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MARTES DE CENIZA

"EL CAMINO DE VUELTA"

"EL CAMINO DE VUELTA"

La reconocí nada más verla.

Era tal y como la imaginaba, muy menudita, silenciosa –como si quisiera pasar desapercibida- con los labios perfectos de una modelo publicitaria, cálida y sencilla.

Porque realmente todo parecía sencillo entonces, y las horas se abrían en un abanico de tiempos ajustados y necesidades cubiertas que empalmaban el día con una noche que olía a espuma de baño y patitos de goma.

Recuerdo con exactitud los primeros pájaros de su vida, sus primeros zapatos de cordones, el sabor de las naranjas, los colores.  Todos los descubrimientos que hacemos únicos porque todos somos Robinsones sin Miércoles con una primera vez por delante.

Siempre quise pertenecer a su equipo, ser la socia fundadora de un proyecto planificado meticulosamente durante años.  La siembra resultó productiva, todo iba saliendo a pedir de boca.     Era madre soltera, independiente, con futuro laboral, aparentaba tener diez años menos y criaba a una niña bellísima, de anuncio de colonia.

El padre de la criatura era lo de menos y lo de más, quiero decir que no fue escogido al azar, pero tenía asignada en la película una de esas escenas breves y cruciales que son el pilar del argumento y sin embargo nadie repara en ellas.

Vivimos a pocos metros, nos tratamos casi amistosamente, los niños han jugado juntos en el parque y ya no me resulta irónico que nadie se fije en el parecido de nuestros hijos, que son clones de él mismo.

En los estatutos del equipo se especificaba claramente que la tutela dependería siempre y sólo de mí.  Yo sé lo que firmo, con qué me comprometo, aunque haya vivido algunas etapas con mucha angustia nunca he necesitado relevo, ni vomitar sobre nadie, son mis derechos de autor.

La llamé Camino porque me pareció un nombre definitivo, que sintetizaba de golpe la decisión más importante de mi vida.  Después he aprendido que no se vive una vida a través de otra, las personas no somos meros canales de transmisión ni agendas electrónicas en las que queda prevista hasta la meteorología.

Pero eso ya fue después, o tarde.  Me debí de dar cuenta tarde.

El caso es que con séis años empezó a dibujar familias idílicas de tres miembros , con un papá alto, moreno y delgado que la llevaba al colegio y jugaba con ella a las canicas, subían juntos al columpio y le preparaba un humeante tazón de chocolate mientras mamá diseñaba vestidos carísimos y tenía una foto de los dos sobre su mesa de trabajo.  Me indigné, había invertido tiempo, el léxico exacto, los momentos adecuados en extender mi repertorio de mamás autónomas y familias distintas que ni son ni necesitan ser como la mayoría, es más, que no quieren serlo, y por eso tienen su habitat particular y exquisito, qué bien estamos así, cómo nos lo pasamos, etc, etc... Tuvo que ser la profesora quien me avisara porque en casa, aunque le gustaba mucho pintar, nunca hizo un dibujo de ese tipo.  “Es normal, son los modelos que aprenden”, concluyó aquella mujer de absurda edad para estar con niños tan pequeños e iniciales bordadas en una bata rosa que olía a suavizante.

Nada de normal.  Para empezar mi niña no era del montón, llamaba la atención en muchos aspectos y en la sociedad existen múltiples modelos para enseñarles, no únicamente el que resulta más sencillo por mayoritario.  Menuda labor docente.  El caso es que le pedí a Camino que no dibujara mentiras y no lo hizo más.

Cuando tenía vacaciones nos íbamos de viaje. Las Navidades de sus nueve años las pasamos en Roma y una de sus fotos preferidas la retrata subiendo a un típico autobús londinense.  Pero ella siempre quería volver, echaba de menos sus cosas, sus habitación, cuando regresábamos suspiraba de alivio, imperceptiblemente, al cruzar el umbral de casa.  No es que fuera se encontrase a disgusto, se la veía disfrutar y hasta tenía un cuadernito donde apuntaba las visitas que hacíamos y lo que le llamaba la atención, pero decía que lo mejor de viajar era el regreso.

Yo sin embargo me hubiese quedado en cualquier parte, en una de esas masías abandonadas que se ven desde la carretera, rodeadas de matorrales, en cualquier sitio recóndito, invisible, lleno de posibilidades y del futuro de otros.  Porque las raíces te hacen vieja, se ponen amarillas y pierden fuerza, y lo sabes, pero no puedes remediarlo.  Cuando la vida se convierte en una dirección única, en un lugar repleto de huellas, dígitos de control y espacios privados,  somos lápidas de mármol esculpidas cuyas fechas nos esperan calentándonos la cama.

Me preguntaba por su padre cuando no venía a cuento, y me pillaba desprevenida e irritada porque creía haber dejado claro que lo nuestro no era una novela romántica con la aparición a caballo de un héroe tardío, sino una opción de vida, sin trapos en un baúl del trastero.

“Quise fundar una familia en la que esa figura no fuese necesaria, Camino, ya hemos hablado muchas veces de eso ...”

“Ya, pero es que decidiste sólo por ti”- hablaba muy bajito, mareando la comida con la cuchara,  los ojos clavados en los cuadros del mantel.

“Es que entonces sólo estaba yo, querida, o yo estaba antes, míralo como quieras, y había que espabilar ...  Es importante saber como quieres hacer las cosas, como quieres que sean.  Yo sólo te quería a ti.”

“Entonces... ¿no estabas enamorada de mi padre?”

No sé que pretendía.  Sacarme de quicio no era, porque me miraba con una limpieza extrema, como tratando de entenderme de un solo vistazo.  Pero es que nadie había hablado de amor, que no venía a cuento ni se trataba de eso, tal vez fuera deseo, el deseo como norte, de crear una vida a mi manera usando los mecanismos necesarios.

Y no por cierto, jamás estuve enamorada de su padre, pero me pareció la persona apropiada: sana, culta, sin quebraderos de cabeza, de los que olvidan un polvo de una noche con los albores de la mañana y son capaces de jurar con sangre que nunca se lo echaron y hasta  llegan a creérselo.

Después ha sido fortuito que nuestras vidas confluyan, ironías del destino con las que hay que reirse, porque los secretos más íntimos son a veces toneladas de evidencia ante nuestros ojos, verdades obesas que nunca llegamos a descubrir.

Nunca fue una niña popular, de grupos amplios o amistades cambiantes.  A los once años conoció a Pilar en las clases de Ballet y se hicieron inseparables.  Pilar era un potrillo salvaje, se reía como tal, abriendo mucho la boca, resultaba explosiva en sus reacciones, todo lo contrario que Camino.  Me pareció que podrían complementarse.  Comenzaron a salir juntas, acompañadas por las hermanas mayores de Pilar, que era la tercera de cuatro hermanos huérfanos de padre por un accidente laboral.  Coincidían en algo, la ausencia del padre, aunque no era Pilar precisamente la que parecía huérfana.

Iban al cine, a la piscina, a los ensayos del coro del Colegio...  Y yo solía recogerlas a la salida.

Cuando cumplieron los quince, Pilar dejó de venir por casa con la frecuencia acostumbrada y sus llamadas telefónicas escasearon .  Pregunté a Camino pero me contestó con evasivas.  En Semana Santa se fueron de Acampada con el instituto y a su regreso fui a buscarlas a la estación.  Cada una salió de un vagón distinto, como si no se conocieran.  Propuse a Pilar llevarla a casa y me contestó que prefería ir andando para estirar las piernas.  Aunque estuvo agradable y me sonrió como siempre noté algo extraño, una goma tensando los músculos de su cara, de una cara que la imitaba.  Camino me cogió por el codo”¿Qué hablabas con esa?”

“Esa es tu mejor amiga desde hace años, ¿qué os pasa?”

Hubiera querido que me besara ruidosamente, que me cogiese en volandas después de cinco días sin vernos, que me echase de menos.  Pero el primer saludo fue esa voz asustada que no quería sobresalir entre los ruidos de la estación.

“Nada, venga, vámonos, es que pensé que te había dicho algo ...”

“No ha querido que la llevase a casa, eso es todo”, le contesté mientras arrastraba su maleta, tratando de seguirla, porque se abría paso entre la gente como si hubiera sonado una alarma, sin despedirse de ninguna de sus compañeras, que hablaban a gritos y tenían las mejillas encendidas, y contaban a sus familiares fragmentos inconexos del viaje.  Subiendo aquellas escaleras mecánicas sentí por primera vez que estaba muy lejos de Camino, que no era esa la adolescente imaginada.  Si años atrás me lo hubiesen relatado en vídeo hubiera jurado que aquella chica de aspecto fatigado, casi triste, no podía ser mi hija.

Tuve frio.  Pensé en todas las veces que nos habíamos acurrucado juntas, en las mantas compartidas, en las bufandas de los muñecos de nieve...  Ni siquiera la nieve es la misma cada invierno.

La verdad es que volvimos a casa como quien viene de peregrinar durante meses, como vagabundas.

Enlazamos la vida cotidiana con el empaque de la imagen que se exporta, reuniendo la calderilla de nuestros fondos de inversión.

Hinqué codos tratando de entenderla, recurriendo a manuales sobre adolescencia y tirando de la mía propia.  Pero es que no nos parecíamos en nada.  Ella se mostraba insegura, taciturna, a veces la sorprendía mirándome con recelo, como si  hubiera leído a hurtadillas  su inexistente diario o como si le debiera una disculpa.  Se cuidaba lo mínimo, recogiendo desordenadamente su espeso pelo castaño sobre la nunca, casi siempre usaba ropa deportiva y no se maquillaba.  Confeccionaba sus propios abalorios en lugar de utilizar las pequeñas joyas que yo le había ído regalando y leía novela histórica, género que yo nunca pude digerir.

Conservamos el hábito de ir juntas al teatro, pero la conversación posterior a cerca de la obra representada podría haberla mantenido con el taxista que nos llevaba a casa precipitadamente, porque ella siempre tenía que estudiar.

Llegó Navidad y mi hija era poco más que un huésped de habitación alquilada con quien apenas te cruzas por los pasillos.  Como esos días me ponen melancólica decidí esforzarme al máximo por un reencuentro típico de anuncio de turrón.  Quería recuperar mis planes, que el equipo de mis esperanzas subiese a primera división.

Pero ella estaba en el otro bando y no iba a permitir que los constantes villancicos de la calle le perforasen el alma.

Me evitaba, ante mis propuestas para el tiempo libre de esas fechas contestaba un gélido”Ya veremos” que no invitaba a nada.

Un par de días antes de Nochebuena llamó Pilar por teléfono para felicitarnos las Pascuas educada y tradicionalmente.  Cuando le dije que Camino no estaba quiso cortar rápidamente pero no la dejé.  Me había bebido media botella de champán con el estómago vacío y una nostalgia cálida y placentera me abrazaba con la suavidad de una boa de plumas; empecé a tirar de los pañuelos de colores que componían el tiempo de la infancia de ambas, cuando dormían juntas y yo las oía cuchichear hasta el alba, cuando parecía que aquello era más fuerte que la propia vida y que nunca podría romperse ...  La oí carraspear incómoda al otro lado del auricular pero no me importó, llegué a acorralarla y a decir todas las insulseces que no podía decirle a Camino.

“Ay Sara, siempre tan encima, tan pendiente, para al final no enterarte de nada...”  No hubo ironía ni lástima en sus palabras, no hubo nada de nada, fueron tan absolutas y descarnadas que la semiembriaguez desapareció de golpe, como si me hubiesen sumergido la cabeza entre cubitos de hielo.

“¿Qué quieres decir?”  Me erguí  recorrida por una corriente eléctrica.

“Nada, nada , discúlpame por favor, no lo tengas en cuenta, tú siempre te has portado muy bien conmigo y yo no quiero ...”

No quería sus disculpas ni mucho menos su compasión.  Y no iba a permitir que escurriese el bulto.

Fue así como por primera vez entró en mi casa y en mi vida el nombre de David.  Sacudí a Pilar para que desembuchara de la misma forma que si la hubiese tenido delante, pero sin sujetarla por los hombros.

Camino salía con un chico cinco años mayor por el que había anulado su escaso mundo social y cometido múltiples faltas de asistencia a clase que justificaba falsificando mi firma.  No vivía para nadie más ni escuchaba a nadie.  Pilar quiso razonar con ella, pero obtuvo una acusación de celos que fue minando su relación.  “Está obcecada, Sara, totalmente obsesionada, pensamos que ya se le pasaría pero cada vez se encierra más ...”

Tuve que colgar para que no escuchase mis arcadas.  Vómitos convulsos que me sacudieron entera y con los que arrojaba todos mis planos de delineante, todos los soles del mediodía cuando de chiquita la llevaba al colegio en brazos dormida sobre mi hombro.

Lo primero que pensé fue en denunciar al tal David por perversión de menores, después, más sibilinamente e influenciada por mi afición al cine negro, imaginé una cita con él para chantajearlo con una importante suma de dinero a cambio de que nos dejase vivir tranquilas.  Luego bajé de las nubes  de la ficción y comprendí que por primera vez en su vida Camino se había hecho fuerte, y que enfrentándome a ella no conseguiría sino afianzarla.

El siguiente momento juntas de más de 10 minutos de duración fue la cena de Nochebuena en el Hotel  Europa.  Gente ataviada como para un encuentro en la Casa Real, sonido de copas, de cubertería fina,  los pasos de los camareros arriba y abajo, blancas sus camisas, las cortinas, los manteles, las velas ...  Todo blanco e impoluto, en el polo opuesto a lo que me comía por dentro, una desazón turbia y febril que pugnaba por explotar lejos de la cordura y la templanza para arrasar las sonrisas Codorníu de los allí presentes.

Me había preparado varios discursos;  normalmente en situaciones de parecido calibre ocurre que tras las dos primeras palabras son mis vísceras las terroristas que se adueñan del instante, así que cuando Camino regresó del baño yo trataba de encontrar mesura en todos los rincones de mi organismo.

Estaba guapísima, se había puesto un vestido negro sin mangas y con la espalda al descubierto, llevaba el pelo suelto y rimel en las pestañas de sus ojos desencantados, lucía zapatos nuevos, acharolados, de medio tacón, y una pulserita con cuentas de ámbar de la que no quise averiguar su procedencia.  Incluso se mostraba locuaz, de no haber sabido que detestaba el alcohol habría sospechado sobre unos cuantos viajes al mueble-bar de casa.

Quise dejarlo pasar, o esperar a que pasara, creer en un milagro de la Navidad ...  Pero conocía el cuento de la Cenicienta y sé de lo que son capaces los relojes que siempre te están esperando.

Le espeté mirándome las manos y con un tono de voz que no creía audible que me sentía engañada y dolida por como me trataba últimamente, que sabía su secreto pero hubiera preferido que ella misma me hiciera partícipe ...  Iba a adentrarme demasiado pronto en la radicalidad  de las prohibiciones por ser menor cuando la miré directamente: se alisaba la servilleta sobre las piernas y su cara no expresaba nada de nada, como si una gitana le estuviese vendiendo claveles a un centímetro de la silla, indiferencia total.

Sentí otro aldabonazo en la memoria de las cosas previstas y el diseño gráfico de los sueños.

No podía ser yo, no podía ser mi hija.

Su voz me hizo aterrizar de golpe en el plato de porcelana.

“Mamá, será mejor que no hablemos de secretos, cada una es libre de tener los que quiera, mira tú, mírame a mí, yo misma soy un secreto que tu quisiste tener y nadie te detuvo.”

Debí frenarla, no permitir que me allanara, que llevase las riendas, que sonase amenazante su voz...  Pero no supe.  Sí supe que yo sabía, por fin sabía, y ella también, ella mucho más que yo, se había apostado tranquilamente a esperar el momento en que su presa saliera a respirar.

“Estoy saliendo con David y seguiré haciéndolo, te guste o no, terminaré el bachillerato, no te preocupes por eso, es cierto que al principio me pareció tan alucinante que alguien me quisiera de esa manera que perdí un poco el norte...  Pero ahora ya lo tengo mucho más claro y no voy a permitir que nadie me chafe esta historia.”

Un camarero nos sirvió agua y otro puso los panecillos.

Les hubiese cambiado el puesto.

Ni siquiera tenía dieciséis años, lo más fácil era dejarlo correr, no darle importancia para acabar comprobando que, por lógica, esa aventura se autodestruiría sin remedio.  Pero había algo en sus ademanes, en sus facciones y hasta en la sombra de sus palabras que asustaba.  Cierto aplomo de promesa sagrada.

Era militar, como su padre y como su abuelo, lo había conocido en la piscina, no la trataba como a una cria y tenían ya muchos planes de futuro, porque a él no le iban los rollos, cuando se comprometía lo hacía de verdad.

Tomaba su consomé, cenaba con normalidad mientras yo no podía probar bocado y sentía unos irremediables deseos de llorar.  Desde entonces no he vuelto a pisar el Hotel Europa ni he podido librarme de un yunque en el estómago.

“Se te humedecen los ojos mamá, espero que sea de alegría ... tienes que estar contenta, yo por fin me siento feliz...”

Aquel ser absurdo que no se escuchaba a sí mismo había alienado a mi hija.  Reconocía su cuerpo, era el cuerpo de Camino, sí, pero nada más podía ser suyo.

Lo conocí en los postres esa misma noche.  Desde el primer momento me trató con una familiaridad vecinal, como si me hubiera visto en zapatillas y con los rulos puestos.  Camino lo miraba de una manera indescriptible, casi sin pestañear, lo cogía de la mano, se acurrucaba en él ...  David llevaba la voz cantante en todo momento, cariño déjame explicarme, cariño mejor lo cuento yo, cariño esto-lo otro ...  Me sentí resto de naufragio, completamente agotada.

Mientras nos llevaba a casa en el BMW de su padre todavía pensé en el tiempo por delante, en un tiempo y una estrategia, pensé.

No existía ojo de buey por el que colarse, ni forma de pasar a la acción.

Ví a esa extraña señora que decía ser mi hija cumplir su promesa de terminar sus estudios, esa misma tarde, como si de un mensajero del demonio se tratase, David vino a casa vestido de uniforme para anunciarme que lo habían destinado a un lugar impronunciable que no aparece en los mapas, y que se llevaba a Camino.

Ella ya tenía preparadas las maletas.

“Te escribiré, madre” mintió.

Sigo sin creer que nos haya ocurrido a nosotras.  Sigo sin dar crédito a mi incredulidad y a mi sedación.  No sé porqué no la até, no me la llevé lejos, a una de esas masías abandonadas que se ven desde la carretera, a cualquier lugar donde poder abofetearla y que ella lo hiciera conmigo, escupirnos salvajadas y querernos sin límites.  Un hechizo, un asombro más grande que todos los planes de mi vida, me arrancó la fuerza de golpe.

Todavía espero su regreso, algún día, el regreso de la Camino robada que siempre quería volver, la niña secuestrada cuyo lugar fue usurpado por una doble inaudita, pueril y egoísta.

 

 

Pero pasa el tiempo, y nada hay más doloroso que renunciar.

 

 

 

 

EL MALO DE LA PELÍCULA

EL MALO DE LA PELÍCULA

Siempre nos hemos enamorado de los bandidos.

Por necesidad redentora o porque cuando se tiene una determinada edad no puede, ni debe ser de otra manera, el caso es que los malos nos han llevado a mal traer y sin embargo los hemos besado deseando fervientemente que se colgaran de nosotras, sólo de nosotras, para toda la vida.  Si el sentimiento caduca esas historias de pillos pueden convertirse en leyendas románticas, el problema es cuando nos empeñamos, pasados los años, las fuerzas, la ilusión, en ser hadas madrinas, enfermeras de noche, centinelas que aguardan el milagro... Pero esa es harina de otro costal, que tiene algo de patológico disfrazado de pasiones que nos vuelcan la vida.

Cuando pienso en el prototipo de "chico malo", animal herido y atormentado, veo a Paul Newman en "Dulce Pájaro de Juventud" o en "La Gata sobre el Tejado de Cinc", absolutamente maravilloso (sí, ya que James Dean no se quedaba atrás, pero creo que rezumaba demasiada melancolía) y rescato del cajón de los escritos perdidos párrafos como estos:

"El malo de la película tenía los ojos claros, y una dulce propensión al olvido.

El tiempo de cara, madrugada en los labios, prisa acontecida.

Los vaqueros caían del revés a los pies de la cama, orgullosos y libres, desafiando mañanas mientras el resto del mundo velaba el sueño equivocado con una caricia prudente de vigía enamorada.

Amarlo resultaba tan sencillo como respirar.

Él lo sabía.

Y se dejaba querer.

Inevitable.

Pero las eternidades son mentira.

No brilla el mismo sol todos los veranos.

Aunque me estés mirando.

Una se encarama a la vida con inseguridad apasionada.  Quiere vivir.

A pesar de tí.

Te esperé cuando caía la nieve y ya no quemaban tus besos.

Tú no lo sabes.

Pero te sigo esperando.

Es un empeño loco por habitar el tiempo que me debes.  Que me mires a la cara ahora.  Ahora.  Cuando tanta gente puede suplantarte y eres el extraño de la fiesta.  Mírame a la cara y dime que no te acuerdas de nada.  Que tienes sueño.  Que siempre habrá alguien que te ame incondicionalmente.

Y ya no volveré a escribirte.

Nunca.

Porque habrás conseguido ser dueño de tu libertad, hasta el final un dulce pájaro de juventud.

Como la vida misma.

Como el olvido".

RINCÓN POÉTICO DE JUNIO: ALFONSINA STORNI

RINCÓN POÉTICO DE JUNIO: ALFONSINA STORNI

A veces no estaría mal cumplir ese sueño permanente del ser humano que estriba en poder viajar en el tiempo: movernos por los siglos como visitantes activos que ven pintar a Goya, cantar a Gardel, bailar a Michael Jackson ... que pueda complementarse por unos instantes aquello que la cronología de los años ha separado inevitablemente .  Yo seguiría como un perrito faldero a Lorca por la vega Granadina, hablaría sobre política don Dolores Ibarruri, entraría en el camerino de Jose Mª Rodero, en el de Marilyn Monroe y en el de la Xirgú, le pediría a Simone de Beauvoir que me firmase uno de sus libros, lo mismo que a Alfonsina Storni, y a tantos otros y otras que ya no están, ni volverán, pero que se hicieron inmortales, algunos a pesar de sí mismos,  a través de la palabra.

Alfonsina Storni Martignoni (Suiza, 1982-Mar del Plata, 1938), poeta y escritora del posmodernismo, adelantada siempre a su época y a la sociedad circundante, madre soltera, publicando siempre a pesar de las penurias económicas, maestra rural que defendió su amor por la poesía contra viento y marea, acabó con su vida adentrándose una noche en el mar, tal y como relata la bella canción popularizada por Mercedes Sosa.

Yo no sé si el caos mental, la angustia vital de un poeta, de cualquier creador o creadora, le ayudan a expresarse mejor y a generar un estilo único, sí pienso en este caso que Alfonsina sin la poesía hubiera perecido antes, engullida por las fatalidades de su vida.  La mastectomía de la que fue objeto en 1935 le dejó secuelas irreparables a todos los niveles, como en su infancia lo hizo la desestructuración familiar y el desapego materno, pero en cualquier caso esta mujer lo intentó todo para alcanzar un espacio digno en el que poder desenvolverse.

Se relacionó con Amado Nervo, Juana de Ibarbourou y Horacio Quiroga que reconocieron siempre su riqueza creativa.  En 1925 Alfonsina Storni se despega del modernismo publicando”Ocre”, que trata de reivindicar aspectos feministas y afrontar de manera cercana la realidad social.

Pero sus constantes altibajos, unidos a la enfermedad y a la soledad la llevan a desaparecer trágicamente el 25 de Octubre de 1938 dejando cartas de despedida para su hijo y algunas amistades.

Quizás de haber podido vivir en otra época las cosas hubiesen sido diferentes... o quizás no, en cualquier caso queda la magia, a pesar de todo, por encima de todo, latiendo siempre, queda la palabra.

Pudiera Ser

Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
No fuera más que aquello que nunca pudo ser,
No fuera más que algo vedado y reprimido
De familia en familia, de mujer en mujer.

Dicen que en los solares de mi gente,
medido estaba todo aquello que se debía hacer…
Dicen que silenciosas las mujeres han sido
De mi casa materna… Ah, bien pudiera ser…

A veces en mi madre apuntaron antojos
De liberarse, pero se le subió a los ojos
Una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,
Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
Pienso que sin quererlo lo he libertado yo

De “Irremediablemente” (1919)



 

GLORIA BENDITA

GLORIA BENDITA

Ahora entiendo el significado del término.

Cuando Mamen De Miguel (de quien en varias ocasiones he contado en este blog) me manda fotos de sus churumbeles, Arán y Omar, que tienen un par de meses y viven ni más ni menos que en la calle Santa Ana de Granada entiendo sin rodeos que puede una reconciliarse con la vida, aún a pesar de los pesares diarios, sólo con verlos.

Y comprendo que, como diría Silvio: "Sólo el amor engendra la maravilla".

Y suscribo el término Gloria Bendita.

"OTRA MANERA DE AMAR"

"OTRA MANERA DE AMAR"

Perdóname,

pero no te ví.

 

Si estabas ahí,

donde la mirada vendida

no acierta a comprender

y los deseos no son compatibles

discúlpame,

fui una ciega ocasional.

 

De esas que corren

en la dirección del viento,

empujadas por un presente de papeles pintados

y un amanecer continuo en el pulso.

 

Alguien que ya había vivido.

 

Otro tiempo, entiéndeme,

otra manera de amar.

 

Hubiera querido sincronizar los relojes,

volver atrás, yo siempre quiero volver atrás

para que me sobren días,

para que me sobren noches,

para que me falten besos

y alguien me proponga ver el mar,

leer en voz alta,

caminar descalza por veredas y amapolas.

 

Pero el compromiso es algo más

que introducir las llaves en una cerradura

y pelar patatas para la cena.

Hay que descifrar el letrero de las estaciones de paso,

no perder zapatos de baile,

contemplar cuerpos desnudos frente al espejo.

 

Y dejar atrás a los secuestradores de futuro.

 

Porque sólo hay una vida,

pequeña, siempre pequeña,

quizás equivocada,

 

pero propia.

 

REVERENCIAS AL MAESTRO

REVERENCIAS AL MAESTRO

Anoche la vida me besó en la boca desplegándose como un atlas y paseándome después por las calles en volandas...

En la sala Mozart del Auditorio actuó Joan Manuel Serrat, durante dos horas, acompañado por el maestro Miralles (ese maravilloso tándem), un piano y una guitarra, el Serrat más íntimo, más mayor, pero no por ello cansado, sobrevenido ni previsible.  Al contrario, pese a que su voz no se encontraba en perfectas condiciones, descubrí a un monologuista brillante, irónico y entrañable que ya sólo hace aquellas cosas que le satisfacen y que a golpe de versos y sin pretenderlo, ha alcanzado la inmortalidad artística.  Merecida por honestidad y por ser capaz de escribir lo que escribe.  Si no leísteis en su momento el discurso de su envestidura Honoris Causa por la Complutense de Madrid: www.ucm.es no dejéis de hacerlo, porque es una clara radiografía del artista, de su trayectoria y de su obra que pone los pelos de punta.

Porque para mí esa es lo que diferencia a Serrat del resto de compositores y cantantes: su capacidad para conmover.  Sigue transmitiendo canciones compuestas hace treinta años como si fuesen nuevas, palomas mensajeras sobrevolando nuestras cabezas con la ilusión, la fuerza y la promesa en el aire del primer dia.

Fue un anfitrión elegante, la esencia viva de las cosas que no deberían perderse.

Es un poeta, de eso no cabe duda, que después de reconciliarnos con la vida nos la devolvió recién parida oliendo a humanidad, empatía y pequeñas cosas.

Cantó todos sus excelencias, hasta "Los Fantasmas del Roxy", una de mis preferidas, mientras se proyectaban fotografías en un pantalla colgada del techo con forma de estrella.

Íbamos a emocionarnos, a ver lo que vimos, el público estaba entregado en el primer acorde de su primer tema "Cantares", porque se trataba de Serrat y no podía ser de otra manera.

Ver el pleno de la sala Mozart de pie varias veces, dejándose las palmas de las manos aplaudiendo, fue un merecido homenaje, uno más y siempre pocos, para el nen del poble sec, a quien jamás podrán abandonar las musas, elegantes y discretas, como él.

BREVES

BREVES

Mi blog está a punto de cumplir un año y no me lo creo ni yo... Gracias a todos los que me visitáis de vez en cuando, gracias a las personas capaces de leerme más de una vez, a los amigos que en la distancia, en la lejanía o cercanía y en lo complicado de cada mundo privado me piensan, me buscan y deciden encontrarme entre las letras y las palabras que pueblan "Martes de Ceniza".  El tiempo es un preciado lujo que se agota y no vuelve.  No hay reposición.  Así que gracias por compartirlo conmigo.

Os incluyo un enlace en el que encontrar las bases del I Premio Literario organizado por la Hermandad de Donantes de Sangre de Zaragoza,  (Plazo hasta el 30 de Septiembre.  Prosa y Poesía) porque una nueva iniciativa en el campo de la escritura y promoción de las letras es siempre una buen noticia a difundir:

www.donantesdesangre.org

Y por último comentaros que, aunque estoy enfrascada en la lectura de "La ventana pintada" de José Carlos Somoza, y los 10 años con Mafalda  que releo siempre que se me acaba la batería, García Montero acaba de publicar "Mañana no será lo que Dios quiera", una biografía novelada del poeta Ángel González.  Esa será mi próxima adquisición, sin lugar a dudas, cuando la ví, recién salida del horno, el otro día en "Los Portadores de Sueños", estuve a punto de delinquir...

De no ser por los asquerosos remordimientos (y eso que no fui a Colegio religioso, menos mal...)...

Sabina ha escrito unos párrafos sin desperdicio (para variar) sobre el libro de sus amigos.  www.joaquinsabina.net

Seguro que será una gran lectura  para los largos días de un verano necesario.

LA ALDEA DESHABITADA

LA ALDEA DESHABITADA

-A Patricia Lorén y Fran Saló

Eva se descubrió el abandono en el espejo.

Ahí estaba, en el fondo de sus ojeras, en las uñas quebradizas y la piel mate.

Un abandono de gusano lento que todo lo devora.  Inevitablemente.

Eran las tres de la madrugada y se había levantado porque Aitor lloraba descompuesto, el sueño interrumpido por alguna pesadilla, lo tranquilizó y le llevó un poquito de agua, después lo arropó dejando encendida la luz del pasillo y aún se entretuvo en deambular un poco, por si acaso el niño no terminaba de dormirse.

Pero lo hizo, esta vez muy rápidamente, había ocasiones en las que se despertaba hasta cinco veces cada noche y la llamaba a gritos, y ella volaba literalmente de la cama procurando evitar que César se enterase.  Aunque era consciente del sueño casi inquebrantable de su marido no quería tentar a la suerte.

César trabajaba, y necesitaba dormir.

En el baño, a esas horas, con semejante derroche de luz artificial y esa camisola enorme que usaba para dormir se le ocurrió mirarse en el espejo.  Y sintió una sacudida brutal, quiso rescatar algunas lágrimas dignas que pudieran conmover a la mujer de enfrente, pero no las encontró.  Y extendió un brazo para ver si era posible atravesar el espejo, como la Alicia de Carroll,  pasar al otro lado, vivir en otra dimensión, pero las puntas de los dedos chocaron contra el cristal produciendo un ruido seco que sesgó imperceptiblemente la noche.

Fue la primera en felicitarse, faltaban unas horas para que amaneciera, pero ya era el día de su cumpleaños. “Felicidades” dijo en voz alta, y antes de apagar la luz tuvo la sensación de que la mujer del espejo se reía.

En la cocina sacó del fondo de un armario una caja de zapatos que contenía los tesoros de su infancia; en el diario del candado roto pudo leer que cuando sobrepasase los treinta sería una escritora de éxito viviendo sola en una casita a pie de playa, habría viajado por medio mundo, le harían compañía unos perros enormes y pacíficos y jamás tendría hijos porque, como decía su madre, se sufre mucho.

Además de los diarios en la caja había algunas fotos, pulseras de hilo, sus primeras cartas de amor, un par de piedras pintadas...  Se hizo el firme propósito de tirar definitivamente todos aquellos flecos de una mujer tan lejana, siempre rondando por la casa como perros sin dueño ladrándole al aire.

Puso una cafetera.  El sabor amargo del café la sujetaba a la tierra.

En los dos últimos años César había olvidado su cumpleaños.  Ella remoloneaba a su alrededor preguntándole mientras él se vestía: “¿no tienes nada que decirme?” “¿qué día es hoy?” y cuando ya lo sentía desasosegado y lejano, a cien años luz de ella, desembuchaba anudándole la corbata: “Es mi cumpleaños”, y entonces a él le salía una disculpa entrecortada en medio de un abrazo forzado, y a lo largo de la mañana le mandaba unas flores sin tarjeta, nunca las preferidas de Eva, o cuando regresaba a casa le llevaba bombones, aún a sabiendas de que ella siempre estaba a dieta.

Aitor había cambiado las fechas del calendario.

Tenía treinta meses, pero desde que nació impuso una vida siguiente a la que hasta entonces habían conocido.  Era una rutina exhausta de niño con problemas de sueño y mal comedor que la llevó a abandonar su trabajo por  incompatibilidad entre la vida familiar y laboral.  Lo intentó al principio, pero se dormía en el mostrador de la recepción y no pudo asumir los turnos.  A César le pareció bien, no se hacía con el niño que reclamaba constantemente a su madre, y él podía trabajar más horas y cubrir todos los gastos.

No le dieron más vueltas, la tierra rotó hasta colocarlos donde debía.  Jamás creyó Eva que echaría de menos trabajar, pero comenzó a hacerlo cuando muchos días ni siquiera lograba sacar un hueco para ducharse hasta que su marido regresaba, o transcurría el tiempo sin mantener una conversación adulta, fuera de las cuatro palabras con los tenderos del barrio y los vecinos con los que se cruzaba en el portal.  Recordó entonces que su labor como recepcionista de hotel le proporcionaba un constante intercambio con otras personas, además de tomarse el café con los compañeros hablando de sus cosas, por no hablar de aquel par de cenas anuales que organizaban manteniendo la tradición del amigo invisible.  Tuvo que convertirse en una profesional del maternaje para comprender que un puesto de trabajo es mucho más que una nómina a fin de mes.

Pero había tomado una decisión y ahora sus energías se centraban en sacar adelante, como jefe de máquinas, el entramado familiar.   En unos pocos meses Aitor comenzaría la escuela y quizás ella podría replantearse volver a trabajar...  cuando le sugería el tema a César este solía responderle:  “No sabes como se están poniendo las cosas... aquí estás muy bien”.  Entonces Eva tenía la sensación de estar viviendo en una aldea deshabitada que recibe esporádicamente la visita de turistas extranjeros.

El reloj del microondas marcó las cuatro de la mañana.  Se había tomado un par de cafés y supo que ya no volvería a dormirse, pero se tumbó en el sofá del salón dejándose invadir por las líneas de luz blanca que emitían las farolas de la calle.

La noche hermética a través de los cristales parecía la boca de un animal dispuesto a engullirla.

Como solía hacer para conciliar el sueño trató de imaginarse muy lejos de allí: una playa de arena blanca, un viento cálido revolviéndole el pelo, una casa con chimenea, el suelo de madera, el mar en la ventana... pero millones de intrusos se colaban entre las imágenes sin permitir la abstracción.

Así es el insomnio, agita los fantasmas.

Su hermana Julia no va a felicitarla, hace un tiempo que no se hablan, y en cualquier caso tampoco Eva la llamó el día que su hermana mayor cumplió cuarenta y cinco años.

Todo por líos de herencias, nunca hubiera imaginado llegar hasta ese punto con su hermana del alma, eso es para las personas que lloran de remordimiento en los platós de televisión y a las que no les han enseñado a lavar los trapos sucios en casa, pero ellas están por encima de esa miseria, porque se quieren, y no pueden caer tan bajo... o al menos eso creía.

El caso es que cuando su madre murió, consumida por la osteoporosis y el Alzheimer, en casa de Julia precisamente, porque era de donde no había querido salir en los cuatro últimos años, las tres hermanas se reunieron para abordar el tema de la herencia y reparto de bienes.  Julia y Virginia acudieron solas a la casa que había sido de sus padres, pero Eva llegó con César y Julia le pidió que esperase abajo, que se trataba de un asunto familiar.  “Déjale quedarse, a ti qué más te da...” le dijo Eva molesta por su reacción y porque comprendió al instante que no debía haber permitido la presencia de su marido en ese encuentro.  Pero ya era demasiado tarde, no concebía ir a ningún sitio sin él y ni siquiera se había planteado lo inapropiado de la situación.  Virginia trató de resultar conciliadora, como de costumbre: “Será sólo un momento y seguro que a César no le importa, es mejor que esto lo tratemos entre nosotras...”  César sonrió con ese frío en los labios que anticipaba ataque inminente: “Claro, me voy y así podéis manipularla tranquilamente y dejarla sin nada si se descuida ¿no?”.  Eva conocía el carácter fuerte de su hermana y la templanza maquiavélica de su marido, el miedo le recorrió la espina dorsal.  Sintió la mirada de Julia escrutándola, esperando una reacción en defensa propia, pero fue incapaz de levantar la cabeza.  “Eres un imbécil César, lo has sido siempre, te creces porque tienes una mujer a tu lado que te lo permite, pero todas no somos iguales, haz el favor de saber cual es tu sitio...”

Las palabras de Julia temblaban en el aire rancio, con olor a naftalina y a papel pintado viejo, de la casa materna.  “Por favor, por favor...” musitaba Virginia inquieta, colocándose entre los dos como si fueran  a saltar el uno sobre el otro.

“Vámonos”, acertó a decir Eva tirando de la mano de César, que no borraba la sonrisa  condescendiente de su rostro, con las manos en los bolsillos del pantalón, el rostro de niño perfectamente afeitado, los zapatos brillantes...

“Mucha envidia es lo que tú tienes –dijo como el que da los buenos días al portero de su casa- porque tu hermana cuenta con un marido y una familia y tú ni siquiera has sabido crear la tuya...”

Dieron media vuelta y se marcharon huyendo.  Al menos Eva huía, porque sabía que las palabras de su marido eran dardos envenenados dando en el punto exacto de la diana de Julia, que acababa de separarse siendo una de las principales causas de la ruptura su imposibilidad para ser madre.

Pensó que se le pasaría en un par de días y volverían a reirse juntas de los programas de la tele y de las anécdotas de la infancia, pero aunque la llamó en varias ocasiones Julia no quiso ponerse al teléfono.  Trató de llegar a ella a través de Virginia, pero esta siempre fue una experta en mantenerse al margen de las situaciones conflictivas, aún así le dijo:  “Lo tienes difícil Eva, tu marido se ha pasado mucho...”.

¿Y qué culpa tengo yo? Le entraron ganas de preguntarle, la boca de César no es la suya, ella no es impulsiva, necesita tiempo para reflexionar las cosas, para decidir...

Tampoco Rodrigo va a llamarla.

Rodrigo era su pareja cuando César irrumpió en su vida con la fuerza brutal de un meteorito.  Fueron novios durante los tres primeros años de Universidad, se acercaron con la inercia de las almas complementarias, como si no pudiera ser de otra manera.  Aunque Rodrigo trabajaba con sus padres en la panadería familiar se las arreglaba para asistir a clase y dibujar magistralmente unos cómics extraordinarios muy cotizados en el mundillo universitario.  Solían ir a la filmoteca a ver películas subtituladas que a él le encantaban y a ella le costaba seguir.  Algunos fines de semana el padre de Rodrigo les prestaba el coche y se iban a descubrir pueblos abandonados y a bañarse desnudos en ríos de aguas ateridas.

Pero surgió César con su moto de gran cilindrada y sus reservas en restaurantes con velas. La deslumbró su simpatía arrolladora, y esa seguridad capaz de resolver todas las dudas, todas las vidas.  Rodrigo y ella se dieron un tiempo que César aprovechó para terminar de conquistarla, cada vez que tenían una cita le mandaba a casa el vestido que quería que se pusiera, los zapatos, o una pulsera.

Quiso quedar con Rodrigo para dar por terminada su relación, pero este le dijo que no hacía falta pasar ese trago, “te llamaré de vez en cuando, si te parece... cuídate pecosa”.

Mantuvo su palabra pese a solicitar una beca de estudios en el extranjero.

Siempre la llamaba por su cumpleaños y en Navidades.

Hasta que hace unos años, antes de nacer Aitor, mientras soplaba las velas de la tarta y sus sobrinos aplaudían, y Virginia le manchaba de nata la nariz, César atendió el teléfono y aunque ella no pudo oir lo que decía ni a quien, supo que se trataba de un discurso determinante.

Cuando por la noche le preguntó con quien había hablado y César evitó responder alegando no recordarlo supo rápidamente que se trataba de Rodrigo y no quiso rendirse.

“¿No sería Rodrigo?”, “Pues sí, era él, no volverá a molestarte...”, “Nunca me ha molestado...”, “Claro que sí, sólo que no te atrevías a decírselo... además es una falta de respeto que un ex­novio tuyo te siga llamando a estas alturas...”  Y dándose media vuelta apagó la luz dispuesto a dormirse.

El tiempo ha volado sobre los patrones establecidos como en un jet privado. 

Contempla la madrugada diluyéndose en los tejados, en las fachadas y en los muebles de su salón colonial. 

El escenario de cada día duerme el sueño de los justos. 

Para volver a repetirse. 

Para volver a ser lo que debería. 

Lo que estaba escrito.

La agita un desasosiego de animal enjaulado.

Sale al balcón.  El aire está quieto.  La mañana detenida.  Apenas se escucha algún ruido lejano. Acodada en la barandilla descubre a una pareja besándose en el portal, es Marta, la hija de los del quinto, y su altísimo novio negro.  Siente cierto pudor y cambia de postura desviando la mirada, pero no puede evitar ser testigo mudo de los dos cuerpos enredados, jóvenes, valientes y encendidos. Y entonces nota esa punzada detrás del pulso, en algún lugar sin ubicación entre las costillas, bajo las tripas, esa punzada similar a la nostalgia y parecida a la envidia que la lleva durante unos segundos a querer ser Marta, la boca de Marta, el deseo de Marta, el tiempo de Marta ...

El sonido irrespetuoso de un claxon interrumpe a la pareja, el chico se despide apresuradamente con un abrazo y después se mete dentro de un coche que arranca acelerando, la figura detenida de Marta sobre la acera diciendo adiós con la mano llega a emocionarla haciéndole temblar ligeramente.

Entra en casa turbada porque parece que alguien ha cambiado las cosas de sitio aunque se encuentren en el mismo lugar, durante su ausencia se ha producido un movimiento de traslación en su salón y la extraña es ella, que desconoce de repente las alfombras caras, el orden exquisito, la cronología de su vida asomada a las fotografías...

Son casi las seis.  Entra en el baño donde la espera esa otra mujer que la sigue pero no le hace sombra y antes de mirarla de frente se ducha, coge ropa limpia, la ropa que suele comprar y guardar para una ocasión que nunca llega, se maquilla ligeramente y se recoge el pelo.  La mujer del espejo la mira con aprobación, quizás por fin sus imágenes puedan complementarse.

Vierte cosas que considera imprescindibles sobre una mochila de grandes dimensiones.  Se siente un poco ladrona, pero ese aire de tramposa le da alas.

Finalmente y antes de envolver a Aitor en una manta para llevarlo hasta el ascensor, marca en el rellano el teléfono de Julia que contesta con voz pastosa y adormecida: “¿Si?”, “Hola Julia, soy Eva, me voy de casa y necesito que vengas a buscarme... ¿puedes hacerlo?” Hay un silencio apresurado y loco que detecta las cosas y las hace girar, cuando contesta Julia su voz ya no tiene telarañas: “En diez minutos estoy allí”.

Diez minutos es tiempo suficiente para rescatar del fondo del armario la caja de tesoros infantiles, asomarse al dormitorio y ver el sueño plácido del hombre que duerme sobre su costado izquierdo y por el que no logra sentir nada: algo de pena, algo de miedo, algo de historia… nada.  La luz de la mañana comienza a desenrollar caminos de presente por el suelo de la casa.

Cierra la puerta despacio conteniendo la respiración.  Cuando entran en el ascensor Aitor despega la cabeza de su hombro y la mira aletargado y extraño, Eva le sonríe y él  vuelve a dormirse plácidamente succionando su chupete.

En la calle algunos bares levantan sus persianas, la gente cruza de acera poniendo en marcha el reloj cíclico de las prisas diarias.  Julia la espera con las puertas del coche abiertas, guardan la mochila en el maletero y acomodan a Aitor en los asientos de atrás, cuando van a sentarse por fin se miran, algo nerviosas y excitadas, como si acabaran de atracar un banco: “No va a ser fácil”, dice Julia poniéndose el cinturón de seguridad.  “Hasta ahora tampoco lo ha sido”, contesta Eva mirando hacia delante.

El amanecer tiene una pistola de fogueo para anunciar la salida.

Cuando han circulado unos metros Julia sonríe y felicita a su hermana: “Esto sí que es celebrarlo a lo grande…”

“El primer regalo que me hago a mí misma”, su voz insomne tiembla un poco.

Y la libertad las mira desde los semáforos en rojo.