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MARTES DE CENIZA

"DETRÁS DE LA ESPERA"

"DETRÁS DE LA ESPERA"

“Por mucho amor que guarde,

una carta encontrada boca abajo en la mesa

será siempre un cadáver.” (Luis García Montero)

 

Mientras esperamos a que llegue Amanda los niños juegan al Monopoly, hay un tremendo revuelo de gente entrando y saliendo de la cocina, sirviendo copas, llevando fuentes de croquetas y ensaladas, quitándose los abrigos y admirando la última fotografía de Lidia.

Así son las apariciones de Amanda, todos congregados en mi casa, fiesta nacional, gente a la que hace tiempo que no vemos pero que se anexionó a ella a través del instituto, del trabajo o de un curso de hípica.

Es fácil querer a Amanda, dejarse prender por una de sus ingeniosas frases o gestos cariñosos, especialmente sociable, elocuente, arrolladora sin rozar límites.

Su hermana Lidia resulta un boceto inacabado de Amanda.  Se quedó al borde pero no saltó, siendo una buena fotógrafa podría ser mejor si no la condicionase para su trabajo la fiebre de los niños, las discusiones conmigo o el desorden del trastero, cualquier fleco de normalidad le impide ser extraordinaria.  Es como si le faltase subir un peldaño para resultar brillante, dejar de pensar dos veces lo que va a decir, porque los huecos los llena otro y aunque finalmente opine siempre parece quedar a la sombra.

En cualquier caso la obviedad de las diferencias está más allá de las comparaciones.

Los gritos de los niños predominan en la casa.  Mi hijo Darío exhibe a pleno pulmón su potente voz de enardecido jugador de guiñote, mientras Emma lloriquea porque le están haciendo trampas y Gustavo ríe a carcajadas moviendo hacia atrás la cabeza como lo haría su madre.  Cuando entro en la habitación para poner orden me pregunta si ya viene.  “No Gustavo, pero está al llegar”.

Aunque sale todos los festivos y la mayoría de fines de semana lo tenemos en casa Gustavo estudia en un internado.  La cadena de tiendas que dirige su madre la obliga a  viajar la mayor parte del tiempo, y si no llega a buscarlo al menos el crío está con sus primos.

Tiene nueve años Gustavo, y me sorprende la admiración absoluta que le profesa a su madre.  Yo no sé si podría perdonarle la vida a la mía, permaneciendo en un internado desde los cuatro años, con estos uniforme prehistóricos y la tristeza brillando en los zapatos alineados junto a las literas.  Seguro que las sábanas están duras y frías, que hay un vigilante de pasillos y que nadie escupe granos de arroz ni hace gárgaras con el vaso de agua del grifo.  Cuenta muy pocas cosas del colegio, le divierten las clases en inglés porque las da una cacatúa con peluca y cejas implantadas que escupe imperceptiblemente al hablar y chupa caramelos de regaliz.  Pero seguro que en mitad de cualquier clase, cuando escuchan aparcar un coche a la entrada del colegio todos esperan su rescate.

Así está él ahora, jugando con sus primos al Monopoly, pero con un oído pegado al timbre de la puerta, dando pequeños botes sentado en la cama, como entrenándose para salir corriendo a abrazarla primero, porque si no se da prisa tendrá delante un enjambre de cuerpos que no le guardarán turno.

Yo deambulo de un lado para otro sin saber muy bien donde colocarme.  No soy un experto en relaciones públicas.  Me aburre el protocolo, ser amable con gente que tardaré meses, quizás años en volver a ver.  Ya me he entretenido un rato con lo manual, cortando tortillas de patata, repartiendo servilletas y colgando abrigos, tampoco he sabido nunca ser un apéndice de Lidia, asentir ante los elogios a su trabajo, pasarle la mano por los hombros, ejercer de cuñado leal y hospitalario.

Asomado al balcón con un tempranero gin-tonic en la mano veo descender de un taxi las inconfundibles piernas de Amanda sobre elevados tacones.  En el instituto ya tenía las piernas más largas de toda la clase, y desde luego, las más espectaculares del centro, que le valieron más de un generoso aprobado por parte de algún profesor de Educación física que no podía quitarles la vista de encima, realzadas como estaban por aquellos pantalones cortos...

Mira hacia arriba y saluda efusivamente moviendo la mano y lanzando un beso.  Se mete en el portal sin tiempo para darse cuenta de que se me arrasan los ojos, como cada vez que vuelvo a verla.

“Corre Gustavo, sal a la escalera” le susurro a mi sobrino al oído.  Y el niño sale corriendo, sofocado y descalzo, el primero en abrir la puerta del ascensor y recibir a su madre, que lo aúpa como si fuese un niño chico, y lo llena de besos que huelen a manzana como ella, y le roza en las mejillas sus pendientes, y lo llena de un carmín rojo y brillante.

Mis hijos se le han agarrado a las piernas impidiéndole pasar del umbral “¡Tía, tía ¿qué nos has traído?”.  Dada su sutileza tendré que plantearme también su ingreso en un internado.

Finalmente Amanda consigue entrar en casa prometiéndoles que al final de la tarde les entregará los regalos y ya el mundo adulto, el cortés, el que sabe estar, esperar, situarse, deja que las dos hermanas se abracen como para un posado de prensa y poco a poco se acercan a besarla y  felicitarla por la nueva tienda en París, evento por el que nos reunimos hoy, tras dos meses sin verla.

“La mejor prenda para el final” dice al acercarse a mí, que espero al fondo del grupo y en silencio.  Los tacones la hacen más alta que yo,  debo ponerme un poco como de puntillas para susurrarle un me alegro de verte que se le queda prendado en los rizos negros, junto a la oreja derecha.

La tarde pasa amena y distendida.  De vez en cuando Gustavo se escapa de los juegos infantiles y se asoma a ver a su madre, que le hace un gesto para que se acerque y le revuelve el pelo o lo besa en la frente.  Amanda no deja desatendido a nadie, para todos hay una pregunta familiar, un estudiado deseo, algo íntimo y particular, como un autógrafo en la piel.

Poco a poco, la gente que le debe algo y esa otra gente equivocada que sigue queriendo verla como si no hubiese transcurrido el tiempo, se va marchando dejando una huella inexacta, es fácil ignorarlos una vez que desaparece el rastro de los vasos, el cuello de los abrigos, la voz clonada.

Atardece y los niños proyectan fosforescencias en el techo de su cuarto. Nos hemos quedado los tres y Mariola, una íntima amiga nuestra del instituto, que ha bebido más de la cuenta, como desde que se separó viene siendo habitual en ella, y se empeña en poner discos inexistentes en un antiguo gramófono.  “Un güateque, por favor, improvisemos un güateque, ¿ya no os acordáis?”

Me lo va a decir a mí, que fui siempre el pinchadiscos, por mucho que me muriese de ganas de salir a bailar y de sacar a Amanda, que nunca quiso bailar conmigo ni con ninguno.  Amanda era simpática, cordial, una compañera estupenda, pero inaccesible como ligue.  Sin embargo su hermana dudaba, era tímida, menos impulsiva, sin prisas, y a mí me pareció una manera de llegar a Amanda.  Descubrí tarde que eran dos habitáculos distintos, incomunicados, sin paralelismos sobre los que oscilar.

Lidia ha conseguido convencer a Mariola para llamar a un taxi y la acompaña hasta la calle.

Las pocas veces en las que me quedo a solas con mi cuñada fantaseo sobre nuestra huída, cuanto más tiempo pase más daño les haremos, vámonos ya... y juro que no dudaría un instante en seguirla hasta donde fuese necesario.

Pero la miro a los ojos y no me veo reflejado en ellos, ahondan en otros mares, llegan a otros destinos infinitos en los que yo soy un punto imperceptible.  “Qué bien que nos hemos quedado solos, a ver si sube Lidia porque debo deciros algo...”  Por un instante he sentido el miedo lacerante y  gélido de desear algo con tanta fuerza que pueda cumplirse,  pero el humo de sus cigarrillos y su taconeo impaciente despejan cualquier duda relacionada con mis pobres fantasías.

Sube Lidia suspirando cansada, de paso por la cocina ha cogido un saco de basura sobre el que va vertiendo los vasos que encuentra.

“Siéntate hermana, quiero hablaros...”

Lidia me mira extrañada y sin soltar la bolsa de basura se sienta junto a Amanda.

Quizás piense que vamos a abandonarla, quizás ella también tenga interminables fantasías de juventud en las que aparecemos los tres.

Pero el monólogo de Amanda es otro, trata sobre un médico canadiense del que se ha enamorado, y es la primera vez que la oímos hablar de amor, y de oportunidades y de apostar fuerte, porque ni siquiera supimos nunca quien era el padre de Gustavo, ni con quien se relacionaba estable y sexualmente.  Va a dejarlo todo para irse un año con él, y Canadá está muy lejos, y tiene sus dudas sobre como va a funcionar todo, pero sabe que a él no le van los niños y arrastrar a Gustavo en esto sería una locura...  Así que nos pide que ejerzamos de padres algo más que unos cuantos fines de semana con servicio de lavandería, nos pide que nos hagamos cargo de él porque ella no podrá venir ni en Navidades, al niño, claro está, no le faltará de nada, y prometo que sabré recompensaros, de verdad, porque sin vosotros no podría hacerlo...  Y en medio de todo a mí me entran unas ganas de abofetearla fuerte, muy fuerte, porque si los sueños de fuga no se van a cumplir con uno, al menos que no se cumplan con nadie y menos tratándome de criada paleta y tragadora de chismes con propina...  Por el niño no preocuparos, me lo voy a llevar tres días s Eurodisney  y allí le convenzo, un año se le va a pasa sin darse cuenta, ya veréis...

Me levanto para que no se transparente mi violencia, con la excusa voy a ver como están los chicos, aunque ni siquiera me asomo.

Lidia sin embargo está como si le hubieran contado que falta lechuga en la nevera.

“¿Y después?”

Trato de descubrir un ápice de falsedad entre tanto aplomo, pero no lo hay, es real.

“Después ya se verá, no somos críos y el plazo máximo es un año, te lo juro Lidia”

“Déjanos hablarlo y mañana te contestamos”

“Me parece justo”

Coge a Gustavo en brazos, el niño está agotado y se adormece en su hombro.  Cuando los despido en la puerta tengo la sensación de que son seres que no se parecen en nada a los que llegaron aquí esta tarde.  Alienados por otros.

La noche fue larga.  Acostamos a los niños y comenzamos a hablar de una manera áspera en la que parecía que éramos nosotros los que íbamos a separarnos.  “Yo sé que para ti todo lo que haga o diga es permisible, siempre bebiste los vientos por ella, pero esto es otra cosa Alberto, esto son palabras mayores, nos deja a su hijo por irse tras un desconocido, no sé si te das cuenta...”  “Su hijo dentro de unos años decidirá por su cuenta y por muy madre abnegada que fuese se verá sola, su hijo es una persona y ella es otra, está luchando por un destino seguro, Lidia...”  “Ya, si en lugar de ser Amanda fuese cualquiera de nuestras amigas ¿opinaríamos lo mismo?”... “Posiblemente no...”

Amaneció, pero habíamos bebido tanto café que no nos venció el sueño.

Aceptamos que Gustavo se quedase con nosotros si abandonaba el internado y asistía al mismo colegio público que sus primos.

Amanda no estaba en condiciones de negociar.

En un mes tomó rumbo a Canadá y al niño le hicimos hueco en la habitación de Darío, que entró en ella como si le hubiéramos sacado del cine antes de terminar la película.

En ocasiones le encontrábamos perdida la mirada, como la de un extranjero que desconecta en el país donde no conoce el idioma.

Pero se adaptó rápidamente.  No partía de cero y entendió que en las cartas que mensualmente le mandaba su madre no venían opciones.

El Colegio público le abrió un mundo de posibilidades insospechadas, deportes, excursiones, salidas, mezcla de seres y pareceres entre los que resultaba difícil marcar la diferencia.

Se relajó aún cuando transcurrió el año y Amanda no volvió.  Supongo que todos dimos por hecho que eso podría ocurrir.

A los tres años y desde otro punto del planeta que no era Canadá, con otra pareja a la que sí parecían agradarle los niños e incluso los adolescentes reclamó a Gustavo, pero este hizo oídos sordos y no quiso acudir a su encuentro.

Siguió mandándole cartas que nosotros descubríamos sin abrir en la basura, giros postales, de vez en cuando paquetes enormes para los tres niños.

En algún momento pensé que era yo el único que seguía echándola de menos.

Gustavo encontró su primer trabajo a los dieciséis años, sin dejar de estudiar, y a los dieciocho nos pidió las llaves de su casa.  “Por favor, no penséis que no he estado a gusto aquí”,  nos dijo,  “es lo más parecido a una casa que he tenido, pero no es  la mía”.

Comprendimos y le dejamos marchar.  Lidia puso a su hermana al corriente.  “Ahora puede venir a buscarme cuando quiera, los dos sabemos donde encontrarnos”.

No sé si eso era tan real como sonaba, porque Amanda volvió, no hace mucho, la piel menos tersa, más insegura la mirada, con ganas de que alguien la cobijase, le riñese o le quitase el exceso de maquillaje a manotazos de lavabo, pero aunque me hubiera ofrecido voluntario no me atreví a moverme, queda ya poco margen para fantasías.

El caso es que se hospedó un par de semanas en un hotel y nada se detuvo, las cosas continuaron su ritmo, le llenaron de escarcha los zapatos caros.  Su hijo accedió a desayunar con ella un día y su hermana ceno otro.  Pero tanto tiempo sembrado en el vacío había germinado presencias, historias y quebrantos que ya no le correspondían.

Y se fue por donde vino, elegante y de nadie, sin un niño que se acurrucase dormido en su hombro.

Y sin sacarme a bailar.

 

HALLAZGOS DE BIBLIOTECA

HALLAZGOS DE BIBLIOTECA

La Biblioteca de mi barrio lleva el nombre de María Moliner, y anteriormente fue un convento y un cuartel.  Está pegada al Museo de Historia, enclavada en una plaza del Casco Histórico dónde todavía juegan los niños a la pelota y se cuelan más coches de los que deberían.  Ni siquiera tengo que cruzar de calle, y vamos a ella como quien va a otra habitación de su casa donde sabe que va a encontrar la comodidad precisa.  La biblioteca es nueva, no está masificada e invita al recogimiento y la lectura en todas sus salas.  Me gusta mucho y me gusta lo que descubro en ella.  Sólo de pensar que puedan cobrarnos por el préstamo de un material público que pagamos entre todos ... en fin, esa es otra historia.  Me pierdo entre los volúmenes de sus estanterías mientras  una mesa central invita a  acercarse a libros y documentos relacionados con un mismo tema (el agua, el reciclaje, los juegos olímpicos...).  Suelo encontrar novelas de autores para mí poco conocidos, porque una siempre se pierde más cosas e información de las que debería y llega a ciertas playas cuando ya han partido todas las embarcaciones.  Pero bueno, más vale tarde que nunca, como en el caso de "La Edad Secreta", de Eugenia Rico (Oviedo, 1970) Finalista del premio Primavera de Novela en el 2004.  En principio me atrae el argumento de una mujer que tras sobrevivir a una enfermedad terminal se lanza a la carretera rompiendo con todo, a lo Thelma y Louise.  Y me voy encontrando con una novela que según mi opinión personal, brilla más en lo particular que en lo general.  Es decir, tiene frases absolutamente brillantes, párrafos de una riqueza literaria extraordinaria, que pesan más, como diamantes auténticos, que el collar completo: "Quizá fuera mejor, porque las cosas que parece que no pesan  son siempre las que inclinan la balanza."  Buena estructura, impecable desarrollo y una ausencia de diálogo que no se echa de menos.  Se lee rapidito, porque está enfocada en monólogos, microrelatos sobre una misma peripecia.  Me ha sorprendido gratamente, pese a estar premiada (bueno, finalista), porque las novelas de grandes letreros archipremiadas dejaron de sorprenderme hace tiempo...  Os la recomiendo en este mes de este año en el que la lectura nos salvará, como siempre, de la realidad. En Enero se cumple un año de la muerte de Ángel González, recordándole leyéndolo equivale a una incuestionable eternidad ¿o no?

TITIRITEROS

TITIRITEROS

Me gusta el teatro desde que conseguía entradas en el último rincón del anfiteatro y les veía la coronilla a los actores.  Siempre me ha resultado mágico y excepcional, mucho más conforme va pasando el tiempo y nos convertimos todos, socialmente hablando, en cosas que no me gustan.  Entonces el teatro, como la poesía, o la literatura en general, se convierte en un alojamiento seguro, en un digno aliado.  En estas fechas tenemos la oportunidad además de iniciar a las niñas y niños en espectáculos infantiles de lo más variopinto, disponen de un amplio abanico de posibilidades, inexistentes en mis tiempos, que sin duda hay que aprovechar.  Luego, conforme vayan creciendo ellos elegirán, pero de momento que no quede por nosotros.  Esta mañana he asistido a la obra titulada: "Que viene el lobo" de la compañía asturiana Kamante Teatro.  Me faltan palabras para describir el argumento, la puesta en escena y la estupenda actriz, con inigualable voz, que nos regalaba su trabajo.  Hacía mucho que no me emocionaba así con una narración, lejos del cuento y la actuación tradicionales, dándole la vuelta a personajes cotidianos y a carteles insalvables, utilizando títeres de material reciclado, con una elegancia en el movimiento, la composición y la música extraordinarias.  Al llegar a casa me he metido en Internet y no me ha extrañado leer los premios que ha recibido la compañía con esta obra.  Trabajan con pasión y con mimo, y lo transmiten.  Sólo una cosa, la representación estaba indicada para niños de séis años en adelante y la media de edad infantil no superaba los cuatro (de ahí los lloros, los cansancios, corretear por los pasillos, subirse en las butacas, etc), por no hablar de algunos chicos mayores que jugaban con las NIntendo en mitad de la función y coros de abuelas, papás y mamás que se contaban como habían vivido las Navidades.  Al final tendré que creerme aquello de que no puede haber nada gratuito, por no hablar del respeto hacia los titiriteros (aunténtica titiritera de oficio la de esta mañana), que están trabajando como lo hace un delineante, un banquero o una taxista, ofreciéndonos además un amplio abanico de imágenes, palabras y futuro, para una imaginación que nunca debe quedarse dormida.

"TRÁNSITO TEMERARIO"

"TRÁNSITO TEMERARIO"

 

 

“No creo en la eternidad.

Mas si algo ha de quedar de lo que fuimos

Es el amor que pasa.” (Angel González)

 

 

 

 

 

Ser efímeros nos hace vulnerables.

Esperar demasiado tiempo una sonrisa

o una caricia en el pelo.

La palabra que nos gustaría escuchar.

 

Esperar demasiado.

 

Porque nos recordará un núcleo reducido de gente

cuando escuche nuestra canción preferida.

Un puñado de gente heredada

que sentirá melancolía con la lluvia

y deseos de recuperar la infancia

durante la tarde de un domingo de invierno.

 

Nada especial.

 

Testigos a través de otros testigos

que nos inventarán con ecos

y luces difuminadas.

Dirán que dijimos,

nos pondrán una flor sobre la oreja

y una varita mágica en los labios.

Seremos

como les hubiese gustado

que fuéramos,

más o menos valientes,

dignos

y enamorados.

Propios para ser trasladados

en cada mudanza,

con la facilidad liviana

de un antiguo mapa de carreteras.

 

Nos hace vulnerables

lo que sabemos que ya no podrá cambiar,

eso que esperan de nosotros,

la rutina de las celebraciones.

 

Cuando todo haya terminado

es posible,

no quiero pensarlo,

que ni siquiera quede la palabra.

 

Puri Novella

 

 

DANIELA EVU

DANIELA EVU

Daniela tiene ocho años, es muy rubia, y muy delgada, como su hermana Petronila.  Vinieron hace dos años y poco desde un sitio que está muy lejos y que se llama Valea Caselor, en Rumanía.  Cuando llegó,  el viento típico de estas tierras, el cierzo, no dejaba títere con cabeza.  De repente y sin entender nada de castellano, se vio inmersa en un cole rodeada de niños que la investigaban preguntándole de todo y a la vez.  Pasaron meses hasta que pudo incorporarse a la fila sin que su madre tuviera que empujarla.  Encontró en el grupo a otra compatriota que aunque había llegado poco antes que ella se desenvolvía como pez en el agua, y se aliaron, y pronto hicieron piña con el resto.  La piña del "Porque tú me has dicho, porque el otro me ha empujado, porque tú que sabrás...", la de los cuentacuentos, los primeros exámenes y las fotos de fin de curso.  Pasó a escribir y suscribir la letra pequeña de la vida íntima de las aulas que sólo ellos, los que las habitan, conocen.  Y aunque poco más sabíamos de ella y de su familia -porque dejamos a nuestros hijos en el cole y nos dispersamos todos como ratones apresurados, cada uno a su agujero- Daniela Evu era parte cotidiana del día a día, como los nombres de los demás, los centros de interés del cole y los villancicos de Navidad.  Hasta que esta semana nos ha caído encima la noticia de que regresa definitivamente a su país este mismo fin de semana.

Sus compañeros le han regalado un colgante de plata y un album con fotos y recuerdos, y la niña luce media sonrisa de esas que esperan a comprender del todo el argumento de la película para reir a gusto.

A última hora y forzado por las circunstancias, sabemos que sus padres lo han intentado todo para salir adelante con dignidad, han encadenado trabajos eventuales y se han dejado la piel en el intento ... pero no ha sido suficiente, así que retornan a abrigar su tristeza entre los brazos de familiares y amigos.  Después de todo este tiempo hoy he conocido a su padre, y con la madre no habría cruzado más de tres palabras nunca, y no por nada, sino por lo que me pesa el ombligo cada día, tanto que no soy capaz de sacar la antena y pararme a pensar un poco en la situación cercana, vecina, de gente cuyos hijos crecen junto a los nuestros.  El ritmo cotidiano que imprimimos a las cosas nos aleja a pasos agigantados de la humanidad y la empatía, y me atrevo a pluralizar, aunque eso no me justifique.

Desde aquí, Buen viaje para Daniela y Petronila, para que donde quiera que se encuentren mañana, pasado mañana y al otro, encuentren siempre su lugar en el mundo.

 

"CUANDO SE APAGAN LAS LUCES"

"CUANDO SE APAGAN LAS LUCES"

Con la voz rasgada por su insomnio crónico y la nicotina en ayunas, Luna Torres se enfrenta a una entrevista más sabedora de que una cosa es lo que pretenda decir y otra lo que constaten que ha dicho. 

El eterno juego de las palabras que venden al que todavía parece no acostumbrarse.

Este va a ser un año prolífico en entrevistas, cumple treinta años de profesión y hasta los dominicales se hacen eco, las emisoras de radio, la prensa escrita en general mucho más que la televisión, a la que no suele acudir porque no estaría bien vista con estas ojeras escondidas tras las enormes gafas de sol, sin maquillar, con zapato plano y el cuello de la blusa mal planchado.

La televisión es un espejo burlón, la caja de los truenos.

Por mucho que su representante diga que es un medio extraordinariamente rentable desde el que se la reclama ella no tiene ningunas ganas de exhibirse.  Dirán que le cuelga la piel del antebrazo, que hay que ver como ha envejecido, que la televisión engorda...  dirán lo que quieran para olvidarlo en pocos días, pero ella recogerá todos esos chismes en la coctelera de su cabeza y tardará en enterrarlos.  Hasta entonces estarán dando saltos por la casa como duendecillos salvajes e irrespetuosos.

En la cafetería del hotel donde la han citado hace frío, es temprano y el aire acondicionado está a demasiada potencia.

Le da rabia tener carne de gallina porque parecerá más vieja, menos resistente.

Aunque es imposible saber qué albergan en el subconsciente estos dos críos que apenas habrán terminado la carrera y que probablemente jamás hayan pisado un teatro, menos para ver una de sus obras.

Trata de ser benévola y no juzgar a la primera siguiendo el consejo de su hermana Gloria, pero es que se ha equivocado muy pocas veces, y suele ver al personal con sus kilogramos de alma pegados en la frente.

Si se fija bien el chavalito que le formula las preguntas se parece a su sobrino Lucas, que también quería ser periodista y en las reuniones familiares sacaba su grabadora para hacerle a todo el mundo preguntas indiscretas.  Falleció hace dos años en un accidente de moto, después de aquello su hermano, el padre de Lucas, se volvió al pueblo “del que nunca tenía que haber salido”, maldecía.

Pero si no hubieran salido de aquel pueblo hasta el que hace apenas cuatro días no llegaba el agua potable ni una carretera digna, se hubieran comido a puñados la tierra seca quemados por el sol y devorados por el abandono.

De un pueblo muy pequeño, sí, la mujer que se ha hecho a sí misma, sí, nada de estudios de interpretación, vocación natural, un don, querer vivir las vidas de todos y la de nadie, ponerlo como queráis...

Qué manía con querer saber su nombre auténtico.  ¿Luna Torres es menos auténtico por ser inventado?, después de aparecer en cientos de carteles, con luces de neón, impreso de mil maneras ¿no es real? ¿no representa a nadie?.  ¿Es otra Luna Torres que María Álvarez? ¿Una aguarda en el perchero de casa mientras la otra desciende escaleras alfombradas? ¿Una tiene paladar para el caviar y otra para el foie-gras de gato? ¿O cómo va esto?.

No le conviene enfadarse ni parecer molesta.

Se le arrugará la frente.

Y si quieren vengarse le sacarán un primer plano del perfil malo con una luz pésima.

María Álvarez.  Cuarenta y ocho años.  Se quita tres porque le da la gana y porque ahí fuera se los quitarán o pondrán en función de cómo se haya levantado el usuario del periódico.

Sin hijos.

No hablo de mi vida sentimental.

Ahora es lo que hay que decir.

La privacidad como cinturón de castidad o como un escolta guapetón al que lucimos en los momentos cumbre.

Llevo treinta años currando,  todo el mundo me conoce, este es un país donde el chismorreo es la base fundamental de la sociedad, el pan nuestro, sagrado e imperecedero, de cada día.  No hay nada que no se sepa.  Si no, nos lo inventamos a la medida y algo acabará siendo verdad de tanto repetirlo.

Pero no es lo mismo que lo diga una, así con la boca bien grande, no tengo pareja.  Unas veces los he dejado yo y otras ha sido a la inversa.  Está bien, mayoritariamente a la inversa.  No soporto la soledad, me entran unos ataques de bulimia espantosos y mi hermana Gloria tiene que venirse una temporada conmigo porque le da miedo que me tire al tren.  Que no, que yo soy muy cobarde.  Y además, en el fondo ya sé desde hace tiempo que todo se pasa.

Que sí hijo, que el teatro está en crisis, como siempre, que la juventud va poco, que ni los gobiernos autonómicos ni el central apoyan como deberían al más puro arte de la interpretación ...

Que por qué soy actriz.

Por necesidad perentoria.

De reconocimiento, aplausos, minutos de gloria, todo un aforo escuchando lo que tengo que decirles ...  Luego el iluminador se fuma un pitillo y se va de copas, ya no queda nada, los ecos del espejismo que necesito a diario para creer que he llegado a alguna parte.

Nunca supe hacer bien ninguna otra cosa.

Así que debía marcharme, a quien le importa una actriz en medio del desierto, huertos, gallinas, inviernos sin piedad que duraban eternamente ...  A escondidas de padre lo hicimos.  No supimos que madre se venía con nosotros hasta que se metió a empentones en el coche.  Era su última oportunidad de conocer algo de vida más allá del sarcófago.  Había alquilado una habitación con derecho a cocina.  Tenía diecinueve años y como novio al único mozo del pueblo que podía llevarme en coche.  Él debía quererme para conducirnos hasta la estación de tren más cercana, cuarenta y dos kilómetros, debía quererme sí, porque se daría cuenta de que yo no pensaba regresar jamás ...  Gloria tenía dieciséis años y Mauricio quince ...  ¿Pero cómo se llamaba aquel chaval? Apenas logro recordar su cara ...  puedo hacerme a la idea del cabreo de padre cuando volviese del campo, sin la mesa puesta y la llave echada, sin nadie a quien partirle el espinazo o dejarle la huella del cinturón en los riñones ...   Es lo que tiene alimentar el miedo, que busca agujeros por los que tocar fondo y echar a volar ...

Encontramos trabajo pronto, yo tenía algunos papelitos de reparto, madre se puso a coser, Gloria de dependienta en una floristería y Mauricio como aprendiz en un taller mecánico.

Eran tiempos para poder aprender.

Sí cariño, tú lo has dicho, el sustento de mi familia, la mayor ...

Cuando me quedaba en dique seco dependía de ellos.

Pero nada parecía pesarnos, nos gustaba el trajín de la calle, tener de par en par abiertas las ventanas, salir un rato por la noche aunque fuera a dar la vuelta a la manzana ... pasar desapercibidos entre un montón de gente que tenía deudas, madrugaba para ir a trabajar y fregaba los platos cantando copla.

En cinco años todos nos asentamos, yo no paraba por casa, siempre de gira, Gloria conoció a Nicolás y Mauricio abrió su propio taller con un par de compañeros ...

Dejamos de necesitar a madre.  Que se perdió, y aunque no había olvidado el camino de vuelta ya nada podía hacer con él.

Era una gélida mañana de Febrero cuando me avisaron de su fallecimiento.

Se había ahorcado en un sauce de la ribera por la que solía pasear.

Por aquel entonces yo estaba representando una comedia y en media hora comenzaba la función.  El espectáculo debía continuar y el personaje se tragó mis lágrimas y toda la vergüenza que sentía por no haber sabido cuidarla.

Finalmente mi padre, desde la distancia, había conseguido cargársela.

No guapo, ningún antecedente familiar dedicado a la farándula, una estrella en el ombligo, lo que yo te diga ...

Hacemos un descanso, de acuerdo, hay que cambiar de cámara fotográfica, lo que vosotros digáis.

Por favor, pídeme un gin-tonic y no mires el reloj, ya se que aún no son las doce ¿quién decide cuando es correcto tomar un combinado?, no me jodáis, cualquier día lo van a legislar.

Seguimos.

¿El amor de su vida ha sido el teatro?.

Por lo menos ha sido el amor más correspondido y equilibrado de todos.

No me ha fallado nunca.

A mí lo que se dice gustarme, pero gustarme de verdad, me gustaba mi cuñado Nicolás.  Todos los miedos que tenía padre de que fuésemos unas perdidas y enseguida le llevásemos un bombo a casa se reprodujeron proféticamente en la capital.  El mismo día que Gloria cumplía veintitrés años nos anunció su embarazo.  Ya no era una cría y mantenían una relación de más de dos años.  “Es un hombre formal, se hará cargo” me dijo.  Y aquella tarde se presentó en mi salón Nicolás con la cara del crío que ha robado un nido de pájaros.  Corpulento, cargado de hombros, sin mantener la mirada de pura vergüenza...  Parecía sincero y honesto, tal y como lo ha demostrado a lo largo de todos estos años.  Un hombre que enternece, que sigue llevando a su mujer de la mano por la calle, comprensivo y con sentido común ... para raptarlo.

Yo es que me dí cuenta tarde de que buscaba poco más que eso, un hombre que me cuidase de verdad, manteniendo la casa caliente, poniéndome el abrigo, regando las plantas ... aunque tampoco sé cuanto tiempo hubiera soportado su monotonía.

Nació una niña a la que pusieron de nombre Amelia, como mi madre.  Tardaron algunos meses en percatarse del retraso mental que padecía la cría.  Les pagué los mejores médicos pero avanzamos poco.  Amelia va a cumplir veinticuatro años y sigue soñando con volver a hacer la comunión.  Eso sí, es cariñosísima, te arrea unos abrazos capaces de hundirte un par de costillas, le encanta peinarme y ponerse todos mis abalorios.

Se merecen los tres mejor vida, pero no son los que eligen ni yo puedo comprársela.

Nunca les he oído quejarse.

Ya estamos acabando.

Pues muy bien hijitos, una entrevista muy light, así da gusto.

Que si me da miedo que me encasillen en papeles dramáticos de señora mayor... vaya por Dios, estos jóvenes si no sacan a relucir el tema de la edad es que no se quedan tranquilos, deben pensar que el tiempo sólo transcurre a su favor...  A mí lo que me da miedo de verdad es quedarme sin trabajo, que no me llamen, que nadie se acuerde de mí, y además yo es que ya soy una señora mayor, y sobre todo una SEÑORA, así que ya imagino que no me van a llamar para que representa a una estudiante universitaria que se lía con su profesor...

¿Operaciones de cirugía estética?.  Ni una.  Me dan pánico los hospitales, y esos pechos de goma capaces de reventarle la cara a cualquiera de un solo golpe.  Aún tratándose de una cuestión de salud lo valoraría muy mucho.

 

No voy a dar ni un solo nombre, claro, pero esta y aquella y la otra se han estirado pómulos y engordado el labio inferior, ahora ya no se parecen a nadie ni resultan creíbles, las pobres, cara de porcelana sujeta a un cuello minado de surcos.

No, supersticiosa no soy, paso por debajo de las escaleras porque ni reparo en ellas, me gusta el color amarillo, se me han roto unos cuantos espejos y lo único que trato de evitar son las despedidas.

Siempre me voy de cualquier evento por la puerta de atrás y sin chistar, pensarán que soy una maleducada, caprichos de diva, pero es que la palabra adiós es tan categórica y definitiva que sintiéndolo mucho, no puedo utilizarla a la ligera.

Sí, por favor, tomaré otro Gin-Tonic, ¿queréis tomar algo y charlamos un rato sin cámara ni grabadora?, Ah, no podéis, llegáis tarde...  tenéis que pasar por redacción  a inventaros uno de esos titulares que dicen:  “En su treinta aniversario sobre las tablas de un teatro Luna Torres desayuna Gin-Tonic” ó: “A pesar de la edad Luna Torres mantiene intacta su ilusión por salir a escena”.

Es que ni siquiera le han pedido un autógrafo, aunque fuera para su madre, si hubiese hecho un par de anuncios de televisión sobre cremas antiarrugas...  De la rabia que le entra cambia el Gin-Tonic por un Wiskhy doble y desatiende la luz insidiosa del móvil anunciando la llamada de su representante.

Otra entrevista, seguro.  Por hoy se terminaron las poses.

Hasta pasado mañana, vestida de negro y con el escapulario de Bernarda Alba, no ha de rendirle cuentas a nadie más.  Un aforo de cuatro mil butacas.

Desde chiquitita se resistió a dar explicaciones ni a depender de nadie.  Eso es algo que a los hombres les molesta sobremanera, que no se dependa de ellos como si fuesen ángeles custodios.  Sólo una vez estuvo dispuesta a hacerlo, siguiéndolo toda la vida, esperando que llegase a casa y se pusiese las zapatillas, la ropa cómoda, ¿cómo te ha ído el día?, ¿qué dicen las críticas?, ¿nos vamos mañana a comer al campo?...  pero él sólo quería vacaciones en Praga y bombillas de camerino, porque en casa ya le esperaba, de sobras y como siempre, su novia de toda la vida.

Se fue y volvió.  Prometió mentiras sin engañar a nadie.

Deambuló en ella porque así lo prefería, mejor tenerlo así que de ninguna manera.

Hasta que otra actriz le arrebató el papel y se quedó con el premio.

Es lo que tiene esta profesión, que es muy competitiva.

Aunque ella se ha hecho su hueco, ha creado escuela.

Treinta años de profesión.

Por fin decide cogerle el teléfono a Benjamín, al fin y al cabo no le va a pagar por nada...  La entrevista bien, no te preocupes, no me he metido con nadie y tampoco daban mucho juego...  Suspendidas las funciones de La Casa de Bernarda Alba por no haber vendido un mínimo de entradas...  Es verano, mala época para ir al teatro aunque se trate de Lorca...  Ya.

Se impone la necesidad de otro Wiskhy doble.

Llamen al director, quiero una suite en este hotel para poder ocuparla ahora mismo.

Ningún problema Señorita Torres.

No sé donde ve este gilipollas mi cara de Señorita, seguro que luego es de los que dicen ante las cámaras de cualquier programa basura que soy alcohólica.

Pues no lo soy, me gusta beber para soportar la vida.

Sólo me trago con ayuda, ya ves.

Qué lastima de cama, tan bonita y tan redonda, para una sola persona ...  Cuanta luz entra...  Puede que tras dormir un par de días vea las cosas de otra manera o sea capaz de aceptarlas.

De acuerdo, se suspende la función pero devolvedme al menos quince años de mi vida.  Ser comprensivos, yo siempre he sido de los demás ...

Gloria, Glorita,  hermana, ven a buscarme que todo me da vueltas y la lámpara del techo amenaza con abrirme la cabeza ...  Dile a Nicolás que coja mi todoterreno, el de los cristales oscuros, ¿te he dicho alguna vez que yo debería haberme casado con tu marido?  Mira que si a estas alturas nos damos cuenta de que hemos vivido una la vida de la otra ...

Inevitablemente vomita sobre la moqueta blanca.  Consigue llegar hasta la ducha y se mete vestida.  El agua fria resulta igual que un par de bofetadas.  Está un buen rato sintiendo como le resbala el agua, como debajo del agua somos lo que somos, piel mojada, sin artificios ...

Llaman a la puerta de la habitación y Luna Torres se dirige tambaleante a abrirla generando pequeños charcos a su paso.  Está convencida de que es su hermana que viene a buscarla, por eso se queda petrificada ante los fogonazos deslumbrantes de varias cámaras.  Tras una segundos consigue cerrar.  Se oyen carreras por los pasillos: “¡Tenemos las fotos!”.

No llega a creerse lo que está ocurriendo, debe ser efecto de la borrachera, no puede ser, a ella nunca le han asediado los fotógrafos, no es un personaje atractivo ni mediático, o al menos hasta hoy no lo era ...

Llaman de nuevo y ella se agazapa en el suelo tapándose los oídos:

“Abre Luna, soy yo, Gloria...”

Se cerciora asomándose por la mirilla.  Cierto, es Gloria con esa pequeña maleta en la que siempre trae de todo, ropa de recambio, analgésicos, la música que la relaja ...

“Madre Mía Luna, ¿pero qué ha pasado esta vez?”

Allí mismo, en la entrada de la habitación la despoja de la ropa mojada como si se tratase de una niña a la que han empujado a un pantano.

Mientras se deja hacer Luna recuerda la última vez que su hermana acudió a rescatarla.

Fue en una céntrica joyería, venía durándole la borrachera desde la cena del día anterior, se obsesionó con perforarse la lengua y la nariz y cuando le dijeron que allí no realizaban ese tipo de trabajos su cuerpo se revolucionó vomitando sobre los expositores.

Al menos en el hotel están ellas solas.

Ellas y esas fotos despiadadas entrando por los faxes de las agencias.

Hablará con Benjamín.  Él podrá resolverlo.

“Glorita, hay una mano negra que quiere hundirme, me voy a morir, te lo juro, qué disgusto ...”

“Te vas a matar tú misma de lo mal que te tratas”

“No va a pasarme nunca más, nunca más, menos mal que te tengo a tí...”

Dos días después las fotos robadas en el hotel daban la vuelta al país en todas las portadas.  Aquellas imágenes resultaron determinantes para ingresar en la clínica de desintoxicación, no para quitarse de en medio, sino porque se vio idéntica a su padre y tuvo miedo de no haber viajado ni vivido lo suficiente como para desmarcarse de su legado.

En la clínica no se está tan mal, algunos leales compañeros de profesión le han mandado flores, la habitación es amplia, da largos paseos por el campo y ha vuelto a reencontrarse, entre otras cosas, con el placer de un buen desayuno o una lectura en calma.  No puede hablar por teléfono ni recibir visitas, al menos de momento.  Sólo cuando le duele el estómago de esa forma tan brutal y siente tantas naúseas y parece que la cabeza le va a estallar echa de menos un chupito de ginebra o una botellita de champán.  Los echa en falta como a los amantes que le arruinaron la vida.

Hoy se le permite un rato de televisión. No está segura de querer verla, pero en este lugar nadie le apremia, así que es libre de entrar en la sala para salir en cualquier momento.  Un pequeño puñado de pacientes no quita ojo de la pantalla, ella cree reconocer la voz que escuchan y se acerca para comprobar que efectivamente se trata de Nicolás, su cuñado, contando que Luna Torres se bebe hasta el agua de los jarrones y no ha tenido nunca ningún escrúpulo para asediarlo sexualmente siendo el marido de su hermana.

Escucha toda aquella catarata de barbaridades saliendo de la boca del hombre bueno, del traje de marido complaciente, de las manos grandes y cuidadas de cuñado servil y le parece estar observando a uno de esos muñecos que accionan metiéndoles un brazo por la espalda.  Si ella no fuera quien es le creería, porque tiene ojos de cielo abierto.

“Tú ni caso...- dice una de sus compañeras reparando en su presencia- siempre pasa igual, buitres acudiendo a la carroña...”

“Cómo debe estar mi hermana...”- acierta a musitar mientras se desploma en una butaca.

“Querida, has llegado al final, tu hermana ha salido la primera llamándote de todo menos guapa”

Mientras duró el internamiento nunca más quiso ver la tele.

Cuando pudo hacer llamadas telefónicas su representante no contestó a ninguna y su hermana, antes de que Luna pudiera reprocharle nada, le dijo que dejara tranquilo a Nicolás, que al menos le había pagado la Clínica y le asignaba una pensión mensual con la que podría ir tirando.  Recordó entonces que hacía más de diez años que Nicolás le llevaba las cuentas y sólo le quedó llamar a Mauricio y rogarle que le permitiese pasar con ellos una temporada. Su hermano le abrió las puertas y el pueblo la recibió con honores de exiliada, aún sin merecérselo y habiendo regresado por pura subsistencia.

Quiso entender que volvía para terminar un ciclo decisivo y poder comenzar otro sin renunciar al anterior.

Quiso creer que podría hacerlo.

Y cada día se levanta para cruzarse con alguien que le recuerda la mirada que tenía de niña, como se bañaban los tres hermanos en las acequias y cuanto les gustaba ir descalzos ...

 

Será posible entonces coger otro tren, mirar a la vida de frente y no esperar demasiado.

POESÍA POR PRINCIPIO

POESÍA POR PRINCIPIO

Con el título plagio un verso de un amigo que el día que publicó su primer poemario decidió dejar de escribir, otro día os hablaré de Félix...   De momento, como es Diciembre y llueve, y el cielo amenaza con desplomarse sobre nuestras cabezas y no dejarnos ver el sol nunca más, para reconciliarse con la vida y el género humano hay que refugiarse en lugares abrigados.

Propongo la poesía.

Poesía por principio.

La de Ángel González (Oviedo, 1925/Madrid, 2008.  Príncipe de Asturias de Las Letras 1985), poeta sin duda de obligado cumplimiento y genial particularidad.

MUERTE EN EL OLVIDO

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

               Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

(De "Áspero Mundo",1956)

Y que Diciembre no os extinga, porque ya se sabe que el que agoniza y se ahoga pretende que otros lo hagan con él.

 

 

 

ENTREGA DE LA MENCIÓN DE HONOR

ENTREGA DE LA MENCIÓN DE HONOR

La cena estaba exquisita, como estos días estamos de obras en casa y no tenemos operativa la cocina, lo agradecimos infinitamente, después de una semana de bocadillos y tortillas prefabricadas.  La mujer que está a mi lado es Teresa Núñez, la ganadora del Certamen "Antonio Reyes Huertas" (os recomiendo un relato suyo colgado en Internet que se titula "Manías") y el señor de corbata rosa  que posa orgulloso, y no es para menos, frente al banderín del Hogar Extremeño se llama Feliciano Ramos y tiene más de doscientos premios de poesía.  Es la tercera vez que gana este certamen.  La chica de cara pepona y flequillo japonés que sonríe como si le hubiera tocado el gordo, ataviada con mantel de cuadros a lo Casa de la Pradera, es una servidora, encantada de la vida con que la mencionen o la premien poco o mucho, que no están los tiempos para desperdiciar momentos agradables.  Pues eso, espero poder ir colgando más reseñas de este tipo.  Gracias a todos los lectores de "Nuestro Cuerpo y la Melancolía".