Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2015.

"TE ESTABA ESPERANDO"

20150109161020-descarga.jpg

Por debajo de todo lo que amé,

yo te estaba esperando”

(“Confesiones”, Luis García Montero)

 

Mi padre era un tipo guapo a rabiar, de los que vas agarrada de su mano por la calle y la gente se vuelve a mirarlos, inevitablemente.

A él le daba lo mismo, esa despreocupación, unida a cierta torpeza en el aliño personal, le otorgaban un particular encanto que no he vuelto a ver reproducido en nadie más.

A mi madre la recuerdo siempre tensa, a la defensiva, como si en cualquier momento pudiese estallar el cielo sobre nuestras cabezas.

Tenía un puesto de encurtidos en el mercado, madrugaba mucho y la piel le sabía a sal, no paraba nunca, no disfrutaba de una película un sábado cualquiera frente al televisor, mientras nosotras nos atiborrábamos de palomitas y golosinas junto a papá, tampoco quería planear excursiones ni que su marido, por mucho empeño que pusiese, la sacara a bailar.

Cuando empezaron las discusiones fuertes, las que me despertaban, yo tenía nueve años.

Quizás comenzaron antes y no me enteré, o no quise enterarme.

Pero el día que cumplí nueve años ya me dí cuenta, sin ponerle nombre propio, de los celos patológicos que padecía mi madre.

No debía ser muy tarde cuando me despertaron los gritos, porque yo caí temprano en la cama, agotada, presa de todas las emociones que supone un cumpleaños a esa edad, con bicicleta rosa, batidos de chocolate, una tarta con mi nombre y hasta unos zapatos de gitana, repletos de lunares, con los que a punto estuve de meterme a la cama.

Mi padre era único para organizar fiestas.

Reina por un día.

El mundo por montera.

La penumbra de la habitación fue atravesada por fragmentos de palabras malheridas que sonaban a tela rasgada.

Ella había detectado en las camisas el perfume de otra, una huella de carmín, la permanente sombra de la sospecha.

Él al principio quiso mantener la calma, después se cansó y la llamó histérica, desquiciada, pobre mujer.

Uno de los dos reventó contra el suelo un objeto de cristal.

Se despertó mi hermana, se puso a gimotear, pero ellos, inmersos en su espiral, no se percataron, salí descalza al pasillo, observé durante un segundo el ángulo de luz que se colaba bajo la puerta de su dormitorio, los dos lo cruzaban una y otra vez, electrizados.

Sonia estaba acurrucada a los pies de la cama, una maraña de pelo sobre la cara mojada, las piernas cubiertas por la tela de uno de esos camisones salpicados de florecillas diminutas que yo nunca quise ponerme.

La abracé, tenía frío, quise llevármela a mi cuarto pero no se movió.

Nos quedamos sentadas, muy juntas, una manta sobre las piernas.

A la habitación de mi hermana los gritos llegaban amortiguados , procedentes de otro planeta, como distorsionados.

Afinábamos tanto el oído que pensé que iban a quebrarse nuestras orejas, orejas de trapo, inservibles, rotas.

De pronto silencio.

Un portazo.

Silencio.

Un llanto agudo que cruzó la casa como un tren de largo recorrido irrumpe en un paisaje.

Luego silencio.

Sonia se quedó dormida sobre mi hombro, pesaba muy poco la enana, comía mal, me las apañé para acostarla.

De regreso a mi habitación me crucé con mi madre en el pasillo, pero ni me vio, estaba desencajada, los afilados rasgos de su cara resultaban astillas, escuadras de madera, diques secos.

Se encerró en el baño.

No puede evitar echar un vistazo a la habitación de matrimonio, parecía haber sufrido un seísmo y mi padre no estaba, debió salir apresuradamente porque sobre la cómoda quedaron sus llaves, las gafas de cerca, un puñado de monedas.

Cerré los ojos, me dolían los párpados, sentí el cansancio de quien arrastra piedras… volví a mi cama con el empeño de dormir y que a la mañana siguiente todo hubiese sido producto de una pesadilla, una secuencia maldita en una noche interminable.

Por primera vez en nuestra historia mi madre no nos despertó para ir a la escuela, dejó preparado el desayuno sobre la mesa y se marchó a trabajar.

El día amaneció sobrecargado de nubes grises.

No teníamos hambre, estaba inventándome mil aventuras, llenándole la cabeza de pájaros a Sonia para que comiese algo cuando apareció mi padre, sin peinar, la voz pastosa y ronca, sus zapatos que siempre sonaban contundentes al caminar… no esperaba encontrarnos, supongo que ni a nosotras ni a nadie, le pidió a su amigo Oscar que aguardase en el rellano, ese amigo que mamá no soportaba, lo consideraba una mala influencia, no sé por qué, el caso es que eran amigos desde niños y que a nosotras nos trataba con cariño cuando coincidíamos, contaba chistes, y cantaba como un tenor, con una voz prodigiosa acuñada sin esfuerzo.

No era mañana para canciones.

Papá se adentró con prisa en la casa, cerró la puerta de la cocina, nos dijo “ahora vengo”.

No movimos ni una cucharilla y nos quedamos de nuevo como durante la noche, agudizando el oído.

Escuchamos un abrir y cerrar de puertas de armarios.

Cuando se presentó en la cocina traía hecha la maleta.

Nos miró como si hubiera cometido una estafa.

“Dime que no te vas a ir, por favor…” la enana vivía gimoteando por todo, asustada por el aleteo de una mosca, lo que a ella le apenaba a mí me provocaba rabia.

“Huyes como un cobarde”, fue lo que salió de mis labios como un disparo.

Él tenía a mi hermana en brazos y se giró mirándome con frialdad y tensando la mandíbula.

“Las cosas no son fáciles Cris, no lo son…”

“Pues claro que lo son, si no la quieres a ella quédate con nosotras”, cogí la maleta y la lancé fuera de la cocina, chocó contra la pared del pasillo, al abrirse asomó una foto de nosotros tres en una tarde de feria.

Cayó derrotado en una banqueta, sin soltar a mi hermana.

El abrazo que nos dimos tenía mucho de pena y de final, aunque no quieras.

No sé si se nos puede reprochar que le obligáramos a quedarse, éramos unas crías, queríamos lo que teníamos, lo que conocíamos, a pesar de las fisuras y de aquella lentitud con la que papá deshizo la maleta asumiendo su condena.

Guardamos el incidente bajo la lengua, mi madre nunca supo.

Pero a partir de entonces existieron las condiciones como invitadas supervisando el día a día.

Papá dejó su trabajo autónomo de electricista y se puso a llevar el puesto del mercado con mi madre, se acabaron las partidas de cartas, el vermú de los domingos hechos los tres un pincel mientras mamá se quedaba limpiando, lo tomábamos en la cocina, en zapatillas de casa, Sonia se bebía el caldo de los berberechos, papá no tenía apetito y ponía la radio, yo trataba de entender qué estaba ocurriendo, por qué parecíamos extraños…

Dormían en habitaciones separadas, se repartían metódicamente las funciones familiares y disimulaban sin esfuerzo, pero no se le pueden poner puertas al campo, no señor, y pese al control férreo de mi madre, pese a su empeño en ordenar la propia naturaleza de las cosas, mi padre se marchó dos años después, esta vez sin prisas, explicando que no nos iba a faltar de nada, que nos seguía queriendo pero que ya no podía, de verdad que no podía, vivir con nosotras.

Mientras atendíamos a sus ojos verde oliva aparentemente tranquilos escuchábamos despotricar a nuestra madre, lanzando los objetos personales de su marido por el hueco de la escalera, gritando que ya tenía a otra calentándole la cama.

Le pregunté si era verdad que se iba con otra mujer.

Mi hermana acentuó el llanto contra la almohada, tumbada boca abajo.

Nuestro padre le puso una mano sobre la espalda, como si pudiera sanarla con un roce.

A mí me acarició la barbilla y me miró como nunca antes lo había hecho, y comprendí que sí, que había alguien más, que podía enrabietarme y culparla de todos nuestros males aún a sabiendas de que no resultaba determinante, ni siquiera decisiva.

Se llamaba Olga.

Fue la primera novia de mi padre, antes que mamá, antes que nosotras, antes que nadie estaba Olga, acogedora, divertida, menuda, un ser sin trampas ni huracanes que se buscó la vida fuera del país, cuando mi padre no se atrevió a seguirla, y estuvieron años sin saber el uno del otro, sin imaginarse apenas, de hecho cuando se presentó como si tal cosa a comprar en el mercado mi padre no fue capaz de reconocerla.

Mamá era una mujer desesperada pero no tonta, enseguida se percató de lo que podría suceder, cenizas, nostalgia, la memoria de la piel… una mezcla potente para transformar el mundo.

Por eso fue a hablar con ella, creo que consiguió avivar el fuego, quizás Olga se replanteó una relación con mi padre tras esa visita en la que mi madre la tachó de todo sin apenas conocerla, no volvió a aparecer por el mercado pero se veían fuera, compartían un café, secuencias del pasado que tienen las medidas que necesitamos, el hueco justo, la asignatura pendiente.

Mamá llegó a pincharle las ruedas del coche, y a apedrear sus floreadas ventanas.

En lugar de amilanarse Olga la denunció.

Mi madre dijo ”si me entero que estáis con ella no saldréis de vuestro cuarto en un año”.

Sonia nunca quiso verla, a mí siempre me sedujo saltarme las prohibiciones.

Tenía once años y Olga apareció en mi vida como un ser exótico, que lucía el mismo esmalte de uñas en manos y pies, cada cierto tiempo se cambiaba el color del pelo, canturreaba en inglés, no comía carne, colaboraba en una tertulia de radio y tenía a mi padre, un señor rejuvenecido, ilusionado, con cara de bobo, comiendo en la palma de su mano.

Cuando les dije que quería irme a vivir con ellos me miraron como si mi cabeza hubiera sufrido una terrible deformación.

Papá tartamudeó, me cogió las manos, las tenía frías.

Quería formar parte de su alegría. Sólo eso.

Echaba de menos una buena dosis de alegría.

“Espera un tiempo… - Olga movió los rizos cortos y abundantes de su cabeza- todavía no sabemos lo que somos, hacia dónde vamos, nos estamos encontrando ¿sabes? Aún no pisamos suelo firme, no podemos ofrecerte lo que necesitas…”

Salí corriendo, furiosa, las escaleras me parecieron interminables, papá quiso seguirme y gritó mi nombre varias veces, pero ella le detuvo.

Llegué al mercado acalorada y con evidentes síntomas de berrinche. Mi madre no hizo mención, no preguntó, me mandó al almacén a ordenar cajas y cuando pase a su lado me apretó suavemente el brazo.

“Tenías razón -murmuré rabiosa- es una zorra”

La voz escarchada de mi madre imperó en el ambiente adormecido de la tarde.

“No hables así, ya sé que yo lo digo y que no está bien, pero una cosa es el conflicto que tengamos los adultos y otra que tú te dejes llevar por la rabia, no lo consientas Cris, no es sano…”

La miré asombrada, como si la viese por primera vez.

Continuó con su tarea, Sonia leía abstraída en un rincón, fotografié durante un instante la secuencia, el espacio reducido, nosotras tres allí, vinculadas, mientras el mundo giraba y no se detenía nunca.

Se llamaba presente inmediato.

Estuve un tiempo sin querer verlo, venía a buscar a Sonia y notaba su mirada suplicante, rastreándome, yo trataba de cumplir a rajatabla con mi papel de ofendida, lo ignoraba sabiendo que eso le dolía, no estábamos acostumbrados a carreteras secundarias, mal asfaltadas, con curvas peligrosas.

Se acercaba nuestro primer verano sin él cuando mamá nos ofreció unas vacaciones en la playa,

”Nos vendrán bien a las tres, ¿qué os parece?, yo ya ni me acuerdo de cómo es el mar”…

Habíamos hecho alguna excursión breve, a pasar el día, siempre coincidía con que se estropeaba el tiempo y todos los planes se iban al garete y como hacía viento había que comer dentro del coche y ni hablar de bañarse, en todo caso mojarse los pies… a la enana se le ponían los labios azules, tiritaba, y entonces media vuelta, terminábamos la aventura merendando en los inhóspitos bancos de piedra de un área de servicio.

Pero esta vez sonaba diferente, mamá había hecho un esfuerzo titánico, cerrar su puesto meses atrás hubiese resultado implanteable, por variar el rumbo de las cosas, por tratar de acercarse a nosotras con el gesto tenso y la paciencia agotada de quien intenta no resultar vencida.

Sonia dijo entusiasmada “¿Le podemos decir a papá que venga?”

Fue una de las pocas veces en las que mi madre y yo intercambiamos una mirada triste y cómplice.

Siempre me he arrepentido de no conservar fotos de aquella semana.

Las hicimos, pero no sé dónde fueron a parar.

Mamá se compró un enorme sombrero de paja para resguardarse del sol, que no le gustaba nada y le llenaba de manchas la piel.

Sonia se atiborraba de dulces en el hostal y todas las noches tenía dolor de barriga.

Dormíamos las tres juntas, en un principio contábamos con tres camas individuales que decidimos unir en una sola.

Nos acompañó el tiempo en un mes de Junio repleto de sol que nos permitió bañarnos hasta la saciedad, coleccionar caracolas, pasear de noche bajo la luna llena, con mamá tranquila, no sé si por resignación o cansancio, pero dejó de estar a la defensiva, se quedaba mirándonos largo rato, sin pronunciar palabra, hubiera dado lo que fuese por descubrir qué estaba pensando.

Tuvimos que regresar. Ninguna quería volver.

Hicimos el viaje de retorno tratando de envolvernos en una piel mejor, más fuerte.

Pero cuando estás preparada para saltar la vida se adelanta y te empuja.

Papá se presentó temprano una mañana, llamó al timbre como si hubiese fuego en la escalera, nos levantó a las tres, mamá ya no trabajaba todos los sábados.

Estaba pálido y se le notaba que había dormido mal, primero hablaron mamá y él encerrados en la cocina, por más que intentamos escuchar algo no lo logramos, cuando abrieron la puerta se les habían nublado los ojos, no eran capaces de mirarnos a la cara.

Sonia me agarró de la mano, entramos en la cocina como quien se adentra en una gruta sin salida.

Mi padre se iba fuera del país con Olga.

Par a siempre.

Dijo que iban a probar durante un tiempo.

Pero sonaba a para siempre.

A Olga le habían ofrecido un proyecto interesante, tenían vivienda asegurada, iba a mandarnos dinero, podíamos ir en vacaciones…

Mi madre miraba empecinadamente a través de la estrecha galería, hacia ninguna parte, queriendo escapar, posiblemente.

Papá soltaba su ensayado discurso sin apenas detenerse a coger aire, parecía desinflarse con cada palabra, sus brazos largos apoyados sobre la mesa, nosotras pequeñas, muy pequeñas frente a él, encogidas en las banquetas de madera, sintiendo prematuramente el invierno en mitad del verano. Dicen que el verano es el entorno natural de la infancia, yo desde entonces lo aborrezco.

Se marchaban en un mes.

“No sé para qué has venido”

Le salió a Sonia una voz insospechada, de repente adulta, los dedos temblorosos quitando migas invisibles de pan sobre la mesa.

La miramos perplejos.

“ Ya has decidido, sin contar con nosotras para nada, sólo vienes y nos lo cuentas, y ya está… por mí puedes irte mañana mismo”

Salió de la cocina despacio, oímos cerrarse la puerta de su habitación.

Mi padre caminaba por el espacio como un animal enjaulado.

“¿Qué opinas Cris? ¿Qué tienes qué decir?”

Sentí sus preguntas como una sacudida eléctrica.

“¿Qué quieres escuchar?”

Me miró con los ojos muy abiertos, estaba desfondado.

Tenía doce años y había aprendido a vivir sin él, sabía que seguiría a Olga hasta el fin del mundo, ¿qué podíamos decir o hacer?

Alcé los hombros y salí de aquella maldita cocina dejándolos más solos que nunca, mamá lloraba en silencio sin disimulo, él se sentía acorralado, pero cómo había dicho Sonia, tenía su decisión tomada.

Mi madre le suplicó que no se fuera, le prometió tiempos mejores, volver a casa, intentarlo de nuevo, las niñas te necesitan… las niñas nos miramos sintiendo lástima de su ruego, sabíamos que se estaba exponiendo demasiado, que no iba a servir para nada… él sólo dijo “Déjame”, al principio muy quedo, luego imponiéndose, gritaron, mi madre le maldijo… “jamás serás feliz con ella”… “Puede ser, pero tengo que intentarlo”… esas fueron las últimas palabras de mi padre, rescatando todas las migajas de serenidad que le quedaban, bajó las escaleras con la prisa de quien escapa y un mes después, sin haber venido a buscar las cosas que todavía tenía en nuestra casa, llamó por teléfono para decir adiós, no le pude responder a nada, me lo impidió un tremendo nudo en la garganta.

Durante un tiempo nos quedamos mirando todos los aviones que sobrevolaban nuestras cabezas imaginándolo dentro, agarrando la mano de Olga, el destino una extensa playa de arena blanca lejos del pasado, que siempre coarta los sueños.

Al principio nos escribió mucho, era fácil reencontrarse con él a través de las cartas, su letra grande y desordenada anunciando los cambios, el interés por saber de nosotras, las promesas… mamá registraba mis cajones para leerlas.

Solía decir como por descuido que papá volvería escarmentado, con el rabo entre las piernas.

Eso nunca ocurrió.

Al año comenzaron a devolvernos las cartas y dejamos de recibir el dinero que mensualmente enviaba.

Mi madre terminó de apagarse.

Vendió su puesto en el mercado y se encerró en casa, a punto estuvo de enviarnos internas a un colegio, la tía Cruz se apiadó de nosotras y nos marchamos a vivir con ella, dos manzanas más abajo, pudimos mantener el colegio y las amistades, las calles que te reconocen y saben de qué humor estás en cuanto sales por la mañana y el sol te recibe en cada esquina.

Mi hermana pequeña dejó de ser la enana, creció de golpe, siguió comiéndose las uñas hasta hacerse heridas, pero se convirtió en alguien en quien confiar, una mujer reposada y algo triste que todavía escucha discos de vinilo y recuerda metódicamente los pasos de baile que nuestro padre le enseñó subiéndola sobre una mesa.

Comíamos con mamá los domingos, nos hacía alguna visita, preguntaba por las notas, por los chicos, por la nueva forma en la que nos peinábamos … sin ninguna pasión, con el mismo tono de voz de quien pregunta por una calle o contesta al teléfono.

Cuando Olga volvió al barrio mi madre ni siquiera podía reconocerla, ya había perdido por completo la memoria.

Habían transcurrido diez años desde que se marcharon, llevaba el pelo recogido, los rizos domados, tenía algo que la hizo parecer lo que nunca fue… insignificante.

Nos cogimos de las manos sin pronunciar palabra.

En medio de una avenida atestada de tráfico y ruido me contó que papá había contraído una extraña enfermedad al poco de llegar, lo que al principio parecía un virus sin importancia se convirtió en una dolencia que fue paralizando sus funciones hasta el fallecimiento.

“Nunca dejó de pensar en vosotras, de hacer planes, de teneros presentes… te lo juro”

Asentí porque me atenazó el mismo nudo de cuando mi padre llamó para despedirse.

Habló de las cartas que ella misma le había escrito a mamá detallándoselo todo, esas que aparecieron hace poco cuando fuimos a donar los muebles viejos de la casa y que quemamos sin ni siquiera sacar del sobre.

Es increíble la cantidad de formas en las que pueden multiplicarse los demonios familiares.

Mamá falleció no hace mucho, la mesa puesta siempre para cuatro comensales, sus niñas teniendo que lavarse las manos y retirarse el pelo de la cara antes de comer, pese a haber brincado los cuarenta.

Recibió hasta el final una atención exquisita, aunque nosotras la tratamos poco, lo imprescindible, ocurre cuando el camino se llena de obstáculos y no somos capaces de encontrarnos, de rescatar algo de oxígeno, una mirada digna.

Echo de menos a mi padre en los cambios de estación, cuando nos enseñaba la evolución de la vida en detalles nimios como el vuelo de los pájaros, el rumor del agua o la posición del sol, cuando el tiempo parecía no tener fin, ni importancia.

Sonia dice que es mejor no acordarse de nada, pero yo no sé cómo se hace, porque añoro los días que nos faltaron, que nos dejaron a deber en aquella estafa… irrecuperables y marchitos.

De nadie.

Arrastrar esto que se parece a la pena y que no es sólo eso conforma nuestra herencia.

Una niebla que tarda en disiparse, quizás porque se hizo fuerte durante la infancia, cuando todo estaba aún por descubrir y las promesas tenían el peso de una palabra de honor.

09/01/2015 16:10 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 3 comentarios.

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris