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MARTES DE CENIZA

NO TENGO, NO SOY

NO TENGO, NO SOY

No tengo.

                     

Tiempo para bocas sin dientes,

ojos que no parpadean,

laberintos de cristal.

 

Siempre me incorporo tarde a la vida,

con la urgencia decisiva

de quienes no queremos sellar nuestros labios

ni pisar bultos sospechosos bajo la alfombra,

aunque sepamos que delatar al enemigo

es encumbrarlo,

perdiendo la piel y la cordura

en inútiles batallas

de kamikazes enamorados.

 

No tengo.

 

Ganas, fachada ni cuerpo

para soportar carcajadas de dictadores borrachos,

pequeños pies de princesas incomprendidas,

legados de historia que reclaman su lugar en el mundo

tras haber perdido la guerra de siempre,

esa que no deja cerrar sus heridas

porque ni siquiera recuerda donde las tiene.

 

Es cuando está vacío el aire.

Vacío de palabras, de sentido,

de miradas que nos lleven a alguna parte habitada

donde se enciendan hogueras después de la lluvia

y canten los búhos.

Donde alguien nos espere a cualquier hora,

a pesar de las infracciones,

de los besos envenenados

y del olvido.

 

No tengo.

 

Alma de superviviente

ni de vencida.

 

Sólo alma viva.

 

 

 

MAYO Y JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO

MAYO Y JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO

Probablemente existan uno o varios estudios, investigaciones literarias o ensayos que hablen de por qué sobre los poetas de la generación del 50 se cernieron nubes negras, desasosiegos marchitos que a algunos de ellos no los abandonaron nunca... Ser un niño de la guerra y autor de posguerra debe suponer un motivo sumatorio.

Es el caso de José Agustín Goytisolo (Barcelona, 1928-1999), hermano mayor de los tres que han hecho historia dentro de la literatura española.  En 1938 su madre muere a consecuencia de un bombardeo franquista, suceso del que no podrá despegarse nunca, llamando posteriormente a su hija con el nombre de la madre perdida, Julia,  que da lugar a uno de sus poemas más famosos “Palabras para Julia”, cantado por la voz incomparable de Paco Ibáñez.  En 1993 “Elegías a Julia Gay” recoge todos los versos de tema materno. Ganó el Premio Adonais en 1954 con “Salmos al viento”.  Se convierte en el poeta más famoso de un grupo lejano al academicismo, comprometido con el movimiento comunista, con la vida noctámbula y bohemia (Caballero Bonald, Valente, Gil de Biedma, Ángel González ...).

Con el tiempo se enquista y otros poetas de su generación le toman la delantera, traduce magistralmente a poetas italianos y catalanes, y todavía va publicando algún que otro libro irrepetible como: “Taller de Arquitectura” (1977)  o “Como los trenes de la noche” (1994).

A finales de 1995 ve la luz su última publicación: “Cuadernos del Escorial”.

Acuciado por fuertes depresiones se suicida arrojándose desde el balcón de su casa el 19 de Marzo de 1999.

Seguramente también habrá estudios que recojan la teoría de que sólo una mente atormentada, castigada, en reflexión permanente, podría haber dejado versos para la historia tan increíbles como estos:

 

"Quiero decirlo ahora
porque si no después las cosas se complican.
Soy peor todavía de lo que muchos creen.
Me gusta justamente el plato que otro come
aburro una tras otra mis camisas
me encantan los entierros y odio los recitales
duermo como una bestia
deseo que los muebles estén más de mil años en el mismo lugar
y aunque a escondidas uso tu cepillo de dientes
no quiero que te peines con mi peine.
Te explico estas cuestiones
porque si todo vuelve a comenzar
no me hagas mucho caso, acuérdate.” (Si todo vuelve a comenzar- Jose Agustín Goytisolo)

 

El libro de Cristina Rota

El libro de Cristina Rota

Cuando pronunciamos su nombre nos suena a cine, teatro, actores y actrices, Directora de una escuela de arte dramático, formadora inagotable de artistas, inconformista, luchadora, en reconstrucción permanente, madre de Juan Diego Botto, de María y de Nur, compañera hasta el final de Diego Fernando Botto, otro actor, otro rebelde con causa, desaparecido y hecho desaparecer, como si se tratase de un macabro truco de magia, durante la dictadura argentina.

"Diré que te recuerdo" (Espasa Calpe, 2008) es mucho más que un libro de memorias.  Se trata de abrir de par en par las ventanas del alma, y que entre la luz del sol, el aire, y con él la rabia, la melancolía, el instinto de supervivencia, y sobre todo la fe en las cosas y en las personas.  Es una historia cargada de proyectos constantes, como una muñeca rusa que encierra otra, y otra más, sin llegar nunca a la última y más diminuta.

Ante todo Cristina Rota ha querido homenajear a una generación que trató de construir una sociedad más justa, aún a sabiendas de que se trataba de una actitud heróica e idealista, gorriones aplastados por elefantes.  Pero no quedaba otra que comprometerse.  Siempre.

La vida de Cristina (La Plata, 1945) es una permanente huída hacia delante, mirando atrás, comprendiendo el pasado, con los bolsillos y las manos llenas, levantándose cada mañana dispuesta a aprender, a mejorar y a disfrutar.  Un recorrido intenso en el que se puede llegar a perderlo todo, excepto los valores fundamentales.  Su pasión por todo lo que ha emprendido y emprende cotidianamente emociona.  Su texto es pedagogía social en cada línea, emoción y aprendizaje.

"He ganado el derecho a desocultarme y a pronunciar lo silenciado, que es esa marca, ese sello de ser de esos sudacas que viniveron en un momento político inadecuado y con la única maleta posible en el exilio: sus ideas y su conocimiento"

Un libro que a nadie deja indiferente.

PAISAJES EN BLANCO Y NEGRO

PAISAJES EN BLANCO Y NEGRO

¿Recuerdas

los territorios comunes?

                       

El mes de Agosto,

una canción,

ciertos escalones,

la hierba mojada,

los días soleados,

una tarde de sábado,

creer que la vida

nos besaría en la boca

dejándonos dormir ...

 

La juventud es un espacio protegido del viento

donde siempre llueve.

Un lugar

constantemente precipitado.

 

Guardábamos nombres sagrados,

la religión del deseo

escondida bajo la almohada,

maravillosos sueños imposibles

que desde el primer momento

comprendimos que lo eran,

pero no por ello dejamos de amarlos.

 

Esa ceguera febril y apasionada

lanzándonos a las calles vacías,

a madrugadas de insomnio

y carreteras secundarias.

Esa dulce ceguera atormentada

que no estaba escrita en los libros,

pero predominaba como una epidemia,

saltando por los tejados

y apostándolo todo al mismo número

siempre al mismo número.

 

Aunque tú no lo sepas

ni tus pies tengan memoria,

caminamos a la par

sobre zonas francas;

en ese tiempo acompasado

fue donde debimos encontrarnos,

justamente allí

y no después,

no siempre tarde,

provocando a los relojes,

volcándonos la vida.

 

Robarle a las cosas su naturaleza

es hacerlas inservibles.

 

No volveremos a entender una mirada

al primer vistazo,

ni a besarnos de la misma manera.

Porque nos mintieron.

Nos mentimos.

 

La vida nunca se acaba.

 

 

"CAZADORES FURTIVOS"

"CAZADORES FURTIVOS"

"Porque mi voz sin tu boca

no sabe hacer bonita la tristeza"

(ABSENTÍA-Paula Álvarez Carnero) 

 

 

 

Lo conoció en la helada mañana del primer día del año.  Aún poblaban las calles  últimas posibilidades ya dispersas, sonaban huecos bajo los zapatos esos instantes que creen en la magia de una noche, el tiempo volvía a ser despiadado y se echaban en falta las sábanas calientes de una cama resguardada de tópicos.

La fortuna de encontrar un taxi que los devolviera al conformismo, y a sus realidades pequeñas y cotidianas engalanadas de fiesta, se estaba convirtiendo en una quimera evanescente difícil de alcanzar.

Aunque nadie la estuviese esperando Onia sentía la prisa lacerándole los talones, como si llegara tarde a trabajar.  Sentía la premura de desaparecer arrebujada en el asiento de atrás del coche, quitándose los zapatos y viendo pasar las calles vacías inmersa dentro de una vieja película.  Caminando a pasos desbocados por la acera reparó en él, y en esa indolencia triste del que espera sin el menor sufrimiento, conforme con el vacío y las circunstancias.  Abrazado a las rodillas miraba al suelo con media sonrisa, como quien sentado a la orilla del mar es consciente de que tarde o temprano las olas llegarán a cubrirle los pies.  Tenía el cabello abundante y oscuro, desorganizado en ondas sobre las que la gomina había perdido todo su poder.  Onia descubrió con sorpresa su repentino deseo de acariciar la nuca de aquel desconocido sentado en el bordillo de la acera.  No era una mujer impulsiva, pero debió contenerse para no tomar asiento junto a él y hundir los dedos entre su pelo.

“¿Vas muy lejos?” le preguntó queriendo provocarle para que reparase en ella.

Él levantó la cabeza y la miró como si la conociese.  Tenía una boca grande, de labios finos que formaban al hablar pequeños dibujos de vida propia.

“De momento no voy a ninguna parte ¿y tú?”

Esa voz algo aniñada, pero tremendamente cálida, le recorrió mediante un escalofrío la espina dorsal, por lo que se levantó aún más las solapas del abrigo protegiéndose en ellas.

“Si quieres compartimos el primer taxi que venga...”

Él se puso de pie sacudiéndose los restos de batalla nocturna sobre el traje elegante, con el nudo de la corbata deshecho y un clavel marchito en la solapa.

“Mejor compartimos un café, si no te importa, luego nos vamos a casa, me llamo Alfredo...”

Se dieron dos besos  en medio del tráfico escaso y el último bostezo de la mañana, en un cruce de avenidas principales que los miraban expectantes e incrédulas.

Aún no sabe porqué lo siguió, porqué se dejó coger del brazo y desayunar el primer día del año junto a un hombre insospechado.  Sí es consciente de que no pudo hacer las cosas de otra manera.  Tomaron café con leche y churros en una cafetería sucia en cuyo suelo se pegaban las suelas de los zapatos.  El camarero parecía recién llegado de una travesía por el desierto, silencioso y con cara de pocos amigos veía saltos de esquí en una televisión sin sonido.  Comenzaron a hablar al amparo de una comodidad que parecía surgir de los terrones de azúcar.  Viéndolos, nadie hubiera supuesto que acababan de encontrarse por primera vez.  Onia le contó que había pasado la noche junto a unas antiguas compañeras de instituto,  casi todas emparejadas y algunas ya madres, que se habían tirado las horas mirando el móvil o discutiendo con sus maridos sobre lo mucho o lo poco que bebían, la comida familiar del día siguiente o los nuevos propósitos para ese año que comenzaba en el borde de sus copas.

“¿Me estás diciendo que todo el que se casa se convierte en un idiota de catálogo?” Le preguntó entre divertido y curioso, investigándola con la mirada.

“Algunas personas sí, la verdad ...” y sin saber porqué sintió un asomo de vergüenza al responder y algo de calor en las mejillas...

“Pues tomo nota de lo que dices porque yo me caso pasado mañana, esta Nochevieja he celebrado mi despedida de soltero.”

Ella se echó a reir agradeciendo la ocurrencia, pero lo miró y se dio cuenta de que hablaba en serio.  Fue cuando a través de los labios de Alfredo conoció a Raquel, la compañera de estudios, la vecina de barrio, la amiga incondicional.  Y casi estuvo a punto de decirle en medio de aquel monólogo que duró mucho rato, que el tipo de mujer que estaba describiendo no era el apropiado para contraer matrimonio, sino para ocupar su lugar, al margen de las miserias sentimentales, en el equipo básico de los imprescindibles.  Pero se abstuvo de opinar porque su argumentación partía de los desengaños y se salpicaba a veces de dolor y de rabia perdiendo consistencia, así que lo escuchó porque eso era lo que él quería, y aunque la mañana fuera consumiéndose en un tiempo inanimado de festivo sin retorno, ya no le dolían los pies, ni tenía sueño.

Desabrochándose los botones superiores de la camisa, como en un esfuerzo por coger aire, le contó que él no tenía prisa por casarse y al parecer ella tampoco, pero se habían visto inmersos en la vorágine comprometida de un noviazgo largo, las familias que se conocían mucho entre ellas insistiendo, parejas de amigos pasando por el altar...  total, un paso más,  aunque en el fondo supieran que ya nada sería como antes, quedar para ir a buscarla, los bares de siempre, los refugios acostumbrados, las charlas en el coche, las habitaciones separadas...

Onia sintió una punzada de espanto en la boca del estómago, como si Alfredo la estuviese raptando hacia sus miedos o ella hubiese caído en la trampa de la indefensión y el azar.  Pero en ese mismo instante el terminó su monólogo y se percató del desconcierto de su compañera.

“Discúlpame, te estoy dando la lata, seguramente alguien te estará esperando...”

Onia pensó que no había llamado a su hermana para decirle que llegaría tarde a la reunión de cada año nuevo, todos los hermanos con sus parejas, los sobrinos, la abuela, sus padres estaban en un viaje del Inserso y ella debía llegar a la hora exacta con el postre y sin Jorge, su pareja durante los últimos cuatro años, lo habían dejado definitivamente un mes antes y ella  todavía no les había dicho nada.  No soportaba el revuelo a su alrededor, la expectación tratando de diagnosticar cualquier síntoma de melancolía, las miradas compasivas y los reproches fluyendo como pajarillos descuidados entre polvorón y polvorón.  Y entonces decidió no ir, entregarse a la marea del destino sin mirar atrás, como quien salta sobre una catarata.

Cerró el bar a mediodía después de varios cafés con leche y sustanciosos resúmenes de sus vidas.  Probablemente pensaban que no volverían a verse, se sintieron enfermos terminales de presente, y comieron juntos en el piso pequeño de Onia, canelones congelados, fruta, descorcharon champán mientras se miraban a hurtadillas tratando de descifrar el hilo conductor que había provocado el encuentro.

Él la besó cuando ya había anochecido, la puerta estaba abierta y él en el rellano dispuesto a marcharse.  Pero si no hubiese sido Alfredo habría sido Onia deteniendo el ascensor o bajando descalza a la calle, porque después de todo ya no podía quedarse sin la entrega irreal, fuera del mundo, de un beso.  Los labios se fusionaron en un último intento de olvidar la realidad, y Alfredo se marchaba a la mañana siguiente preguntándole dónde había estado metida todo este tiempo y prometiéndole que la llamaría.

Ella sabía de las promesas que huelen a papel quemado, de los silencios del teléfono rebotando en las paredes, contra los cristales, de lo que ocurre cuando vuelves a pisar el felpudo de tu casa y te sientas en tu sofá y alguien desde el pasillo te llama por tu nombre de pila...  Nunca esperaba demasiado y menos en aquélla ocasión.  Procuró no volver a pasar por el lugar donde se había producido el encuentro para no revivirlo, para no volver a sentir el hormigueo irrefrenable de los dedos empeñados en acariciarle el pelo. 

El mismo día y a la misma hora en que se estaba celebrando el enlace Onia compraba en el mercado, y tuvo la sensación de que los pescados y la fruta expuesta cobraban vida para reírse de ella. 

Siempre llegaba tarde a las puestas de sol y a los destinos prometidos.

No resultaba cómodo empujar los días atascados, los días nostálgicos que se han dado cuenta de que la vida es una partida de cartas marcadas, un reparto claramente injusto de bienes gananciales, y se molestaba añorando los labios horizonte de mar, cuerda de funambulista, y aquellas manos de bolero.

Pasaron semanas en las que el frío y el silencio construían en su casa palcos de honor.  Aguardaba sin saber porqué, bajo el agua de la ducha, sentada frente al televisor, preparándose la cena ... de repente detenía sus quehaceres cotidianos y aguardaba, tratando de descifrar un ruido imperceptible, una señal de que todo puede cambiar y el futuro comienza dentro de un bolsillo roto.

Volvía de la oficina con ganas de envolverse en una manta y escuchar las noticias que siempre parecen ocurrir en los mundos de otros cuando sonó el teléfono, la llave no quería salir de la cerradura, así que tuvo que maldecir dejándola allí dentro mientras atendía la llamada.

“Invítame a cenar”

Como si nunca se hubiese marchado.

Como si nunca hubiese sido Nochevieja, día primero, día viejo ya ...

Como si fuese otro hombre para siempre en su vida.

La cena duró dos días.  Ella no le preguntó nada.  Había asumido que estaba dispuesta  a recibirlo así, a ráfagas, durante un presente concreto, tiempo indefinido de momentos, sólo de momentos.

Compartieron algún fin de semana fuera, la mitad de las vacaciones, los días no complejos de cada Navidad, y transcurrieron cinco años en episodios de una relación que parecía, pero no era.

Alfredo de vez en cuando nombraba a Raquel y Onia entendía el lugar que ocupan las personas y como el tiempo teje redes, caminos inequívocos.  Ella había entrado por la puerta de atrás, lejos de cualquier hora razonable, nada podía pedir.

Un lunes cualquiera de trabajo, durante el descanso, una compañera contaba como había sido la boda de una íntima amiga suya, y fue pasando las fotos para que todos pudieran verlas.  Onia se asomó a ellas sin ganas, pero procurando no ser descortés.  Entonces lo vió.  Vió al novio, que se llamaba Alfredo aunque la compañera se empeñase en llamarlo Guillermo, hubiera reconocido esa sonrisa entre millones de caras cortadas, hizo un esfuerzo por contener el dolor de estómago y las lágrimas, y quiso indagar sin darse a entender demasiado.  Descubrió otra identidad a la vez que se descubría la mentira invadiéndole la piel como un sarpullido, latiéndole en la sangre, rompiendo la esperanza en cristales diminutos sobre los que tendría que pisar durante el resto de su vida.  Lo llamó al único número que podía llamarle, uno raro y frío, con muchos ceros, como un número de atención al cliente, fue directa y él también: “Las cosas no tienen por qué cambiar” dijo el desconocido de los mil nombres.

Pero lo hicieron, porque la dignidad es una moneda extraña y a Onia todavía le quedaba cambio en el bolsillo.

Aunque procura evitarlo sigue echándole de menos.

Los tramposos utilizan técnicas profesionales.

POESÍA DE ABRIL

POESÍA DE ABRIL

Enero se llamó Ángel González.  Febrero fue de Lola Mayo.  En Marzo se paseó por esta dedicatoria mensual a la poesía la sombra atormentada de Miguel Labordeta.  Y no quiero que termine Abril sin hablar de Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) esa mujer perseguida a la que nadie puede cerrarle la boca incomparable de sus versos.  Licenciada en Literatura comparada publicó su primer libro en 1963, obtuvo una cátedra y ganó los premios literarios más importantes de Uruguay hasta que su obra y su nombre fueron prohibidos por la dictadura que gobernó su país de 1973 a 1985.  Instalada en Barcelona debe volver a exiliarse a París, perseguida de nuevo por otra dictadura, la franquista, hasta regresar definitivamente a la ciudad condal y conseguir la doble nacionalidad.  Hace unos años, trabajando como tertuliana para Cataluña Radio es despedida por no hablar catalán tras varios años trabajando en el mismo programa, aunque en una franja horaria de menor audiencia.  El artículo en su web que habla sobre esta persecución lingüística no tiene precio (http://www.cristinaperirossi.es/noticias )  Intelectuales  de todo el mundo la acompañaron en su reivindicación.  Traducciones, artículos, ensayos, novela, cuento, poesía ... prolífica la obra de esta autora, gran luchadora en favor del feminismo y de los derechos de los homosexuales.

Es la primera mujer ganadora del Premio Internacional de Poesía de la Fundación Loewe por su poemario "Playstation".  A mí la literatura de Cristina Peri Rossi me resulta emocionante, activa, valiente, descarnada y audaz.

Como muestra un pequeño pero imprescindible botón de camisa.

Distancia justa
En el amor, y en el boxeo
todo es cuestión de distancia
Si te acercas demasiado me excito
me asusto
me obnubilo digo tonterías
me echo a temblar
pero si estás lejos
sufro entristezco
me desvelo
y escribo poemas.
       
"Otra vez eros" 1994

CORAZÓN DE LIBRO

CORAZÓN DE LIBRO

De no haber sido por el aldabonazo en la memoria que me provocó la entrada de Ramón De Aguilar en su blog http://ramondeaguilar.blogia.com (y por extensión el escrito de Noelia) yo no hubiera redactado nada en este espacio sobre el día del libro.  Porque creo que todos la jornadas y onomásticas que se institucionalizan se desvirtúan, aunque París bien valga una misa y cualquier excusa sea buena para seguir impulsando la difusión y venta de libros. Libros físicos, con su olor a papel nuevo o a chocolate, como huelen ahora algunos libros juveniles del Barco de Vapor (también los hay que se carcajean, o en los que se escucha un batir de alas de murciélago...).  Conozco a gente que sólo compra libros el 23 de Abril, libros para toda la familia, un día al año, para que luego no digan que en este pais no se lee, eso sí, los elige cuidadosamente teniendo en cuenta el tono de los muebles del salón, nunca de tapas blandas porque esos no lucen, y una vez comprados los muestran públicamente haciendo ostentación del lujo.

Es hermoso ver los puestos al sol, bajo los arcos del Paseo Independencia, y dejarse conquistar por los títulos, las texturas y los colores que nos llaman por algún motivo especial y emocionante que sólo ellos conocen.  Aunque yo necesito saciar el vicio literario entre estanterías con poca luz y apenas ruido de fondo.  Buscar sin prisas como si el tiempo se detuviese.  Por eso la entrada de Ramón y el escrito de Noelia han abierto la caja de Pandora de algunos episodios imprescindibles en mi trayectoria como lectora.

La primera imagen que me viene a la cabeza es la de pasar tardes enteras entre los rincones de la "Librería Pérez", que se encontraba en la zona conocida como El Tubo.  Ofertaba libros nuevos, de coleccionista y de seguda, tercera o cuarta mano, lo ofertaba todo, de chicos y grandes, tebeos, revistas, almanaques, en montones en el suelo, en mesas, estanterías giratorias o ancladas a la pared.  Allá donde mirases había libros, resultaba imposible no dejarse conquistar.  Era el premio que nos otorgaba mi madre una vez al mes y en función del presupuesto familiar, a veces daba para tebeos de Esther y alguno viejo de Sissí Emperatriz, otras conseguíamos algún último título de Los Cinco, de Puck o de Torres de Malory ... Descubrí allí "La Dama de las Camelias", a Juan Rulfo y me enamoré por primera vez de "Platero y yo".  Las visitas a esa librería eran un lujo incomparable y supusieron contagiarnos el hábito lector y alimentarlo para que creciera.

Después, evocando las sensaciones que pueden palparse en el escrito al que hago referencia, una cierra los ojos y recuerda como descubrió el "El Jardín Extranjero" de Luis García Montero, y como muchos años después, en una feria del libro, logró un ejemplar dedicado de "La intimidad de la serpiente", siente en las yemas de los dedos, los libros fetiche, aquellos que rescataría de un incendio o se llevaría a una isla desierta sin dudarlo un instante, y sabe que la sensación única y especial que dejan algunos libros al ser leídos por primera vez ("La mujer habitada", "La escala de los mapas", "El mismo mar de todos los veranos"...) nunca volverá a repetirse porque así debe ser.

Siempre, cuando adquirimos un libro y lo llevamos hasta casa entre las manos, estamos raptando el corazón de un secreto aún por descubrir.  De entre los últimos libros que han llegado a mi vida, quiero nombrar el que me regaló Berta hace año y medio, "Corazón de Tinta" de Cornelia Funke.  Quiero destacarlo porque lo miré con algo del prejuicio y la poca fe con la que suelo mirar la literatura fantástica.  Y me los tuve que tragar con patatas a los pequeños demonios que me susurraban al oído.  Porque encontrar a Dedo Polvoriento, Capricornio, Lengua de Brujo o Meggie fue un descubrimiento maravilloso.  Un argumento creado en torno a los libros, a las bibliotecas, a los personajes imaginarios y a los reales que me subyugó por completo.  Cada capítulo va precedido de una cita que tiene que ver con libros que hablan de libros.  Todavía no he leído su continuación: "Sangre de tinta", pero todo llegará.

La literatura, como pocas cosas en la vida, siempre está dispuesta a sorprendernos.

Gracias a Ramón y a Noelia, por recordarme la esencia de cada uno puesta sobre el día del libro.

"LA VIDA DE SIEMPRE"

"LA VIDA DE SIEMPRE"

Cuando viniste a buscarme

ya me había acostumbrado a dormir en portales,

y caminar descalza.

 

Oí tu voz llamándome desde la calle

y el estómago catapultó hacia mi boca

algo parecido a la nostalgia.

 

Pensé que podríamos continuar dónde lo dejamos.

Porque siempre hay un punto y aparte

en la vida de siempre.

 

Pero de repente

(nunca las cosas suceden de repente)

los días prometieron un muñeco de nieve derretido,

la posibilidad de un mañana mejor,

campos de cultivo.

 

Me cubrí la cabeza con los brazos

y no miré.

No escuché.

No respiré.

Hacía frío y la tarde envolvió tus pasos.

 

 

 

 

Después regresaste a buscarme,

sólo que ya no sabías, ni sabes,

donde encontrarme.