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"LOS DÍAS AZULES"

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“Otra vez soy el tiempo que me queda…”

(“La botella vacía se parece a mi alma”. J. M. Caballero Bonald)

 

 

 

Desde mi terraza se veía el mar.

Pese a vivir en una ciudad de interior y contemplar tejados hasta dónde me alcanzaba la vista, tejados, azoteas, antenas, chimeneas… desde mi  antigua terraza de baldosas rojas se veía el mar. Los días de viento podía olerlo, esa mezcla incomparable de sal mojada y premonición que se adhiere al cielo de la boca cómo las primeras veces de las cosas que nos conquistaron.

Mi vieja casa combate acorralada el imperio de los nuevos tiempos.

Sigue en el mismo lugar, sola, al margen, a pesar de las urbanizaciones, de las zonas ajardinadas y las calles nuevas, asépticas, de nadie.

Esa casa que te identifica. Que te estaba esperando. Que se parece tanto a ti, a todas tus transformaciones…  uno de esos lugares que nada más conocerlo sientes que serán para siempre,  que debes cuidarlos porque son de ley.

Vivo en mi casa con su terraza-velero.

Sólo que ahora, ese espacio privilegiado al que se accede por una pequeña escalera de caracol, está ocupado por voluminosos juguetes y armarios de tela, los flecos de la vida interrumpida de Noa. 

“Esta vez va en serio”,  me dijo nada más verme, cuando me pasó al pequeño Hugo mientras la furgoneta atestada de bultos aparcaba sobre la acera y dos amigas suyas comenzaban a descargar.  El niño se puso a llorar, al fin y al cabo me había visto tres o cuatro veces en sus dos años,  traté de entretenerlo, juntos desmenuzamos un pedazo de bizcocho sobre la encimera de la cocina, Noa entraba y salía, sus amigas dijeron buenas tardes y poco más, frases escuetas sobre la tarea práctica que estaban desempeñando, en poco tiempo la habitación que suelo tener libre y de dónde parte la escalera de la terraza,  había sido invadida por la mujer y el niño que huían, desasosegados y un tanto marchitos, como si hubiesen atravesado campos de minas, desiertos y parajes inhóspitos hasta llegar a la casa diferente de la mujer sola.

Al contrario que yo, durmieron durante horas. Preparé café, observé amanecer en una mezcla turbia de colores desvaídos, sentada en la mecedora roja que Marcel, el padre de Noa, había rescatado de la basura y que restauramos juntos, recordé todas las pocas palabras de Noa, las veces que me había repetido “Esta vez va en serio”, para al cabo de muy poco tiempo volver con Ian sin mirar atrás.

Se presentó descalza en la cocina, me sorprendió su delgadez, lo marcado de sus facciones, le dejé un albornoz de su padre y le puse en las manos una taza de café bien caliente con unas gotas de leche. Conocía al detalle sus preferencias.

Traté de buscar un rastro de la niña pequeña que yo había conocido, expectante, atenta, inadvertida, adosada a su padre cómo si fuese su sombra.

 Desayunando en el mismo bar al que yo acudía cada mañana, buscando los rituales que me conectaban al presente:  las noticias en televisión, los barrenderos almorzando, el olor de las tortillas recién hechas, el panadero apareciendo siempre a la misma hora, algo de azúcar desparramado por el suelo, las cristaleras apagando el sonido de la calle… y Chus, sin preguntar, poniéndome lo de siempre.

Fue imposible no reparar en la peculiar pareja,  él desastrado, con el pelo largo, ensortijado en las puntas, los ojos grises, el alma vencida y elegante, alguien que no pertenecía ni siquiera a los lugares que ocupaba con la facilidad de quien ha estado siempre en ellos. Desayunaba tabaco negro y se sentaba a la mesa de una manera indolente, como si no supiera dónde colocar las piernas. A su lado la niña de piel morena no le quitaba ojo,  a pesar de parecer concentrada en la tarea de mojar unos churros en un café con leche que, a todas luces, se había quedado frio.  Tendría unos seis años y no se desprendía de una mochila atestada de enseres.

Un claxon sonó repetidamente en la puerta del bar, la niña se puso en pie de un salto, se limpió la boca con la manga, él trató de enderezarse…  “¿Vendrás a buscarme?” preguntó bajito la niña… el hombre asintió sin mirarla a los ojos…  ella, con un dedo muy pequeño y muy delgado, le levantó la barbilla… “¿Pero de verdad?”… el hombre entonces aproximó mucho su cara a la de ella, los ojos de ambos eran de un verde grisáceo indescriptible, y volvió a asentir. La pequeña sonrió abiertamente y se marchó a toda velocidad, dejando tras de sí esa estela propia de la intensidad infantil.

Escuchamos el portazo de un coche y arrancar un motor.

Él estaba de espaldas a la puerta y no se giró, fue entonces cuando pidió un combinado de ginebra y Chus le dijo que era demasiado pronto para empezar a beber… “Marcel, no empecemos…” Ahí conocí su nombre. “No te he pedido la hora”, respondió él sin resultar impertinente, con una voz más joven de lo que hubiera imaginado.

Cuando se levantó dirigiéndose a la barra y más concretamente a mi banqueta, pensé que no había sido especialmente discreta al observarlos detenidamente, mientras trataba de argumentar una disculpa encontré su mano tendida por encima del periódico tras el que me parapetaba:

“Soy Marcel… a mi hija Noa ya la has visto… te invitaría a desayunar pero me parece mal que sea a costa de Chus, la buena mujer me fía… por eso  y por no abusar sólo vengo de cuando en cuando, ¿quién eres? No te conozco, estoy seguro, la curva de tus hombros y esas manos de restauradora de muebles no hubiera podido olvidarlas nunca…”

Olía a talco, a nicotina, a día de lluvia…  Cierro los ojos y evoco ese olor con absoluta lealtad.

Me miré las manos y sentí un poco de vergüenza porque dentro de las uñas podían adivinarse restos de pintura azul. En las yemas de los dedos alguna diminuta astilla de madera seguía clavada…

Desde ese día Marcel entró en mi vida para no salir jamás.

A pesar de los quince años de diferencia.

A pesar de todas las diferencias.

Marcel tuvo hijos con distintas mujeres, pero solo conocí a Noa.

En alguna de las épocas en las que convivimos, sin condiciones, protocolos ni normas, él hablaba, bien porque yo no solía preguntarle o tal vez porque lo necesitaba. Los recuerdos se traducen en palabras, piedra granítica y seca atada al cuerpo que lo arrastra hacia cualquier cloaca si no es capaz de reinventarse y echar a volar.

Todas sus historias parecían inventadas, quizás por el clima que las envolvía (entre el humo de los cigarrillos que encadenaba, esa media luz y su cabeza apoyada en mi regazo) o porque el pasado busca un toque de ficción para sobrevivir.

Así lo vi escapar de casa con Duna, los dos unos críos de diecinueve años a los que no dejaban verse, ella una prometedora estudiante de magisterio, la primera universitaria de la familia, él un escritor de canciones, lo que más le gustaba entonces era escribir canciones y seducir a chicas guapas en los bares de las facultades dónde nunca se matricularía.

Escaparse repetidamente de la escuela hizo que su padre lo pusiera a trabajar, además en casa hacía falta el dinero, pero nunca aguantaba más de una semana en el mismo sitio…  llegaron los castigos, las huidas, los pequeños hurtos sin consecuencias…  hasta conocer a Duna. 

Entonces se lo propuso de verdad, aprender un oficio, horarios, invitarla al cine, ver la cara de su madre cuando la llevase a cenar a casa…  Pero no pudo ser, sin argumento sólido, hay cosas que no pueden ser. Ella se quedó embarazada y decidieron fugarse. Siempre pensaron que la aventura terminaría bien. No hay quien pueda con el amor verdadero. O sí. La pura realidad. Se acabaron el dinero, las casas de los amigos y hasta los amigos. La veía llorar a escondidas, demacrada, al fin y al cabo ella había pertenecido a un lugar y lo añoraba. Se puede echar en falta el calor, las alfombras, un timbre, la hora exacta del reloj en que dejamos de ser niños. Y entonces todo se complica, la melancolía no es buena compañera de viaje. 

Una noche templada y quieta, tumbados entre los arbustos del parque dónde pernoctaban ella se sintió mal, mal de verdad, gritaba doblando su cuerpo en un espasmo continuo…  con la ayuda de otro transeúnte al que conocían cogieron un taxi y de camino al hospital Marcel, la mano de Duna aferrada a su pierna, su pequeña cabeza de pelo indómito y corto apoyada en el hombro, comprendió las secuencias, el orden, los afluentes del tiempo.

Mientras los médicos atendían el aborto él hizo un par de llamadas, sin escuchar, sin dar tiempo a la otra parte, se requería acción. Volvió al parque a recoger sus cosas, se quedó con algunas de Duna que todavía conservaba y continuó su camino sabiendo que no volvería a verla.

En ocasiones creía reconocerla, un rostro similar, un gesto, la manera de cruzar las piernas, el sonido de su voz.  Era una trampa. Mutamos. Dejamos de ser los que fuimos.

Después se encadenaron ciudades, trabajos temporales, fragmentos de algo. Siempre hay un cuerpo dispuesto a ser amado, una vez que pudimos vivir casi en paz.

Nunca le creyeron cuando aseguraba no ser buen compañero ni mucho menos estar preparado como padre.

Convencerle poniéndole en los brazos una vida diminuta, un recién parido que tiembla, tampoco resultó vinculante.

Con Noa el proceso fue distinto. Él supo que había sido padre cuando se reencontró con Elena casi un año después de su ruptura. Comprendió asomándose a los ojos-espejo de la niña, idénticos a los suyos. En Elena hubiera querido quedarse un poco más, saber de la vida con ella, los pequeños países de las relaciones son tan peculiares… pero no le dio opción, lo echó con cajas destempladas, tras una acalorada discusión en la que él no quiso entrar y que pensó que se le pasaría, las idas y venidas del genio de Elena. Envió sus pertenencias a la pensión dónde Marcel se alojaba y no volvió a cogerle el teléfono.

Sintió una punzada de necesidad. De vez en cuando las buscaba. La pequeña jugaba en el parque, reía a carcajadas, su madre la fotografiaba…  resultaban hermosas. Había luz en aquellos instantes, algo que se parecía a ser feliz en el momento preciso. Fue egoísta, ¿quién no quiere su pedazo de tarta?

La niña y él establecieron una conexión única.  A pesar de Elena, que intentó educar a ambos en lo práctico, en el sentido común de los afectos y en la terminología de lo imposible. Finalmente se rindió, qué otra cosa podía hacer…  y puso de su parte creyendo tal vez que la vida se encarga de ordenar algunas cosas.

Pero la fuerza incondicional de aquella cría…

A veces aparecía en casa pensando que lo encontraría, cruzando media ciudad, los calcetines caídos, la mochila del colegio a rastras, el brillo imperturbable en la mirada: “¿Me puedo quedar un rato por si viene?”…  mientras le preparaba un bocadillo caía rendida en el sofá, yo la tapaba con el cuidado de quien roza un delicado cristal, temiendo que todas sus esperanzas se quebrasen, desperdigándose  como  animales malheridos por el suelo frío del salón. A continuación llamaba a Elena, le prometía que al día siguiente la dejaría a su hora en la puerta del Colegio. Guardábamos un silencio sepulcral entre las frases correctas y los monosílabos antes de colgar.

Diez años fueron capaces de pasar, casi siempre muy deprisa, el insospechado mundo social de Marcel me puso en contacto con aficionados a las antigüedades y tiendas de muebles específicas que han encadenado pedidos. Sigo viviendo de lo que mis manos son capaces de descubrir bajo tanta capa inservible.

Sus pulmones enfermaron progresivamente, lo anunciaban sus profundas ojeras, sus labios agrietados, la tos intempestiva. No quería nombrar sus dolencias, hacerlas más fuertes. Desde la azotea también llegó a ver el mar, aunque no fuera el mismo que yo distinguía, porque el mar es tan individual, tan privado como la forma de despertarse.

La madrugada en la que la puerta sonó con su inconfundible manera de anunciar su llegada salté de la cama y bajé descalza a abrirle. Ya había algo en las sombras húmedas y en mi precipitación que presagiaba tristeza. Prácticamente se desplomó sobre mi hombro, respiraba con dificultad y no quiso que llamase a ningún médico, salía de pasar unos días en el hospital y las noticias no eran buenas.

Durmió profundamente. Pareció reponerse.

Traté de explicarle a Noa, que no se despegaba de él y vivía dentro de un saco de dormir a los pies de la cama, que la despedida se acercaba.

Nunca he sufrido mayor agresión que la de aquella mirada.

Estaba a punto de cumplir la mayoría de edad, era una mujer obcecada, valiente, con ese punto agreste, indomable, en sus pasos, la forma de girarse, la ondulada melena… Demasiado rotunda quizás, para ser tan joven.

Hablaban de política, de música, de libros… jugaban a las cartas. Trataban de incluirme pero resultaba imposible formar parte de una sociedad emocional tan compacta.

Cuando Marcel no estaba delante Noa lloraba en silencio, lágrimas voluminosas se derramaban por sus mejillas hacia ninguna parte. El resto de su cuerpo parecía no inmutarse.

Una de las últimas noches, mientras recogía la cocina, sentí su mirada, impotente, asustada, sobre mis movimientos. Me senté junto a ella, le pregunté en silencio qué quería de mí, simplemente dijo: “Debes ser muy especial para que mi padre haya venido a morir en ti”.

Marcel quería tierra.  Llevaba vagando demasiado tiempo y quiso tierra.

Lo dejó todo bien atado. Organizó escrupulosamente su muerte cómo no pudo hacerlo con su vida.

Es una sepultura pequeña, en un rincón dónde siempre da el sol.

Apenas cinco personas en el entierro. Sin sermones ni mensajes imposibles.

Conocí a Elena, nos abrazamos sinceramente.

Noa parecía una escultura, ausente, gélida, lejana.

Quiso pasar en casa unos días, recoger las  pocas pertenencias de su padre y empezar a vivir con su ausencia. Curioso el volúmen que deja el vacío aún con las personas intermitentes, esas que se empeñan en no dejar huella y consiguen el efecto contrario: la nitidez.

Cómo suelo conciliar el sueño cerca del amanecer no la escuché marcharse, bajar torpemente las escaleras por los bultos que acarreaba, cerrar la puerta y echar a andar sin mirar atrás.

Dejó café hecho y un par de calas, mis flores preferidas, sobre la mesa de la cocina.

Con la barra de labios que siempre la acompañaba escribió gracias en el espejo del recibidor.

La soledad y el frío me hicieron estremecer.

Envuelta en una manta subí a la azotea, lloré todo lo que no había podido llorar en los últimos días, comprendí el final de un camino, de una época, de una apuesta… durante mucho tiempo no encontré el mar detrás del horizonte urbano, ni siquiera lograba adivinarlo.

El trabajo me ayudó a continuar, encargos, plazos, alguna amiga que se dejaba caer y me recordaba, de repente, quién era yo antes de conocer a Marcel… los contornos comenzaron a hacerse difusos y el duelo más llevadero, como buscando un lugar en el que colocarse.

Sabía de Noa por Elena, de vez en cuando hablábamos, había iniciado sus estudios en la Universidad, parecía que le gustaba un chico, pero se cerraba en banda a la hora de las confidencias, procuraba no bajar la guardia.

El día que llamó a la puerta del mismo modo en que lo hacía su padre me quedé petrificada, sujetando un pincel que se quedó suspendido en el aire. Me costó un mundo poder llegar a abrirle, recordar esa expresión expectante, ávida, elocuente… parecíamos dos estatuas de sal, inamovibles una frente a otra, finalmente me hice a un lado para dejarla pasar. Entró en el taller y echó un vistazo a mis trabajos, sonreía, “qué buena mano tienes”, me dijo.

No sé cómo se puso a hablar de Ian, de lo distinto que era a todo el mundo, “sabe lo que quiere, me coge de la mano y me lleva exactamente a dónde quiero ir…” pero había cierto desasosiego en el movimiento ágil de sus dedos largos. “Entonces…  ¿cuál es el problema?”, pregunté reanudando mi faena, tratando de restar importancia a algo que evidentemente la tenía, algo que había hecho regresar a Noa dos años después de la muerte de su padre.

“Siempre tiene prisa”, respondió despacio, mirando al suelo, empujando con la punta de su zapato montoncitos de serrín.

En pocos meses estaban viviendo juntos, los padres de él pagaban un ático blanco y amplio en el centro de la ciudad. “Figúrate que tenemos dos cuartos de baño con dos lavabos en cada uno”, explicaba Noa abriendo mucho los ojos, él, Ian, la miraba con cierta condescendencia asomándose a los rincones de mi casa cómo quien mira sin comprender una exposición vanguardista: “¿Vives aquí?”, preguntaba atónito… “Sí”… “Qué curioso… parece un almacén”, y constantemente se sacudía el polvo de las manos.

A veces la vida sabe un poco a algodón de azúcar, es cronológica y funciona como la seda.

Así fue ese principio en el que quisieron creer, sólo que la fe resulta inconsistente, pincha con la facilidad del alfiler y el globo.

Noa llegaba como un huracán, se desbordaba, lloraba, se calmaba, volvía a llorar para lavarse después la cara con abundante agua fría y salir a buscarlo.

Después bajó del balancín, venía cómo pidiendo permiso, sin despotricar, simplemente charlábamos de cosas banales, tomábamos un té, la tarde languidecía y a ella le costaba mucho marcharse.

Hubo un paréntesis extraño, un tiempo en el que dejé de verla porque tenía que comprar unas cortinas, había descubierto el yoga o trataba de relacionarse cordialmente con sus cuñadas…

No sé por qué, pero ese paréntesis guardaba un aire rancio, pesaba.

Me dijo que estaba embarazada sin mirarme a la cara y en el quinto mes de gestación.

Me dijo que iba a ser un niño.

Me dijo que ella no quería para su niño un padre ausente ni una familia rara.

Quería un carrusel sobre la cuna, cajas de plástico de colores repletas de juguetes, una alfombra enorme que simulara una carretera, calcetines con huellas, churretones de chocolate, que el pequeño cuerpo de su pequeño se colase entre los cuerpos de los dos un domingo por la mañana…

El intenso monólogo parecía estar ordenado para convencerse a sí misma.

Además los niños unen.

Los niños son una bendición del cielo.

Dan suerte.

Y mucha alegría.

Le pregunté “¿Entonces por qué lloras?”, y respondió algo sobre las hormonas y el embarazo.

Hugo nació redondito, blanquísimo, con las orejas muy pegadas y un visible lunar bajo el lóbulo de una de ellas. A mí me parecía una marca afortunada,  pero su abuela paterna, con la que coincidí en la habitación del hospital, no paraba de repetir: “Qué lástima, con lo bonito que es el niño y esa mancha de por vida…”  Noa parecía inquieta, no descansaba bien y Hugo no le cogía el pecho…  su suegra le daba pequeños golpecitos en el brazo. “No te amilanes niña, que cuatro seguidos tuve yo y bien sola que estaba… criar es sufrir, por si no lo sabías…”

Noa le dedicó esa mirada herencia de su padre que silenciaba a cualquiera.

Le regalé al niño un caballito-balancín de madera, cuándo les llamé para poder llevárselo se puso Ian, “Mejor te lo quedas en casa para que juegue allí cuando vaya, aquí se nos empiezan a acumular trastos…”

Después ya nos vimos poco, ella quería criar a su niño de una forma y el padre de otra, estaba agotada, la familia de Ian era como un tren de alta velocidad que te pasa por encima.

A todo ello se sumó  la consecución del plan que Elena llevaba años ideando.

Volver a las raíces con su última pareja, a un pueblo perdido en la montaña, a comer del huerto y crear jabones artesanos.  

“Vente con nosotros Noa, allí el niño se criará en libertad, vivirás más tranquila…”

Pero ella les respondió con la barbilla temblando y el monólogo de la familia ideal.

Hasta que desembarcó en mi casa hace unos días, la vida descompuesta, los sueños una equivocación, incapaz de encontrar salida.

Cuando le puse el café bien cargado entre las manos estaba dispuesta a explicarle sutilmente que no tengo en la puerta el letrero de una estación de paso ni pretendí ser nunca un hospital de guardia. Estaba dispuesta incluso a hablarle de mí, una familia numerosa, la hija menor que sostiene a la madre prematuramente viuda y ve las grietas, el dolor, la resignación, acorralada por el miedo… pero ella traía también su discurso, la urgencia de quien sabe que ha perdido y tiene prisa por reconocerlo y continuar.

No volvería con Ian, le desagradaba su autoritarismo mezclado con una profunda cobardía a la hora de tomar decisiones, aborrecía esa frase que le repetía últimamente tras cada discusión y que quedaba aleteando en el aire, atrapando la luz: “¿Qué te cuesta ser un poco más normal?”

Y sin embargo Hugo.

Hugo le había enseñado que siempre hay tiempo para tratar de hacer bien las cosas.

Intentarlo al menos.

Quería para él dormir despatarrado, mejillas encendidas, una ilusión perenne.

Propondría una separación amistosa.

Debí de mostrar una expresión incrédula, recordando algunos momentos con su familia política… ella sonrió levemente, “cuando la gente guarda secretos no se la juega, no arriesga…”.

Un As en la manga.

Se marcharía una temporada con su madre, nubes enormes, viento en la cara, campanas de domingo…  las respuestas están en los espejos, un día te asomas cómo por descuido y las ves, ya no necesitas seguir huyendo ni buscar a nadie para echar a volar.

Pasamos unos días suaves, despertándonos de un letargo, organizando sus cosas, primero se llevaría lo básico, después el resto… mientras yo cargaba a Hugo en brazos ella me preguntó: “¿Crees que me parezco a mi padre?”

Negué con la cabeza rotundamente, no somos muñecas rusas, alguien debería recordarnos el enorme ejercicio de libertad que supone despertarse cada mañana.

Presiento que el mar ha vuelto.

Huele a sal en las madrugadas.

La última casa del mundo parecida a tener una casa resiste las inclemencias del tiempo.

Sabe que la vida es cíclica.

Que todo está inventado.

Y sentido.

Que sólo la calma se parece al éxito.

Sólo la calma.

 

 

 

28/01/2018 12:04 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 5 comentarios.

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