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"LA VIEJA BÚSQUEDA"

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"Somos el tiempo que nos queda, 
la vieja búsqueda, la nueva prueba"

 (Del Rapero Zaragozano Kase O, "Vivir para contarlo") 

 

Nunca me gustaron las muñecas.

Las de porcelana menos, esa niñas disecadas, con sus enaguas de blonda y sus guantes de organdí, siempre perfectas, mostrando el rubor exacto en sus mejillas, el brillo acerado en sus pupilas de cristal, los tirabuzones sin despeinar, los zapatos impolutos… no resultaban atrayentes, ni divertidas, por mucho que Doña Fátima se empeñase en que debía jugar con ellas, y no subirme a los árboles del jardín, ni improvisar cañas de pescar junto a los chiquillos del servicio, ni acunar a los gatos o cantar bajito.

Prefería todo lo que me estaba vetado, para qué engañarnos, seguro que en vez de niña era una cabra de esas que siempre tiran al monte, frase con la que Don Ignacio se refería a mí sin mirarme demasiado, mientras fumaba en pipa o se rascaba la barba.

Tenía tres años cuando mi madre me dejó en aquella casa, cocinaba para los Onceda, a mi padre le salió trabajo en la otra punta del país y la familia entera se trasladaba. No sé como Doña Fátima convenció a mi madre para quedarse conmigo, la benjamina de siete hermanos, el capricho de la señora, que tenía dos hijos varones mayores ya y no podía concebir más, el caso es que recuerdo fragmentos de una voz rota despidiéndose de mí, colocándome en el cuello una medallita minúscula que había sido de mi abuela materna y que me ha acompañado el resto de mi vida.  Un patio enorme en el que siempre hacía frío, aquella mujer con los ojos empañados diciendo pórtate bien y estirándome el vestido, y la mano de Doña Fátima que tenía un tacto tan diferente al de todas las manos que yo había conocido…

Me pidieron que les tratase de usted, comería antes o después que ellos, en la mesa principal, no con el servicio, sola, aprendería modales y educación general con una profesora particular, Brígida Castel, y procuraría pasar desapercibida en cualquier momento del día y de la noche, presentándome ante la familia Onceda sólo cuando fuese requerida.

Durante un tiempo Doña Fátima me llamó a su habitación, conservaba vestidos de su infancia que yo debía probarme, todos con una ocasión especial pegada a las entretelas, con un momento imborrable.  Luego me maquillaba y peinaba a su antojo, así pasábamos las tardes, hasta que poco a poco se fue cansando, quizás porque el juego no era tan ideal como había imaginado, o porque no lograba arrancarme palabra, que yo no sé por qué se me había quedado la garganta como un pozo seco, como si una mano invisible estrangulase cualquier conato de expresión.

Doña Brígida, la maestra, era tan mayor que resultaba imposible calcular su edad con exactitud, la cantidad de arrugas que rodeaban su boca convertían sus labios en una arruga más, una que se abría y cerraba para utilizar invariablemente el mismo tono, fuesen las tablas de multiplicar lo que me enseñaba, latín, poesía o la arquitectura del renacimiento.

Mi interés por aprender la sorprendió, me mostraba atenta e interiorizaba rápido, así se lo transmitía ella a Doña Fátima que sin aparentar satisfacción cabeceaba con un “Vaya, vaya, mire usted por dónde…”

A pesar del tiempo compartido Brígida y yo nunca estuvimos cerca, ella tenía claro quién era y su encargo mientras yo significaba algo pequeño que modelar, un ser de nadie merodeando por allí como un pájaro exótico.

Lo peor eran las noches, todos aquellos relojes de péndulo sonando cada hora, amplificados en el silencio, una cama altísima de sábanas frías, una habitación demasiado grande y demasiado vacía, con aquel armario de tres cuerpos y sus puertas de espejo reflejando todos los fantasmas. A veces se oían pasos atravesando los corredores y las escaleras, en alguna ocasión se detenían junto a mi puerta y yo me encogía todavía más dentro del enorme camisón, cantando, susurrando con voz temblorosa las canciones que escuchaba cantar al personal que trabajaba en la casa.

Alfredo y Gerardo, los hijos de los señores, ni me miraban, apenas coincidía con ellos, en realidad no coincidían con nadie que no fuese su padre, con quien montaban a caballo, salían de viaje o se encerraban durante horas en el despacho.

Doña Fátima era un alma en pena que vagaba por la casa, rezaba el rosario y chasqueaba la lengua observándome, posiblemente arrepentida de haberme tutelado ya que el deseo la había llevado a imaginar la niña que nunca fui, peinada con los lazos que evitaba ponerme, las medias recias que picaban o la forma de tomar el té que nunca quise aprender. 

Pero resultaba mejor dejarme hacer que soportar mis silencios ante ella, herméticos, como una losa en medio de la tarde.

Tenía nueve años cuando la suerte llamó a mi puerta en forma de Teresa.

Era la hija de la planchadora, de mi misma edad, y nos hicimos inseparables.

Comprendí de repente lo que era contar con alguien, leer en su mirada, formar parte de un todo que consistía en robar manzanas, trepar a los árboles, tomar el sol, peinarnos como las artistas de cine, inventar teatros de sombras tras las sábanas tendidas… pura libertad tras los pasos de aquella chiquilla que prefería caminar descalza y que reía como si se agotase el tiempo. 

Hasta que Doña Fátima decidió alejarme de su compañía considerándola una mala influencia, le pidió a Carmela, su madre, que no trajese a la niña “arma mucho jaleo y no la quiero cerca de Luz”.

Escondidas dentro de un armario donde se guardaban enseres de limpieza, mientras nos temblaban las piernas, vimos como Carmela, joven, guapa, su pelo cobrizo y abundante rebelándose a la tiranía del moño, se quitaba con gesto decidido el delantal blanco “si ella no viene yo tampoco” y lo lanzaba sobre el mostrador ante la atónita mirada de sus compañeras y de Doña Fátima, a quien la rabia contenida le acentuaba los pómulos.

 Antes de salir del cuarto de trabajos domésticos Carmela abrió decididamente el armario, cogió a su hija de la mano y tiró de ella mientras me guiñaba un ojo y yo me quedaba allí, sola de nuevo, viendo como desaparecían, ridícula y triste en mi escondite descubierto.

Desde entonces Doña Fátima comenzó a castigarme, primero con rosarios y novenas, luego realizando las más duras tareas: ir a por  leña, encender el fuego, fregar arrodillada… nunca protesté, pero decidí mirarla hasta el mismo infinito de su inmensa amargura, sólo mirarla, asegurándome el objetivo de acabar desquiciándola.

Supe que iba a echarme cuando le pidió a Brígida Castel que no volviera, la vieja profesora estuvo a punto de preguntarle qué pensaba hacer conmigo cuando se detuvo en el dintel de la puerta, sin traspasarlo, pero un gesto definitivo de Doña Fátima, una manera de apuntarla inquisitivamente con su barbilla aguileña, fulminaron cualquier conato rebelde de la maestra.

No sé por qué no me abrió la puerta sin más, debió ser su conciencia la que elaboró aquel extraño rodeo por el que me ví, con la misma maleta minúscula y ajada con la que llegué, camino de la casa de los guardeses, que me alojaron en el granero, oscuro y húmedo, paraíso de ratones.

Mis once años se disponían a llorar amargamente cuando decidieron reciclar esa energía en planear cuanto antes una huída.

Tal y como llegué al granero escapé por la ventana, busqué a Telma, la cocinera, no habíamos tenido demasiado trato pero siempre descubrí afecto en su mirada, tenía los ojos arrasados de lágrimas cuando me preparó algunos víveres y metió en mi bolsillo una dirección borrosa, escrita apresuradamente en un pedazo de papel, junto a unas monedas. “Mal rayo le parta a esa bruja”, sentenció mientras me alejaba  sin volver la vista atrás.

No supe dónde me dirigía, con quién iba a encontrarme, sólo seguí el único camino propuesto, la única posibilidad. Me perdí varias veces, estuve a punto de abandonar, pero ni siquiera eso podía permitirme… con los pies destrozados llegué a la dirección que me había escrito Telma, se trataba de un mercado, un espacio enorme, de techos altísimos, donde se amontonaban pequeños puestos improvisados por los vendedores.

El bullicio era ensordecedor.

Me dejé arrastrar por la corriente de personas que entraban y salían, iba dando tumbos como una peonza preguntando por Nora Carvajal cuando una mujer corpulenta que lucía guantes de goma hasta el codo y un delantal a rayas salpicado de escamas de pescado me cogió por los hombros apartándome del gentío. “Yo soy Nora”.

Lo último que recuerdo antes de desmayarme es el fuerte olor a agua salada que desprendía aquella mujer.

Estuve dos días en cama, con una fiebre altísima, a duras penas tragaba líquidos que me acercaban a la boca con una cuchara sopera, paños fríos sobre la frente y una mujer a la que yo llamaba débilmente Telma, pero no era ella, sino su hermana Nora, que vendía pescado en el mercado municipal y conocía mi historia porque a lo largo de los años se la habían ido contando, como una leyenda interminable destinada a los finales tristes.

Cuando repuse fuerzas comprobé que me encontraba en una habitación abuhardillada que hacía las veces de vivienda, en un lado un hornillo, un pila para fregar, unos estantes con un par de vasos y platos, una sartén y un puchero, junto al tragaluz que servía de ventana una mesa rectangular y una silla,  a la izquierda de la entrada una cama desvencijada a cuyos pies se colocaba un pesado baúl utilizado como armario… poco más, una bombilla pelada colgando de un cable, y una alfombra raída, circular, en el centro de la habitación.

Mientras mi retina grababa el orden geográfico de las cosas apareció Nora con un fardo de ropa entre los brazos: “Aquí tendemos en la azotea, y si necesitas ir al servicio hay un retrete comunitario en el rellano”

Aunque aquella mujer era para mí una completa desconocida no me resultaba extraña ni me provocaba desconfianza, su corpachón no se correspondía con el tono de voz suave y aniñado que tenía: “Hablemos claro desde el principio Luz…- se sentó a los pies de la cama y todo el armazón de hierro gimió- puedes quedarte una temporada, mi hermana me pide que te cobije y yo lo hago, pero debes trabajar, justo me viene para mantenerme a mí misma y como comprenderás una boca nueva supone una pesada carga… gánate el sustento y después decide qué camino seguir”.

Todo lo que se me ocurrió fue asentir con la cabeza, estaba exhausta después de la crisis de agotamiento que había sufrido, y no tenía más ganas de seguir viviendo a la defensiva. 

Nora me cedió su cama e improvisó un nuevo acomodo sobre el mismo suelo de madera, a pesar de mi insistencia, la mejor ración de comida y la más abundante siempre era para mí, de la misma forma que si ocasionalmente conseguía un dulce o un adorno no necesitaba pensárselo dos veces antes de ofrecérmelo.

Yo me daba cuenta del esfuerzo que debía suponer para ella tener de repente compañera de habitación, una niña de nadie a la que buscar trabajo y de la que estar pendiente, así que procuré pasar desapercibida.

Me convertí en la recadera del mercado, encargos que surgían aquí y allá, compras que transportaba a duras penas en la cesta de una bicicleta pesadísima sobre la que me dejaba los riñones a cambio de exiguas propinas.

No añoraba las comodidades de la finca Onceda, sentía más calor entre los puestos del mercado que cerca de las chimeneas que me vieron crecer, tratando de convertirme siempre en quien no era, otra muñeca de porcelana para la colección de la señora.

Aprendí a montar ramos de flores, cestas de frutas y lo que se terciase, tan pronto troceaba pescado como limpiaba champiñones  o preparaba masa de pan, el caso era resultar válida, hacerme un hueco.  Llegábamos a la habitación tan cansadas que muchas veces, mientras repasábamos los pormenores de la jornada, me quedaba dormida sobre la mesa antes de cenar.  Nora me depositaba sobre la cama con mucho cuidado, cubría mi cuerpo con una manta y seguía trajinando por la habitación, a la mañana siguiente era yo quien la despertaba con el desayuno preparado.

De haber seguido así el futuro no quedaba lejos.

Pero las cosas se quebraron una mañana de viento enfurecido que equivocaba el vuelo de los pájaros.

Acabábamos de llegar al mercado con dos carretillas cargadas de hielo picado, mientras lo vertía sobre el género que teníamos en el pequeño mostrador reparé en que Nora se quedaba estática, abandonando su habitual ajetreo, sin escucharme, palideciendo. Seguí su mirada extraviada hasta dar con un personaje recién llegado que había sembrado un silencio general, pues todos lo miraban asombrados.

Griselda Bari, la frutera del puesto contiguo, me cogió del brazo llevándome rápidamente a la parte trasera del mercado, donde se amontonaban desperdicios  y los gatos se daban un festín. 

Pese a que no había nadie a nuestro alrededor la mujer susurraba nerviosa:
“¡Muchacha ese hombre es su marido! –la miré sin comprender y sus dedos agarrados a mi brazo me sacudieron- se fue con otra hace unos años, dejó a Nora en la estacada, sin un real, maldito sinvergüenza…  y ahora se presenta como si nada… ándate con cuidado porque ese ha vuelto para quedarse”

Una voz gritó su nombre y Griselda entró como una exhalación dejándome a la intemperie. 

Durante unos instantes me quedé quieta, incapaz de mover un  sólo músculo, asustada, confusa y débil, envuelta por aquel viento caótico… hasta que la corriente eléctrica de la rabia me mordió el labio inferior impulsándome a hacer algo, no sabía qué, defenderme, de lo que fuera…

Cuando volví a mi puesto Nora y su marido ya no estaban, el mercado tenía la vida de siempre, la que no se detiene porque nada lo hace, la que no espera.

Trabajé como una autómata sin atreverme a preguntar a nadie, sentí que la gente me evitaba y no fui capaz de sostener miradas compasivas. 

Al terminar la jornada Nora vino a buscarme, recogimos juntas, como cualquier otro día y ya camino de casa, con la vista clavada en el suelo y una voz quebradiza que parecía saltar obstáculos se confesó:

“Debo darle otra oportunidad Luz, es el hombre de mi vida, algún día sabrás lo que quiere decir eso… un hombre capaz de arruinarte, pero fundamental al mismo tiempo, el único que puede dar sentido a tu existencia convirtiéndola en algo real, posible… Me ha pedido perdón ¿sabes?, creo que se arrepiente… Ya sabes cómo vivo, allí no cabemos los tres Luz…”

Me tendió un sobre con dinero, se lo arranqué de las manos y eché a correr sin permitir que dijese nada más.

Esa noche dormí en un cuarto del mercado, acurrucada entre toldos viejos y mugrientos, al amanecer esperé a que Nora y su marido saliesen de casa para colarme en ella, asearme un poco y recoger mis cosas sin saber qué iba a ser de mí al minuto siguiente.

Alguien se me había adelantado, pues encontré preparada mi maleta a los pies de la cama, la ropa planchada, una chaqueta nueva, tejida no sé en que momento disponible, un pequeño neceser que olía a lavanda y una carta, una cuartilla doblada por la mitad, en la que Nora explicaba sus pesquisas desde que aparecí en su vida, desfallecida y enferma.  Había intentado averiguar el paradero de mi familia, me costó descifrar entre las letras apretujadas y desiguales una dirección, no muy lejos, a unos veinte kilómetros, dónde al parecer vivía Julia Yesa, hermana de mi madre.

Temblé.

Mi cuerpo reaccionaba ante una nueva aventura, no pretendía seguir huyendo, me gustaba la buhardilla, el mercado, me gustaba Nora y eso que se parecía a una vida nuestra… sólo quería permanecer, ser de alguna parte.

Tan abstraída estaba que no reparé en la presencia que acercándose por la espalda me acarició el pelo.  Me puse en pie de un salto abrazada a la maleta y a la carta.

El marido de Nora me miraba sonriendo, el pelo escaso y lacio peinado hacia atrás, la cara angulosa, con pómulos de acero y demasiadas arrugas para la edad que debía tener… se quedó frente a mí, muy cerca, y extendió una mano para tocarme la cara, pero siempre fui rápida esquivando, recuerdo su voz por el hueco de la escalera llamándome nena, pidiendo que no me fuera.

Junto a la carta de Nora un billete de autobús señalaba el trazado, el posible camino, las migas de pan.

A punto estuve de no subir a ese autobús.

Nadie me garantizaba el éxito. 

Tenía trece años y ya estaba cansada de huir.

La propia desesperanza me hizo acomodarme en el asiento y tratar de no pensar, dejarme llevar, total, era una experta voladora, un pájaro que sobrevive a la destrucción de sus nidos.

El viaje resultó breve y me dio pena abandonar la plaza soleada y confortable.

Leí varias veces la dirección sin saber hacia dónde encaminarme, era la hora de comer y apenas me crucé con nadie por las calles de un pueblo grande que olía a horno de leña y a tierra mojada, a geranios y patios recién regados.

Escuché pasos apresurados a mi espalda, una mujer joven tiraba de una niña de corta edad, ambas parecían venir en mi busca, creí entender que la pequeña pronunciaba mi nombre y las contemplé extrañada: 

“Ese dichoso autobús se ha adelantado…” la mujer tenía las mejillas encendidas, le faltaba el aliento, era alta, bien parecida, el pelo corto y ondulado, de color castaño, como el mío, la niña se le agarró a las piernas y volvió a pronunciar mi nombre, más alto, como si se tratase de un juego o de un secreto que por fin puede desvelarse.

Comprendí, en el segundo anterior a sus palabras pude comprender.

“Soy tu tía Julia y este monigote es Isabel… no sé como explicarte tantas cosas, y que tú me cuentes, claro… quizás en casa… ¿quieres venir?, dame, te llevo la maleta… Nora ha contactado conmigo esta mañana, parecía todo tan difícil…”

Sonaron las campanas y rompieron su reflexión, lo primero que logré pensar fue que caminábamos a la vez, tres pares de pasos tan diferentes caminando juntos por una calle empedrada atravesada por gatos y voces que salían disparadas de puertas y balcones.

Isabel me cogió de la mano, al principio no reaccioné, sólo cuando me topé con sus ojos claros, enormes y confiados apreté la suya, pequeña y tibia, como una promesa.

Vivían en una casita de blanquísimos muros, con un patio interior donde me sorprendió una pared llena de dibujos que Isabel utilizaba como si se tratase de un lienzo. La cocina era el espacio más amplio y frecuentado de la casa, con suelo de grandes baldosas rojas y olor a especias.

Desconfié de lo que parecía sin duda un hogar, un espacio donde sentirse abrigado, desconfié porque no quería relajarme, ni generar expectativas.

“No voy a quedarme mucho tiempo”  y yo misma me dí cuenta de lo absurda que sonaba mi voz.

Después de engullir en minutos un plato de sopa y un filete empanado que me parecieron manjares exquisitos Julia, esos ojos de Julia grabados en la piel de mi memoria por resultar idénticos a los que se despidieron de mí tiempo atrás, pidiéndome lo imposible, que fuese buena y me estuviera quieta, iniciaron el relato necesario para cimentar mi vida.

Cuando mi madre me dejó en casa de los Onceda Julia apenas era una adolescente que comenzaba a festejar con el padre de Isabel.  Entre las dos hermanas había una diferencia de edad importante que las distanció siempre, porque en cuanto podían faenar sus padres las colocaban en distintas casas como sirvientas, aquí y allá, y cada uno de los hermanos construyó su historia a duras penas, improvisando. 

Julia tuvo suerte, pudo permanecer más tiempo en la escuela, sus padrinos no tenían hijos y la cuidaron como si lo fuera, heredó de ellos su casa y un pequeño patrimonio que le permitió no dejarse las manos fregando o arañando la tierra, pudo escoger trabajos más cómodos, resguardarse de la intemperie.  Aprendió de números para dedicarse a llevar las cuentas de varias familias e instituciones del pueblo y alrededores.  Se casó con Tomás, que trabajaba construyendo puentes y carreteras, y que casi nunca estaba en casa, pero que cuando lo hacía todo mejoraba, todo, porque acudía mucha gente a verlo, era una persona alegre que llenaba las habitaciones con sus cánticos graves y sus pasos de bailarín.

Mi madre se llamaba Berta, rompió el contacto familiar desde que se unió a mi padre a los quince años, él tenía once más y aquello supuso un escándalo sin precedentes.  Siempre les resultó difícil avanzar, encontrar un trabajo estable, se fueron cargando de hijos y deudas y decidieron probar suerte en la otra punta del país, pero mover una familia en aquellas circunstancias no obedece únicamente al deseo, mi madre me dejó a mí en casa de los Onceda y a los otros dos hermanos que me seguían por edad en un internado de beneficencia, con el tiempo fueron adoptados.  Mis padres y los cuatro hijos que les quedaban intentaron comenzar de cero, lejos, con el aire de las nuevas oportunidades y la ilusión de recuperar la esperanza, y casi lo consiguen, casi… mi madre volvió a quedarse embarazada, ocho partos y tanta pena son demasiados,  su cuerpo no resistió, falleció dando a luz una niña de la que se hicieron cargo desde el propio hospital, no se sabe más, cómo del resto de los hermanos, que con mi padre pusieron tierra de por medio…

Traté de buscarte en cuanto me fue posible Luz, pero tampoco quería entrometerme, pensaba que estabas bien, que habrías echado raíces, hasta que Nora me ha llamado esta mañana y todo se ha precipitado, sólo puedo decirte que lo siento, que nadie merece lo que tú has pasado y que si quieres, sólo si tú quieres, aquí estamos Isabel, Tomás y yo para acogerte y ofrecerte lo que tenemos…

De repente sentí un sueño tremendo, necesitaba dormir, sus palabras, todos los datos en tan poco tiempo, me habían nublado y mecido a la vez:

 “Necesito descansar” pude pronunciar en voz muy baja, y me condujeron, Isabel llena de pegotes de pintura hasta en las comisuras de la boca, a una habitación decorada en tonos violeta, una habitación individual con su escritorio, un armario, una cama inmensa y unas cortinas preciosas.  Cuando me dejaron sola lloré mirando aquel espacio como nunca antes en mi vida había llorado, después dormí durante horas, abrí los ojos al atardecer, la casa estaba caliente, olía a masa de pan. 

Isabel se coló en la habitación, poniéndose de puntillas tiró del embozo de las sábanas y su voz infantil trató de sonar imperativa: “Arriba Luz, hemos hecho tortas de azúcar…”

La adolescencia no es buen momento para empezar a creer, menos si en el equipaje portas heridas sin cicatrizar.

Todo duele.

Brotan espinas.

No se lo puse fácil.

Me escapé varias veces. 

Cuando sentía que las cosas funcionaban, seguían un cauce, una daga invisible me atravesaba el estómago.

 El dolor, la rabia, la pena… resultaban insoportables.

Sólo el viento de cara, la espalda en el suelo después de una carrera contra todo, devolvían algo de oxígeno a mis pulmones.

Julia demostró tener conmigo una paciencia infinita.  Su marido también, aparecía temporalmente en casa y debía convivir con una cría asustada que generaba tensiones y problemas. Pese a todo tuvo siempre una sonrisa dispuesta, una palabra amable.  Tomás era un hombre diáfano y cordial con el que se podía contar.

Y qué decir de Isabel… ella obró el milagro, sus ojos claros aguardando, preguntando, confiando… derribó todos los muros, se convirtió en mi lazarillo, mi compañera.

Tantos años después no he podido compensarla lo suficiente.

Retomé los estudios, quise trabajar para seguir pagándomelos.  Aprender me convertía en otra persona, me proporcionaba la información necesaria para ser alguien capaz. 

Cuidé de Isabel como lo hubiese hecho de una hermana siamesa, Julia fue delegando en mí las responsabilidades propias de una vida compartida, creo que no le fallé.

Traté de mirar hacia delante con cierto peso agarrado a los párpados, nunca se es tan libre como se ansía, no sentí la necesidad de seguir tirando del hilo familiar, había agotado el tiempo de las respuestas.

Cuando Isabel se marchó a estudiar fuera yo también me fui, nunca del todo ni demasiado lejos, pero encontré un sitio pequeño donde colocar mi nombre, las noches de insomnio y las violetas que en macetas muy chicas había plantado Julia. 

Entré a trabajar en la editorial dónde me jubilé hace un par de años.

El tiempo se fue comportando mansamente.

Los viejos dejaron paso a las nuevas generaciones sin tragedias ni demora.

Una vez al mes pongo flores sobre la tumba de Julia y le cuento que ya es bisabuela, de mellizas, unas niñas sonrosadas y pacíficas que apenas lloran, les hablo de ti, se me da bien contar historias, quiero que tengan, como su madre y su abuela, llaves de mi casa, para que lleguen y me cuenten cómo les ha ido el día, qué comemos el domingo, cuando vamos de compras… para no estar sola, Julia, puro egoísmo será, pero ya no quiero, ya no sé, estar sola, necesito una voz al teléfono, una fecha en el calendario, alguien que diga mi nombre… tú me acostumbraste a ser carne viva.

 


05/06/2014 10:37 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 4 comentarios.

GEOGRAFÍA E HISTORIA

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"Así mi cuerpo
que se hace memoria de tu cuerpo
y te presiente" ("Completamente Viernes"-Luis García Montero)

 

 

Tus ojos me deportaron.

Sobran unas pupilas

para decir nunca.

Todo un país 

cabe en la mirada.

Un país.

Con su memoria

y su idioma,

sus usos y costumbres...

un país.

Quise ser

el kilómetro 0,

la orilla de tu playa,

el último rincón por descubrir.

Demasiada ambición

para tan pocos años.

Demasiada Fe.

Porque nada cambia 

sin una pasión inquebrantable

que levante la tierra

y arranque las raíces.

Lo aprendí

como lo aprendo todo,

tarde,

la esperanza última,

el final de los finales.

Cuando

ya no cabía esperarte

y tus ojos

eran la escarcha definitiva

de una madrugada de verano.

Después,

convivir con tu ausencia

ha sido comprender los pasaportes,

las fronteras,

el mapa político

que llevamos todos

tatuado en la espalda.

16/06/2014 14:37 Puri Novella Enlace permanente. sin tema Hay 2 comentarios.

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