayúsculas y en equipo, que no es poco.

El sábado 02 de Abril parecía verano.  Nos lo creímos.  Hacía mucho calor y la gente llenaba las mesas que hay junto a los fogones comiendo al aire libre.  Los chicos y chicas ya lucían camisetas sin mangas y pantalones cortos, y había que darles protección solar, ya se sabe como pega este primer solazo ardiente...  El caso es que la mamá de Sheyla y Guillermo, Esther, recibió una llamada sorprendente al principio, alarmante después.  Su suegra, que padece principio de Alzheimer, había acudido a la peluquería y cuando su marido volvió a buscarla ya no estaba, decidió marcharse por su cuenta.  Han pasado nueve días y todavía no se sabe nada de Francisca Navarro, que es como se llama la abuela de los amigos de Daniel.  Creímos que se desorientaría durante unas horas y luego regresaría, pensamos que alguien llamaría diciendo que la habían encontrado, pensamos tantas cosas y tan deprisa... pero ninguna se produjo.  No funcionó el deseo.  La varita mágica de la imaginación.

Incluyo esta entrada en mi blog porque no quiero creer, ni puedo, que en medio de la vorágine ciudadana esta mujer haya desaparecido, no quiero, ni puedo pensar que ha pasado entre la gente que mira escaparates y habla por el móvil, y compra el pan, y empuja los carritos de sus bebés, resultando invisible.  Parece que varias pistas la sitúan recorriendo un sector... pero luego todo queda en nada, y se me cierra el estómago de melancolía al imaginar que ha podido estar cerca y al mismo tiempo tan lejos...  que cualquiera de nosotros podríamos haber llamado a la policía al descubrir a la legua el aspecto desastrado de una mujer perdida, desorientada, nada que ver con las personas sin techo hechas a la calle.  Bastante daño hace el Alzheimer como para que la sociedad ponga la puntilla ¿no?.

Las esperanzas de encontrarla con vida se agotan, porque el tiempo sigue pasando igual, tren de alta velocidad que no mira los márgenes de la vía.

Se sucederán los veranos y los niños dejarán de serlo, por mucho que se empeñen en sujetar cometas.  Para Guillermo y Sheyla algo ha cambiado para siempre en este traicionero mes de Abril.

La razón ya no tiene un único camino.

Crecer es intuir la amenaza.

Espero poder seguir creyendo en el género humano.

ELLA, JOSEFINA ALDECOA

ELLA, JOSEFINA ALDECOA

Su nombre original era Josefa Rodríguez Álvarez, se puso el apellido de su marido una vez fallecido este.  Traductora y pedagoga vocacional, esta mujer nacida el 08 de marzo de 1926 en una aldea de León, fue directora del Colegio Estilo de Madrid y formó parte de la Generación del 50.  Con la base ideológica de la Institución Libre de Enseñanza, y fundamentando el aprendizaje en la literatura, el arte y la libertad de pensamiento, Josefina funda en 1959 el Colegio Estilo, ya por entonces mixto, os invito a leer la entrevista en la que diferencia "educación de enseñanza" y explica su necesidad de levantarse todos los días para ir al colegio y nutrirse de savia nueva:http://revista.consumer.es/web/es/20060901/entrevista/70675.php

Mujer independiente afirmó que su marido, Ignacio Aldecoa (Vitoria, 1925, Madrid 1969) fue lo más importante que le había ocurrido.  Tras su fallecimiento estuvo más de una década sin publicar, sin ganas de escribir, hasta que regresa a la literatura recopilando los cuentos de Ignacio y como homenaje firma con su apellido.  Después llegarían Los niños de la Guerra (1983), La Enredadera (1984) y muchos más hasta obtener en 2004 el Premio Castilla y León de las letras y escribir su última novela Hermanas hace tres años.  Su trilogía iniciada con Historia de una maestra (1990), merecido homenaje a un tiempo, una época y una profesión vinculadas a su familia (abuela y madre maestras) y seguida de Mujeres de negro (1994) y La Fuerza del Destino (1997), la encumbran dentro de un estilo irrepetible en el que la mujer es la principal protagonista, y con ella el contexto social e histórico en el que le toca vivir, y que la enfrenta a sus miedos y a sus pasiones como único agente de cambio.

La escritora aprendió a manejar el ordenador y escribir con él, y una vez que alcanzó en esto cotas de solvencia le regaló el ordenador ("impuesto" por su editorial) a su nieto y volvió a su vieja máquina de escribir.

Murió en Cantabria el 16 de Marzo pasado, con ella parte de un tiempo, y de un lugar concreto en ese tiempo.

Como legado quedan sus libros.

"ALICIA EN NINGUNA PARTE"

"ALICIA EN NINGUNA PARTE"

 

-A los refugios infantiles

 

Mi madre se puso peor cuando la abandonó Ernesto. 

Estuvo cuatro días con sus cuatro noches sin salir de la cama. Cerró a cal y canto la puerta de su dormitorio y no permitió que entrásemos nadie. 

Nadie. 

Ni su amiga Carola, eso sí que es una amiga, con lo difícil que era aguantar a mi madre y ella acudía cuando se la reclamaba, a cualquier hora del día o de la noche.  Fueron juntas al colegio y vivían en la misma calle.  Siempre me quedé con las ganas de saber más, de que me contaran su historia incluyendo hasta los detalles más pequeños, pero la vida entonces era como lanzarse rodando por la  ladera de una montaña, una aventura peligrosa llena de imprevistos. 

Y yo siempre tenía que estar alerta.

Cuando sentía aproximarse el alud metía cuatro cosas en una mochila y me largaba a casa de la abuela.  La abuela no preguntaba, la abuela era la madre de mi padre, al que yo no conocí porque murió en accidente de tráfico estando mamá embarazada, ella también lo acusaba de haberla abandonado, “el muy sinvergüenza me dejó con una tripa de ocho meses”, y digo yo que uno no se muere por capricho, que algo de curiosidad tendría mi padre por conocerme y que a veces las cosas vienen mal dadas.

Pero ella estaba obsesionada con el tema del abandono y no sé por qué.  

La abuela nunca me lo dijo, pero de todos es sabido que mi padre la trataba como a una Reina, que si quería un collar, salir a cenar o las paredes de rojo pues eso que tenía.

El caso es que una mañana hay niebla en la carretera, una niebla que decide torcer el destino de todos, porque dentro de un coche, aunque sólo viaje el conductor, hay otros muchos ocupantes, invisibles, que dependen del arcén, de un volantazo, de los frenos que no responden y de la dichosa llamada de teléfono.

Desde ese mismo instante mi madre consideró que debía situarse en el centro de la diana de todas las injusticias mundiales.

“Porque tuve que ponerme a trabajar, yo, que hasta muchacha tenía en casa de mis padres, primero en la peluquería de Carola, colocándoles rulos gordos a viejas que apenas tenían pelo, luego en la frutería, pegándome unos madrugones de miedo, que no conseguía quitarme las ojeras ni a la de tres, y hasta fregando escaleras, para que a la niña no le faltasen zapatos ni cajas de pinturas, y yo cambiándole los puños y el cuello al abrigo un invierno tras otro …”

Mis abuelos maternos vivían muy lejos y se desentendieron de nosotras como se despreocuparon de su hija cuando se casó con un Don Nadie.  Aún no entiendo como puede uno cerrar puertas con la seguridad de no volver a abrirlas pase lo que pase.  Así se hunda el Titanic o arda la ciudad de Atlanta.

Tenía ocho años cuando mi madre decidió no tirar más del carro, variar el rumbo.

Durante mucho tiempo pensé que era por el asunto de la comunión, porque yo me empeñé en hacer la comunión vestida de miniprincesa, con guantes, limosnera y catecismo con tapas de nácar, enamorada como estaba de las niñas que salían retratadas en los escaparates de los estudios fotográficos, tan perfectamente peinadas con sus tirabuzones y sus diademas de flores pequeñitas, tan protagonistas. 

Así que mi madre tuvo que hacer horas extras en varios sitios, pero no parecía importarle, no me reprochó nada, al contrario, recuerdo el día de mi primera comunión como un día luminoso y especial al margen de lo cotidiano, un paréntesis en  Las Vegas. 

Porque mi madre tiró la casa por la ventana y comimos en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, Carola y su marido, la abuela, mi madre y yo, en el jardín, alrededor de una mesa redonda sobre la que había un centro con rosas amarillas, después me llevaron al Parque de Atracciones, nos hicimos muchas fotos, tomé todo el chocolate que quise, y de vuelta a casa mi madre y yo bailamos descalzas al son de un músico callejero.

Un día perfecto, como los que deberían prodigarse más a menudo en la vida de cualquiera.

Cuando a la mañana siguiente fui a despertarla porque invariablemente hacía caso omiso al despertador, no se quitó el antifaz para decirme: “Vuelve a la cama, tu madre ya no madruga más”.

Y llegué a pensar que eso ocurría por el hartazgo de la comunión.

El caso es que fuimos saliendo al paso cobrando el paro, desempeñando encargos eventuales, vendiendo algunas cosas … era extraño vivir a veces con la nevera vacía o la luz cortada, pero de repente, yo no sé de dónde ni cómo, mi madre aparecía exultante trayendo ropa nueva para las dos, unas entradas de cine, comida preparada…  me levantaba cada mañana a una incógnita diferente, por momentos el cielo se cubría de fuegos artificiales o de copos de nieve, pasábamos de estar pletóricas a estar tristes y a tener frio, a darnos cuenta de lo oscura que podía ser nuestra casa.

Supongo que llegó Miguel cuando tenía que llegar.  Yo lo conocí antes que mi madre porque era mi profesor de Educación Física.  Una tarde la convocó a una reunión por mi escaso rendimiento en su asignatura.  Y no sé más.  Sé que Miguel era quince años más joven, y demasiado guapo como para quedarse quieto frente a los trenes de la vida.  Sé que mi madre me mandó a casa de la abuela con una maleta que parecía contener el planeta tierra.  Y sé que desde entonces, tuve en Educación Física las mejores notas de mi trayectoria escolar.

Su historia, o lo que fuera, apenas duró un trimestre.  Cuando volví definitivamente a mi cuarto mi madre tenía ojeras, pero parecía haber rejuvenecido.  No era tonta, y comprendía la cronología de las pasiones y el momento justo de las despedidas.  Todavía era capaz de comprenderlo.

Pasamos una época tranquila, como de largo invierno, Carola venía algunas tardes y después de los deberes las tres manteníamos charlas interminables.  A veces amanecíamos dormidas en el sofá, arropadas con la misma manta.

Pero siempre tiene que haber alguien que llegue rodando como una peonza hasta chocar contra nuestros pies, alguien inesperado, fuera de lugar.

Y en esa ocasión fue Ernesto.  Ernesto pelo de paja y diente de oro.  Misa de doce, Té de las cinco.  Porque había vivido en Inglaterra y se trajo esa costumbre como podía haberse traído un caballo de pura raza.  Y le importaba un comino que yo aborreciese el Té y me lo tragara sin respirar.  Él adoptaba una postura envarada sentado en el borde del sofá, con aquellas ridículas y diminutas tazas de porcelana que habían pertenecido a su madre, parecía tan solemne que yo debía hacer verdaderos esfuerzos por contener la risa, mientras mi madre me daba  disimulados golpecitos con el pie por debajo de la mesa.

No sé de dónde salió Ernesto, pero cuando quise darme cuenta la casa olía a tabaco en pipa, y nuestras cosas habían perdido su memoria para asumir un orden extraño y gélido, desprovisto de emociones.

La primera vez que me castigó por entretenerme con mis compañeras en el portal de casa yo miré a mi madre esperando que no le permitiese crecer, segura de que lo anularía.  Pero agachó la cabeza y se miró las manos escondida tras la espalda de aquel marciano invasor, y yo me ví de rodillas junto a la cama, pidiendo perdón por mis pecados durante una hora.

 Llegué a creer que le administraba a mi madre algún tipo de veneno en las comidas, un veneno que no era mortífero, pero exterminaba el pensamiento y robotizaba, porque ella pasó a vestirse con faldas que le cubrían la rodilla, zapato plano, el pelo recogido, ni rastro de maquillaje… mi madre en blanco y negro, una copia gris de mi madre.

Me cruzó la cara por mi primer suspenso a los trece años.  El aro que llevaba como pendiente en la oreja izquierda salió volando.  Mi madre subió el volúmen de la tele sin quitar la vista del aparato, como si fueran a anunciar el fin del mundo y no pudiera darse cuenta de que se estaba produciendo allí mismo, en la entrada del salón, con un tipo despreciable propinándole un bofetón a su hija.  Ernesto no me dejó salir de casa en un par de días, por allí hacía tiempo que ya no acudían Carola ni la abuela, nadie que perteneciese a nuestro pasado.

Los castigos físicos se fueron sucediendo por nimiedades.  Al menos nunca consiguió que le tuviera miedo.  Eso nunca.  Me quedé aguardando durante un tiempo a que mi madre reaccionase, expectante e incrédula, pero la primera vez que se quitó el cinturón porque le contesté cenando que él no era mi padre, conseguí escabullirme y me refugié con lo puesto y hasta en zapatillas en casa de la abuela.

Él no vino a buscarme, la mandó a ella, que sin quitarse el abrigo ni los guantes de piel comenzó a despotricar ya en el rellano sobre lo mal que me comportaba, lo bien que me trataba Ernesto y lo imposible que les estaba haciendo la vida …

“Mamá por favor, aquí no tienes que disimular, cuéntaselo a la abuela, reconoce lo que está ocurriendo, por favor…”

Me miró sin pestañear, después se giró hacia la que había sido su suegra y respondió con voz resignada:

“Ya lo ves Reyes, voy a tener que llevarla a un buen psicólogo”

La abuela se limpió las manos salpicadas de harina sobre el delantal que llevaba puesto, y sin alterarse lo más mínimo, incluso sonriendo levemente, le contestó:

“Si ese animal vuelve a pegar a mi nieta te juro que voy a denunciarlo.  Ella puede quedarse aquí el tiempo que quiera, es el único hogar que le queda.” 

Y volvió a la cocina despacio, dispuesta a seguir con su tarea.

 Mi madre palideció.  Tenía los labios tan apretados que parecía le iban a desaparecer del rostro.  Se fue sin dirigirme la palabra y dando un portazo.

La abuela y yo pasamos las Navidades solas, rodeadas de un tiempo afectuoso y lento que nos permitió decorar la casa, poner el nacimiento que la abuela no había vuelto a sacar desde que papá era pequeño, rellenar el pavo y quedarnos dormidas frente a las corales que cantaban villancicos en el televisor.

La víspera de Nochevieja la abuela me dio dinero e insistió en que quedase con mis amigas.  Simulé llamarlas y me fui a rondar el portal de casa amparándome en las sombras, esperando que saliese mi madre, esperando un milagro, esperando, como siempre.

Pero cuando ya iba a desistir el que salió fue Ernesto, con un gran bolso de viaje que cargó en un taxi.  Los gritos de mi madre rogándole desde el balcón que no se fuera se extendieron por toda la calle como la cola de un cometa.  Yo no puede evitar sentirme exultante, feliz, a pesar de la imagen deplorable de aquella mujer desencajada, que seguía gritando una vez desaparecido el taxi. 

Subí corriendo las escaleras y llamé repetidas veces al timbre. 

Cuando mi madre abrió la puerta comprendí por la expresión de su rostro que lo hizo pensando que Ernesto regresaba arrepentido. 

Al verme a mí los ojos se le pusieron más grandes, y más secos. 

Fui a abrazarla pero ella me sujetó por los hombros “¡Se ha ido por tu culpa, por tu culpa, desgraciada, que me has amargado la vida siempre!.”

Me empujó hacia el rellano y cerró, dentro se oyeron cristales estrellados, yo bajé las escaleras tan precipitadamente como las había subido, pero con otro sentimiento, la alegría había sido suplantada por un llanto tembloroso y violento que me hizo deambular por las calles durante largo rato. 

Llamé a Carola desde una cabina que se tragaba el dinero interrumpiendo constantemente la conversación.  Le  conté lo que había ocurrido rogándole que fuese a ver a mi madre: 

“Lo intentaré, aunque hace tiempo que no quiere saber nada de mí”.

Tiempo después supe por ella, que se había atrincherado en nuestra casa, que mi madre tardó cuatro días en salir de su habitación, y que cuando lo hizo, la miró como si Carola fuese una ladrona, le pidió que le devolviese las llaves de casa y que no volviera a aparecer por allí nunca más, que ya no era bien recibida, que se metiese en sus asuntos.  Carola trató de recurrir a la artillería pesada del tiempo compartido juntas y se encontró con un: “si no te vas llamo a la policía”.

Nunca más Carola y mi madre recuperaron el rumbo de su amistad incondicional.

La abuela me dijo que mi madre podía venirse unos días con nosotras si yo quería. 

Pero yo no quería.

Sentía la obligación de volver a casa para cuidarla y devolverla a una realidad floreciente, lejos de Ernesto y de todo lo que no fuésemos nosotras. 

Esta vez no me gritó al abrirme la puerta, se hizo a un lado y me dejó pasar, retornar a mi habitación, sentarme a la mesa.  Pero ella no estaba allí.  Creo que ya no estaba en ninguna parte, me miraba sin verme y funcionábamos como compañeras de piso que apenas se relacionan. 

Desapareció durante algunos días tratando de buscar a Ernesto, pretendiendo obligarle a incluirla en su vida. 

Cuando volvió se quedó sentada toda la noche junto al teléfono esperando que él la llamase. 

A mi regreso del instituto descubrí que se había tomado medio frasco de somníferos al encontrarla encogida e inerte sobre la alfombra. En el hospital me reprochó que la hubiese salvado: “No lo he hecho madre, llevas muerta mucho tiempo”.

No sé de donde me salió la voz, y me he arrepentido muchas veces de haberle dicho aquello a ese maniquí roto, con la piel estropeada y el pelo lacio, los labios agrietados, en el que se había convertido mi madre, pero el caso es que no pude más y se lo dije, y por unos segundos muy, muy pequeños, brilló en sus ojos un asomo de luz acostumbrada, y a punto estuve de reconocerla.

Pero me marché tratando de buscar una pared sobre la que seguir trepando, algo de oxígeno, un mar en calma.

En casa de la abuela nunca desmenuzamos el por qué de las cosas.  Cumplí allí los dieciocho años y ella me regaló la única joya que había lucido en su boda, una pulserita de plata.  Con mi primer sueldo la invité a comer en un restaurante desde el que se divisaba toda la ciudad, uno de sus sueños repetidos, y aquel verano nos fuimos tres días a París, para que no se pusiese trágica nunca más diciendo que se moriría sin ver la Torre Eiffel. 

De eso hace ya mucho tiempo. 

Un día se le olvidó como regar las macetas, otro como abrir la puerta de casa y un tercero como peinarse.  El Alzheimer la fue dilapidando poco a poco mientras me llamaba por el nombre de mi madre y hablaba como si su hijo estuviese vivo. 

Una mañana ya no se despertó. 

Cuando me llamaron de la Residencia ya esperaba la noticia. 

Esa noche no había parado de llover. 

La enterramos junto a su marido y a su hijo.

 

 

Su casa sigue siendo el único hogar que me queda.