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MARTES DE CENIZA

"CON UN PAR"

"CON UN PAR"

Alexia y Pompiliano lucían un buen par de narices.

Eran las suyas narices rotundas, categóricas e indiscutibles, de afilado perfil y olfato profesional, que se adelantaban a los acontecimientos y representaban de manera formal y elegante a sus representados.

Ambas narices habían coincidido en el autobús volviendo a casa después del trabajo.  Aquella noche todo parecía diseñado para la proximidad de sus pituitarias, porque se encontraron en medio de las narices mundanas, resfriadas unas, cansadas otras, en su mayoría cabizbajas y desapercibidas que poblaban el transporte público.

La nariz de Pompiliano tiraba de sí mismo como si se tratase de un sabueso pretendiendo localizar el HUESO, con mayúsculas, y la de Alexia llevaba todo el día brillando de manera especial, cual día de fiesta.  Como ya estaban  acostumbrados a la vida autónoma y a la identidad propia de sus narices, las dejaron hacer sin más, y fue así como abriéndose paso entre los intransigentes cuerpos una nariz consiguió asiento junto a la otra.

En la de Alexia todavía podían adivinarse ciertos restos del duelo provocado por el abandono de una nariz chata, tendente al ocultamiento, que la había acompañado durante el último año prometiéndole perfumes inalcanzables y románticas convivencias que nunca llegaron a producirse.  El resto de narices de la familia la habían puesto sobre aviso varias veces, pero el empecinado romanticismo y la fe sin límites en cambios milagrosos son características habituales de algunos órganos olfativos.

La nariz de Pompiliano, sin embargo, era una nariz  de difícil conquista, y no por falta de oportunidades, ya que se cotizaba bastante entre la flor y nata de las narices de su barrio, sino porque esperaba pacientemente turno para poder elegir sin duda alguna ni desperdicio de tiempo.

Cuando descubrió el perfil de la nariz de Alexia bañado de luz blanca en medio de aquel berenjenal de brazos, carpetas y bolsas de la compra supo que su oportunidad había llegado.  Así que se sentó junto a ella tratando de que reparase en cómo el destino las había emparejado sin remisión.

“Una nariz así es lo que yo busco” fue lo primero que pensó la nariz de Alexia, suspirando a un tiempo y dando por hecho que aquella nariz compañera de viaje estaría comprometida por los siglos de los siglos dada su estampa, su fineza y su hermosura.

Pero resultó que no, cuando llegó la parada en la que ella debía apearse, la nariz de Pompiliano se ofreció para acompañarla, y pese a sus reticencias sobre narices desconocidas le pareció que aquella no lo era y se dejó cortejar.

Poco a poco las narices fueron estrechando relaciones, compartían la crema hidratante cuando el frio pelaba y la protectora cuando el calor arrasaba, y ya se sabe que empezar a compartir es sinónimo de compromiso, así que decidieron elegirse entre todas las narices del mundo.

A pesar de que en algunas noches de luna llena cuando la nariz de Pompiliano la deja en casa necesita salir en busca de alguna nariz díscola que lo olisquee sin palabras ni previos tratados.  Mientras la nariz de Alexia proyecta su sombra sobre papel de cartas perfumado, escribiéndole versos a la nariz chata que la dejó por otra y a la que irremediablemente añora, porque ninguna otra nariz le ha abierto los poros como lo hacía aquella.

No son narices perfectas, pero se reconocen una a la sombra de la otra, y saben sólo con mirarse que nacieron para encontrarse.

 

20 DE NOVIEMBRE

20 DE NOVIEMBRE

Aunque parezca mentira, el 20 de Noviembre se celebran más cosas que no tienen que ver con las dos o más Españas ni con una grande e indivisible que nos recuerdan magistralmente desde el "Cuéntame".  El día 20 de Noviembre de 1989 fue aprobada pro la Asamblea de Naciones Unidas la Declaración sobre los Derechos del Niño, y desde entonces en ese día se celebra el Día Universal de la Infancia.  De ahí a concretar realmente el cumplimiento de esos derechos para todos los niños, independientemente de dónde nazcan o cuantos ceros tenga la cartilla bancaria de sus progenitores hay mucha tela que cortar y se nos tiene que caer a todos la cara de vergüenza, a unos más que a otros, pero está claro que a estas alturas eso ya no lo vamos a ver con estos ojitos.  Mientras tanto, tratando de pensar globalmente y actuar localmente, teniendo la baldosa que ocupan nuestros pies lo más "escoscada" posible, procuraremos mirar hacia delante avanzando, agradeciendo esa capacidad infinita que tienen los críos para devolvernos la fe en la vida y las ilusiones sino perdidas, desvencijadas.

Os dejo una tira de esta gran filósofa del siglo XX que es Mafalda y su cuadrilla.

Felices Futuros 20 de Noviembre.

"NUESTRO CUERPO Y LA MELANCOLÍA"

"NUESTRO CUERPO Y LA MELANCOLÍA"

Mención de Honor en el Certamen Nacional de cuentos "Antonio Reyes Huertas" 2008.

Luisito Ortega  ha cambiado de rumbo.

Ha enrollado su esterilla y se ha marchado, no sin antes dejarme junto al colchón medio frasco de elixir bucal y unas botas que no son de mi número.

Cuando llega el buen tiempo Luisito se agobia entre cuatro paredes y busca la sombra húmeda de algún puente o el amparo de las encinas milenarias en los parques.

“Es que yo soy de monte”- suele repetir- “quieras que no, eso se nota”.

Ya lo creo que se notaba.  Olía a rebaño cuando lo conocí.

Le expliqué que dormir en casas abandonadas y vivir en la calle no implica ser un guarro.  Lo llevé al servicio gratuito de duchas y lavandería,  y le enseñé los frascos de colonia que la gente tira a medio terminar.  “Vámonos de rebajas, Luisito”, y entre la basura encontrábamos mil y una posibilidades para mejorar el día.

Es un tipo tranquilo que apenas tiene miedo de nada, de los que viven y dejan vivir.  Con el tiempo hasta te respeta.

Un buen compañero, lo digo yo, que no me junto fácilmente con nadie y defiendo mi sitio a mordiscos si hace falta.

Él puede volver cuando quiera y sin pedir permiso porque nos aceptamos sin condiciones.

Suponiendo que Luisito trabajase, dentro de nada le llegaría la época de la jubilación y estoy seguro de que regresaría al pueblo si encontrase a alguien con quien echar la partida que no le recordase el pasado.  Pero el puto pasado no está detrás de unos ojos ni en el bigote del vecino, lo espera en el punto kilométrico que arranca su vida, en una puerta, en una baldosa, en el río y en el colegio que cerró.

Son huellas y destinos.

Y nunca hay distancia suficiente.

Al menos no ver las caras ayuda.  A mí me ayuda.  Porque las olvido hasta ese punto en el que uno duda si existieron, entonces se hacen más livianas, excepto cuando irrumpen en la noche cerrada con la claridad de un relámpago y un segundo antes de despertarme, sobresaltado y cobarde, puedo darme cuenta que daría lo que fuese por volver a verlas sin que reparasen en mí.

No lo harían aunque me cruzase de frente con ellas o les pidiese limosna con las puntas de los dedos rozándoles el pecho.  Imposible relacionar los ojos con la miseria.  Esta barba tan poblada, los kilos de menos, el aspecto desastrado con el hombre que fui y que conocieron.

Sentirían naúseas en su estómago acondicionado, en su mañana de Universidad, de zapatos recién estrenados y café-tertulia con los temas encima de la mesa sobre los que ya no habito, que nacieron sin mí, a pesar de mí, libres.

Tuve una familia.  Una hija.  Una hipoteca. Padres, compañeros de trabajo.  Un barrio.  Vacaciones de verano.  Un coche pequeño.  Una colección de mariposas.  Un frigorífico que congelaba demasiado.  Un acuario con peces minúsculos que apenas eran una microraya en movimiento.  Zapatillas de casa y cuadernos de autosilábicos.  Fotos de la mili.  Un amigo que me regalaba botellas de pacharán casero.  Y una bicicleta.

Pero desde siempre, antes de la  llegada meteórica de todas esas cosas y por encima de ellas recuerdo el sudor frío de mis manos.  Una tumba abierta en el esternón para las expectativas.

Algo que siempre me provocó un terror mayúsculo: generar expectativas.

Aprobar los exámenes, saber cambiar pañales y aparcar a la primera, sazonar la comida en el punto exacto, leer entre líneas, ser el hijo que se espera, la pareja indudable, el padre ideal.

Los jodidos requisitos que hay que cumplir para que la sociedad te acepte.

Para que te quieran.

Cuando puedes parar un maldito segundo para sacar un instante la cabeza fuera del agua estás hasta el cuello de brazos que te aguardan, ojos que te buscan, y memorias que se graban tu nombre.

No avanzas porque estás encadenado

No puedes dar un solo paso sin oir los gritos de quienes te sujetan los tobillos.

A los tres años de nacer María pasaba más de diez horas en la cama y no me presentaba a ningún trabajo.  Ya había tenido una crisis parecida al poco de casarme, superada no sé como, viendo amanecer en los hombros de Ana, agarrándome a la realidad de la radio, a los croissants del desayuno y a los amigos que venían a cenar a casa.

Quizás fue eso.  Que no despegué los talones del trampolín.

Pero fui padre, y los esfuerzos no podían repartirse, tenían que estar centrados en la cachorra que gemía, en la cachorra hambrienta que sin saber hablar me sacudía con la mirada.  Y había que conseguir que durmiese y velar su sueño.  Había que engordarla, pesarla y darnos la enhorabuena.  Fotografiarla junto a abuelos henchidos de orgullo, bañarla en una fiesta de burbujas, hablarle de los animales con onomatopeyas...

Trabajar exclusivamente para ella dejando nuestro cuerpo y la melancolía en el trastero.

La gran expectativa me colocó una bomba de relojería entre ceja y ceja.

No encontré a Ana.

Sus pasos apresurados desvelaban que no podía atender mis oquedades.

Trabajaba muchas horas y cuando llegaba a casa yo ni siquiera había conseguido poner en funcionamiento la lavadora.   Unas cuantas tardes me olvidé de recoger a María en la escuela,  tarea que tuvo que hacer mi madre en mi lugar llevándosela después a su casa para que la recogiese Ana ya cenada y con el pijama puesto.

No esperé a los reproches.

Era lunes, agarré el carro de la compra y lo llené de cosas inservibles para vivir en ninguna parte.  Pasé por el colegio de María.  Era la hora del recreo y a través de la verja la encontré sentada en el suelo, rodeada de niños, comiéndose sus galletas preferidas.

Por primera vez en mucho tiempo tuve claro que hacía lo correcto.

Tres años no son nada para acostumbrarse a vivir sin un espantapájaros.

No dejé ninguna carta porque cualquier frase hubiese sonado absurda y me daba vergüenza tratar de justificarme.

Eché a andar con la imagen del  baby de María en la retina mientras escuchaba canciones eternas de patio de colegio.

Las calles me acogieron porque no son de nadie.  No se deben a nadie.

No te esperan.

En esta casa duermo desde hace unos meses.  Al principio me alojé en el primer piso, pero se derrumbó el suelo y tuve que cambiarme de planta.  Es un caserón antiguo, de techos altísimos, que debió tener mucha vida en tiempos.  Vida de ropa tendida y sereno dando palmas, de chiquillos saltando los escalones, cocinas de carbón y modistillas dejándose los ojos en bombillas de luz moribunda.

Todavían hablan las puertas.

Y los azulejos de las cocinas.

Aquí me encuentro a gusto porque su historia no me pesa, está tan extinguida como la mía.

Pueden pasar días sin que salga, acodado en una ventana o tumbado en mi colchón.

No necesito más que el tiempo transcurra sin contar conmigo.

Y para ello casi no me muevo.

Hoy me ha tocado discutir con Curro.  Él se empeña en llamarse Curro Jiménez.  Realmente ni conozco su nombre auténtico ni me importa en absoluto.

El sobrenombre le va que ni pintado porque como bandolero es único.  Roba todo lo que puede al resto de transeúntes que coinciden con él, casi siempre está borracho y defeca donde todos duermen.

Hemos tenido varias broncas sonadas, con hostias incluídas.

En mi casa no va a entrar, eso que le quede claro.

No me fio de él y me jode que venga pisándome los talones.

En cuanto se va Luisito aparece él como gato herido que necesita cobijo sin dejar el rencor a la entrada.

Que te vayas, hostia.  Que me dejes en paz.  No quiero nada contigo.

Se ha burlado de mi enfado proponiéndome una noche de lujuria entre sus brazos y le he lanzado un escombro que le ha rozado la cara.

Antes de irse ha maldecido escupiendo en el suelo.

Menudo día ha elegido para venir a tocarme las narices.

Hoy mi hija cumple veinte años.

Alguien debería regalarle besos como bengalas.

Felicidades María, aunque no sepamos quienes somos.

Cumpleaños Feliz María porque nunca vendrás a buscarme.

En mitad de mi sueño veo a la niña del baby soplando unas velas, pese a estar dormido percibo una presencia a mi lado, pero no puedo abrir los ojos.  Estoy invitado a esta fiesta de cumpleaños y despertarme sería una desfachatez...  alguien ronda alrededor de mi colchón y vierte sobre mi cuerpo un líquido que huele endemoniadamente mal, luego arreglaré cuentas con estas botas de Curro que oigo tropezar y blasfemar, ahora no tengo fuerzas para despertarme... 

 

 

Mi  hija aplaude y ya no es la niña del baby, sino una mujer con risa de pájaro y vida de pájaro que extiende sus alas volando sobre mi cuerpo en llamas.

 

 

 

 

 

 

Todo empezó en Villatoya

Todo empezó en Villatoya

El día uno de Marzo de este año que languidece barrido por  el otoño me llamó Llanos, la Alcaldesa de Villatoya, para comunicarme que el Jurado del Certamen "Emilio Murcia" había decidido por unanimidad concederme el primer premio por mi relato: "Las Hijas de Irene".  Era sábado, casi las nueve de la noche, Daniel y yo entrábamos por la puerta cargados con una lámpara del Ikea y el consiguiente mareo de empalmar un viaje en autobús tras otro hasta llegar a casa.  Estaba tan anonadada que contesté con monosílabos, poco menos que como el Macario de Jose Luis Moreno, porque nunca en mi vida me había visto en otra igual, de verdad.  Escribo desde que sé hacerlo, siempre fui un especimen raro, un ratón de biblioteca que pedía para Reyes Fábulas de Samaniego o historias de Enid Blyton,  y que me encerraba en el baño para recitar poemas de Lorca y fragmentos de "Platero y Yo".  La Literatura ha sido siempre esa lancha neumática de rescate cuando el agua me llegaba a las pestañas.  El caso es que una vez que termino lo que escribo soy una Judas, incapaz de valorar positivamente el resultado, le veo faltas por todas partes, exageraciones, burdas copias, chabacanería ... si me atrevo a presentarlo a algún sitio es porque no tengo que dar la cara: certifico el sobre, al buzón y listo, con plica además, así nadie sabe quien soy... cierto es también que una escribe para que le lean y porque tiene algo que contar.  Al certamen de Villatoya mandé el relato por correo electrónico.  Tuvieron la amabilidad de escribirnos diciendo que debido a  la gran cantidad de trabajos presentados el fallo del jurado se retrasaría, y nos comunicaron también cuales eran los finalistas.  Me ví entre ellos y os juro que no daba crédito.  Por otra parte me enfadé, ya que habían encendido la mecha de la ilusión quizás para nada, encima de que lo hacían estupendamente respetando el trabajo y la ilusión de los participantes (gesto nada común en la mayoría de concursos...) ...  Pues eso, que gané, que en casa lo celebramos como si nos hubiese tocado la lotería o más, porque lo de la lotería es azar y esto es otra cosa que tiene que ver con el mérito propio, y que de qué íbamos nosotros a conocer La Manchuela si no ...  Nos metimos en un tren camino de Valencia primero y de Requena después, y cuando le vimos la cara a Eliana comprendimos ya que aquella aventura merecía la pena y bajo ningún concepto podía salir mal.  No lo cambio por nada: el acogimiento, conocer a Ramón, ver el Cabriel desde la carretera, aquella cena con Noelia, David, y el resto de aquellos chicos y chicas entusiasmados con proyectos en común, Casas Ibáñez, la lluvia menuda, Villatoya, su salón de actos, la representación teatral en la que pude conocer en carne y hueso a Aloma y Sol, el cuidado y el esmero en general por hacer las cosas bien, Manuel Merenciano y su familia (ese hijo pequeño que ya comienza a escribir relatos de chavales enamorados), la extraordinaria voz de Maribel, la firma de ejemplares (¡mi nombre duerme por allí, a tantos kilómetros, por la magia de las palabras contagiosas!), las olivas, las patatas fritas, la gente que te contaba sus cosas y lo que había sentido al leer "Las Hijas de Irene", la cena, Beatriz y sus apuestas seguras, la tienda de Llanos tan inesperada, en medio de un camino, valiente, cabal y extraordinaria....  Que el destino, los hados o quien sea perfeccionaron su encaje de bolillos y tuve el honor de ser la afortunada que lo vivió en primera persona.

Después de aquella experiencia pensé que porqué no, que me habían leído, que les había gustado y que quizás no fuesen los únicos (aunque para siempre en mí los primeros...) así que la vergüenza destructiva hacia mis relatos continuó pero con menos intensidad, ya se yo que no puedo vivir sin escribir, así que habrá que encontrar un apaño... En Mayo me notificaron que había quedado finalista en el "Enrique de Sena" de Santa Marta de Tormes (Salamanca) con "Allende" y acaban de concederme una Mención de Honor en el Concurso de Cuentos "Antonio Reyes Huertas" del Hogar Extremeño en Zaragoza por "Nuestro Cuerpo y la Melancolía" (lo colgaré aquí próximamente).  Es difícil abrirse hueco, pero no quiero escribir para soplar el polvo de las portadas de mis historias.  En la mayoría de los certámenes a los que me presento ni siquiera sé como he quedado clasificada o quien ha ganado... pero una parte de mí se empeña en seguir intentándolo.

Como a la Bergman en "Casablanca", a mí siempre me quedará Villatoya.

AUN SIENDO MIOPE PUEDES ENCONTRAR PEPITAS DE ORO

AUN SIENDO MIOPE PUEDES ENCONTRAR PEPITAS DE ORO

Si hace un año algún vidente llega a asegurarme que tendría un blog en Internet en el que colgar mis relatos, y que no pasaría un sólo día sin que me asomase, siquiera brevemente, a los blogs de mis amigos y a los de los amigos de mis amigos le hubiese mandado al paro con dos palmaditas en la espalda, por listo.  Pues mira por donde aquí me encuentro, aireando palabras que chocan como bolas de billar en las paredes de mi cuerpo y de mi coco queriendo salir.  Y hasta hay quien quiere compartirlas y leerlas.  Me he sentido acogida e invitada a asomarme a un extenso y prolífico mundo insopechado en el que si te descuidas y te esmeras puedes llegar a sentir el mar desde la ventana de una ciudad de interior, brusca y fria.  Es así como me he arrepentido muchas veces de llegar tarde a ciertos conocimientos, por un pudor miserable e intangible que no se de donde sale, porque servidora es de barrio y de colegio público, muy público.  El caso es que indagando un día en la caja de los hilos me topé con el blog de Paula Álvarez Carnero, "Libeluletras", que mira por donde ha desaparecido después de ponernos la miel en los labios con una poesía innovadora, especial y emocionante (que no era sólo la suya, sino también la de otros colegas pertenecientes a una Comunidad Autónoma, Castilla La Mancha, insospechadamente brillante y emprendedora en lo que a poesía y letras se refiere).  Echo de menos a Paula y espero que vuelva, el día que me topé de bruces con sus versos, me revolvieron las tripas, que es de lo que se trata, y pensé en lo mucho que a Lorca le gustaría esta autora...  Os dejo un enlace para que podáis leer su poesía premiada en el concurso de jóvenes talentos de Castilla La Mancha:

http://www.portaljovenclm.com/documentos/artistas/113/tercerp.pdf

 

GIOCONDA BELLI Y LOS PORTADORES DE SUEÑOS

GIOCONDA BELLI Y LOS PORTADORES DE SUEÑOS

Está claro que no vengo a descubir nada de Gioconda Belli (Managua, 1948) que ningún lector-a que se precie no haya descubierto ya.  Nos puede gustar más o menos, pero resulta indiscutible que algunos de sus trabajos, como "La Mujer Habitada" sean auténticas obras de arte.  Su biografía "El País Bajo mi piel" no tiene desperdicio, es un auténtico libro de aventuras que no puede dejar indiferente a nadie.

Supongo que os ha ocurrido alguna vez esto de que se os cuele en las venas y en la memoria una canción, un verso o una estrofa que no para de centrifugar y nos asalta en cualquiera de nuestros momentos cotidianos.  Es lo que me está pasando estos días con "Los Portadores de sueños" (aquí en Zaragoza, en la calle Blancas, tenemos una fantástica librería con ese nombre), poesía que no deja de rondarme.  Os la presto un rato y si queréis después intercambiamos opiniones, hablamos de lo que nos provoca y de lo que no ...

Esta autora que luchó en su momento en el Frente Sandinista de Liberación Nacional tiene mucho que contar, asomaos sin dudarlo a su extensa obra.

Los Portadores de Sueños (Gioconda Belli)

" En todas las profecías
está escrita la destrucción del mundo.

Todas las profecías cuentan
que el hombre creará su propia destrucción.

Pero los siglos y la vida
que siempre se renueva
engendraron también una generación
de amadores y soñadores,
hombres y mujeres que no soñaron
con la destrucción del mundo,
sino con la construcción del mundo
de las mariposas y los ruiseñores.

Desde pequeños venían marcados por el amor.
Detrás de su apariencia cotidiana
Guardaban la ternura y el sol de medianoche.
Las madres los encontraban llorando
por un pájaro muerto
y más tarde también los encontraron a muchos
muertos como pájaros.
Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas
y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos
por un invierno de caricias.
Así fue como proliferaron en el mundo los portadores sueños,
atacados ferozmente por los portadores de profecías
habladoras
de catástrofes.
los llamaron ilusos, románticos, pensadores de
utopías
dijeron que sus palabras eran viejas
y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso
es antigua
el corazón del hombre.
Los acumuladores de riquezas les temían
lanzaban sus ejércitos contra ellos,
pero los portadores de sueños todas las noches
hacían el amor
y seguía brotando su semilla del vientre de ellas
que no sólo portaban sueños sino que los
multiplicaban
y los hacían correr y hablar.
De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida
como también habia engendrado
a los que inventaron la manera
de apagar el sol.
Los portadores de sueños sobrevivieron a los
climas gélidos
pero en los climas cálidos casi parecían brotar por
generación espontánea.
Quizá las palmeras, los cielos azules, las lluvias
torrenciales
Tuvieron algo que ver con esto,
La verdad es que como laboriosas hormiguitas
estos especímenes no dejaban de soñar y de construir
hermosos mundos,
mundos de hermanos, de hombres y mujeres que se
llamaban compañeros,
que se enseñaban unos a otros a leer, se consolaban
en las muertes,
se curaban y cuidaban entre ellos, se querían, se
ayudaban en el
arte de querer y en la defensa de la felicidad.

Eran felices en su mundo de azúcar y de viento
de todas partes venían a impregnarse de su aliento
de sus claras miradas
hacia todas partes salían los que habían conocido
portando sueños
soñando con profecías nuevas
que hablaban de tiempos de mariposas y ruiseñores
y de que el mundo no tendría que terminar en la
hecatombe.
Por el contrario, los científicos diseñarían
puentes, jardines, juguetes sorprendentes
para hacer más gozosa la felicidad del hombre.

Son peligrosos - imprimían las grandes
rotativas
Son peligrosos - decían los presidentes
en sus discursos
Son peligrosos - murmuraban los artífices de la guerra.

Hay que destruirlos - imprimían las grandes
rotativas
Hay que destruirlos - decían los presidentes en sus
discursos
Hay que destruirlos - murmuraban los artífices de la guerra.

Los portadores de sueños conocían su poder
por eso no se extrañaban
también sabían que la vida los había engendrado
para protegerse de la muerte que anuncian las
profecías
y por eso defendían su vida aun con la muerte.
Por eso cultivaban jardines de sueños
y los exportaban con grandes lazos de colores.
Los profetas de la oscuridad se pasaban noches
y días enteros
vigilando los pasajes y los caminos
buscando estos peligrosos cargamentos
que nunca lograban atrapar
porque el que no tiene ojos para soñar
no ve los sueños ni de día, ni de noche.
Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de
sueños
que no pueden detener los traficantes de la muerte;
por doquier hay paquetes con grandes lazos
que sólo esta nueva raza de hombres puede ver
la semilla de estos sueños no se puede detectar
porque va envuelta en rojos corazones
en amplios vestidos de maternidad
donde piesecitos soñadores alborotan los vientres
que los albergan.

Dicen que la tierra después de parirlos
desencadenó un cielo de arcoiris
y sopló de fecundidad las raíces de los árboles.
Nosotros sólo sabemos que los hemos visto
sabemos que la vida los engendró
para protegerse de la muerte que anuncian las
profecías.
"

LIBÉLULAS DE OTOÑO

LIBÉLULAS DE OTOÑO

Entro en casa cargada con las bolsas de la compra.

Una lluvia fina y persistente ha desteñido sobre mis dedos el emblema del supermercado.

Son las diez y media de la mañana de un día en que no veremos el sol, así son los otoños

sobrevenidos: inestables y desorganizados.

Voy colocando los productos de la compra en sus lugares correspondientes mientras reproduzco en mi cabeza como voy a encontrarme a Miguel cuando entre en el salón, así si algún día cambia, siquiera de postura, la sorpresa provocará en mí el deseo de seguir esperando acontecimientos de ruptura. 

Las manos inertes sobre las rodillas cubiertas por la manta, la mirada atravesando el televisor sin sonido, las zapatillas del revés, la barba de acero, la piel entristecida …  “Cariño, otra vez las zapatillas cambiadas de pie…” le diré mientras me arrodillo a colocárselas adecuadamente.  Él sonreirá sin comprender del todo lo que le digo, regresando desde su ausencia durante un par de segundos, quizás trate de acariciarme el pelo antes de perderse definitivamente.

Porque Miguel deambula por un territorio que no aparece en los mapas, del que desconocemos su fauna y su flora, su clima y sus costumbres.  Un país desconocido, fronterizo, en el que uno se ve inmerso sin darse apenas cuenta, paseando distraído entre calles inconexas, habiendo olvidado el paragüas y un calzado adecuado en casa.  Es laberíntico ese lugar, porque una vez recorrido volver al punto de partida resulta imposible, los gavilanes engulleron las miguitas de pan, no hay posibilidad de retorno sin perjuicio.

A veces quisiera tirar de él con todas mis fuerzas, como en ese juego de la soga en el que uno arrastra a su contrario hasta atravesar la línea divisoria. Arrebatárselo al vacío.  Secuestrarlo. Vencer.  Para recuperar el semblante tranquilo del Miguel que yo conocí, el ámbar de sus ojos con todas las luces del presente.

Pero es grande el poder de este Miguel envejecido y extraño que apenas sale a la calle y come pequeñas cantidades en pedacitos minúsculos, intuyo que en medio de su mansedumbre silenciosa no permitiría la intromisión de nadie que quisiera destronarle.

Porque el calor de la melancolía acaba siendo el único que nos abriga, mientras deposita sobre nuestros labios un beso envenenado.

Efectivamente, las costumbres cumplen su horario con rigurosa puntualidad, todo está tal y como lo había recreado, tal y como viene produciéndose durante los últimos meses.  Puede que la ventana se haya entreabierto un poco más, el alféizar está salpicado de agua y algunas gotas brillan sobre el cabecero del sofá.

Pero nada de esto le interesa a Miguel, que llueva, o haga calor, se incendie el colegio de enfrente o talen los álamos de la calle que tanta admiración le producían.  Está fuera de lo cotidiano, aislado en un entorno inhóspito que no escucha los timbres, ni las sirenas de las ambulancias, que no reconoce el sonido del teléfono, los ruidos de la escalera, las señales horarias de la radio que me acompaña en mi trasiego por la casa.

La casa impoluta.

La casa brillante y recogida.

Sencilla, pero decorada con gusto.

La casa que tiene la plancha al día, la bañera reluciente, las cortinas impecables, los azulejos de la cocina más que blancos, el zapatero alineado y los espejos sin huellas.

Como si no viviera nadie.

O casi nadie.

Cuando tuve que dejar de trabajar para atender a Miguel, y eso supuso que al tiempo yo languideciese como las plantas a las que no se les habla, tanto que me acostumbré a mirar la tele sin entender ni escuchar lo que veía, que bajaba a comprar el pan con la chaqueta puesta sobre el pijama y en zapatillas de casa, despeinada y gris, con esa ausencia de color en la piel que se les pone a las personas muertas en vida, la casa me sirvió de revulsivo oliendo a platos hacinados en el fregadero y ropa húmeda, comenzó a gritarme desde las estanterías ancladas en el polvo, el revistero que no se vaciaba y los cadáveres de peces flotando en el acuario.

Pude escucharla y me volví hacia ella, profané rincones inanimados, pinté las paredes, cambié la ropa de cama, compré una vaporetta y un lavavajillas, dándome cuenta de que la casa también existía, protegiendo nuestra historia, silenciando secretos, amparándonos de la miseria que supone sacar tu vida a pasear codeándose con el resto de vidas que siempre parecen mejores.

Le agradezco que sea nuestro agujero poniéndola guapa, presentable, de fiesta.

Porque es necesario contar con un agujero privado que sepa de nuestras manías y defectos, que conozca el tránsito por el que hemos pasado, las lágrimas derramadas, las esperanzas frustradas y los años consumidos inútilmente, todo lo que esconde la caja fuerte tras el tapiz de la pared.

Además, atender a Miguel no es complicado.  He debido profesionalizarme como si fuese una asistenta contratada para tal efecto.  Miguel no quiere a nadie extraño en casa, se encamaría por completo y ese sería el último eslabón de la cadena.  Así que en las primeras horas del día, cuando más receptivo parece estar, le ayudo a levantarse, aunque muy despacio todavía se asea y viste solo, mientras desayuna le leo la prensa, los resultados deportivos que no hace mucho le interesaban, le informo sobre las llamadas de familiares y amigos cada vez más escasas, a veces me violento y en medio de un monólogo trivial le ataco directamente buscando su reacción, paso de explicarle el menú del día, hoy sopa de pescado, cariño, que a tí te encanta, a mirarlo directamente a los ojos secos y desmayados y gritarle vuelve imbécil, vuelve de una vez, no ves que el tiempo se pasa y nos sepulta, que te echo de menos y no me gusta quien eres porque no te reconozco, recupérate de una vez que no tengo madera de enfermera, deja ya esta depresión que no parece enfermedad sino vicio, el vicio de ir muriéndote arrastrándome a mí para que yo lo vea y no pueda hacer nada, descolgándote de la vida como quien se baja del autobús antes de llegar a su parada, así, me bajo de la vida y punto, como si fuera tan fácil pedazo de cabrón …

Grito y lloro, a veces de un manotazo tiro las cosas que hay sobre la mesa mientras él se entretiene en recoger meticulosamente las migas de galleta caídas sobre su jersey.

Después me arrepiento, lo abrazo fuerte durante un rato o me acurruco a su lado en el sofá.

En esas ocasiones trata torpemente de otorgarme una caricia o de enmarañar sus dedos largos y fríos en mi pelo.

Y yo me obsesiono con el recuerdo del hombre al que conocí, y que me rescató de un anonimato en sombra, de un interminable noviazgo con una pareja que nunca estaba, siendo la última hija que quedaba en casa de unos padres dependientes con los que acudía a misa los domingos, al fisioterapeuta los martes, y a pasear al perro, casi también octogenario, todas las noches del año.

De repente llegó él y me tendió la mano.  Parecía que nos habíamos esperado siempre.  Que nos conocíamos. Nos casamos a los seis meses y  pasé a trabajar como secretaria en su pequeña empresa de transportes, esa que dirigía junto a otros dos socios que lo dejaron sin blanca y en la estacada el mismo año en que murió su hermano Oscar.

Algo comenzó a precipitarse en su cabeza, siempre había sido más bien callado, así que no presioné, pero cuando saltó la alarma Miguel ya se deslizaba por una cuesta abajo irrefrenable.

Curiosamente el momento de mayor declive coincidió con nuestra salida del pozo, habíamos saldado cuentas vendiendo lo que teníamos, cambiándolo por este piso pequeño pero muy soleado, sin ascensor, situado en la otra punta de la ciudad.  Yo trabajaba jornada continua y por las tardes le ayudaba a hacer currículums y a llevarlos a distintas empresas.

Pero Miguel había brincado los cuarenta y cinco, los modelos de contratación eran otros y su experiencia escasa, así que nadie se lo ponía fácil.  Él, que estaba tan orgulloso de su empresa y de no tener que depender de una nómina, se veía engrosando las filas del paro demasiado tarde.  Además y aunque no dependiese de su gestión, había salido del negocio por la puerta falsa, hecho imperdonable para una reputación  que él se labró honesta y responsablemente.

Su hermano Oscar había fallecido dos años antes, en plena calle, a consecuencia de un infarto.  Le había dejado a Miguel una suma importante de dinero para salir del caos en que se hallaba inmerso, y este siempre pensó que la prematura muerte de su hermano se debía a su situación y al préstamo que le había hecho, en contra de la opinión de su mujer, poco amiga de hacer favores y mucho menos económicos.

Hasta que pudimos devolvérselo estuvo pidiéndonos el dinero cada dos meses desde el funeral de Oscar.

El caso es que Miguel asumió la culpabilidad de las crisis mundiales en cualquier materia.

Se propuso ser, a conciencia, un cero a la izquierda.

No tomar ninguna medicación.

Ni dejarse ayudar.

Silencio. Apagarse como una libélula escondida bajo la cama.

Permitir que lo secuestrara un tipo mísero que tiene su cara, su número de pie, sus camisas en el armario, un tipo que se le parece pero que no es él, que no puede ser él …

Me quedé a su lado pensando siempre que podría rescatarlo.  Ser fuerte.  Traer a casa a los pocos amigos que habían resistido el temporal y que se marchaban afortunadamente sin excusas sintiéndose incómodos a los diez minutos, cuando él decía que se iba a la cama … conseguirle entrevistas de trabajo a las que no acudía, llevármelo a comer al campo para que no saliera del coche ni se sentara en el hierba …  Llegué a arrepentirme de no haber parido por si acaso los hijos hubieran podido servir de anzuelo…

Pero la vida no tenía ese botón del vídeo para rebobinar las películas.

Nos vimos poco a poco ancianos antes de los cincuenta, con telarañas por muy limpia que esté la casa, invisibles telarañas de tristeza sobre la piel, apartados, aparcados, desactivados.

Y empiezo a asustarme, ahora sí que de verdad empiezo a tener miedo, de habitar el castillo de las cosas disecadas, con relojes de cuco que marcan una hora indefinida, y ojos brillantes de cristal en las cabezas de los antílopes que nos miran desde la chimenea que no tenemos.  No quiero perecer aislada sin darme cuenta, desempolvar mazapanes de Navidades anteriores sobre la bandeja de las grandes ocasiones para dos.  Oler a naftalina.

Así que desesperadamente trepo por las paredes buscando un rayo de luz, una burbuja de oxígeno limpio, algo que se parezca al presente y estar vivos.

Y aunque continúe llenando la nevera de las cosas que le gustan y que terminan por caducarse, estando alerta a cualquier movimiento imprevisto y a su ausencia de sueño que lo encoge gatuno de ojos abiertos en un rincón de la cama, he comenzado a trazar líneas paralelas.

Me he inventado otra vida para poder llevar esta, aunque no sé cual de las dos es más auténtica.

Asisto tres horas a la semana a clases de inglés, procuro demostrar interés por aprender y relacionarme, trato de ser alguien que los demás no se pueden perder, aunque sea para compartir un café.  Y lo voy consiguiendo.  De no llamarme como me llamo y tener los rasgos que tengo nadie me reconocería.  Porque visto como siempre me hubiese gustado y nunca me atreví, porque tengo en los ojos luz de sorpresa, porque hablo del mundo como si lo hubiera recorrido palmo a palmo entendiendo el porqué de las cosas…

Es tiempo de recreo, salgo al patio durante un tiempo concreto y me reinvento, qué tiene de malo, después vuelvo a casa y por el camino compro un geráneo o unas petunias, una botellita de vino blanco, y al cerrar la puerta voy dejando por el pasillo las huellas de mi atrevido presente.

Nunca pasa nada durante mi ausencia.

Dejo a Miguel sentado en una silla frente al balcón, para que me vea cruzar de acera y despedirme con la mano.  Pretendo provocar su extrañeza, que repare en el bolso a juego con los zapatos, las mechas de peluquería, el rabioso color de la gabardina y esa carpeta bajo el brazo… pretendo que se sienta solo y que pueda pensar que ya no voy a volver…  Pero mi terapia de la tortura no tiene sentido, puesto que ni siquiera fija la vista en mí por mucho que yo me empeñe, y cuando regreso lo encuentro tal y como lo he dejado, con la mirada perdida en el mismo horizonte indescriptible.

Así que he preparado para hoy la gran prueba de fuego.

Por fin me he decidido a quedar con Mateo, dada su insistencia.  Es hermano de una compañera de la academia, una tarde se vino a tomar café con nosotras y ya no se nos ha despegado.  Acaba de separarse y está desorientado y expectante, como un perrillo perdido en una feria.  Pertenece a esa clase de hombres a los que les va el misterio, yo no he contado sobre mí sino ambigüedades, y eso les hace empeñarse en la conquista de nuevos territorios, aunque luego salgan corriendo, se asusten y salten por la ventana, es igual, ya han llegado donde querían.

He acostado a Miguel susurrándole que hoy vendrá a casa un amigo mío con el que posiblemente mantenga relaciones sexuales en el sofá mientras él simula dormir la siesta.  Procura estarte calladito, como tú sabes, no me chafes el plan, que el tiempo pasa y una aún está de muy buen ver, qué quieres, no voy a marchitarme aquí dentro, tú te lo pierdes, que bien podrías apuntarte a la fiesta …

No ha mostrado reacción alguna, párpados cerrados, varado y quieto como un cadáver.

Mateo no sabe que se parece a Miguel.  A veces me detengo a contemplarlo porque reconozco en su nariz aguileña, la barbilla hundida y los ojos oscuros al primer Miguel, decidido e inquieto, carbón encendido en la mirada.

Miguel nunca me hubiera acariciado la rodilla por debajo de la mesa como lo ha hecho Mateo.

Los principios con él no fueron conversaciones interminables sobre sí mismo, sino flores y bombones, cenas en restaurantes por cuya puerta pasaba y ni siquiera me atrevía a asomarme.

Después no me importaron las vacas flacas, tan agradecida como estaba por todo lo que me había enseñado, quizás era el momento de poder devolverle algo y que me dejase ser la fuerte …

Pero los caminos se hicieron serpenteantes, poco previsibles.

Suena el timbre con insistencia desmedida para ser una primera visita.

Antes de accionar el portero automático entreabro la puerta del dormitorio y le digo a Miguel: “Ya está aquí”.

Entra Mateo como para una boda, pelo domado hacia atrás, pantalón de raya, zapatos brillantes …

Mateo no sabe que se parece a Miguel.

Ni que detesto los claveles.

“Muchas gracias, qué bonitos…”

Le invito a sentarse mientras busco un jarrón, pero deambula por el salón con las manos en los bolsillos deteniéndose en los detalles.  Posiblemente le sorprenda no encontrar fotos, las he retirado todas.

Saco un par de cervezas porque me ha pedido wiskhy o en su defecto otro licor y no tengo nada de eso.

Conversamos a cerca de su hermana, del tiempo, de alguna noticia publicada en el periódico … pero se le nota que habla por compromiso y que en realidad no tiene ganas de hablar.

Me sorprende mi propia tranquilidad, este tomar la casa con independencia de mí misma, me molesta eso sí, que Mateo se me acerque cada vez más, su perfume me está mareando…

Abro la ventana y al girarme hacia él  veo que se ha recostado en el sofá desabrochándose varios botones de la camisa.

“¿Tú también tienes calor?” me pregunta.

Y entonces me doy cuenta de lo desagradable que me parece y de mi inconsciencia, por ella mi ficticio mundo paralelo va a desmoronarse en una tarde.  No sé si pretendía saber hasta donde puedo llegar, pero no me gusta este destino.

“Perdóname Mateo, pero no ha sido buena idea quedar aquí esta tarde, será mejor que te vayas”

Él se levanta del sofá con una sonrisa obtusa, sin comprender.

“Anda – dice en voz baja rodeándome la cintura- no te me pongas tonta, ven que te hago cambiar de opinión”.

Sólo ha sido un beso en el cuello, pero lo he sentido como una dentellada, por eso lo he empujado hacia tras muy fuerte, casi pierde el equilibrio.

“Vete por favor…”

“¡Tú estás loca, chica, primero calientas y luego …!”

“No me conoces de nada, cállate y vete”

Sus ojos oscuros brillan de rabia y decepción, el mismo sentimiento que guardo hacia mí y por el que no puedo culparle.

“Pienso contarle a todo el mundo que lo tuyo no es normal, pirada, que estás pirada …”

Hace mención de dirigirse a la salida pero se vuelve a cada paso para insultarme.

Es cuando decido despedirme a lo grande y cerrarle la boca.

La representación teatral ha terminado, se baja el telón.

Le cojo la mano que suelta como un lobo herido, hay que ver con lo que podemos encontrarnos por no marcharnos a tiempo.

“Ven cariño, tienes razón, no perdamos más el tiempo”

Se muestra perplejo y guarda silencio, pero me sigue por el pasillo hacia el dormitorio.  Cuando pongo la mano en el pomo de la puerta el tiene la suya en mi trasero.

“Mateo, por favor, procura no hacer mucho ruido, vamos a compartir cama con mi marido, pero no te preocupes, está enfermo y aunque parezca que nos mira no se entera de nada, espero que no te importe…”

La misma sonrisa obtusa, el parpadeo rápido: “Ya veo que te va lo perverso …” contesta en un susurro gutural.

Mateo no sabe que se parece a Miguel.

Aunque no tiene su valentía.

Abro la puerta de par en par, el cuerpo de Miguel sigue en la misma postura que al acostarse, sólo que tiene los ojos abiertos y los clava en el techo iluminado repentinamente.

Mateo se queda clavado en umbral de la habitación, mirándome a mí y a mi marido, tratando de encontrar una explicación, una cámara oculta, un mal sueño.

Es un largo segundo durante el cual yo voy desprendiéndome de la ropa lentamente.

Cuando bajo la cremallera de la falda oigo el “Hijadeputa” y el portazo que señalan la salida definitiva de Mateo.

Apago la luz, vuelvo a vestirme, en la calle llueve de nuevo y tengo frío, así que decido meterme en la cama junto a Miguel.  Acurrucada sobre su inválido costado.

Si no fuera por el otoño y mis lágrimas juraría que me ha besado.

 

 

 

 

 

 

 

HUELGA DE HAMBRE

Pues sí, todavía existen personas abocadas a este tipo de situaciones.  Es cuando lo intentas todo por todos los medios posibles, cumpliendo protocolos, maneras de actuación y toda esa mandanga que siempre te relega al último puesto cuando vas de honrado, que a quién se le ocurre...

Por favor leedlo, aunque es largo merece la pena.

Uno entiende porqué tienen que seguir existiendo Quijotes contra molinos de viento y Sanchos que no se apeen del burro.

Si se os ocurre alguna manera de seguir difundiendo este caso para tratar de darle el máximo apoyo soy toda oídos.

Gracias.

http://estoyenhuelgadehambre.blog.com/