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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2012.

ACTO DE FE

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La poesía es libertad, refugio y futuro.  Memoria.

Una verdad tan grande como estar vivos.

Hay que celebrar su necesidad y su compromiso, por eso os dejo hoy aquí, como un acto de fe y como regalo, esta Gacela del amor imprevisto de Federico.(Lástima no poder irla leyendo por las calles de Granada)

Nadie comprendía el perfume 
de la oscura magnolia de tu vientre. 
Nadie sabía que martirizabas 
un colibrí de amor entre los dientes. 

Mil caballitos persas se dormían 
en la plaza con luna de tu frente, 
mientras que yo enlazaba cuatro noches 
tu cintura, enemiga de la nieve. 

Entre yeso y jazmines, tu mirada 
era un pálido ramo de simientes. 
Yo busqué, para darte, por mi pecho 
las letras de marfil que dicen siempre. 

Siempre, siempre: jardín de mi agonía, 
tu cuerpo fugitivo para siempre, 
la sangre de tus venas en mi boca, 
tu boca ya sin luz para mi muerte.

11/05/2012 12:15 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"PERROS QUE LADRAN EN EL SÓTANO"

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A Olga Merino (Barcelona,1965) no se le nota (tanto) lo periodista que es.  Hasta que no he dado con esta su última novela no había leído nada suyo.  Ahora tengo pendiente: Espuelas de papel (2004) y Cenizas Rojas (1999), que seguramente me convencerán tanto como Perros que ladran en el sótano (Alfaguara, 2012).  Decía que no se percibía claramente su profesión en esta novela, porque describe con pulcritud, detalle y maestría, pero dentro de un contexto de narración envolvente que se aleja de la crónica periodística.

Perfectamente estructurada de principio a fin, entre un pasado y un presente condenados a entenderse, esta novela va de la época del protectorado en Marruecos a los últimos años de la dictadura franquista, y se caracteriza por el rasgo principal que para mí define a una gran obra: imposible enjuiciar a los personajes tal y como están construídos, hay que dejarse llevar por un argumento que no cojea, al que no le falta una coma, y que sólo puede conducirte a la comprensión y el respeto.

Porque aunque lo parezca no es una historia sobre perdedores, sino sobre honestidad, fugas imposibles, cadenas perpetuas que te buscan por mucho y muy deprisa que huyas, y siempre terminan por encontrarte... y ante eso bajar los brazos no está mal, se sacude el rencor, se muestran las cartas y sólo queda continuar bajo los aleros que gotean.

Ingredientes como la vida de farándula en pueblos a los que sólo conducen carreteras secundarias, las noches suburbiales de la Barcelona de los 70, amores convulsos, pérdidas irrecuperables, lo que pudo haber sido y no fue, las cartas (indispensables en cualquier argumento que se precie), el dolor y la derrota, sumados al olor, el sabor y los colores de los lugares y las épocas que describe hacen que Perros que ladran en el sótano roce la maestría.

El contexto socio-político en el que nos desenvolvemos es tan determinante como el país en el que nacemos o el seno familiar en el que germinamos... juntos pueden provocar daños irreparables... o no.

Al fin y al cabo la supervivencia (casi) siempre está garantizada, y se trata de poco más.  Seguir adelante, a pesar de los anclajes.  Con ellos.

 

21/05/2012 10:07 Puri Novella Enlace permanente. sin tema No hay comentarios. Comentar.

"AVES MIGRATORIAS"

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Déjame que me calle con el silencio tuyo”

(Pablo Neruda)

 

Espera hasta la madrugada para deslizarse por la casa con la cautela de un ladrón, se siente como uno de esos duendes de cuento, que cosen zapatos en beneficio de un artesano pobre cuando todo está en silencio y la ciudad en duermevela.

Los objetos cobran una vida extraña, palpitan las zapatillas boca abajo junto al sofá, las letras del periódico abierto sobre la mesa gritan, se enredan unas con otras, hay camisetas arrugadas encima de los radiadores que muestran cierta expresión de cansancio...

La vida de una casa consiste en el idioma de sus objetos, que nos miran, que tienen labios de presente.

Puede que no sea casual llamarse Estrella, y que por eso le guste tanto la noche, salir a vagabundear por el pasillo, asomarse a las ventanas, a los rostros huidizos de la gente que pasa, escuchar los programas radiofónicos con esa sensación de compartir un secreto, de ser un secreto, mientras todos duermen esperando la luz de la mañana como quien espera una bendición.

Echa azúcar en su infusión pensando que hace tan sólo un par de años estuvo a punto de estudiar un máster y marcharse a trabajar a Estados Unidos, más o menos por estas fechas, una proposición casual, un momento adecuado, de repente las decisiones que nos parecen importantes se deshacen como papel quemado, se quedan abandonadas en un rincón sin que nadie escuche sus gritos, atropelladas por la vida cotidiana.

Los niños tienen las sábanas arremolinadas a sus pies, los tapa con cuidado, el mayor se encoge, el pequeño resopla en la litera de abajo como un cachorro tibio y protegido, hace tiempo que no padece esos pánicos nocturnos que lo descomponían en llanto, el sueño debería ser siempre una plácida duna sobre la que acomodarse y descansar.

No ha tenido hijos, y no sabe si la maternidad abarca también este sentimiento constante de miedo, un miedo en voz baja a que les ocurra algo, o a no saber atenderlos bien ... es inevitable sentir esa desazón sobre todo de noche, cuando los arropa y nota sus cuerpos menudos e indefensos enfrentándose a la realidad otorgada.

Sale del cuarto percibiendo cómo su corazón late más deprisa, en el balcón, aunque haga frío y el sillón de mimbre se le clave en las piernas, sabe que la vida es más tangible que el recuerdo.

La ciudad, coronada por miles de luces encendidas, rumorea pasos no apresurados, motores que huyen. Alguien buscará con la misma urgencia, una farmacia y un amor de guardia.

Estrella no quería tener hijos, no quería seguir viviendo con Héctor ni ser una mujer convencional, aunque todavía no tenga muy claro en qué consiste. Pretendía marcar la diferencia respecto al resto de mujeres de su entorno, que habían estudiado, trabajado durante unos años, hasta convertirse en amas de casa profesionales, competitivas y serias.

Vivía con Héctor como podría haberlo hecho con cualquier otro que la hubiese sacado de casa en el momento que ella deseaba, cuando murió su hermana estaba a punto de ponerle las maletas en la puerta. No lo hizo. La muerte de su hermana y su cuñado en accidente de tráfico la noqueó. Después vino cuando se enteró del deseo expresado por escrito y ante notario de que fuese ella quien ejerciera de tutora de los niños. Héctor se prestó a ayudarle, y realmente durante estos dos años su ayuda ha supuesto un alivio impagable.

Piensa en lo diferente que hubiera sido traérselos a casa sola, el ascensor catapultándolos al miedo de no saber por dónde empezar, he comprado unas literas, he sacado mis cosas de ese armario, tengo que hablar con vuestros profesores, saber qué comidas os gustan, aprender a vivir con vosotros, todos juntos, mientras llueve y las tardes de otoño se hacen interminables...

Quizás se hubiera rendido, los habría llevado a casa de sus padres, esos abuelos convertidos en una sombra silenciosa y arrugada desde que murió su hija mayor, no sé que hacer con estos niños, me siento perdida, saturada, Félix no se echa azúcar en la leche, a Miguel le encantan las croquetas, y la carne muy hecha, se duchan solos y toman fruta antes del desayuno... vendré a verlos todas las semanas y por su cumpleaños, como hacía antes, les compraré los regalos que sólo una tía puede y debe hacer...

Pero sus padres ya llevaban a cuestas su propia vida, desencajados y extraños, y no podía lavarse las manos en el delantal de su madre, a la que había oído permanentemente decir lo horrible que debía ser sobrevivir a un hijo, hasta que de tanto repetirlo llegó a comprobarlo en primera persona, un yo de paja, de barro seco, que se bambolea y tiembla, y a duras penas sobrevive.

Aunque de vez en cuando les lleva una tartera de barro envuelta en un paño de cocina, que contiene albóndigas, lasaña, pollo con arroz, esa comida casera de infalible olor que ha subido y bajado de dos autobuses hasta llegar a su estudio de soltera y llamar a la puerta, chicos, es la abuela, y la abuela está muy pálida, con la piel fría, pero se sienta en el borde del sofá y ve un rato los dibujos con el pequeño, o alaba los trabajos escolares del mayor, hasta que un reloj invisible marca la hora de su despedida.

Héctor aseguró que no iba a resultar difícil, los niños tenían ocho y cinco años, estaban bien educados, eran críos cariñosos que no complicarían más la situación ... ella cerró los ojos y quiso creerlo. Y poco a poco el engranaje funcionó sin demasiado esfuerzo, cuando Miguel nombraba a sus padres su hermano le revolvía el pelo y le decía que ya no volverían a verlos, aunque siguieran recordándolos siempre... fue desde que nació un niño maduro y responsable, que lloraba en silencio con la vista perdida a través del cristal de la ventana cuando creía que nadie se fijaba en él.

Formaron un entrañable equipo solitario, los niños huérfanos viviendo con la tía a la que veían ocasionalmente y su estrafalario novio que no come carne y toca el bajo en una orquesta. Supieron, a través de un particular instinto que te permite seguir el camino aún con los ojos cerrados, cómo esperar, cómo ayudar, cómo situarse.

En ocasiones el mundo gira, y los coloca del revés, y la tristeza, el desconocimiento o la impaciencia hacen temblar los cimientos, pero llega el afecto y deshace las cortinas de humo, y amanece de nuevo, siempre amanece de nuevo.

La madrugada de finales de Octubre es fresca, tiene a mano un viejo chal que se coloca sobre los hombros.

Nunca llegó a congeniar con su hermana, esa mujer formal de edad indefinida y carácter lineal. Su hermana leía en las moléculas de polvo o en los posos del café cuando sus padres necesitaban una sopa caliente o un rato de compañía, conocía el momento exacto para cambiar la ropa de los armarios y la cuerda del tendedor, sabía combinar los zapatos con el atuendo, la música del coche con las emociones del día, el maquillaje con las ojeras.

Era justa. Era sabia. Era equilibrada.

Y a ella le aburría enormemente. Porque prefería el caos y no le importaba que goteasen los grifos, porque nunca supo ser puntual, acertar con el corte de pelo o comprar el regalo más adecuado, y su camino estaba lleno de trompicones, llaves perdidas y platos rotos, y aunque no la sermoneara, ni tratara nunca de aconsejarle, su hermana mayor la miraba, la miraba y eso era suficiente.

Se casó con su novio de toda la vida, Ismael, aquel adolescente de exacerbado acné que a Estrella le provocaba risa, porque se sonrojaba con facilidad, y era desgarbado, y vestía ropa demasiado grande, y hablaba de libracos gordísimos con ilustraciones de dragones alados.

De pronto un día cambió, se puso guapo, desaparecieron los granos, el cuerpo y las piernas se proporcionaron, y supo sacarse el mejor partido, porque el segundo Ismael parecía el primo guaperas del primer Ismael, tenía más mundo y sabía como tratarla cuando iba a buscar a Silvia y esperaba a que terminara de arreglarse.

Reconoció adentrarse en terrenos pantanosos, pero no por ello dejó de comparar a sus primeros ligues con Ismael, pidiéndoles inconscientemente que fuesen como él, con sus manos volando al hablar y sus labios perfectos, y se quedó a esperarlo todas las tardes, y trató de llevarse mejor con Silvia, que no soltaba ni una sola confidencia aunque durmiesen juntas y las palabras de Estrella se colaran persuasivas bajo su almohada.

No se liaron entonces, sino cuando a ella ya se le estaba olvidando y la vida continuaba por los límites de su intimidad.

Silvia estaba embarazada de Félix, una gestación complicada que la mantuvo hospitalizada en varias ocasiones, y entonces se vieron solos frente a frente, mucho más solos que cuando Ismael esperaba a su novia en el salón de la casa familiar, y sus padres miraban la televisión mientras ellos jugaban a seducirse sin importancia.

No miró atrás. Al menos ella no miró atrás. Eran adultos. Adultos que toman decisiones. Ocuparon habitaciones neutras, nada de domicilios conocidos, con fotos y el olor a suavizante de las sábanas, nada parecido a secuestrar la fe de nadie.

Félix nació prematuramente y a ella le pareció un niño viejo, un ser extraño que venía a meterse en medio de todo y a exigir su importancia.

Aunque Ismael trataba de evitar su mirada en las reuniones familiares siguieron acostándose hasta que el niño comenzó a caminar.

Una tarde, en un parque, mientras les daban de comer a las palomas Silvia la que nunca lloraba rompió a llorar, y Silvia la que nunca confesaba manifestó su sospecha, está con otra, Ismael tiene una amante, estoy segura... ella sintió que su pulso se aceleraba, y que el niño la miraba como si lo supiera todo, el parque en calma se había disecado y de repente una intensa y repentina vergüenza la invadió entera, trató de calmar a su hermana mientras se juraba alejarse de él para siempre, por eso se agarró a Héctor pocos meses después, como quien se sujeta a un tronco cuando es arrastrado por la corriente, hizo caso omiso de todas las llamadas de emergencia, de todas las promesas, y el tiempo transcurrió inteligente y austero una vez más.

Silvia no volvió a entrar en el terreno de las confesiones, se quedó en su sitio, en su cocina, en su gimnasia, en su cafetería de siempre y en los horarios de sus hijos como la modelo de una portada de Vogue, aún así Estrella, después de sus idas y venidas por carreteras inmundas para ver tocar a Héctor y de sus trabajos eventuales supo descifrar la crisis en las manos crispadas de su hermana, que volvían a fumar, esporádicamente y a escondidas. Trató de sonsacarle, pero la Silvia de granito fue tajante: “No hay de qué preocuparse, yo sé como solucionarlo”.

Y se quedó embarazada de Miguel, y esta vez no se encontró mal durante los nueve meses, viajó, pareció ampliar su círculo social, quiso renovarse. Apuntaba maneras. Con Ismael funcionó el factor sorpresa, se reconquistaron, o inventaron algo nuevo, una casa soleada, con las ventanas abiertas de par en par a la que llegó Miguel, sonrosado y hambriento. En las fotos familiares de aquella época parecen otros. Y quizás lo fueron. Trasladaron a Ismael a otra ciudad cercana, no más de cincuenta kilómetros, pero la distancia influyó en querer distanciarse, y los hechos parecieron espejismos, y las personas imaginadas, y las palabras aves migratorias.

Se reunían por Navidad y en los cumpleaños, los niños crecieron construyendo sus tejados, mirando con ojos de vida propia, y un atardecer, mientras Héctor se duchaba y ella preparaba una ensalada llamaron al timbre insistentemente.

En el mismo quicio de la puerta Silvia anunció que iba a dejar a su marido porque ya no podía quererlo más, ya no le quedaba más amor, pasa y siéntate dijo Estrella, pero sonó un claxon, es Ismael, hemos venido a hacer unas gestiones, los niños se han quedado con unos amigos, se lo voy a decir ahora, en el viaje de vuelta, pero quería contártelo antes, no sé si para oírmelo a mí misma o para darme ánimos ... además he conocido a una persona extraordinaria, tú me entenderás, seguro que tú me entenderás... volvió a sonar el claxon y Silvia le dio un beso apresurado en la mejilla. Escuchó sus tacones bajando las escaleras, después nada, algo que sucede inapelable y brusco, determinante.

Habían dejado testamento, y a los pocos días de nacer Miguel constataron ante notario su deseo de que fuese ella quien se quedase con los niños en caso de fallecer ambos progenitores.

Cómo podía imaginarlo.

Se sintió pequeña y débil.

Creyó que era una responsabilidad inmerecida, pasó varias noches sin dormir imaginando un primer acuerdo verbal entre Ismael y Silvia, los dos de mutuo acuerdo, los dos firmando por lo que pudiera pasar pero sin pensar que pudiera pasarles, al menos no tan pronto...

Su padre, ese hombre hostil y silencioso, en apariencia sólo preocupado por la trayectoria de su equipo de fútbol, la miró de una forma que nunca olvidará: “Al fin y al cabo se lo debes”, dijo cuando nadie más pudo oírlo.

Las dos familias se mostraron conformes, ante una última voluntad así muy pocos se rebelan.

Llegaron los niños con un hámster y una tortuga escapista que desaparece durante todo el invierno. Al principio recibían a diario llamadas de familiares, regalos, detalles, helados... después hasta la pena se enfría y de vez en cuando se convierte en una cometa roja que pasa volando frente a la ventana.

Cuando Héctor está en casa se dedica a ellos, les hace trampas al parchís, van en bicicleta.

Puede aprender a quererlo, no vale sólo con admirarlo y sentirse agradecida, todavía puede aprender a quererlo.

Está amaneciendo, al levantarse nota que se le han entumecido las piernas, debería acostarse un par de horas, Félix tiene examen de inglés y repasarán el tema mientras desayunan.

La casa permanece en silencio. Hasta los objetos duermen, agotados por el presente que los habita.

Le seduce la noche porque los secretos cobran vigencia sentados en torno a una mesa camilla, son alfombras persas, sombras detrás de la puerta, la parte de nosotros mismos que nos hace libres, miserables o humanos.

Antes de acostarse arropa de nuevo a los herederos.

Ellos tendrán que fabricar sus propios secretos, porque estos no se prestan, ni pueden ser ajenos.

Además Estrella se tragó la llave de plata.

Se tragó el pasado.

28/05/2012 21:34 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 6 comentarios.

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