Blogia

MARTES DE CENIZA

"LOS ESPACIOS CONQUISTADOS"

"LOS ESPACIOS CONQUISTADOS"

Antes de dejarlo aquí, para todas y todos -si es que hay alguien cercano que todavía no lo ha leído, pese a su reciente "difusión popular"- quiero dar las gracias a todas las personas que han confiado en esta historia, valorándola, apoyándola y teniendo la generosidad de exponer su criterio al respecto, siempre considerable.

Gracias a Ramón de Aguilar, que le otorgó las alas para que volase hasta El Puig y ganase el 1er Premio Conte 2010 de Narrativa en Castellano.  Y por creer más en mí que yo misma.

Gracias a mi gente, por quererme e incluso por leerme (y/o a la inversa)

 

 

LOS ESPACIOS CONQUISTADOS

 

¿Cuánto se tarda, madre, en olvidar la espera,

  en calentar un lecho, en escampar la niebla...?

¿Cuánto tengo que andar sin permitirme treguas...?”

(“Para volver del hombre”-Manuela Temporelli)

 

Cuando llamaron de la inmobiliaria para anunciarme la venta de la casa la mañana prometía sobre los tejados de los coches e iluminaba las escaleras del metro, todavía era temprano, las terrazas de los bares aún no habían usurpado las aceras y yo me disponía a tomar mi zumo de naranja recién exprimido en la cafetería de siempre.

Creo que el tiempo se detuvo un instante.  Se hizo hermético y no respiró.  Quedó petrificado y tácito, como de cristal, colgado de los sauces.  Porque durante unos segundos sólo noté vacío a mi alrededor, una nada espesa derramándose sobre el mapa cotidiano de mi vida.

Inmediatamente después sentí el alivio que proporciona el dinero, esa seguridad de no tener que estar haciendo cálculos mentales un día sí y otro también sin resultados óptimos.

El zumo de naranja, a pesar de verter en él sobre y medio de azúcar, me supo amargo, y parecía descolorido comparándolo con el de otras mañanas.  Leí el periódico deprisa sin detenerme en ninguna sección ni retener uno de esos titulares que luego rondaban por mi cabeza durante todo el día.

Faltaban un par de meses para el verano, por fin podría viajar a Grecia, visitar a Luisa, aprender a montar a caballo, por qué no, el dinero también sirve para aprobar asignaturas pendientes.

A pesar de todo, de la ilusión germinando en los restos de pulpa adheridos a la cucharilla, en los vídeos musicales sin sonido y en la conversación que mantenía con la camarera sobre el clima desapacible, comencé a recibir en la memoria disparos de mortero, uno tras otro, sin previo aviso, llovían dentro de mi cabeza como en una película rebobinada deprisa, el día que llegamos a la casa y abrimos de par en par las ventanas, algunas de ellas con los cristales rotos, las vigas de la buhardilla entre las que solía esconder mis poemas infantiles, el buzón de hierro en el que se me quedó atrapada la mano, la cocina de carbón que salpicaba de motas negras la ropa tendida,  “Cosmos”, el mastín que encontramos moribundo atado a un árbol y que durante varios años fue el guardián más fiel de nuestra casa…

Nuestra casa que ya no es nuestra, ni siquiera mía, sino de alguien que finalmente ha decidido comprarla para tener hijos en ella, o huéspedes, o almendros en flor. 

Cuando se compra una propiedad, esta queda despojada de su historia, de sus esquinas con nombre, de sus noches de insomnio, y pasa a ser un espacio huérfano que alguien adopta para inculcarle usos y costumbres, la manera de abrir la puerta y decir buenos días, simiente nueva para las jardineras, un olor cotidiano frotándose como un gato contra la pared de la escalera.

Habitamos la casa cinco años después de que muriesen los abuelos. 

Mi madre la heredó de unos padres con los que no se trataba desde hacía tiempo, yo ni siquiera llegué a conocerlos.  Abrimos el gran portón de madera con mucho esfuerzo, porque estaba hinchado y rozaba el suelo, una fria mañana de invierno en la que, la ausencia de sol y el paraje árido y solariego de aquella casa de campo nos convertía en vagabundos desesperados sin elección.

Yo tenía nueve años y Víctor cinco.  Mi hermano no era un niño como los demás, había que ayudarle a comer, a quitarse la ropa, a acostarse… siempre tenía la boca y los ojos muy abiertos, pero no como asustados, sino sorprendidos, emocionados hasta el extremo.  Pronunciaba no más de cuatro palabras con dificultad, pero cuando algo le divertía se reía a carcajadas cerrando los ojos muy fuerte y moviendo hacia atrás la cabeza.

Mi madre nos llevó hasta allí huyendo de la vida que mi padre nos había diseñado.

No sé si fue un secuestro en el cual yo colaboré, porque en medio de la noche le cogí a mi padre las llaves de la furgoneta y ayudé a meter las bolsas en el maletero y a acomodar a Víctor, que no se despertó hasta que llegamos a nuestro destino. 

Nunca había visto a mi madre conducir, ni siquiera sospechaba que pudiera hacerlo, no me dio en todo el trayecto ninguna explicación de nuestra huída, sí comentó que nos llevaba a una casa muy grande para nosotros solos, una casa que había sido de mis abuelos, en la que podríamos tener un cuarto de juegos y hasta un corral con gallinas si queríamos… trató de sonreir, pero su gesto se diluía  en una mueca amarga, algo atemorizada.

Condujo durante toda la noche y yo ya no fui capaz de dormirme.

Sabía que algo se había terminado para siempre, sustituído rápidamente por otro algo que de momento no tenía forma ni consistencia.

En la casa había fotografías de mis abuelos con mi madre cuando era pequeña, una niña de pelo largo y ondulado que les daba la mano en medio de un pedregoso camino o sonreía beatíficamente con guantes y un rosario entre los dedos en el día de su primera comunión. 

Empezamos a preguntar por las fotos, por sus protagonistas y por algunos objetos curiosos que encontrábamos a nuestro paso, un fuelle de hogar, unas gafas viejas, una labor de punto inacabada, un enorme reloj de péndulo sin saetas… 

“Otro día os lo cuento” decía mi madre afanada en limpiar suelos y encalar paredes, pero las fotografías fueron retiradas de sus espacios conquistados y nunca llegaron las explicaciones.

Tan ensimismada estaba tratando de desmenuzar mi nuevo mundo que no eché de menos el anterior, fue fácil aislarse, levantarme por la mañana y respirar la tierra húmeda, construir una cabaña en un árbol y un columpio del que Víctor nunca quería bajarse, y contemplar como los polluelos rompían el cascarón, cómo anidaban en el tejado las golondrinas, probar el pan que mi madre recordó que sabía hacer, sus mermeladas naturales y aquellas gruesas tabletas de chocolate que venían a vendernos a la puerta, junto con sartenes, zapatillas o desodorantes.

Los primeros meses no fuimos al colegio, ni pisamos la ciudad, que estaba tan cerca… nos dedicamos en cuerpo y alma a ser ardillas salvajes.

Hasta que tuve que volver a la escuela, esta vez una escuela rural, con una sola aula en la que nos juntábamos ocho alumnos de todas las edades, no recuerdo el nombre de la profesora, pero llevaba unas gafas enormes, unas faldas muy largas y parecía siempre ausente, con la mirada extraviada cruzando los cristales empañados de las dos únicas ventanas que había en clase.  Me aburría enormemente, sólo pensaba en volver a subir al autobús destartalado que nos había recogido por la mañana, para regresar a casa y vagabundear por sus alrededores.

El día de verano en que cumplí diez años faltaba muy poco para terminar aquel extraño curso, la profesora, mucho más joven de lo que su indumentaria la hacía parecer, se acercó durante el recreo, mientras todos se habían ido a casa a por sus almuerzos recién hechos o a saltar acequias cercanas,  y me regaló unos libros de Enid Blyton que se veían bastante usados: “Eran míos y los releí muchas veces… me apasionaban y he pensado que quizás puedas aprovecharlos ahora que llega el verano y tenemos más tiempo libre…”  En medio de la sorpresa apenas pude darle las gracias, y he sentido mucho no volver a reencontrarme con aquella mujer para contarle lo que supuso la lectura de sus libros, un océano de aventuras infinitas en el que poder zambullirme de cabeza y sin miedo, un refugio seguro.

En casa me esperaba Víctor, orgulloso de haber podido inflar a medias un globo rojo para mí, tenía la boca manchada de chocolate porque había entrado varias veces a la cocina, a probar la tarta que mamá estaba preparando.  Pero cuando yo entré en la cocina, además de ver la tarta, fabulosa y perfecta, luciendo sobre la encimera de mármol, encontré a mi madre llorando desconsoladamente junto al hogar.  Tenía la cara tapada con el delantal y emitía una llantina aguda similar a la de un niño pequeño cuando se hace daño al caer.

Pretendió lavarse la cara y hacer como que no pasaba nada, pero le dije tantas veces que ya era mayor y que quería saberlo, que sacó de un armario una gran caja de cartón rodeada con un lazo rosa y me la entregó con sumo cuidado diciendo: “Tu padre sabe donde estamos”

Estuve a punto de contestarle: “Pues claro mamá, a la gente no se la traga la tierra”, pero opté por marcharme a mi habitación con la caja, que nunca desaté ni comprobé su contenido, y me puse a escribirle una larga carta a mi padre, en la que le contaba que estábamos bien, aprendiendo a pastorear, a pescar y a adivinar el tiempo por la forma de las nubes, que hacía mucho que Víctor no se ponía triste, encerrándose en su habitación y pegándole patadas a la puerta como antes, que nos gustaba ser salvajes y que la casa pareciese un castillo encantado, un lugar secreto alejado de la normalidad, y que nos dejara estar, por favor que nos dejara estar, porque parecíamos una familia y procurábamos serlo.  Pasé la lengua por la solapa del sobre, lo cerré y le puse un sello de los que guardaba en mi cajón de cartas.  Luego le pedí a mi madre que me llevase a correos y ella lo hizo sin rechistar, fue la primera vez que fuimos a pasar la tarde a la ciudad, porque después de devolver la caja junto con la carta que había escrito, dimos un paseo largo y merendamos perritos calientes en el kiosco de un parque que olía a azahar, los gorriones se peleaban por las migas de pan y Víctor se dejaba sorprender por las cosas más insignificantes celebrándolas con aplausos.

En los cuatro años siguientes mi padre no volvió a manifestarse en modo alguno.

Varias pastelerías de la ciudad vendían los postres que le encargaban a mi madre, encontramos plaza para Víctor en un colegio especial al que iba contento, escuchaban música clásica y los llevaban a exposiciones de pintura en las que mi hermano jugaba con éxito a acertar los títulos de los cuadros.

Yo llegué al instituto como se descubre una muñeca rusa dentro de otra sólo que a la inversa, de la más diminuta a la más grande, y me perdí al principio entre tanta gente, con tantas asignaturas diferentes y tanta libertad de entradas y salidas, hasta que logré un hueco, sacar la cabeza, comprender que cada uno tiene un ritmo de adaptación que el propio cuerpo pone en funcionamiento sin darte cuenta, casi sin querer. 

El par de amigas que logré tener fueron unas apasionadas de mi casa, a la que venían como se va de excursión, con ganas de que todo te guste, con el deseo intacto.

Una de las noches en las que me quedé estudiando hasta tarde escuché a mi madre hablar por teléfono con el tono apático y neutro de una operadora.  No llegué a entender con claridad lo que decía ni pude adivinar con quien hablaba, pero hasta el sonido del auricular al colgar me resultó excepcional.

Dos semanas más tarde, un sábado de Noviembre, antes de levantarnos de la cama escuchamos frenar un coche junto a la cancela.  Miré por la ventana y ví salir a mi padre de aquel todoterreno como el astronauta que pisa un planeta desconocido.  Antes de que pudiera reaccionar mi madre asomó la cabeza por la puerta y como el que no quiere la cosa me dijo: “Baja a la cocina por favor, tenemos que hablar”

Mi padre estaba incómodo, no sabía dónde colocarse, lo miraba todo con una mezcla de pudor y extrañeza, lo miraba todo menos a nosotros, que estábamos callados, Víctor ni siquiera respiraba fuerte, tenía la mirada baja, clavada en los gruesos calcetines, yo sentía tanta ignorancia, tanta incomprensión y tanta rabia, que habría querido salir volando por la ventana, despertar de ese mal sueño, empaparme de lluvia.

Pero llegó mamá y empezó a hablar en un lenguaje que no correspondía a la madre secuestradora y asustada que nos había sacado de casa, ni a la madre que pintaba paredes y escondía fotos viejas, ni tampoco era el de la madre que se había vuelto otra madre, durmiendo con nosotros sobre colchones de lana fría, contándonos viejas leyendas, acompañándonos al autobús de la escuela, la cocinera de postres, la panadera, aquella que plantaba tomates y pimientos, y nos llenaba la enorme bañera de cuatro patas, y convertía en seminuevos los muebles viejos…

Dijo algo sobre estar enferma, estoy enferma y necesito ayuda, y me miró como si ya nunca más pudiese ayudarla, y dijo haberlo pensado mucho, y dijo también que al fin y al cabo nuestro padre era nuestro padre, menudo descubrimiento después de haber empezado una nueva vida por tener este mismo padre que ahora venía a salvarnos de la intemperie.

Le pregunté si estaba loca cuando afirmó que debíamos volver con él, mi padre me pidió que la tratase con respeto pero ni siquiera lo miré.

No volví a mirarlo a los ojos nunca.

Ni cuando apenas un año después murió mi madre y fue enterrada en el panteón familiar.

Ni cuando volvió a casarse con otra mujer, que rechazaba los abrazos de Víctor porque le dañaban la espalda.

Mucho menos cuando nos envió a sendos internados, mi hermano en el extranjero, yo en uno de esos colegios de señoritas del que salí por la puerta y sin destino el día que cumplí la mayoría de edad.

Después sólo he intentado la vida, la vida con el empeño de quien quiere derribar una pared a puñetazos, escondiéndome a veces, rindiéndome otras, saliendo, las menos, a pecho descubierto ... Pero siguiendo mis propias decisiones.  Sólo volví a casa de mi padre una vez, para visitar a Víctor, que pareció no reconocerme, y por mucho que lo intenté no logré rescatar un solo espacio en común que nos uniera. Falleció hace tres años, a causa de una de esas enfermedades raras que apenas pueden diagnosticarse, el mal de la tristeza, como yo la llamo, que todo lo devora, hasta dejarte vacío y sólo, niño grande muerto, en la cama de una residencia para tarados desasistidos.

Me he ido despojando de todas mis credenciales de pasado hasta vender la casa, que he mantenido cerrada, quizás tratando de ignorarla o pensando remotamente en recuperarla, pero ya sin fuerzas, ya sin querer retornar a nada, porque hay regresos imposibles que levantan las piedras sentenciadas y tiritan como la nostalgia.

Hoy, tras vender lo único que me perteneció, sigo intentando la vida.

 

 

UN INVIERNO PROPIO

UN INVIERNO PROPIO

Si creyese en la reencarnación me gustaría que fuera selectiva, es decir, elegir las características por las que desearía identificarme, aquello que sanamente envidiamos (si es que existe la envidia sana) de unos u otras.  Quisiera en mi otra vida, porque en esta ya de todo punto imposible, escribir los versos que escribe Luis García Montero.

Acaba de publicar su último poemario Un invierno propio, lleno de maneras de ser y estar en los tiempos que nos toca vivir, repleto, como siempre, de emociones, y de su manera única de saber transmitirlas.

 

Os dejo la entrevista publicada en el Ideal de Granada el 04 de Marzo por Juan Luis Tapia, donde reivindica la necesidad de una nueva ética y el regreso del humanismo y la acción.

Así sea:

 

Luis García Montero presenta en Madrid su último poemario, 'Un invierno propio', un libro en el que se enfrenta desde la poesía a la crisis. «Es un libro de reflexiones, de meditación, de invierno. Pasa el tiempo, pasa la historia, se vive una crisis, y uno necesita hacer recuento, componer el equipaje ético que te ayuda a dar respuesta a las inquietudes del mundo en el que vives», confiesa el poeta granadino.
«He aprendido que las ilusiones se degradan. Aludiendo a un libro mío anterior, confieso que convivo con mis sueños pero en habitaciones separadas. Quien renuncia a sus sueños corre el peligro de convertirse en un cínico. Madurar es aceptar la contradicción. Ahora me siento más irritado que nunca ante cualquier forma de totalitarismo y de viejas recetas de una izquierda caduca, pero me siento también más anticapitalista que nunca, rabioso ante unos mercados financieros que están acabando con la democracia. Los políticos ya no son representantes de los ciudadanos ante los mercados, sino representantes de los mercados ante los ciudadanos», comenta el autor granadino.
García Montero reivindica una nueva ética, el regreso del humanismo y de la acción para lograr las ideas. Acusa a la Junta de Andalucía y al Ministerio de Cultura del retraso del Centro García Lorca y rememora los sucesos pasados en Granada, aquellos que lo llevaron al exilio de su Universidad. «Lo que más me asombra, por ejemplo, es que gentes que nunca conocieron a Javier Egea, y que Javier despreció en vida, como tontos insignes o políticos zafios, quieran utilizarlo para criticatr a su familia o a los que fuimos sus más íntimos amigos. Y qué decir de las valoraciones políticas donde te critican al mismo tiempo por ser comunista, por estar vendido al capitalismo, por ser alto, por ser bajo, por patatín y patatán. Lo mejor es mantenerse lejos», dice el autor granadino.'Un invierno propio' es un poemario más reflexivo que los anteriores, y mientras 'Vista cansada' aborda el pasado en este se centra en el futuro.
«La poesía es siempre un esfuerzo de profundidad y de reflexión. El poeta que pasa una tarde buscando una palabra precisa representa a cualquier ser humano que quiere hacerse dueño de sus propias opiniones. A veces confundimos la sinceridad con la espontaneidad y eso es un error. Quien dice lo primero que se le ocurre, se limita a repetir como un papagayo lo que flota en las corrientes de opinión. La poesía es un ejercicio de conocimiento. El lenguaje es importante», comenta García Montero.
«Me interesa tan poco como el panfleto que defiende ideas sin preocupación por la experiencia estética. La vida te enseña que debajo de todo cursi se esconde un malvado y debajo de todo palabrero hay un cobarde. La buena poesía une el tratamiento riguroso del lenguaje con la creación de un sentido meditado y profundo», indica, entre otras cosas, el poeta granadino en la entrevista.

LOS RELATOS DE JUAN CARLOS MÁRQUEZ

LOS RELATOS DE JUAN CARLOS MÁRQUEZ

El afamado premio literario José Nogales, de la Diputación de Huelva, es ese que yo jamás ganaré, porque lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.  Sobre todo mientras se presenten autores como el ganador del año 2010, Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967), que acaba de publicar un libro de relatos titulado "Llenad la Tierra".  Este libro se abre precisamente con el relato ganador: "El corazón de mi padre", que podéis leer en el siguiente enlace:

http://www.escueladeescritores.com/boletines/descargas/juancarlosmarquez.pdf

Después de haber leído esta historia suya, absolutamente fabulosa, he decidido comprar su libro, y adentrarme en el mundo de sus narraciones convulsas, nunca conformadas, apoteósicas todas, siempre sorprendentes y vivas, latiendo con toda su esencia en el corazón del lector.  Juan Carlos Márquez utiliza la ironía y el humor más fino en medio del horror y del drama, consiguiendo así hacerlo cotidiano, normalizarlo, ponerle zapatillas de casa.  Ninguno de los veintitrés relatos que componen "Llenad la tierra" se parece a otro.  Ninguno nos dejará impasibles.  Que nadie es lo que parece.  Que la perfección no existe y la perfección familiar menos que ninguna.  Que no somos los mismos dependiendo de quien nos acompaña y en qué circunstancias.  Que somos capaces de todo o de nada.  Que se puede escribir un relato que te haga sonreir, sobrecogerte y ponerte ante los ojos pura poesía, todo compactado, resultado de una mezcla idónea, sabiamente trabajada.

AMIGOS

Un hombre con la ropa hecha jirones que hedía a vino barato me paró ayer en el vestíbulo del supermercado: "Eh, Adolfo, ¿no me reconoces?.  Soy yo, Leo, tu amigo imaginario de la infancia."

Esta es una pequeña muestra, muy pequeña, nada comparativa, de lo que podéis encontrar en su libro.  Ha escrito también otros dos: "Oficios" y "Norteamérica profunda", ambos finalistas del Premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en España en los años 2008 y 2009.

Ese premio que yo ni me planteo ganar, mientras afloren, afortunadamente, escritores como Juan Carlos Márquez.

POESIA POR PRINCIPIO

POESIA POR PRINCIPIO

 

Siempre hay que regresar a la poesía, a la que convenga, a la poesía necesaria.

Por ejemplo a la de Paula Álvarez Carnero (Orense, 1973)

 

FIN DEL MUNDO

 

Llegará el día

que se nos agoten las palabras

y el mundo se disipe

en una etimología repetida.

A unos nos sorprenderá sin ropa,

inarticulados bajo las sábanas mate

de un hotel de extrarradio;

a otros, con el único abrigo

del que confía su suerte a una estrella

que viaja fugaz por la autopista.

Todos intentaremos deshacer camino,

correr hacia la casa infantil

donde sobrevive la fuente menguante

en la que naufragaron nuestras sandalias,

buscar troncos que conserven

a tiza los nombres perdidos,

devolver los pétalos a las margaritas

que siempre concedieron pares,

jugar...

...hasta que se detenga el tic-tac del corazón,
hasta que no se sientan los latidos del tiempo.

LA CIGARRERA DEL TUBO

LA CIGARRERA DEL TUBO

Herminia Martínez, Serafina, ha fallecido a los 84 años de una vida que bien merecería ser escrita y/o llevada al cine.  Una la recuerda como parte de la geografía urbana del centro de la ciudad, especialmente inmersa en el ambiente del famoso Tubo zaragozano, entre el olor de los bocatas de calamares únicos en su especie, las tiendas de discos, el trasiego callejero de turistas y las cupletistas del Plata, El Plata suyo de todos los tiempos.  Con ella desaparece una parte más de la historia que nos ha identificado, antes de catapultarnos al europeísmo y la modernidad, y como creo que no deberíamos olvidar nunca a quienes han hecho de los barrios y de las calles lugares por los que vale la pena perderse, os dejo un reportaje que le hicieron en Heraldo de Aragón el Octubre pasado, cuando la nombraron pregonera de las Fiestas del Tubo y nos contó parte de una vida ante la que sólo podemos quitarnos el sombrero. 

Seguro que descansa en la paz moral que ya tenía.

Yo pensaba que en la última página del HERALDO solo salían personajes importantes. Artistas y futbolistas, mujeres guapas y gente así. No sé por qué tiene tanto interés en hacerme preguntas.

Claro que tengo interés en hablar con la cigarrera del Tubo, un icono de la Zaragoza de siempre.

No sé a qué fin quieren hacerme tantas fotos y tantas preguntas ahora, después de tantos años. Yo soy una señora mayor. Ya tengo 84 años y llevo 65 vendiendo tabaco. Truene, llueva, haga cierzo o pegue el sol.

Eso es, ya me va entendiendo. Verá qué retrato más bonito podemos hacerle en este rincón del periódico.

No sé, no sé. Ya ve que estoy muy mayor.

Yo la veo fenomenal.

Me levanto temprano, a las 7.00 en punto de la mañana. Ahora vivo en Nuez de Ebro con mi hijo Alfredo, que me cuida muy bien. A las 8.00, cojo el autobús y me vengo para Zaragoza. Mi hijo se levanta cuatro horas antes, pues trabaja repartiendo congelados. Voy a Zaragoza sola. Desayuno en la plaza de España y, después de leer el HERALDO, voy al Tubo, me pongo el delantal y empiezo a vender tabaco, que es lo mío.

Y así todos los días del año.

Ahora Alfredo no me deja trabajar los domingos. Dice que tengo que descansar. Yo le hago caso, aunque le digo que El Tubo es mi vida, que me moriré aquí, que el día que no me vean será porque me habré muerto. Solo he faltado cuatro días al puesto. Fue cuando murió mi hijo Serafín, que era guardia civil. Falleció en un accidente. Tuve cinco hijos, de los que todavía viven tres.

Dicen que no fueron cinco, que tuvo más hijos.

Es que adopté a varios, pero hijos tuve cinco. Me casé con Serafín. Era más vago que todos los funcionarios juntos.

Me va a meter en un lío como siga largando así, Serafina.

Mi marido no trabajó en su vida. Tenía una enfermedad crónica de pulmón. Yo tuve que sacar la familia adelante. Primero nació Adolfo, que murió a los 20 días de nacer. Luego, llegaron Armando, Javier, Serafín y Alfredo.

No me ha dicho por qué le llaman Serafina cuando su nombre real es Herminia.

No se lo he dicho porque no me lo ha preguntado.

Ahora se lo pregunto.

Me llaman Serafina por mi marido, por el padre de mis cinco hijos. Hijos tuve más, pero fueron adoptados: Toño, Juan Carlos, Jesús... Ahora está conmigo José, que me ayuda a montar el puesto todos los días.

¿Por qué los adoptó?

¿Qué iba a hacer? Alguien tenía que darles cariño y ayudarles. Uno era hijo de un camarero del Plata, otro de un limpiabotas, otro no sé... He luchado lo que he podido por ellos. Recuerdo los años que limpiaba el Plata de 7.00 a 10.00. Luego, montaba el puesto y vendía hasta las 22.00. Después, volvía al Plata a limpiar hasta las 00.30. Y todo para cotizar unos añicos y cobrar ahora una pensión de 500 euros. ¿Qué le parece?

Qué me va a parecer. Vamos, madre coraje, siga hablando, que yo me siento incapaz de preguntar.

Ahora estoy muy contenta. El otro día fui pregonera de las fiestas del Tubo con Mary de Lis, Marga Castillo y Corita Viamonte.

¡Cómo iba de hueca en la carroza, eh! Con tanto reconocimiento, ya se le habrá pasado el disgusto por el follón de la historia del contrabando de tabaco.

Pero si yo lo más raro que he vendido fueron condones, y eso era en los tiempos de Franco, cuando estaban prohibidos.

Ahora que tiene fiesta los domingos, irá a misa para purificar los pecados...

No voy a misa, pero voy al bingo, que es parecido.

Con la Iglesia hemos topado, Serafina. Pare el carro, que volcamos.

De verdad, creo en Dios y en la Virgen del Pilar.

Yo le digo que usted irá al cielo, que bien se lo ha ganado.

No lo sé, pero en mi vida no he hecho otra cosa que trabajar y luchar por todos mis hijos.

"LA PUERTA DE LA LUNA"

"LA PUERTA DE LA LUNA"

Mª Paz Ortuño Ortín presenta y recopila estos cuentos y escritos breves de Ana María Matute.  Dice de esta catalana que ocupa el sillón K de la Real Academia de la Lengua una cosa que me gusta mucho: "Escribir es su manera de estar en el mundo".  Qué suerte conocer tan de cerca a la autora, su manera de fabular, su estilo narrativo, tan particular, que la distingue claramente de otros escritores de su generación... explica Mª Paz Ortuño que Ana María está especialmente dotada para conmover, tratándose de una mujer sabia, adivina, capaz de ver donde los demás no ven nada, creando con todo ello cuentos atemporales, que escudriñan especialmente en el corazón infantil y denuncian la injusticia social otorgando voz a los marginados.

"La puerta de la luna" recoge todos los cuentos y escritos cortos de Ana maría Matute, tanto los recopilados en antologías como los que andaban dispersos, publicados entre 1947 y 1998, aunque la mayor parte pertenece a los veinte años que van desde finales de los cuarenta hasta finales de los sesenta.  Dos décadas en las que el estilo y los temas fueron evolucionando aunque en todos ellos está presente el universo matutiano.

Ana María escribió su primera novela, Pequeño Teatro, durante un verano en Zumaya, tenía diecisiete años y se presentó con el manuscrito en la Editorial Destino.  Lo contrataron, pero no se publicó hasta la obtención del Planeta en 1954.  Antes había publicado otra que fue finalista del Nadal, (mi preferida, de uno de sus personajes tomo el seudónimo para presentarme a certámenes literarios), Los Abel.  En cualquier caso Ana María nunca dejó de escribir cuentos, estos fueron quienes, publicados en revistas de la época, le permitían subsistir en tiempos precarios.

Después de mucho tiempo sin leerla me he vuelto a encontrar con su mundo de tonos irisados y caminos pedregosos, la he recuperado entre sus niños, esos que en pocas líneas sueñan, escapan, crecen, mueren ... he hallado entre sus cuentos "El tiovivo", aquella historia que tanto me impactó en mi primera juventud, tanto como para copiarla a mano en un cuadernito, y leerla después muchas veces.  "El niño que no tenía perras gordas..." así comienza.

El caso es que Ana María Matute nunca se pareció a nadie y no existe nadie que se le parezca.  Ha creado, con tantos años de dedicación y pasión por la escritura, un universo propio, un estilo irrepetible al que siempre merece la pena volver.

PREMIO ANAYA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

PREMIO ANAYA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL

 

Fuente: Blog de Anaya

 

La escritora zaragozana Ana Alcolea ha resultado ganadora de la VIII edición del Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil, dedicado este año al ámbito juvenil, con la obra La noche más oscura. El texto premiado, basado en hechos reales, se publicará en abril y estará dirigido a jóvenes a partir de 12 años.

Nacida en Zaragoza en 1962, Ana Alcolea es licenciada en Filología Hispánica y diplomada en Filología Inglesa. Desde 1986 es profesora de Secundaria. Ha publicado ediciones didácticas de obras de teatro y numerosos artículos sobre la enseñanza de Lengua y Literatura. Adora conocer otras culturas y otras lenguas. En 2009 aparece su primera novela para adultos, Bajo el león de San Marcos (Algaida). En la colección Espacio Abierto ha publicado las novelas El medallón perdido, El retrato de Carlota, Donde aprenden a volar las gaviotas y El bosque de los árboles muertos.

En palabras de la autora: “cada viaje, como cada libro, es una ventana abierta al mundo. Una ventana a través de la cual no solo conocemos más al mundo, sino a nosotros mismos. El viaje nos abre los ojos a mundos diferentes: a través de la literatura los vemos y los vivimos desde dentro del libro. El escritor es el que empieza este viaje, pero es el lector el que lleva a puerto cada nave. El lector es el verdadero capitán de ese barco que va surcando un mar en el que se mezclan las olas de la ficción y las de la realidad”.

La noche más oscura es prueba de esta concepción de la literatura, donde Ana Alcolea introduce al lector en una historia basada en acontecimientos y lugares reales, que lo conducirán hasta uno de los terribles episodios de la II Guerra Mundial, con el escenario de fondo de un misterioso faro en Noruega.

El jurado del VIII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil ha estado presidido por el ganador de la pasada edición, el escritor Daniel Nesquens, y ha contado con la participación de Pilar Gallego (presidenta de CEGAL y de la Feria del Libro de Madrid), Carlos Lapeña (bibliotecario), José Morán (escritor y especialista en literatura infantil y juvenil), María Luisa Blanco (asesora de literatura infantil y juvenil de Anaya), y Pablo Cruz (editor de Anaya Infantil y Juvenil). En esta edición se presentaron 90 originales procedentes, además de España, de países como Argentina, México, Chile o Colombia.

Los integrantes del jurado destacaron de la obra premiada “la buena construcción y relación de todos los elementos, que van encajando como un puzle”, señalando además la presencia de “los ingredientes necesarios para atrapar a los jóvenes lectores: viajes, misterio, amor adolescente, sueños que mezclan fantasía y realidad… ”

En ediciones anteriores, este premio ha recaído sobre importantes firmas del panorama literario español como es el caso de Eliacer Cansino, cuya obra ganadora de este galardón, Una habitación en Babel, ha obtenido recientemente el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2010; o el escritor Daniel Nesquens, galardonado con el VII Premio Anaya por El hombre con el pelo revuelto. En la lista de premiados figuran otros destacados nombres como Vicente Muñoz Puelles con El arca y yo, Fernando Marías con su novela Cielo abajo por la que en 2006 recibiría también el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, Gonzalo Moure por el texto En un bosque de hoja caduca, galardonado igualmente con el Premio de la Crítica de Asturias 2007, Martín Casariego con Por el camino de Ulectra o Marta Rivera de la Cruz con su obra La primera tarde después de navidad.

24 HORAS

24 HORAS

Veinticuatro horas pueden dar para mucho. 

Incluso para mucho bueno. 

Puedes coger un autobús hacia Valencia y ver mucha nieve durante todo el trayecto.  Puedes viajar sentada junto a una gran amiga, y recordar cosas de hace mucho o poco, y hablar de los niños, del presente continuo, y del futuro inmediato e imprevisible.  Puedes bajar del autobús y ver palomas paseándose entre los viajeros, como si estuviesen esperando a alguna ave migratoria con la que compartieron su vida en un momento determinado.  Puedes comer en un tiempo récord, en la cafetería de la estación, donde siempre hay gente de paso con la que es difícil que vuelvas a coincidir, sandwich mixto y coca-cola, y un dulce, todo sabe exquisito cuando el viaje es de placer.  Puedes subir a otro autobús en el que los viajeros tratan al conductor como si fuera de casa, y suben chicos con tablas de surf, y mujeres con carros de la compra, y gente acostumbrada a ver el mar, no como nosotras, que nos removemos en el asiento inquietas y emocionadas, como si fuéramos de una ciudad de interior con clima desapacible.  Puedes preguntar aquí y allá para orientarte y estar segura de no confundir el destino, se nos lee en la frente y se nos adivina rápido en el acento que somos de fuera, pero hoy es un día amable, lleno de augurios positivos, y todo el mundo nos trata bien, y nos indica con paciencia.  Puedes desembarcar junto a una Feria, porque es la fiesta de Sant Pére,  y detrás de las atracciones asoma el Real Monasterio del Puig, un edificio renacentista con cuatro torres defensivas, que fue utilizado como prisión, como templo o como escuela.  Puedes caminar, se camina mucho y a buen ritmo cuando se arrastra una maleta, hasta llegar a una pensión, de habitaciones amplias, luminosas y limpias, en la que se intuye y se siente que no es temporada alta para el turismo y por eso se nos trata con tiempo y sin prisa pero sin pausa, muy cordialmente.  Puedes deshacer la maleta, que las manos se vuelven aspas, y enseguida lo sacas todo, y lo colocas rápido aquí y alla, en los espacios conquistados, para echarte a la calle y vagabundear, y conocer a unos mellizos de un año, Leo y Bruno, hijos de unas amigas de Pilar que viven en Puerto Sagunto y se acercan a pasar un rato con nosotras.  Mientras tomamos un café llama Ramón De Aguilar, los ángeles literarios de la guarda existen, y dice que vienen en un rato, con Eliana, Nacho y Dolores.  Y es verdad, eso pasa, después de que Pilar y yo nos hayamos disfrazado de gala, con maquillaje y semijoyas y todo, y bajamos a la calle tan emocionadas como cuando hemos visto el mar a primera hora de la tarde, y Ramón y sus amigos ya nos están esperando, nos intercambiamos unos obsequios de la tierra que nos ampara y viajamos unos minutos, muy pocos, hasta el Huerto de Santa María, un lugar idílico, con mucho jardín y mucha agua, donde nos reciben con un caldo y la gente parece profesional, seria y literaria.  Es una velada organizada por el ayuntamiento para la entrega de Premios Literarios Conte en Castellano y Valenciano.  Y la cena resulta exquisita, y hablamos con Eliana y Ramón de muchas cosas, hasta de la Ley del Menor, y una se siente como en casa, porque eso fluye de alguna parte, no sé de donde, pero el ambiente lo favorece.  Y empieza un señor muy profesional a contar porqué nos hemos reunido allí, y los premios se entregan, y la gente aplaude, sonríe y hace fotos.  El segundo premio de narrativa en castellano es para Herminia Dionis, y yo no me veo pero seguro que abro mucho los ojos, y si te descuidas hasta la boca, porque sé que Herminia escribe mucho y bien y ha ganado infinidad de certámenes literarios.  Y cuando nombran el primer premio resulta que es para mí, por "Los Espacios conquistados" y entonces me tiembla todo, pero todo de verdad, que hasta vuelo veloz al estrado como si me lo fuesen a quitar, y casi tiro el atril, los papeles y al delegado de cultura, y me da para pedir a Pilar que está atónita y sonriente, que grabe, que haga fotos o lo que quiera, pero que inmortalice el momento porque a saber cuando me veo en otra igual.  Y me dejan hablar unos minutos, me acuerdo de mi gente, de mi casa, se me olvida mi barrio, qué coraje, y agradezco a Pilar, y a Ramón y el tiempo está muy raro, porque parece detenido y al mismo tiempo vertiginoso e irreal. Y se acaba la velada, y más tranquilos, Ramón, Eliana, sus amigos y nosotras nos tomamos una copa en la cafetería de un hotel en el que amablemente nos recogen a horas intempestivas.  Y entonces una tiene la clara sensación, como diría Serrat, de que la vida le ha besado en la boca.

Y amanece, cielo despejado, desayuno como marquesas, vuelta a Valencia, la playa del Cabañal y el arroz negro frente al mar, la compañía de Ramón y de Pilar y un Enero que se agota queriendo ser prometedor.  En el viaje de vuelta las energías tocan fondo y notamos el cansancio, la tensión acumulada, el retorno a lo cotidiano. Nos esperan abrazos, afectos sinceros, caras que son hogares.

Este premio es mucho más que un premio. 

Significa retornar a la esperanza.