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MARTES DE CENIZA

"PRONOMBRES POSESIVOS"

"PRONOMBRES POSESIVOS"

-A Marimar Moreno, gran amiga,

fiel a lo que escribo.

 

Los niños vendrán a la hora de cenar.

Llaman al timbre dos veces, con una breve interrupción entre ambas.

Alberto entra por la puerta como un huracán, tira la mochila sobre la cama y me pide un juego concreto de ordenador, ese en el que hay que sortear trampas y encontrar llaves para terminar abriendo un cofre del tesoro.

Parece siempre el mismo niño.

Con la alegría intacta.

Judith es diferente, no sólo por ser la mayor y comprender más cosas, sino porque siempre fue diferente. Una niña todo ojos y silencio, que contempla y calla, que cuando habla utiliza las palabras precisas, el tono adecuado. A veces se distrae y cuenta las migas de pan derramadas sobre el mantel, o mira a través de la ventana abierta en busca de otras cocinas habitadas por gente que eleva la voz, friega los platos o escucha música.

Sus besos son frágiles.

Eva no cruza la puerta. Se sitúa con las puntas de los pies pegadas al umbral, como si traspasarlo supusiera recibir una descarga eléctrica. Mira hacia dentro del piso con desgana y sin curiosidad. Intercambia conmigo unas normas ridículas:

“Que no beban coca-cola por la noche, aunque sea sin cafeína, les sienta mal”

“Judith necesita ayuda en un trabajo del colegio, que no se despiste dejándolo para última hora”

“Vigila que Alberto se cepille bien los dientes”.

No vigilo.

No soy un vigilante.

No soy otro padre, otro señor, otro hombre radicalmente opuesto al que era antes de separarnos. Conozco los hábitos de mis hijos, sus manías y hasta sus pequeñas mentiras.

No necesito instrucciones.

No me he profesionalizado en el cumplimiento de mi deber como padre.

Quizás si le soltase todo esto podría sorprenderla, pillarla fuera de juego, decirle entra, siéntate, vamos a hablar, no hace mucho teníamos planes, nos gustaba cenar fuera los sábados, queríamos comprar una casa en el campo, donde los niños pudiesen subir a los árboles y construir cabañas, yo te besaba en el cuello y tú te estremecías ¿lo recuerdas?

Pero la mujer que tengo en frente y que mira constantemente el reloj, la que apenas me sostiene la mirada y llama a los niños con una voz extraña, impostada, para que salgan al rellano a darle un beso, es una mujer sin memoria.

He comprado masa para hacer pizzas, los dos se divierten trasteando en la cocina, y helado de chocolate, y sobres de Cola-Cao para desayunar, porque es algo que ya no uso, absorbido de nuevo por mi adicción cafetera.

Cuando tengo a los niños Paula desaparece sin dejar rastro, ni un frasco de colonia en el cuarto de baño, ni un pijama en el armario. Se borra. Ella sabe. Aunque no hemos acordado nada ella sabe. Tiene su casa como yo tengo la mía. No llevamos demasiado tiempo, es preferible no invadir, ni adjudicarse papeles incómodos.

También está separada, no tiene hijos, pero mantiene con su ex una relación cordial y de vez en cuando hasta quedan a cenar; se ríe de la cara que pongo cuando me cuenta que

se llevan mejor ahora que durante su relación, y que en realidad, nunca deberían haberse casado, pues en el día a día resultan incompatibles.

“Pagar las facturas, decidir quién hace la compra, llevar la ropa al tinte y el coche a la revisión, colgar unas cortinas, asistir a las reuniones de la comunidad de vecinos, comprar los regalos de Navidad… todo eso desgasta la convivencia, la convierte en un protocolo incómodo, hazme caso…” dice mientras se cepilla el pelo, la boca de labios finos, lineales, sonriendo frente al espejo.

Y yo me quedo pensando que es precisamente eso lo que echo de menos, lo que me provocaba sensación de pertenencia: contribuir a los gastos de una casa, burocracia con mi nombre, con mi domicilio, con un DNI, con un estado civil… las fronteras de una pequeña patria en la que cabían hijos, trabajo, vacaciones, maneras de ser y estar.

Cuando todo eso desaparece uno se convierte en otra persona, tiene el mismo nombre, pero se llama de otra manera, está ubicado en un lugar que nada tiene que ver con el anterior, es un paria, un desahuciado.

Por eso a Paula la intuyo efímera.

Por eso no me duele quererla.

Eva sin embargo metió a su nueva pareja en casa un mes más tarde de mi partida. Debía tener prisa. Miedo. O las dos cosas.

Mario es joven, ocho años menor que Eva, conduce una moto de gran cilindrada, trabaja por cuenta propia, practica varios deportes… el tipo de hombre en el que ella no solía fijarse, pero de repente aparece, después de un simple curso de cocina quedan en grupo un par de veces, y lo que parece imposible que tome consistencia la toma, y trece años

de vida en pareja se cuelan por el desagüe sin dilación, y una noche cansado de esperarla, dormido en el sofá, me sacude como si estuviésemos rodeados de llamas, y lo estábamos, claro, devastados ya, y me empieza a recordar que este piso nos lo regalaron sus padres, y te tendrás que ir porque no pienso perder esta oportunidad, y por unos momentos no sé si me habla de una ganga, de un mueble de liquidación, o de otro hombre, es otro hombre sí, y quiere que sepa que no se siente culpable, por qué había de hacerlo, no puede evitar sentir lo que siente, que es a él a quien ama y con quien quiere estar, y sólo por esa vez, sólo viendo el brillo en los ojos de Eva y el ligero temblor de sus labios, envidio la posición de Mario en este momento de las vidas de todos nosotros.

Tuve el arranque de decirle con una tranquilidad inaudita que si me iba era para no volver, que no regresaría nunca más.

Ella me miró perpleja encogiéndose de hombros.

Fue cuando supe que había dejado de quererme.

Para siempre.

Para curar una herida o solucionar un conflicto.

Para bajarle un paraguas porque llueve.

Para sacar las bolsas del maletero y limpiar los hámsters.

Para nada ya.

Para nada.

Y se instaló Mario, puso sus camisas donde hacía muy poco habían estado las mías, y en lo que había sido mi cuarto de estudio y proyecto de biblioteca montó un pseudogimnasio en el que él y Alberto hacen flexiones y dan volteretas.

Eva se cambió el corte y color del pelo, usa vaqueros ceñidos, lee libros de autoayuda, el niño dice que cuando mamá está con Mario se ríe con la boca muy abierta, Judith le lanza una mirada que él no sabe interpretar, y seguimos comiendo, se enfría el consomé, no pasa nada por hablar, es peor callar, hay que lanzar los pájaros sobre el mantel, que revoloteen, que salpiquen, que, finalmente y sin apenas fuerza, salgan aleteando por la ventana. Se denomina exorcismo.

En una ocasión le pregunté a Judith que le parecía el novio de su madre. Estábamos haciendo la cama y se detuvo, puso frente a mí esa mirada suya que parece romperse y que me inquieta. “No me parece nada ¿y a ti?”.

Cambié de tema, no esperaba que la pregunta rebotase. Me dí cuenta que podíamos tener nuestras opiniones pero que de poco iban a servir, pues por primera vez en su vida Eva estaba dispuesta a saltárselo todo.

Así se lo hice saber a sus padres y a su hermano cuando me llamaron, tratando de averiguar más porque ella sólo les había dado los titulares. Supongo que hubieran preferido colocarme el adulterio a mí, colgarme todos los muertos, publicar mi currículum oculto. Pero no pudieron. Su hija no se escondió y yo tampoco.

Y dejé de tener familia política, mi sitio en la mesa, el servilletero con mi inicial, de la noche a la mañana, es asombroso lo sustituibles que somos, lo perecederos.

Yo apenas tengo gente a mi alrededor a la que dar explicaciones.

Hijo de viuda, una mujer que asiente a todo y no fija la mirada en ninguna parte, que asumió mi separación como quien camina sin detenerse viendo barrer las hojas de los árboles. Alguien entre la aflicción y lo hermético, que parece soportar el peso de la vida sin morder ningún pedazo, sin muecas, sin ojeras, sin despeinarse.

Hijo único de padre ferroviario que apenas paraba por casa, y cuando lo hacía dormía mucho, y cuando no dormía pescaba, o jugaba a las cartas con los amigos, mientras yo vivía cerca de él, mirando la marca incrustada de la gorra alrededor de su cabeza, y al mismo tiempo muy lejos, en el planeta de las canicas, las hogueras y el lenguaje de la calle que lo veía pasar con los zapatos siempre brillantes.

No pude dar crédito a su repentina muerte… había dejado pendientes tantas cosas para contarle… nos debíamos un tiempo que se tornó irreversible.

El caso es que cuando me separé no necesité la pena de nadie, pero sí un refugio. Quería un zulo, un hueco al margen de cualquier espiral, una puerta abierta en alguna parte.

Y por supuesto busqué a Sandra, que fiel a nuestra historia y con esa habilidad que la caracteriza supo estar a la altura, no defraudarme.

Sandra es la mejor parte de mí mismo.

La mujer que más veces me ha rechazado y más tiempo ha estado conmigo, esa compañera de vida de la que cometes el error de enamorarte y entonces te pones tonto y no quieres comprender nada, te obcecas, y a punto estás de tirarlo todo por la borda de no ser porque en toda paranoia hay un segundo pegado a la realidad, y en ese instante comprendes que no puedes perder esa relación en los mejores términos que pueda producirse, porque si no te pierdes tú.

Sandra es la referencia, la trayectoria, el pasado lógico, la caja dentro de otra y dentro de otra más, lo que concuerda, la persona incondicional que nos mantiene a este lado de la cuerda floja.

Me quedé en su casa un par de semanas, las justas para respirar demasiado aire de campo, repasamos las fotos de cuando éramos críos, las nocheviejas en el piso de aquel novio suyo que tenía una terraza a la que se accedía por una pequeña escalera de caracol y desde la que se divisaba toda la ciudad, cuando nos sentábamos en el tejado ahuyentando a los gatos y a las palomas y la vida nos parecía tremendamente simple.

Hasta que me echó con cajas destempladas, como suele suceder me puso en órbita, se acabaron las lágrimas y el hastío, la autocompasión, tus hijos te están esperando, cómete la frustración, pero no les falles… algo así vino a decirme la mañana que nos despedimos, yo muerto de miedo, poco complaciente, sin ganas de habitar una vida impuesta, el viento soplaba de un modo enfurecido, quebrando las ramas de los tilos, removiéndolo todo.

Y comenzó el resto de mi insospechada existencia, en un pequeño piso alquilado, con atrayente mezcla de luces, en el casco histórico de la ciudad. Desde la urbanización los niños vienen aquí como de excursión, y les hace gracia asomarse al balcón y ver a los gatos rebuscando en la basura, y a las vecinas llamándose de ventana a ventana.

Todos hemos aprendido a reinventarnos, tratando de perder lo mínimo, o aprovechando para hacerlo.

Antes de la hora convenida suena el timbre de una forma extraña, a veces los sonidos son premonitorios. Me asomo por la mirilla y veo el rostro delgado y pálido de mi hija mayor, que debería estar en el colegio y no aquí, y mucho menos sola… Abro la puerta queriendo saber y me encuentro con una niña de aspecto fatigado y zapatos de uniforme cubiertos de polvo, sonríe sin ganas y en sus ojos persiste un rastro inequívoco de llanto.

“Pero qué lejos vives..” me dice al pasar, y se queda en el centro del salón sin quitarse la mochila, como si fuese una desconocida.

Antes de poder preguntarle nada suena mi teléfono móvil, el nombre de Eva brilla en la pantalla “Si es mamá dile que estoy bien, que no se preocupe, y convéncela para que no venga, por favor”

Eva no lograba articular una frase entera sin romper a llorar, he tenido que repetirle varias veces que la niña se encontraba bien y que estaba conmigo, nunca ha sido especialmente creyente, pero nombraba a Dios dándole gracias, aún no he podido hablar con ella, tranquilízate, te llamo dentro de un rato.

Al colgar compruebo que Judith ha abierto de par en par las ventanas, como si necesitase oxígeno, un aire limpio y fresco de otoño entra en la casa, sacude tímidamente papeles y cortinas.

“¿Vas a contarme qué ha ocurrido?”

Se quita por fin la mochila, se descalza, dejándose caer en un sillón.

“Pasa que hoy me he rendido papá, no podía cumplir la misión, asistir a clase como si nada, tratar de pasar por las cosas sin que me afecten y comportarme como una buena chica … he echado a andar hasta llegar aquí, he cruzado la ciudad, no sabes la cantidad de cosas que suceden en esas horas en las que parece que nunca pasa nada… verás, no es que este destino sea mejor que ninguno, no te ofendas, es que no tenía otro, y huir sin más es de locos, no conduce a ninguna parte…”

Observo a mi hija mientras un temblor frío me recorre la espalda, en mi cabeza se abre paso la inquietud… en qué momento me perdí su germen, cuando he llegado a desconocerla tanto…

Cojo una silla y me siento a su lado. Presiento que no puedo hacer otra cosa más que escucharla, descubrirla, no perder esta oportunidad que parece definitiva.

“Mamá está embarazada, va a tener un hijo con Mario, nos lo ha dicho durante la comida, como si fuese lo más normal del mundo, mientras le cortaba el filete a Alberto, me he puesto mala, no he podido evitarlo, me he dado cuenta de que no hay retorno, que hasta ahora lo de Mario podía ser pasajero, no sabes cómo lo mira, como cuenta los minutos que faltan para que él regrese, que incluso podíais volver dentro de un tiempo, al fin y al cabo no ha habido grandes peleas, los dos muy civilizados, demasiado tal vez…”

Está cansada, hace una pausa para cobrar fuerzas y recomponer una voz que se quiebra por momentos.

“Pero ya con un niño en medio… eso son palabras mayores. Voy a tener un hermano de otro padre, le voy a llevar trece años, si casi va a parecer hijo mío…”

Trata de sonreir, pero su cara se convierte en una mueca difícil.

De repente estoy tan agotado, tan confuso, que sólo puedo acariciarle el pelo.

“Creo que tu madre está apostando fuerte por su vida y nosotros debemos hacerlo por la nuestra, Judith”

Levanta rápidamente la cabeza del reposabrazos del sillón, se borra de un manotazo una lágrima rabiosa y me pregunta airada: “¿Cuál es nuestro sitio en su vida? ¿Cuál? ¡Yo quiero el que tenía!…”

La tarde se empieza a teñir de ocres.

Hemos hablado mucho, desordenadamente, tratando de poner nombre a las emociones y a los miedos, mostrando las heridas.

Hasta que se ha quedado dormida, la he tapado con una manta, su cara todavía de niña chica exhausta, y entonces he llamado a Eva, que cuando ha dejado de gritar al otro lado

del teléfono, agraviada por la fuga de la niña, por el susto que le ha dado y principalmente porque haya venido en mi busca, ha aceptado quedar conmigo para hablar de los chicos en terreno neutral, a medio camino entre su mundo y el mío.

No le he adelantado la propuesta de Judith de venirse a vivir aquí, es posible que todo se calme y cambie de idea, los días están repletos de sorpresas.

Cuando ya habíamos concertado la cita y la conversación declinaba rápida hacia la despedida le he dado la enhorabuena, espero que no te salga tan llorón como los anteriores, ¿recuerdas el sueño que pasábamos?, la primera salida que hicimos después de tener a Judith fue al cine, donde nos dormimos prácticamente en la primera escena y tuvo que despertarnos el acomodador cuando ya no quedaba nadie en la sala… se ríe francamente, recupero algo de la Eva con la que viví en esa risa, en el recuerdo compartido de un proyecto que trató de ser común y duradero. Y duró cuanto pudo.

Mañana por la mañana me traerá a Alberto, tendremos el paréntesis del fin de semana por delante para tratar de retomar las cosas desde otra perspectiva.

Cuelgo.

Apenas se oye nada, algún coche lejano, el reloj de la cocina.

Mi hija duerme.

Yo no creo que logre hacerlo en toda la noche, posiblemente llame a Sandra, le cuente que voy a ver crecer al hijo que mi mujer tendrá con otro hombre, tu exmujer, matizará ella, mi mujer, la única con la que quise formar una familia, tener un futuro, hacerme viejo.
Sé que hay que aferrarse a la vida como única solución de amparo.

Aunque ella decida por nosotros.

Y a veces, nos deje al margen.

JOSEFINA MOLINA

JOSEFINA MOLINA

A esta Directora de cine nacida en Córdoba un 14 de Noviembre del fatídico año en el que comenzó la Guerra Civil, van a concederle, en la próxima entrega de los Premios Goya, el Goya de Honor.

Los nostálgicos del teatro, aquellos acostumbrados a verlo desde el sofá de casa, la recordarán por sus montajes para Estudio1, televisión de calidad en blanco y negro y en un solo canal, para todos los públicos. En los oídos de los que éramos un poco más pequeños sonaban como si fueran de casa los nombres de José Bódalo, Jose María Rodero o Lola Herrera entre otros, que salían al principio de la obra en letras grandes, mientras tras ellas empezaban ya a perfilarse, en cualquier gesto, los personajes.  No resultaba extraño ver teatro, zarzuela o debates cinematográficos en televisión.  No existían los frikis, ni los shares de audiencia.

Josefina dirigió la versión televisiva de El camino, de Delibes, o la mítica Teresa de Jesús interpretada por Concha Velasco.  Pero amplió el abanico y probó con diferentes ámbitos, se arriesgó, dirigió, de 1975 al 79, lo que para la gente de mi generación fue la "prebola" de cristal, o lo que es lo mismo, Un globo, dos globos, tres globos, programa infantil en el que salía Gloria Fuertes y que incluía la serie Ábrete Sésamo.  Pero su paso de gigante como creadora lo obtiene al poner en escena una obra fundamental en la historia teatral de nuestro país, Cinco horas con Mario.

Fue la primer mujer en obtener el título de Directora en la Escuela oficial de Cinematografía y acaban de concederle también la Medalla de oro al Mérito en el Trabajo, ha publicado cuatro novelas y ha dicho cosas como esta: En todas mis obras, mi discurso ha sido el de la libertad e iniciativa de las mujeres. La libertad de encarar la vida desde las propias necesidades y no desde necesidades impuestas.

Por todo ello y por ser pionera en un tiempo y lugar en el que las mujeres lo tenían aún más difícil sirva este sencillo espacio a modo de aplauso y homenaje.

JUAN PERRO

JUAN PERRO

Resulta increíble pensar que Santiago Auserón tiene cincuenta y siete años... sin lugar a dudas ha pactado con quien sea para que la edad no resulte en su camino nada más que un dato dedicado a los que piensan que las cifras sirven para algo.  Estudiar filosofía en la Complutense y en París sí que debió ayudarle a entender mejor la sociedad de los 80, aquella en la que triunfó imparablemente con Radio Futura, según los expertos el mejor grupo español no sólo de la citada década, sino de los últimos veinticinco años, se dice pronto...  De traductor y articulista pasa a experimentar con el rock y a representar eso que nunca se sabe si existió, se inventó o ambas cosas, la Movida Madrileña.  El grupo de los Hermanos Auserón (Luis, un año menor que Santiago, estudiante de arquitectura, fue convencido para tocar el bajo)  tomó su nombre de una emisoria de radio libre italiana; fueron bautizados por otro miembro indiscutible de aquella época agitada que les tocó vivir, Manuel Campoamor, perteneciente a Kaka de Luxe y Los Pegamoides.

Actúan por primera vez en la clausura de un festival de cine de ciencia-ficción en el Ateneo de Madrid tras tres meses de ensayos, corría el 12 de Octubre de 1979.  Un single de su primer disco Música Moderna, se titula Enamorado de la moda juvenil, a partir de ahí... todo lo que no se hizo, ni se hace, de cualquier manera, sino desde un profundo respeto por la cultura y la música, por seguir investigando, aprendiendo, avanzando.  Por ejemplo, y entre millares,aquellos inolvidables videoclips de La bola de cristal, De Granada a la luna, 1998, como homenaje a Lorca, o la composición de las piezas musicales de Cacao, montaje teatral de Dagoll Dagom por el que obtiene el Premio Max de artes escénicas.

Santiago se convirtió en otro, en Juan Perro, que ha profundizado sobre todo en las raíces del son cubano.Para Auserón, su destino no es convertirse en un intérprete "a la altura de los mejores" ni en un "intelectual de oficio", sino "uno fronterizo y de contrabando".(citando la entrevista de elpais.com:http://www.elpais.com/articulo/cultura/Santiago/Auseron

Acaban de concederle el Premio Nacional de Músicas Actuales.  En contínua actividad, el artista que siempre tiene algo que ofrecer no se estanca ni etiqueta, permanece entre nosotros como testigo privilegiado de todos los cambios, siempre en construcción permanente.

"LUZ DE MADRUGADA"

"LUZ DE MADRUGADA"

 

 

Podría vivir en un vértice

entre tu cuerpo y el mío,

detrás de los tejados

a los que nadie asoma,

acurrucada

como un gato callejero

que se niega a dejar de serlo.

 

Cuando el viento sopla

cada día parece distinto,

arrastra la arena

que ya no es de nadie,

rasga los vértices,

asusta a los gatos,

se viste de amenaza

o de riesgo inminente,

y entonces

sólo queda continuar.

 

A la espalda

los triunfos que no se lograron,

la lluvia en los soportales

de cualquier edad tardía,

los lunes tratando

de comenzar algo:

una dieta

un amor

una vida…

 

Continuar sin pausa

es sinónimo de rebeldía

y se parece al miedo.

 

Hay alturas,

acantilados,

ojos que dan tanto vértigo

como ser conscientes de la nada.

Eso que apenas queda de lo que fuimos

y de lo que seremos.

 

El futuro

regala manzanas envenenadas

a la entrada de los institutos

y al final de las ciudades.

 

Resulta complicado no morderlas,

no mirar hipnóticamente al mar…

acaso hay un rumor distinto

en la humedad diáfana

después de la lluvia,

una luz ámbar,

pequeña,

de recibidor…

 

Luz de madrugada

en algún lugar sin coordenadas,

encendida por alguien que nos reconoce,

porque al final sólo se trata de eso,

ni escaleras de caracol,

ni comunidades de vecinos,

ni grupos naturales.

 

Alguien que nos espere

y que prepare café,

sin mirar el reloj.

 

Y juntos podamos guardar silencio.

 

SIEMPRE NOS QUEDARÁ DIBUJOS ANIMADOS

SIEMPRE NOS QUEDARÁ DIBUJOS ANIMADOS

Félix Romeo y yo no nos conocíamos.  No éramos amigos, por lo tanto, no puedo escribir sobre él todas esas maravillas, totalmente incondicionales y absolutamente hermosas que su gente le ha dedicado.

Sí me gustaría agradecerle de alguna manera que haya sido un personaje de referencia cultural, y sobre todo literaria, en esta ciudad nuestra, áspera y difícil, alguien que logró ser él mismo, un lector voraz y apasionado, que no necesitó de Universidades, estereotipos ni marcas, pero que logró eso tan complicado, al alcance de unos pocos, crear un terreno particular con las palabras, generar un hábitat y mostrárnoslo.

No era yo lectora comprometida con su columna semanal en Heraldo, pero sus recuerdos autobiográficos y novelados son los mejores que he leido dentro de ese género descarnado que supone despelotarse en público y sacudirse fantasmas y demonios, esenciales por otra parte para ser quienes somos, y escribir como escribía Félix.

Quien lo conoció de adolescente dicen que ya era especial, que destacaba entre el resto por su tremenda cultura, por su compromiso social, por ser ya entonces y para siempre un gran amigo de sus amigos.

En Dibujos Animados y Amarillo (de esta segunda novela hace poco que os hablé aquí, cuando era imposible imaginar que faltaría Félix a corto plazo) se le puede conocer más y mejor; no son relatos suaves, poéticos ni fáciles, la vida, el amor, la amistad, el barrio... las raíces nos convierten en todo lo que no hace falta leer en las líneas de la mano.

Somos uno menos.  La estrella de Félix se ha apagado.

Sus buenos amigos tuvieron la suerte de disfrutarlo, y en el recuerdo queda la permanencia.

Os dejo la crónica que escribió uno de ellos, Julio José Ordovás, en las páginas de cultura de elpais.com

Me niego a creer que Félix Romeo haya muerto. Félix amaba la vida con desesperación. En la columna que publicó el pasado domingo en Heraldo de Aragón, contaba que estaba asomado a un balcón de la plaza Real de Barcelona en una espléndida mañana que el verano le había robado al otoño y que la música de un congo que tocaba en la calle hacía que sus pies bailaran solos, y que de eso era de lo que él quería hablar, de la melodía milagrosa de la vida, contra la que nada podían hacer los pajarracos chillones de la crisis.

Como Obélix, él también se cayó de pequeño en la marmita, y la poción mágica hizo de él un lector sobrenatural. Félix Romeo vivía por y para la literatura. A los dieciséis años ya publicaba reseñas en la revista El Bosque y no solo parecía que había leído todos los libros, sino que realmente los había leído. Los libros que él más amaba eran los de carne y hueso, por eso tradujo a Natalia Ginzburg. No soportaba la impostura ni a los profesionales de la queja y se rebelaba ferozmente contra cualquier pretensión de adoctrinamiento o atisbo de totalitarismo. El valor de Orwell, la cabezonería arrolladora de Sender, el humor salvaje de Thomas Bernhard, la sonriente inteligencia de Szymborska, la escritura perpetua de Umbral... Los escritores que más le gustaban eran los escritores a los que hubiera querido tener por amigos. Y aunque muchos escritores le repatearan, como Juan Goytisolo, no podía disimular que disfrutaba peleando con sus libros.

Las cicatrices que tenía en la cara, y que le daban un divertido aspecto gangsteril, se las produjo un accidente automovilístico. Su amigo Chusé Izuel fue quien estrelló el coche contra una farola. A Chusé Izuel, que se suicidó cuando vivían juntos en Barcelona, le dedicó Amarillo, un libro desgarrador. También había escrito una novela, que aún no había dado por concluida, sobre el compañero de celda que tuvo en la cárcel de Torrero cuando le condenaron por insumisión, un tipo que había matado a su mujer y que no sentía ninguna culpa. Félix Romeo, que no entendía a los suicidas ni a los asesinos, quería extirpar de su mente esos tumores y vivir, como Goya, por lo menos hasta los ochenta y tantos años y no dejar nunca de aprender. ¿Y de quién vamos a aprender nosotros ahora que él se ha ido?

"NO ÉRAMOS NADIE"

"NO ÉRAMOS NADIE"

 

Después nos hemos vuelto a ver alguna vez y siempre igual,

como dos extraños más que van quedándose detrás

( “¿Lo ves?” Alejandro Sanz)

 

 

Mi hija no nacida se llamó Vania.

Vania efímera.

Vania llave de secreto.

Vania imposible.

Quizás la única explicación a una muerte súbita en el último mes de embarazo fuera esa, la imposibilidad de un alumbramiento concebido para retener a su padre.

Se iba yendo de a poco, yo ya lo sentía fuera estando en mí, lo veía afeitarse frente al espejo con esa conformidad lechosa y sin ruido que en nada tiene que ver con el amor, y tuve que apresurarme.

Sabía que era un tipo honesto y responsable en exceso que no me abandonaría.

Y no lo hizo.

Aunque tuviera preparada la salida y hubiese conocido a otra que no le sabía a pan de ayer.

No me arrepiento. Tenía que utilizar todos mis argumentos. Aunque finalmente las cosas no salieran como esperaba llegué hasta donde pude.

Él hubiese continuado a pesar de la cuna vacía y el rosa de las paredes, habría permanecido. Pero no se lo permití.

Sobre la pena no se ama.

Era bonito el nombre de mi hija fallecida sin haber vivido.

Vania del agua que no ve la luz.

Vania dedos marchitos.

Vania sólo nombre.

Nos regaló una prórroga para recuperar la fe, un tiempo extra, una mirada nueva. Nos convirtió en padres repentinamente, miembros de un mismo proyecto... compañeros. Desplegamos la mesa del futuro llena de trazados multicolor.

En las terrazas del último verano, tomando helados de madrugada, hablábamos de colegios con y sin uniforme, de clases extraescolares, malas compañías, tartas de cumpleaños y la hora de vuelta a casa.

Parecía posible.

Olía a futuro desde el acantilado.

Pero Vania se durmió para siempre allá dentro, sin más, ni un solo abrir los ojos para reconocernos en ella.

Los años han volado precipitándose sobre aquellos planes que parecen papel amarillo de una vieja novela, inverosímiles y lejanos, secuestrando la vida que podríamos haber vivido, mudándonos la piel para seguir soportándonos.

No tuve que repetirle que se fuera.

Estás libre.

Tu hija inteligente ha abierto la puerta de la jaula.

Vuela.

Sentí de lleno la burla de la ficción. Como se reían de mí las toallas que no se usaron, las sábanas nunca desplegadas, el carrusel que no giró.

Un museo de los horrores instalado en mi alma por hacer trampas.

Me llamó tantas veces como no le respondí y tardó en cansarse.

Era cuando me jodía que fuese legal, atento, responsable, cuando quería romperle a tiras la cara para gritarle idiota, idiota, más que idiota, no ves que quise encadenarte para que no huyeras, que me lo jugué todo a la carta más alta, que esto era un secuestro en toda regla ... Aunque en el fondo tuviese claro que él no necesitaba ninguna explicación porque ya sabía.

Vania linda niña imaginada.

Vania de esperanza.

Vania ausente.

Tras el desahucio de mi barriga supe que ya no quería retenerle, así no, las deudas de la tristeza y la miseria de una pérdida son cadenas de penitente. Rumores eternos.

Frente a frente, sin jardín, sin aprender de una Vania a la que darle la mano, ya no éramos nadie.

Él pudo trazar en paralelo, asaltar caminos que le permitieran ser otro.

Por terceras personas sigo sus huellas, difusas a veces, espaciadas en el tiempo.

Se casó y tuvo dos hijos, fue capaz de soportar el pasado como un caparazón del que uno se libera a veces.

Que rabia me daban su alma y sus raíces, esa manera de andar por la vida sin desear esconderse en callejones oscuros o bajo tapas de alcantarilla, a pecho descubierto, parándose ante los escaparates, escuchando canciones, haciendo cuentas y decorando la habitación de sus hijos...

Qué rabia.

Yo no pude avanzar.

Me faltaban cimientos y lo había hipotecado todo.

Utilicé todas las armas, todos los puñados de arroz de la despensa.

No había más donde buscar.

Y me dejé arrastrar por la corriente hacia cualquier margen del río.

He descubierto que uno puede pasarse décadas enteras sin asomarse a un verano.

Tras una puerta atravesada por el mundo que no se percata de su presencia.

Son inocuos los días, fiebre de otros.

El otoño ha comenzado deprisa y en el cementerio trata de resistirse a lo desapacible repartiendo efímeros rayos de sol. Es temprano y montoncitos de hojas se enredan entre los pies. Los muertos que no nacieron también tienen su espacio aquí, el mármol brillante de las lápidas, la ausencia de fotos porque nunca supimos como fueron, si mostraban un lunar inequívoco o tenían hoyuelos en las mejillas. Siempre me ha parecido que el nicho de Vania le concede más tiempo del que tuvo, curiosamente la inmortaliza. Tener una lápida constata la existencia. Quiere decir que en algún momento hubo un proyecto, una respiración, una posibilidad de ser feliz y creer en las cosas.

Está limpio el nicho de Vania, limpio y brillante. Alguien además de mí se preocupa por ella, por no olvidar que lo sucedido nos convierte en sucesores.

Hoy hace doce años que falleció mi hija no nacida. He venido temprano para evitar el contacto con otras tristezas que pretendan ser solidarias. La gente es capaz de cobijarse sin pudor en la boca de tu estómago.

No quiero para mi hija flores de muerto, retiro las que tiene y coloco mis tulipanes. Las flores blancas, de tallo largo, los lirios, los crisantemos, son flores de muerto.

Es difícil acertar sobre lo adecuado de las flores para una hija no nacida.

“Hola, Susana”

Antes de incorporarme y querer escabullirme sabiendo que resulta imposible, reconozco esa voz, el espacio de esa voz en mi vida, como lo seguiré haciendo por el resto de los siglos. Las voces no envejecen, se disecan, aguardan.

Los hombres no, este usa gafas y las entradas en su cabeza hablan por sí solas. Está como si hubiésemos retocado una foto tratando de envejecer al personaje.

“¿Qué tal Rubén?”

Nos estudiamos detalladamente unos segundos, buscando las palabras precisas para no violentar más el momento ni el lugar, tarea difícil.

Trae en la mano un par de claveles blancos. Instintivamente, sin pensarlo, les parto el tallo y los coloco junto a mis tulipanes.

Después el se acerca al nicho y roza tímidamente con los dedos el nombre de Vania.

Caminamos calle abajo como si hubiésemos planeado este encuentro no elegido.

Reconozco en sus zapatos al hombre por el que luché, esos zapatos de piel clara, con cordones, tan adaptados al pie...

Se va deprisa, hoy el mayor juega un partido y todavía tiene que pasar por la oficina, ¿Cómo te va?, me pregunta, no me quejo, la vida me ha dejado en paz... Junto a su coche la mañana aún no ha despegado en plenitud, me aprieta suavemente el brazo, me alegro de verte, no sabes como me gustaría poder decirte lo mismo.

Arranca y se aleja, lo esperan los tiernos abrazos de su realidad.

He tardado doce años en entender que lo conseguí.

Vania y el lazo inquebrantable.

Vania y las deudas.

Uno pertenecerá siempre a lugares y nombres, con su memoria turbia y las cosas que no deberían haber sido. Aunque no quiera.

Uno habita el pasado por la imposibilidad de destruirlo y para hacer más llevadero el presente.

Vania no nos miró, pero construyó personas a raíz de su ausencia.

Hoy me he dado cuenta que la muerte no sucede porque sí.

Ni se queda quieta.

OCTUBRE, FIN DE AÑO EN ZARAGOZA

OCTUBRE, FIN DE AÑO EN ZARAGOZA

"A esta vetusta ciudad,

vieja como ninguna,

que te observa al caminar

como si vas por la luna,

la amo,

la odio,

le tengo un cariño ancestral" (Zarajota blues-Jose Antonio Labordeta)

 

No me gustan las ciudades, menos las que pretenden ser macrociudades europeizadas, globalizadas y globalizadoras.  Por no gustarme no me gusta ni la mía, que vive de espaldas a su memoria y que no se parece, ni siquiera un poco, a la que un dia fue.

Las ciudades se sumergen en inviernos interminables, es más, en algunos de sus rincones siempre es invierno.  Y contra eso sólo se puede buscar la esquina soleada, y recordar a menudo que todo pasa, y la oscuridad de las seis de la tarde se acaba.

Mi ciudad es como todas y no se parece a ninguna, los habitantes de un lugar pretendemos que sea único, que nos haga especiales, ya que somos esclavos de su ritmo.  La mía tiene la peculiaridad de terminar el año en Octubre, saltándose a la torera los calendarios, las estaciones y lo que se tercie.  El verano se alarga hasta la celebración de las fiestas patronales, los habitantes nos lanzamos a la calle como si nos fuese la vida en ello, haga el tiempo que haga, aunque el cierzo se empeñe -bueno es- en quebrar las ramas de los tilos y llueva hasta que flote el Pilar (algunos tópicos lo son por algo y "exageraos" somos un rato largo...)

Cuando la gente está de fiesta se le olvida todo, la conciencia y la memoria se quedan en el sofá tapadas con la manta de cuadros, y entonces, a pesar de las obras, los gastos innecesarios, las discusiones políticas que siempre nos pillan en medio para salir perdiendo, la marejada de los tiempos venideros, los logros sociales que ya no lo son, el estado del bienestar inexistente por el que nos hemos dejado los cuernos, uno canta, rie, bebe, baila, sale y disfruta como si fuese la última vez... si nos pilla el fin del mundo que nos quiten lo bailao.

Todo lo que empieza tiene un final en domingo, con espectáculo pirotécnico junto al Ebro.  Tiemblan un poco las piernecillas ante lo que vendrá, quienes seremos y en qué nos convertirán y/o nos convertiremos, el largo invierno, todo lo que se ha postergado para después del Pilar y que de repente está ahí, en la línea de salida, irrevocable.

Una de las cosas que he aprendido grabándomela a fuego es que estamos de paso y que no hemos inventado nada, nada que no se haya sentido y vivido antes, nada que no regrese, en otros labios, con otro cuerpo, en las vidas de otros.

Por eso espero que siempre haya generaciones dispuestas a comerse a bocados la manzana, hasta llegar al corazón, aún con los ojos vendados.

Confío en quien hace del presente su patria.

 

 

FELICES FIESTAS DEL PILAR 2011

"EL ESPÍRITU DE MIS PADRES SIGUE SUBIENDO EN LA LLUVIA"

"EL ESPÍRITU DE MIS PADRES SIGUE SUBIENDO EN LA LLUVIA"

Patricio Pron

Editorial Mondadori, 2011

 

Yo no sé si Patricio Pron (1975) es todo lo que dicen de él: un autor revelación que se tutuea con Bernhard y que llega a la perfección de Borges y al riesgo de Bolaño...  siempre me han dado pavor las expectativas y no digamos ya las comparaciones...  Lo que sí sé es que Pron y su última novela me han encandilado hasta el punto de resultarme excepcionales, novedosos, brillantes.

La prosa es sencilla, directa, emotiva y al mismo tiempo culta, reivindicativa, ahondando en la memoria de esa Argentina que se parece tanto a ciertas épocas de este país nuestro que muchos pretenden sepultar, todavía más.

Un joven escritor argentino regresa a su país de origen para despedirse de su padre enfermo y se adentra involuntariamente en la historia de su familia a la vez que en la suya propia.  Así comienza la sinopsis de la contraportada, lo que no avanza es que nos encontraremos con mucho más, con un tipo que novela sus recuerdos y que se muestra vulnerable, extraño, viajero, huidizo y que no deja de ser alguien acuñado por su infancia, de la que durante un tiempo se aleja.  Como si se pudiera.

Uno tiene que cerrar ciclos para poder avanzar, tiene que conocer por qué viene de dónde viene, entender que la mayoría de las veces el presente es una consecuencia directa de las deudas pendiente del pasado, y que la vida se divide siempre en vencendores y vencidos, en ruido y silencio, en historia y la letra pequeña de esa historia.

No sé si como dice la revista inglesa Granta, Patricio Pron es uno de los veintidós mejores narradores en castellano del momento, lo que yo tengo claro es que a mí me ha impresionado con una narrativa impecable e incomparable.