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MARTES DE CENIZA

DUENDES SALVAJES

DUENDES SALVAJES

 “Desde que anochecimos con ojos de bolero

  la vida ha sido a veces

  asistir dulcemente a un cine de verano

  lleno de irrealidad,

  pero también a veces pasarse al enemigo.”

 (“Para ser leído muchos años después”.Luis García Montero)

                                                      

 

Siempre que abro un paraguas bajo techo recuerdo tus supersticiones, que eran todas, tus pies pequeños y las velas encendidas por toda la casa.

Te transmitían energía positiva, decías.

Tus labios también eran antorchas encendidas.

Yo combinaba el jersey con los calcetines, utilizaba siempre la misma colonia, colgaba las llaves al entrar y dejaba los vasos en la fregadera.

Tú experimentabas mezclas de tinte sobre tu abundante cabellera, andabas descalza, te delataba el sonido plata de tus tobilleras, tendías ropa, para mi desesperación en los respaldos de las sillas, comías a destiempo y en bocadillo, señalizándole el camino a Pulgarcito.

Procurabas no reirte de mi orden, hasta procurabas llevarlo a cabo.

Era cuando organizabas mis papeles y el cajón de mi ropa interior, cuando ponías la mesa con mantel de tela y servilleteros, y veíamos la tele masticando despacio hasta que nos entraba la risa, una risa torrencial, de duendes salvajes, que lo mandaba todo al garete.

No dejabas de ser verano adolescente mientras yo me empeñaba, no sé con qué fin, en hacerme mayor.  Trazaba cuadrículas, temporizaba, un tiempo para cada cosa, las cosas, mis cosas, tenía cosas, no empezaba la comida por el postre, pero me pesaban los bolsillos de guardar momentos como postres.

Puede que me enfadara contigo, puede que de repente, como si nunca antes te hubiese conocido, me resultase imposible tu informalidad, tu pereza ante la tradición de lo cotidiano, tu escasa sencillez.

Me cargué de nubes negras que estallaban sin previo aviso para que tú me mirases como nunca antes lo habías hecho.

Tampoco tenías tantas cosas, era un exagerado cuando aludía a tus invasiones.  Las recogiste en un santiamén y la casa quedó con todas las ventanas abiertas, oliendo a patxuli y a menta, con un disco de Silvio Rodríguez en la minicadena que yo te robé y tú no reclamaste.

Era mediodía.

Durante un tiempo yo reconquisté mi isla sin vistas al mar, les puse un palco de honor a mis manías.  Al poco llegó Sandra  y todo adquirió un ritmo lineal, establecido y pautado, del que casi me siento orgulloso, como el escultor de su obra.

Te fuiste, eso sí,  llevándote los sitios, los espacios.

No hay manera de recuperarlos.

Algunos rincones de la casa conservan tu presencia, no es un fantasma ni un espejismo, es que sólo tú podías llenarlos así.

De algo parecido a la alegría.

(Este relato pertenece a una colección titulada: "Bastará para Salvarme", de 2005)


 

SOBRINOS

SOBRINOS

 

-A Alejandro, Álvaro, Paula, Mario, María, Raquel y ¿?

Los sobrinos y las sobrinas componen esa parte inimaginable del universo familiar.  No los proyectamos.  No pensamos en la cara que tendrán los hijos e hijas de nuestros hermanos, los sobrinos políticos que adquiriremos tras un compromiso de pareja, cómo serán sus identidades, los regalos de Reyes y los aspectos menudos de su cada día que aterrizarán en nuestra mesa como noticias breves del Telediario.  Pero de repente llegan, se asoman y ocupan un espacio antes desierto, hipotético.  Le salen más puntas a la estrella y le nacen nuevos tentáculos al pulpo domesticado, porque el panorama familiar crece, se ramifica con gente que tiene algo de nosotros, que surge después que nosotros y que nos sucederá.

De los sobrinos uno es un espectador comprometido a medias.  Esa libertad que te da el prescindir de responsabilidades troncales hay que aprovecharla para aprender de ellos y de ellas, para acompañarlos cuando podamos y nos dejen, contándoles que cambian las épocas y los escenarios, pero el miedo, la pasión, el vértigo y la soledad son los mismos en todas partes.  Sin batallitas.  Que nadie nace adulto y a nadie le preguntan si quiere serlo.  Que si no de qué.

Puede que nuestro sobrinos sean listos y no aprendan de nuestros errores, ni tan siquiera de los suyos, es más, puede que reproduzcan episodios transmitidos genéticamente, pero aún así, y con la única herencia del tiempo por delante, el boomerang de la vida los precipitará hacia la propia vida sembrada de oportunidades diferentes, cotos privados y selvas vírgenes.

Dejémosles la puerta abierta para que de vez en cuando regresen a contarnos como se vive en su lado de acera soleada.

SABER PERDER

SABER PERDER

Antes de nada agradecer la atención y el interés suscitados por mi último relato colgado aquí: "El norte de los Fugitivos".  Que los amigos nos traten bien es un deber, y que gente a la que no ponemos cara ni sabemos de su existencia nos animen a seguir a través de sus  comentarios es un acto de generosidad, todo un detalle que en mi caso (que valoro tan pobremente y que le veo tantos defectos a mi escritura) supone conseguir el avituallamiento necesario para continuar caminando.

Esta nueva entrada quiere tratar sobre el último libro que he leído: "Saber Perder", de David Trueba.  Me gusta más el David Trueba escritor que el David Trueba  Director de cine (si es que son ocupaciones distintas, que no lo tengo muy claro).  Demuestra una prosa rica en matices, contundente en personajes y emociones, en mensajes.  Esta su tercera novela narra historias paralelas de supervivencia a través de tres generaciones distintas de una misma familia.  Hay fútbol, sexo, música, un asesinato, gente que viene y que se va, que nunca estuvo, gente que decide y gente que no se atreve, gente que pasa desapercibida y otra que cruza la vida sobre una estampida de elefantes ... Todo imbricado en la misma trama, no son relatos independientes.  Me gusta como trata la adolescencia porque no cae en tópicos generales, porque respeta procesos.  Me gustan los adolescentes de esta novela y como afrontan lo que les pasa.  Creo que es un texto muy bien trabajado, que mantiene el interés por su argumento hasta el final, con el que es difícil no engancharse a alguno de los personajes, encontrando cosas en común con ellos y ellas.

Una novela contemporánea, amena, decisiva, para no dejarla pasar.  Las dos anteriores ("Abierto toda la noche" y "Cuatro amigos") también son extraordinarias (en la segunda, todos los apartados que uno de los personajes anota en servilletas de bar son pura poesía) pero esta tercera las supera.

Así da gusto, escribir subiendo el listón, y que los lectores acudan a este escritor viendo siempre superadas sus expectativas.

LA MUJER QUE YO QUIERO

“La mujer que yo quiero me ató a su ruta,

pero por favor no se lo digas nunca.”(Joan Manuel Serrat)

 

 

Supe que me había equivocado cuando la ví entrar en el funeral, pálida, con el pelo recogido, agarrada al bolso –siempre le gustaron los bolsos grandes- como quien se aferra al marco de una puerta durante un temblor de tierra.

Se abrió paso entre la gente saludando afectuosamente a unos y a otros, rodeándolos con sus delgados brazos de bailarina mientras tenía para todos un gesto cariñoso o la palabra precisa. 

Cuando llego hasta mí ya había reconocido su olor a lilas.

“Todavía más solos, –me dijo tratando de sonreir- ahora se nos ha ído Chema”

Una oleada de tristeza trepó repentinamente por mi garganta, sentí unos irremediables deseos de abrazarla, pero me contuve y sólo la cogí de las manos queriendo decirle tantas cosas …  Sonia tiró de mí en el mismo instante en el que a ella la requería otro grupo de gente.  Una vez más había perdido la oportunidad de arrodillarme ante ella para pedirle perdón.  Seguían secuestradas las palabras dónde nunca verían la luz que las hace válidas.

Chema ha significado el enlace a través del cual otearnos en la distancia , durante veinte años, hasta llegar a esta mañana imposible en la que despedimos al único amigo que ha podido soportarme a lo largo de tanto tiempo, desde que éramos muy críos y sin encomendarme a nadie decidí robarle a la chica que le gustaba y que se llamaba Ángela.

Desde donde me encuentro, la cabeza embotada por la alucinación de esta farsa y el insomnio, sólo puedo ver su nuca, pero si me prestaran ahora mismo un bloc de dibujo y un lápiz podría dibujar de memoria esta nuca de Ángela, sus talones pequeños, el lóbulo de su oreja izquierda varias veces perforado, los lunares de su espalda y hasta esa manera inconsciente de morderse los labios …

Es la memoria el único sitio donde vivir honestamente.

Hay demasiada gente en esta sala fria e luminada en exceso en las que nos hemos reunido para lamentar la gran putada.  Se puede quitar de en medio a alguien de un plumazo, sin pestañear, este me sobra, aunque no hubiera cumplido los cuarenta y por fin tuviese un amor correspondido y grande, de su tamaño, que le daba cobijo y le hacía sonreir como nunca.  No hay reválida, porqué, joder, si Chema siempre aprobaba tarde, en las siguientes oportunidades, cuando por fin encontraba hueco para meter la cabeza.

Lisa y Ángela se han abrazado como si la fuerza de ese gesto pudiera devolverles, durante unos segundos, al ser perdido.  Es un abrazo que une el tiempo compartido, cuando Chema le presentó a Lisa como presentaba a todas sus novias, el hallazgo del milenio, la mujer ideal, y Ángela le alentaba, porqué no, claro que esta o la otra pueden serlo, deja que pase el tiempo … y Lisa había llegado con ganas de quererlo y que la quisieran, aunque fuese a través de un primer encuentro tan arriesgado, después de muchas horas frente al ordenador sin verse las caras, contando una extensión de bondades y unos defectos de andar por casa que me obligaban a tomarle el pelo, restándole a sus contactos por Internet toda la importancia que él les otorgaba.

Hasta que me ví siendo testigo de su boda y comprendí que Chema era un iluso, un enamorado de la vida sin condiciones, y la persona con más fe en las cosas y en las personas que he conocido nunca.

Siento angustia entre tanto hombro amontonado aquí dentro, me oprimen los fragmentos de conversaciones, los cuerpos que no saben donde colocarse, las lágrimas y los suspiros, tanta luz blanca y lo irremediable de la muerte.  Categórica, indiscutible y humillante.  De vez en cuando Sonia pasa a mi lado y me acaricia la espalda o me da un beso.  No puedo decirle que se vaya.  Vete, hoy no te necesito, no perteneces al mundo que se extingue, sólo los conoces de oídas, la “famosa Ángela”, como sueles decir con ironía, o “el bueno de Chema”, de oídas y de algún encuentro casual y rápido, poco más, ya sabéis que no mezclo épocas, que necesito una vida parcial y concreta, con separadores.  Se ha empeñado en acompañarme, pero lo cierto es que me incomoda, está embarazada de seis meses y no debo contrariarla, tener que dar explicaciones sin saber además como hacerlo hubiera sido peor, así que la dejo pulular entre el gentío, es una buena relaciones públicas y sabe como adaptarse.

Sonia se instaló en mi vida hace dos años, una de esas veces en las que me canso de dar vueltas y pienso que me hago viejo y me acojono, y entonces quiero la rutina familiar de mis hermanos, presumir del brazo de una mujer escultural en las cenas de empresa, saber que alguien me estará esperando.  Llegó en el epicentro del miedo y lo tuvo fácil, cuando quise darme cuenta canturreaba en la cocina mientras pelaba las patatas para la tortilla.  No me importó y tampoco lo pensé demasiado.  Cuando me planteó que fuéramos padres hasta me hizo gracia y me imaginé comprando un caballo de madera y una piscina hinchable .  Porqué no.  Con un niño no te aburres, todos los días son diferentes.

Casi me enfado con Chema, porque cundo le anuncié mi paternidad me miró como se mira a un corredor de fondo que no es capaz de controlar su respiración ni dosificar sus zancadas.  “¿No vas a darme la enhorabuena?” le pregunté molesto por su silencio.  “Claro hombre, enhorabuena, es que me has pillado por sorpresa …”.  “Pues no se de qué te sorprendes, cuando se van cumpliendo años lo normal es traer hijos al mundo ¿no?”.  “Huy, yo es que ya no tengo nada claro lo que es normal y lo que no …”

Pedimos unas copas y cambiamos de tema.

He imaginado cientos de veces la conversación en la que Chema le contaba a Ángela que yo iba a ser padre.

Nos la encontramos en la calle cuando a Sonia apenas se le notaba y nos felicitó sin matices en la voz, tan correcta y educada como una ascensorista.  Fue cuando tuve que presentarlas: Ángela-Sonia, Sonia-Ángela.  Sonia sació su curiosidad de conocer al mito y Ángela tenía prisa.  Resultó amable diciéndole que le sentaba muy bien el embarazo, pero se pasó con el cumplido porque no sabía como le sentaba a Sonia no estar embarazada.

Los imaginé analizando mi labor paternal, desacreditándome, envidiándome porque el menos cabal de los tres fuese el primero en traer un hijo al mundo.  No sé porqué, pero necesitaba creer que me habían dedicado ese tiempo desde el manos-libres del coche, o en casa al volver del trabajo.  Porque habían construído una especie de burbuja excluyente, una estructura impermeable e ignífuga, con los cimientos de todos esos años en los que no tiraron la toalla del respeto y hasta continuaron queriéndose.

Ángela se abre paso hasta donde estoy trayendo de la mano al padre de Chema, del que he procurado huir a lo largo de toda la mañana.  Pero así es ella, eficaz y consecuente, razones por las que la he aborrecido en más de una ocasión.

Jesús se abalanza sobre mí sin poder contener el llanto.

Se quedó viudo cuando Chema era un crío y ahora acaba de perder a su hijo.

Respondo a su abrazo con toda la fuerza de la que dispongo, y aún así, el volumen y la pena de este hombre consiguen tambalearnos.

“Ay Pablo, qué solos nos hemos quedado, con lo que os queríais …”

Mientras trato de consolarlo percibo las lágrimas silenciosas y cabizbajas circulando por el rostro de Ángela.  Me ha dado siempre tanto pudor verla llorar que tengo ganas de salir corriendo, pero Sonia ha escuchado los ultrasonidos de emergencia y acude en mi ayuda, le presento a Jesús y ambos se sientan en un par de sillas agarrados del brazo.

Busco con la mirada a Ángela, pero ya no la encuentro.

Es posible, ahora que se han hundido los puentes, que no vuelva a encontrarla nunca más, le perderé la pista, no escucharé el eco, quedará tan lejos … Trato de buscarla porque quizás no existan más oportunidades de mostrarle mi exposición de palabras disecadas.

La encuentro sentada en la escalera de incendios, abrazada a sus rodillas, tan pequeña que no cuesta evocar el momento en  que la conocí, a los dieciséis años, en aquel pueblo donde vivían sus abuelos y los de Chema, eran las fiestas y a mi amigo le da algo si no voy  a conocer a la chica especial de la que me había estado hablando a lo largo de todo el curso.  Llevaba un pantalón corto de color rojo, sus rodillas brillaban y no me dio dos besos.  “Los besos hay que ganárselos” me dijo al ver mi sorpresa, puesto que a Chema lo había recibido efusivamente y a mí me tendió la mano.

Situado ahora a su espalda no me atrevo a acercarme, temo que se diluya si pongo una mano sobre su hombro.

-“Siéntate Pablo, no te quedes ahí …”

Acorta distancias con la facilidad de quien lanza un pájaro al aire.

Chema tenía razón.

Era especial, circulaba en bicicleta por todo el pueblo y se paraba, aunque fuéramos en pandilla, a intercambiar unas palabras con cualquiera, anciano o niño, perro, alguacil o cura.  Estaba muy delgada, y al hablar nos miraba como intuyendo lo efímero de aquellos días.  Le gustaba leer, trepar a los árboles, mojarse en el río anudándose la camiseta o subiéndose los pantalones.

Quise ganarme sus besos, tomarle la delantera a Chema, demostrarle que al fin y  al cabo no era tan diferente al resto de chicas que conocíamos, un par de palabras al oído en un determinado momento, un paseo romántico, hablarles de la luna y de los solos que estábamos y … victoria segura.

Gané.  No me importaron los monólogos nocturnos de Chema contándome como había proyectado enamorarla, ni esa baba que se le caía nada más verla.

Ni siquiera resultó difícil.

La noche en que se lo dije me partió un diente de un puñetazo.  Nunca habíamos llegado a las manos.  Esa vez tampoco.  Sólo llego él.  Jamás volvimos a tocar el tema, ellos continuaron siendo los amigos que nadie podía evitar que fueran, con toda esa complicidad y generosidad que tanto costaba encontrarme dentro y que repudiaba en los demás.  Durante varios años mi historia con Ángela estuvo sembrada de intermedios, desencuentros y todas las chapuzas de las que soy capaz.  Siempre sabía donde encontrarla, cómo recuperarla, alfombra roja para los pies de un orgullo imbécil.

Hasta el mismo día que cumplió veinte años.  Llegué tarde a la fiesta, y sin regalo.  Ella no me reprochó nada, pero de haber podido estrangularme con la mirada Chema lo habría hecho al primer vistazo.  Ángela se acercó ofreciéndome un pedazo de tarta de chocolate sobre un plato de cartón, llevaba un vestido azul anudado al cuello, unos grandes aros de plata por pendientes y el pelo recogido sobre la nuca.  Pensé que nunca antes la había visto tan guapa, y sentí el estudiado pretexto que debía poner por haber quedado con una exuberante cajera de supermercado.  Iba a decirle que había olvidado el regalo en casa cuando se me adelantó:  “Felicítame, hoy dejo de torturarme”.  No entendía el juego y no quise parecer idiota.  “¿Y eso?”.  “Que se acabó esta especie de relación que no tenemos, me hace daño y no quiero seguir …”  Aunque levantase los hombros como si no me importara me sentí abandonado.  Empecé a echar de menos todas las cosas que sólo encontraba en ella, pero nunca fui capaz de decírselo.

Y ahora, en estas escaleras, con el amigo muerto que ya no podrá estirar los brazos para que adivinemos en ellos nuestras huellas, mientras desmayadamente Ángela apoya su cabeza en mi hombro debo decirle que hasta hoy cuando la ví llegar al funeral no me había percatado de mi equivocación.  Las casas son gente, su oxígeno mezclado con el nuestro, sus ojos mirando lo que somos, sus manos reconociendo las heridas en nuestra piel … todo lo que habitamos está en el cuerpo de otra persona, y aunque podamos vivir en miles de sitios sólo reconocemos como nuestra una casa.  Una sola casa.

Y es en Ángela donde debería haber vivido siempre.

Le voy a proponer que salgamos corriendo, que aún estamos a tiempo, la gran jugada de Chema, sus mejores cartas, la oportunidad definitiva …

Tiemblo ligeramente.  Quizás ella lo ha percibido y por eso se incorpora.

“Entremos, deben andar buscándote…”

“Espera –me agarro a su mano para encontrar las fuerzas que no tengo- necesito decirte algunas cosas …”

En sus ojos templados y tristes brilla un asomo de curiosidad.

“Ángela como te diría … me he portado tan mal contigo … quisiera…”

Alguien abre las puertas de emergencia y ella suelta rápidamente su mano de la mía.  Es Sonia, su rostro algo fatigado, su inapelable barriga.  “Será mejor que entréis, van a empezar con las lecturas”.

Ángela se apresura a entrar mientras Sonia me espera para colgarse de mi brazo.

Lloro desconsoladamente por todo lo que deja de ser favorable.

Por el tiempo desperdiciado y las capas de cal sobre los argumentos baldíos.

Cómo puede uno hipotecarse por una casa que nunca sentirá como propia.

Ser tan cobarde.

Escondo la cabeza en el cuello de Sonia que no huele a lilas.

Estos poemas de Benedetti y Hernández que sólo Chema entendía…

Esta gente de cara vagabunda …

No quiero volver a ver a Ángela.  No tengo llaves.  Perdí las escrituras.

Algo me dice que ella comprende mejor que nadie lo que supone la muerte de Chema.

La sepultura definitiva de los días azules. 

 

 

 

 

 

EL NORTE DE LOS FUGITIVOS

EL NORTE DE LOS FUGITIVOS

"El ramal de los días forma nudos y nudos
donde se nos enreda
la casa que llevamos siempre a cuestas".

 ("Caracoles".  Arturo Tendero)

Tres semanas tardé en desmantelarlo todo, vender la casa y subir a un tren que nos conduciría a la otra punta del país.  Lucas tenía tres años y se mostraba emocionado ante la posibilidad de viajar en tren, sus mejillas lucían color de aventura, y sus pequeñas manos aferraban con fuerza a su orangután de peluche.  No era muy consciente de lo que estábamos haciendo, huir antes de que reparasen en nosotros, huir por fin…   ni de la muerte de su padre en accidente de tráfico.  Lo veía muy poquitas veces, y aunque Carlos cumplía con el ritual de arroparlo de madrugada y besarlo en la frente cuando venía por casa, no eran acciones que cotizaran en el mercado bursátil del niño.

No viajaba solo antes de producirse el accidente que le costó la vida.

Estrella estuvo hospitalizada meses, tratando de recuperase de las múltiples roturas y contusiones producidas por varias vueltas de campana al salirse el coche en una curva tomada con demasiada velocidad.  Carlos siempre presumió de ser capaz de conducir “con los ojos cerrados”, los coches eran su pasión, y hay pasiones que no sólo te devoran, sino que además desmadejan tu cuerpo en un terraplén, un cuerpo sin zapatos, de párpados entreabiertos, sin alma, estampado junto al de la amante de turno, que no ha perdido del todo la consciencia y gime.

Cuando llegaron al lugar los servicios médicos ella contestó rotunda que era la esposa del conductor, así que al personarme en el hospital, una vez que consiguieron ordenar su documentación y atar cabos, todos me miraban con una extraña mezcla de asombro y misericordia.

“No os preocupéis”, debería haberles dicho, “Yo tenía claro lo que ocurría, antes de Estrella hubo otras, teníamos un pacto de convivencia que nos aseguraba a ambos ciertas comodidades, sólo que él se empeñaba en hacer las cosas a lo grande, nada de esconderse, que todos pudieran ver cómo se las gastaba el cuarentón curtido en el gimnasio, las chiquitas que llevaba de la mano en los eventos sociales …” 

Pero no era momento para explicaciones.  Desde el primer instante descifré en medio del caos la oportunidad de poner tierra de por medio, dejando a la compasión y a la vergüenza como auténticas viudas de pamela negra recibiendo el pésame de una sociedad que mete la basura bajo la alfombra persa.

Representé mi papel en escenas escogidas y breves.  Cuando me entregaron sus cenizas llegué a casa y las arrojé por el retrete, me metí en Internet para anunciar la venta del piso, contacté con inmobiliarias, doné los muebles, sus objetos personales y toda su ropa.  Me despedí del trabajo y de las dos amigas incondicionales que habían asistido a la construcción y el desalojo de mi vida íntima.  Les escribí una carta a mis padres y hermanos para que no me buscaran y el mismo día que entregué las llaves de mi casa cogí las maletas y de camino a la estación recogí a Lucas en la guardería.  Diez horas después estábamos en una ciudad desconocida pero repleta de alternativas y puntos de partida.

No manipulé los frenos del coche.

Hacía dos días que no aparecía por casa y no pude diluirle un somnífero en el vino.

Quiero decir que no huía a causa de un asesinato que no había cometido.

Empezar de cero en cualquier otra parte fue siempre mi asignatura pendiente.

Cuando de adolescente mis padres se empeñaban en trazarme el camino de las relaciones de conveniencia, por la unión de futuros patrimonios y la pervivencia de los clanes familiares, etc, etc.

Cuando por fin me casé con uno de los candidatos aprobados por la censura, dándome cuenta al poco de que aquel tipo no tenía nada que ver conmigo y que dedicaba mucho más tiempo a perfeccionar su imagen frente al espejo que a mirarme a la cara.

Cuando quise retroceder tantas veces en mi vida y no pude.

Por ser la hija de, o la mujer de, o la niña que vive en y estudió en las… habitante de una ciudad entretejida, corredora de visillos, provinciana y metódica.

Cuando me quedé embarazada de Lucas y le propuse a Carlos marchar, conocernos de otra manera, desde el principio, en algún lugar donde se pudiera empezar sin estructuras sobrevenidas, y me miró como se mira a alguien que ha perdido el juicio y contagia la lepra.

Así que decidí sentarme a esperar.  Ser capaz de descifrar en el viento las señales.  El asomo lejano de señal acústica apareció con Estrella.  Ya la voz, un par de veces que yo le cogí el teléfono, me pareció peculiar y cálida.  Distinta al resto de voces femeninas que preguntaban por Carlos con el timbre aniñado, algo empalagoso, como si trataran de modular el tono o estuviesen mascando chicle.   Vino a buscarlo un par de veces sin pasar del portal, pero desde la ventana pude observarla y vaticinar que acabaría enamorándose de él, porque tenía toda la pinta de mujer que se deja embargar el alma por un hombre que la contemple, convencida de que acabará rendido a sus pies.  Curiosamente se creen más auténticas y capaces que el resto de mujeres, aunque los conozcan abandonando a otra para irse con ellas, hecho que puede volver a repetirse cronológicamente y sin remedio.

Estrella fue la única de sus amantes con la que traté de hablar, pero la encontré a la defensiva desde el primer instante, como si fuera a robarle el bolso o a cambiarle su edad por la mía si intercambiábamos más de dos palabras.  Fue extraño el posicionamiento adquirido por ambas, ya que la despechada y legítima, dispuesta a quemarse viva para conservarlo a su lado, era ella.

Mostraba ojos brillantes de gata rabiosa, y aunque sé que en el fondo intuía que lo que le estaba contando era verdad, que acabaría siendo cierto, no quiso concederme el beneficio de la duda ni más de cinco minutos de respeto.

No volvimos a coincidir.  A Carlos le pareció divertido que tratase de asesorarla sobre lo perjudicial que resultaba mantener una relación con mi marido … “Déjala, sabe lo que hace, tiene una fantástica capacidad de entrega,  sería capaz de quemarse a lo bonzo por mí …”

Casi resultó profético.

Poco antes de morir ya comenzaba a darle largas y tratar de evitarla.  Se estaba asfixiando.

En la nueva ciudad nadie me reconocía por la calle, éramos invisibles.

Los primeros días nos alojamos en un hotel, después encontré enseguida un piso amplio con un alquiler asequible, colegio para Lucas y un trabajo de Administrativa para mí.  La fortuna de no tener carencias económicas resultó determinante.  Los bienes gananciales, junto a la venta del piso y el seguro de vida de Carlos nos dejaron en una posición de partida sin apuros.  Aún así yo quise organizarme la vida, saber con qué ingresos contaba, jugar al Monopoly con piezas de verdad.  Nunca creí que fuese tan despegada, sin un asomo de nostalgia ni pretensiones de asomarme al balcón del pasado.  Era mi única oportunidad de ser emprendedora tratando de ganar la carrera y no me detuve ni dudé.

Lucas creció a velocidad de vértigo, fue haciendo amigos que venían a merendar a casa, le gustaban todos los deportes, salíamos de excursión los domingos y necesitábamos ver el mar aunque hiciese frio y el agua salpicara nuestros pies fugitivos.

Siempre le conté la verdad.

Un padre fallecido es un hecho absoluto para ganar el favor emocional.

La dureza de salir adelante sola, confeccionar un hogar habitable, ofrecerles a otros la vida como se guarda envuelto en una servilleta el mejor pedazo de pastel … la historia nos convierte en heroínas si no le damos la espalda.

Tenía Lucas siete años cuando le abrió la puerta a aquel investigador que no necesitaba presentarse, olía a detective por los cuatro costados, aún sin lucir gabardina ni sombrero de ala ancha, ni apestar a tabaco negro.  Lo había estado esperando desde que me fui, así que no me sorprendió su aparición estelar en mi rellano, con sus ojos de lásser escrutando todo lo que alcanzaba a ver, anotando en la memoria para un informe posterior que era martes y la casa olía a guiso de lentejas.

Le dí a Lucas dinero para que comprase el pan y unos cromos en el kiosco de abajo.  Cuando se fue parecía que el hombre había adivinado el poco tiempo que yo iba a concederle, pues rápidamente comenzó a hablar.  Cumpliendo órdenes de los padres de Carlos y los míos me comunicaba que habían dado conmigo, uno no se borra del mapa, señora, huir es prácticamente imposible, si se quiere investigar no hay agujero seguro … muy bien, me doy por enterada, ¿algo más?, el niño, usted está en su derecho de aislarse, pero los abuelos quieren mantener el contacto con su nieto, saber de él y que él sepa que se interesan, ya me entiende …  Pues no, la verdad, no entiendo como puede uno dedicarse a esto que usted hace, un escarabajo pelotero, revolcándose en la mierda de los demás para sacar partido, vigilar a la gente, saber de qué color son las bragas que una tiende, a qué hora sale del trabajo, con quién se acuesta y con quién se levanta, la cara que pone cuando folla, le ponen una multa o saca al perro de madrugada …Qué asco, la verdad, fuera de mi casa y dígale al mensajero que se persone y de la cara si quiere algo. Aunque él era más corpulento que yo no sé como le fui arrinconando hasta la puerta, me quemaba la garganta y disparaba las palabras.  El hombre estaba pálido y trataba de defenderse sin terminar ninguna frase.  Llegó Lucas y el detective aprovechó la coyuntura para escabullirse.

Con los padres de Carlos fue relativamente fácil.  Una llamada de teléfono en la que les propuse que podían venir a estar con su nieto o que su nieto pasase temporadas con ellos a cambio de que yo comunicase en los sitios precisos los pormenores sobre los negocios sucios de su hijo, sus enfermedades venéreas y otros secretillos familiares de los que no salían precisamente bien parados.  No te atreverás, si tú eras una mosquita muerta …  Pónganme a prueba.  No lo hicieron.

A mi madre le escribí una carta apelando a su sentimiento maternal y a mi derecho de encontrar una vida propia y plena.  Le recordé todas las veces que había hecho la maleta durante mi matrimonio pidiéndole cobijo, cuando todo lo que obtuve a cambio fue una manzanilla caliente y unas palmaditas en la espalda, además de consejos sobre la resignación mientras me conducía en su coche de vuelta al domicilio conyugal.  Detallé las escasas ocasiones en las que había venido a visitar a su nieto durante los tres años que lo tuvo cerca, dado lo apretado de su agenda social, y aquellos comentarios sobre lo morenito que había salido, una lástima, con lo guapo que era su padre de pequeño …

Sabía que durante un tiempo me dejarían en paz, pero volverían a la carga porque no estaban educados para tolerar un NO.

De momento me conformaba con el margen suficiente para coger resuello y atrincherarme, después vería.

Conocí a Ricardo en las postrimerías de una relación intermitente con un compañero de trabajo.  Venía por casa a menudo antes de que iniciáramos cualquier acercamiento afectivo.  Era el padre de Aitor, un amigo de Lucas que como vivía al lado nuestro pasaba frecuentemente a jugar o hacer los deberes.  Me encontré de frente y sin pretenderlo con una mirada diáfana, algo huidiza,  perteneciente a un rostro sereno cuya expresión  te acogía siempre como si hubieses pasado la noche a la intemperie.  Se había separado de su mujer cuando Aitor apenas se iba solo, de mutuo acuerdo decidieron que sería él quien tuviese la custodia del niño.  Ella se marchó a vivir fuera y venía un par de fines de semana al mes para estar con su hijo.

Me resumió su situación una tarde de Noviembre en la que llovía torrencialmente y los terrones de azúcar simulaban sobre el café los obstáculos del camino.  Los niños ponían películas en el Cine Exin y nosotros comenzamos a mirarnos a través de la piel de la cara buscando pepitas de oro, manantiales de esperanza.

Fue claro desde un principio.  Seguía enamorado de su mujer, convencido de que un día regresaría al hogar familiar, harta de las excentricidades y egoísmos propios del artista bohemio con el que se había ido.  Su vida entera consistía en  preparar la escena para el regreso, demostrarle lo que había dejado atrás, el precio maldito de las pasiones revolucionarias.

Aún así me enamoré de su incondicional manera de estar enamorado, de cómo me besaba fugazmente en los labios, después de retirarme el pelo de la cara, de verlo arropar a los críos en sus camas mientras les hablaba de fútbol y de la tarta casera que prepararían al día siguiente.  Me enamoré porque él me pidió que no lo hiciera, y porque creí que tiraría la toalla cuando pasase el tiempo y ella no volviera.

Pero lo hizo.  Llegó para preparar la comunión de Aitor y ya no se marchó.  Cuando Ricardo vino a la sesión de explicaciones yo ya había podido comprobar en la predicción de su rostro que conmigo nunca se asomó a la felicidad como se estaba asomando en aquel momento.

“Va a ser que siempre te fijas en el hombre equivocado”, sentenció Lucas cuando por la noche, ante una película cómica yo no pude evitar llorar amargamente.  Desde ese día, el regazo de mi hijo se convirtió en una coordenada segura.

No cambiamos de  Colegio pero sí de barrio porque me resultaba insoportable el encuentro con ellos, percibir el olor de él sobre el pelo de ella cuando la tenía delante en la fila del supermercado, verlo conducir agarrado a su rodilla, las anécdotas familiares que contaba el niño …

Otro piso volvió a convertirme en fugitiva que pinta paredes y hace mudanzas, que se inventa una vida cósmica en los cubresofás y en las fotos nuevas que enmarca donde aparecen personajes de paso que no la intuyen, porque cuando desconoces el pasado faltan piezas para terminar el puzzle y el personaje camina ladeado, entre dos fronteras que no convergen.

Lucas llegó a la adolescencia sin disturbios, no había heredado la prisa ni la inconsciencia paternas.  Era buen estudiante, más de letras que de ciencias, tenía como referencia al grupo de siempre desde que comenzó la Educación Infantil cuando llegamos, iba al instituto en bicicleta, cocinaba los sábados y a casa llamaban muchas chicas preguntando por él.  “Las chicas sienten curiosidad conmigo mamá, dicen que soy un poco marciano …”  No se mostraba especialmente locuaz; con respecto a su pasado, antes de la deserción que ni siquiera recordaba, tenía un vacío repleto de interrogantes, pero parecía vivir asumiéndolo, como quien nace con una deficiencia.

Decidimos celebrar su mayoría de edad por todo lo alto, alquilando un local, repartiendo invitaciones, vendrían a tocar unos amigos de Lucas y pondríamos hasta un libro de firmas a la salida.

Cuando por fin llegué a casa con las llaves del local idóneo para la fiesta no esperé al ascensor y subí las escaleras de dos en dos.  Había resultado difícil hallar un espacio apropiado, pero lo habíamos logrado, tenía unas ganas tremendas de contárselo a Lucas y darle las llaves para que fuese llevando cosas.   Llegué sin resuello al tercer piso y toqué repetidas veces el timbre.  Entreabrió la puerta despacio, con una seriedad opaca que se daba de bruces frente a mi entusiasmo. “Espera mamá, pasa una cosa …” dijo en voz baja cubriendo el hueco de la entrada.  Pero no le escuché, me metí hacia dentro llevándomelo por delante, “Ven aquí –le dije conduciéndolo de la mano hasta el salón- tengo una gran noticia …”

Pero la gran noticia estaba sentada en mi sofá de color naranja, en el borde del sofá que la gran noticia nunca hubiera comprado para sí, porque cualquier sofá que se precie debe ser de piel, con enormes reposabrazos y orejeras.  La gran noticia tiene cuatro piernas y dos sexos, fuma tabaco en pipa, luce pulseras de oro con  medallitas colgando, tiene canas porque los años no pasan en balde, pero no me dan menos miedo por ello…

Kilómetros de tristeza, años en sombra después, mis padres estaban en el salón huído de mi casa fugitiva.

Traté de no mirarlos de frente, sobre la mesita baja había unos cuencos con cacahuetes y aceitunas y unas latas de refresco.  Un rayo de sol atravesaba  de lleno el cristal de los vasos.  El tiempo que pasaron con mi hijo aprovechando mi ausencia comenzaba a dolerme.  Noté como mi pulso trepaba por mi garganta.

Mi madre se acercó hasta mí y me besó sin apenas rozar su mejilla con la mía.

Olía como siempre.  Acidez extrema.

“Estás muy bien cariño, tienes un hijo estupendo”.

Mi padre estaba concentrado en comer aceitunas, como si lo que ocurría no fuese con él y lo hubiesen traído para hacer bulto.

“¿Qué queréis?”

“Ven – dijo mi madre moviéndose con familiaridad por el salón- sentémonos y hablamos”

Mis extremidades no reaccionaron, como si un yunque pendiese de ellas hacia el centro de la tierra.

“No voy a sentarme, decirme ya a qué habéis venido”.

Mi padre emitió una especie de gruñido ronco mientrasmi madre se estiraba el borde de la falda sentada de lado en el canto del sofá.

Lucas carraspeó estorbando mi campo visual para colocarse entre ellos y yo.

“Mamá, quizás deberías…  hazlo por mí…”

No por favor Lucas, vámonos, salgamos corriendo, no los mires, tápate los oídos, vente conmigo, te necesito Lucas, tú eres mi triunfo, mi compañero de viaje, mi libertad …

Mansamente permití que me acompañase frente a ellos y ambos nos sentamos en un par de sillas.

Fue entonces cuando Carolina de Irizábal comenzó a hablar y mis ojos se humedecieron porque ya no podrían evitar que mi vida cambiase.

Mis hermanos no han tenido hijos varones, Carlos no tenía hermanos y sus padres se han quedado sin nietos.  Jubilaciones, herencias, códigos familiares, recompensas de amor a golpe de talonario, haciendas, puntos de partida acolchados, intereses, dinero, futuro, apellidos, sangre, tiempo perdido, el tiempo que no nos queda, el tiempo por delante que Lucas tiene, tiempo para volver, tiempo para querernos, tiempo para olvidar, para regresar, para decidir, se acabó la carrera, se acabó la aventura, basta de tonterías …

Tantas palabras tabicaron mis oídos, no era capaz de escuchar nada más, alfileres en los tímpanos.  Sin embargo, aunque Lucas me cogía de la mano les miraba a ellos y de vez en cuando asentía con la cabeza.  Carolina hablaba gesticulando sin parar, mi padre sonreía levemente, el triunfo tenía sabor de  cerveza sin alcohol y todos los años por los que mereció la pena esperar.

“Realmente me encuentro mal” conseguí pronunciar escapando precipitadamente al baño para vomitar mi amargura.

Me estaba mojando la cara cuando les oí despedirse en la entrada, escuché el sonido de unos besos, un vigoroso apretón de manos entre abuelo y nieto …  “Estaremos hasta mañana por la noche, llámanos al hotel”.

La puerta se cerró, el silencio poblado de significados en que quedó envuelta la casa me debilitaba, vapuleando una resistencia de domingo en parque de atracciones que nunca sirvió para plantarle cara a la realidad.

La figura delgada, algo cargada hombros, de Lucas apareció en el cuarto de baño.  Se situó detrás de mí y hablamos reflejados en el espejo.

“Si vivieras en una casa que tuviese una habitación prohibida, cerrada con llave, a la que quieres entrar pero no sabes ni puedes ¿qué harías?”

“Me cambiaría de casa Lucas”

“Ya, pero no dejarías de pensar en esa habitación a la que nunca te pudiste asomar”

La gran fiesta para celebrar su mayoría de edad se convirtió en su fiesta de despedida.

Ví a mi hijo moverse entre los invitados como un anfitrión experto, con una soltura propiciada por la curiosidad de volver atrás instantáneamente para conocer lo que le aguardaba.

De repente tenía tíos, primas, abuelos, casas nuevas, gente alrededor que lo habían buscado y le estaban esperando… y se sentía emocionado, asustado y feliz.

Intentó convencerme para que viajase con él, pero mi huída ya era mítica y no podía difuminarse en el mismo punto de partida.

Quedamos en que sólo serían tres meses, que regresaría para empezar el curso en la Facultad de Filosofía y Letras, que me llamaría todos los días …

Pero cuando subió al tren que lo deportaba, agarrado a su bolsa de viaje, pálido y extrañado, yo ya sabía que no regresaría, al menos no para vivir conmigo en mis casas con ruedas que no tienen habitaciones selladas, porque lucía en las mejillas luz de aventura, la misma luz que lo había traído aquí, a la ciudad de los pasados invisibles.

Me marché de la estación antes de que el tren partiera, sin mirarlo, entendiendo que hay madres capaces de asesinar a sus hijos evitando que se los arrebate alguien que no podrá quererlos como ellas.

Cinco años después, Lucas ha terminado Empresariales y va a dirigir varias empresas de la familia.

No me llama todos los días, pero sí muy a menudo.

“Qué necesitas madre, dime lo que necesites”

Mojarnos en un mar embravecido las puntas de los zapatos.

Convertir en aviones de papel todos los secretos, para que perezcan en el agua grisácea de los charcos.

Elegirnos sin condiciones.

 

 

 

 

LA TUMBA DE FEDERICO

LA TUMBA DE FEDERICO

Ayer se publicó que los herederos de García Lorca permitirán la apertura de la fosa donde yacen los restos del poeta, que al parecer y desde Agosto del 36 están depositados en un barranco situado entre las localidades de Viznar y Alfacar junto a los de un maestro y dos banderilleros, asesinados también aquella fatídica noche.  Me alegré de estar viva ayer, y conocer esa noticia.  Para mí no se trata de hacer justicia, porque tantos años después y con tantos muertos a las espaldas no existe justicia reparatoria, dentro de esta moda creciente de la Memoria histórica.  Los que quieren saber saben, conocen, se documentan, han estado cerca de quien a su vez tuvo la mala suerte de estar allí, en todos los días de aquella guerra y su posguerra, y finalmente se forman un criterio y se posicionan.  La vida tiene muchas ventanas a las que asomarse.  Los que miran para otro lado considerando que agua pasada no mueve molino, que aquello nada tiene que ver con esto, y que bastante guerra tenemos con la de todos los días, están en su derecho.  Yo no sé si la historia llama a la puerta, pero genera y pare esta otra historia con la que nos encontramos ahora, después de que mucha gente anónima se haya dejado la piel tratando de garantizar derechos universales.  Mirar hacia atrás lo suficiente, sin enquistarnos, nos proporciona honestidad con el presente. Estoy de acuerdo con eso de que a los muertos hay que dejarlos descansar en paz, pero creo que ellos nunca lo harían en el lugar donde otros decidieron arrancarles de cuajo  la vida.  Nada devolverá a las familias tantos años de silencio, pero el poder hablar de esto, remover la tierra, investigar, respetar las decisiones de unos y de otros, creo que nos hace a todos más libres.

Quiero dormir un rato,
un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto;
que hay un establo de oro en mis labios;
que soy el pequeño amigo del viento Oeste;
que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.  ( Fragmento de"Gacela de la Muerte Oscura".  Federico Gª Lorca)

"LA NIETA DEL SEÑOR LINH"

"LA NIETA DEL SEÑOR LINH"

"La nieta del Señor Linh"

Autor: Philippe Claudel

Editorial: Salamandra

Que este libro se publicará en once idiomas quiere decir, entre otras muchas cosas, que es una historia unánimemente emocional y humana, sea cual sea la cultura y el pais que la reciba.  Y que hay que propagarla, difundirla, echarla a volar para que aterrice en manos de quien se deja conquistar por las palabras.  Narra con frases cortas, depuradas y casi diría que perfectas, una gran aventura.  Aunque no lo parezca lo es. El señor Linh huye de una guerra que ha acabado con su familia y destrozado su aldea. La guerra le ha robado todo menos a su nieta, un bebé llamado Sang Diu, que en su idoma significa "Mañana Dulce".  Abrazado a ella desembarca en un país extranjero cuya lengua ignora.  La soledad, el exilio, el miedo ...  y la tabla de salvación que suele significar siempre la amistad son los pilares sobre los que se asienta esta novela breve, cargada de sencillez y emotividad, con la que he llorado, he sonreído y he recuperado la fe en algunos aspectos del género humano.  Es una leyenda sobre la incondicionalidad... qué más puedo deciros.

(Que me la regaló Ana después de que yo ganara mi primer concurso literario con "Las Hijas de Irene", y que para mí supone un regalo de valor incalculable por todo lo que transmite).

FELIZ CUMPLEAÑOS

Faltaban pocos minutos para las doce de la noche.  Pregunté a la matrona si nacería el día trece y me contestó sonriendo que no era momento para supersticiones.  No lo eran, otra gente conocida y querida cumple años el trece y yo quería un día para el solo.  Así que nació en los últimos minutos del doce de Septiembre del 2000 con sus enormes ojos muy abiertos.  Por fin nos conocíamos.  No es ni será lo único que he hecho en y con mi vida.  Pero sí lo mejor.  Indiscutiblemente.  Me ha devuelto un tiempo privilegiado que es el de la infancia, a través de la cual he podido recuperar y reconstruir parte de la mía.  Le doy las gracias por todas las cosas a las que aporta sentido, y por su ilusión contagiosa.  También les doy las gracias a todas las personas presentes en su vida y empeñadas en estarlo.  Daniel es un tipo extrovertido, afectuoso, sensible, risueño y solidario.  Cabezota, distraído, charlatán, cotilla ... tremendamente niño apasionado que nos ha hecho factible el día a día.  Como sin su padre estos ocho años no hubieran sido los mismos ni Daniel tampoco, también le doy las gracias por ser como es y tratar de hacerlo lo mejor posible.  Está comenzando a descubrir la poesía, así que le dejo aquí una archiconocida que le gusta mucho.

Muchas Felicidades y Cuarto y mitad de besos para la hucha (sácalos cuando los necesites, de uno en uno).

"EL LAGARTO ESTÁ LLORANDO"

      

 

El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer
su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo,
ay, su anillito plomado!

Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran,
¡ay! ¡ay! cómo están llorando!

Federico García Lorca