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MARTES DE CENIZA

"CORTINAS"

"CORTINAS"

“Contra el vientre que la disparó”

(“La Extranjera, Cristina Peri Rossi)

 

Las cortinas caducan.  Y sólo nos damos cuenta cuando no sintonizan con el presente.  Cuando siguen colgando impenitentes frente a una ventana que ya nadie abrirá, y dejan pasar una luz extraña, amarilla, de tiempo detenido.

Me han parecido viejos esqueletos, testigos de nuestro abandono una década atrás, aquel recién estrenado Enero en que nos mudamos dejándolas en su sitio porque pensamos, al menos yo pensé, que alguien las aprovecharía, que alguno de mis hijos retornaría al hogar dónde creció y podría disponer de ellas.

Pero la memoria de los jóvenes carece de cordón umbilical y pasado reciente.

Soy yo quien ha regresado, empujada por las circunstancias, es cierto, a recorrer este piso que podría describir palmo a palmo con los ojos cerrados, en esa puerta sigue marcada la estatura de los críos, cada séis meses Blas los alineaba en el pasillo dispuesto a medirlos, y por cada centímetro ganado los premiaba, como si fuesen potros, con un terrón de azúcar que los niños anhelaban impacientes.

Amaya, la segunda, siempre se quedaba mustia porque era la que menos adelantaba de los cuatro, pero su padre sacaba del bolsillo una moneda de chocolate que parecía de plata, y se la entregaba a escondidas.

El suelo del pasillo está salpicado de baldosas con las esquinas rotas, legado de las competiciones de patinaje y hockey.  En la habitación de los chicos todavía hay clavos en la pared de cuando les dio por criar pájaros, después colgaron las maquetas de aviones que vendían los domingos a la entrada de la parroquia, y finalmente sujetaron de esos clavos banderas independentistas.  En la habitación de las chicas queda la señal de las camas abatibles como la marea que no volvió a subir por la pared, detrás de la puerta una percha de madera con tres pomos que fabricaron en el colegio, en el alféizar de la ventana, escrita a rotulador rojo, la fecha en la que Lidia comenzó a salir con Teo, el espejo del baño está torcido, y la mesa de la cocina coja, hay una puerta que pega en el suelo, el timbre suena con un ding-dong estridente que ya no he vuelto a escuchar en ninguna parte, y desde el salón, si te empeñas mucho, se adivinan los montes que rodean la ciudad.

Estaba embarazada de Fernando cuando mis padres nos regalaron este piso, uno para mí y tres portales más abajo otro para mi hermano.  Habían vendido las tierras que les quedaban en el pueblo, con eso, y los minuciosos ahorros de toda su vida hicieron el esfuerzo de regalarnos seguridad, la seguridad que da contar con un hogar propio para tejer una existencia que sólo encuentra sustento en las cosas pequeñas. 

Después mis padres se internaron voluntariamente en la residencia del pueblo que los había visto nacer, marchitándose deprisa, tanto que cuando quisimos darnos cuenta ya no quedaba ni rastro de ellos.

Veinticinco años de mi vida transcurrieron aquí.  Unas bodas de plata que Blas quiso celebrar inaugurando la casa en las afueras que había ido levantando poco a poco, convirtiendo una caseta semiderruída en una edificación de una sola planta con porche, huerto, chimenea, y el espacio ideal para una piscina en la que se bañarían nuestros nietos. 

Por eso dejamos el piso y nos fuimos con los dos pequeños, Lidia y Jacobo, a la conquista de la tierra prometida. 

Nunca me preguntó Blas qué me parecía cambiar de vida, tener que depender de él para que me llevase a la peluquería, al médico, a ver a los dos mayores, que se habían independizado poco tiempo antes y no parecían añorarnos.  Dio por hecho que nos ofrecía la mejor alternativa y que esta no podía conllevar reproches, aunque los pequeños protestasen alegando que los llevábamos al desierto, donde estarían incomunicados, y solos. 

Lo cierto es que apenas paraban por casa, además el novio de Lidia tenía coche y Jacobo se agenció una motocicleta, con la excusa del cambio volaron más deprisa.

Ahí comenzó la segunda parte de mi vida, una vida tiene relación directa con los domicilios ocupados y los hogares construídos.  No es lo mismo vivir en una parte que en otra, no es comparable un piso con una casa, una edad con otra, un número de hijos que la ausencia de ellos… y todo puede circunscribirse al tipo de mujer que eras en cada una de esas viviendas, porque el tiempo nos convierte en figuras poliédricas.

La mujer embarazada de seis meses que estrenó este piso tenía veintitrés años, se creía propietaria de algo con esas llaves en la mano, era su nido, ubicado en un barrio obrero en expansión, creía que el futuro no se la jugaba en un trapecio, sino que se diseñaba despacio y a medida.  No podía imaginar que en los siete años siguientes traería al mundo tres hijos más, que acabarían con sus ganas de volver a estudiar y con sus planes nocturnos un sábado al mes, saliendo del brazo de su marido para cenar en restaurantes con manteles de hilo.

Quizás por eso, o porque yo soy así, nunca llegué a ser una madre gallina clueca, una madre que cubriese de besos a sus hijos sin motivo alguno, especialmente cariñosa, ni me salía, al contrario que a Blas, ponerme a jugar con ellos en el suelo, irlos a buscar cuando comenzaban a salir, salpicarles con el agua del lavabo o mancharles de harina la nariz.  Hice de la maternidad una profesión concienzuda y seria, alejada de lo vocacional.  Pero no fue premeditado, una improvisa sus herramientas con la mejor intención.

Al nacer Fernando sentí como se quedaba con todo mi tiempo, descuidé mis plantas, que tanto me gustaban, dejé de sacar patrones de las revistas, dejé de comprar revistas, todo era amamantarlo, cambiarlo, bañarlo, mostrárselo a las visitas, aplaudir sus gracias, seguirlo cuando gateaba, darle la manita para caminar…

Apenas se iba sólo cuando me quedé embarazada de Amaya, me mordí el labio inferior hasta hacerme sangre de tanta rabia como me dio, idiota de mí, ilusa, que hasta había pensado en ponerme a trabajar unas horas…

Debo reconocer que tener dos niños no me volvió loca, supe organizarme y de vez en cuando venía la madre de Blas a echarme una mano, los niños se le daban estupendamente después de haber criado siete hijos, y además le gustaban.

Cinco años después, cuando llegaron seguidos Lidia y Jacobo, mi suegra tenía ya una docena de nietos y estaba cansada de niños, cansada de mis normas y mi manera de hacer las cosas, tan diametralmente opuesta a la suya, y se fue quedando paulatinamente al margen de mi casa.  Aunque me hacía falta y los niños la reclamaban no le pedí que volviera.  Ni una sola vez olvidó llamar a sus nietos cuando cumplían años o caían enfermos, nos mandaba botes de conserva o productos de la matacía, ocupando un lugar exacto de mujer que sabe lo que hace sin esperar demasiado. 

Me enervaba ese aplomo, su estructura consolidada y amable, su dignidad. 

Falleció mientras dormía una madrugada de verano, en la cama del pueblo donde habían nacido todos sus hijos, que aún conservaba el colchón de lana. 

Nunca antes había visto a Blas tan descompuesto, desconocía a ese hombre que se acurrucaba en el suelo deshecho en lágrimas, hubo una parte de él, algo en él, que se oscureció para siempre tras la muerte de su madre.

Me empeñé en tener un tercer hijo que fuese niña porque Amaya no cuajaba como mi hija soñada.  Tuve suerte y nació Lidia.  Amaya fue, desde el principio, una niña difícil, de mal dormir, siempre asustada, huidiza, arisca, no le gustaba llevar faldas, ni adornos en el pelo, cuando intuía que su padre volvía de trabajar lo esperaba sentada en la puerta, como un cachorro ansioso de caricias.  No quería darme la mano por la calle y se empeñaba en hacerlo todo sola.  Cuando nació mi muñeca Lidia Amaya la miró con sus ojos desbordados, le buscó los pies bajo la toquilla, la palpó y tuve miedo de que le hiciera daño. “No quiero que te acerques a ella”, y aquella frase casual resultó premonitoria, porque convivieron siempre como compañeras de piso de diferentes países.

Lidia sí.  Lidia estudió ballet y se dejó el pelo largo, jugaba a juegos de niñas, se disfrazaba de princesa y en cuanto pudo comenzó a llevar zapatos de tacón.  En la adolescencia conoció a Teo, sus padres son  propietarios de varios negocios, y crecieron juntos hasta casarse y formar un hogar al que acaba de llegar la pequeña Cinthya.  Aunque ahora estemos distanciadas yo siento que mi Lidia es mía.

Jacobo llegó por su cuenta, inesperado en medio de lo que parecía una menopausia precoz, silencioso, inadvertido, no reclamaba la merienda, ni exigía que le comprase un juguete concreto, le apasionaban la lectura, las canicas, las piezas pequeñas de cualquier cosa, montar y desmontar...

Qué raros y qué diferentes son los niños.

Cuando crees conocerlos se fragmentan en otros, se convierten en una prolongación extraña de lo que podrían llegar a ser.

Este piso se llenó de gente que lloraba, comía caramelos y tenía pesadillas nocturnas, no paraba de sonar el timbre o de estar ocupado el teléfono, o el baño, los días transcurrían veloces en un devenir constante de carteras escolares, secadores de pelo, platos y manteles y helado los domingos. 

Un bullicio que comenzó a desaparecer cuando nos hicimos mayores sin quererlo y los chicos crearon sus amistades y sus secretos lejos de nuestra vida.  Entonces Blas y yo nos miramos sin necesidad de espejos para percibir que envejecíamos y que nos parecíamos poco a los chiquillos que entraron en este piso convencidos del diseño del mundo.

Fernando se puso a trabajar con dieciséis años, pese a que sus profesores nos pidieron que hablásemos con él porque tenía buena cabeza para los estudios él se negó en redondo. 

“Quiero trabajar cuanto antes, siempre os he oído hablar de lo apurados que vamos...”  Y era cierto, Blas engranaba dos trabajos y aún así no nos sobraba. 

Mensualmente me iba entregando una cantidad que yo le guardaba en una libreta de ahorros, no quería vivir de aquel hombre tan prematuramente responsable, tan cabal, que tanto me recordaba a mi suegra ...

Hoy es el principal culpable de la postura unificada de mis hijos en mi contra.

Escuchan a Fernando con un respeto que casi raya en la veneración.

Y yo no sé qué tiene que decir de mí Fernando, ni ningún otro.

No me meto yo con las mujeres que han abandonado a mi hijo mayor, no me parece casualidad que haya convivido con las dos madres de sus tres hijos sin que esas relaciones hayan prosperado, pero no me meto, ni me importa que a Amaya le gusten las mujeres, bueno importarme me importa, pero poco puedo hacer ante la muralla infranqueable de sus ojos helados que me escrutan de arriba abajo, de Lidia me impresiona que se deje conducir por sus hermanos cuando hay ciertos intereses o  dinero por medio, a ella que es a la que menos falta le hace, justo ahora, cuando más la necesito mete la cabeza bajo tierra y tengo que soportar que sea su marido, el gran Teo, quien se atreva a decirme que no estoy haciendo bien las cosas, un niñato al que prácticamente le he limpiado los mocos...  Jacobo se borra del mapa, “me sumo a lo que decidáis” les ha comunicado a sus hermanos, precisamente él, que fue el último en marcharse de casa, el más mimado...

El piso comienza a convertirse en un espacio claustrofóbico que me aturde...

Tres años después de marcharnos de aquí Blas falleció trabajando en el jardín de nuestra nueva casa.  La maquinaria se detuvo.  Su corazón paró.  Y me dejó allí tirada, en medio de las afueras, en un lugar inhóspito que nunca sentí como propio, con dos hijos de veinte años que me miraban como si fuera a pedirles sus entrañas para hacerme un abrigo.

Un año después de haber enterrado a su padre ya no vivían conmigo.  Jacobo con su hermano, como cuando eran pequeños y tenía pánicos nocturnos y Fernando le dejaba meterse en su cama y dormir con una linterna encendida.  Lidia con Teo y los padres de Teo en su nueva residencia con piscina climatizada, me llamaba casi todos los días. 

“Te vendrá bien un tiempo para ti sola, para organizar tu vida”.

¿Desde cuando yo sabía estar sola?.  Nunca supe.

Por eso aproveché el acercamiento de Cristóbal.  Vivía en una torre fantasmagórica, apenas un par de kilómetros alejada de nuestra casa.  Tenía un mastín del Pirineo enorme y nos saludábamos al cruzarnos en el camino. 

“Este hombre tiene cara de buena gente” decía Blas, y yo ni siquiera había reparado en ello, pero decidí hacerlo cuando vino a darme el pésame y además de la tremenda soledad me acompañaba una botella de orujo que agotamos entre los dos.

Los pequeños ponían mala cara cuando lo veían rondar por casa.

Y eso que por entonces sólo paseábamos, charlando de la vida que podíamos haber tenido, y de la que nos quedaba.

Después me fui a vivir con él y puse en venta la casa, mi segunda maldita casa. 

“Creo madre que deberías habernos consultado” me dijo Fernando con su tono fúnebre.  “Pues yo creo que no”. 

“Actúas como si no existiéramos”.

Si alguien quiere algo que me lo pida.

Era lo que me hubiera gustado decirle.

No iba a dilapidar el dinero.

Pero por una vez iba a disfrutarlo.

Y Cristóbal conmigo.

De cómo me convenció para abrir una cuenta conjunta y dejarme sin un duro fugándose del planeta no puedo hablar, todavía no doy crédito, al parecer está denunciado por otras mujeres que sufrieron la misma situación.  Un tahúr que besaba como un actor de cine, y que me dejó arruinada y con cara de tonta, pero devolviéndome a una vida de cuerpos enredados y amaneceres perfectos que me quedaba muy lejos y no se inventó para mí.

He vuelto al piso, a la primera mujer de mi primera casa, no para ocuparlo de nuevo, demasiada leyenda encima, me parecería el piso de otra, una historia usurpada, sino para ponerlo en venta, a pesar de los pesares de mis hijos, que se consideran desheredados y se han asesorado legalmente, no tengo nada si no vendo lo que me queda para continuar, demasiado trabajo y demasiada vida hipotecada para remendarme los bolsillos del orgullo e irme con Lidia, tal y como me propuso, a cuidar de su niña en una casa con doncella y cenas de negocios en la que sería un mueble viejo que estorba.  Fernando también me dijo “puedes venirte si quieres”, si no queda más remedio, si no hay otro agujero habitable en el mundo.

Que me dejen estar, yo les he dado de comer, les he comprado ropa, material escolar, sacos de dormir cuando salían de acampada, gafas graduadas ... cuando las niñas hicieron el cambio las llevé al ginecólogo para que las informaran sobre métodos anticonceptivos... traté de ponerlos en ruta a todos, de prepararles un buen equipaje.

Demasiado para convertirnos en enemigos íntimos.

Tengo derecho a hacer con mis propiedades lo que me plazca.

No creo que su padre los criase con idea de formar despiadados materialistas.

A veces parece una cuestión de venganza, un a ver quién puede más ahora que papá ya no nos mira...

Enseguida vendrá la de la inmobiliaria.

Voy a darme prisa en arrancar las cortinas.

Me recuerdan demasiado a una familia.

Como los domingos cuando salgo de misa y veo ataviados con sus mejores galas a abuelos paseando de la mano de sus nietos, conversando con sus hijos o riéndose con sus nueras.  Les cambiaría el domingo.  Sólo un domingo.

Después no echo de menos nada.  Porque he aprendido a estar sola, a quererme sola, y las referencias del pasado son avisos en el móvil de llamadas perdidas.

Mi presente se cotiza como el de cualquiera.

Tiro con rabia de las cortinas.

Que caen, como caen las cadenas.

"TODO LO QUE TÚ QUIERAS"

"TODO LO QUE TÚ QUIERAS"

"Todo lo que tú quieras" es, con todo lo que eso supone, la tercera película de Achero Mañas (Madrid, 5 de Septiembre de 1966), que después de llevar a la pantalla "El Bola" (2000) y "Noviembre" (2003) tenía por delante el reto de seguir dejándonos con la boca abierta ante un cine singular, de alto contenido emocional.

No hay tercera mala.  La película tiene fragmentos magistrales, unos primeros planos propios del mejor cine mudo en los que sobran las palabras y se encoge el alma, y un elenco protagonista de lujo que borda sus personajes.  Qué decir de Juan Diego Botto en su papel de padre coraje, o de Jose Luis Gómez, el transformista capaz de poner al personaje principal frente al espejo, nunca mejor dicho, de su propia humanidad.  La niña Lucía Fernández está absolutamente genial y hasta Najwa Nimri resulta menos artificial que de costumbre.

Pero hay un pero.  Mi admiración por los guiones y la forma hasta ahora de hacer cine de Mañas se desinflan un poco, sólo un poco, ante este largometraje que se me queda algo escaso, cómo decirlo, pese a su arriesgada apuesta argumental a mí me resulta simple.  La historia de un padre actual que se empeña en la perfección hasta conseguirla por todos los medios, demostrando que no necesita nada más, que puede ser padre, madre, terapia, juego, amistad, descanso... "Todo lo que tú quieras".  Me suena un poco a alegato de "Nosotros también podemos", se habla ocasionalmente de lo malparados que suelen quedar los padres en los procesos de separación, las injustas decisiones judiciales, la leyenda todopoderosa de la maternidad...  y surge un PADRE con mayúsculas que alcanza cotas insuperables de amor por su hija.  Si el papel principal hubiese estado destinado a una mujer, si lo narrase una madre, creo que la película no tendría sentido, no contaría nada excepcional.

Pese a todo, el buen gusto y la manera de hacer las cosas de Mañas convierten su película en apuesta ganadora, porque siempre merece la pena sentarse a recibir sus propuestas, sentir el cine como parte de la vida, como pura vida.

FINISTERRE

FINISTERRE

Os dejo este último poema que cierra "Mapa Mundi" con la tristeza infinita por la pérdida de un ser tan extremadamente auténtico e irrepetible como Jose Antonio Labordeta.  Más que escritor, político, cantautor, etc, para mí era un tipo íntegro, con mucho que contar, alguien que me resultaba creíble, y que simboliza un parte de mí ya caducada, pero una parte de mí al fin y al cabo...  Gracias por el legado abuelo.

 

FINISTERRE

 

“Siempre somos

una misma leyenda sucesiva”

(Luis García Montero)

 

 

Podría seguir recorriendo el mundo,

ya sabes,

la curva de tus hombros,

el puente de tu boca,

las líneas de tus brazos...

 

Un mundo que retorna

al mismo punto de partida

y se parece

a lo que pudo haber sido

con una nitidez extraña

de tiempo congelado e inservible.

 

Podría eternizarme en ti,

o en mí cuando te escribo.

Quizás por una vez

seamos lo mismo.

Pero tengo barro seco en los zapatos,

y puedo escuchar en cualquier momento del año

las campanadas de Nochevieja,

me duele el volúmen de tu ausencia,

los huecos por los que me arrastró el viento,

como me duele la vida

que ya no elegiré.

 

Por eso te digo adiós desde los faros,

desde los últimos capítulos de los libros,

desde los párpados cerrados.

 

La ciudad se despide del verano

con la alegría inconsciente

de quien piensa que todo llega,

los niños se acurrucan desesperados

junto a la lumbre de la infancia

mientras

se complica la vida alrededor de la memoria

queriendo parecer más importante,

más delgada,

más auténtica.

 

Hay que sacarla a bailar,

esta es su noche.

 

Los secretos se han lanzado al mar

tragándose la llave que los custodiaba.

 

Las migas de pan se fosilizaron.

 

Ya no podrás entender

que la extensión de un poema

depende

de las palabras que nunca dijiste:

 

Au revoir, sapos, mandarina

esperar, desesperar, augurio,

caracola, pie, girasoles, noche...

 

Todo lo que no se pronuncia

está muerto.

 

Eso sí lo sabes.

 

DÉCADA PRIMERA

DÉCADA PRIMERA

 

Fragmento de: "Los Hijos"

("Vista Cansada"/ Luis García Montero)

 

 

Un hijo es el segundo país donde nacemos.

Con su falta de edad nos hace cumplir años

y nos devuelve

al mundo del reloj,

a las llamadas telefónicas

que son una raíz

en la orilla del tiempo.

Un hijo nos enseña a preguntar

con voz de agua

la verdad decisiva de la tierra.

Ser como juncos, y en amor flexibles,

no asegura respuestas

ni confirma reposo.

 

Feliz Décimo cumpleaños, Daniel, ojalá (como canta Chavela Vargas) casi todas tus noches sean noches de boda y todas las lunas lo sean de miel...

DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL

DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL

Fernando Macarro Castillo (Marcos Ana) nació en Alconada (Salamanca), en 1920, en el seno de una familia de jornaleros del campo.  Como preso político peregrinó por distintas cárceles durante veintitres ininterrumpidos años, acusado de adhesión a la rebelión fue condenado dos veces a pena de muerte, teniendo el "honor" de ser el preso que más tiempo estuvo en las cárceles franquistas por motivos políticos.  Pisa la calle en 1961, después del cautiverio el exilio, que lo llevó a recorrer el mundo presentando su alegato en favor de la libertad y contra las prácticas fascistas en parlamentos, universidades y foros populares.

José Saramago firma el prólogo de "Decidme cómo es un árbol" asegurando que este libro es una lección de humanidad, un soplo de aire fresco que llega para derrotar al cinismo, a la indiferencia y a la cobardía.  Nada más cierto.  La fuerza de Marcos Ana (pseudónimo adquirido de la unión de los nombres propios de su padre y de su madre) no tiene raíces en el odio, ni siquiera en la rabia, su fuerza es el sentido común, su concepto global de solidaridad y justicia, su fe en un mañana mejor, vivo, luminoso, que le acompañaron a lo largo de tantos años y tanto horror.

"Decidme como es un árbol" no es una tragedia, ni el relato de una agonía, sino la crónica real de un tiempo que nunca debería haber sucedido, no de esa manera.  El libro tiene múltiples dedicatorias: "A las nuevas generaciones en cuyos surcos hemos sembrado nuestra historia", "A mis camaradas de cautiverio y a todos los hombres y mujeres del mundo que lucharon y siguen luchando por la libertad"... y deja entrever siempre que la vida sin compromiso social pierde sentido.  Las palabras de este poeta de noventa años no son caducas, componen un espejo al que asomarse, una forma de entender el presente, impulsado por los resortes de un pasado que otros trabajaron para tratar de dignificarnos a todos.

"Estoy orgulloso de mi vida, de los camaradas que me acompañaron en la lucha, de las nobles ideas que dieron sentido a mi existencia, y sigo pensando que vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo"

Así termina este libro, memoria de la prisión y de la vida,lleno de versos en cautiverio de un hombre, que, a pesar de todo el dolor y las injusticias sufridas, pidió y pedirá siempre, como Blas de Otero, la paz y la palabra.

MARÍA MATA PADILLA

MARÍA MATA PADILLA

Noticia del Ideal.es de Granada con fecha 27 de Agosto de 2010:

María Mata Padilla fue la casera de la vivienda que la familia de Federico García Lorca tenía en Valderrubio y que, ahora, cumple la función de Casa Museo. María, uno de los pocos testigos que quedaban de la vida del poeta granadino, falleció a sus 101 años el pasado martes por causas naturales y fue enterrada en el municipio aunque sin ningún tipo de homenaje, tal y como pidió a sus hijos antes de fallecer. El Ayuntamiento de Valderrubio también respetó su deseo de permanecer en el anonimato y se limitó a guardar un minuto de silencio por su muerte, según informó Francisca Blanco, alcaldesa del municipio. «Le encantaba recordar anécdotas de Lorca y su familia», destacó Blanco y que, pese «a su avanzada edad», María contaba con gran lucidez, lo que ha servido de ayuda para numerosos estudios realizados sobre el poeta. María era una de las pocas personas que quedaban vivas con la mente repleta de recuerdos del poeta granadino. Fueron 30 años, junto a su marido, los que ella sirvió a la familia Lorca en la casa de Valderrubio, donde el autor de 'Poeta en Nueva York' veraneaba cuando era adolescente. Entre los muros de esa casa, María, aparte de dedicarse a las tareas domésticas, pudo contemplar las hazañas y aventuras del joven Lorca. «Un día Federico se fue con unos amigos a la Fuente de la Teja y al subir a un árbol se le rompió el pantalón por la parte de atrás. Se tuvo que poner una sombrilla para que la gente no lo viera. Era muy presumido», recordó en una entrevista que IDEAL le hizo el pasado año con motivo de su nombramiento como socia de honor de la Asociación Cultural Tertulias Lorquianas, en agradecimiento a su colaboración en todos los proyectos que han estudiado la vida y obra de Lorca. Un fuente de recuerdos Quiénes la conocieron siempre destacaron su memoria infalible, capaz de recordar y recitar de un tirón poemas y cancioncillas que aprendió durante su etapa en el colegio. Federico no se salvó de que María, junto a alguna amiga suya, le dedicasen una. «Las niñas hacíamos columpios en la cuadra de la casa y cuando él venía nos poníamos a cantar. Le llamábamos Federico 'el Estudiante' y hasta le sacábamos canciones», añadió durante la citada entrevista, con el recuerdo puesto en la figura de «aquel muchacho que vestía de blanco y que llevaba casi siempre libros debajo del brazo». De los recuerdos más fuertes que siempre retuvo fue el de Lorca tocando el piano. «Parece que lo estoy viendo tocar, porque le salía la música del alma. Eso se me quedó muy grabado, porque me impresionaba mucho como lo hacía», declaró en otra entrevista a IDEAL cuando fue nombrada Hija Predilecta de Pinos Puente por el Ayuntamiento de la localidad, al considerarla «la mejor embajadora del poeta en el mundo». Otra imagen que le vino a María a la mente fue cuando a Lorca le llegó el momento de incorporarse a filas. «Su padre dispuso librarlo de cuota, y él dijo que ni hablar. 'Yo no necesito que me libre nadie. Me apaño yo solo'. Y efectivamente se libró solo, por el papel que hizo, por su gracia e inteligencia», relató María. Al recordar la muerte de Lorca, María se emocionaba porque el dolor de pérdida fue por partida doble: su padre murió unos tres días antes de que lo hiciese Federico y de la misma manera. «El día 14 lo quitaron del medio. Los dos tuvieron la misma mala suerte». La muerte de María arranca un eslabón más de la cadena que fue testigo de la vida de Lorca. Afortunadamente, ella estuvo dispuesta en todo momento a implicarse en cualquier tipo de proyecto que enriqueciese el conocimiento sobre el poeta.

 

"En un siglo se morirán aquellos que me amaron" (Juan Ramón Jiménez)

IPANEMA

IPANEMA

“Te llaman Porvenir

porque no vienes nunca…”

(“Porvenir”-Ángel González)

 

 

Aunque siempre me he reído

achinando los ojos

esto no son patas de gallo,

sino los pliegues de tu ausencia.

 

Todos los años transcurridos

a tu espalda,

escribiéndote

sin que lo sepas,

durante un tiempo inadvertido

que no araña

ni se rompe,

deslizándose

por el margen de los cronómetros

y el filo de las ventanas

como un efecto visual

sin importancia.

 

Es difícil pensar

que alguien secuestra

tus imágenes

y las guarda bajo la almohada,

pétalos secos

que llegarán a convertirse

en estatuas de sal

y cementerios abandonados

de aquellas primeras

defunciones nuestras.

 

Ya te habrás dado cuenta

que se trataba de continuar,

con ese aire que nos da en la cara

y huele a restos de naufragio,

sin novedad en el frente

ni otra cosa que nos distraiga

de un destino inexistente.

 

No es el mar,

ni los trenes que pasan,

quienes me recuerdan la edad.

Los espejos

se parecen demasiado al presente.

 

Te juro que  no son patas de gallo,

sino los pliegues de tu ausencia.

 

LA CONQUISTA DEL AIRE

LA CONQUISTA DEL AIRE

"Se había comportado como el ganador de un partido que además reclamara para sí la dignidad de la derrota.  Lo quería todo, el poder y la tristeza", página 104, sobre la ruptura entre Santiago y Sol.

Tan subrayado tengo el libro que podría escribir una conversación, un fragmento, una frase ("Perder es ponerse al servicio del vencedor") de cada página.

Como ya escribí después de haber leído "Deseo de ser Punk" el último libro de Belén Gopegui (Madrid, 1963) y el penúltimo, "El padre de Blancanieves", a esta autora hay que leerla por una cuestión de principios básicos.  Si creemos que hay que ponerse en el lugar del otro para comprenderlo, que la conciencia se vende al mejor postor porque sólo quiere vivir en paz, que no se debe mirar para otro lado sino militar en el presente, y además de todo eso perseguimos un argumento que nos salve de la rutina, de lo que nos suena a miles de historias parecidas, una novela que nos acompañará en el subconsciente porque es mucho más que palabras poéticas encadenadas, entonces hay que leerla.

"La conquista del aire" es su tercera novela, publicada en 1998 y llevada al cine dos años más tarde por Gerardo Herrero con el título "Las razones de mis amigos".  Una novela que narra la historia de una amistad de esas que parecen inquebrantables, y de como la vida nos convierte en seres que no se parecen a los que imaginamos ser, y a los que fundamentalmente el dinero convierte en marionetas de un subconsciente que no los librará de su conciencia.

Este está siendo un verano de recuperar viejas lecturas, jugar a lo seguro, vaya, sin ganas de riesgos, por eso, la literatura magistral de Gopegui nos conduce frente a los espejos con innata elegancia devolviéndonos además el placer por la buena lectura.