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MARTES DE CENIZA

"CORAZÓN DE PAPEL ARRUGADO"

"CORAZÓN DE PAPEL ARRUGADO"

 

En el fondo de los bolsos

se enredan dando vueltas

fechas caducadas,

citas que no se produjeron,

palabras impronunciadas.

 

Discuten con las llaves

y los trozos de papel,

los Kleenex,

la goma del pelo,

los versos que nunca termino...

 

Vienen a buscarme

cuando revuelvo

y no encuentro nada,

llego tarde,

discuto con las sombras

que me convierten

en la peor parte del otoño

y barrunto la soledad

como el único destino previsible.

 

Es entonces

cuando surgen los viejos compromisos,

esos días

que ya no serán cualquier día,

las fechas-migas de pan,

corazón de papel arrugado.

 

Y me quedo pensando

que las palabras son mucho más que

espacio,

tiempo,

lugar

y viento.

Son nuestras huellas digitales,

lo que nos hizo menos libres,

más humanos,

vulnerables.

 

Un territorio

imperecedero como ningún otro.

 

Tiemblan jirones

en el fondo de mis bolsos.

 

Sé que están ahí.

Los llevo a todas partes.

 

"TODAVÍA NO ES MAÑANA"

"TODAVÍA NO ES MAÑANA"

Es este un libro cuidado con esmero, desde la encuadernación hasta la última coma pasando por la ilustración de portada.

Diría incluso que es un libro premeditado.  Una especie de asignatura pendiente, o esa es la sensación que me queda al leer la novela de Mara Malibrán, periodista a la que se le nota el oficio cuando escribe, si se me permite decirlo, redundando en descripciones sobre un tiempo y lugar de los que quiere dejar plena constancia.

SINOPSIS: “De la España de 1950 a los decisivos años de la Transición, un recorrido sentimental y psicológico por las vivencias personales de tres niñas que se convertirán en mujeres durante una época tumultuosa de nuestra historia reciente”. “Habrá muchos crímenes en el mundo y usted los aceptará”. La lectura fortuita de una frase en un libro escogido al azar una tarde de tedio devuelve a la memoria de Begoña todo el mundo de su infancia, un pasado que se había esforzado en arrinconar.

Cuanto contiene de biográfica una historia es el misterio que se puede permitir quien tiene la capacidad de inventar, lo que está claro es que lo vivido cobra mayor transparencia y fuerza para ser narrado que lo plenamente imaginado, y aquí hay mucho de lo que nos ha tocado vivir, sin elección, una manera de conducir la historia que sólo puede partir de la sensación de seguir llevando puestos aquellos zapatos.

Secretos, represión, miedo, silencios, clases sociales, colegios de monjas, estructuras poderosas e inamovibles pese a lo arcaicas, mujeres, palabras de distintas mujeres, política... el Madrid de los años 50.

Al fin y al cabo lo que ya sabemos: cómo nos condiciona la infancia y en qué puede convertirnos. Y que en esencia, a pesar de todo, seguimos siendo muy parecidos a quienes apuntábamos ser.

La Editorial Suma de Letras y Mara Malibrán se unen para sacar adelante un trabajo respetuoso y digno, lleno de memoria que necesita dejar de entornar la puerta para cerrarla, segura y definitivamente.

ÚLTIMO PRIMER DÍA DE ESCUELA

ÚLTIMO PRIMER DÍA DE ESCUELA

Hace ocho años, tal día como hoy, dentro de mi mano temblaba ligeramente una más pequeña. Caminábamos despacio en un viaje sin retorno, porque hay veredas que se emprenden para siempre, que significan un antes y un después.

Todavía hoy no tengo muy claro para qué sirve el colegio, y si es beneficioso o no, según que "tipo de tipo" seas... pero ese ya es otro cantar propio de mis complicaciones mentales que nunca han sido pocas.

Daniel llevaba puesta una bata de rayas azules con varias vueltas en las mangas, y lo miraba todo sin terminar de comprender.  La primera mañana sólo se quedó una hora en clase, y yo esperé a que transcurriese ese tiempo sentada en un banco a escasos metros de la puerta del colegio.  Luego salió con una chaqueta que se ataba con pompones y que era tan suya como la escasez verbal o el pelo rojo, osea nada.

Las primeras semanas fueron suaves, después, una vez asumida la realidad de que aquello iba para largo, se agarraba a los marcos de las puertas como si a diario soplase un huracán demoledor.

Varios años después, al acercarse el principio de curso solía decirnos: "No queda más remedio ¿no?" esperando ser extraditado a las islas Caimán.

Hoy es el último primer día de escuela, me ha costado convencerle para que me deje acompañarle.  Educar también es "empujar" suavemente fuera del nido, promover la autonomía, la independencia, y todas esas cosas tan necesarias y tan evolutivas que duelen tanto.  Ha escogido la ropa que va a llevar, los accesorios, los llaveros que cuelgan de su mochila... como trata de escoger la manera de enfrentarse a una vida que cada vez nos pide más, mejor y antes.

Se acaba la escuela como un ciclo más, esa escuela primaria donde se conoce a la cocinera como a alguien de casa, y las caras son las mismas, y por los pasos descubren qué profesor se acerca y con qué talante, y desde el primer rincón hasta el último todos se han explorado una y mil veces.

Lo siguiente ya será otra historia, una especie de liga profesional, de pez grande con el que habrá que negociar para no ser el pez más chico.

Otro ciclo en el que a las madres y padres nos tocará esperar resignados en casa, o al otro lado del hilo telefónico, mientras la pandilla, el grupo, se convierten en los únicos protagonistas posibles, el alma de la adolescencia.

Sin embargo hoy, cuando vea a los más pequeños suplicar con lagrimones en la cara, seguirá oprimiéndome la boca del estómago.

 

ACCESO NO AUTORIZADO

ACCESO NO AUTORIZADO

 

Vengo a contar mis impresiones sobre la última novela de Belén Gopegui, aquella que ya vaticiné que me iba a gustar, y no poco, sólo por haberla escrito su autora, pasionismos que me ocurren estrictamente con ella y con García Montero.  Sé que no está bien, que no debería y que es poco ético, pero qué queréis, todos tenemos nuestras debilidades y un blog, entre otras cosas, también está para demostrarlas.

"Acceso no Autorizado" recibió furibundas críticas por considerarse una declaración de principios políticos a la medida del tiempo que nos toca sufrir.  Es decir, oportunista, débil argumentalmente, lineal y previsible, entre otras lindezas, por parte de críticos literarios que leen mucho no, muchísimo, pero no bien, no más allá de la forma, como si la lectura fuese un campeonato para supersónicos que luego puedan presumir en las tertulias de la infinidad de títulos, casi todo últimas novedades, que su memoria acumula.

Para empezar, como declarada fan de Gopegui no puedo estar de acuerdo, en caso de que me hubiese decepcionado no hubiese escrito ninguna entrada al respecto, dándoles la razón en aquello de que tal como esta novela llega se irá, sin más importancia.  Como fan de Gopegui, de la novela en general, y de la estética y el mensaje literario en particular, sólo puedo decir que ciertamente, es una novela actual, plena de realidad política, pero también social y cultural, puesta al alcance (porque la autora puede permitirse el lujo de crear una herramienta que nos permita entender el presente y la vida) de quien quiera comprender que sólo nos identifica el nivel de dignidad, la capacidad para perder y continuar hacia delante, mermados, equivocados, frágiles... solos.  Pero buscando siempre el amparo, el reflejo, nuestro espacio con puerta de entrada y salida, dentro de la colectividad.

Tiene "Acceso no autorizado" la prosa lírica que sólo Gopegui maneja, en pequeñas dosis, menos quizás que en anteriores novelas, que brillan, que están ahí, como auténticos diamantes, imágenes, descripciones, movimientos ligeros, que son literatura extraordinaria.  No se parece en nada al resto de sus creaciones como ninguna se parece a otra y todas germinan en el contraste de lo individual y lo colectivo, desde "La Conquista del aire" a "El Padre de Blancanieves", "Deseo de ser Punk" o este "Acceso no autorizado" todas nos plantean la revolución individual y/o grupal, social, dentro o fuera del sistema.  Son novelas sutilmente inquietantes, rompedoras de comodidad, nada de quedarse ahí disfrutando de la lectura y pasar página, hay que opinar, hay que saber, hay que decidir.

Y yo he decidido alabar esta historia porque lo vale, está bien escrita, es un tema de interés y si el oportunismo no se clasifica como delito y está a la orden del día, por qué achacárselo a alguien que puede lanzar más cartas sobre la mesa y ponerlas boca arriba.

 

 

 

 

"LA TINTA DE LOS MARTES"

"LA TINTA DE LOS MARTES"

 

Las ciudades nos dividen.

 

A ambos lados de una avenida,

en bocas de metro,

habitaciones de hospital,

panaderías…

 

Nos separan porque es más sencillo

aislar el dolor,

dibujar la soledad

como si se tratase de

una señora anciana

que echa de comer a los gatos

y usa botas de goma cuando llueve.

Luego, de vuelta a casa,

ni siquiera se calienta la comida

y sube el volúmen de la tele

imaginando que está acompañada.

 

La soledad es tan propia de las ciudades

como el tiempo contaminado

de las parejas gastadas.

 

Huele a serrín mojado,

a última hora de domingo,

al cierre de los bares

en los que vimos pasar la vida

sin imaginarla siquiera.

Esos que todavía conservan

el letrero con su nombre,

renunciando a la cobardía.

 

Las ciudades tienen

un corazón de ballena atormentada,

insomnio crónico,

el deseo infantil y perenne

de ser concretas,

únicas,

permeables.

 

Mientras los ciclos transcurren

frente a su escenario de colores desvaídos

uno puede creer que las descubre.

Somos las serpientes

enroscadas en el fondo de la cesta,

tocarán nuestra música

y pensaremos que ha llegado el día,

histriónico,

especial,

que podrá darle la vuelta a todo

y resucitarnos.

 

Despierta.

Son las 07 de la mañana.

Los periódicos

escupen la tinta de los martes,

el café se queda frío

y cada vez nos espera menos gente.

 

En algún remoto lugar

alguien robará un beso

con dedicación de guante blanco.

 

Enhorabuena,

siempre queda lugar

para la elegancia.

"SANGRE EN LAS VENAS"

"SANGRE EN LAS VENAS"

La Condesa de Bureta era una auténtica condesa, de los pies a la cabeza.

No tenía tiempo de salir en el "Hola", porque estuvo muy ocupada organizando con sus propios medios la defensa de Zaragoza durante Los Sitios, creando barricadas, distribuyendo armas y formando junto a otras vecinas, desalojadas de sus casas por los bombardeos, un "batallón de amazonas" que se encargaba de curar heridos, abastecer a las tropas y apagar incendios.

De uno de los balcones de su casa colgó un muñeco de trapo que emulaba a Napoleón.

Se llamaba  Mª Consolación de Azlor y Villacencio, se casó a los 16 años con el Conde de Bureta, de quien heredó el título al enviudar a los veintisiete años. Tenía dos hijos y tuvo un tercero con su segundo esposo, Pedro María Ric, también gran activista en la lucha contra los franceses.

Prima del General Palafox, era tan estrecha la relación que mantenía con él que lo nombró, junto a su esposo, albacea testamentario y tutor de sus hijos, sabiéndose delicada de salud por enfermedad contraída durante la guerra.

Tras la rendición de la ciudad pudo exiliarse junto a su familia, pasó por varios destinos, Cádiz el último antes de regresar a Zaragoza, donde falleció a los cuarenta y un años tras dar a luz a su hija Mª Pilar.  Está enterrada en la Iglesia de San Felipe.

A 62 Km de Zaragoza, en la Comarca Campo de Borja, se encuentra la localidad de Bureta, donde recientemente se ha rehabilitado la Casa-Palacio de los Condes de Bureta, un complejo con hospedería, restaurante y museo.

No seré yo quien diga que nos hacen falta Condesas, pero mujeres de este calibre sí, todas son pocas, porque da igual el siglo al que hayas pertencido o pertenezcas, y la condición, mientras tengas sangre en las venas y un objetivo de lucha colectiva.

 

"CARTAS DE MAYO"

"CARTAS DE MAYO"

 

 

"Para el que con los ojos cerrados se arrojó sobre un pecho..."

("Para quién escribo"-Vicente Aleixandre)

 

Marilia recibe carta de su hijo anualmente,  durante el mes de Mayo.

Ella presiente la llegada, y se asoma cada día a la misma hora por la ranura del buzón, esperando que sus ojos menudos y cansados topen con el sobre abultado y la letra caligráfica de su único hijo.

No hubo acuerdos previos que estableciesen el encuentro por correspondencia especialmente en Mayo, pero así empezó a suceder y así es como se ha ido manteniendo, quizás por ser el mes de las flores, cuando preparaban el pequeño ramo de rosas envuelto en papel de aluminio para llevarlo al colegio y cantarle a María, y ella podía sentir la mano pequeña y tibia de él dentro de la suya, casi siempre helada, en aquellos días largos de cielos muy azules en los que se barruntaba el verano como una promesa infinita.

Marilia tiene un nieto al que sólo ha visto una vez, de recién nacido, cuando viajó toda la noche en autobús para presentarse en el hospital, despeinada y con su mejor falda hecha una pura arruga, para verle la carita apretada y roja, esa nariz tan redonda y los dedos largos de pianista.  No pudo cogerlo en brazos, pero le acarició el rostro con las puntas de los dedos y notó su piel nueva, ligeramente áspera en los pliegues, acompañando el ritmo de su respiración tranquila.  La emoción la desbordó y sintió deseos de llorar, pero se contuvo porque conocía las reticencias de su nuera a la hora de manifestar emociones públicamente.

En la carta suele haber fotos del pequeño, que ya no se parece en nada a aquel bebé, los niños cambian mucho, se detienen, observan, crecen imparablemente.  Este ha cumplido cinco años, su abuela le envía regalos un par de veces al año, por su aniversario y en Navidad, hace caso omiso de la recomendación de sus padres, “mejor le mandas dinero, que juguetes tiene muchos, está la casa llena de trastos”, porque ella disfruta comprándole todo aquello que le gustaría compartir con él, en el hipotético caso de que el nieto la visitase con frecuencia y pudiesen jugar juntos sobre la alfombra del salón.

Ahora ya nadie escribe cartas, pero su hijo mantiene esa costumbre improvisada como si fuese el último eslabón de su cordón umbilical, el único espacio privado que les queda, y que tiene algo que ver con lo que fueron, con el tiempo compartido. 

Así prefiere entenderlo ella, porque el resto, las llamadas de teléfono, los días que atraviesan la barrera del sonido y no encuentran huecos, de verdad que imposible, otra vez será, para venir a verla, es frío y extraño, de nadie, cualquiera puede impostar una voz, marcar un número, decir madre como quien recoge el ticket del aparcamiento o da los buenos días entrando en el ascensor, decir madre como quien dice paraguas, avenida, columpio…

Hay palabras que no pueden decirse de cualquier manera, para eso es mejor quedarse callado.

Cuando aprendió a llamarla lo repetía constantemente, encadenado, hasta quedarse sin aliento, un niño regordete de mejillas encendidas que pregonaba, entre el ruido de la circulación y el trajín habitual de las calles “mamamamamama” y reía dando palmas.

Es difícil averiguar en qué preciso momento todo se hizo árido, lineal, desaprensivo.  Qué puerta atravesaron que sólo daba al vacío.

Marilia ha querido a ese niño con empeño y dedicación combatientes, trabajando de noche en la Residencia  y dedicándole todas las horas del día sin apenas dormir, asombrándose con él cuando plantaba judías en diminutas macetas y enseguida asomaban brotes larguísimos, aplaudiendo sus goles, sus actuaciones escolares, sus buenas notas, despidiéndose desde la acera, la nariz de él pegada a la ventanilla del autobús, cuando salía de excursión y le asaltaban todos los miedos y fantasmas pese a saber que debía dejarlo marchar, porque la infancia no cabe dentro de un vaso de agua ni se preserva bajo la almohada.

No se cumplen los deseos.

Tampoco los impronunciables.

El pequeño creció y como corresponde fue perdiendo ilusión, brillo en una mirada que se tornó esquiva y ladeada, un tanto hostil.

Sobre la mesa del comedor comenzaron a llover copiosamente preguntas sobre su padre, las mismas a las que ella había respondido en otras ocasiones, calmando la curiosidad del muchacho.  Pero esta vez el muchacho ya no quería callarse, ni calmarse, el muchacho quería desestabilizar con preguntas, enfangar el hule decorado con grandes manzanas, arrojar sal sobre la herida.

Marilia y su herida resultaban compañeras bien avenidas, se conocían lo suficiente.

La herida de Marilia dormía desde hace tiempo sin augurar siquiera nostalgia.

Cuando le anunció a Enrique que estaba embarazada él le respondió claramente que nada de hijos, que ya tenía suficientes con los suyos y que precisamente una de las causas por las que se había separado de su mujer era por el agobio que le producían las rutinas familiares, los problemas paridores de problemas que suben y bajan las escaleras con la alegría del gato y su cascabel. 

Llevaban tres años juntos y a ella no le sorprendió esa reacción, pese a haber deseado otra con todas sus fuerzas, por eso tardó tanto en decírselo, porque sabía que se quedaría sola.

En los seis meses de embarazo que le restaban recibió un par de llamadas de Enrique interesándose por su estado de salud, después nada, un sobre con dinero el mismo día del alumbramiento que le fue devuelto al remitente, y una conciencia arrebatada que de vez en cuando le empujaba a espiarles desde la otra acera o a la salida del colegio, Marilia levantaba el brazo para saludarle, demostrando que lo había visto y que ella no se escondía de nadie, ni se avergonzaba de nada, fíjate bien, aquí tengo a mi niño, peor para ti que te lo estás perdiendo, pedazo de miserable, que te escondes entre los árboles del parque y nos miras, como si quisieras, pero sin querer, ser algo nuestro…

Desapareció del todo una vez sepultada su conciencia.

Y Marilia aprendió a ser madre despacio, pegando la oreja al pecho del niño que dormía encogido, organizándole el material escolar, planchándole rodilleras, subiéndose con él en los autos de choque, saliendo al campo a bañarse en el río y a comer tortilla de patatas y ensalada bañada de sol. 

Fueron años breves, fugaces, aparentemente inofensivos.

Hasta que ambos construyeron sus ratoneras, y a la salida de las mismas los esperaban Jonás y Estela. 

Decidieron apostar en la tómbola. 

Al principio es fácil, un pececito naranja, una planta de interior, una botella de vino dulce… pero después la feria se traslada, tiene ruedas, busca otro paisaje, y hace frío, y ya no quedan monedas sueltas en los bolsillos, todo está atado, los ojos de Estela que invadirán su casa y no se le caerán a su hijo de los labios, y Jonás que esperará hasta lo indecible, pero a dónde vas madre con ese novio viejo que te has echado, mira que a la familia de Estela no le parece bien, y cuando sube a casa todo se llena de acero y trampas, labios sellados, cuerpos fugitivos, y Marilia debería rebelarse, quienes sois vosotros para escupirme fuego, y menos tú niña de aire, corazón de nácar, por qué me miras como si supieras de mí, por qué me arrebatas lo que es mío y además me prohíbes, y no lo dices, consigues que me lo diga él, relacionarme con quien quiera, con Jonás en este caso,  que canturrea cuando riega las plantas, y me prepara la cena, y se ríe a carcajadas, y repite eso de que ya esta bien tomarse la vida tan en serio, y me ofrece su retiro en la playa, donde anidan las gaviotas y el invierno es más corto que en cualquier parte, pero no está dispuesto a esperar toda la vida, porque ya no tiene toda la vida para esperarme a mí, y yo me lo pienso demasiado, y tengo miedo, como siempre, de perder lo único que de verdad he tenido, sin darme cuenta de que ya no es mío, no quiere ser mío, no quiere…

No cambiaron las cosas cuando Jonás se marchó.

Todavía hubo un tiempo de transición en el que podría haber ido tras él.

Pero resultó un tiempo enredado en el mañana tal vez, esperando recuperar espacios, palabras, la luz exacta entrando por el ventanal. 

Mañana tal vez…

Cuando quiso darse cuenta necesitaba teñirse cada mes, tomar pastillas para la tensión, comprar lo justo porque su hijo apenas comía en casa y los fines de semana los pasaba con Estela, Estela y la empresa familiar de los padres de Estela, que tenían muchachas de servicio en casa, de las de delantal blanco, madre, ¿te lo puedes creer?, pero no era una pregunta, no lo era, ni siquiera trataba de ser un diálogo, sino un discurso sobre la maravilla, la excelencia, la suerte que he tenido de conocerla, con la  gente que hay en la universidad y ella se fija en mí, un pobre diablo, un estudiante a golpe de becas, que si no de qué, aún no sé qué puede atraerle de mí, como es que me aguanta, la cuchara suspendida en el aire, la sopa resbalando, la mirada gris del niño perdido buscando respuestas, pero ¿sabes una cosa?, ya no puedo vivir sin ella, no podría madre, no podría… si me deja me mato.

Él no se dio cuenta, inmerso como estaba en su maraña, de las lágrimas silenciosas de su madre, que lo miraba descompuesta queriendo reconocerlo, comprendiendo que decía la verdad y sintiéndolo lejos, absolutamente lejos, pese a encontrarse sentado al otro lado de la mesa.

Estela dijo que la ciudad era pequeña.

Que se les quedaba pequeña.

Que necesitaban otra.

Con la brevedad y la concisión de quien se pone una chaqueta porque refresca y la suerte está echada.

La vida se mete dentro de una maleta, una vida que tiene prisa dentro de una maleta pequeña, hecha porque algo hay que llevarse, que Estela dice que me compre todo nuevo, que aproveche el momento para hacer limpieza, aunque de momento las fotos, los libros, los trofeos deportivos, todo se queda aquí, porque los padres de Estela nos regalan el piso, pero tenemos que decorarlo y organizarnos antes de emprender la mudanza definitiva. 

La que nunca llegó. 

Se llevó la maleta ridícula para cambiar de vida, esa en la que nada cabía, y no volvió a por más, no necesitó nada más.

Las contadas ocasiones en las que se han reencontrado él ha mirado su cuarto como quien visita un museo, todo sigue en su sitio, todo lo espera.

Y él lo sabe. 

Y a veces se le empaña la mirada, pero sólo es un segundo, porque no puede permitirse la melancolía, unida a la memoria como una hermana siamesa a otra.

Cuando el coche deportivo de Estela hizo sonar su claxon tres veces el se despidió con un beso fugaz sobre el cabello de su madre, una sonrisa pletórica y ganas de salir bajando de tres en tres las escaleras, pero ella le retuvo apretándole el brazo, robándole los ojos: Promete que me escribirás, qué antigua eres madre, prométemelo, está bien, aunque sea una vez al año prometo escribirte, respondió riendo, a gritos, ya fuera del único hogar conocido.

Y ha cumplido.

Todo lo que le queda de él son sus cartas.  Las fotos del niño extraño, la caligrafía enorme y descuidada, los abrazos que nunca llegan la vinculan a alguien real, que existió, que estuvo tan cerca como la sal del agua marina.

La última carta no dice nada nuevo.

Que tampoco este verano podrán venir.

Porque quieren que el niño conozca Disneylandia.

Y van a tope de trabajo.

Y para un mes que pueden disfrutarlo los tres juntos…

Siempre coloca los folios sobre el suelo de la terraza, al amparo de las plantas, sin sujeción… es posible que vuelen, como los aviones de papel que de niño su hijo lanzaba al parque de en frente, si el papel no pesa quizá las palabras tampoco…

Después, cuando termina de leer los recoge cuidadosamente en la carpeta de las cartas de Mayo, sus amigas la llaman para tomar un té con leche y jugar la correspondiente partida de mus, pero no tiene ganas, y quedan para otro día, porque sólo con escucharla hablar ellas ya comprenden que habrá recibido carta, y que sentirse relegada supone un duelo solitario que transcurre despacio y pasa.

Como el mes de Mayo.

 

 

 

"EN CADA LEALTAD HAY UN RUMOR DE TRANSPARENCIA"

"EN CADA LEALTAD HAY UN RUMOR DE TRANSPARENCIA"

Del último libro de Luis García Montero, "Un invierno propio" han salido los mejores títulos de poemas que he leído: La tolerancia no sirve para comprender el beso del extranjero, El porvenir es una negociación con el pasado, La lentitud tiene alas igual que el pensamiento y que las obsesiones, La tristeza del mar cabe en un vaso de agua, Hay aviones que despegan desde ningún lugar y que aterrizan en ninguna parte, La memoria se rompe como un mástil...   Así hasta treinta y ocho poemas absolutamente sensacionales, esencia pura del autor en su publicación más completa, genuina, casi perfecta.

De ahí que deba elegir la hermosura de: "En cada lealtad hay un rumor de transparencia" y transcribirlo, para todos vosotros, celebrando una vez más el refugio inagotable y luminoso de la poesía.

 

Yo he querido un respeto de cristal.

 

Que la lluvia viniese sobre mí

con sus alas de tarde,

que la noche difícil se moviera

como un vaso de agua en nuestra mano,

que las enamoradas

buscasen un espejo donde sentir los labios,

y que la historia

con su tacón injusto

no pisara mi vida,

porque la lluvia y yo

y las enamoradas y el espejo

no somos partidarios de los cristales rotos.

(Luis García Montero)